Llamar a la mujer el sexo débil es una calumnia, es la injusticia del hombre hacia la mujer. Si por fuerza se entiende la fuerza bruta, entonces, en verdad, la mujer es menos brutal que el hombre. Si por fuerza se entiende el poder moral, entonces la mujer es inmensamente superior.
Mahatma Gandhi
- ¿Monsieur? – Llamó Étienne, golpeando con suavidad la puerta de la oficina de Oscar.
- ¡Adelante! – Se escuchó la orden del otro lado de la puerta, el anciano empujando la plancha de madera para mirar al dueño de casa sujetarse la cabeza mientras trataba de concentrarse en su escrito.
- Monsieur ¿se encuentra bien?
- Sí…sí, no te preocupes Étienne ¿qué es lo que quieres?
- Alguien quiere verlo, Monsieur.
- ¿Quién?
- Yo. – Dijo una voz profunda, Oscar levantando la cabeza para mirar a un hombre de piel lechosa detrás de su mayordomo.
- Disculpe, pero no sé quién es usted.
- William Collins, amigo del conde Fersen e inspector senior de Scotland Yard, me enviaron para atrapar a los miembros del Lirio de Paris.
- ¿Y qué quiere conmigo, señor Collins? – Oscar lo miró directamente a los ojos, impresionándose al ver que estos eran de un frío azul hielo.
- Solo quería agradecerle que cobije a mi amigo bajo su techo. – Detalló el rostro del dueño de casa, frunciendo el ceño ligeramente al ver las líneas finas que definían las mejillas y la mandíbula del hombre, además de que la forma de sus ojos no era particularmente masculina.
- Eso no es un problema. – La voz ¡la voz era demasiado delicada! Agudizó su oído, percibiendo como él trataba de enronquecer su propio timbre, además, se fijó en la postura rígida de su cuerpo, como si algo estuviese comprimiendo su pecho y lo obligase a no poder relajar su tronco ni sus hombros. – Mientras no me moleste, Lord Fersen puede quedarse todo lo que quiera. – Mintió Oscar.
- Correcto, creo que vendré después para que podamos hablar con más calma, me parece que esta ocupado y no creo que quiera que yo siga interrumpiéndolo, Monsieur.
- De acuerdo, cuando usted lo desee, puede venir, no tendré ningún problema en recibirlo.
- Entonces, es un hasta luego, Monsieur.
- Lo mismo digo, míster Collins.
Mas tarde ese día, después de cenar, William pensó en su encuentro con el joven hombre dueño de la enorme mansión donde se estaba hospedando su amigo. Sin dudas, ese hombre no era otra cosa que una mujer, su rostro y su fisonomía no podían engañarlo, además de que estaba seguro de que era el mismo que había visto antes de visitar a Hans en su habitación, pero ¿Por qué una mujer fingiría ser un hombre? Aunque, pensándolo bien, en una época en que las mujeres prácticamente no podían hacer nada solas, lo más conveniente era travestirse y fingir ser un hombre para poder cuidarse sola.
Miró fijamente el contenido ámbar de su copa, iluminándolo con la llama de la vela que alumbraba su habitación.
Recordó la carta que Hans le había escrito días antes de casarse donde describía a su novia, aunque el mismo William no había podido asistir por encontrarse de servicio en Escocia. Había dicho que la joven tenía encantadores ojos azules como el cielo de verano, pelo largo y dorado, piel tan blanca que parecía de alabastro y que su voz se parecía a la de los ángeles. Como si alguna vez hubiese escuchado a uno.
Pero esa descripción concordaba con Oscar, además ¿Cuántas personas tenía ojos azules como el cielo de verano? Muy pocos, a decir verdad, era más fácil encontrar personas de ojos marrones, además, el conde los había comparado con una gema de un tono de azul en particular: zafiro. Curiosamente, ese era el tono que había percibido tenían los ojos de Oscar cuando lo había visto apenas iluminado por la luz solar en su oficina.
Si Oscar era en verdad una mujer y se parecía a la descripción que Hans había hecho hacia diez años de su prometida…No, eso era una locura, pero…él había dicho que besar al hombre de la casa era como besar a su Olive, que besaban de la misma forma y sentía lo mismo que cuando besaba a su, entonces, prometida.
¿Podría ser que Hans tuviese a su esposa delante de sus narices sin notarlo? Abrió los ojos al máximo, sabia que el hombre de ojos grises era muy distraído, sin embargo, el no reconocer a su mujer era el colmo de la estupidez.
Aunque eso lo llevaba a otra pregunta ¿por qué Olive u Oscar o como quisiese llamarse se escondía de su propio marido? El orgullo herido sonó como una respuesta, conocía a hombres y mujeres que llegaban a límites insospechados cuando se trataba de vengar una falta contra el amor propio o dejar de sufrir.
¿Qué mejor forma de esconderse de un marido infiel que cambiando su apariencia hasta el punto de dejar de ser una mujer?
Cerró los ojos, si sus conclusiones eran correctas, Hans tenía frente a sí un destino terrible de la mano de la mujer que amaba.
- ¿Me llamaste, papá? – Oscar miró a su hija, asintiendo.
- Pedí a André que arreglara todo para que pudiesen partir a Périgord la próxima semana.
- ¿Périgord? Espera ¿en verdad tengo que ir a ver a Madame la Duchesse?
- Así es, cariño, pero ella va a permitir que lleves a algunos amigos contigo.
- ¿Y a quien puedo llevar? – La chica se dejó caer en la silla frente al escritorio de Oscar.
- Según tengo entendido, a Alain le darán dos semanas de vacaciones. – Las mejillas de Julie se encendieron apenas escuchó el nombre. – Puedes invitarlo a él y a Diane.
- ¿Y qué gaste sus días libres en conmigo? Eso suena poco considerado, papá.
- No estarían más de tres días en Périgord, sabes que a Nicoletta no le agrada mucho eso de tener visitas, después pueden ir a Marsella.
- ¿Y podremos ver a Sebastien?
- Claro, incluso podrían traerlo, Étienne necesita ayuda, no se está haciendo más joven.
- Dices que no estaríamos mucho en Périgord, aunque si el tiempo necesario para disfrutar del campo.
- Así es.
- Entonces, creo que puedo ir a visitar a Diane e invitarla junto con su hermano, serán una compañía mucho más agradable que la duquesa Nicoletta. – Oscar sonrió para sus adentros, si tan solo Julie supiese quien era en verdad la excéntrica italiana, esas palabras no saldrían de su boca.
- Siendo así, amor, tienes que empezar a empacar tus cosas.
- ¿Y Lord Fersen?
- Irá con ustedes.
- ¿Y tú?
- Aun debo hacer muchas cosas, un tiempo a solas me hará bien. – Julie lo miró de forma suspicaz, inflando sus mejillas.
- ¿Estás seguro?
- Absolutamente.
- Bien, pues entonces, voy a ir a visitar a Diane de inmediato y pasare por el cuartel de la Guardia Nacional para invitar a Alain también.
- Hazlo.
La joven pelirroja se levantó de su asiento, saliendo de la oficina de Oscar, dejando a su padre solo.
Él, por su parte, solo sonrió mientras sacaba una carta de un cajón de su escritorio.
Junto con Nicoletta, otra mujer aparecería y se llevaría a Hans con ella de forma permanente.
