Disclaimer: los personajes no me pertenecen, son creación de Stephenie Meyer, sin embargo, la trama es mía.

Capítulo XVII

"Desconocida"

Unos golpes en la puerta, la hicieron voltear. En cuanto ésta se abrió, la joven no supo qué decir.

—Veo que ya puedes ponerte en pie. Eso es bueno. Eres fuerte—simplemente la miró en silencio, preguntándose qué hacía allí— ¿Terminaste de comer?

—Sí—respondió entonces.

Sorcha se dirigió a la cama y cogió la bandeja. Sus pasos firmes de vieja fueron hacia la salida, pero de pronto se detuvo, vaciló y volteó a verla.

Parecía incómoda en su piel. Al mismo tiempo, cierta determinación era visible en cada arruga que acompañaba su ceño.

—Es…—se lamió los labios finos, antes de mirarla. Isabella, permaneció de pie, contrariada por el proceder de la anciana que no escatimaba aliento al momento de soltarle frases desagradables. Y que ahora parecía no saber qué decir

—Sentémonos—comunicó la chica, yendo hacia el camastro. Sorcha la imitó, dejando la bandeja a un lado. Aun entonces, la mujer retorció sus dedos, hasta que sus labios cobraron esa firmeza que ella le conocía.

—No estoy segura de por qué protegiste a Renesmee, pero quiero agradecértelo.

Aquello tomó por sorpresa a la Swan, cuyo gesto no pudo disimular. Chasqueando la lengua, la vieja prosiguió.

—Esa chiquilla puede sacarme de quicio, pero es lo único que me importa en esta vida.

Las mujeres hicieron contacto visual. Y por fin Isabella comenzó a entender por qué los ojos de la niña se le hacían familiares.

—Ella es mi nieta—respondió a la silenciosa pregunta—.Es la viva imagen de su madre—sonrió con tristeza—ella y su esposo murieron en uno de los primeros ataques del clan Comyn. La niña vio todo, por eso siempre está empeñada en perseguir a los guerreros para que le enseñen a pelear. Cree que así nos mantendrá a salvo… creía que eran estupideces, hasta que tú, una mujer, protegió lo único que me queda, y se enfrentó a la muerte, luchando.

La miró intensamente, y por primera vez Isabella tuvo deseos de apartar la vista. Había tanto agradecimiento que no sabía qué hacer con ello. Por otro lado, nunca esperó que Sorcha, su enemiga acérrima le dedicara tales palabras.

—Tengo un gran cariño hacia Renesmee, no iba a permitir que nada le sucediera.

El gesto tierno en el rostro de la anciana fue incluso más inesperado. Alargó una huesuda y curtida mano en su dirección. El tacto rasposo de la piel arrugada le resultó reconfortante de una manera inexplicable.

—Jamás creí que diría algo así, pero me alegra que estés aquí, hen (chica, apelativo cariñoso). Renesmee podrá aprender de ti.

—No sé si eso sea lo mejor para ella—rió, un poco más relajada.

—Me equivoqué respecto a ti. Aunque sigo creyendo que eres demasiado atrevida y revoltosa—sentenció en el tono que le conocía, la miró una vez más y entonces se levantó—.Espero que te recuperes pronto—señaló, antes de coger la bandeja y dejar la habitación.

Isabella demoró unos segundos más sobre la cama, pero finalmente se levantó hacia la ventana.

Extrañaba estar fuera, sentir el viento, y a Tyr. Del otro lado del cristal las nubes blancas como motas limpias de lana, se acumulaban en el firmamento, anunciando inminentes nevadas. Le gustaba la nieve, aun cuando su nariz y dedos se ponían tan rojos como la sangre.

¿Estaría Tyr bien? Al caballo no le gustaba demasiado el frío.

Antes de darse cuenta, sus ojos se estaban cerrando mientras su cuerpo descansaba en la poltrona. Sus pensamientos sobre su fiel amigo derivaron hasta que finalmente se hundió en el sopor.

Dormida junto a la ventana fue como Edward la encontró, al regresar a la habitación, posterior a una gran reprimenda verbal por parte de su madre.

No trató de despertarla, sólo se arrodilló a su lado, acarició su rostro y rizos con adoración. El guerrero no podía recordar otro rostro que le pareciera tan hermoso como el de su mujer. Delicado, femenino, suave, pero afilado por el orgullo. Una combinación perfecta.

Luego de admirarla un tiempo más, la cogió entre sus fuertes brazos y la llevó hasta la cama. Le besó la frente antes de alimentar el fuego, quitarse la ropa y acomodarse a su lado.

Ya no habría poder que pudiera apartarlo de ese lugar. Su cuerpo correspondía al suyo, su calor estaba destinado a él.

Abrazándola, comenzó a quedarse dormido, descansando ahora, porque una voz en su interior repetía que un peligro acechaba todo aquello que estimaba.

-o-

Al abrir los ojos, Isabella se percató que aún se encontraba oscuro, pero probablemente el sol anunciaría su silenciosa aparición en cuestión de horas. Un resplandor blanquecino llamó su atención, y en cuanto sus pupilas se adaptaron a la luminosidad tenue de la estancia, descubrió que se trataba de nieve, cubriendo parte de la ventana, y cayendo secretamente, sin ruido, sin escándalo como la lluvia.

Sintió un pinchazo de emoción. No podía esperar a levantarse, coger a Tyr y dar una vuelta. Estaba segura que aquello borraría cualquier dolor. Dejándose llevar por sus anhelos, comenzó a incorporarse, pero un brazo la detuvo, justo a la altura de la cintura.

Se sobresaltó por un segundo hasta que la voz de Edward le llegó en un susurro en su oreja. Podría jurar que sentía sus labios moverse contra su piel.

De inmediato, su piel se erizó y un escalofrío bajó por su espalda.

— ¿A dónde crees que vas, Mo Bhean (mi señora)? —la acercó más a su pecho firme, cuyo calor traspasaba la fina tela de su camisón. ¿Cómo es que antes nunca percibió estas cosas? Y, ¿cómo se suponía que debía concentrarse con tantos estímulos nuevos atacándole al mismo tiempo?

—Saldré, con Tyr—se volteó un poco— ¡Está nevando!

Vio la mirada intensa del guerrero de reojo, que se despegó un segundo de su cara para ver por la ventana.

Aye (sí). Hace demasiado frío como para que salgas. Debes reposar.

—Ya he reposado bastante—arguyó, tirando de la mano que apresaba su estómago.

— ¿Cómo hago para que te quedes en la cama? —comenzó a frotar su nariz contra el cuello de la chica. Dejando besos que hicieron a Isabella abrir los ojos con sorpresa, nunca había sentido algo así. Le gustaba, pero la hacía sentir extraña.

—No permaneceré más en cama, voy a volverme loca si sigo aquí—explicó, y él le besó la oreja. El corazón de la joven latió deprisa. Al no saber qué hacer, trató de escapar; Edward lo impidió con facilidad.

—No trates de escapar de mí, lass—le mordisqueó el lóbulo de la oreja, haciéndola coger aire de sopetón. Sus manos, inquietas, se detuvieron sobre la masculina, que la acercaba cada vez más, hasta que no hubo espacio entre ellos.

— ¿Qué haces? —interrogó entonces, con un voz más gruesa que lo habitual. Volvía a sentir esa secreta satisfacción de saberse en dominios de Edward.

—Besando a mi esposa, tratando de hacerte quedar en cama—continuó besándole el cuello, bajando muy despacio hacia su hombro.

Se sentía bien. Tan bien que por un momento la joven perdió el hilo de la plática.

No duró mucho, pronto recuperó algo de cordura y apartó su cuerpo de la boca masculina.

—No va a funcionar. Sé lo que quiero.

—Oh, Mo Chride (mi corazón), yo también sé lo que quiero, ¿quieres apostar a ver quién gana? —y entonces le cogió el cabello, enredándolo en su mano y jalando, sin hacerle daño, la devolvió a la tortura de sus besos.

Una astilla de excitación recorrió el cuerpo de la joven; astilla que pronto se encendió en llamas cuando los labios de Edward se volvieron más firmes. Ahora la besaba con pasión en el cuello, la nuca. Y ella no podía apartarse, porque al tener su cabello tomado controlaba los movimientos de su cabeza.

El fuego partió en donde la boca del McCullen tocaba, pero veloz avanzó por toda su carne. Haciéndola sentir plena y consciente de cada parte de sí misma. Incluso aquella que se agitaba en su interior, que quería más, que no admitiría otra insatisfacción.

Probablemente Isabella no era consciente de sus estremecimientos cada vez que su lengua hacía contacto con su piel, ni tampoco controlaba las ondulaciones de su espalda cada vez que dirigía sus movimientos, tirando de las hebras con cuidado de no dañarla, pero sí demostrando que ahora él tenía el poder. Pero Edward nunca había amado tanto algo como la franca pasión de la joven, no jugaba a esconder lo que sentía, sus reacciones eran frescas, genuinas y a menudo desbordantes.

Cuando la mano que presionaba su estómago se atrevió a subir, apretando los senos, la joven soltó un suave jadeo. Y Edward luchó por encontrar un poco de control. Este encuentro se trataba sólo de ella, de su placer.

Bajó con un poco de brusquedad el camisón, dejando su hombro y gran parte del pecho desnudo. Su boca no podía dejar de probarla, saborear aquello tan blanco como la nieve que caía fuera. Dejó que su mano volviera a tomar el peso de su pecho, amasándolo. Aquello ganó un gemido por parte de Isabella, cuyos ojos se encontraban cerrados y su respiración acelerada.

No comprendía qué le ocurría, no era que tuviera que hacerlo sin embargo. La joven sólo se dejó llevar por las caricias que la hacían temblar, y arder entre los muslos. Y se descubrió volviendo el rostro. Quería que la besara.

Y él no se lo negó, relajó el dominio sobre su pelo, y atrapó sus labios con pasión. Con más que en cualquier otro momento; sus labios se encontraron, no querían separarse. Y ella gimió cuando sintió la lengua invitando a la suya. No obstante, antes que pudiera responder como deseaba, volvió a jalar de sus rizos y la apartó, regresando su boca al hombro desnudo.

Los dedos de Edward encontraron sus crestas erguidas y jugó con ellas, haciéndola arquearse. Pronto sintió la piel masculina contra sus pechos, que liberó de la tela.

Se tensó, sintiendo un inesperado peso en el vientre.

—Eres realmente hermosa, Isabella—que dijera su nombre en ese momento volvió todo mucho más íntimo. Y así lo sintió la joven, que volteó a verlo.

Podía percibir el deseo en él. Y le gustó saber que era por ella.

—Esa sonrisa demuestra que estás muy pagada de ti misma—le sonrió, y un escalofrío recorrió su columna—.Tanta arrogancia…—su mano viajó por su costado, hasta tocarle la pierna. Despacio, sin dejar de mirarla, comenzó a subirle la prenda.

La garganta de Isabella se apretó, dificultándole tragar.

—…Merece un límite.

Ella sonrió más, provocándolo. Así que con brusquedad la besó. Le sostuvo el rostro junto al suyo mientras saqueaba su boca, disfrutando de la pasión, de sus jadeos. Todo en Isabella lo invitaba a disfrutar, al placer.

Mientras continuaban besándose, su mano acarició los pechos pálidos y continuó su camino hasta los muslos de la joven, hasta por fin encontrarse en la unión de éstos.

Ella se tensó ligeramente, pero él no se detuvo. Antes de darle tiempo para pensar, ubicó sus dedos, abriéndola para su exploración.

Una maldición se le escapó al percibir su calor, su excitación. Debía ir despacio, debía recuperar su control. Ella dejó de besarlo y una de sus manos se posó en el antebrazo masculino. Edward no estaba seguro si para detenerlo o para alentarlo.

Tampoco lo pensó demasiado, sus hábiles dedos encontraron el lugar adecuado y se dedicó a masajearlo con amabilidad. Ante el primer roce, la joven se tensó y estiró su cuerpo. Pegándose a él.

— ¿Te quedarás en la cama, lass? —le mordió la oreja, e Isabella no supo cómo hallar su voz. Los movimientos de los dedos de Edward eran implacables, no la dejaban razonar y su vientre demandaba toda su atención.

Sentía que algo iba a explotar en su interior.

—No—respondió, jadeando.

— ¿No? —él se detuvo, y ella gimió en protesta. Sus pechos fueron atendidos entonces, acariciados, admirados.

—McCullen—sentenció, sin aliento. Y Edward se apiadó de su cuerpo tembloroso e insatisfecho, no lo alargaría para ella esta vez.

Regresó a su masaje, haciéndola erizarse contra suya. Se aferró a su brazo, y jadeó cada vez más deprisa. Él sabía que terminaría pronto. Se estremecía, y alzaba las caderas.

Exploró aún más, hasta encontrar su pequeña entrada. Tragó grueso cuando insertó un dedo y descubrió su estrechez.

Ella maldijo con energía, y enterrándole las uñas, se elevó sobre él y con un suave gemido llegó al clímax.

Nada de lo que había hecho en su vida, se parecía a eso. Meditó la joven, sentía que estallaba por dentro, pero no dolía, sino que lo opuesto. Ningún pensamiento cruzó por su mente mientras su cuerpo encontraba el alivio en manos de Edward.

Poco a poco fue consciente del calor y aroma masculino rodeándola en un abrazo, los labios gentiles acariciaban su piel, sus muslos, sus pechos. Su interior latía aún con un vigor que no acompañaba al resto de su cuerpo.

—Estás sonrojada, Mo Bhean (Mi Mujer). Sonrojada y hermosa —le besó las mejillas, disfrutando del peso muerto de su esposa saciada, con respiración acelerada y enrojecida. Perezosamente trazó la forma de sus pezones, volviéndolos a despertar.

Jamás olvidaría el cuerpo de su mujer contorsionándose por el orgasmo, ni tampoco sus estimulantes sonidos.

—Eso…eso fue intenso—comentó entonces.

—Y aún hay mucho más—acarició sus rizos. Soportando su propio deseo en silencio, torturándose con la visión de su piel.

Cuando iba a continuar hablándole, oyeron toques en la puerta. Y luego una voz.

—Edward. Estaré esperando en el salón—aún a través de la madera, Isabella sabía de quién se trataba. Y no pudo evitar rodar los ojos.

—Emmett. Regresó, bien—el semblante juguetón del hombre se transformó en una máscara de seriedad—.Tendremos muchas horas de aquí en adelante para probar más cosas, bonnie—le acarició la mejilla con la mano—.Ahora debo marcharme. No te levantes de la cama, o recibirás un castigo—sentenció, levantándose.

Ella bufó, acomodándose el camisón. Distraída, no se percató que él regresaba, hasta que la cogió por la mandíbula y la besó con ardor. Le parecía intrigante cómo su cuerpo podía tomar más, siendo que hacía unos momentos había sido tocado.

—Nos vemos, Mo Bheatha (Mi Vida) —y dedicándole una mirada a su figura, terminó de acomodarse el cinto y la dejó en la cama.

La chica se dejó caer de espaldas, cerrando los ojos y respirando con lentitud. Todos los sucesos le cayeron encima, despertando una curiosidad inesperada por aquellas cosas que aún no experimentaba ¿serían igual de placenteras?

Muchas cosas le eran desconocidas, pero saber que las viviría con Edward la tranquilizaba, y sembraba cierta emoción.

Ahora que su cuerpo recuperaba la fuerza normal, sentía incluso más energías y ganas de salir. No pensaba detenerse por Edward. Ya había cumplido su cuota de reposo con creces.

De prisa, se levantó. Se lavó, limpió y puso ropa abrigada. Le tomó más tiempo del necesario, pero fue capaz de resolver los obstáculos por sí misma. Eso no alegró demasiado el semblante de Alice cuando entró y la vio atándose las botas.

— ¡Isabella! —Regañó, depositando con brusquedad la bandeja con alimentos— ¿Qué haces en pie y vestida? Deberías estar durmiendo, descansando, recuperándote de la herida.

—Estoy bien Alice—entonces le sonrió ampliamente— ¿Cómo te encuentras? ¿Cómo ha estado todo? ¿Me tienes alguna novedad?

La pelinegra la observó con reproche, sacudiendo la cabeza. Aunque finalmente se rindió con un dramático suspiro.

—Angela partió ayer.

— ¿De verdad? —sonrió, deteniendo sus dedos.

Aye, no estaba feliz. Pero el Laird no la dejó quedarse, por más que lloro y lloro, él sólo quería deshacerse de ella y volver contigo—la revelación llenó el pecho de la joven con orgullo y triunfo, ni siquiera pudo sentir pena por la mujer.

—Estás muy satisfecha, según lo que puedo ver—comentó con ojos entrecerrados. E Isabella sonrió aún más por el doble sentido que le otorgó a la frase.

Terminó con el calzado y Alice le tendió una taza humeante. Se la bebió de prisa, quemándose en el proceso.

—Tengo que cambiar tus vendajes.

Aye, Aye, luego—masculló masticando un trozo de pan de prisa, abriendo la puerta. Tenía muchas energías.

— ¡Al menos ponte más abrigo! No necesitas enfermarte ahora—regañó Alice, pasándole un manto de lana gruesa y un prendedor de plata para sostenerlo.

Para suerte de la muchacha, Esme no estaba en pie aun, por lo que no tuvo que dar explicaciones sobre su destino y pudo escabullirse en santa paz hacia fuera.

El viento la golpeó con fuerza, helando su piel hasta que ya no sentía la nariz. Ajustó el manto sobre sus hombros y la cabeza antes de echarse a correr a los establos.

La nieve crujía bajo sus pies, y los copos se derretían al tocar su piel. El aliento que abandonaba sus labios se arremolinaba a su alrededor breves segundos antes de desvanecerse, consumido por el frío invernal. Pero aquello no desanimó el espíritu de la Swan.

Sus ganas de reunirse con Tyr ocupaban sus pensamientos y desestimaban cualquier dolencia.

—Señora—el hombre encargado del establo se puso de pie y se quitó el sombrero, obsequiándole una sonrisa amable cuando la reconoció—No la había visto, la niebla está fuerte.

—Buenos días, sí. También hace frío; así es la nieve.

—No quiero entrometerme, pero ¿no debería estar descansando?

Isabella rió suavemente.

—Estoy bien, no ha sido tan grave—explicó dándole una palmada amistosa en el hombro—.Extraño a Tyr, tengo que verlo. No le gusta mucho el frío, aunque lo tolera.

—Bien, mi señora. Por favor entre y manténgase lejos de la intemperie.

No pudo evitar el gesto de extrañeza ante el sumo respeto y cariño recibido, pero tampoco se quedó para que él lo viera.

Dentro de la construcción estaba mucho más cálido, e iluminado por antorchas. El viento invernal seguía escabulléndose entre la madera, susurrando, gimiendo.

—Tyr—llamó y casi de inmediato oyó un relincho de bienvenida. Sonriendo llegó hasta su querida montura, aunque la sorpresa ganó terreno de prisa.

Acarició la cabeza de su amigo, y centró la vista en el pequeño bulto a su lado. Al moverse, hebras castañas aparecieron entre las mantas.

— ¿Renesmee? —la niña reaccionó veloz. Se quitó la cobija y se incorporó. Entre su cabello tenía innumerables trozos de paja.

— ¡Estás bien! —le saltó al cuello y Tyr relinchó porque acaparaba su atención—Creí que podrías haber muerto por mi culpa—dijo con voz ahogada, apretándola con fuerza. Por mero instinto Isabella le palmeó la espalda.

—Ya, ya. No ha pasado nada, estoy bien. No moriría tan fácil, ¿sabes? Haría falta más que una flecha—la apartó de su cuerpo para mirarla al rostro—.Y para que lo sepas, nada ha sido tu culpa. Fue mi decisión y tú no eres responsable por las decisiones que las personas toman, ¿de acuerdo?

Renesmee asintió, conteniendo las lágrimas.

—Vamos, ponte de pie. Hay que asear a este caballo—Tyr bufó en respuesta, como si se sintiera ofendido.

—Ya lo he hecho, lo he cuidado con mucho cuidado. No quería que tuviera miedo del viento, por eso he venido.

—Bueno, ambas hemos pensado lo mismo. Y ahora él no estará solo—le sonrió, regresando la atención a su animal preferido. Lo llenó de mimos y besos, y correspondió mordisqueándola con suavidad. Le dio una manzana, y lo acarició—.Ah, cómo te he extrañado—le susurró.

—También te ha extrañado.

—Somos amigos muy cercanos… veo que te han arreglado el cabello, eh—molestó, cogiendo entre sus dedos las trenzas en las crines oscuras.

—Se las he hecho yo.

—Están muy bellas, ¿de dónde conseguiste estas piedras?

—Del río. Cerca hay muchas y Emmett me ayuda a hacerles el hoyo del centro. Son lindas, ¿verdad? No sabía para qué usarlas hasta ahora, a Tyr le lucen preciosas.

—Así es. Te felicito—los colores eran suaves, y resaltaban contra el pelaje.

—Puedo hacerte una, si quieres. También sé trenzar con hilos. A Emily le gustan mucho.

—Claro, me gustan las trenzas.

—Siempre usas una. Y tu cabello es muy largo y bonito.

—Oh, gracias—no le decían demasiados cumplidos, así que la tomó un poco por sorpresa—.Tu cabello es lindo también.

—Quiero que sea más largo, pero también quisiera cortarlo como el de Sam, así no me molestaría en mis prácticas.

— ¿Por qué crees que lo trenzo? —Le guiñó un ojo— Iré a dar una vuelta, ¿quieres venir?

— ¿Puedo? —interrogó llena de emoción, con ojos ilusionados.

—Sí, pero luego debes volver dentro. Hace frío para que andes por ahí.

—Bien—aceptó fácilmente.

Isabella sacó a Tyr, y colocó una manta sobre su lomo. Le gustaba dar una pequeña vuelta sobre la nieve, había conseguido eso con mucho esfuerzo desde que era un potrillo.

—Vamos a ir por detrás, así Harry no nos dirá nada cuando salgamos—la niña asintió, acomodándose el manto para protegerse de la nieve.

Sigilosas abandonaron el establo y montaron. Isabella con mucha menos fluidez que la acostumbrada, pero sin caerse, al menos.

Con la niña al frente, y la nieve por delante instó al caballo a avanzar.

Pronto rodearon la estructura de madera por el lado contrario y cabalgaron cerca del borde de la explanada. El sol ya dominaba el cielo, pero las nubes eran más poderosas, derrocando al astro rey.

La brisa gélida congeló las pálidas pieles expuestas, y al mismo tiempo las llenó de energía y emoción. Parecía como si ellas no siguieran las normas del tiempo, mientras la nieve caía rítmica e incansablemente rodeándolas, encerrándolas en una jaula sin barrotes.

Isabella tuvo precaución en no sobre exigir su brazo herido, lo que menos quería era empañar el viaje de Renesmee con una herida reabierta y sangrante.

Por ello, al sentir que el dolor pinchaba su cerebro, emprendió rumbo de regreso. Llevaban unos cuantos minutos cabalgando en esa dirección cuando Isabella observó que a lo lejos una figura venía corriendo en su dirección. Cuando el viento sopló, llevándose una parte de niebla, comprendió que se trataba de una mujer.

— ¡Isabella! ¡Es una mujer! —alertó Renesmee.

—Lo sé.

Su instinto no indicaba peligro, pero no quería exponer a la niña. Detuvo la marcha lentamente, y la chica se hizo cada vez más real. Su cabello rubio se llenaba de copos de nieve, y su ropa era de todos menos indicada para combatir el hielo.

— ¡Detente! —Gritó Isabella, bajándose de un salto—Vete Renesmee.

—Pero…

— ¡Qué te vayas! —le silbó a Tyr y éste emprendió la marcha de regreso.

— ¡Detente he dicho! —cogió la daga de su bota. Y al verla, la mujer dejó de correr. Miró hacia atrás y luego habló.

— ¡Tengo que irme! Sé que viene tras de mí—Isabella se acercó más.

— ¿Quién? —la muchacha tenía el pelo corto hasta la altura de la barbilla y unos ojos verdes muy claros. Su ropa era delgada, remendada y sucia, temblaba.

Entonces oyeron el estrépito de un caballo, el pesado tintineo de la espada.

—Yo—rugió una voz profunda.


Hola, hola! ¿Qué les ha parecido? Esperoo que les haya gustado y me dejen su opinión.

¿Qué tal han estado? Lamento muchísimo la tardanza, pero por cosas que han ocurrido recientemente, no he tenido muchas ganas de escribir. No obstante, aquí estoy y espero disfruten mucho. He decidido que ya no sé cuántos capítulos tendrá jaja, serán los que tengan que ser hasta que cuente todo lo que quiero contar, y eso es harto… probablemente esta sea una de mis historias más largas.

Por otra parte, les quería dar las gracias por sus reviews, por seguir y agregar esta historia a sus favoritos. De corazón, muchas gracias, es por eso que sigo regresando jaja.

Pero bueno, ¿esto qué es? Soy más pegajosa que un chicle jaja.

Las dejaré en paz hasta la próxima, que trataré sea antes que termine febrero.

Un abrazote enorme y espero leerlas pronto!

Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que haya pasado por alto.