Pomona Sprout — Ingenuidad
—¿Y entonces qué te ha dicho?
—Ya lo he repetido mil veces, Minerva. Dijo que quería salir a Las Tres Escobas a tomar algo y luego que tenía una habitación en Hogsmeade para que pasaramos la noche. A dormir. Y comer regalices.
Pomona y Minerva caminan entre la nieve que cubre Hogsmeade. Hay varios coros en las esquinas, las luces navideñas decoran las ventanas y de los restaurantes ya sale el olor a pastel y galletas de la época.
Un hombre se le ha acercado a Pomona mientras estaban sentadas tomando chocolate caliente. Al parecer, ya lo conocía de antes y Minerva hasta ahora se enteraba. En el momento, no supo si le daba más rabia enterarse de últimas o que alguien estuviese coqueteando con Pomona tan abiertamente.
Tampoco puede quejarse muy en voz alta porque es un secreto a voces que Minerva y Poppy Pomfrey se veían a escondidas y se repartían besos y abrazos y una lista larga de más cosas que son más fáciles de ponerlas a la imaginación del consumidor.
Los dilemas de que te gusten tus dos y únicas amigas, al mismo tiempo.
—Pero es que la ingenuidad te sale hasta por los poros, Pomona. Ese… hombre no te quiere para aprender de tus cactus y plantas y mucho menos para ir a dormir y comer regalices. Te quiere para besarte hasta que te quedes sin boca. Y yo, como buena amiga que soy, te digo que huyas. Que corras muy, muy lejos y nunca vuelvas.
—¿Por qué serás tan exagerada? No quiere nada de eso. De hecho, le he dado una planta para que cuide y me manda cartas diciéndome cómo va el proceso y también me pregunta que cuándo voy a estar sola en casa para visitarme. A mi punto de vista, es muy cortés.
Minerva rueda los ojos porque de verdad no puede entender cómo alguien es tan inocente y tan bueno y tan… ella. Mil veces ha intentado tirarle la caña y es como hablar con la pared porque todo lo que recibe es un «qué linda eres cuando quieres».
Entran a una nueva cafetería porque en la anterior le han arruinado el ambiente. Pomona va igual de feliz que cuando le dan un nuevo cactus para cuidar y Minerva tiene la misma cara de asco y amargura con la que ha nacido. La diferencia es que ahora es capaz de romperle el brazo a alguien si solo respira cerca de ella.
—Ya pedimos chocolate, ¿quieres bizcochos ahora? Que si tomamos otra cosa caliente, te va a salir humo de las orejas y quisiera entender por qué estás tan de mal humor, Minerva.
—Olvídalo. Y pidamos esos bizcochos que en verdad tengo hambre. Bueno, seguro es porque tengo hambre y llevo aguantando desde esta mañana. Vamos, a pedir. Y después nos devolvemos y caminamos en silencio porque necesito paz para que se me bajen lo decibeles.
—Haré lo que me pidas solo si me dejas pedir galletas de chocolate también y otras más para llevar.
—Haz lo que quieras.
