Creí que tras nuestro encuentro con Teodoro, regresaríamos al Viento Bueno pero, para mi deleite, no fue así. Pequeña Nutria se encaminó por los puentes que conectaban el entramado de islotes. Ya había anochecido y en algunos de ellos se encendieron luces, marcando su accesos. La mayoría no tenía pasarelas, aunque quedaban las marcas de ellas. Las habían retirado a conciencia y vi que había una intencionalidad táctica muy cabrona detrás: los orcos se hundían como piedras. Un buen empujón y serían historia mojada. Decididamente, podía acostumbrarme a vivir en una ciudad con ese espíritu.
La oscuridad había caído sobre toda la bahía, pero pude ver sin problema la costa del otro lado y los barcos en los muelles de piedra del distrito noble, en esos tonos azules y violetas que me regalaban las sombras.
– ¿Quién gobierna aquí? –pregunté a Pequeña Nutria.
– Helrion Baden, desde hace lustros. Es el primo bastardo del que debería ser el legítimo rey.
– ¿Y quién se supone que debería ser el rey?
– Tomas Baden, pero nadie sabe dónde está. Desapareció cuando la ciudad capituló ante las fuerzas de Izrador. Y el bastardo fue aupado al trono por los invasores…
– Así que está aliado con los invasores.
– Eso parece. Pero en esta ciudad nada es lo que parece, así que, a saber.
– ¿Tenéis planeado permanecer mucho tiempo en Puerto Baden?
– Todavía no lo sé. Nos lo dirá mi tío. Él se encarga de los negocios – se volvió hacia mí–. ¿Tú piensas permanecer a bordo con nosotros? Solo querías pasaje hasta el otro lado del mar la última vez que te preguntamos.
Era algo que no me había planteado. Aquella ciudad me gustaba, pero estaba claro que se necesitaba un guía para sobrevivir en ella. Y si el Viento Bueno zarpaba sin mí, perdería la protección del primer grupo de aliados que había tenido, y era algo que no iba a despreciar a la ligera.
– No lo sé. ¿Todavía me queréis a bordo?
– Definitivamente. Lavina está de mucho mejor humor ahora que puede desahogarse contigo.
Me reí.
– De nada.
– Ten la certeza de que si no le cayeses bien, te habría arrojado por la borda sin contemplaciones.
– Creo que habría sido menos duro que sus entrenamientos.
Pusimos los pies sobre el islote. Un farol nos marcaba el final del puente. Arracimadas en la escasa superficie, se alzaban varias casas de piedra sólida y pude ver un muro con contrafuertes en el lado norte del islote. A todas luces era una barrera contra los embates del mar. Había una barca amarrada tras una de las casas.
Pequeña Nutria me guió hacia la vivienda que estaba iluminada y, al acercarnos, vi la señal de taberna sobre su puerta. "El cuenco del mendigo", se llamaba. Mal nombre para una taberna.
Un rato más tarde yo estaba disfrutando de mi primera cerveza decente como una mujer libre, sentada en una mesa junto a mi compañero. En ese instante, en una sucia taberna de puerto, rodeada de toda la ralea que deambulaba por los muelles y siendo dueña temporal de un taburete, me sentí como la reina del mundo. Podía acostumbrarme a esa ciudad, a esa vida, a esa libertad.
– Creo que podría adaptarme a este sitio.
– Oh, sí, Puerto Baden es un gran lugar – dijo Pequeña Nutria, y rió –. Pero, es peligrosa para los forasteros.
– ¿Cuándo sabremos el tiempo que nos quedamos?
– Mi tío vendrá aquí y nos contará los planes. En breve debería llegar.
Yo realmente deseaba que la tripulación del Viento Bueno permaneciese allí el tiempo suficiente como para hacerme con la ciudad, incluso empezar un negocio. Mi mente se lanzó a planear, con los pies posados en nubes, y casi saqué pecho en aquel sucio taburete sosteniendo mi simple cerveza decente imaginándome como parte de un vecindario que lanzaba a pobres orcos desprevenidos al agua.
Un hombre se acercó a nuestra mesa. No parecía muy mayor. Tenía el cabello y la barba oscuros y vestía con ropas de pescador. Caminaba encorvado, con la mirada perdida y parecía desorientado. El tipo nos enfocó y se sentó en nuestra mesa sin pedir permiso. Lo miré sorprendida. El desconocido señaló a Pequeña Nutria y dijo:
– Os he visto, a ti y tus aliados, en la ciudad hecha de barcas…
Pequeña Nutria rió brevemente.
– ¿Ah sí? ¿Y qué hacíamos en la ciudad hecha de barcas, amigo?
– Encontrasteis a los dos, que deberían haber sido tres. Porque uno murió, ¿sabes?
– ¿Los dos qué?
El hombre se rió, colocó las manos junto a la orejas y las agitó. Yo estaba alucinando con aquello. ¿Qué demonios estaba haciendo aquel demente? Pero él siguió diciendo sandeces a mi compañero gnomo.
– Y te gustan los juncos, lo sé. Los juncos siempre esconden cosas buenas para ti.
– Así que tengo que ir a buscar cosas entre los juncos –comentó Pequeña Nutria como siguiéndole la corriente.
– Sí, y deberías hacerlo cuanto antes.
Aquello era suficiente.
– Disculpe – dije llena de un atrevimiento que nunca había sentido –, pero nos está molestando.
El entrenamiento de Lavina había tenido consecuencias no solo físicas, sino también mentales para mí. Me di cuenta, en ese momento, de que era la primera vez que defendía mi terreno en público. El tipo se volvió hacia mí y me observó con una intensidad que me resultó incómoda.
– Y a ti te gustan las canciones. Así que, cuando el muro de piedra pare tu camino, recuerda la última canción que oíste. De hecho, creo que deberías ir ahora mismo a buscar ese muro de piedra.
Y, no sé por qué, me sentí irritada, y con la suficiente confianza como para discutir.
– ¿Perdón? No pienso ir a ningún lado. Estoy muy a gusto aquí. ¡Márchese de nuestra mesa!
No iba a permitir que un borracho de taberna me acosase con tonterías. Había sobrevivido al abordaje de un barco repleto de caídos, había sobrevivido a Theros Obsidia, había sobrevivido a sus mazmorras, al mar, era una caminante de las sombras ¡y ningún borracho idiota me iba a estropear el momento! Además, tenía a un aliado a mi lado.
Pequeña Nutria se acabó su bebida de un trago y se puso en pie.
– Vamos, Erisad.
– ¿Qué?
Lo miré sorprendida. Me sentí traicionada y humillada. Era la primera vez que yo no agachaba la cabeza y ¡Pequeña Nutria me dejaba tirada! Me pudo el orgullo.
– ¡No pienso ir a ningún lado hasta acabarme mi bebida! –protesté.
Pequeña Nutria no discutió.
– Te esperaré fuera entonces– dijo y se dirigió hacia la puerta.
Mi primer impulso fue salir tras él, pero mi orgullo escocido me forzó a permanecer sentada. No quería mostrarme débil. Pero me puse en alerta al sentirme sola. Tomé mi bebida con el ceño fruncido y le di un lento sorbo para disimularlo tratando de ignorar al hombre sentado a mi mesa.
– Deberías ir con tu amigo – me dijo–. Dos caminan con tus pies, y lo van a encontrar si te quedas en esta ciudad.
¿De qué demonios estaba hablando ese demente?
– No pienso ir a ningún lado – respondí seca.
Intenté ignorarlo, pero el desconocido apoyó los codos en la mesa, se inclinó hacia mí y no tuve más remedio que mirarlo.
– Te voy a cantar una canción – dijo –. Para que recuerdes quién eres y sobrevivas.
Efectivamente, se puso a tararear. A los pocos segundos de oírlo, el mundo se me heló y mi corazón dio un vuelco... porque aquella era una canción que me cantaba mi madre de pequeña y que inventamos entre las dos. Era uno de los pocos momentos de absoluta felicidad que yo recordaba de mi infancia. Permanecí allí, incapaz de reaccionar, con el mundo desapareciendo a mi alrededor y el corazón galopando en mi pecho, los recuerdos volviendo en una riada. El hombre canturreó el estribillo hasta el final y se calló mirándome. No pude evitar que se me llenasen los ojos de lágrimas
– ¿Quién eres? ¿Qué eres? – pregunté, y se me quebró la voz.
Él me miró, todo rastro de borrachera desaparecido de su voz, y dijo casi con dulzura:
– Solo un borracho en una taberna. Ve con tu amigo, ahora.
Dejé mi bebida sin acabar sobre la mesa, y corrí tras pequeña Nutria. Me esperaba fuera apoyado contra el muro de la casa. Al llegar junto a él, la mezcla de miedo, añoranza y confusión se había materializado en la forma de un nudo en mi pecho.
– ¿Quién era ese tipo? – pregunté
– ¿Qué tipo?
– El que te ha dicho… el que me ha dicho...
– Erisad – me interrumpió –, no deberías escuchar a los borrachos de taberna. Volvamos al barco.
Es vez no discutí.
Cuando llegamos al Viento Bueno había movimiento en él. Dulzagua salió a recibirnos.
– Pequeña Nutria, Erisad, tu tío estaba preocupado por vosotros. Creo que debemos partir.
Pequeña Nutria saltó al barco y yo, por costumbre, lo seguí. Pero cuando vi a Dulzagua desenganchando los amarres volví a saltar al muelle. La gnoma me miró sorprendida.
– Erisad, ¿qué haces?
– ¿Qué está pasando? – le pregunté –. ¿A dónde vamos?
La gnoma pareció dudar, abrió y cerró la boca un par de veces y finalmente gritó hacia la cabina:
– ¡Capitán!
Rivaverde apareció a los pocos instantes.
–¿Qué ocurre, Dulzagua?
La gnoma me señaló.
–Quiere una explicación y no se me dan bien.
Rivaverde saltó al muelle junto a mí.
– ¿Qué ocurre?
El revoltijo de emociones que tenía era demasiado confuso, pero predominaba el miedo entre todas ellas.
– ¿Quién era el hombre de la taberna? ¿Cómo podía saber…
La voz de mi madre cantando volvió a mi mente y tuve que dejar de hablar. Rivaverde se acercó a mí y puso una mano sobre mi brazo.
– ¿Qué te ha dicho el hombre de la taberna? – preguntó casi con dulzura.
Negué con la cabeza.
– No lo sé. Algo de que dos caminan con mis pies y que debo ir con mi amigo, con Pequeña Nutria.
– Entonces deberías venir con nosotros – dijo Rivaverde.
– ¿Por qué?
– Porque, en esta ciudad, hay borrachos que son borrachos y hay otros que son líderes de grupos de combatientes y pasan mensajes a sus aliados.
Tardé un momento en asimilar la información. Negué con la cabeza.
– No. Ese hombre era algo más. Sabía cosas que no podía saber... Me conocía, conocía a mi madre...
Rivaverde asintió.
– Si aceptas que tú puedes saltar por las sombras, quizás deberías aceptar que otros puedan ver cosas.
Lo miré fijamente.
– ¿Qué tipo de cosas?
– Olas de sucesos... Cosas que se ponen en marcha si las empuja y pueden crear más olas en nuestro favor. Pero – el gnomo sonrió –, en realidad todo esto no son más que insensateces y el tipo con el que hablaste no era más que un borracho en una taberna.
Sobre la cubierta del Viento Bueno se habían reunido el resto de nuestra pequeña tripulación: Dulzagua, Pequeña Nutria y Lavina. Me observaban y pude notar que estaban atentos a mi decisión.
– Tengo una condición –les dije.
– ¿Cuál? –preguntó Rivaverde.
– Cuando estemos en el mar quiero saberlo todo.
Rivaderde se volvió hacia el resto de tripulación. Lavina hizo un solo asentimiento con firmeza. Dulzagua hizo una mueca extraña, luego levantó las manos como sopesando algo invisible y, tras soltar un "aaaaahjj" de frustración, la gnoma desapareció en la cabina. Pequeña Nutria asintió un par de veces hacia su tío. Rivaverde se volvió entonces hacia mí.
– Nos parece bien. Te contaremos todo.
– De acuerdo, pues.
Salté a bordo, de nuevo, seguida por Rivaverde. Lavina me dio unas palmadas en la espalda a modo de bienvenida que resultaron mucho más delicadas de lo que hubiese esperado de ella.
Los gnomos soltaron y recogieron amarras a toda velocidad. Lavina empujó el muelle con una pértiga alejándonos de él.
Las velas se desplegaron y Rivaverde volvió a guiar al Viento Bueno entre la maraña de islotes, fuera de la bahía.
