Los personajes de Candy, Candy no me pertenecen, son propiedad de sus creadoras Kioko Misuki y Yumiko Igarashi.

Una Cita, Una Cena, Una Noche sin Repeticiones

Adaptada por Rossy Castaneda

Capítulo Catorce

Narrado Por Terry...

La noche siguiente, la fiscal me tendió la mano por encima de nuestros respectivos café y té al tiempo que me miraba con sus ojos de color castaño claro moviendo las pestañas.

—Muchas gracias por haber accedido a permanecer algunas semanas aquí , Terruce, serás de mucha ayuda en este caso.

—Estoy seguro de ello... —Me levanté y me acerqué a la ventana para mirar las calles cubiertas de nieve.

—Tu antiguo socio ha contratado a los mejores abogados que se pueden comprar con dinero, y ha pagado las multas y sanciones que ha recibido durante años. —Sin embargo, creo que con la nueva evidencia, por fin podremos enviarlo a la cárcel. Junto con tu testimonio, por supuesto.

No dije nada.

—No sé muy bien qué te parecerá esto, pero... —Su voz se apagó mientras se acercaba a mi lado—. ¿Te gustaría que te pusiera al día en todo lo que ha ocurrido desde que te has ido?

—¿Perdón?

Me frotó el hombro.

—Abandonaste Nueva York y jamás miraste atrás. —No llamaste a nadie ni quisiste mantener contacto alguno... —Entonces, éramos buenos amigos nosotros dos.

—Basta. —La interrumpí y le tomé la mano para detenerla—. En primer lugar, no, no quiero ponerme al día. —Me importa un bledo lo que haya pasado aquí. —La miré de arriba abajo—. Por lo que veo, las cosas no han cambiado mucho. —En segundo lugar, sí, éramos amigos. —En pasado. —No me llamaste ni mantuviste ningún tipo de contacto cuando todos estaban arrastrando mi nombre por el fango, ¿verdad?.

Se puso roja.

—Ni siquiera te molestaste en preguntarme si los rumores eran ciertos. —Le señalé la puerta—. Así que, por favor, no creo que solo porque me haya mostrado de acuerdo en ayudarte a meter a ese idiota en donde debería estar hace tiempo tengamos que hablar de cosas intrascendentes o volver a ser amigos.

—Lo siento mucho...

—Seis años tarde... —Me di la vuelta—. Estaré en el juzgado cuando me necesites. Será mejor que te marches.

Esperé hasta oír el ruido de la puerta al cerrarse y llamé al conductor del auto que habían puesto a mi servicio mientras estuviera en la Gran Manzana.

—¿A qué hora tengo que salir para la gala si no quiero llegar tarde?

—Ahora mismo, señor.

Colgué y me puse el abrigo antes de subirme al ascensor privado que comunicaba el departamento con el vestíbulo. —Al atravesar las puertas del hotel, vi el auto en la calle y me acerqué a él.

—Deberíamos llegar dentro de treinta minutos, señor Grantchester. —Me miró por el espejo retrovisor—. ¿Tiene pensado reunirse con una cita en el evento?

—No —repliqué—. ¿Por qué me lo pregunta?

—Porque si fuera así, le sugeriría que nos detuviéramos en la florería que esá a tres millas.

—Podemos detenernos allí..

Miré por la ventanilla mientras se ponía en marcha.

Había pensado decirle a Candy que estaba en la ciudad o desearle buena suerte para la actuación de esta noche, pero no le vi sentido. —Además, la noche anterior, en un momento de debilidad, le había enviado un correo electrónico bastante impreciso, y su extraña respuesta no me animó a continuar la conversación.

Asunto: Felicidad.

¿Estás satisfecha con la vida que llevas después de BAG? ¿Estás por fin realizando tus sueños sobre el ballet?

Terry.

Asunto: re: Felicidad.

Por favor, deja de enviarme correos electrónicos y borra mi número.

Gracias.

Candice.

—¿Señor Grantchester? —El conductor me abrió la puerta—. Hemos llegado. ¿Quiere salir ya del auto?

—Gracias. —agarre el ramo de narcisos amarillos, que yacían en el asiento; le di una propina, añadiendo que necesitaba que estuviera disponible, que quizá tendría que llevar a alguien conmigo.

La linea para entrar en el lugar daba la vuelta a la cuadra, así que me la salté y me dirigí directamente a la puerta.

—Disculpe, señor. —El acomodador se acercó de inmediato a mí—. Tiene que ponerse al final de la linea.

—No me gusta esperar.

—A nadie le gusta, señor —repuso él, cruzando los brazos—. Pero esa es la política de la gala, a menos que tenga ya la entrada. ¿Tiene entrada?

—No.

El hombre tomó un walkie-talkie del cinturón.

—Señor, por favor, no me obligue a llamar a los guardias de seguridad. —Tiene que comprar una entrada como todo el mundo, y tiene que aguardar la cola. —Ahora, me gustaría que...

Se interrumpió a media frase cuando le tendí algunos billetes de cien dólares.

—Señor, ¿ha dicho que su entrada es en primera fila?

—Sí, exactamente.

Él sonrió y me llevó por el pasillo hasta una sala colosal que tenía un ventanal de suelo a techo, lámparas centelleantes y suelos de mármol recién abrillantados. —Ante mí se extendían cientos de mesas cubiertas con manteles blancos, decorados con centros de mesa dorados y plateados. —El anagrama y las letras Compañía de Ballet de Nueva York CBNY estaban impresos en el menú de la cena y el programa.

No había un escenario propiamente dicho en la sala, sino una plataforma elevada en el centro, para que se viera perfectamente desde todas las mesas.

—¿Este lugar le parece bien, señor? —El acomodador hizo un gesto señalando un asiento que se encontraba justo delante del improvisado escenario.

—Sí, gracias.

—La cena se servirá dentro de aproximadamente una hora, y los benefactores de la Compañía de Ballet de Nueva York CBNY serán agasajados justo después. —luego, serán los programas cortos de exhibición y los números de danza.

Le di otra vez las gracias mientras tomaba asiento. —Si hubiera conocido el orden exacto del programa, no habría hecho acto de presencia hasta mucho más tarde.

Tomé el folleto que tenía delante y hojeé las páginas, deteniéndome al ver el rostro de Candy.

La habían fotografiado cuando estaba riéndose, mientras se echaba el cabello por detrás de su espalda mirando directamente a la cámara. —De acuerdo con la imagen, llevaba el cabello más largo, y su mirada contenía más felicidad y esperanza que nunca.

Me quedé observando la fotografía durante un buen rato..—Las luces de la habitación parpadearon y se oyó un suave aplauso cuando una mujer vestida de blanco subió a la plataforma.

—Empezaremos dentro de un momento —anunció—. Damas y caballeros, muchas gracias por asistir a la Gala Anual de la Compañía de Ballet de Nueva York. —Es un gran honor y un orgullo presentarles esta noche a los artistas principales, a los solistas y a los miembros del cuerpo de baile. —Como ya saben, debido a una serie de infortunadas circunstancias, nos hemos visto obligados a reemplazar casi al noventa por ciento del elenco, pero como siempre, el espectáculo debe continuar. —Estoy convencida de que estamos ante el mejor grupo que hemos tenido en mucho tiempo.

El público aplaudió.

—Este año pondremos en marcha varias producciones, pero a lo largo del invierno se representarán —El pájaro de fuego, —Joyas y nuestro favorito, —El lago de los cisnes.

Más aplausos.

—Esta noche, los componentes del ballet se presentarán ante ustedes y realizarán un pequeño homenaje como agradecimiento por su continuo apoyo a las artes. Y, como siempre cuando se trata de danza, no aplaudan hasta que se apague la última nota. Gracias.

Se alejó y las luces pasaron de un blanco etéreo a un azul vibrante, que más tarde se disolvió entre fuertes tonos violetas y rosas.

Uno por uno, los bailarines salieron a recitar un corto discurso antes de bailar una pieza corta acompañados de la música del piano. —Aunque algunos artistas me resultaron entretenidos, otros hicieron que me preguntara si se habían despertado esa mañana y decidido ser bailarines por primera vez.

—¿Seguro que este es su mejor grupo?..

Escuché comentar entre los murmullos de la multitud al ver las actuaciones.

—Quizá deberían haber cancelado la temporada después del accidente..—Con un poco de suerte, los ensayos darán su fruto cuando comiencen las representaciones.

El hombre que estaba a mi lado me susurró que echaba de menos los buenos tiempos de la compañía justo cuando Candy subió al escenario.

Llevaba un top beige y un tutú a juego, y los labios pintados de un profundo color rojo oscuro.

—Buenas noches, Nueva York —saludó—. Mi nombre es Candice White, y...

Dijo algo más, pero sus palabras se perdieron entre los aplausos del público, aunque yo solo podía concentrarme en lo guapa que estaba. —Jamás lo admitiría ante nadie, pero había enmarcado aquella fotografía en la que aparecíamos los dos y la tenía en la mesilla de noche para poder ver su hermoso rostro cada vez que tenía un mal día.

Sin embargo, esta noche Candy no estaba guapa. —Estaba hermosa.

Vi que sus labios dejaban de moverse en medio de otra ronda de aplausos de la audiencia antes de que los suaves sonidos de un piano y un arpa llenaran lentamente la habitación.

Candy cerró los ojos y comenzó su actuación, bailando como si fuera la única persona presente.

Hubo un cambio inmediato en el ambiente de la gala. —Todos los que la miraban estaban completamente cautivados y seguían embelesados sus movimientos.

De repente, se unió a ella un bailarín, que la recogió y sostuvo por encima de su cabeza, girando mientras la música se endurecía. —Después de que la dejara en el suelo, los dos compaginaron sus pasos sonriéndose el uno al otro, e intercambiando miradas que dejaban claro que se conocían muy bien.

En el segundo en el que se detuvo la música, el bailarín la apresó entre sus brazos y la besó en los labios.

—¿Qué demonios...?

La multitud se levantó y aplaudió por primera vez en la noche, aunque yo permanecí sentado, totalmente desconcertado por lo que acababa de ver.

—Quizá no tenga que cancelar mi pase de la temporada, después de todo, ¿eh? —comentó el hombre que tenía al lado guiñándome un ojo—. Bravissimo!

Entrecerré los ojos mientras miraba a Candy y a su pareja, hirviendo por dentro cuando vi que aquel maldito güero oxigenado le rodeaba la cintura con un brazo y le rozaba la piel con los dedos. —Le susurró algo al oído y ella se ruborizó, haciendo que mi presión arterial alcanzara un máximo histórico.

—Bueno, ¡menuda respuesta! —dijo la presentadora—. Gracias, señorita White y señor Brown. —Quiero que todos sepan que los dos serán cabeza de cartel el mes próximo en la gala Silver Moon... —Continuó hablando, cantando las alabanzas del programa, pero yo no escuché sus palabras.

Me sentía muy sorprendido por lo que acababa de ver, sin poder creerme que Candy hubiese besado a otra persona.

Otros bailarines ocuparon el escenario y hubo más aplausos, más discursos, aunque mis pensamientos continuaron siendo los mismos. —Solo me di cuenta de que habían terminado los números de baile al ver que empezaban a soltar sus discursos los benefactores de la Compañía de Ballet de Nueva York CBNY.

—¿Le interesa hacer una donación? —me preguntó una bailarina, todavía vestida con un tutú blanco—. ¿Le gustaría hacer una contribución a la compañía?

—Mi contribución ha sido lo que he pagado por la entrada. —Me levanté, dejando el ramo de narcisos sobre la silla, y me fui en busca de Candy...—No tardé mucho en encontrarla.

Estaba en un lugar apartado con un vestido plateado que no dejaba mucho a la imaginación, riéndose y haciéndole ojitos a aquel maldito güero oxigenado mientras él le entregaba una copa.

—¿Disculpe, señor? —Noté un golpecito en el hombro.

—¿Qué? —No aparté la mirada de Candy.

—Mmm... Si quiere pasar a esta zona después del evento, tiene que hacer una donación... Son las reglas. —Está escrito en negrita en el...

—Tenga. —Le di todo lo que llevaba en la cartera y la chica desapareció.

El oxigenado le dio un beso en la frente a Candy antes de alejarse, ofreciéndome la oportunidad perfecta para acercarme, pero ella se vio rodeada por un grupo de bailarinas.

Esperé a que terminara la conversación, hasta que Candy les dijo que se reuniría con ellas más tarde, para ponerme en movimiento.

Cuando se dio la vuelta, le puse la mano en el hombro... —Y sentí una inyección de adrenalina en las venas.

—Buenas noches, Candy.

Ella dejó caer el vaso al suelo y se giró lentamente hacia mí.

—¿Terry? —Dio un paso atrás—. ¿Qué haces aquí?

—¿Importa?

No respondió... Ninguno de los dos dijo nada más, y la tensión familiar que siempre había existido entre nosotros empezó a hacerse más palpable cada segundo que pasaba.

De cerca estaba todavía más hermosa, y me sentí tentado a empujarla contra la pared para dejarme llevar por ella, pero me contuve.

—¿Podemos hablar? —pregunté.

Ella solo me miró de arriba abajo.

—Candy... —Busqué sus ojos—. ¿Puedo hablar contigo?

—No.

—¿Cómo? —Arqueé una ceja.

—He dicho que no. —Cruzó los brazos—. No, no es posible que hablemos, así que puedes regresar a donde quiera que hayas salido.

Se alejó en dirección a la pista de baile...—Suspiré y fui tras ella. —La tomé de la mano, obligándola a darse la vuelta.

—Solo serán cinco minutos.

—Son cinco minutos más de lo que estoy dispuesta a pasar contigo.

—Es importante.

—¿Estás a punto de morir? —Se puso roja—. ¿Es una cuestión de vida o muerte?.

—¿Es necesario que lo sea? —Le acaricié la mejilla con la mano, haciéndola callar temporalmente—. Estás hermosa esta noche...

—Gracias. —Mi novio piensa lo mismo.

—¿Tu novio?

—Sí, ya sabes, esa persona que no te trata como si fueras mierda solo porque te gusta y tú le gustas. —Un concepto interesante, ¿verdad?

No tuve oportunidad de responderle...—La orquesta ejecutó un repentino acorde que resonó en toda la estancia y se oyó una voz por los altavoces.

—Damas y caballeros —dijo—. La orquesta ejecutará ahora una de las piezas más famosas Vals de Ensueño.—Por favor, únanse a nosotros en este homenaje...

Agarré la mano de Candy y entrelacé sus dedos con los míos al tiempo que ponía la otra mano en su cintura.

—¿Qué haces? —siseó, tratando de apartarse—. No pienso bailar contigo.

—Sí, lo harás —aseguré, apretando mi agarre.

—Por favor, Terry, no me hagas gritar.

—¿Qué te hace pensar que no me encantaría oírte gritar?

Trató de alejarse de mí, pero la mantuve inmóvil.

—Cinco minutos —pedí.

—Tres —repuso ella.

—Está bien!. —Aflojé la mano y nos balanceamos con la música—. ¿Eres consciente de que tu novio es como otra bailarina?

—El término correcto —corrigió ella, poniendo los ojos en blanco— es danseur.

—Es una puñetera bailarina... —La guié por la pista de baile—. ¿Es esto lo que has estado haciendo durante los últimos meses?

—¿Hacer realidad mis sueños sin tener que soportar a cierto idiota?

—La verdad es que esperaba más de ti cuando salieras con otro.

—Me importa un bledo lo que esperaras —susurró—. Es todo lo que tú no eres...

—¿Porque te besa en público?

—Es más que eso... Pero sí, eso forma parte de la interminable lista de cosas que lo hacen superior a ti.

—¿Consigue que tengas un orgasmo?

—No me hace llorar.

Silencio.

Sentí que intentaba alejarse de mí y se lo impedí.

—¿Te estas acostando con él?

—¿Por qué te importa?

—No me importa. —Solo quiero saberlo...fingí indiferencia aunque por dentro me moría de celos, de solo imaginarlo.

—Hace meses que no hablamos y ¿te crees con derecho a saber con quién estoy acostándome?

—No usaría necesariamente el término "derecho".

—No. —Apretó los pechos contra mí—. No estoy acostándome con él, pero ¿sabes qué? Lo haré muy pronto.

—No es necesario si yo estoy aquí.

Se echó a reír y dio un paso atrás.

—¿De verdad piensas que me voy a acostar contigo? ¿Lo dices en serio?

—Candy...

—¿De verdad me consideras tan estúpida? —me interrumpió—. No quiero tener nada que ver contigo, Terry. —No eres más que una buena musa para llegar al orgasmo, algo en lo que pensar cuando me masturbo, y aunque pueda haberte echado de menos...

—¿Me has echado de menos?

—Solo la idea de lo que podría haber sido.

—¿No podemos ser amigos, siquiera?

—No podemos ser nada.

Sus labios estaban casi pegados a los míos.

—¿Por qué me resulta tan difícil creerte? —me burlé.

—No debería ser así. —Me miró—. Porque para que te prestara atención una vez que termine esta gala, tendría que volver a verte.

—Entonces, vuelve a verme.

—¡Por favor...! —Se rio. Nunca la había visto tan furiosa—. Tendrías que pedírmelo de rodillas, Terry. —Rogármelo...

—Hola, Candy —nos interrumpió su novio, el oxigenado bailarín—. ¿Pasa algo?

—No, todo va bien. —Se apartó de mí y lo besó en la mejilla—. Más que bien.

—¿Quién es tu amigo?

—Nadie —replicó ella—. Solo un tipo que ha hecho una donación.

—Gracias por su contribución.

El idiota oxigenado me estrechó la mano como si fuera una mujer y se volvió hacia Candy.

—¿Preparada para ir a casa?

—Preparadísima. —Lo tomó de la mano y se alejó de mí sin mirar atrás.

Salí al balcón de mi habitación en el hotel, todavía sorprendido por lo que había ocurrido unas horas antes. —Esperaba que Candy viniera conmigo, que me acompañara al hotel para ponernos al día.

No podía dejar de pensar en ella, así que le escribí un correo electrónico.

Asunto: Tu dirección.

Tenemos que terminar la conversación. —Dime dónde vives, así podré ir y hablaremos.

Terry

Asunto: re: Tu dirección.

Dudo mucho que tu intención sea solo hablar. —Quieres tener sexo.

Pero estoy segura de que Anthony no apreciaría demasiado que vinieras esta noche.

Candice

Asunto: re: re: Tu dirección.

No me importaría que se quedara a ver. —tal vez aprende algo.

Terry.

Tardó mucho tiempo en responder, y cuando por fin lo hizo, me envió un mensaje de texto:

Terry, por favor, déjame en paz.

No pude, y le envié un nuevo correo.

Asunto: Mecenas.

He colaborado como mecenas con la Compañía de Ballet de Nueva York

CBNY. —Uno de los beneficios es un tour guiado por el miembro del cuerpo de baile que yo elija. —Sin duda serás tú.

Terry.

Asunto: re: Mecenas.

Gracias por esa información tan inútil. —Si me eliges a mí, no estaremos solos, y me aseguraré de que la visita termina a la hora exacta. Ahora, por favor, déjame en paz. —Estoy saliendo con alguien que disfruta más de mi cerebro que de mi sexo.

Tuviste tu oportunidad y la desperdiciaste. —No sé para qué has venido a Nueva York, aunque tampoco me importa. —De verdad, no quiero saber nada más de ti. —Vete por donde viniste de una vez.

Candice.

Suspiré y busqué un número entre mis contactos. —Sabía que ella solo estaba furiosa, y no pensaba permitir que tuviera la última palabra. —Llamé a un antiguo amigo, que respondió al instante.

—¿Quién es? —dijo una voz cascada al otro lado de la línea.

—Necesito una dirección.

—¿Quién es?

—Necesito una dirección ahora mismo.

—¿Terrence? —Había una sonrisa en su voz—. ¿Eres tú?

—Ahora soy Terruce. —Hice una mueca—. ¿Vas a echarme una mano o no?

—Bueno, ya que me lo pides tan amablemente... —Hubo un zumbido familiar de fondo..¿Sabes?, no he sabido nada de ti desde la última vez que te vi... —Se interrumpió y se aclaró la garganta—. ¿Nombre?

—Candice White.

—¿Sabes el distrito?

—No. —Pero no lleva en esa dirección más que unos meses. —Se acaba de mudar.

La línea quedó en silencio durante un rato mientras él tecleaba en el ordenador.

—La tengo —anunció—. 7654 de la Quinta Avenida.

Me planteé si debería esperar hasta el día siguiente, pero de repente estaba poniéndome el abrigo.

—Me alegro de haber escuchado de nuevo tu voz, Terrence... —La voz de Charlie me devolvió al presente—. Es una buena noticia saber que estás bien y... que has superado lo que ocurrió.

—Nunca lo superaré. —Colgué y salí. —Hice señas al conductor para que me abriera la puerta de atrás.

—¿A dónde vamos, señor Grantchester?

—Al 7654 de la Quinta Avenida.

—Enseguida.

Tardamos menos de veinte minutos en llegar y, cuando el vehículo se detuvo, me quedé observando el edificio de piedra roja durante un buen rato.

Era del tipo de departamentos que yo me hubiera comprado hace años, cuando vivía en la Gran Manzana, algo muy alejado del presupuesto de una bailarina. —Imaginé que serían sus padres los que estaban pagándole el alquiler.

Me cerré el abrigo al salir del auto y llamé a la puerta cinco veces.

—¡Ya voy! —gritó.

Se abrió la puerta, pero no fue ella la que apareció ante mí, sino el güero oxigenado.

—Mmm... —Parecía confuso—. ¿has dejado la pizza en el auto?

—No soy un puto repartidor de pizza...— ¿Dónde está Candy?

—Depende...—¿No nos hemos visto en la gala? —Cruzó los brazos mientras Candy se acercaba...—¿Quién eres?

—No es nadie —repitió ella, poniéndose de puntillas para besarlo en los labios.

Candy me miró con una ceja arqueada mientras él le devolvía el beso..

—Esos labios han estado en otra parte de mi cuerpo.. siseé con los dientes apretados..Ella jadeó y se puso roja como la grana.

—Lo siento, Anthony... ¿Puedes dejarnos a solas un momento?

Él nos miró a los dos con expresión furiosa, pero se alejó.

—¿Qué demonios quieres, Terry? —Ella parecía muy molesta—. ¿Qué quieres de mí?

—Quiero hablar.

—¿Sobre qué?

—Sobre nosotros, podemos volver a ...

—Eso no va a ocurrir.

—Candy...

—¿Por qué has venido a Nueva York? —¿Has tenido que desplazarte hasta aquí para tirarte a tus ligues? —¿Es que ya no encuentras mujeres en Chicago?.

—En realidad, eso parece.

Empezó a cerrar la puerta, pero se lo impedí con la mano.

—Te extraño, Candy... —La miré a los ojos—. De verdad... —Lamento haberte echado aquella noche.

—Deberías —susurró—. Y si realmente me echas de menos, déjame en paz.

—¿Por qué tendría que hacerlo?

—Porque eres bipolar. —Porque en cuanto te hago demasiadas preguntas o te sugiero algo que te saca de tu zona de confort, me tratas como basura, así que prefiero cortar por lo sano. —Se secó una lágrima—. Era tu única amiga. ¡Tu única amiga! —Y me trataste peor que a cualquiera de esas mujeres que conocías online. —Sea como sea, fue culpa mía por permitírtelo. —Por favor, márchate.

—Candy, escucha...

—¿Es que hay pegamento en el suelo? —Me empujó, obligándome a bajar un escalón—. ¿Por eso sigues aquí?

—Por favor, solo...

—Quien miente una vez siempre vuelve a hacerlo, ¿verdad? —Me empujó de nuevo..Sigues siendo el que más miente de nosotros dos. —Mentir por omisión sigue siendo mentira.

—Por favor, ¿por qué no te calmas y permites que hablemos de esto ahí dentro?

—Pensaba que odiabas las preguntas retóricas. —Me cerró la puerta en las narices.

Narrado Por Candy...

A la mañana siguiente me desperté al borde de un ataque de nervios...—No podía creer que Terry estuviera en Nueva York ni tampoco que hubiera admitido que me extrañaba, frente de mi puerta.

Verlo de nuevo había despertado toda clase de emociones en mi interior, y a pesar de que le había dicho a Anthony que entre Terry y yo no había nada, me había pasado el resto de la noche pensando en él.

En él y en su traje a medida. —En él y en sus labios hechos para besar casi pegados a los míos mientras discutíamos. Y, para mi eterna vergüenza, en él y en su perfecto miembro, que había sentido endurecerse dentro de los pantalones mientras me guiaba por la pista de baile.

Me levanté de la cama y le envié un mensaje de texto a Anthony.

Hoy es mi ensayo privado con el señor Leonard. ¡Deséame suerte!

Su respuesta llegó casi al momento:

¡Buena suerte, nena! Lleva un poco de café, lo vas a necesitar...

Anthony es un encanto y es bueno para ti —me recordé mientras me metía en la ducha—. Puede que no se le dé bien el sexo telefónico, y puede que ahora no tengas ningún deseo de acostarte con él, pero te trata como no te han tratado nunca.

Cuando estaba arrugada como una pasa, salí de la ducha y miré la hora...—Eran las cuatro y media de la madrugada.

Tenía veinte minutos para llegar a la estación de metro más cercana y evitar la ira del señor Leonard. —Tras ponerme unos pantalones, agarré la bolsa de ballet y me puse el abrigo en el pasillo. —Comprobé en la cartera que llevaba el tiquet del metro y cuando abrí la puerta, me topé de frente con un extraño que llevaba una taza humeante de café.

—Buena suerte en el ensayo de hoy —me dijo mientras me lo entregaba—. Ha sido hecho especialmente para usted.

—¿Desde cuándo se entregan cafés a domicilio?

Se encogió de hombros.

—No se hace.

Me quedé observado el vaso mientras se alejaba, dándome cuenta de que mi nombre estaba escrito encima de la nata con letras de caramelo. —En la etiqueta, también se podía leer "Buena suerte"

Era el tipo de detalle que tendría Anthony..—de inmediato, me sentí culpable por no haberle dedicado anoche toda mi atención. —Mientras caminaba hacia el metro, bebiendo lo que sin duda era el mejor café que había probado, me prometí a mí misma que no volvería a ignorarlo a Anthony de esa manera.

Borré todos los mensajes de texto y correos electrónicos de Terry, incluso los que me había dicho a mí misma que había borrado y solo había archivado. —Bloqueé su número de teléfono para que no pudiera llamarme, y aunque no podía hacer lo mismo con sus correos electrónicos, cambié la configuración para que fueran directamente a la carpeta de correo no deseado.

Cuando llegué al ensayo, bailé mejor que nunca...

—¿Cómo puede darte tiempo a tomar el metro para reunirte conmigo en el ensayo y acompañarme a casa? —Miré a Anthony mientras cruzaba la calle—. ¿De dónde sacas tanta energía?

—Siempre me da tiempo de hacer lo que realmente me gusta. —Me besó en la frente...

—¿Quieres ir al cine este fin de semana? Invito yo, que te debo una...

—¿Por qué dices eso?

—Me siento fatal por lo que ocurrió la noche en la gala y lo que te dijo ese tipo —confesé...Lo siento mucho.

—No te preocupes. —Estoy seguro de que él... —Se interrumpió cuando nos acercamos a mi casa y vio al hombre que esperaba apoyado en la puerta.

Respiré profundamente cuando vi que Terry bajaba los escalones.

—Buenas noches, Candy —me saludó, sonriente—. Y tú eres Danseur, ¿verdad?

—Mi nombre Anthony...respondió cruzándose de brazos...

—Bah! Bufé..—me da igual cual sea tu nombre.

—Juraría que he escuchado decir a Candy que no te quería ver más. ¿Por qué no le haces caso?

—Porque durante la mayor parte del tiempo lo que ella dice no es verdad. —Terry me miró con tanta intensidad que me puse de los nervios—. Además, sé que solo está enfadada conmigo.

—¡Escucha, idiota! —Anthony emitió un suspiro de exasperación—. Candy ahora es mi novia, es evidente que ha pasado página. —¿Captas? —Sale conmigo.

—Sinceramente, no me siento amenazado —dijo Terry sin dejar de mirarme—. ¿Te ha gustado el café que te he enviado esta mañana?

—¿Qué? ¿Lo has enviado tú? —Abrí los ojos como platos—. Pensaba que...

—¿De qué café habla, Candy? —Anthony parecía confuso—. ¿De qué habla?

—Terry... —Sacudí la cabeza—. Gracias por el café, pero eso no sirve para...

—No ha sido esa mi intención.

Me envolvió una ráfaga de aire frío y me sentí atraída hacia él, literalmente impulsada, y avancé unos pasos hacia delante. —Aunque luego retrocedí.

—Ahora salgo con Anthony... —agarré a Anthony de la mano y lo llevé hasta la puerta, negándome a mirar a un Terry que parecía dolido.

Cerré la puerta y asomé la nariz por las persianas para ver que todavía seguía allí de pie. Confuso.

—Mira, Candy... —La voz de Anthony reclamó mi atención—. No creo que esto esté funcionando.

—¿Qué? No, no, no... —Por supuesto que va a funcionar. —Esto solo es un problema menor.

—Creo que tu corazón y tu mente están en otra parte... —En realidad, siempre ha sido así.

—¿Es en serio? —Me crucé de brazos—. ¿Porque un psicópata de mi pasado se presenta una noche y de repente vuelve a quererme? —¿Por eso?

—Por eso y porque ese psicópata me envió hoy mismo un mensaje que decía "ella es mia".

Suspiré y se acercó para besarme en la frente.

—Si se trata de un problema menor y él no significa nada para ti, podemos retomar esto dentro de un mes.

—¿Dentro de un mes?

Asintió.

—De esa forma, lo sabrás seguro. —Y cuando tengamos sexo telefónico, será mucho mejor dado que tendremos más ganas...—Quizá incluso podamos probar a mantener relaciones sexuales de verdad.

No dije nada mientras lo veía salir de mi casa...—Me asomé de nuevo a las persianas y lo vi desaparecer en la noche. —Luego me di cuenta de que Terry seguía en la calle.

Baje las escaleras furiosa y me acerqué directamente a él.

—¿Tienes una idea de cuánto te odio en este momento?

—El odio no es algo que se pueda medir exactamente.

—Acabas de destrozar la mejor relación que tenía en esta ciudad. —Acabas de conseguir que me deje.

—Bueno —se defendió—, te he hecho un favor.

—¿Es así como tienes pensado conseguir que vuelva a hablar contigo?

—En parte sí.

—No va a funcionar. —Le pinché el pecho con el dedo haciendo hincapié en cada sílaba...—Te dije que tendrías que suplicarme, y puesto que eso es algo que tú no haces...

—No tienes ni un maldita idea de qué es lo que pienso hacer.

—¿Vas a acompañarme al metro cada mañana?

—Tengo un auto a mi disposición.

—¿Vas a acompañarme a la salida de los ensayos?

—Lo haré .

—¿De verdad me vas a tratar con un poco de respeto?

Encerró mi cara entre sus manos.

—Si me das una oportunidad...

Retrocedí un paso, todavía enfadada.

Una semana después...

Asunto: AnthonyGate

No sé cuántas veces más voy a tener que pedirte perdón por hacer que tu "novio" te dejara, cuando, de hecho, no lo siento en absoluto. —Estoy seguro que no hace que tu cuerpo vibre con solo escuchar su voz.

Terry.

¡Agg! —Lancé el móvil al otro extremo de la habitación, casi tirando el hermoso ramo de narcisos que me envió ayer.

Desde que ocurrió el AntonyGate la semana pasada, había tenido que lidiar con Terry todos los días de una u otra manera. —Por las mañanas, me traía personalmente mi café favorito, y me acompañaba hasta la estación del metro mientras se disculpaba sinceramente. —A su manera, claro está.

Sin embargo, yo no le respondía. —Me limitaba a beber el café y a escucharlo.

Me senté en el sofá y cogí una bolsa de hielo para ponérmela sobre los hombros. Estaba contando los días que faltaban para la inauguración mientras me preguntaba cuánto dolor más podría soportar mi cuerpo.

Me miré los pies: estaban irreconocibles, llenos de cortes y ampollas. —Los músculos de los brazos también me dolían y, cuando le dije ayer al señor Leonard que necesitaba unos minutos para estirar la pierna derecha, me respondió que entonces él necesitaba a una bailarina que no hiciera eso.

Me estremecí al recordarlo antes de oír que llamaban a la puerta.

—¡Ya voy! —Me acerqué a abrir, pero me sentí tentada a cerrarla de golpe al ver a Terry.

—¿Qué quieres? —pregunté.

—El ensayo empieza dentro de una hora. —Vas a llegar tarde.

—No, ..—hoy tengo ensayo por la tarde. —Gracias por el interés.

—¿Puedo quedarme contigo hasta entonces?

—No.

—¿Por qué?

—¿Es necesaria alguna razón?

—Solo quiero hablar contigo un rato, Candy.

—Eso podemos hacerlo por teléfono.

—Has bloqueado mi número de teléfono. —Me miró con los ojos entrecerrados—. Hoy he intentando llamarte... —Dos veces.

—¿Y por qué no me escribes un correo electrónico?

—Candy, por favor... —Parecía sincero.

—Esta bien!... —Le abrí la puerta—. Pero te irás dentro de cinco minutos. —Quiero tomar una siesta.

Cuando entró, miró a su alrededor, pasando las manos por los cuadros que había en los pasillos...—Se frotó la barbilla, algo impresionado.

—¿Te están pagando tus padres el departamento?

—No, no he vuelto a hablar con ellos desde que me fui —admití—. Una bailarina retirada de la Compañía de Ballet de Nueva York CBNY es la propietaria del edificio y alquila los departamentos a las chicas del ballet.

—¿Es caro?

—No, en absoluto. —Me senté en el sofá—. Solo así puedo permitirme el lujo de vivir en esta parte de la ciudad. —De lo contrario, solo podría hacerlo durmiendo en una caja de cartón.

Me miró durante un buen rato, sin decir palabra.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada. ..—Es solo que hacía mucho tiempo que no me decías una frase completa.

—No te acostumbres. —Hice una mueca y me puse otra vez la bolsa de hielo en el hombro—. Intento que los cinco minutos que vas a estar conmigo resulten memorables.

—Lo serán.

Guardé silencio...—Se acercó y se sentó a mi lado en el sofá.

—Por cierto, te puse un sobresaliente en tus prácticas en BAG.

—¿Por simpatía?

—Porque tu trabajo era el mejor. —Me miró a los ojos—. A pesar de que podría haber sido mejor sin el post-it que había al final y que ponía: "Para su información: el señor Grantchester solía tomarme en su despacho"

Contuve la risa.

—Annie te echa de menos.

—¿De verdad?

—Afirma que yo era mucho más deseable cuando estabas tú —explicó—. Y al parecer nos espiaba cuando manteníamos relaciones sexuales.

—¿Qué?

—Ni siquiera me he planteado despedirla... Creo que me cae bien.

—¿Siguen odiándote los pasantes?

—No. —Sonrió—. Por alguna extraña razón, empezaron a apreciarme después de que te fueras.

—¿Insinúas que era culpa mía que te comportaras como un idiota?

—No...respondió retirando la bolsa de hielo—. Lo que insinúo es que me importa un bledo lo que digan los pasantes cuando no está mi favorita.

Me sonrojé. —Él empezó a darme un suave masaje en los hombros, amasando mi piel con las manos...—Cerré los ojos y suspiré al tiempo que inclinaba la cabeza hacia atrás para decirle que se detuviera.

—¿Tienes pensado aceptar alguna vez mis disculpas? —preguntó, besándome el cuello.

—No.

—¿Existe alguna manera de conseguir que lo hagas? —me frotó con suavidad la clavícula, aliviando el dolor.

—Podrías decirme la verdadera razón de que estés en Nueva York... —Noté que me soltaba el sujetador—. Sé que no has venido para verme a mí.

Me besó el hombro.

—Eso no puedes saberlo.

—Lo digo en serio, Terry.

—Y yo... —Presionó las palmas de las manos contra mi espalda, dejándome temporalmente sin habla—. En realidad en parte eres la razón de que esté aquí en este momento.

—¿Y la otra parte?

Me inclinó la cabeza hacia atrás para que lo mirara a los ojos.

—La otra parte no importa.

Parecía que quería besarme, pero se contuvo.—En cambio, deslizó las manos por debajo de mis piernas y me dio la vuelta, haciendo que quedara tumbada en su regazo.

—¿A qué hora tienes el ensayo?

—A las cuatro... —logré decir a duras penas. —Su dedos eran mágicos.

—¿Puedo llevarte? —Me amasó la parte posterior de los hombros—. No puedo seguir haciendo esto si tienes que ir en metro...

Asentí con la cabeza y cerré los ojos, durmiéndome mientras estaba a merced de sus manos.

Una hora más tarde, Terry indicó al conductor que se detuviera junto al Lincoln Center.

Me desabroché el cinturón de seguridad y lo miré.

—¿Vas a estar esperándome cuando termine el ensayo?

—Es muy probable.

—¿Con un chocolate caliente?

—¿Prefieres otra cosa?

Sonreí.

—No.

Se inclinó y me colocó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Pensaba que hacía lo mejor al echarte esa noche, al alejarte de mí... Sin duda fue un error.

—No pienso volver contigo solo porque hayas dicho eso.

—No te lo he pedido. —Me puso un dedo en los labios, silenciándome—. Sin embargo, me gustaría que consideres perdonarme.

—Lo pensaré. —Solo porque...

Sus labios cubrieron los míos, besándome, rogándome, diciéndome todo eso que no podía decirme con palabras. —Y esta vez estaba escuchándolo, echando de menos todo lo que teníamos antes de que me expulsara de su vida.

Sin dejar que me fuera, enredó los dedos entre mis cabellos hasta acariciarme el cuello.

—Por favor, piénsalo... —susurró mientras se alejaba de mí muy despacio.

—Mmm... —Intenté recuperar el aliento antes de abrir la puerta.

—Nos vemos esta noche. —Me rozó los labios antes de dejarme en medio de la calle, otra vez sin aliento.

Me dirigí hacia la sala de baile segura de que hoy bailaría como si estuviera flotando en el aire. —Abrí la puertas, pero sentí que alguien me agarraba desde atrás.

—¿Candice? —preguntó una voz—. ¿Candy, eres tú?

Me di la vuelta, sorprendida.

—Mamá, ¿qué estás haciendo aquí?

—Quería verte...

De pronto, vi el stiker que llevaba en la blusa: "Vota útil.—Vota White" y supe que no era cierto. —Estaba en Nueva York por algo relacionado con la campaña de mi padre. —Solo era una parada más.

—Bueno, ya me has visto... —Me giré para deslizarme en el interior del edificio.

—Espera, Candy. —Me siguió—. ¿De verdad piensas que mudarte a otra parte del país es la mejor manera de llamar nuestra atención?

—No me fui de Chicago para llamar la atención de ustedes.

—Bueno, sin embargo, lo has conseguido.

—Y mira..., solo he tardado veinticinco años.

Suspiró.

—Hemos decidido hablar con el jefe de departamento para que te permita continuar tus estudios donde lo dejaste el semestre pasado. —Será lo mejor, dado que te contraría tanto formar parte de la campaña.

—No estoy contrariada. —Sinceramente, no me importa.

—Claro que sí. —Parecía ofendida—. Pero si eso te hace sentir mejor, hemos puesto una foto tuya bailando en el folleto de la campaña.

—¿Lo has hecho para que parezca que de verdad les interesa el arte?

—No, hemos donado cincuenta mil dólares al programa de baile de la Universidad de Chicago para eso. —La imagen en el folleto fue algo personal, a pesar de que hubiera sido mejor que escribieras ese discurso que te suplicamos que escribieras. —Podríamos haberlo puesto junto a la foto.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿A qué hora sale tu vuelo, mamá?

—¿Perdón?

—¿Que cuándo sale el vuelo? —repetí con la voz rota—. Estoy segura de que será dentro de tres horas para no tener que pasar aquí el día completo, así que puedes volver a casa y decirle a papá que has intentado convencerme de que regrese a casa después de haber cumplido con la programación de la campaña. —Estoy segura de que es lo único que te importa.

Se quedó callada.

—No volveré a vivir en Chicago por lo menos durante los próximos tres años, que es lo que dura el contrato que he firmado con la Compañía de Ballet de Nueva York, donde intento perseguir mi sueño. —Y debo añadir que, para mi completa satisfacción, no voy a tener que estar cerca de ustedes.

Jadeó.

—Vete, no pierdas tu vuelo. —Saluda a papá de mi parte.

—¿Me vas a dejar aquí plantada?

—Es lo que has hecho tú durante toda mi vida. —Salí del edificio; estaba demasiado enfadada y dolida para poder concentrarme.

Le envié al señor Leonard un correo para decirle que no podría asistir al ensayo porque no me encontraba bien, y comencé a recorrer la calle.

—¡Candy! —Llamó mi madre desde atrás, pero seguí caminando—. ¡Candy, espera!

Por fin me alcanzó y me agarró del brazo.

—No me importa perder el vuelo...

—¿Por qué vas a querer perderlo?

—Así podré pasar algún tiempo con mi hija antes de que se olvide de que existo.

Contuve las lágrimas.

—Puedo quedarme algunos días para que nos pongamos al día entre tus ensayos ...sugirió—. Le diré a tu padre que venga, ¿te parece bien?

—Sí, me parece bien. —Asentí moviendo la cabeza, pero luego se me ocurrió una idea—. Sin embargo, no vamos a hablar de la campaña.

—Trato hecho.

—Ni tampoco de que tengo que regresar a la facultad de derecho.

—Puedo vivir con ello. —Asintió.

—Y no vas a decir nada malo sobre el ballet.

Vaciló, pero asintió de nuevo.

—Esta bien!... —Me abrazó—. ¿Puedes detener un taxi mientras llamo al Astoria para reservar una habitación?

—¿Para qué? Puedes quedarte en mi departamento.

—¡Oh, por favor! —Se puso unos lentes de sol—. Sé lo que ganan las bailarinas y el tipo de apartamento que podrías permitirte en esta ciudad. —Seas o no mi hija, me niego a dormir ahí.

No quería reírme, pero no pude evitarlo. —Sabía que llegar a un entendimiento con mis padre sería un proceso largo, pero estaba dispuesta a darles una oportunidad.

La vi acercase a un quiosco mientras levantaba la mano para detener un taxi.

—Oh, The New York Times siempre ofrece una selección con los mejores casos. —Pasó las páginas—. Esta semana hay uno de los más importantes.

—¿Criminal o corporativo? —pregunté, mirando cómo un taxi pasaba de largo.

—Tiene un poco de todo —dijo mi madre—. De hecho, conozco a este tipo. Bueno, de oídas. Es un abogado increíble...

—A este ritmo nunca conseguiremos un taxi. —Sacudí la cabeza al ver pasar a otro frente a mí.

—Dudo que llegara a conseguir el reconocimiento que se merecía por ese caso del gobierno...

—¿De quién hablas?

—De Terrence Graham. —Sostuvo el periódico delante de mí, señalando un artículo sin fotos—. ¿Lo recuerdas? Encabeza la lista que tenemos tu padre y yo de abogados a los que nunca se les valorará como se merecen porque fueron contra el gobierno. Creo que este tipo era tu favorito.

—¡Oh, sí! —recordé—. Entonces, ¿por qué sale ahora en los periódicos? ¿Se malogró su carrera porque no recibió la fama merecida? ¿Tiene problemas?

—No, parece que acaba de testificar en un caso. —El artículo afirma que ha vivido en otro estado todos estos años, incluso como socio en algún bufete, pero no es posible. Cualquier bufete que lo tuviera en sus filas estaría presumiendo de ello, y no he escuchado nada.

—Estoy segura. —Por fin detuve un taxi—. Podemos marcharnos.

—Sin embargo, es muy raro. —Se frotó el labio—. A lo largo de su carrera, solo he visto un par de fotos suyas, y eran de sus días en la universidad. Estoy segura de que ahora su aspecto es diferente.

—Mamá —le indiqué, abriendo la puerta del taxi—. Aquí cobran por minuto.

—Ahora bien, el artículo afirma que se mudó a Chicago, donde ha vivido bajo un nombre falso durante seis años. Por supuesto, no revelan su nombre actual. Es necesario que investiguen un poco mejor, ¿no crees? ¿Cómo puede un abogado cambiar de nombre y de estado y, aun así, seguir dedicándose a la ley? —Me entregó el periódico mientras entraba en el taxi—. Tendría que cambiar toda su identidad y comenzar de nuevo. ¿Quién iba a hacer eso?

Jadeé y me leí el artículo después de sentarme en el asiento trasero. Lo asimilé palabra por palabra, y a mí alrededor, todo comenzó a dar vueltas. Supe que me había quedado boquiabierta al recordar mi primera entrevista en B A G

Señorita White, ¿sigue la carrera de algún abogado y lo considera un modelo a seguir?...me había preguntado el señor Britter sonriente.

—Sí, en realidad sí —había respondido yo—. Siempre he admirado la trayectoria de Terrence Graham.

—De Terrence Graham? —Terry me había mirado con una ceja arqueada, ¿Y ese quién es?.

Continuará...