San Petersburgo, 1893.
El pequeño Gueórgui regresaba a casa tomado de la mano de su madre. Era un día normal y corriente. Habían salido a pasear un poco mientras buscaban pan y leche, y fue entonces cuando lo vio: un niño, probablemente de su misma edad, sentado en una plaza. Su cabello era negro como la noche y abundante, pero lo que más llamó su atención era que estaba solo y lucía harapiento.
Su madre se percató de qué había llamado tanto la atención de su pequeño hijo, y sintió una puntada de dolor dentro de sí. Como madre, le dolería demasiado ver al pequeño Gueórgui en el mismo estado de ese niño callejero.
-Ven, cariño, vayamos a darle algo de comer.
Una vez que estaban lo suficientemente cerca, Gueórgui pudo verlo con más detalle. Los ojos de ese niño lo asustaron. Jamás había visto una mirada tan negra, furiosa y salvaje. "¿De esta forma luce el diablo? ¿como un niño solo e indefenso que luego arrancará tu alma con sus garras?"
-¿Cómo te llamas, cariño?
-Mijaíl, señora. ¿Se le ofrece algo?
-No, solo quería darte algo de pan.
-Trabajo por comida. No quiero el pan si me lo dará por dármelo.
-Pe…pero, no necesito nada. Sólo quiero darte pan.
-No lo quiero entonces, gracias.
Y así como así, se levantó del banquito donde estaba sentado y se fue sin voltear o mediar ninguna otra palabra.
-¿Quién se ha creído ese tonto? ¡No puedo creer que te hablara así, mamá!
-Vayamos a casa, hijo. Es solo un niñato orgulloso.
Ciertamente, Mijaíl era un niño orgulloso, independiente y solitario. Había quedado desamparado desde que tenía memoria y aprendió a valerse por sí mismo ante cualquier situación. Si fue capaz de sobrevivir los duros inviernos de Rusia, tan gélidos como el purgatorio, ¿por qué iba a necesitar de la lástima de otros para sobrevivir?
"Pan para hoy, hambre para mañana". Él odiaba tener que vivir de esa forma. Prefería obtener trabajos concurrentes donde tendría pan seguro para varios días que vivir de la mera lástima y caridad hipócrita de la gente. Es cierto que a veces sentía envidia de los otros niños que sí tenían un hogar a donde ir, una familia y comida caliente, aún si no era mucha.
Pero esa no había sido su suerte y ya él lo había aceptado. Le gustaba que los otros niños lo vieran con miedo y duda, justo como Gueórgui lo había hecho hace unos minutos. O eras el lobo y vivías para contarlo, o era la oveja que moría presa de otros. Mijaíl era un lobo, y nadie sería capaz de intimidarlo.
Al día siguiente, Gueórgui fue a la misma plaza a buscar al desvergonzado que se había atrevido a despreciar el gesto de su madre; y allí estaba él. En el mismo banquito, con esa misma mirada furiosa y perdida. El niño respiró profundo, y con esa bocanada de valentía procedió a caminar hasta aquel infame banquito.
-¡Oye tú!
-Ah, el mismo mocoso de ayer. ¿Se te ofrece algo?
-¡Eres un maleducado! Mi madre solo quería darte pan ¡y tú la despreciaste como si fuera una basura!
-¿Despreciar? Solo dije que quiero comida a cambio de trabajo.
-Pero no tenemos ningún trabajo que ofrecerte. ¿Por qué no aceptas la ayuda y ya?
El pelinegro miró a Gueórgui con una expresión de sumo desprecio. Por su puesto, ¿cómo iba a aspirar que un niño como él lo entendiera? Ha sido una oveja protegida desde que nació. La única forma de entender la calle, era vivirla. El idioma y los modismos de la calle eran feroces, al igual que sus costumbres. No era algo hecho para los frágiles.
-Nunca lo entenderías. Lárgate a tu casa y déjame en paz, ovejita.
Mijaíl se retiró del banquito con la espalda erguida y sin voltear, de la misma forma que lo había hecho el día anterior. Solo que esta vez no contó que el niño "asustado" lo tomaría por el hombro para voltearlo y darle un puñetazo en toda la cara.
-¿¡A dónde crees que vas, slovoch' (1)!? ¡Te crees muy valiente pero siempre huyes por la derecha! ¿vas a llorar a escondidas o qué?
El niño asustado también tenía su pequeño foco de rabia interno al parecer. Sus ojos también tenían algo de fuego y de furia. "Interesante". Mijaíl no medió palabra. Su respuesta fue un puñetazo que dejó al niño aturdido y en el suelo.
-Si quieres pelear conmigo, asegúrate de que realmente sabes dar un buen puñetazo, ¡mudak! (2)
Lo que ninguno de esos niños imaginó es que, al poco tiempo, entablarían una amistad casi inquebrantable. Gueórgui estuvo ahí cuando Antón decidió adoptar a Mijaíl, y el pelinegro estuvo allí cuando supo que mataron al padre de su amigo.
El mismo día que lo supo, por boca de los camaradas de Antón, corrió hasta la casa de su amigo, pero ya era demasiado tarde: se habían ido. No pudo despedirse y nunca supo qué había sido de él ni de su madre Lena. Su "padre" tampoco parecía estar del todo seguro sobre qué había sido de ellos, o tal vez no querría decírselo. Tal vez, habría sido un golpe muy duro. Independientemente de todo, había sido una grata sorpresa volver a verlo, y de forma tan inesperada.
Ahora que se habían reencontrado algunos años después, Mijaíl se percató, con tan solo ver a quien fue su amigo, que aquel rostro no era el mismo. Estaba endurecido, y sus ojos expresaban odio, y una frialdad capaz de helarle el alma a cualquiera. Había sobrevivido, pero el Gueórgui que volvió del infierno era otro; y hoy tendría la oportunidad de conocerlo. Tanto él como Antón sabían que estaban a punto de lidiar con un desconocido, por lo que tendrían que manejarse con un poco de tacto y cuidado. No sabían qué le haría rabiar, o qué lo pondría triste.
Ninguno habló durante el trayecto. Ambos estaban perdidos en sus pensamientos. Antón se sentía desconcertado con la situación.
"¿Qué estaba pensando Ustinov al mandar a este niño de regreso a San Petersburgo? ¡y al liceo, nada más y nada menos! Lo está metiendo directo en la boca del lobo. Querrán saber sus orígenes y el por qué un capitalista quiso tomarlo como su protegido sin más. Espero que tengan un plan bien tranzado. Podrían matarlo e incluso… podría poner a Mijaíl en riesgo."
Antes de que se dieran cuenta, ya habían llegado a la puerta de aquella lujosa pensión. Los habitantes de la zona los miraban con un cierto dejo de desprecio, pues sus ropas evidenciaban que no pertenecían a dicha clase social. Mijaíl regresaba las miradas de odio, y las personas no tardaban en seguir caminando o mirar hacia otro lado. Nadie lograba mantener la mirada en esos ojos tan oscuros como la noche. Tocaron la puerta y esperaron a que el anfitrión los recibiera.
-Que gusto que hayan venido. Por favor, pasen adelante.
Mijaíl se sintió un poco consternado por un momento. Hace apenas dos años, su amigo vestía con algo mejor que harapos, pero su aspecto humilde y pueblerino era como el de cualquier otro. Ahora, se alojaba en una buena zona de la ciudad, con ropas diferentes e incluso con un porte diferente. Se movía con enorme gracia, producto de muchas horas de entrenamiento seguramente. El lugar estaba pulcro, ordenado y exquisitamente decorado. Parecía el lugar de un aristócrata.
-Aún no me acostumbro a este nivel de opulencia. Aún extraño mi antigua casa. No había nada mejor que llegar y encontrar la comida de mi mamá y leña en la chimenea. Extraño la simpleza. Poder estar lleno de tierra después de una tarde de juegos… leer con mi padre, tomar té con mi madre. Cosas que parecían tan simples e insignificantes, y ahora daría todo el oro del mundo por tenerlas de vuelta. ¿Qué he hecho para merecer un castigo como ese?
Antón abrazó al joven cuya alma había dejado la niñez de forma prematura. El silencio invadió el lugar, y solo se escuchaban los sollozos ahogados de un pobre desgraciado y sin suerte.
-Perdonen… no es momento para mis sentimentalismos.
-Está bien, desahógate.
Sin decir una palabra más, el joven fue a la cocina a buscar el té y los refrigerios que tenía preparados para sus invitados.
-Lo primero que deben saber es que de ahora en más, mi nombre es Efrem. Nadie sabe de dónde vengo ni a qué he venido; aunque intuyo que ya ustedes deben estar informados al respecto.
-Yo no. -dijo Mijaíl de forma tajante. -Creí que estabas muerto. Nunca supe qué fue de ti. Podrías haberme enviado una carta para por lo menos saber que estabas vivo ¿no crees?
-¿Es que piensas que no lo hice porque no quería? ¡Claro que quería! Que no podía es otra cosa… Ustinov se ocupó muy bien de borrar todas mis huellas. Me han estado preparando para este momento.
-¿Podrías decirme qué ha pensado Ustinov al enviarte de regreso aquí?
-¿Qué no es obvio? ¡Venganza! Y la revolución. He venido a vengar a mi padre, a mi madre y a mi mismo.
Antón bebió un sorbo de té y miró a Efrem fijamente.
-Aún no estás listo para esto, muchacho.
-¿De qué estás hablando? ¡si llevo años alistándome!
-¡SOLO MÍRATE POR DIOS!
De nuevo, el silencio reinó en el lugar. Mijaíl se percató de las respiraciones agitadas de "Efrem", mientras que su padre lo seguía mirando fijamente, pero con una serenidad impropia de él.
-Debes aprender a manejarte con la cabeza en frío. Hacer las cosas con ese nivel de rabia solo hará que te maten a ti y a otros camaradas. Mírate, Gueórgui. ¿Cómo vas a disimular tu odio cuando te encuentres con un Yúsupov frente a frente? Bastará con mirarte a los ojos para que te auto delates. No estás listo para algo como esto. Además, la revolución no se trata únicamente de venganza. Si no crees o respetas los ideales por los que tu padre tanto luchó, tal vez sería más conveniente que te entrenes como asesino a sueldo y lleves a cabo tus planes personales, pero no ensucies el movimiento con tu egoísmo.
Aunque ese disparo de franqueza lo había hecho enfadar más, Efrem sabía que sí estaba equivocado. Sus ansias de volver a San Petersburgo lo habían cegado por completo de todos los otros objetivos y razones por las que estaba en su ciudad natal una vez más.
-Tienes razón. – dijo después de unos largos minutos de silencio. -No estoy del todo listo, y por esa mismo es que me enviaron aquí. Para aprender a manejarme. Estar aquí, con los tantos recuerdos y emociones que tengo me darán la fortaleza que necesito. Supongo que habrá sido una de las tantas razones de Ustinov para enviarme aquí, y solo: el desapego que forjará mi armadura. Gracias Antón, por decirme lo que necesitaba escuchar, y no lo que yo quería oír.
-No te preocupes, hijo. Para eso estoy.
La noche había llegado en Moscú, pero Dimitri aún no tenía sueño. Estaba deseoso de salir a caminar por la ciudad, solo y acompañado del frío. Tal vez no era la mejor idea, pero lo ayudaría a seguir calmando sus emociones internas. Hasta hace unas pocas semanas, estaba decidido a dejar a Alraune, cambiarse de residencia y desaparecer lentamente para dejarla ser genuinamente feliz con alguien más; pero la vida, siempre tan cambiante, le había vuelto a enseñar que el cauce de la historia puede cambiar de la noche a la mañana. Para cuando abras los ojos, el mundo podría haber cambiado.
Aunque en un principio Dimitri no estaba del todo seguro sobre ceder a los encantos de esa misteriosa mujer, ahora no solo quería ceder… también quería consumirla. Ahora que su padre y su tía no estaban en el palacio, la picardía de ella había aumentado a niveles insospechados. Aún cuando Iván venía de visita de tanto en tanto.
Aparentemente, a su futura prometida parecía no importarle. De hecho, a veces Dimitri sentía que ella lucía desagradada e incluso asustada. Parecía tenerle miedo a Iván, pero siempre lo ocultaba y evitaba hablar al respecto. Algo no estaba encajando, pero no podría obligarla a decírselo. Lo más que podía hacer era estar ahí para ella. Pero, mientras tanto, ella solo guardaba el secreto mientras hacía al pelinegro sufrir en silencio.
Cuando estaban en la biblioteca leyendo, a veces la capturaba mirándolo. Ella le sonreía y se mordía un poco los labios antes de seguir leyendo su propio libro. A veces pasaba detrás de su asiento y le acariciaba un poco los hombros. Alraune le ponía los pelos de punta cuando hacía eso, y era apenas un ligero roce.
Evidentemente, no pudo seguir conteniendo sus impulsos por más que lo deseara. Comenzaron a besarse a escondidas y a toquetearse levemente cuando iban al establo a montar caballo. Todo a espaldas de las personas que los rodeaban.
Ella era un fuego en el que Dimitri estaba deseoso de arder. A medida que pasaban los días, los besos que compartían comenzaban a dejar de ser suficientes para él. Estaba deseoso, y era momento de reconocerlo. El problema estaba en que, temía mancillarla si en algún momento se dejaba llevar por sus impulsos. No era su novia oficial, y mucho menos su prometida. No podría hacerle algo como eso al querido profesor Egenolf. Ella no era cualquier mujer, era su hija.
Sin saber qué hacer, salió de su habitación para deambular un rato por los jardines de la mansión. En su camino, pasó por la puerta de la habitación de Alraune, y sin titubearlo mucho, se devolvió.
"¿Estará despierta ella también?" Se sintió extraño ante el pensamiento de tocarle a la puerta a altas horas de la madrugada, pero la duda lo carcomía. Dio un profundo respiro, y procedió a tocar la puerta de forma suave.
-Pasa, Dimitri. Estoy despierta y la puerta está abierta.
El pelinegro abrió la puerta con sumo cuidado para no hacer ruido. Allí estaba ella, en un vestido de dormir color blanco y un poco transparentoso. La luz de las velas dejaba entrever su delicada silueta, causando que el joven tragara grueso mientras cerraba la puerta de la habitación. "Tal vez esto no haya sido la idea más inteligente que he tenido en un largo tiempo".
-¿Disfrutas la vista?
Él solo la miró en silencio. Observaba sus labios, su cuello, la forma en que su largo cabello negro caía por su espalda, y sus piernas. A sus ojos, parecía una diosa. O tal vez un ángel de la muerte que lo haría caminar gustoso a su condena. Ciertamente, no le importaba mucho.
-No puedo negar que sí. Ni puedo negar que me está costando contenerme, Alraune. Quiero que me hagas arder… y al mismo tiempo temo mancillarte.
-Yo ya te he dicho que te quiero solo a ti, Dimitri. Ven, siéntate conmigo.
Sin pensarlo dos veces, procedió a sentarse junto a ella. Lo único que hizo fue mirar al suelo. Sabía que si se volteaba a mirarla, se comportaría como un salvaje. Alraune, notando los miedos y las dudas en los ojos de su acompañante, comenzó con gestos muy simples, como acariciarle el cabello, los hombros y las manos. Repentinamente, Dimitri la tomó por la nuca y le plantó un beso agresivo y pasional. Podía sentirse el desespero de todo lo que había estado ahogando; desde su desespero por ella, hasta sus miedos más profundos.
Ella no puso objeción alguna. Solo se dejó llevar mientras él tomaba las riendas de la situación. Poco a poco, comenzaron a desvestirse el uno al otro mientras se besaban y sonreían levemente. Parecía una escena perfecta, como si de un cuento de hadas se tratase.
De un momento a otro, el pelinegro se detuvo y se quitó de encima.
-¿Dimitri?
-No creo que deberíamos estar haciendo esto. Será mejor que me vaya. Discúlpame por esto.
-¡No, espera! – Ella lo tomó de la mano y lo jaló levemente.
Es cierto, tal vez no deberían hacer esto… pero Alraune estaba decidida a llevarlo a cabo. Más allá de algún deseo carnal de un adolescente estúpido, sus razones iban mucho más allá de ello. Jamás podría amar a Iván, y si estaba obligada a casarse con un psicópata que la tendría amenazada, lo menos que la vida podía concederle sería que su primera vez fuera un recuerdo grato y especial. Algo que siempre pudiera recordar con una sonrisa.
No era únicamente por amor: esta sería su venganza contra Iván y un acto de rebeldía contra el mundo. Contra todas las personas que parecían querer manejar su destino al antojo, sin dejar que ella tomara las riendas de su propia vida. Además, apostaba a una última opción: tal vez Iván disolvería el matrimonio al darse cuenta de que su nueva esposa ya no era virgen. Ciertamente, sería una vergüenza para la casa Egenolf y para su tía Elizabeta, pero poco le importaba si eso le permitía forjar su futuro a su gusto.
-Por favor Dimitri… no te vayas.
-No quiero irme. Créeme que no, pero es lo correcto.
-¿No podrías siquiera concederme este deseo?
La miró a los ojos. No expresaban tristeza y mucho menos súplicas. Él sabía que si al final decidía irse, ella no rogaría ni lo obligaría a nada. Sus ojos descendieron hacia los labios de Alraune, luego a su cuello y continuó descendiendo la mirada hasta llegar al vientre. "No. Definitivamente no debería estar haciendo esto, pero realmente lo deseo y ella también. No estoy obligándola a hacer algo que no quiera, y ella tampoco me está obligando a mí. La amo, no puedo negarlo."
La respuesta a esa pregunta fue otro beso salvaje y apasionado. Era algo que ambos querían, y a estas alturas Dimitri ya había aceptado asumir todas las consecuencias que sus pasiones pudieran acarrearle. ¿Qué más da? Cuando ya has estado al borde de la muerte alguna vez, no son muchas las cosas que te harán dudar.
-No creo que haga falta que te lo diga, pero ten cuidado, Dimitri. Eres el único al que me he entregado, y creo que entiendes perfectamente qué te estoy pidiendo.
Él solo la miró a los ojos y procedió a besarla gentilmente mientras la acomodaba. Entendió lo que estaba pidiendo; lo justo y razonable. "No me hagas daño, trátame con delicadeza". Comenzó a besar su cuello mientras descendía lentamente, pasando por sus pechos hasta llegar a su abdomen. La acarició y la besó por un rato más. A pesar del desespero que sentía por tomarla, decidió usar un poco sus manos para cerciorarse de que no le haría daño al momento de intentar penetrarla. Para su sorpresa, Alraune estaba más que lista.
-No eres el único que ha estado deseándolo. Aunque he de decir, tienes el tacto que una esperaría de un violinista.
Ambos comenzaron a reír un poco, producto de ese comentario de humorismo.
-¿Estás segura de esto, Alraune? No habrá vuelta atrás. -ella lo tomó del cuello y lo besó apasionadamente. No eran necesarias las palabras para responder a dicha pregunta.
El resto de la noche transcurrió con algunas lágrimas y pequeños quejidos de dolor que fueron transformándose en gemidos ahogados de placer, algunos rasguños en la espalda de Dimitri y más gestos de pasión.
En unos pocos días sería el cumpleaños de Leonid, y Sergei no estaba del todo seguro sobre qué hacer al respecto. Jamás había visto cómo los nobles celebraban el cumpleaños de un niño, y mucho menos el tipo de obsequios que entregaban. Sería un evento lleno de opulencia, eso era seguro. Pero no sabía nada más al respecto.
"¿Qué puedo regalarle que él no tenga? Creció rodeado de lujos y nunca le ha faltado nada. Además, no es que tenga mucho dinero… no podría costear un buen regalo. No sé qué hacer."
De pronto, pensó en que a él le gustaba mucho leer. Tal vez podría conseguirle un buen libro en alguna tienda de segunda mano del Bolshoy Gostiny Dvor (3). ¿Qué tipo de libro podría regalarle? Ya tenía cientos de tomos de distintas novelas, todas de diferentes autores y géneros. Tendría que escoger un libro que fuera realmente excepcional.
Pensó en Maquiavelo, pero temía darle un mensaje erróneo a su amigo. ¿Y si lo interpretaba de mala forma? Ese personaje en cuestión tenía una mala fama, producto de la falta de entendimiento y de la ignorancia colectiva de la mayoría de sus lectores (4). Sergei no veía a Leonid como una persona ignorante; de hecho, si alguien como él había entendido a Maquiavelo, era prácticamente imposible que su amigo no fuera capaz de entenderlo. Pero Sergei prefería ir por lo seguro.
Entonces, se le ocurrió un libro que seguramente le gustaría, El arte de la Guerra de Sun Tzu (5). Seguramente ya lo habría leído, pero buscar una edición antigua y que tuviera su clásica presentación asiática no estaría nada mal. De hecho, sería netamente suyo, y no tendría que dejarlo en la biblioteca de la mansión junto a los otros libros. Sería un regalo perfecto y diferente, puesto que, era muy probable que los demás regalos fuesen obvios y repetidos: prendas de vestir costosas, joyas, o lo que fuera que los aristócratas se regalaran entre ellos.
Ahora que se había decidido por un regalo, buscó el dinero de su habitación y procedió a buscar al señor de la casa. Prefería pedirle permiso si iba a salir de la mansión usando uno de los carruajes de la casa Yúsupov.
Como era lo usual, Félix se encontraba en su despacho, con la puerta cerrada. Sergei respiró profundo y tocó la puerta muy delicadamente.
-Adelante.
Apenas entró a la habitación, se sintió un poco petrificado. Allí estaba Félix, con su uniforme militar y su mirada tan fría como un témpano de hielo. Sabía que no había nada que temer, pero siempre que se encontraba en presencia del padre de su amigo, sentía una espantosa ansiedad de decir o hacer algo que lo dejase mal parado, o que diera a entender que él era un estúpido. "Sí soy un estúpido, pero no quiero terminar de confirmarlo."
-¿Qué se te ofrece, hijo?
-Se…señor Félix, quería preguntarle… quería preguntarle si podría salir al Bolshoy Gostiny con uno de los carruajes del palacio.
-¿Y para qué necesitarías ir allá?
-Supe que el cumpleaños de Leonid será en pocos días, y me gustaría poder darle un regalo, señor.
Félix sonrió de forma complacida. Estaba convencido de que traer a Sergei a la mansión había sido una muy buena decisión. Su hijo tendría a un amigo con quien contar. Tanto Irina como él deseaban eso para Leonid.
-Puedes ir, pero lleva a Lyov contigo. Preferiría que no estés solo allá.
-¡Por supuesto! ¡Gracias, señor!
1. Slovoch: Bastardo
2. Mudak: Este es un término específico de género para hombres que básicamente significa "imbécil". Existe la teoría de que tiene raíces que se remontan aún más a una palabra sánscrita para "idiota".
3. Bolshoy Gostiny Dvor. Este Gostiny Dvor no solo es el centro comercial más antiguo de la ciudad, sino también uno de los primeros centros comerciales del mundo. Extendiéndose en la intersección de Nevsky Prospekt y la calle Sadovaya durante más de un kilómetro, el complejo interior de más de 100 tiendas tardó veintiocho años en construirse. Las obras de construcción comenzaron en 1757 con un diseño elaborado por Bartolomeo Rastrelli, pero que posteriormente se descartó a favor de un diseño neoclásico menos costoso y más funcional presentado por Jean-Baptiste Vallin de la Mothe (1729-1800).
A lo largo del siglo siguiente, Gostiny Dvor se incrementó continuamente, lo que resultó en diez calles interiores y hasta 178 tiendas en el siglo XX.
4. Nicolás Maquiavelo no era una mala persona.
En primer lugar, Maquiavelo fue producto de su tiempo. Cuando vivió, Italia era esencialmente un peón en un juego de ajedrez entre las potencias europeas más grandes que incluía España, Francia, Inglaterra, el Vaticano y algunos otros que establecieron líderes títeres que gobernaron estados italianos y provocaron la guerra allí. Tendría sentido para el hogar de Maquiavelo, entonces, tener un líder fuerte que pueda operar y gobernarlo adecuadamente sin sucumbir a las presiones de otros líderes. Incluso las naciones democráticas, como los EE. UU., Establecieron una ley marcial para aumentar el poder de sus líderes para que las leyes, regulaciones y otras cosas que se considerarían inconstitucionales puedan ocurrir para defender a la nación en tiempos de guerra. Y, por supuesto, toda la pregunta de si una república era buena o no prevalecía en ese momento y durante muchos años después, y la respuesta predominante a esta pregunta fue un gran "no". Muchas de las críticas que dieron a los gobiernos democráticos todavía existen hoy y vale la pena considerarlas para que una democracia funcione.
Originalmente, Maquiavelo en realidad abogó por un gobierno republicano en su libro más grande, escrito antes de 'El Príncipe', titulado 'Los discursos sobre la primera década de Livio". En él, da una sinopsis de las creencias de uno de los romanos más influyentes historiadores y cómo, y por qué, este historiador abogó por la relativamente nueva República romana de su época y, por lo tanto, la aplica para su propia nación. En su otro tratado, "El arte de la guerra", Maquiavelo también hace varias pistas hacia una república según su preferencia, siempre que tenga un ejército fuerte con soldados leales y no con mercenarios de otros países.
Maquiavelo probablemente escribió sobre el tipo de liderazgo que desearía y cómo debería actuar un líder SI, y solo SI, un gobierno republicano no era posible.
5. El arte de la Guerra de Sun Tzu.
El arte de la guerra es un libro escrito por el general y estratega militar Sun Tzu hace aproximadamente 2.500 años en la antigua China.
Es un tratado sobre práctica militar y estrategia de guerra que se fundamenta en principios de la doctrina taoísta.
El arte de la guerra, en este sentido, es un texto que nos ayuda a comprender mejor la naturaleza de los conflictos y a analizar y evaluar las mejores alternativas para su solución.
Algunas de las enseñanzas fundamentales del libro son que lo ideal es vencer sin luchar y que la guerra se basa en el engaño y la confusión del enemigo. Asimismo, se destaca la importancia de saber ajustarse a las condiciones, ser capaces de defender las ventajas, aprovechar las oportunidades y tener claridad de visión y un sólido liderazgo.
Es considerado uno de los mejores y más vigentes libros de estrategia militar de todos los tiempos. Sus advertencias han tenido influencia a lo largo de la historia sobre grandes estrategas de la guerra y la política de Oriente y Occidente, como Nicolás Maquiavelo, Napoleón Bonaparte o Mao Zedong.
Espero que luego del capítulo anterior se entienda un poco mejor el por qué he hecho lo que hice con Alraune y Dimitri. Gracias por el apoyo y la paciencia. ¡Saludos, queridos lectores!
