Palabra: Dios.


No hay más Dios que el mar

And when he knew for certain only drowning men could see him
He said all men will be sailors then until the sea shall free them
But he himself was broken, long before the sky would open
Forsaken, almost human, he sank beneath your wisdom like a stone

Suzanne, Leonard Cohen


Las hadas no creen en los dioses. Sólo creen en ellas mismas y en lo devastadoras que son. En tiempos antiguos, antes de que los trece reinos tuvieran fronteras, hubo hombres que las consideraron divinidades y les construyeron templos que hoy se encuentran abandonados. Todo en ellas grita divinidad. Son avasalladoras. Bellas como casi ninguna otra criatura, con si piel de colores, sus cuernos, sus ojos negros —todos pupila, que nadie sabe a dónde miran—. Izuku nunca ha visto una. Así que cada momento que Katsuki acepta oírlo, pregunta cosas sobre ellas.

No son muchos porque Katsuki lo evita como la peste después de su última plática. Pasa los días en su camarote o en la cubierta del barco, mientras que Izuku nada en las profundidades cerca del barco. Katsuki se asegura de no acortar nunca la distancia que los separa por voluntad propia.

Pero Izuku insiste.

Tarde o temprano, las preguntas de Izuku llegan a sus oídos y él se descubre contestándolas sólo porque no siga insistiendo.

Hace mucho que los hombres no creen que las hadas sean divinidades. Son criaturas como cualquier otras, tan terrenales como ellos. En los reinos más antiguos todavía creen en en Los Antiguos. Cada vez son menos. El Reino de Fuego —y sus colonias en el desaparecido Imperio de Hielo— veneran al sol y a la luna. A la dualidad que representan sus reyes. Hay otros dioses.

Los piratas los ignoran a todos.

Para ellos no hay más templos que un barco y no hay más dios que el mar. Creen en sus olas y en sus designios. Para Katsuki, el mar representa a Mitsuki.

Mitsuki a lo lejos, diciéndole adiós desde un barco que se alejaba de la bahía. Mitsuki con un abrigo púrpura —el color de los reyes— y un sombrero negro, un sable a la cintura, enseñándole a disparar.

Los dioses lo traen sin cuidado.

El mar decide.

Llegan a la misma bahía donde se encuentra la cabaña mugrienta de Uraraka después de semanas de vuelo. Katsuki nota que las cicatrices crecen.

«Todavía hay tiempo», se convence cuando sus pies tocan la arena.

Camina hasta la cabaña de Uraraka, que comparte con el hada, y llama a la puerta. Dos golpes sordos, fuertes y contundentes. Si no abre en menos de diez segundos, va a empezar a gritar.

—¡URARAKA, MALDITA SEA, NO TE CREAS CON EL PODER DE HACERME…!

«…esperar».

La puerta se abre y las palabras se le mueren en la boca. Ahí está, como siempre, la bruja. Hay pocas personas en todo el mundo conocido y el fin del mundo que puedan callar a Katsuki con una mirada amenazadora. Ochaco Uraraka es una de ellas.

—Qué.

—Hola.

—No esperaba verte tan pronto, Bakugo —dice ella—. Para alguien a quien desterraste de tu tripulación mientras jurabas que no volverías a buscarme, vuelves con demasiada frecuencia.

—Nunca fuiste parte de mi tripulación, sólo te pedí ayuda para llegar al fin del mundo. ¡Y es la segunda vez que vengo!

—Fui tan parte como cualquiera —espeta Uraraka—. ¿Qué quieres conmigo?

—Está vez, nada. Busco al hada. Y no para mí, pero… —Su mirada se va a la playa—. Quien la busca tiene una cola de pez. —Ignora la sorpresa que se dibuja en el rostro de Uraraka—. Me toca ser el mensajero porque es para hacerme el favor de que no me muera así que…

—¿Entonces llegaste al fin del mundo?

—Sí.

—¿Y…?

—Nada. Probablemente manipulé a Izuku hasta que tuvo suficiente culpa como para ayudarme. O ya la tenía. Qué sé yo.

Quería que eso acabara para que Izuku pudiera volver al fin del mundo.

—Pasaron cosas, no preguntes, ¿dónde está tu mujer?

Siente el zape antes de que la mano de Uraraka aterrice en su nuca. La ve ponerse de puntas para lograrlo, pero no comenta nada.

—No es mi mujer. No estamos casadas ni somos…

—Ya, ya, ¿dónde carajos está Mina?

—Voy a llamarla. —Uraraka suspira. No lo invita a entrar.

Todo el mundo sabe que si una bruja no te invita a entrar a tu casa, no entras. Katsuki sigue la regla al pie de la letra porque no quiere acabar convertido en un sapo o algo peor. Espera a que Uraraka regrese con Mina de la mano. Sigue igual que la primera vez que Katsuki la vio, en un puerto desconocido, sacándose de un montón de marineros borrachos.

Cuando viajaba en el Lady Pólvora la gente solía preguntar si la habían rescatado de alguna desventura.

Kirishima, cuando no quería responder con detalles, decía que sí. Katsuki soltaba un gruñido que se tomaba por afirmativo. Mina, en cambio, siempre decía, con un guiño: «más bien pedí aventón».

Mina siempre había llevado un traje turquesa que combinaba con su pie rosada oscuro y joyas de oro por todo el cuerpo. Tenía alas apenas visibles a su espalda y parecía que brillada. Sonreía con la dulzura de las hadas. Era un torbellino. Sólo Uraraka podría haberla amado y salido victoriosa y entera. El amor de las hadas era devastador como una tormenta en la selva, pero, por eso, mucha gente lo perseguía.

—¡Katsuki, querido!

—Izuku quiere hablar contigo. Está en la playa. —Katsuki señala el lugar donde, calcula, está esperando el otro—. Te alcanzo en un momento.

Mina no dice nada más y se dirige para allá. Uraraka se queda mirando a Katsuki,

—Te entiendo, ¿sabes?

La ve cruzarse de brazos y entiende a qué se refiere.

—No lo creo, Mina no te ha traicionado. E Izuku…, Izuku nunca fue como ella.

—Si las hadas aman demasiado, ¿cómo lo hacen criaturas tan antiguas como Izuku, que prácticamente vieron nacer este mundo?

Katsuki suelta un gruñido. Aprieta los puños. Tiene una pregunta en la punta de la lengua, pero no se atreve a pronunciarla. No es cobardía —Katsuki mataría en un duelo a la primera persona que se atreviera a sugerir que era un cobarde—, es miedo. Pero Uraraka es la única que puede responderle. De su tripulación se esconde, fingiendo ser el capitán perfecto que todos lo creen. A Eijiro no puede hacérsela porque no quiere preocuparlo. Así que sólo queda Uraraka.

—¿Por qué lo sigo queriendo y no puedo perdonarlo? —Su voz apenas suena.

La sonrisa de Uraraka es triste.

—Porque sentir es algo que no tiene sentido.

«Duele», quiere decir.

Pero a eso no se atreve.

—No tienes que perdonarlo, Katsuki —dice Uraraka—. Ni siquiera buscarle una explicación.

Ya. En teoría es fácil. En la práctica quiere sacarse el corazón con sus propias manos.

—Sólo quiero volver a antes de las malditas cicatrices —le dice. No dice que lo quiere porque al menos, entonces, había aceptado que nunca volvería a ver a Izuku. Siempre hay palabras que no dice.

—Ve con Mina —le dice Uraraka—. Las respuestas que buscas no las tengo. Ni los milagros. Y tú necesitas uno para no morirte.

Cierto. A veces lo olvida. Izuku y su resentimiento lo ahogan.

Se despide y vuelve sobre sus pasos. Encuentra a Mina sentada en la orilla, del mar, donde las olas ya no tocan, hablando con Izuku.

—¿… polvo de hada?

—Es para Katsuki.

Mina, al verlo acercase, lo mira con interés.

—¿En serio?

—Por las raíces. ¿Te contó Uraraka?

—Algo mencionó, sí…

—¡NO HABLEN DE MÍ COMO SI NO ESTUVIERA!

—No te enojes, Katsuki. —Mina sonríe—. Supongo que si necesitas polvo de hada, tendrás con que pagarlo. —Eso lo dirige directamente a él. Claro, porque él es el que se está muriendo.

¿Qué puede querer Mina? ¿Qué piden las hadas?

Ya ha pagado altos precios por salvarse. Cenizas fuego fatuo para Uraraka —algo tan valioso que le había costado días en la selva atraparlo—. Un recuerdo para Tokoyami, el hechicero, hombre pájaro. Un año y medio de su vida para la Emperatriz del mar.

¿Qué más va a pagar?

—Mina… —interrumpe Izuku—. Una escama.

—¿Qué? —El hada alza las cejas.

—Sé lo que significa para las hadas ofrecer su polvo —dice Izuku—, por eso… —Abre la mano. Hay una escama verde esmeralda en la palma—. Eso ofrezco.

—¡¿Qué?! —Ese es Katsuki—. ¡No tienes que pagar por mí…!

—Yo soy el que estoy pidiendo el polvo de hada.

—¡No quiero deberte nada!

Izuku entorna los ojos. Katsuki no sabe si en ellos hay tristeza o decepción.

—No vas a deberme nada —le dice—. No te preocupes, Kacchan. —Es las dos, descubre Katsuki. Izuku se voltea de nuevo hacia Mina, con la mano todavía abierta—. Es un precio equivalente. Una escama de mi cola por tu polvo de hada.

Mina asiente.

Katsuki intenta buscar algo para objetar, pero no tiene nada que sea equivalente a una escama de Izuku.

Mina alza una mano. Con la otra saca un pequeño saquito de entre sus ropas color turquesa. Agita la mano sobre él y Katsuki ve el polvo caer.

Es hermoso. No le cuesta imaginar que en tiempos antiguos se creyera que las hadas tenían origen divino, viendo a Mina Ashido frente a él. Pero es solo magia. No es nada divido.

Izuku recibe el saquito y alza la vista al cielo.

Claro. Izuku cree en los Antiguos, aunque las leyendas cuenten que no fueron ellos los que crearon a la gente del mar.

Katsuki, en cambio, sólo cree en el mar. Y en ese momento, lo único que quiere es preguntarle por qué tuvo a bien crear a criaturas como Izuku y ponerlas en su camino. Uraraka tiene razón. La gente del mar, como las hadas, ama demasiado. Y por eso, su desamor duele más que cualquier tortura.

Katsuki quiere enterrarse la mano en el corazón y extirparlo cada que ve a Izuku sonreír. El odio y el amor se pelean en sus entradas. Hasta se le olvida que teme morir.


Palabras: 1640.

1) Capítulo dedicado a disecar el amor de Katsuki y contar cosas de las hadas de manera descarada. Adoro el pairing de Mina y Uraraka porque dije hace muchos capítulos que las hadas aman demasiado y sólo Uraraka podía salir victoriosa a eso. (Sé que es más común el Ochacho/Tsuyu, pero miren, ese ya lo he escrito varias veces, hay que variarle).

2) También para hablar de la religión en los trece reinos. No es algo muy homogéneo. Hay religiones distintas como en cualquier mundo que se respete. Unas más nuevas y otras más viejas. ¿Existen los dioses? Ni idea. Miren. Existen las leyendas y los mitos en torno a la creación. Como en cualquier mundo que se respete. Le estoy metiendo mucho al worldbuilding porque quiero que me quede super bonito y porque la High Fantasy es algo a lo que quiero hacerle justicia.


Andrea Poulain