Capítulo 19: La Expedición a las Alcantarillas

Royal Woods, Michigan, Junio de 2019.

En principio, en una época más antigua que el tiempo, en el macroverso existían soló dos cosas. Una era la tortuga. La tortuga era una cosa vieja y estúpida que nunca salía de su caparazón. Eso pensaba que quizá había muerto, desde hacía más o menos un billón de años o dos, y aunque así no fuere, seguía siendo una cosa vieja y estúpida; aunque la tortuga hubiera vomitado el universo entero, eso no quitaba que fuera estúpida.

La otra cosa existente en el macroverso era Eso, que había llegado a este mundo mucho después de que la tortuga se retirara a su caparazón. Allí, a la tierra, donde había descubierto una profundidad de imaginación a tener en cuenta. Esa cualidad de imaginación que hacía de la comida algo muy excitante. Sus dientes desgarraban carnes tensadas por terrores exóticos y voluptuosos miedos; soñaban con bestias nocturnas y cieno móvil; contra su voluntad, consideraban abismos infinitos. Con esa sabrosa comida, Eso, existía en un simple ciclo de despertar para comer y dormir para soñar.

Eso había creado un sitio a su imagen y semejanza, y lo contemplaba con favor desde los fuegos fatuos que eran sus ojos. Royal Woods era su matadero particular; los habitantes del pueblo, su ganado.

Pero entonces… Esas niñas entrometidas; las locas hermanas de aquel chico de cabello blanco, que Eso había tomado como su primer desayuno en este nuevo ciclo para comer hasta saciarse. Y también estaba el negro cobarde de anteojos.

Algo nuevo…

Por primera vez en la maldita eternidad, había sucedido algo nuevo…

Al irrumpir en la vieja casa del sepulturero con intención de matarlos a todos, vagamente intranquilo por no haber podido hacerlo hasta entonces, había ocurrido algo completamente inesperado, completamente inconcebible. Eso había sentido dolor, un gran dolor aullante en todas las formas que tomaba. Y por un momento, también, había sentido miedo; porque justamente eso es lo único que tenía en común con la vieja tortuga estúpida y la cosmología del macrouniverso: cada cosa debe regirse por las leyes de la forma que habita. Por primera vez, comprendió que su capacidad de variar su forma podía ser una desventaja, y a su vez una ventaja. Hasta entonces nunca había sentido dolor ni miedo, y por un momento temió morir… Su cuerpo se había llenado de mucho dolor. Eso había rugido, gemido y aullado, y los niños escapado de sus garras.

Ahora venían tras ella. Habían entrado a sus dominios bajo la ciudad, los nueve. En total nueve niños tontos que avanzaban a tientas por los túneles; el negro cobarde y ocho de las diez hermanas del peliblanco. Ocho solamente, porque por suerte Eso tenía a la peor de las diez de su lado, y para la más pequeña ya había preparado algo muy especial, oh sí.

En cuanto el resto llegaran, las mataría, sin duda. A ellas y al negro. Eso había echo un gran descubrimiento: no quería cambios ni sorpresas. No quería nada nuevo, nunca más. Sólo quería comer, dormir, soñar y volver a comer.

Mas, después del dolor y ese miedo breve, surgió una emoción nueva para Eso: la cólera.

Mataría a cada una de las hermanas y a su amigo porque, por una casualidad asombrosa, habían conseguido herirla más de una vez. Pero primero haría sufrir a todos porque por un instante breve le habían hecho sentir miedo.

Venid a mí, entonces –pensaba Eso escuchando sus pasos–, venid a mí y veréis como flotamos aquí abajo… Todos flotamos…≫.

Y sin embargo había otro pensamiento que se insinuaba, por más que Eso trataba de alejarlo de sí: si todo fluía de Eso, ¿cómo era posible que alguna criatura de este mundo o cualquier otro la burlara o la hiriera, aunque fuera mínima y brevemente? ¿Cómo era posible semejante cosa?

¿Y si había algo de especial en esas niñas, que estaban lo suficientemente desquiciadas como para querer ir a enfrentarse contra Eso?

¿Y si las hermanas y el aliado que venía con ellas eran agentes de ese algo, que habría estado desde antes que la tortuga se retirara a su caparazón y Eso fuera exiliado del macroverso?

¿Y si en realidad era Eso quien estaba metido en un buen lio por haber retado a esa familia de locos, que estaban favorecidos por ese algo que no sabría explicar?

¿Y si… Y si…?

Eso empezó a temblar.

El odio era nuevo. El dolor era nuevo. El ver burlados sus propósitos era nuevo. Pero lo más horriblemente nuevo era ese miedo. No a los niños, sino el miedo a ese algo que los unificaba en su contra. Quizá el odio que le tenían por haber matado a uno de ellos y convertido a otro en su marioneta particular.

No. De ninguna manera. No había nada allí, sólo eran un montón de niños bobos. Tal vez por el simple hecho de ser un grupo de niños escandalosos por naturaleza, es que su imaginación tenía cierto poder primitivo que Eso había llegado a subestimar. Pero ahora que venían, Eso los dejaría acercarse, los torturaría, jugaría con ellos y acabaría por arrojarlos al macrouniverso… En los fuegos fatuos de sus ojos.

Sí, cuando llegaran, Eso les tendría preparadas varias sorpresas y luego los arrojaría implacablemente a los fuegos fatuos…


A lo largo de los extensos túneles del alcantarillado, Clyde y las hermanas Loud se desplazaban por entre un rio de cosas malolientes, con el nivel de las aguas residuales un poco más arriba de los tobillos de todos desde Lori hasta Lucy y un poco más abajo de las rodillas de Lisa y las gemelas.

–Esto es asqueroso –se aquejó la pequeña Lola, quien en algún punto del trayecto se vio obligada a rasgar la falda de su vestido para poder moverse con mayor facilidad.

Al frente iba Lana guiándolos a todos y atrás de ella Luan le cubría las espaldas, teniendo cargado el tirachinas con uno de los últimos balines de plata listo para disparar en el instante en que Eso volviera a aparecérseles.

Todos iban muy juntos y de momento era Luan quien alumbraba el camino, gracias a los efectos de otra galleta luminiscente que tuvo que tomar cuando se adentraron a lo más oscuro, en donde ya no llegaba la escasa luz proveniente de las ventilaciones en las aceras y los agujeros redondos en las tapas de registro. Lori aun llevaba puesto el manos libres y todavía disponían de las linternas de mano, pero Luna no dejó que siguieran utilizándolas hasta que si hicieran falta de verdad.

≪Esta vez, por favor, no se separen –había dejado bien en claro además de eso–. ¿Lo entendieron bien?≫.

Aun llevaban las armas, pero las armaduras tuvieron que dejarlas atrás para aligerarse y así poder bajar por el pozo que conectaba las alcantarillas con la casa del sepulturero. Con esto llevaban una clara desventaja, puesto que antes habían protegido de recibir daños peores a Lucy y a Leni, que ahora iban expuestas; la una porque tenía el pecho vendado y la otra un brazo inmóvil. Para casos como estos fue que llevaron el botiquín de primeros auxilios, aunque sabían que todo lo que estaban haciendo seguía siendo una locura. Pero igual tenía que hacerse, o de otro modo nadie más lo haría por ellos.

Por ende, Clyde se posicionó hasta atrás para encargarse de proteger a las dos que resultaban más vulnerables. Las protegería a todas a cualquier costo. Ahí no había lugar para el niño miedoso, llorón y consentido por sus dos papás sobreprotectores. Ya no más.

–¿Por dónde? –preguntó Luan a Lana al detenerse ella ante una bifurcación.

–Por aquí –indicó señalando a uno de los lados tras meditarlo un poco.

La cuarta asintió en silencio y entró de primeras tensando el resorte y al mismo tiempo cuidando de no soltar la munición por accidente. Después las siguieron Luna, Lori, Lola, Lisa, Leni, Lucy y por ultimo Clyde.

Más adelante, salieron por una desembocadura interna y de ahí continuaron en fila india por un angosto bordillo de cemento en dirección opuesta a la de una rápida corriente de agua, en la que vieron pasar flotando a un pollo muerto con sus patas amarillentas apuntando hacia el techo chorreante de heces y orines. Como era imposible saber a ciencia cierta el nivel de profundidad, procuraron ir apoyándose cada quien en el hombro del que estuviera en frente mientras iban manteniendo su paso lento pero firme para no caer.

Luego, tuvieron que cruzar por un enorme puente de piedra que se veía lo suficientemente solido como para que pudieran pasar todos a la vez, pero en este no había ninguna superficie de la que se pudieran sujetar por los lados. Primero fueron Luna y Luan, quien se detuvo a medio camino para que el resto pudieran ver por donde andaba. Después de Luna pasó Leni con cada una de las gemelas aferrada a una mano, seguida por Lori llevando a Lisa agarrada de una de las suyas. El largo no era mayor al de una calle de doble vía, pero el cruce de un lado a otro se les hizo una eternidad.

–¡Jadeo…!

–¿Qué pasa Lucy? –preguntó Clyde a la pequeña gótica, que acabó por retroceder un paso en vez de avanzar.

–No puedo más –confesó apretando su brazo bueno contra el entablillado, pese a la vergüenza que sentía por haber salido con algo así en un momento tan crucial para la misión.

A pesar de que el tiempo apremiaba, no hubo replicas. Todos en el grupo entendían que, por la agudeza de su voz, lo que estaba era tan asustada como le había faltado estarlo muchas otras veces.

–Desde aquí siento que ya no puedo caminar –gimió otra vez, dejando a notar que sus dos piernas le temblaban.

–Ven –se acuclilló gentilmente Clyde frente a ella–. Súbete a mi espalda y sujétate con fuerza.

–En ese caso, deja que una de las chicas o yo lo hagamos –objetó Luna empezando a devolverse al otro extremo–. La verdad, no sé si puedas aguantarla.

–Descuida –dijo el chico de color–, Lincoln y yo cargamos una viga de acero cuando creímos que nos atacaban los zombis. Puedo con esto. Además tú ya llevas demasiadas cosas y aun tienes que dirigirnos. Leni tampoco puede porque está malherida, Lori aun tiene que manejar ese mazo para cuidar a las otras pequeñas y necesitamos que Luan esté preparada a disparar en todo momento.

–Vaya, no encuentro fallas en su lógica –bromeó esta ultima, a su modo dandole la razón.

–Está bien –asintió Luna–. Confiamos en ti. Pero por favor tengan cuidado.

–Sube, de prisa, Luce –volvió a invitarla Clyde a que se montara en el.

Suspiro… Bueno, ahí voy.

–¿S-s-seguro que pu-puedes con esto C-C-Clyde? –preguntó Lori en lo que este cruzaba el puente con Lucy en su espalda.

–Ya les dije que si. Ustedes encárguense de ver que Eso reciba lo que merece cuando lo vean.

–D-de acu-cuerdo.

–¿Soy pesada? –preguntó Lucy al oido de Clyde, a un tercio del camino de llegar al final del puente.

–Para nada –mintió el larguirucho mordiéndose la parte de atrás de su propia lengua.

Suspiro… Siento que tengas que cargarme y cuidar de mí. Debí ser más cuidadosa allá arriba.

–No te preocupes, no hay problema. Para eso vine, para ayudar.

–Oigan, cállense un momento, ¿si? –los interrumpió Luan siguiéndolos de cerca–. Creo que oí algo.

–¿Qué cosa?

–Me pareció, escuchar unos pasos acercándose… Aunque no estoy muy segura.

–Tal vez sean los gorgoteos de las tuberías.

–Si, tal vez… En todo caso, será mejor que sigamos.


Siguieron después, por un ancho túnel al que pudieron ingresar por el agujero de una pared derribada. El agua por la que avanzaban estaba relativamente serena, pero no mucho más adelante en donde se oía un bramido hueco, incesante, que iba cobrando volumen hasta convertirse en un rugido monocorde.

En breve hicieron una parada, cuando los efectos de la galleta luminiscente cesaron en Luan y ahí Lori fue quien tomó su turno para ingerir la siguiente. Con esta llevaban unas cinco en total, que también habían servido para calcular la cantidad aproximada de tiempo que llevaban ahí; pero bien Lisa expresó que no había de que preocuparse al respecto si se trataba de querer ahorrarlas, ya que había preparado un lote con tantas como pudieran llegar a necesitar y esta vez con efectos más duraderos. Antes –y Lana concordó en esto con ella–, aclaró lo poco conveniente que sería para todos quedar fundidos en las penumbras por mucho tiempo. Aun así Luna insistió en que se dieran prisa (si es que había algún punto al que debían llegar).

–Esperen… –pidió Leni que todavía no dieran un paso más, justo en cuanto el cuerpo de Lori se iluminó por completo–. ¿Huelen eso?

–Si, cariño. Es a lo que huelen las alcantarillas –explicó Luan meneando la cabeza–. ¿O qué esperabas?, ¿a que oliera a perfume de rosas y a talco para bebé?

–No hablo de las alcantarillas –replicó la rubia muy molesta–, sino de esa otra peste.

–Es verdad –afirmó Luna arrugando la nariz–, yo también lo huelo. Es fuerte.

–Yo escucho algo –dijo Lana tratando de seguir aquel eco de los túneles.

–¡S-s-son mis za-za-zap-patos q-que rechi-chinan!, ¡¿y-ya…?! –se excusó Lori ruborizada ante ocho miradas de desacierto.

–No –repuso Leni otra vez–. Huele… Como que…

–A algo que se está pudriendo –terminó de aclarar Luna.

–Oh, b-bueno ya… –se sinceró Lori con todos– Es q-que no pu-puedo evi-t-tarlo… M-me p-pasa cu-cuando est-t-toy ne-nerviosa.

–Que te digo que no eres tu –insistió Leni cada vez más molesta.

–Pero en serio –añadió Luan tratando de sonar lo más seria posible–, ya no lo hagas. Nos estamos asfixiando aquí.

–P-perdón.

–Está bien, Lori –le sonrió Clyde mostrándose muy comprensivo con ella–. Es algo que le puede pasar a cualquiera. No tienes de que avergonzarte.

–G-gracias… E-eres muy li-lindo.

–Allá –señaló Lucy por arriba de la cabeza de Clyde: a un bulto que flotaba en el agua más adelante.

–¿Qué es eso? –preguntó primero Lola asomándose a ver por detrás de Luna.

–Creo, que zolamente es un tronco podrido –sugirió Lisa ocultándose ella discretamente atrás de Leni.

Suspiro… Clyde –le palmeó suavemente la cabeza Lucy–, ¿podrías llevarme hasta donde esta esa cosa? Quiero verla de cerca.

–Si, claro –accedió este algo extrañado a su petición. Luan y Lori también les siguieron el paso.

–Aquí está bien –lo hizo detenerse la niña a poco menos de medio metro del supuesto tronco–. Ahora… Suspiro… Dale la vuelta con la punta de tu bate, pero ten cuidado.

–Bueno.

Y así lo hizo. Clyde alargó el palo y lo usó para menear con cuidado el bulto flotante que era blando, como una bolsa repleta de carne envuelta a su vez en una lona para acampar.

–¿Qué hacen? –se acercó Luna después junto con Lana.

–Aquí, siguiendo las Pistas de Blue–bromeó Luan sin reír o sonreírse.

Clyde siguió tanteando el bulto, pero este seguía sin cambiar de posición. Seguidamente llegaron Leni, Lola y Lisa a observar.

Como diciéndose ≪al infierno con esto≫, con la curiosidad y la desesperación carcomiéndole las zonas a donde no le daba el sol, Luan de una vez se atrevió a sumergir una mano en el agua… Para terminar de poner boca arriba a un pequeño cuerpo inerte y sin vida, ante el cual todos gritaron espantados y retrocedieron dando traspiés. Leni se llevó ambas manos a la boca, Lisa gimió con repulsión en el nombre de Galileo Galilei, Luna se tambaleó otro poco hacia atrás, Clyde se estremeció y apoyó una mano contra la pared y Lucy tuvo que sujetarse de sus cabellos para no caerse tampoco.

–Como lo supuse… –tragó saliva, no menos asqueada que los demás–. Un cadáver.

De los nervios, a Lori se le salió un gas, pero no lo negó o disimuló siquiera. Tampoco nadie protestó por ello. Todos estaban muy concentrados en contemplar horrorizados a la niña muerta, a la que Luan tenía sujetada por la muñeca sin dejar de gritar porque sentía que el momento en que lo hiciera desfallecería y se desmayaría directamente de cara en las aguas negras.

–¡Tiene manita, no tiene manita, porque la tiene toda desconchabatita! –deliró incluso, sacudiendo la muñeca de la niña como si se le hubiese olvidado como soltarla. La mano que ahí debería estar presente faltaba y tan soló quedaba un necrosado muñón con marcas de desgarros muy visibles. Cuando por fin pudo soltar el cuerpo, se apartó a volver el estomago incluyendo las galletas que les daban el poder de ver en la oscuridad.

–¡Ay, por dios! –chilló aterrorizada Lola al reconocer el rostro del cadáver–. ¡Es Lacey St. Clair!

Habiendo recuperado el equilibrio, Clyde se acercó otra vez a menearle un poco el mentón con el otro extremo de su bate alambrado. Con esto pudo diagnosticar lo reblandecidas que tenía sus vértebras cervicales.

–Por favor, deja de hacer eso –suplicó Leni entre gimoteos y sollozos–. Me está dando escalofríos.

–Tiene el cuello roto –informó Clyde a todas, haciendo también lo que le pidió Leni–. Eso debió haberla ahorcado aquí abajo.

–Pobre chica –musitó Lana quitándose la gorra como en señal de respeto–. Era una esnob presumida… Pero tampoco es que mereciera que le pasará algo como esto.

–Significa que debemos estar cerca… –señaló Luna al oscurecido fondo del túnel, aunque en el fondo parte de ella ya no estaba del todo convencida de seguir adelante–. Andando. Llegamos demasiado lejos como para echarnos atrás ahora.

–Si –asintió Luan con su boca reseca y su lengua volviendo a saborear el almuerzo y parte de su desayuno.

–S-si –asintió igualmente Lori.

Pasaron, por encima del cuerpo de Lacey y siguieron adelante.


Continuaron, por un único camino en el que el diámetro de la alcantarilla se iba reduciendo gradualmente a su alrededor y la oscuridad estaba llena de sonidos, tonos amplificados y resonantes. Luna oía los pies de sus hermanas y Clyde arrastrándose adelante y atrás de los suyos; a veces algún murmullo. Aguzando su bien entrenado oido de sabueso, Lana rastreaba el correr del agua y los borbotones de desechos por la red de tuberías menores que, seguramente, pasaban por arriba de sus cabezas.

–Alto –detuvo la marcha otra vez.

Chaparra –bromeó inconscientemente con ella Luan, ganándose con esto que Luna le soltara un zape en la nuca.

–Guarden silencio… –susurró haciéndoles señas para que se mantuvieran estáticos –. No muevan ni un músculo… No hagan ruido… Si es posible, no respiren…

–¿Que no respire?… Ni que fuera diputada.

–Cállate Luan –le soltó Luna otro zape.

–Silencio, por favor… –reclamó Lana mirando al frente–. Prepara la resortera, Luan.

–Si, de acuerdo.

Pasaron de cinco a diez minutos, totalmente quietos, cuando oyeron que algo venía hacia ellos. Pero Lana transpiraba frío lívida de miedo, porque de hecho sabía que venía por ellos. Venía arrastrándose por el túnel, en un movimiento difuso, chapoteante, que iba ganando cercanía.

Después, no se oyó nada, salvo por el eco de las ratas correteando encima de las tuberías y el desaguar de alguno que otro drenaje… Hasta que… Cuando se creyó que había pasado de largo por algún otro túnel…

Rayo espacial, por el mundo va

llevando arcoíris y felicidad.

–¿Qué fue eso? –preguntó Leni mirando a todos lados en busca de aquel sonido tan extraño, que era discreto pero reconocible conforme se aproximaba.

Rayo espacial, siempre brilla más.

Todo el mundo cubre de felicidad.

–Ahí está otra vez –exclamó Lola sintiendo de pronto un leve cosquilleo en los dientes.

Rayos, masculló además cuando advirtió por el rabillo del ojo que su gemela se persignaba en un rápido movimiento. Aunque no era muy devota o fanática, sabía que ella si era creyente y verla en ese instante apelar a su fe podía significar una mala señal.

–¿Lo oyen? –fue lo que preguntó Luna–. Es… Condenadamente pegajoso.

–¿En serio? –enarcó Luan ambas cejas.

–Creo que se está acercando… –avisó Lana, atenta a la profundidad de la oscura caverna que tenía por delante–. Si, se está acercando.

Aquel tono aumentaba, encubriendo en parte la naturaleza de lo que realmente venía acercándose a donde estaban parados. Aun se hallaba lejos, pero llegaría dentro de muy poco.

Rayo espacial, por el mundo va

llevando arcoíris y felicidad.

–¿Que clase de cancioncita es esa? –preguntó muy inquieta Lola, con manos sudorosas y el estomago revuelto.

Rayo espacial, por el mundo va

llevando arcoíris y felicidad.

–Me p-parece… –jadeó Lori mirando a Clyde a los ojos–. Q-que es un celular… ¿O m-me equivoco?

Rayo espacial, siempre brilla más.

Todo el mundo cubre de felicidad.

–No… –aseguró su amigo–. Es un tono personalizado.

–Zerá de algún zhow animado de hoy en día –indagó Lisa, aunque para el caso este venía a ser un dato muy irrelevante.

–¿La Princesa Pony, tal vez? –trató de adivinar Leni.

–¿Acaso importa? –interfirió Luan, abrumada a decir verdad porque sabía que tenía que alistarse y no estaba nada lista.

–Si, es de una animación –confirmó Lucy sus sospechas de todos modos con un gesto afirmativo–. Pero no la que tú dices. Es de…

–Hay, no… Prepárense, que ahí viene –alertó Lana al grupo, manifestando que no debían dejarse engañar por la música de aquel tono.

Rayo espacial, por el mundo va

llevando arcoíris y felicidad.

–¡Retrocedan! –gritó entonces, a sabiendas de que es lo que era antes de que emergiera de la penumbra y se mostrara ante todos.

Rayo espacial, por el mundo va

llevando arcoíris y felicidad.

–¡Ya!

Rayo espacial, siempre brilla más.

Todo el mundo cubre de felicidad.

Por un momento los otros no supieron exactamente que veían; mas la certeza en el grito de Lana terminó de definir la imagen para todos ellos.

Anunciándose con un potente rugido, apareció frente al grupo de expedición meneando su poderosa cola en un ritmo semihipnótico al compas del ringtone que no cesaba de repetirse de principio a fin, como queriendo enloquecer adrede a sus presas al momento de matarlas. La leyenda urbana vuelta realidad en persona. Era tan grande que llenaba todo el túnel y albino de cabo a rabo como había temido Lana que fuera por falta de exposición a la luz del sol. Ahí estaba, el cocodrilo de la alcantarilla a la luz moribunda del cuerpo de Lori. Sus ojos eran como dos faros anaranjados y brillantes que echaban chispas en la oscuridad; sus feroces mandíbulas se extendían en una amplia sonrisa repleta de monstruosos dientes que podrían triturar fácilmente una camioneta familiar con toda una familia adentro.

≪No… –ahogó Lisa una exclamación interna–, Ezto… No… Ez…≫.

–¡Dispárale Luan! –chilló Lola cubriéndose tras la retaguardia de Lori–. ¡Dispárale, dispárale!

Su hermana tensó el elástico y soltó la badana, pero el colosal lagarto repelió el balín con un tan acertado golpe de su cola, que lo mandó de regreso hacia los niños quienes lo esquivaron a tiempo y luego oyeron como rebotaba contra las paredes y caía en el agua.

¡Plop!

Rayo espacial, por el mundo va

llevando arcoíris y felicidad.

El cocodrilo reptó hacia ellos –que recularon en su mayoría apoyando las manos en las paredes curvadas del túnel– y abrió y volvió a cerrar sus fauces con un ruido sonoro y aplastante.

Rayo espacial, por el mundo va

llevando arcoíris y felicidad.

Después de Lana, Clyde fue el segundo en localizar el teléfono albergado en el estomago del imponente reptil. También creyó haber recordado de quien era, si es que con cada vez que lo escuchaba se le hacía más familiar.

Rayo espacial, siempre brilla más.

Todo el mundo cubre de felicidad.

–¡Ese, es el tono del celular de Renne! –exclamó yendo en retroceso con Lucy aun encaramada a su espalda como mochila.

–¡¿Quién es Renne?! –preguntó ella aferrándose con las piernas al abdomen del muchacho.

–¡Era una amiga otaku de Zach, pero…!

–¡Cuidado, delante tuyo!

El cocodrilo lanzó otro mordisco al aire, estando a nada de alcanzar a Luan que se había posicionado más adelante esperando a que Lana le entregara la siguiente munición.

–¡El balín! –pidió a gritos a la pequeña que se diera prisa en sacarlo de debajo del bolsillo delantero de su overol–. ¡Rápido, rápido!

Rayo espacial, por el mundo va

llevando arcoíris y felicidad.

–¡Aquí está!

Rayo espacial, por el mundo va

llevando arcoíris y felicidad.

En el peor momento posible, justo cuando Lana estaba por pasárselo a Luan, el cocodrilo volvió a atacar consiguiendo esta vez rasgarle la flor de la solapa y parte de la blusa con la punta de su hocico a la joven comediante, que jamás en su vida se sintió tan afortunada de ser apenas copa A.

Rayo espacial, siempre brilla más.

Todo el mundo cubre de felicidad.

–¡RAYOS! –gritó igual de histérica que el niño loco alemán, en el momento en que, a causa de la sacudida, que también hizo que más atrás Lisa cayera de rodillas en el mar de residuos, la bolita se le escapó de entre sus manos e igualmente cayó al agua.

¡Plop!

–¡PUTA! ¡PUTA! ¡PUTA, PUTA, PUTA, PUTA…! ¡ME CAGO EN LA PUTA…!

–¡Ya solo queda uno! –gritó Lana apretando la ultima esfera adentro de su bolsillo.

–¡¿EN SERIO?! ¡¿EN SERIO?! ¡NO ME DIGAS! ¡BUEN TRABAJO SHERLOCK!

–¡No se dejen intimidar! –mandó Luna a que fueran más valientes–. ¡No es tan fuerte como creímos, nos habría matado! ¡Hay que resistir!

Rayo espacial, por el mundo va

llevando arcoíris y felicidad.

Inspirada por sus palabras, Lisa se irguió, menuda, con un aire de formalidad a pesar de la mugre adherida a sus manos, sus pies, su ropa y sus lentes; y de pronto estiró su brazo con un gesto curioso, apuntando acusatoriamente al aligator trompudo con su dedo. Y es que, con todo lo vivido en esa noche, mientras sus hermanas y Clyde sentían el temor natural que todos entienden, Lisa más que sentirse aterrada, se sentía en lo más profundo ofendida.

Rayo espacial, por el mundo va

llevando arcoíris y felicidad.

–¡Vete! –habló fuerte y claro–. ¡Fuera! ¡Tu no puedez eztar aquí! ¡No tiene zentido, no tiene razón de zer! ¡Como loz hechoz no tienen razón en una religión!

Rayo espacial, siempre brilla más.

Todo el mundo cubre de felicidad.

–¿L-Lisa?

Preocupada, Lori y los demás la observaron adelantárseles a encarar al cocodrilo extendiendo los brazos con las palmas hacia arriba y los dedos hacia abajo.

–Creo en extraterreztrez –manifestó en voz alta–. No, ze que exizten loz extraterreztrez y que no noz vizitan porque zería como zentarze a mirar vacaz paztando todo el día y a eztudiarlaz.

El animal rugió embravecido y sacudió la cabeza para atrás, como acabando de esquivar un escopetazo.

–¡También creo en loz calamarez colozalez de la Antártida, aunque nunca he vizto uno vivo! ¡Y puedo azegurar que la evoluzión ez un hecho, el hombre zi dezziende del mono, eztá zientíficamente comprobado! ¡Maldita zea, hazta una vez creí que podía exiztir una lechuza con aztaz! ¡La llamé aztachuza! ¡Pero nunca, creeré en ti!

Sorpresivamente, el cocodrilo dejó de avanzar y así todos pudieron dejar de rehuirle.

Rayo espacial, por el mundo va

llevando arcoíris y felicidad.

–¡Haber, lagartijota de laboratorio zúperdezarrollada –vociferó la niña genio en un éxtasis cuasi religioso, diría si no fuera porque a diferencia de Lana lo que era ella no se consideraba teóloga–. ¡Aquí te tengo tu muziquita! ¡Haber zi bailaz!

Rayo espacial, por el mundo va

llevando arcoíris y felicidad.

Lisa extendió ambos brazos hacia adelante y el cocodrilo en respuesta le gruñó enseñándole sus enormes dientes, pero de pronto empezó a buscar la penumbra.

Rayo espacial, siempre brilla más.

Todo el mundo cubre de felicidad.

–¡Ezo ez! –lo siguió Lisa con la voz–. ¡Dezapareze, largo de aquí! ¡Tu no eres real, no puedez zer real! ¡Así que dezapareze, ordeno que dezaparezcaz de una buena vez!

En un intento por contraatacar, el cocodrilo de nuevo abrió y cerró su bocaza, pero Lisa se mantuvo firme en su posición sin moverse un solo centímetro.

–¡Vete! –persistió en hacer que se alejara–. ¡Ziente mi poder, el poder del razonamiento lógico, el único poder que puede exiztir!

Poco a poco, sus hermanas y Clyde regresaron a donde estaba ella.

–¡Le dije mil vezez a Lana que tú no podíaz exiztir y yo nunca me equivoco! –siguió vociferando–. ¡Un animal de zangre fría no puede zobrevivir aquí, a una temperatura azí de baja! ¡Ez empíricamente impozible, ez zientíficamente impozible! ¡¿Creízte que eraz máz lizto?! ¡¿Creízte que me ibaz a azuztar?! ¡¿Pero zabez qué? ¡Ziempre estoy un pazo adelante porque tengo el zerebro máz grande que tú!

Entre fieros gruñidos, el cocodrilo finalmente retrocedió a lo más oscuro del túnel y desapareció en la penumbra. A su vez los dos faros anaranjados de sus ojos se apagaron y el volumen del agua descendió a desaguar por las coladeras y dejar solo pequeños encharcados en el suelo.

Rayo espacial…

La musiquita cesó y ya no se oyó más. A partir de allí quedaron solo los suspiros de Lucy y los jadeos sofocados de Lisa que acabó derrumbándose sobre los encharcados de suciedad.

–¡Estuviste grandiosa, sis! –se acercó a felicitarla Luna.

–¡Grandiosa! –igual dijo Luan.

Lisa asintió sin dejar de temblar.

–Ez que no puede haber un cocodrilo como éze. No lo hubo nunca, ni lo habrá.

–Tu lo has dicho –le dio Lana la razón.

–Vamos, levántate –la ayudó a reincorporarse Leni–. Son sólo aguas grises.

–¿E-est-tás bien? –preguntó Lori.

–¡No! –balbuceó la genio negando con su cabeza–. No estoy nada bien.

–Está bien –trató de calmarla Clyde–, ya pasó. No tengas miedo.

–No ez ezo… Bueno, zi, tengo miedo, pero… Pero…

Pero ¿qué? –se compadeció de ella Lola–. Escúpelo por favor.

–¡No me importa el miedo….! –Aseguró con ojos lagrimeantes–. Pero detezto eztar azí de zuzia. Mírenme, eztoy llena de excremento humano, y detezto no zaber en donde eztoy. Llevamoz horaz caminando y no zé zi aguanteremoz máz.

–Todo saldrá bien Lis –prometió Luna–. Te doy mi palabra de que así será.

–¿Deberíamos avanzar? –preguntó Clyde mirando al fondo del túnel.

–Todavía no –indicó Luna–. Esperemos un momento a ver que sucede.

–A ver…

Luan agarró una lata vieja de atún que encontró por ahí y la lanzó directo hacia donde habían visto asomar al cocodrilo. Cuando oyeron solamente el eco del metal cayendo y rodando por el suelo, confirmaron que este ya se había retirado.

–Todo despejado –dijo.

–Adelante, pues –asintió Luna.

–Clyde, ya bájame –pidió Lucy al joven McBride antes de continuar–. Creo que puedo seguir sola desde aquí.

–De acuerdo –acató el a su pedido.

En cuanto depositó ambos pies en tierra, la enyesada se estiró para besarlo en la mejilla como agradecimiento por su apoyo.

–¡Muévanse, par de tórtolos! –los llamó desde adelante Luan–. Se están quedando atrás.


Con el lugar libre de inundaciones, llegaron rápido al final del túnel que daba entrada a una amplia intersección, en donde interconectaba toda una red de albañales por los que bajaba pura inmundicia liquida.

–Por este lado –indicó Lana a que siguieran derecho hacia un túnel más estrecho que el anterior, al que tuvieron que ingresar de uno en uno para poder caber.

La primera en entrar fue Luna que seguía liderando al grupo, seguida por Lori y Luan y el resto en orden descendente por edad y estatura. Conforme más se adentraban, el cuerpo lumínico de la más mayor parpadeó gradualmente hasta que dejó de brillar y quedaron por completo a oscuras.

–No puede ser, ¿justo ahora? –protestó Luna deteniendo el paso–. Lisa, dame otra de tus galletas para que podamos seguir… ¿Lisa?

–¡Hey, Lisa! –la llamó Luan–. La galleta, rápido.

–¿Lisa? –la llamó igualmente Clyde.

–¿Lisa?… –la buscó Lola a ciegas a sus espaldas–, ¿dónde rayos te has metido?

Pero nadie contestó, puesto que cerca de la entrada a ese mismo túnel, alguien había halado a Lisa del suéter antes de que esta pudiera seguirlos y cargado con ella para arrastrarla hacia el fondo de uno más amplió, en donde la arrinconó contra una pared y le tapó la boca para que no pudiese gritar.

–¡Mmm…! –trató de hacerlo de igual forma en un afán desesperado de pedir ayuda; aunque todo fue inútil ya que lo que apretaba su cara era una de las fuertes y callosas manos de Lynn Jr., que además la tenía elevada y estampada a toda ella contra el muro.

–Antes de morir, querida hermanita –oyó a la ex deportista susurrar en la oscuridad–, quiero que pienses en cada hora, cada minuto y cada segundo que estuve encerrada en esa maldita jaula.

–¡¿Lisa?!

En el primer túnel, Lori encendió el manos libres y buscó por detrás de Lola.

–¡N-n-no está!

–¡Vamos a buscarla! –ordenó Luna a que se devolvieran.

–¡Lisa! –salieron a llamarla por donde entraron–, ¡Lisa…!

En el otro, con un horror creciente, la niña entendió las nefastas intenciones de su otra hermana en cuanto oyó a la navaja desenchufándose.

¡Clic!

–¡MMM…! –forcejeó desesperada Lisa, luchando por librarse del duro agarre de Lynn, en lo que ella empezaba por hacerle un corte sagital en el suéter para dejar su estomago al descubierto. Aunque no podía verlo del todo en la plena oscuridad del alcantarillado, supo que a continuación la castaña sonrió maliciosamente y se preparó para encajar el cuchillo en medio de su pobre barriga.

Pero justo antes de que lo consiguiera, una mano gruesa, húmeda y pegajosa le retuvo la muñeca a Lynn y tiró de ella con violencia hacia atrás arrojándola al otro lado del túnel.

Librada de su captora, Lisa se deslizó de vuelta al suelo y encendió una luz fluorescente que llevaba en su bolsillo para alumbrar su entorno y ver que era lo que había aparecido esta vez.

Entonces supo maravillada, que aquella criatura de grandes ojos saltones y boca ancha que se interponía entre las dos no era parte de la caterva de hórridos avatares de Eso. Todo lo contrario; había llegado a su rescate, al ser atraída hasta allí por el sabroso aroma de las sobras de una sopa de tortuga que desecharon por el fregadero esa misma tarde en Banger's & Mosh.

–¡Largo de aquí! –gritó Lynn al monstruo hecho totalmente de basura común mezclada con desechos químicos que se planto ante ella con ambos puños en el aire.

–¡ZÁLVAME BAZU! –gritó Lisa, al acabar de comprender que Lynn era en absoluto un peligro inminente por su expresión de loca y su cara toda manchada de sangre–. ¡No dejez que me agarre!

–¡No te atrevas a lastimar a mi mami! –rugió el fiel Homobasurius lanzándose a arremeter contra Lynn, quien en su defensa se arrojó a apuñalarlo directamente en el pecho, consiguiendo únicamente que sus manos y su arma quedaran hundidas y atascadas entre desperdicios mojados.

–¡¿Qué es esta porquería?!

Homobasurios se rió de ella en su cara, le sacudió bruscamente la cabeza a base de manotazos y la aturdió con un gancho al hígado seguido por un derechazo que la dejó derribada.

–¡Ezo ez Bazu, tú puedez! –le echó porras Lisa a su valiente creación.

–¡Rayos! –gruñó Lynn entre dientes, al percatarse de que había perdido su navaja en los desperdicios que componían al monstruo–. Maldito, me las pagarás.

–¡Toma esto!

Sin darle oportunidad a levantarse, Homobasurios empezó a rematarla machacándola a golpes y Lisa quiso aprovechar la ocasión para escapar de ahí. Cuando entonces una potente luz emergió de la boca de otro de los albañales que conectaba con ese sitio, que en un dos por tres quedó iluminado en su totalidad.

Con exactitud, Lisa no pudo ver bien que era lo que acababa de aparecerse ahí, debido a que la luz potente que emanaba de aquello rebotó directo en los cristales de sus anteojos. Sin embargo, lo que apenas pudo distinguir fue más que suficiente como para que tomara conciencia de que era algo imposible de entender para la mente humana.

Lynn en cambio, aunque fuera por unos escasos segundos, si vio directamente a lo que había tras ese fulminante destello blanco: que era la apariencia real de Eso, la cual mostraba formas y colores más allá de su limitada comprensión.

–¡Auxilió mami! –aulló, adolorido, el pobre y desdichado monstruo de basura tras entrar en contacto con lo que venía desprendiendo esa luz cegadora que lo hizo sentir un incandescente ardor infernal–. ¡Muero… Muero… Muero…!

–¡NOOO, BAZU! –chilló Lisa sollozante, al ver como su amada creación que había dado todo por salvarla empezaba a deshacerse adentro de la luz que acabó consumiéndola toda.

–¡Por aquí, chicas! –se oyó de repente la voz de Clyde aproximándose a lo lejos.

–Muero… Muero… –lanzó afligidos alaridos de agonía el infortunado Homobasurios, mientras se reducía a montones de cenizas y desperdicios carbonizados solamente–. Muero… Muero… Muero… Muero…

–¡Lisa!, ¡¿eres tú?! –se acercó más el eco de Clyde a través del túnel.

–¡Zi, aquí eztoy!

Lisa miró a la cosa brillante, que entonces enfocó su atención en ella y empezó a acercársele conforme iba adoptando secuencialmente casi cada forma que supo había adoptado antes, definiendo así a una especie de valva que se habría y se cerraba como una boca. Primero vio al Recolector de la película avanzar hacia ella empuñando su guadaña; después lo vio transformarse en el diabólico Pinhead y de ahí en el mono animatrónico de Luan y en la bruja de Hansel y Gretel, en el demogorgon, la mosca, la mancha voraz, el hombre pálido de la pintura y las niñas ahogadas que iban alternando sus caras en un solo cuerpo.

Al mismo tiempo, Lynn, cuyos castaños cabellos habían encanecido por el impacto de ver como realmente era Eso tras la cortina de luces, sin mas echó a correr por donde vino presa de un pánico atroz que más nunca la dejó dormir tranquilamente por el resto de sus días.

Ante el cambiaformas que venía acechante a por ella, Lisa apenas tuvo chance de sacar la pistola de rayos y apuntar con ambas manos temblorosas al hombre de la mascara de cerdo, que en una rápida carrera consiguió acorralarla impidiéndole algún escape posible.

–Hola… –susurró apresándola de los hombros poco antes de que una forma nueva se abalanzara hostilmente contra su persona–, y adiós.

–¡Fuera de mi camino, todos ustedes!

En medio del túnel, la ex castaña rebasó al grupo que venía en ayuda de la pequeña Lisa. De ahí salió a la intersección de los albañales y desapareció en una de las oscuras cavernas del alcantarillado.

–¡¿Esa no era Lynn?! –apuntó Leni siguiéndola con el alumbrar de una de las linternas de mano.

De inmediato, se llegó a escuchar un grito de terror, y una cosa aun más inusual –o ya ni tanto dado todo lo ocurrido en esa loca expedición–; el tocar de un sintetizador electrónico.

–¡¿Y eso?! –indagó intrigada Luan.

–¡Sigan esa música! –ordenó Luna, a lo que todos echaron a correr en la única dirección que conducía ese túnel.

Los primeros en adelantarse fueron ella junto con Leni y Clyde, quienes llegaron enseguida a donde se escuchaba tocar aquella mezcla incesante y, ayudándose con la iluminación de la luz fluorescente que encontraron tirada, contemplaron perplejos a una grotesca planta carnívora de gran tamaño arraigada en el suelo y las paredes que ocupaba casi todo el lugar. No era como cualquier otro especímen que hubiesen visto antes, incluso en los invernaderos o jardines más exóticos, en documentales o revistas sensacionalistas, sino más bien era algo así como el cruce antropomorfizado de una Venus atrapa moscas y un aguacate que aparecía recubierta de hojas y vainas. Contaba con una cabeza muy grande, lisa y sin ojos, similar a la de un tiburón por la enorme boca que poseía; y numerosas enredaderas espinosas que no cesaban de serpentear al son de una frenética opera rock que tocaba alegremente en un teclado de pilas con dos de las más largas y poderosas.

–¡Pero que hija de puta! –estalló en cólera Luna, por pillar en un apresurado vistazo que ese de ahí era el teclado perteneciente a su amiga muerta, Tabby.

–¡DIOS MIO, NO! –la alertó Leni con un fuerte grito de espanto a ella y a Clyde, al ser la primera en ver asomarse a un par de piececitos pataleando en medio de la abertura de los robustos labios del mutante vegetal, cuyo tallo grueso, en el que tenía envuelta una enorme gorguera blanca de traje de payaso, bailoteaba rítmicamente moviéndose de lado a lado.

–¡MMM…!

–¡Te salvaré, Lisa! –reaccionó primero el muchacho de color, dejando caer su bate y yendo a saltar por entre las escurridizas enredaderas para luego encaramarse a la cabeza de la planta y halar los pies de la segunda Loud más menor antes de que acabara siendo engullida.

–¡Hay que ayudarlo! –lo siguió Luna dejando de lado sus instrumentos.

–¡Si, vamos! –igual fue Leni tras ella.

Los tres tiraron con todas sus fuerzas y tras un tenaz forcejeo, que costó mucho sudor y un par de desgarres musculares, Lisa salió escupida cual semilla de sandía desechada y ella y sus salvadores fueron a caer sobre un charco de agua estancada.

–¡Lisa, Lisa! –se apresuró a tratar de hacer reaccionar Luna a la chiquilla, que yacía inconsciente y bañada casi toda en una baba verde y pegajosa. Tampoco llevaba puesta su peluca o sus anteojos, ya que estos se perdieron al deslizarse por la garganta de la planta carnívora gigante que en el acto soltó una sonora risotada para burlarse descaradamente de ellos.

Al ver que no despertaba, Leni succionó y escupió con su propia boca la mucosa que obstruía las vías respiratorias de su pequeña hermana y oprimió repetidamente su pecho hasta que afortunadamente esta despertó tomando una buena bocanada de aire.

Por su parte, Clyde, invadido por una intensa rabia que jamás había experimentado, se irguió desafiante ante la planta haciendo a la vez de escudo humano a las tres hermanas Loud que tenía cerca.

–¡Maldita! –plantó cara al monstruoso vegetal actuando como un buen protector, armado de la valentía de la que había necesitado toda su vida hasta entonces y motivado por el único ideal de cuidar a las hermanas de su amigo–. ¡¿Cómo te atreves a atacar a una niña pequeña?! ¡¿Por qué mejor no te metes con alguien de tu tamaño?!

–¡MUA JA JA JA JA JA JA…! –se regodeó la planta–. ¡Tontos, los tengo justo donde los quería!

–¡¿Qué clase de planta es esa?! –exclamó Luna, más sorprendida de ella misma de lo mucho que todavía llegaba a sorprenderse en cada encuentro con el monstruo cambiante–, ¡las plantas no hablan!

–Bueno, esta sí –aseguró Clyde enojado, pese a que Eso en esa nueva forma se impuso ante el con su tamaño superior–; pero no importa que tipo de planta sea, o lo que sea en verdad. Comerá y comerá hasta que no quede nada si no acabamos con esta payasada de una vez.

–Clyde… –masculló la líder, acabando de reconocer la admiración que le inspiraba la actitud del chico ante la peligrosa situación en la que estaban.

–Juro –dijo sin dejar de mirar fijamente a la planta denotando unos nervios de acero que ni el sabía que tenía en su ser–, por mi honor y el de todas ustedes, en especial el de la mujer a la que amo, que yo mismo aplastaré a esta cosa hasta que reviente.

Quieto ahí amiguito.

En contestación, la enorme planta carnívora lo alejó a empujones valiéndose de sus gruesas enredaderas que eran como tentáculos.

¿A dónde crees que vas?

–También canta –llegó a señalar Luna entre susurros, pendiente de como entonaba sus amenazas con su horripilante boca llena de fieros dientes de planta.

Cuida tus modales,

y piensa antes de hablar.

Con otro violento empujón, otro par de enredaderas se arrojaron a terminar de derribar al joven McBride quien cayó de culo en el mismo charco cerca de Leni, Luna y Lisa.

No me desafíes hijo,

que te puede ir peor.

Aquí se hace lo que yo diga.

¡Aquí solo mando yo…!

En ese momento, los niños sintieron unestremecimiento que sacudió el suelo bajo sus pies. Leni y Luna retrocedieron tambaleándose llevando a arrastrada a Lisa de los hombros, mientras que Clyde luchaba por volver a ponerse en pie y de las extensiones de la planta germinaban unas flores con aspecto de bolas de peludo follaje anaranjado en lugar de pétalos, que recordaban a las trúfulas en la fábula de El Lorax.

–¡Rápido, llévense a Lisa! –gritó Clyde a ambas hermanas mayores.

–¡No podemos hacer eso! –protestó Luna–. ¡No vamos a dejarte!

–¡Ahora, que hay como!

¡Aja! –canturreó la planta burlona–. En que lio se han metido niños…

Después de vacilarlo sólo un momento, Leni no dudó en tomarle la palabra a Clyde por lo que echó a correr con la pequeña en brazos y Luna la siguió; pero luego se quiso devolver a ayudar a su amigo; nada más que no pudo llegar a tiempo dado que un fuerte temblor la hizo retrasarse y para empeorar todo una selva de zarzas con espinas sellaron la abertura del túnel.

–¡No!

Por el espacio que había entre dos enredaderas, la rockera se asomó a ver a Clyde quien, en cuánto pudo estabilizarse pasada la fuerte sacudida, a su vez alzó la cabeza y miró boquiabierto a la planta que había duplicado su tamaño al reventar buena parte de la tubería por donde asomaba, hasta salir por completo a moverse con mayor libertad. A izquierda y derecha, montones de enredaderas se sacudían al ritmo de la música con mucha energía y vigor.

Ustedes no saben quien soy yo,

ni tampoco lo que ven.

Ustedes no saben como me veo.

Mírenme, pero miren bien.

Ustedes no saben con quien se enfrentan,

no saben lo que soy.

Sin perder tiempo, Clyde corrió a recoger la pistola que Lisa dejó tirada en una esquina y apuntó con ella al maligno vegetal cantarín.

Ustedes no saben con quien se han metido,

pero pronto lo sabrán hoy…

Una a una, las flores con forma de pompón anaranjado se abrieron y en estas Clyde vio a las cabezas de varios de los niños desaparecidos entonando notas altas para hacerle el acompañamiento a la planta madre. Inmediatamente se encontró de nuevo con Chandler, sus amigos pelirrojos de la pandilla, la niña alta tailandesa de la que nunca supo su nombre, incluyendo a otros varios sin faltar obviamente la de Lincoln.

¡A ver si se enteran! –procedió la malévola planta carnívora con su canción de amenaza:

Soy una antigua entidad del espacio exterior, muy…

Mala y brutal –corearon en perfecta sincronía las cabezas de niños abiertas en flor.

–¡Vino del espacio exterior! –repitió Clyde anonadado y de pronto todo cobró sentido para el.

Soy una antigua entidad del espacio exterior,

y me los voy a devorar.

Soy una antigua entidad del espacio exterior.

Así que dejen de joder, dejen de fastidiar.

Porque antigua soy,

y muy fatal.

Clyde apretó el gatillo de la pistola aun sin tener idea de como hacerla funcionar; sin embargo una de las enredaderas se arrojó a arrebatársela de un latigazo y usarla en su contra para hacerlo brincar a punta de tiros.

¿Tienes miedo, niñita?

¿Tus uñas romperás?

¿Quieres salvar tu pellejo?

Pues mejor échate atrás.

Escucha mi consejo.

Con cuidado deben andar.

Ya que si no lo hacen,

algo malo os va a pasar.

Clyde trató de ir a cubrirse a una zona neutra, a lo que la planta le arrojó la pistola a la cabeza y el teclado con el que tocaba la música a pesar de lo cual siguió cantando.

Si ustedes creen que me pueden matar,

vaya estupidez.

Yo soy eterna, soy inmortal,

no me podrán vencer.

Perseverante ante la difícil situación, Clyde recuperó su bate y lo usó para tratar de aplastar las enredaderas; mas estas se escurrían esquivando cada uno de sus golpes.

Si tiran la cola de un león,

este se pone a bramar.

Hay, pero que cruel,

que poco amigable.

¡Al diablo!

A mí que me va a importar.

Al no conseguir nada, el chico corrió directamente a asestarle de golpes en la cabeza a la planta…

¡Mira lo que hago!

Pero antes otras dos enredaderas le bajaron los pantalones y lo hicieron tropezar, por lo que tuvo que huir a gatas a algún lugar apartado donde pudiera volver a subírselos.

Soy una antigua entidad del espacio exterior, muy…

Mala y brutal –canturreó el coro de flores con cabezas de niños muertos.

Soy una antigua entidad del espacio exterior,

y me han hecho enojar.

Soy una antigua entidad del espacio exterior,

me han molestado y me las pagarán.

Porque de aquí,

no escaparán.

En un momento Clyde se vio acorralado por las vainas, las flores, las espinas y todo lo que brotaba de la gran planta carnívora que contraatacó con un contundente golpe de una de sus enredaderas que por los pelos si pudo evadir.

Olvida a Bloody Mary, olvida a Baby Blue,

desecha esos creepypastas que escribiste tú.

¿Dross te cuenta tres historias?, ¿de terror?

No me hagas reír, que yo si soy

¡PER-TUR-BA-DOR!

–¡No te saldrás con la tuya! –confrontó valientemente de todos modos Clyde a la planta, en cuanto pudo levantarse y volver a abrocharse los pantalones.

Seguidamente, buscó una ruta de evasión, pero vuelta y más enredaderas salieron disparadas a impedírselo, por poco ensartándolo contra la pared por el cuello, los hombros o los costados abdominales.

Tengo capullos mortales y un tallo para matar.

Espinas filosas y las voy a usar.

Muévete Clyde, deja de estorbar.

Muévete, que los huevos te voy a arrancar.

Rápido y ágil, se puso en puntillas, justo a tiempo antes de que otra enredadera se le clavara en la entrepierna. Todo ante las burlonas y escandalosas risas de la planta carnívora gigante y los brotes con las caras de quienes se habría comido.

Entretanto, Leni llevó a Lisa hasta un poco más allá del fondo del túnel en donde se reencontraron con sus hermanas que ya estaban por llegar.

–¡¿Qué pasó?! –indagó Lola en alerta total.

–¡L-Lisa! –gritó preocupada Lori al verla sin peluca, sin lentes, descalza de un pie y cubierta de baba–. ¡¿E-est-tás bi-bien?!

–¡NO, NO! –respondió la geniecito entre agudos chillidos y lagrimas tras acabar de salir de aquel estado de shock, sin usar su lenguaje calmado y monótono, sino como una chiquilla autentica que acabada de vivir la experiencia más horrible y traumática de su corta existencia–. ¡ME ABANDONARON! ¡ME DEJARON ZOLA!

–No, tranquila –trató de apaciguarla Lana.

–No te va pasar nada –le siguió Luan–. Aquí estamos contigo.

–¡ME TENÍA EN ZU BOCA! –sollozó Lisa histéricamente a todo pulmón–. ¡ME IBA A TRAGAR!

–Ya pasó, ya pasó –insistió en reconfortarla Leni abrazándola contra su pecho.

–¡Tenemos que volver –llegó Luna a informar al grupo–, Clyde está en problemas! ¡Esa planta que canta va a despedazarlo!

–¿Planta que canta? –repitió extrañada Luan a ver si había oído bien.

–¡Bien, vamos! –atendió al llamado Lana saliendo en afán de acudir al rescate junto con Lori que tampoco lo dudó un momento.

–¡Los demás quédense aquí con Lisa! –dijo Leni poniéndola al cuidado de Luan, Lucy y Lola antes de seguir a las otras.

–¡¿Pero qué son estas cosas?! –indagó la otra gemela al ser la primera en toparse con la selva de enredaderas que les obstruía la salida hacia donde se estaba dando la pelea entre Clyde y la planta.

–¡Hay que romperlas! –ordenó Luna poniéndose a aplastar las vainas que tenía a sus pies a pisotones.

Lori al llegar, sin preguntar procedió a hacer lo mismo con el martillo de Luan y luego Lana igual con su llave inglesa. De ultima en aparecer, Leni separó las cuchillas de sus tijeras y las usó para rebanar las enredaderas a modo de machetes. Desgraciadamente, por mucho que se empeñaban en cortar las extensiones del monstruoso vegetal, apenas y si conseguían abrirle delgadas fisuras en las vainas.

Antigua entidad…

Antigua entidad del espacio exterior –oyeron corear a las cabezas de los niños entre risas burlonas e inmediatamente después se produjo otro estremecimiento más fuerte al de antes.

Antigua entidad…

Antigua entidad del espacio exterior.

Del espacio exterior…

Observando rápido por entre la abertura de las enredaderas, Lori y Luna advirtieron en que lo que la planta carnívora se estaba empeñando era derribar el lado del túnel donde se encontraba encima de Clyde, a quien tenía bien acorralado.

–¡Hay que darnos prisa! –se esmeró Luna en romper las vainas.

Luego, pasó. Montones de escombros cayeron sobre la cabeza del chico que apenas si tuvo tiempo de cubrirse y las hermanas Loud seguían sin poder llegar a el.

–¡Rayos! –Leni retrocedió algo agotada a tratar de recuperar el aliento y de paso sacó de su bolso el repelente para arañas que llevaba consigo a todas partes–, es demasiado fuerte.

Sin haber dejado de espiar por la abertura, Lori expresó una cara de completa angustia al presenciar que, ante las flores con cara de niño que no paraban de reírse gozosamente, la planta envolvía a Clyde con sus enredaderas y lo alzaba para acercarlo a su boca, su enorme boca repleta de dientes como espinas.

Y muy…

–¡D-d-d-demonios…! ¡D-demonios, no…! ¡Clyde!

¡FATAL!

–¡¿Por qué no traje un herbicida en vez de esto?! –se cuestionó en voz alta una muy frustrada Leni, quien mirada la lata en aerosol que tenía en mano.

Luna regresó a mirarla, atenta al dilema que la aquejaba.

–¡Recuerda que es herbicida si quieres que lo sea, sis!

–¡Es cierto!

Leni levantó la lata en aerosol en el aire.

≪Es herbicida si yo quiero que lo sea…≫.

–¡Esto es un herbicida, maldita bastarda! –vociferó descargando todo el contenido de la lata–. ¡El herbicida más venenoso que puede haber! ¡Así que trágatelo, trágatelo todito!

–¡Eso es Leni! –la alentó Lana–, ¡muy bien!

Como resultado, las enredaderas cedieron y las dejaron pasar justo cuando Clyde estaba a punto de ser engullido por la planta de un solo bocado.

–¡A ella! –clamó Luna soltando un aguerrido grito de amazona.

–¡Matenla! –aulló enfurecida Lori.

Y mientras ella junto con Lana machacaban todo rastro de vegetación a su paso y Luna agarraba sus platillos para usarlos a modo de sierras cortantes, Leni se abrió paso rociando el veneno a donde fuera que viera las cabezas de niños en las flores, que ante su efecto tosieron asqueados, hasta llegar a la cabeza principal e interrumpirle su comida.

–¡Muere cosa, muere! –rugió disparando directo a su boca dentada, hasta vaciarse toda la lata pero sin dejar de apretar la boquilla.

La planta carraspeó por igual y tosió un gargajo de flema verde; las enredaderas se aflojaron y soltaron a Clyde y luego fueron acortándose poco a poco.

–¡Vamos, peleen! –clamó Leni soltándole una patada a una de sus flores con cara–, ¡es solo una estúpida planta! ¡¿Olvidan que tengo los pechos hechos picadillo?!, ¡y aun así le estoy dando una paliza!

Acudiendo a su llamada, Luna se acercó por un lado empuñando los platillos de lado cuales cierras cortantes; Lori por otro con el mazo, Lana con la llave inglesa y Clyde con el bate en la una mano y la pistola de rayos en la otra.

–¡Vas a morir desgraciada cabeza de lechuga! –se hizo escuchar Leni al agarrar una de las cuchillas con su mano libre y encajarla directamente en medio del tallo–. ¡Mataste a Lincoln y trataste de comerte a Lisa! ¡Ahora yo te voy a triturar a ti y cuando termine me haré un Smoothie contigo!

Viéndose acorralada, apaleada y sofocada por el veneno, la planta carnívora se hinchó toda brevemente, soltó la madre de las pedorretas en forma de una apestosa nube de polen y se zambulló en el desagüe junto con sus enredaderas, sus hojas, sus espinas y sus grotescos brotes que fueron marchitándose mientras que su cabezota se iba haciendo cada vez más y más pequeña, desinflándose como un viejo y arrugado globo.

Después de un rato, y de haber tosido todo ese polen, Lori se inclinó a mirar el agujero del desagüe.

–¿E-est-tá… Mu-muerta? –preguntó.

–No lo creo –negó Clyde con la cabeza.

–Debemos asegurarnos –dijo Luna.

–Yo creo que ya murió –habló Lana.

¡RAKATAPLAN!, se oyó de pronto un retumbar alejarse por una de las cañerías que aun quedaban intactas tras el derrumbe, rumbo a donde se encontraban las otras chicas.

–¡Rápido! –mandó Luna a que lo siguieran apurándose a recoger sus cosas.

Los cinco salieron a echar carrera contra Eso, que se arrastraba por uno de los tubos, primero por abajo y luego por arriba, y fueron a reunirse con Luan y las otras tres menores.

–¡Corran, corran! –pasó avisando Luna a gritos, sacudiendo los dos brazos

–¡Ahí viene! –la siguió Clyde.

Luan fue la primera en obedecer, por lo que en seguida cargó a la malherida Lisa y corrió de vuelta junto con el resto del grupo a la ruta establecida originalmente. Durante la corrida, una de las tuberías estalló arriba de sus cabezas y empezó a escupir un denso vapor caliente. Después pasó lo mismo con una de al lado, las que pasaban a lo largo de las paredes y las del suelo.

Esquivando los chorros de vapor hirviendo, Clyde y las Loud entraron de nuevo al túnel en el que había que ir de uno a la vez y se alejaron a prisa tanto como pudieron sin atreverse a mirar atrás. En esas, por un momento breve Lisa se asomó por encima del hombro de Luan, quien era la que iba de ultima, y ahí vio que una silueta se materializaba adentro de la nube de humo blanco. Cuando la silueta adquirió una forma definida, un hombre fornido de más de dos metros de altura con la cara oculta tras una mascara de hockey emergió de entre el vapor y echó a caminar hacia ellos a pasos agigantados, al tiempo que sacudía un largo y afilado machete a diestra y siniestra como si lo estuviese usando para matar moscas.

–¡No ez real, ez empiricamente impozible, no ez real, no ez real..!

Lisa cerró sus ojos, se acurrucó en el pecho de Luan y se puso a recitar los elementos de la tabla periódica para repeler a Eso como había hecho en el auditorio la otra vez.

–¡Hidrogeno, litio, zodio, potazio, rubidio, zezio, franzio, berilio, magnezio, calzio…!

Mucho más adelante, oyeron aproximarse a un pesado tronar de alas. Sin detenerse, Luna advirtió de reojo a una silueta que venía navegando en la oscuridad con un único ojo ardiente.

–¡Al suelo! –ordenó a que se detuvieran y se agacharan a cubrirse la cabeza todos–. ¡YA!

Por arriba de ellos, el pájaro gigante de un solo ojo pasó volando a toda velocidad, levantando el aire a su paso como un avión de combate. Sus garras buscaron a Lana, que lo esquivó aullando aterrorizada. Al final sus uñas tan solo le tumbaron la gorra, pero la horrible incredulidad de lo poco que faltó para que se la llevara la hizo sentir que el miedo le penetraba la carne como acido.

Por delante de ellos, el brillo del malevolente ojo rojo indicó que el ave había volado hasta el final del túnel, uno o dos kilómetros a lo lejos, donde desapareció en una intensa llamarada.

–Termina allí adelante… –avisó Lucy–. Hay que seguir la luz hasta el final del túnel.

Eso nos espera –afirmó Luna–. Quiere que vayamos para allá.

–¿Están de acuerdo de seguir con esto? –preguntó Clyde al resto de las chicas, quienes si se tardaron en asentir pero igualmente asintieron.

–Pues vamos –se decidió Luan–. No podemos abandonar todo estando tan cerca.

–Concuerdo contigo hermana –manifestó Lisa zafándose de sus brazos para continuar a pie tras limpiarse las lagrimas y sorberse los mocos.

Con un ademán pidió a Clyde que le regresara su pistola y en cuanto la tuvo se puso a calibrarla.

–B-bien –tartamudeó Lori–, a-and-dando.

Volvieron a avanzar, tomados de la mano por el túnel que era a partir de ese punto cada vez más enorme. No había nada en absoluto. Solamente paredes de bloques de hormigón color de desagradable amarillo pus. En una alguien había dejado una extraña pintada, que se detuvieron unos momentos a contemplar, sin entender por qué les ponía la piel de gallina.

QUE VIVA YOG-SOTHOTH

decía en letras moradas descoloridas.

Sin mas, Lucy se encogió de hombros y se acercó a probar lo que manchaba la pared.

–Sangre y jugo de uva… –dijo ante las muecas de asco de todos–. ¿Qué?

A medida que descendían, el techo se alejaba más hacia arriba y los muros el uno del otro. Ahora tenían la sensación de no estar pasando por un túnel, sino por un titánico patio subterráneo que daba acceso a algún castillo ciclópeo. Había un resplandor extraño y difuso en el aire. Al principio se veían sólo manos: las de cada quien aferradas al que tuviera adelante y atrás. Luego, cada uno notó la presencia de sus acompañantes en el túnel y que se veía todo sin necesidad de linternas, luces fluorescentes o galletas infundidas con bioluminiscencia de medusa.

Caminaron y caminaron y caminaron, aproximadamente un kilometro más en un único sentido. La luz de las paredes se había convertido en un fuego amarillo verdoso. El olor era más fuerte y todos captaron unas vibraciones que podían ser reales, o solo existir en su imaginación. Eran incesantes y rítmicas.

–Musica de circo –susurró Lucy.

Siguieron hasta el final por una extensa planicie de lodo negro, y al pasar más allá de un pompón anaranjado que toparon nadando a sus pies, entraron a una caverna extraña en donde no había más que polvo, rocas, nubes de arena y una inmensa torre en la que vieron apilados montones de juguetes y prendas de vestir desgarradas. La torre, se asentaba encima de un vagón de circo antiguo con un letrero de letras descoloridas que anunciaba: Pennywise el Payaso Bailarín. Allí, a las puertas de vagón, se hallaban dispersos los huesos de a saber cuántos niños que habrían sido devorados por el monstruo.

Por fin, habían llegado al final del recorrido, a la morada de Eso.

–Chi-chicos… –Lori fue la primera en estirar el cuello para mirar al techo, que estaba a quince metros de alto si no es que más, sostenido por contrafuertes curvados que parecían costillas–. E-es-sos son…

Así, los demás fueron levantando su mirada para ver con sus propios ojos a las docenas de cadáveres que levitaban tiesos en órbita a la torre.

–Los niños perdidos… –jadeó Lucy con voz sofocada–. Flotando.

–¡Ca-Carol! –señaló Lori a uno.

–¡Maggie! –señaló Luan a otro.

–¡Meli…! –señaló Lola a otro más.

–Aquí es –concluyó Luna mirando directo a la puerta del vagón–. Prepárense todos.

Leni empuñó la cuchilla que le quedaba; Clyde se puso por delante de Lucy, quien apretó contra su pecho el inhalador con la mano sana, a hacer lo mismo con su bate. Lola se puso a su derecha teniendo listo el palo de golf y Lana a su izquierda la llave inglesa, no sin antes olvidarse de proporcionarle el ultimo balín de plata a Luan para que lo cargara en el tirachinas. Lisa terminó de calibrar la pistola de rayos y Lori se adelantó a todos empuñando el martillo de Luan.

Acérquense niños, acérquense –oyeron hablar a alguien a través de un megáfono descompuesto que se hallaba en la pila de la torre–. Cambiarán, acérquense, reirán, llorarán, gritarán, morirán…

–¡T-t-te vamos a matar…! –gritó furiosa la mayor lanzando la ruedita de un patín que encontró tirada contra la puerta del vagón–. ¡Tú mataste a nuestro hermano Lincoln, maldito bastardo! ¡Aquí estamos y queremos verte la cara! ¡Sal si eres tan valiente! ¡Quiero verte la cara hijo de puta, sin trucos está vez!

–¡Damas y caballeros, niños y niñas de todas las edades, presentamos: a Pennywise el payaso bailarín!

Unos pesados chirridos metálicos de engranajes retumbaron en la caverna y las puertas del vagón empezaron a abrirse de par en par.

Ante esto Clyde y las hermanas Loud se pusieron listos para el ultimo combate, esta vez preparados para enfrentarse a lo que sea que fuese a salir de allí; hora si se trataba de un leproso sin nariz, un ojo gigante con tentáculos o solo el payaso danzando de forma ridícula para despistarles como acertó a suponer Leni.

Luan se concentró en pensar en un hombre lobo adolescente –mucho más lento, enclenque, pequeño y delgado que ella si era preciso– al que podría vencer con su único disparo.

Esta vez, estaban más que decididos a tirar a matar.