NO PERMITAS QUE EL DOLOR DE LOS MALOS TIEMPOS ENDUREZCA TU CORAZÓN...
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La hermosa y casi artificial jovencita permanecía sentada en la fría banca del jardín. Entrelazaba nerviosa sus dedos ante la mirada de su apuesto novio.
-No es que me moleste, es sólo que me parece demasiado extraño tener tu visita a estas horas. ¿Sabes Annie? La tía Abuela Elroy aún no sale de su dormitorio, y yo...
-Ya sé que tienes cosas que hacer Archie, sólo quería verte...
-No deja de ser muy temprano para eso, podíamos vernos más tarde, no veo la prisa.
Mi madrina sintió comprimirse su corazón en su interior, era en ocasiones como ésta, donde el trato frío y distante de mi padrino desde inicios de su relación amorosa le dejaba bastante claro que el jovencito de ojos color miel frente a ella no la amaba tan profundamente como ella se obligaba a pensar. Aunque ella siempre buscaba inconscientemente una explicación para cada desplante del hastiado joven.
Por fortuna, esta vez no venía a la mansión Andley a analizar sus sentimientos, o a rebuscar una respuesta que ella a todas luces ya sabía, aunque su corazón y su cabeza, necios como eran no desearan aceptarla. Ella había venido por otros motivos.
Con el pretexto de buscar el tocador, pudo descansar de la escrutadora mirada de su novio, el cual igualmente aliviado por la que parecía una verdadera urgencia, suspiró respondiendo:
-Tómate todo el tiempo que necesites, estaré en las bodegas con Stear, él también acostumbra madrugar en sus inventos y estudios. -Alargando la palabra "todo" con una entonación especial, con una sonrisa apenas dibujada en su rostro se puso de pie, dio media vuelta y dejó a Annie sin esperar a que ella se marchara primero.
Sin prestarle más atención a la ya habitual falta de paciencia de su novio se dirigió presta al interior de la mansión. El fino taconeo resonaba en las enormes lozas de mármol y piedra, delatando la prisa de los pasos que de acuerdo al manual de modales y buenas maneras deberían ser bastante más recatados, por no decir silenciosos. La carrera con la que Annie avanzaba por los largos corredores de cierta forma iba en contra de la discreción con la que ella suponía tratar el asunto.
Después de girar por un interminable pasillo, llegó frente a una puerta enorme de fina madera, miró a los lados para evitar ser sorprendida y trató en vano de abrirla pues tenía puesto un cerrojo por el interior.
-Supongo que ha equivocado el sitio del tocador señorita Britter... -interrumpió Dorothy a la joven haciéndola sobresaltarse, -¡Oh disculpe niña, no ha sido mi intención causarle un susto!
-Eh, no, quiero decir, que conozco el sitio del tocador Dorothy... sólo que...
-Esa es la habitación del joven William... -respondió la amable mucama con una sonrisa apenas sugerida en los labios, mirando confundida a la exaltada visita.
-¡Oh Dorothy! necesito hablar con él, es algo urgente...
-Entiendo niña, pero... no es la habitación del joven un lugar propicio para buscarle. ¿Le parece si le preparo un te y galletas mientras espera usted a que él se encuentre dispuesto y baje a atenderla? O mejor quizá, si gusta, puedo conducirla conmigo hacia el desayuno, dentro de poco todos estarán reunidos en la mesa del jardín, el día está hermoso para desayunar en la terraza. ¿Le parece bien?
Se escucharon unos pasos por el corredor antes de que la figura imponente de mi padre girara por el pasillo justo hacia su dormitorio.
Dorothy y la visita se sorprendieron al ver a tremendo personaje llegar con sus botas de campo, sus pantalones color beige embarrados con lo que parecía ser una mezcla de lodo fresco y desechos de caballo, una camisa delgada de lino a medio abotonar, con su cabello apenas atado en una extraña coleta y perlas de sudor resbalando por el rostro y cuello.
Mi padre sonrió, miró a una y a otra justo frente a su puerta y rompió el silencio comentando en una voz más grave de lo habitual:
-Estimadas señoritas, necesito entrar a mis aposentos, ¿serían tan amables de permitirme el paso?
-Señor... -Dorothy se inclinó ligeramente apenada de haber tardado dos segundos más de lo debido admirando el amplio torso de mi padre.
-Albert yo, necesito hablarte...
Mi padre miró con atención a la jovencita de ojos cerúleos frente a él. ¿Era su imaginación o era ella en verdad bajita a pesar del elaborado peinado que más parecía un nido de pájaros en lo alto de su cabeza? Pronto se deshizo de esos pensamientos al notar la clara preocupación en su semblante y supuso que lo que sucedía era bastante más grave de lo que quisiera averiguar, en especial cuando esa muchacha sólo le dirigía la palabra si el tema a tratar tenía que ver con su pequeña Candy.
Sopesó por un momento la idea de tomar una ducha, pero pronto la descartó al notar la humedad en los ojos de la visitante.
-Es algo que se deba hablar en privado, ¿cierto?
-Lo es...
Una fina campanilla se escuchó a lo largo del corredor, el sonido provenía de la habitación de madame Elroy que seguramente requería ayuda.
-Dorothy, déjenos solos por favor, puede mientras tanto ir en busca de mi tía, al parecer le necesita.
-Señor. -Dorothy asintió y en silencio se alejó del lugar. Si el señor de la casa estaba decidiendo que recibiría a su visita incluso ahí en el mismo pasillo, ella no tenía porque poner remilgos. Era una mujer muy prudente a pesar de saber que madame Elroy podía reprenderla severamente a causa de la decisión del joven William. Trataría de entretenerla más tiempo del necesario en su recámara.
-Espera un momento Annie...
Mi padre abrió el pomo de su puerta después de quitarle el cerrojo, entraría para cambiarse rápidamente de camisa y pantalones.
Pero Annie escuchó la voz de madame Elroy a punto de salir de su habitación, al parecer ella se había alistado por sí misma y para evitar un problema decidió entrar empujando levemente la puerta ante ella. Entró despacio, con el mismo sigilo de un felino que no desea ser visto. Cerró del mismo modo la puerta al entrar y sintió alivio. La tía Elroy no la había alcanzado a ver.
Primero puso atención en la enorme habitación, el elegante tapizado en las paredes, las molduras en finos garigoles de madera tallada que dividían las paredes del techo y que adornaban con excesivo lujo el umbral de las puertas, el amplio espacio de piso a techo que superaba en mucho los de su propia casa. Se dio el tiempo de analizar el ínfimo desorden que existía en la habitación del que a sus ojos seguía siendo un trotamundos con mucha suerte. Inhaló el aroma a colonia y a tierra mojada que parecía impregnar el cuarto. Cada que sus ojos se habían desviado en el pasado a mirar al Albert de Candy, habían visto a un simplón vagabundo, nada feo por cierto, pero tampoco algo que mereciera más de 5 segundos de atención. El simple mirarlo o recordarlo, le evocaba sólo a ella un aroma de mofeta, a pesar de que la vieja mascota del ahora patriarca había sido llevada a un zoológico muy apreciado por Albert, meses atrás.
De pronto su mirada se desvió y encontró algo mucho mejor que observar. Se deleitó en silencio en la ancha espalda y el bien torneado trasero. Pasó saliva al saberse entrometida y pensó en desviar su mirada, pero debido a su curiosidad y al maravilloso encanto que encontraban sus ojos en lo que captaban, no lo hizo. Nunca había observado los músculos de un hombre desnudo, apenas vestido con unos pantaloncillos de tela muy delgada que llegaban arriba de la rodilla. Los brazos firmes y la espalda como un grueso tronco en forma de V que parecía estar formado por diversas piezas encajando perfectamente unas con otras, como en una especie de engranaje, como una máquina compleja de esas que Stear nunca podría igualar por mucho que se esforzara.
Escuchó su corazón latir con fuerza en sus oídos y lo sintió latir hasta una parte de su anatomía que además se humedeció extrañamente, cuando miró embelesada como el hombre se despojaba de esos pantaloncillos ligeros para cambiarse por unos limpios.
Observó con la boca abierta el perfecto par de blancos y redondos glúteos que apuntaban con orgullo hacia donde ella estaba de pie, apoyando sus manos en uno de los gruesos pilares de la cama del otrora insípido y singularmente insignificante Albert.
¡Oh Albert, que equivocada había estado! Sin poder evitarlo, un suave gemido de sorpresa salió de su boca y provocó el sobresalto de mi padre.
-¡Annie!
Antes de meter la segunda pierna en la rompa interior limpia, mi padre yacía en el suelo, tratando de cubrir sus partes nobles con la sábana que aprisa había jalado de su cama.
-Perdón... es que yo... necesitaba decirte que...
-Te pedí que me esperaras afuera Annie...
Mi padre la interrumpió con la voz enronquecida por la impresión. Pero notó el estado de turbación de la joven, además del suyo y de su rostro hirviendo del calor y la vergüenza.
-Es que tu tía Elroy... yo preferí... ¡oh perdóname Albert, yo!...
-Está bien Annie, solo, haz el favor de girarte un momento por favor.
Cuando al fin estuvo listo, caminó hacia ella y la invitó a sentarse en un sofá que formaba parte del mobiliario de su recámara. Las voces de Dorothy y su tía todavía se alcanzaban a escuchar como un eco en el amplio pasillo. Por suerte no habían escuchado el alboroto que se había armado ahí dentro o ya estaría la tía casándolo con esa jovencita del nido de pájaros en la cabeza.
-Ahora si señorita, que es eso tan urgente de lo que debes hablarme. -Preguntó mi padre mientras se preguntaba ¿dónde habían quedado las lágrimas de la chica que lo conmovieron para escucharla?
Mi madrina, no podía mirarlo a los ojos después de semejante espectáculo. Pero respiró profundo y por primera vez en mucho tiempo hizo algo bueno por mi madre.
-Se trata de Candy, ella, te necesita Albert.
-¿Qué sucede con ella? hemos estado, tú sabes, escribiéndonos y no me ha dicho nada de encontrarse en problemas.
-¿La has visto?
-No. Como ya te dije, sólo nos hemos escrito...
-Pues parece que no la conoces, ella nunca va a aceptar que está en aprietos. Albert, -mi madrina tomó entre sus pequeñas manos las grandes y fuertes manos de mi padre, lo miró a los ojos y añadió -ella ha sufrido un dolor muy grande, no es hasta que ves sus ojos cuando lo descubres. Ella podrá decirte mil mentiras en sus cartas, es una manera fácil de contar lo que una desea después de todo. Pero ella sufre, lo he visto en sus ojos que a mí no pueden mentirme.
-Lo sé, es por Terry.
Respondió mi padre bajando la mirada y frunciendo el ceño de sólo recordar ese sentimiento que había tratado de sepultar estos meses lejos de ella.
-Es un dolor más profundo todavía, aunque mucho me estoy temiendo por desgracia, que este dolor también tenga algo que ver con él...
Mi madrina se retiró de la mansión con un peso menos encima. Mi padre le prometió que pronto la buscaría y de ser necesario la llevaría con él a la mansión. Sentía la satisfacción de haber hecho algo bueno por ella, ¿qué seguía ahora? eso el destino lo iba a decidir. Mi madre estaba profundamente sumida en una tristeza de la que no dejaba a nadie participar. Sólo podía adivinar que era lo que estaba ocurriendo. Podía suponer tantas cosas, pero esa delgadez extrema, esas ojeras bajo sus ojos y esa vitalidad que había conocido en ella desde toda la vida, se habían esfumado. Y podía ser una egoísta, una celosa, una envidiosa del amor que Archibald le profesaba en silencio a su mejor amiga, casi hermana, pero nunca desearía que le sucediera nada malo. Sabía a fuerza de imaginarlo, que el llegar a perder a mi madre le causaría un dolor irremediable en el alma; por el pasado y las bellas memorias del Hogar de Pony, porque había una parte dentro de ella en donde se guardaba muy escondido un gran amor por esa compañera de la infancia...
-Ya está hecho, si yo no puedo ayudarte Candy, Albert encontrará la forma, estoy segura de eso... -se dijo a sí misma al tiempo que atravesaba los grandes jardines acercándose a la salida.
Con un profundo suspiro y la sensación agradable y extraña de haber hecho algo bien y de corazón, agradeció a uno de los sirvientes la amabilidad al cerrar la gran reja de hierro forjado a sus espaldas. Ella podría seguir caminando hasta su casa, recordando la increíble visión de la mañana... se sintió muy extraña al haber olvidado despedirse de Archie. Esos pensamientos que llegaban en forma de nítidas fotografías hasta su mente la estaban descontrolando y la hacían ruborizarse de sólo recordar. Tal vez así era mejor, de qué otra forma podría explicarle a su enfadado novio el tener la mente en otro lado, las sensaciones que había descubierto esa mañana en su cuerpo eran nuevas para ella, era algo delicioso, pero vergonzoso a la vez. No, ella no permitiría que Archibald se diera cuenta. Prefería irse sola y pensar, pensar mucho en lo que había ocurrido.
La consciencia de mi padrino nadaba entre momentos mitad reales, mitad como en sueños, confusos sueños con intermitencias de dolor, de calma, de delirio. Era para él algo muy similar a aquellas borracheras de su juventud. Cuando había tenido que recurrir a tomar unas copas de más para volver al lado de la mujer a la que llamaba esposa, pero que más sentía como enemiga.
A estas alturas ya le había incluso dejado de interesar si seguía con vida, si sus pulmones y su corazón se encargaban o no de seguir con sus automáticas actividades, respirar, latir.
Se dio cuenta como su cuerpo era removido al fin de ese lugar, por unos momentos imaginó que lo sacaban en pedazos, porque así se sentía. Ya no creía ser un hombre, no había espacio ya para seguir pensando, sólo le permitía a la nada adueñarse de todo.
Se consideraba muerto.
Había anochecido, el frío calaba a través de los restos de ropa que cubrían su desnudez, su miseria humana. Fue entonces que volvió a él la conciencia y verdad plena de continuar con vida, cuando además una punzada lacerante en el abdomen debido al hambre, a la sed o lo que fuera lo atacó con fuerza y lo obligó a encogerse sobre sí mismo.
-Albert... -apenas un murmullo brotó de la boca seca de mi padrino cuando recordó a su compañero de calabozo.
-¡Llévenselos pronto, no sé cuanto tiempo tenemos!...
Escuchó de nuevo la voz nerviosa del maldito George. No sabía que era peor, haber estado a merced de las ratas en el interior o ahora en manos de la peor de ellas. El mayor de los mentirosos. Hubiera deseado tener un poco más de fuerza para darle una buena paliza al desgraciado, pero también para eso era muy tarde.
Si George Jhonson había sido un condenado demonio traidor ya daba lo mismo. Todo el dinero que hubiese logrado conseguir aliándose con la mafia no alcanzaría para que viviese con la conciencia tranquila, llevaría el cargo de haber manipulado y entregado a quien más había protegido desde niño, a quien había jurado amar como su propio hijo.
-Maldito infame... -fueron sus pensamientos y sus casi inaudibles palabras antes de que una nueva oleada dolorosa le provocara retorcerse en esa manta en que le envolvían.
Mi padrino sólo deseaba ya descansar en una fosa oscura, abandonar al fin ese cuerpo que ya no le respondía, ser libre; seguro que se encontraría en otro lugar con Anthony, con Albert quizás, en otro lugar donde ya no doliese nada. Donde no existieran mafias, mentiras, ni dolor. Otro lugar donde no volviera a saber de Anne... aunque extrañaría por siempre a sus tres hijas, a Candy, a Madeleine, a Stear...
Deseaba en sus desvaríos, que ese aroma que percibía a tierra mojada presagiara una tormenta y el fango del improvisado sepulcro donde casi estaba seguro lo abandonarían inundara de una buena vez sus pulmones, para que todo acabara.
Lo llevaban aprisa, envuelto como un bulto entre esas mantas frías, debido a la lluvia helada que empapaba la tela y la traspasaba hasta llegar a su piel, recordó instantes de su más tierna infancia, aquellos raspones que se hacía entre las avenidas empedradas corriendo con Anthony y Stear. Después llegaba la imagen de la tía Elroy a sus memorias.
-Va a dolerte Archibald, pero este ungüento será beneficioso para tu herida.
Sonrió apenas, tenía todavía una pizca de energía para recordar esas cosas...
Miró las manos delgadas de la tía Abuela embadurnar con esa masa viscosa sobre el raspón, después observó el rostro infantil de Stear quien con una voz que no era la suya exclamaba asqueado:
-Está muerto, pero debemos llevarlo también.
Después, confundido, miró los ojos sorprendidos de Anthony y le escuchó también decir con una voz que tampoco era para nada la de aquél querido primo suyo:
-Le dije que había esperado demasiado, ahora ya es tarde...
Eran las voces del presente que seguían mezclándose con sus sueños, con los recuerdos de aquellos días.
No sabía Archibald Cornwell si al hablar "del muerto" se referían a William Albert o a él mismo. A pesar de sus pocas ganas de sobrevivir, a su infinito cansancio, retazos de consciencia y realidad seguían llegando a su mente.
Entonces al saberse irremediablemente vivo, dado que continuaba respirando, la única posibilidad restante era que William había muerto.
Pronto sintió su cuerpo ser colocado con bastante rudeza en el interior de un vehículo. Escuchó otro pesado bulto ser depositado con la misma sutileza a un layo suyo, sabía que era el cuerpo inerte de William. Se estremeció de dolor, de un dolor que ya necesitaba no sentir, empezó a llorar con un llanto ajeno, cansado, seco. Ya no había razones para nada. Hubiese preferido dejar este mundo con William y no tener que enfrentar lo que fuera a suceder él solo.
Y es que, ¿a donde lo llevaban? si lo iban a dejar morir mejor hubiera sido que lo olvidaran en ese sucio calabozo y no seguir con la incertidumbre de lo que seguía. Quería preguntar, pero la garganta ya no respondía, en su mente apenas lúcida se vislumbraban muchas opciones.
Después, sólo escuchó el motor del vehículo que avanzaba por las calles empedradas, su carne magullada era incapaz de sentir más molestia con el constante traqueteo del automóvil.
También escuchó partes de una conversación, en sus delirios, él interrumpía y exigía gritando con todas sus fuerzas saber a donde carajos lo llevaban. En la realidad un mudo balbuceo se formaba en sus labios, completamente ajeno a los hombres que conducían el vehículo. Imaginando que el fin estaba cerca, mi padrino prefirió poner su mente en blanco una vez más, evadirse le resultaba bastante fácil después de muchos días de haberse obligado a escapar de sus propios pensamientos.
El aire, aunque limpio, entraba cada vez mas despacio a sus pulmones. Todavía alcanzaba a escuchar los latidos de su corazón, cada vez más débiles, más pausados.
-Pronto te haré compañía Albert... sólo espera un poco...
Pensó con un nudo en la garganta por última vez, antes de perderse en el sopor de un muy profundo sueño.
Los guardias en el exterior de nuestra casa habían disminuido con el paso de los días. Mamá había dejado todo en New York hasta que se encontrara solución a la situación de mi padre. Según lo que nos había dicho George, era más seguro permanecer en la mansión Andley antes de pensar en cualquier otro lugar.
Había transcurrido cerca de un mes desde que fueran secuestrados. La situación era tensa, por demás difícil. La casa se había sumido en una especie de trance silencioso, pesado. Soledad e incertidumbre se respiraba a diario en las estancias, en el comedor a donde ya no asistía la tía Elroy debido a la pena. Mi madre se obligaba a comer apenas y yo comía sin encontrarle sabor a nada.
Terrence no se apareció mucho por la casa, salvo en un par de ocasiones. No volvió a entrar por ser inapropiado, sólo esperaba a mi mamá desde afuera para poder verla unos minutos. Desde mi ventana observé a mamá abrazarle, apoyarse en el hombro del hombre que amaba, de su gran amor de juventud que había regresado por ella para no dejarla marcharse nunca más de su vida.
Después de tanto meditarlo llegué a la conclusión de que lo que había sucedido conmigo había sido una especie de espejismo. Ese hombre allá afuera había besado a la Candy de su pasado, había encontrado en mí y en el enorme parecido que tenía con mi madre, a aquella joven con la que no pudo hacer entonces su vida. De ahí que me había besado, pensando en ella, recordándola a ella.
Y estaba hecha a la idea de que yo Candice Scarlett, merecía un amor para mí, un amor de mi tiempo, un hombre que me amara por mí y no por el recuerdo de alguien más. Aunque en ese instante todavía dolía mucho pensar en eso. Sabía que con el tiempo podría conocer a más personas, volver a abrir mi corazón quizá cuando ya estuviese listo... pero por lo pronto, eso era algo en lo que no se me antojaba pensar.
También comprendí que la vida, el destino o lo que sea, tiene extrañas maneras de llevarnos por caminos que no alcanzamos a imaginar. Terrence, el Terrence de mis sueños, era el Terry de la realidad de mi mamá, con el que había vivido tantas aventuras y había tenido toda una historia.
Y eso lo respetaría hasta el fin de mi vida, aunque cargara con un secreto por siempre. Por mí, nadie lo sabría nunca, mucho menos ella.
Las ojeras en el rostro de mamá oscurecieron incluso su mirada, sus ojos ya no eran aquellas centelleantes esmeraldas y su sonrisa había desaparecido casi por completo.
Tía Patty y tío Stear fueron un gran apoyo para la familia. Ella trataba de reunirnos, de mantenernos ocupadas, con charlas, con planes para la próxima llegada de su pequeño. Él, se encargaba en las tardes de asistir a George en los asuntos de las empresas y en la búsqueda de mi papá y mi padrino.
Aunque cada tarde llegaba cansado y con un semblante de derrota, cada tarde perdía un poco más las esperanzas de poder rescatarlos. La policía y los investigadores trabajaban en el caso, entraban y salían con documentos, fotografías y pistas que discutían siempre en el despacho a puerta cerrada.
Pero a decir verdad parecía como si la tierra se los hubiese devorado por completo sin ninguna intención de devolverlos.
Una tarde escuché a mamá confesarle a la tía Patty que más que sufrir por mi padre, temía por mi padrino Archie.
-Eres muy dura Candy...
-William me acostumbró a no extrañarlo Patty. Me acostumbró a su ausencia, a sentirlo ajeno. De ser mi marido, mi mejor amigo, pasó a ser un extraño, alguien a quien no deseo ningún mal, pero tampoco me duele lo que pueda suceder con él. A mi corazón no puedo obligarle a que se invente afectos y condolencias que no existen Patty. La jovencita que sufría por todo, lloraba y se sacrificaba por los demás, hace mucho tiempo dejó de vivir en mí.
-¡Basta Candy!
Tía Patty la miró con un semblante de enojo. Respiró profundo y abrazando a mi madre por los hombros le dijo en un tono muy suave:
-Sé que el dolor puede cambiarnos, el dolor puede fabricarnos una coraza de piedra, para protegernos de todo y de todos... pero en tu esencia y aunque quieras negarlo o te obligues a pensar lo contrario... sigues siendo la misma joven preciosa que amó, que abrió su corazón, que perdonó. Te veo todavía como aquella dulce niña que conocí en el San Pablo, ¡aquella que me ayudó a salvar a mi tortuga y fue capaz de enfrentarse a la cabeza dura de la madre superiora!
-Patty... - mi madre se abandonó en los brazos de su amiga, lloró como una niña pequeña. Yo las observé en silencio, escondida tras de la puerta de la habitación.
-No permitas que el dolor de los malos tiempos endurezca tu corazón, en el fondo también deseo creer en todo lo que ha dicho George. Todo lo que hizo Albert fue por proteger a su familia. Ya no pienses más en el dolor, llena tu corazón de esperanza, de la imagen de él regresando por la puerta de entrada, con bien. Si has decidido separar tu camino del suyo, eso no implica que debas odiarle Candy. Tu corazón no fue hecho para odiar, perdónale.
-Tienes razón Patty...
-Tienes tanto porqué ser feliz, Terrence está contigo... -dijo mi tía con un tono de voz apenas audible- Tienes una hija preciosa que aguarda por ti y te necesita entera, porque no sabes todavía Candy, si serás su único apoyo de aquí en adelante.
-No es fácil perdonar, Albert... él...
-No digas algo más de lo que puedas arrepentirte, aunque todos deseamos volver a verlo con vida, no podemos asegurar que así será...
Se quedaron en silencio, pensativas. También yo debía continuar callada e inmóvil o me descubrirían escuchando.
Dolía mucho escuchar la verdad en las palabras de mi tía Patricia. También el corazón se cansaba de vivir así, por eso entendí a mi madre. Su necesidad de hacerse dura y fría para que nada más pudiese volver a lastimarla. Me bebí mi llanto una vez más porque ya estaba cansada de llorar por una situación que parecía no llegar a su fin. Respiré profundo y abrí la puerta.
Un tumulto tremendo se escuchó al tiempo que entré en la habitación. Ambas mujeres se levantaron del sofá y caminaron aprisa hacia el ventanal. Escuché la voz demandante de tío Stear. Estaba enojado, desesperado. Daba órdenes a la par que el teniente de policía.
Entre corriendo a la habitación de mi madre y miré con ellas a través de la ventana. Tía Patty ya iba saliendo con su rostro desencajado. Mi madre en silencio apretó en un puño la cortina y se sostuvo de ella para ayudarse a permanecer en pie.
Al parecer los habían encontrado...
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CONTINUARÁ...
Ya se que he demorado demasiado en terminar, pero lo único que tengo a favor es disculparme porque la carga de trabajo ha sido abrumadora en mi realidad y hasta este momento me llega un respiro.
A quienes siguen con esta historia, tengan por seguro que he de terminarla. Saludos a todas!
