Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
«14»
«Temo que su naturaleza impetuosa
la perjudique...»
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Bueno, eso no era un sueño; era una pesadilla.
—¿Todo? ¿Lo sabes todo? — Se sobresaltó al oír el agudo chillido con que le salió el final de la frase.
—Todo — repitió él, avanzando un muy medido paso hacia ella—. No creerías que podías tenerme eternamente engañado, ¿verdad?
Ella retrocedió un paso.
—Bueno, esperaba que...
—Tengo que reconocer que has sido muy convincente. Eres toda una actriz. ¿Nunca se te ha ocurrido la idea de dedicarte al teatro?
—Ah, no — repuso ella negando enérgicamente con la cabeza—. Hanabi es la agraciada con todo el talento dramático de la familia. Aunque lady Kushina jamás hacía ningún comentario desdeñoso acerca de mis dotes o falta de dotes, siempre me ponía en las ancas de un burro o me daba un papel mudo en nuestras actuaciones de Navidad. — Exhaló un suspiro—. Ahora que lo pienso, me siento como si estuviera sobre las ancas de un burro.
—Probablemente sientes curiosidad por saber cómo lo adiviné, ¿verdad? Supongo que te sorprenderá saber que siempre he tenido mis sospechas.
Hinata lo miró pasmada.
—¿Y nunca dijiste una palabra?
Él se le acercó lo suficiente para tocarla, pero no la tocó.
—Deseaba estar equivocado. — Soltó una risita amarga—. En realidad, no hay ningún motivo para que te atormentes, cariño. Al fin y al cabo sólo yo tengo la culpa.
—¿Cómo... cómo puedes decir eso?
—Porque fui un condenado estúpido al dejarte. No fui justo al suponer que una mujer de tu fuego y pasión podría esperarme tanto tiempo. Debería haberme casado contigo tan pronto como puse los ojos en ti.
Sus palabras no la desconcertaron menos que la ternura de sus dedos en su mejilla o el ronco matiz de pesar que detectó en su voz.
—¿Me harás el favor de contestar una pregunta? — continuó él—. Creo que me debes eso.
—Lo que sea — susurró ella, como hipnotizada por el velo de pena que ensombrecía sus ojos.
—¿Has venido aquí esta noche a decirle adiós para siempre a tu amante, o pensabas continuar con tus citas una vez que estuviéramos casados?
Hinata lo miró asombrada, tratando de encontrarle sentido a sus palabras.
—¿Qué? Pues... eh...
Nicholas acalló su tartamudeo pasándole suavemente el pulgar por sus temblorosos labios.
—Es una lástima que de esos hermosos labios tuyos no salga tan fácilmente la verdad como la mentira. Tal vez debería haberte preguntado si pensabas en él cada vez que yo te cogía en mis brazos. — Le pasó un brazo por la cintura, atrayéndola hacia él—. ¿Era su cara la que veías cuando cerrabas los ojos?
Los ojos de ella se cerraron cuando él le rozó con los labios las pestañas suaves como plumillas. Esos labios siguieron la curva de su mejilla hasta la comisura de su boca.
—¿Te hace estremecerte y suspirar de anhelo cada vez que te acaricia los labios con los suyos?
No fue un suspiro sino un gemido el que se le escapó a Hinata cuando la boca de Nicholas tomó total posesión de la suya. Y no se estremeció sino que tembló; y se habría desmayado si él no le hubiera rodeado la cintura con el otro brazo, estrechándola contra su potente cuerpo.
Ése no era el beso de un pretendiente que desea cortejar a su novia; era el beso de un pirata, un beso que no daba cuartel ni tomaba prisioneros. Un beso más que dispuesto a robar lo que podría no dársele libremente. Su lengua le invadió la boca, embelesándola, penetrándola más hondo con un ardor sedoso que la hizo derretirse apretada a él. Sin pensar, olvidada de todo lo que no fuera la exquisita avidez que encendía su beso, ahuecó la palma en su nuca, instándolo a profundizar más.
—¡Condenada, mujer! — masculló él, hundiendo la boca en sus cabellos. Aunque sus palabras sonaron duras, sus brazos aumentaron la presión, atrayéndola más cerca de su desbocado corazón—. ¿Cómo puedes besarme así cuando tu corazón pertenece a otro?
Esas palabras penetraron por fin el atontado cerebro de Hinata. Recorrida por una cálida oleada de alivio, le empujó el pecho y retrocedió tambaleante, cubriéndose la boca con una mano, aunque demasiado tarde para impedir que saliera la risa.
Nicholas la miró sombrío.
—Primero desprecias mi afecto y luego te atreves a burlarte de mí. Mis felicitaciones, señorita Hyuga. Eres aún más cruel de lo que sospechaba.
Por mucho que lo intentara, Hinata no pudo borrarse del todo la sonrisa de los labios ni ocultar la aturdida adoración que expresaban sus ojos.
—¡Vamos, hombre tonto! ¿Es eso lo que crees? ¿Que vine aquí a encontrarme con un amante?
—¿Y no viniste a eso? — preguntó él, arreglándoselas para parecer peligroso y vulnerable a la vez.
Hinata negó con la cabeza, dando un paso hacia él y luego otro.
—Pues no. Deberías saber que eso sería imposible.
—¿Por qué?
Se puso rígido cuando ella le acarició la mejilla, deteniendo los dedos en el lugar donde debería estar el hoyuelo.
—Porque tú eres el único hombre que he deseado en mi vida.
Poniéndose de puntillas, posó los labios en los de él; lo besó tal como no tuvo el valor de hacerlo ese primer día en el bosque, lamiéndole la boca con un desenfado tan inocente que le derribó a él las últimas defensas.
Él levantó los brazos y la envolvió en ellos con feroz fuerza. Después, pasándole suavemente una mano por el pelo, le echó atrás la cabeza para poder mirar sus luminosos ojos.
—Si no has venido a encontrarte con un amante, ¿a qué has venido?
—A esto — susurró ella, no queriendo profanar el momento con una mentira irreflexiva—. Vine para esto.
Antes que él pudiera hacerle más preguntas, le cogió la pechera de la camisa y atrajo nuevamente sus labios a los de ella, dándole la única respuesta que él necesitaba.
En ese momento Hinata comprendió que había sido igual de tonta que él. No era el bosque ni la luz de la luna los que le habían tejido el encantamiento alrededor del corazón; era ese hombre. Había caído bajo su hechizo en el instante mismo en que lo besó por primera vez. Mientras él seguía hechizándola con su boca, sus manos hacían su diestra magia, le desabotonó la presilla del cuello de la capa y le abrió la prenda.
Apartándose para mirarla bien, exhaló el aire con un sonido de sorpresa. Estaba claro que lo que fuera que esperaba encontrar debajo de la capa no era su camisón de dormir.
—Niña idiota — musitó, y la reprensión sonó como una expresión cariñosa—. ¿Es que quieres morirte de frío?
—Hay poco peligro de eso — le aseguró ella, estremecida ante la posesiva intensidad de su mirada—. Por el contrario, parece que he contraído una fiebre altísima.
Sus cálidos labios le rozaron el pulso que latía alocado bajo la delicada piel de su cuello.
—Entonces tal vez deberías tumbarte.
Si hubieran estado en el salón de la casa, ella habría opuesto una moderada protesta, pero ahí en ese bosque pagano le pareció de lo más natural que la capa se le deslizara por los hombros y cayera detrás de ella sobre el lecho de hojas. Y encontró más natural aún que Nicholas la tendiera entre sus acogedores pliegues. Cuando él la cubrió con su fuerte y corpulento cuerpo, ocultándole la luz de la luna, comprendió que ya no estaba coqueteando con el peligro sino que lo acogía con los brazos abiertos. Príncipe o rey de los trasgos, iría bien dispuesta dondequiera que él quisiera llevarla.
Y él la llevó, la llevó a un dulce y oscuro laberinto de deseo en el que él era su única luz. La deliciosa sensación del peso de su cuerpo sobre ella no la hizo sentirse aplastada sino mimada cuando sus besos se convirtieron en algo más exquisito y más atrevido. La mano de él la exploró bajando por su costado hasta la cadera y volvió a subir, acostumbrándola a su caricia hasta que le pareció lo más lógico que él ahuecara la mano sobre su pecho por encima del suavísimo lino de su camisón, y le frotara con el pulgar la turgente cima del pezón.
Ahogó un gemido dentro de la boca de él, despertada a mil sensaciones cuya existencia desconocía. Mientras él le atormentaba el vibrante botón entre el pulgar y el índice, el placer le recorría los nervios como en un baile, culminando en una violenta sensación líquida en la entrepierna. Cuando ella iba a apretar fuertemente los muslos, la rodilla de él estaba allí, presionando y empujando esas olas de placer hasta lo más profundo de su vientre.
Enredando los dedos en sus cabellos, se arqueó contra él, buscando instintivamente el alivio a esa presión que se iba acumulando dentro de ella. Él interpretó eso como una invitación a instalar las caderas entre sus muslos; estaba caliente, duro, grande, la delgada tela del pantalón escasamente lograba contenerlo. Él se meció en esa sensible cuna, en un ritmo más antiguo que el viejo roble que les hacía de techo, a la vez que le prodigaba beso tras beso en su ansiosa boca, bebiéndose sus suspiros y gemidos como si fueran el más dulce de los néctares.
Entre un beso y el siguiente, el mundo de Hinata explosionó. Fueron los ecos de su grito los que resonaron por todo el bosque, un grito entrecortado que parecía continuar y continuar, igual que la cascada de éxtasis que la recorría en estremecidas oleadas.
Nicholas echó atrás la cabeza, estremecido por su música. Aunque le fallaba la memoria, habría apostado su vida a que jamás había visto nada tan hermoso como Hinata en ese momento. Tenía las pestañas húmedas posadas sobre sus ruborosas mejillas, sus labios mojados y entreabiertos, el faldón del camisón recogido entre sus temblorosos muslos.
Con un movimiento más instintivo que el respirar, metió una mano por debajo de ese faldón, y gimió de placer y de sufrimiento cuando sus dedos se deslizaron por los húmedos y sedosos rizos hasta la derretida dulzura de más abajo. Ella se abrió como una flor a su caricia, invitándolo a introducir el dedo más largo en lo profundo de ella.
Los ojos de Hinata se abrieron; aunque seguían nublados de admiración, no había forma de confundir su sorprendida exclamación ni el estremecimiento de impresión que pasó por su carne no probada. Era todo lo que aseguraba ser. Era inocente. Era de él.
O lo sería dentro de unas pocas horas, cuando un ministro de Dios bendijera su unión y les diera el dominio mutuo sobre sus cuerpos. Pero él no quería esperar esa bendición. La deseaba ya.
Y ella lo deseaba a él. Vio brillar miedo en sus ojos, pero también vio brillar confianza. Una confianza tan tierna que él comprendió que ella no se lo impediría si él decidía traicionar esa confianza.
La burbuja de risa que se hinchó en su pecho lo pilló por sorpresa. Cuando salió la risa, sonora y limpiadora, la envolvió en sus brazos y rodó hasta que ella quedó echada encima de él. Apoyando los antebrazos en su pecho, ella lo miró con una expresión claramente disgustada.
—Me gratifica saber que encuentras tan divertida mi inexperiencia.
—No me río de ti, ángel. Me río de mí. — Le apartó suavemente el pelo de la cara, su mano todavía temblorosa por su casi roce con el éxtasis—. Parece que tenías razón acerca de mí. No soy el tipo de hombre que comprometería a mi novia. Al menos no la noche anterior a nuestra boda.
Hinata pensó un momento en esa revelación, sin que su cara perdiera nada de su solemnidad.
—¿Y la noche posterior a nuestra boda?
Nicholas sonrió.
—Entonces estaré muy feliz de dejarte comprometerme a mí.
{***}
El coche iba lanzado por las neblinosas calles de Londres, su cochero enfundado en una bufanda de lana y un sombrero de copa negro. Aunque el paso del vehículo era señalado por las miradas curiosas de los borrachos rezagados y las mujeres legañosas que llenaban los estrechos callejones, sus cortinas color burdeos iban cerradas y sus imponentes portezuelas no llevaban ningún blasón que identificara a sus ocupantes.
Si descubrían a Sakura viajando a toda velocidad por la noche en un coche cerrado con el notorio marqués de Rannigan por único acompañante, su reputación de joven seria sufriría un daño irreparable. La idea le producía un perverso placer, al imaginarse las expresiones de lástima de las chismosas reemplazada por otras de escandalizado horror. ¡Qué murmuren de ella detrás de sus abanicos para variar!
Alisándose el pelo, miró disimuladamente con resentimiento al hombre repanchingado sobre los mullidos cojines de terciopelo del asiento de enfrente. Pese a su indolente postura, estaba, como siempre, impecablemente vestido, sin dar señales de que lo habían sacado de su acogedora casa a medianoche igual que a ella. La exquisita fragancia de su colonia de ron de malagueta impregnaba el aire, haciéndola sentirse ligeramente embriagada.
—Les diste un susto a mis criados golpeando así la puerta — le dijo—. Espero que tu descubrimiento valga el haberme sacado de la cama a estas horas.
Sasuke estiró sus largas piernas cruzándolas a la altura de los tobillos. Aunque el amplio espacio para los pies no lo ponía en peligro de tentarla, ella metió sus pies bajo las faldas.
—Tienes mis más sinceras disculpas por interrumpir tu descanso, milady — dijo con voz arrastrada—. Cuando recibí el mensaje de ese detective que contrataste, también estaba en la cama, aunque todavía despierto.
—¿Por qué será que eso no me sorprende? — musitó ella, cuidando de mantener la expresión impasible. Él entrecerró los ojos.
—También estaba solo.
Sakura sintió subir los colores a las mejillas. Apartando la vista de su cara, dio unos tironcitos a sus guantes y se abrochó la presilla del cuello de su capa forrada en piel con abertura para los brazos.
—¿Crees que este individuo Yakushi tiene una verdadera pista esta vez?
—Espero por Dios que sí. Si no, nos quedamos con la única otra conclusión a la que hemos logrado llegar en estas dos semanas: que tu primo sencillamente se desvaneció en la nada llevándose su caballo con él.
El coche hizo un pronunciado viraje, dejándolos a los dos en silencio. Sakura abrió un poco la cortina. Iban pasando por una hilera de almacenes abandonados, cada uno más ruinoso que el anterior. El coche fue a detenerse por fin delante de un lúgubre edificio con las ventanas rotas que miraban a la noche como ojos sin alma.
El cochero bajó a abrir la portezuela. Sakura dedujo inmediatamente que no podían estar muy lejos de los muelles; la fetidez húmeda a pescado podrido era casi abrumadora.
—Espéranos aquí — ordenó Sasuke al cochero cuando se bajaron del coche.
—¿Está seguro de que eso es prudente, señor? — preguntó el hombre mirando nervioso la desierta calle.
—No, no estoy nada seguro — contestó Sasuke—. Pero esa fue la instrucción que me dieron.
Cuando se sumergieron en las sombras arrojadas por la enorme ruina, Sakura se pegó a Sasuke sin darse cuenta, y ni se le ocurrió protestar cuando su mano enguantada la tomó del codo.
Sasuke pasó de largo por la puerta principal y la condujo por un estrecho callejón que discurría entre dos edificios de ladrillo a medio desmoronar.
De pronto pareció salir de la oscuridad una modesta puerta de madera. Sasuke la atacó con un golpe seco. No ocurrió nada.
—¿Podría estar mal la dirección? — le preguntó Sakura, esperanzada, mirando por encima del hombro de él.
Antes que él pudiera contestar, empezó a abrirse la puerta, haciendo rechinar sus goznes oxidados. En la oscuridad se materializó un hombre inmenso, de dientes puntiagudos y patillas grasientas, que llevaba asido en un puño, semejante a un jamón, un enorme hueso con trozos de carne todavía pegados. Sakura no pudo evitar pensar si ese hueso no sería el muslo del último intruso que se atrevió a interrumpir su cena.
En honor de Sasuke, hay que decir que ni siquiera pestañeó.
—Vengo a ver a Yakushi. Me envió recado.
—Por aquí — indicó el hombre, moviendo el hueso en dirección a la oscuridad, haciendo volar gotas de grasa.
Después de pasar por un estrecho corredor desembocaron en una cavernosa sala en la que cualquier movimiento producía un inquietante eco. Dejando de lado toda simulación de orgullo, Sakura se cogió de la cola del frac de Sasuke. Al sentir el aterrado tirón, él echó atrás la mano y entrelazó sus cálidos dedos con los de ella.
Un par de linternas descansaban sobre dos cajones podridos, dando al espacio entre ellos la apariencia de un escenario mal iluminado. Un hombre estaba tendido en el suelo junto a uno de esos cajones, con las manos atadas a la espalda. Sakura habría pensado que estaba muerto si su involuntaria exclamación de consternación no lo hubiera hecho levantar la cabeza.
El hombre los miró fijamente con el ojo negro que no estaba cerrado por la hinchazón. A pesar de la sangre que le manaba de la comisura de su boca amordazada y el moretón que le manchaba el pómulo, en su postura no había nada que indicara derrota.
—Lord Uchiha — dijo una agradable voz detrás de ellos—. Gracias por responder con tanta prontitud a mi llamada.
El señor Kabuto Yakushi salió de las sombras, su pulcro atuendo estropeado por las gotas de sangre que manchaban la blancura prístina de su pechera.
Sasuke se giró hacia él.
—¿Qué significa esto, Yakushi? La dama lo contrató para que encontrara a su primo, no para que apaleara a un anciano escuálido.
El anciano escuálido emitió un ronco gruñido gutural que le valió una sorprendida mirada de Sakura. La sonrisa de Kabuto cedió el paso a un rictus burlón.
—Perdone si he ofendido su delicada sensibilidad, milord, pero él sabe dónde está ese primo. Y no quiere hablar.
—No veo cómo podría hablar con ese asqueroso trapo metido hasta el fondo de la garganta — replicó Sasuke.
Kabuto obsequió a su cautivo con una feroz mirada.
—Tiene la desgraciada tendencia a hablar cuando no le he hecho ninguna pregunta. Pensé que tal vez usted podría hacerlo entrar en razón, siendo caballero y todo eso. Le he dicho lo de la recompensa, pero al parecer no lo impresiona.
Pasado un breve momento de reflexión, Sasuke ladró:—Desátelo.
—Pero, milord, no creo que eso sea muy...
—Desátelo — repito Sasuke—. Ahora mismo.
A regañadientes, Kabuto hizo un gesto a su corpulento secuaz. El hombre sacó un horrible cuchillo y se acuclilló detrás del cautivo. Cuando cayeron la mordaza y las cuerdas, Sasuke dijo:
—El señor Yakushi no le ha mentido, señor. Hay una sustanciosa recompensa por la información que buscamos.
Frotándose las muñecas magulladas, el viejo miró a Sasuke, burlón.
—¿Y qué recompensa sería esa, milord? ¿Treinta monedas de plata?
Antes que Sasuke o Sakura pudieran reaccionar, Yakushi le enterró la bota en las costillas.
—No te hará ningún daño mostrar un poco de respeto al señor y su señora — gruñó—, y sí te lo hará no hacerlo.
Horrorizada por la indiferente brutalidad del detective, Sakura lo hizo a un lado de un empujón y fue a arrodillarse junto al anciano. Le sostuvo los hombros mientras él trataba de recuperar el aliento y después le cogió la sucia mano en la suya, sin preocuparse por sus caros guantes blancos. Le sorprendió sentir acumularse lágrimas en sus ojos, pero le sorprendió más aún sentir la tranquilizadora mano de Sasuke en su hombro.
—Por favor, señor — le dijo—. Ya hace casi un mes que mi primo está desaparecido y estoy desesperada de angustia. Si sabe algo acerca de su paradero, le ruego que nos lo diga.
El anciano la observó receloso mientras ella metía la mano en su ridículo y la sacaba con un retrato en miniatura de Naruto, que se lo encargaron para el día en que cumplió los dieciocho años. Se la puso delante con la mano temblorosa.
—Ahora es diez años mayor, pero es un fiel retrato.
La pétrea mirada de él pasó de la miniatura a la cara de ella.
—¿Y quién es este primo suyo, señorita?
—¿No lo sabe? — Desconcertada, miró por encima del hombro al malhumorado Yakushi—. ¿No se lo dijo?
Incómodo, el detective se aclaró la garganta.
—En casos como éste, tratamos de no divulgar la identidad de nuestro cliente a no ser que sea absolutamente necesario.
—Así cuando mi cadáver hinchado aparezca flotando en el Támesis — dijo el anciano en tono mordazmente simpático—, habrá menos posibilidades de que les haya dicho a alguno de mis compañeros quién me arrojó allí.
Le tocó gruñir a Kabuto. Sin hacer caso del gruñido, Sakura continuó:
—El hombre que andamos buscando, el hombre al que vieron por última vez en Londres el jueves doce de noviembre, es Naruto Namikaze, el séptimo duque de Uzushiogakure.
Todo el color desapareció de la chupada cara del anciano, lo que destacó en relieve sus magulladuras. Aunque la boca le quedó muda, aumentó dolorosamente la presión de la mano en la de ella.
—¡Sasuke! — exclamó Sakura, alarmada por su reacción. Sasuke se arrodilló a su lado y le rodeó los hombros al anciano con el brazo.
—Dios de los cielos — susurró éste, aferrando la mano de Sakura como si fuera una tabla de salvación—. ¡Tiene que ayudarme! ¡Tenemos que detenerla antes que venda su alma al mismísimo demonio!
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Continuará...
