Dohko lamentó abiertamente haberle demostrado sus habilidades a Shion para trabajar documentos porque, luego de eso, su amigo le encomendó que dirigiera las actividades de un segundo grupo de investigación. Mientras que el Patriarca dirigiría a Aioros y a Luna para seguir investigando, Dohko haría su parte con Saga y con Alfa.* Esta última se trataba de una de las pocas Saintias que habían sido nombradas posterior a la guerra de Eris, había llegado de una edad más avanzada que el común, pero había demostrado habilidades con el cosmos (pequeñas pero innegables) toda su vida. Shion permitió su ingreso porque Aldebarán la descubrió y la pidió como su alumna, sin embargo, había necesitado posterior ayuda de Saga para una parte de su entrenamiento, por lo que se habían vuelto cercanos.
El Carnero del Himalaya sabía que Dohko iba a refunfuñar por aquello, pero no tenía muchas opciones al respecto. Aunque la biblioteca principal del Santuario contaba con buena cantidad de asistencia (la cual estaba trabajando a marchas forzadas también buscando información), los archivos secretos de Star Hill, sin embargo, no podían ser accedidos por cualquiera, excepto por el Patriarca, su sucesor, y aquel o aquellos a quienes considerara suficientemente aptos y discretos para manejar esa información —posterior al correspondiente juramento sobre la cabeza de Athena de guardar secreto sobre todo—. Nunca antes habían podido entrar tantas personas a los archivos de Star Hill, pero era necesario, era demasiada información y, si lo hacía sólo con Aioros, no terminarían nunca.
La biblioteca de Star Hill era mayormente subterránea. Aunque el primer piso estaba junto al resto del antiguo observatorio y templo exclusivo de Athena y el Patriarca, todo el resto se hundía por dentro de la montaña. Pisos y pisos repletos de información, sólo iluminados por la luz artificial de antorchas y espejos. No había ni una abertura que pusiera en riesgo el recinto, por lo que la luz del sol jamás había entrado a aquellos rincones.
La Saintia de Retículo* estaba justamente en uno de los estudios repartidos en los pisos, terminando de leer algunas cosas con la luz intensa de las antorchas y algunas lámparas de aceite encendidas, cuando el geminiano entró, buscándola, con algo en las manos.
— ¿Qué tal tus ojos? —fue la pregunta del griego de cabellos añil oscuro.
La Saintia cerró los ojos color canela y se masajeó el arco de la nariz.
—Gracias al remedio de Dohko están mejor, pero, obviously, it just works for a little while.* Ya voy entendiendo por qué Luna ha tenido que taparse los ojos cuando está fuera de aquí, la luz se vuelve un suplicio.*
El geminiano sonrió, le divertía cómo a la chica se le salían frases en inglés de modo tan natural. Su sueño había sido viajar a Grecia desde niña, así que había estudiado los idiomas con ahínco, junto con otros muchos conocimientos en letras.
—Podrías subir los escritos a la sección iluminada de la biblioteca.
—¿Y recorrer todas esas horribles escaleras una y otra vez? ¡Nunca! Es más eficiente quedarse en los estudios.
—No te culpo, cuando venía aquí hacia lo mismo.
—No entiendo cómo no te fregaste los ojos con la luz tan escasa.
—Ventajas de ser un Dorado y evitar el desgaste con cosmos. Igualmente, en esa época me sentía más cómodo en la oscuridad. La odiaba y al mismo tiempo requería de ella para tener algo de paz.
El geminiano suspiró, y soltó, mas para sí mismo que para ella, una extraña afirmación, mientras miraba los estantes llenos de papeles:
—Me sorprende que Shion me haya permitido ingresar aquí de nuevo.
—No tendría por qué no permitírtelo. Confía en ti.
Saga sonrió de medio lado, pensó en decir algo mas, pero no quiso sentirse demasiado patético, no frente a ella. Así que mejor se acercó a la mesa. Alfa no había notado que llevaba una pequeña canasta.
—Shion nunca nos descuida, pero hay que admitir que Dohko es más "consentidor".
La chica abrió el contenido, casi desesperada. No había querido admitirlo, pero se moría de hambre. Sin embargo, la idea de subir por todos los pisos a buscar algo de comida le resultaba igualmente odiosa.
—Bastante consentidor. Incluso mandó una botella de vino —dijo mientras la sacaba junto con un par de quesos, pan caliente, carne preparada y otras cosas.
—De hecho, esa es adición mía. Dijiste que te gustaba así que la traje para ayudarte a que sea más tolerable esto.
Dicho eso, se despidió y dio media vuelta.
—Espera, ¿por qué no me acompañas? Necesito alguien responsable cerca o puedo malpasarme con el vino.
—No sabía que eras mala copa.
—Algo así, tiendo a ponerme más descuidada si como y tomo mucho, y si le hago daño a algo de lo que está aquí el Patriarca me manda derecho al calabozo.
—Sólo hay una copa de vino. —Trató de resistirse un poco más.
—Si no te molesta, la compartimos. ¡Vamos! No me dejes sola, o me van a encontrar en pleno coma alimenticio babeando folletos.
Él río divertido al imaginarlo, y decidió ceder.
—Voy por los escritos que debo terminar de revisar y regreso.
Y así lo hizo. Mientras comían y compartían el vino siguieron trabajando, haciendo pasar las horas más rápido.
—Saga, creo que encontré algo aquí —le dijo mientras le señalaba un libro muy viejo y muy alto, grueso y grande. El mencionado lo tomó y comenzó a leer.
—Parece un diario.
—Lo es. En la investigación que realizó el maestro Dohko; había detallado una mención en un escrito. Alguien hablaba de unas criaturas monstruosas, venidas del Sheol, y había citado: "muy similares a las descritas por Penteo de Rodorio". Me llamó la atención y busqué los escritos que pudieran coincidir, y este es, creo yo, el diario de ese tal Penteo.
Saga comenzó a pasar las hojas. Estaban raras, los textos no parecían coincidir con el tamaño de las páginas y había muchos espacios en blanco. Las que sí estaban completas, y eran inmensas, eran las ilustraciones, la mayoría, de criaturas horripilantes, con su correspondiente descripción.
—Al inicio del diario, uno de los escribas colocó la fecha, y comentó que habían requerido acomodar el diario como libro para evitar su desgaste. Pero el diario de Penteo es más viejo y estaba, aparentemente, escrito en muchos pergaminos. Lo que hicieron fue recortar las anotaciones y acomodarlas así para cuidarlo mejor. Aparte de eso, todo, todo en el libro, viene de la mano de Penteo.
—Sigo sin ver por qué es tan importante.
—Lee donde comienzan las anotaciones de Penteo.
Saga se movió a ese punto y comenzó a leer:
Yo, Penteo Kalonimos, he nacido y crecido en el pueblo de Rodorio, a la vera del Santuario de la virgen Tritogenia.
Comienzo el día de hoy este Diario de Apariciones, a petición del Sumo Pontífice, el Patriarca Belerofonte, y de la sagrada diosa Athena, a la que tengo el honor de prestar vida, muerte y gloria.
Mi vida no ha sido diferente a la de cualquier soldado raso del Santuario, mi infancia transcurrió en las calles de Rodorio sin inquinas.
Mi trabajo y mis méritos me llevaron a ascender a comandante de legiones* en el Santuario
Todo fue paz, hasta que la Guerra Santa llegó, en contra de aquel llamado Asesino de Hombres, Ares, de oscuros cabellos.
A mí me tocó, con tan pésimo hado, estar de guardia cuando fue atacado el templo del Carnero Blanco, Aries de torcidos cuernos, sin que estuviera en él su protector.
En un arrebato desesperado, en mi afán de vengar a mis compañeros caídos, y evitar el paso de los Enyalos del sangriento Ares, por un segundo, desperté el Séptimo Sentido.
Una chispa apenas, pero que sirvió para dar tiempo al caballero de Tauro para llegar al auxilio y detenerlos.
Desperté sin un brazo y sin un ojo.
También con la sentencia cruel de que mi cuerpo había quedado demasiado lastimado así que,
a pesar de haber demostrado dotes para poder alcanzar un grado mayor, si vuelvo a alcanzar el Séptimo Sentido, probablemente mi cuerpo no aguante y muera hecho polvo.
Sin embargo, a raíz de mi milagro, abrí del todo mi Sexto Sentido, y ahora veo, escucho, y percibo cosas que la mayoría de las personas no.
He quedado en un punto medio.
Veo cosas que la gente común no, pero cosas que tampoco seres con cosmos más fuertes pueden ver, porque ellos son demasiado elevados para percibirlo a menos de que ese sea su deseo.
"Médium" me han llamado.
Estos horribles terrores a los que tengo acceso, por mucho que trato de limitar el don, son ahora parte de mi vida, la princesa Athena no puede quitármelo, porque ha sido una voluntad,
más grande que ella misma, la que me lo ha dado.
Pero a cambio me ha conferido un hogar en el territorio sagrado del Santuario, donde estos fenómenos ocurren lo menos posible, para darme algo de paz.
A cambio, me he comprometido a llevar registro de todo aquello que vea, para entender y, de ser necesario, para poder combatir a estas cosas que veo,
porque si bien esta visión me permite ver cosas maravillosas, son las cosas oscuras, las negras penumbras repletas de horror y maldad, las más comunes en este mundo.
El geminiano la miró, con algo parecido al asombro en la mirada. Ella tomó el libro y pasó varias páginas hasta que llegó a una de las que le interesaba, para pedirle que leyera. El texto venía acompañado de la ilustración correspondiente, toda la hoja era negra y sólo en un blanco difuso, similar a llamas, la forma descrita en el texto:
Hasta el día de hoy pensaba, como todos los que tienen la desgracia de cruzárselas, que estas criaturas nefastas compartían el mundo con nosotros.
Que sus madrigueras coincidan, lamentablemente, con cosas humanas: construcciones, personas, lugares. Pero me he dado cuenta que varias de estas bestias (si no todas) vienen de otro lado.
Pasé junto a un campo de batalla tan reciente que la sangre aún estaba fresca, saliendo de los cuerpos.
El atardecer estaba por terminar, y en el sitio donde las sombras ya imperaban, vi una puerta de flamas plateadas: la forma que dibujaban era oval.
Pensé en una hoja afilada de laurel y alrededor, símbolos que la limitada vista física de mi ojo sano me impidió definir. Pero estaba ahí, como la rasgadura de una garra a nuestro mundo.
Su interior era negro, y de esa extraña puerta salieron criaturas. Ya las había visto, son a las que, a falta de saber su nombre, las he llamado Sarotes*.
Salieron todas, una a una, de aquella pequeña abertura, resguardándose en las sombras, deambulando en ellas como perros hambrientos, esperando a que Helios se fuera para correr a los cadáveres.
No quise quedarme a ver cuándo eso pasara.
—Que lúgubre.
—Espera, esto se pone mejor.
La Saintia adelantó más páginas y le mostró otro fragmento:
La desgracia quiso que en mi trayecto a Rodas encontrara inconvenientes.
He tenido que regresar al pueblo donde me resguardé el día antes, llegando ya pasado el ocaso. Iba en la noche, haciendo memoria de las fórmulas sagradas que Deva, el caballero de Virgo,
me ha enseñado para defenderme de las criaturas oscuras. Pero no ha sido una criatura oscura lo que se me ha atravesado. La calle estaba casi sola cuando vi a un hombre muy a lo lejos.
Me llamó la atención por que portaba un ropaje extraño, como forjado, que me recordó a los Santos de bronce. Mi vista se clavó en él, y mi interés despertó cuando vi que pasaba por entre la gente
como si no existiera.
Corrí tras él. No me prestó atención. Efectivamente era invisible para todos, menos para mí. Lo alcancé a ver mejor.
Las túnicas y la armadura eran un juego entre grises y blancos, con algunos toques oscuros, y llevaba un carcaj alto, repleto de flechas de un plateado plomizo particular.
El carcaj estaba sobre su hombro, y caminaba buscando un sitio más privado. Estaba muy lejos, apenas lo alcancé al correr, en un callejón pestilente, y lo vi extender la mano y la puerta negra y plata
se abrió ante él, a su voluntad.
Tal vez fue mi emoción (o tal vez que él fuera un hombre), que cometí la imprudencia de gritarle, de pedirle que esperara un momento para hablarle. El hombre me miró aterrado y sorprendido, como si fuera la
primera vez que un ser como él le hablara en su vida. Tal vez por esa impavidez me dejó acercarme demasiado, y sólo hizo afán de apartarse cuando estaba a cuatro pasos de él.
—Ignoro a razón de qué es que tú puedes verme, pero apártate, imprudente, antes de que salgas lastimado.
Me detuve. Para que notara que le respetaba me arrodillé de golpe y, tanto como me lo permitían mis pulmones, le supliqué que me explicara, ya que él era el primer hombre que veía salir por aquella puerta, en vez
de a esas bestias. Que sólo quería respuestas. Y tal vez fue esa desesperación, o mi aspecto maltratado por la guerra,
o tal vez el agrado de haber sido visto en una vida de invisibilidad, que cedió a decirme estas pocas palabras:
—Soy Lefrain, Fobia* al servicio de los gemelos oscuros, hijos de la dorada Afrodita y el brutal Ares, portador de la Thymós* de Kará*. Te advierto, hombre de vista desgraciada, apartarte de esta puerta y de todo
aquello que salga de ella. Todas estas criaturas que ves, han nacido del mundo o de dimensiones aún más bajas que él, y han hecho su nido en el valle del Sheol, donde estamos ocultos todos nosotros. Jamás cruces la
puerta o caerás en el valle y serás perseguido hasta enloquecer, y en el peor de los casos, capturarán tu alma para usarla como juguete a su placer. Apártate también de aquellos que son como yo, porque nuestro deber es
hacer crecer el miedo en el corazón del mundo. La puerta se abre ahí donde el miedo gobierna con mano de hierro, ahí donde el terror ha hecho nido y masacres.
Dicho eso, dio media vuelta y antes de entrar me miró sobre del hombro.
—Por tu bien, más vale no volvernos a ver.
Su sentencia me heló la sangre, pero él cruzó sin darme mayor importancia de la que ya me había dado.
El griego de cabello añil oscuro la miró, atónito.
—Esto es impresionante.
—¿Verdad? Con esto, ahora sabemos que existe un modo de entrar al Sheol.
—No es sólo eso —afirmaba emocionado—. Nos confirma el tipo de ropajes del ejército del terror. Nos corrobora que se trata de ellos al llamarlas Fobias, el tipo de armas, y también los peligros que se enfrenta en el paso por el Sheol. Imagino que no has terminado de buscar todas las referencias.
—No, pero estoy segura que podemos encontrar más información del Sheol.
—Excelente.
En un arrebato poco usual en él, el geminiano cerró el libro, la abrazó con el brazo libre y le clavó un beso rápido en los labios. Los dos quedaron mirándose un momento luego de que pasó, ofuscados, preguntándose si realmente había pasado. Alfa lo miraba, con las mejillas algo tiznadas de rojo, pero no sabía si era por lo ocurrido o por el vino.
—Tú no hubieras compartido una copa con nadie —afirmó ella.
—Nunca —respondió —. Y tú no eres mala copa.
—No.
Sin decir más, ella lo tomó de la nuca y lo besó más tiempo que el pequeño beso de antes.
—Hay que avisarles sobre esto —comentó ella cuando se separaron.
—Puede esperar —atajó él mientras colocaba el libro en la mesa... y a ella la pegaba contra la pared para besarla.
Más profundo.
Más largamente.
Más que nunca antes de ese día.
Cercanías de Atenas.
Poco después del ocaso.
Cruzando por el monte Himeto, se escuchaban alegres risas entre los árboles, que rompían con el silencio que comenzaba a reinar en la rivera nocturna ateniense.
—¡Al fin! ¡Al fin! ¡Ya era tiempo!
Festejaba una joven mujer rubia con el cabello quebrado, poco más arriba de sus hombros, de algo más de 21 años. Caminaba brincoteando con alegría, enfundada solamente en su armadura de un blanco azulino iridiscente. Su piel llena de pecas, y su carcaj lleno de flechas diamantinas, que soltaban chispas arcoíris con la luz, trinaban como compartiendo su entusiasmo.
—La mano del señor Dionisio siempre a tus órdenes —le decía, con esa misma felicidad, un muchacho de algo más de 18 años, mas moreno que ella. Sus ojos anaranjados, brillantes, estaban tupidos de pestañas, y se veían profundos gracias al delineado egipcio que él se hacía siempre: su cabello era lacio y en tres capas, y llegaba a media espalda.
—Gracias a los dioses que le inspiraste esa idea de la botella de vino. Llevaba más de un año logrando que él rompiera esa barrera. No pensé que se requeriría tan poquito para lograr abrir la diana en su corazón.
—Para serte franco, también me sorprende que fuera con tan poco. Cuando son así de reticentes tengo que ponerlos muy borrachos para que cedan un poquito el paso a las flechas. Significa que ambos ya se morían de ganas de hacerlo, sólo necesitaban un empujón.
—Y él vaya que la va a "empujar" —bromeó—. Tenía quién sabe cuánto tiempo sin "nada".
—Mucho, créeme —se quejó el otro mientras tomaba la pata canina de su nimata, anudada a su cintura, y se abanicaba con ella—. Tiene el aroma de una persona que disfruta mucho del sexo, pero es un aroma muy viejo. Me alegro por ella, porque también su aroma gritaba "¡fóllame!"
—Pobrecillos
—¿No crees que haya líos con que ella sea una Saintia?
—Espero que no. La diosa nunca le ha exigido a sus protegidos castidad. No se la pidió a Odiseo, por ejemplo, e incluso cuando se reunió con Penélope le procuró una noche de 3 días para "recuperar" el tiempo. —Y le guiño un ojo de color avellana de modo cómplice. —Y el requisito de sus Saintias es seguir siendo mujeres, no precisamente vírgenes. Aún si esta encarnación de Athena desarrolló una personalidad muy dulce, esperemos que sepa entenderlo.
—Sólo espero que ellos...
—¿No estropeen nada de los documentos? ¡Ojalá! —acotó a su comentario mientras sonreía.
Sin embargo, su amigo ya no respondió. Ella giró para verlo, él no la miraba. Sostenía la cabeza, alerta, como un animal en caza.
—¡Hey! ¿Todo bien, amigo? —Se empezó a acercar, curiosa, cuando lo vio caer de rodillas, y sostenerse la cabeza, gritando de horror. —¡Khefrén!
—¡Tasha! —gritó en su último arrebato de cordura—. ¡Aléjate Tasha!
—¡No! —alcanzó a gritar ella antes de que la empujara al piso, mientras se transformaba en un bellísimo perro egipcio de tamaño mediano, negro y cristalino como obsidiana.
Salió corriendo siguiendo una dirección. Tasha fue tras él, sabía que había detectado un rastro impuro, pero comenzó a asustarse cuando se dio cuenta que en el piso había, cada cierta cantidad de metros, gotas de sangre. Y luego, mientras más se adentraban en la zona boscosa, incluso algunos jirones de ropa en los arbustos.
Todas sus alarmas se encendieron pero sabía que era inútil tratar de razonarlo con su amigo, quien corría como alma que lleva Hades hasta que, en un claro ya muy dentro del bosque, el veloz perro se detuvo tan abruptamente como si lo hubieran tironeado del cuello con una cadena.
Tasha se detuvo a observarlo, aquello estaba muy mal, un bacante nunca deja de encontrar a su presa una vez que la ha olfateado, pero Khefrén comenzó a deambular en círculos, cada vez más desesperado, como un perro ciego a quien su olfato y su oído traicionan. Comenzó a enojarse más, a arañar el piso con desesperación, tanta que comenzó a tomar su forma más bestial.
"¡Maldita sea!" pensó aterrada la erota mientras lo veía crecer desmesuradamente, haciendo pedazos sus ropas, y tomar la forma de un bello pero letal licántropo. Su pelaje era brillante como terciopelo, titilaba como estrella con la luz de la luna, los pies eran caninos, las manos eran más bien garras, y toda la cabeza lucia la forma del can egipcio.
Un Anubis encarnado.
Todo un dios mortal.
Que no encontraba a quién matar.
Siguió arañando el suelo y rompiendo piedras y troncos, comenzó a aullar de ira, frustración y dolor. La rubia de ojos avellana sabía que si seguía así, saldría corriendo a buscar el rastro, o encontrar uno nuevo. Pero en el camino no tomaría las precauciones debidas, se iba a dejar ver por quien sea y pasaría por donde fuera y destruirá lo que fuera para lograrlo.
No podía permitirlo, y menos si, como sospechaba, aquello no había sido un accidente. Llamar a otros no era opción tampoco porque tal vez eso era lo que esperaban que hiciera.
Estaba sola con aquel embrollo.
Hizo desaparecer su ágape en un pensamiento. Apareció sobre ella su diáfana túnica blanca, larga. Tomó un jirón de la misma y, pasándosela por todo el cuello, la llenó de sudor. Luego la arrojó, con su puntería de arquera, a la nariz de él.
El aroma fue suficiente para que detuviera sus movimientos, pero quedó en el piso, ofuscado, y aún respirando con ira. Sus instintos estaban encendidos, y fue esta última palabra en su cabeza la que le dio a ella una loca y desesperada idea. Con todo el autocontrol que tenía en ese momento, bajó la túnica de sus hombros, y le mostró los senos, turgentes y medianos, con los pezones suaves como pétalos de rosa pálida. Él le clavó la mirada bestial en el pecho, aun seguía iracundo, pero algo en él se suavizó.
—Me has deseado desde hace tanto, Khefrén. Deja que tu deseo te hable al oído.
La cabeza canina se sacudió, confundida, como si diferentes visiones entraran en ella, y lucharan por un espacio con las otras. Ella se rasgó la larga túnica hasta poco menos de la mitad de los muslos, y se levantó la tela que quedaba para revelar una bellísima ropa interior, blanca, la parte posterior era de seda; la del frente, puro encaje.
La sorpresa en los ojos cánidos fue muy notoria. Ella sonrió, satisfecha, de ver que la mente humana regresaba un poco entre el mar de instintos de Khefrén. Ella introdujo una mano bajo de su lencería [...], bajó la falda rota y colocó la túnica de nuevo sobre sus pechos, y luego se acercó a él, que aún tenía el pelaje encrespado pero ya lucia algo más manso.
—¿Acaso no me deseas, Khefrén? ¿No es esto lo que quieres?
Le acercó la mano delicada a la nariz, y en cuanto la olió se retorció en el piso, aullando, como si lo hubieran golpeado. El torrente de imágenes en su cabeza era de puro gozo y alegría: placer de la experiencia de ella, verla gozar, con hombres, con mujeres, o con ella misma, en pareja o en conjunto.
Aquello fue suficiente para que otros instintos se activaran.
Giró para verla, decidido como cazador, y ella salió corriendo en la dirección opuesta a la del rastro de sangre que había visto en el piso. Él salió corriendo tras ella, quien se limpiaba la mano con la tela que había arrancado de su ropa, y la iba regando, hecha jirones, para que el aroma lo guiara lejos, muy lejos de aquel lugar.
Aun estando descalza, como todos los erotas cuando no portaban su ágape, era veloz, tanto como un caballero de plata, pero Khefrén no tardó en alcanzarla. La atrapó por la espalda y rodaron por el piso. Ella quedó a espaldas suyas, con el peso de su amigo completamente encima. Logró sentir la poderosa erección que se erguía entre aquellas piernas, pero también cómo sus garras volvían a ser mas como manos, mientras que el peso sobre ella se hacía más liviano.
Alcanzó a verlo sobre el hombro: su plan había funcionado. Los bacantes se adaptan por instinto a sus amantes, y si estos están en forma humana y ellos en su forma salvaje, suelen cambiarla para facilitar la cópula sin perder su estado de éxtasis. Sabía que aún no lograba sosegarlo, aunque su aspecto había vuelto a ser más humano, sus manos aun eran toscas y lucían uñas largas como garras, su cabello estaba más largo, sus colmillos estaban crecidos y su pupila alargada. Él se encontraba desnudo, excepto por su nimata cristalina, oscura como la noche, que lo cubría desde la cabeza hasta los muslos.
Pasó la nariz por su nuca, y la olfateo desde ahí hasta la base de la espalda, y luego la dejó levantarse. De pie, cerca de ella, comenzó a sonreírle, con los ojos encendidos de deseo, a pasarse las manos por entre el cabello y todo el cuerpo, el torso moreno bien formado y joven, y el miembro henchido, listo para complacer. Se acercó y, tomándole las manos suavemente, las hizo pasar por los mismos puntos donde él lo había hecho, se acercaba a sus oídos y a su cuello, gruñía de modo cantarín y rozaba la nariz en su piel. La estaba seduciendo, como hacen los machos con sus hembras, pavoneándose frente a ellas para que les dejen montarlas.
Aquello le extrañó un poco, estaba perfectamente abierta al sexo en ese momento, pero si Khefrén estaba haciéndolo era por que percibía que algo no estaba del todo bien. Ella ya había tenido sexo con bacantes, no era eso lo que la desconcentraba de su propio deseo, porque claro que lo deseaba, Khefrén era guapo y brioso. Si no lo habían hecho antes era porque los bacantes no tenían permitido participar en los festivales de Dionisio hasta los 18 años y muchos, como Khefrén, reservaban su virginidad para la ocasión.
Sólo quedaba una respuesta: la estaba desconcentrando el hecho de que se sentía observada. Poco antes de salir corriendo del claro donde su amigo había perdido el control, sentía que algo los miraba, estudiándolos, y ese algo aún seguía ahí, y lo que la frustraba era que eso era prácticamente imposible. Era tan desesperante como antes de volverse erota, en su infancia, cuando sentía que alguien caminaba detrás suyo y no veía a nadie.
Sacudió la cabeza, necesitaba concentrarse en su amigo, dejar de lado lo más posible aquella sensación desesperante.
Olvidarse de todo.
Se puso de rodillas y acarició los muslos bronce de aquel muchacho, Khefrén gruño con complacencia mientras lo tomaba en sus pálidas manos y acariciaba su piel que ya empezaba a sudar [...] Su piel íntima era suave y palpitaba como un polluelo asustado en las manos de un extraño, la de ella, blanca pero pecosa, resaltaba con la luz nocturna como el alabastro. El tomó sus hombros, tirando la cabeza atrás, respirando agitado pero con una sonrisa que resaltaba los colmillos.
Concentrarse en él era todo lo que necesitaba. Después de todo, ella llevaba deseando tenerlo también entre sus piernas hacía ya un tiempo.
De un segundo al otro ella se levantó, se arrancó lo poco que le quedaba de ropa, solo quedando con sus brazaletes plateados sobre los tobillos y su gargantilla plateada con una joya azul oscura en el centro. Se reclinó dándole la espalda, en el árbol mas cercano, abriendo las piernas para que pudiera verla del todo [...]
El bacante entendió la invitación, cubrió su espalda mientras que sus manos de uñas afiladas apretaban sus senos medianos, buscando con la cadera la posición adecuada, y al hallarla, comenzar a entrar.
Su garganta soltó un gemido monumental al sentirlo dentro, el primero desde que aquello había empezado [...] Tal vez comprendiendo por instinto su inexperiencia, dejó que ella mandara en el movimiento, conformándose con morder, lamer y llenarse del aroma de su cabello, sus orejas y su cuello. Pero cuando ella comenzó a mover más las caderas, ese cuidado se perdió [...]
Ya no importaba por qué había ocurrido.
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El aulló también en respuesta, tirando la cabeza al cielo. Ella lo sujetó del cuello en esa posición y se arrojó a morderle los pezones achocolatados [...] Y entonces, lo escucho:
—Ta..sha...
—¡Sí! ¡Así! —exclamó ella mientras que lo obligaba a mirarle a la cara. —¡Regresa! ¡Vuelve a mí!
La Bakcheia estaba pasando, lo sintió perder fuerza, estaba por terminar pero no podían interrumpir ahora, o podría volver a caer en ella.
—¡No pares! —le dijo mientras se sujetaba de un par de ramas sobre su cabeza y aliviaba algo de su peso —¡No pares ahora!
[...] Khefrén seguía repitiendo su nombre, cada vez más claro [...] hasta que él terminó de rodillas con ella sobre su regazo. Al caer y sentirlo entrar más, otro orgasmo corrió entre sus piernas, dejándola exhausta [...]
Terminaron abrazados, con la piel de sus pechos casi adherida, respirando con dificultad.
—Lo siento... —murmuró apenas pudo hacerlo—. ¿Estas bien?
—Sí —le dijo ella acariciando su cabellera negra, algo enredada.
Lo sintió temblar de las piernas y se bajó de su regazo, levantándose frente a él, sus ojos otoñales miraron algo de su semen entre los muslos.
—Vamos a bañarnos juntos al Tiaso —lo invitó ella extendiéndole la mano, él se levantó con las piernas como gelatina, pero comenzaron a caminar, desnudos, hacia el mencionado lugar.
Él se quitó la nimata de sobre la espalda y la cabeza, y cubrió los hombros de ella para que no sintiera frío. La rubia pecosa lo tomó de la mano, caminando lo más tranquila posible. Aquella cosa, sea lo que fuere, los siguió durante un rato mas y luego se marchó, aún así, ninguno habló hasta que estuvieron en territorio del Tiaso, en los bosques cretenses.
—Gracias a los dioses, esa cosa ya se fue —comentó Khefrén con un suspiro de hastío.
—¿No pudiste ver qué era?
—No, lo lamento. Por más que lo intenté, no pude entender qué era ni de dónde venía, si era de este mundo o del otro.
—Estoy preocupada —reafirmó ella.
El bello egipcio no dijo nada, ya que también lo estaba. Estuvieron en silencio por un buen rato hasta que ella se animó a decir aquello que también la molestaba de todo lo pasado:
—Lamento que perdieras la virginidad de esta manera.
—No había otro modo —secundó él—. Igual, pese a todo, lo disfruté mucho. Sólo espero no haberte decepcionado.
—Puedes estar tranquilo —respondió con un sonrojo en las mejillas pecosas— También lo gocé, y mucho.
Llegaron a los manantiales del Tíaso. La rubia dejó la nimata en la orilla y se metieron en uno pequeño con una poza agradable y fresca para lavarse.
—¿Quieres hablar? Ya sabes, sobre lo que viste —. Le pregunto ella, entendiendo que buena parte del mutismo de su amigo se debía a ello. El la miró con algo doloroso enterrado en su mirada, pensó en hablar por un momento, y al final, cerro de nuevo sus labios.
—No. Yo…no podría…
Khefrén se acercó a la orilla, y se sentó en una piedra, dejando que el agua llegara hasta su pecho, las manos sobre las rodillas le daban un aura de cansancio y de dolor.
—Así de malo fue — afirmó.
Khefrén se pasó una mano por el cabello, y miró su reflejo, recordando su infancia cuando iba por agua al río cercano a su hogar.
—Mi infancia fue muy feliz ¿sabes? Yo no sabía que éramos pobres, y aún si lo hubiera sabido, no me hubiera importado. Mis padres siempre estuvieron ahí para mí, para protegerme, y guiarme. No teníamos mucho, pero lo que teníamos de sobra era felicidad. —Un par de lágrimas cayeron en el agua, alterando su tranquilo hablar un segundo. —Eso es lo que hacen los padres: protegen, guían, y aman. Mis padres son todo lo maravilloso que es el mundo, y lo que vi a través de ese rastro…no.
Tasha no preguntó más, caminó hasta su amigo y lo abrazó, permitiendo que su cabeza se perdiera entre sus pechos, pero no en un ánimo erótico, si no de puro y llano cariño: sentía el dolor de su amigo, y quería darle algo de paz.
—Voy a encontrarlo —dijo entre hipidos de dolor—. Un día voy a encontrarlo, y voy a partirle el cuello… después de que termine con él.
—¿Será lento?
—Mucho.
—Bien.
Se quedaron un rato más así, hasta que dejó de llorar.
—Tenemos que reportarlo —afirmó Khefrén aún con la cara entre sus pechos, sintiendo su corazón.
—Lo sé.
—Se pondrán como locos cuando lo sepan.
—También lo sé.
Y sin mediar mayor explicación, se sentó de nuevo sobre su regazo, con las piernas bien abiertas, y le dio un suave beso en la mejilla. El Can Egipcio la miró entre alegre, sorprendido y confundido.
—El caballero de Géminis tiene razón: puede esperar.
Khefrén la abrazó, con un atisbo de miedo mezclado con esperanza.
—¿Te quedarás conmigo?
—Hasta el fin, mi amigo – prometió.
Y sin decir más lo besó .
Esta vez, en los labios.
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Bien, a fin tuvo que suceder, mi temporada de trabajo se vino fuerte y me impidió escribir adecuadamente, más aparte el tiempo de edición. Una disculpa de antemano, solo les recuerdo que yo avisé cuando inicie, y no puedo prometer que no va a volver a pasar, pero sepan que me esforzare por que tarde en pasar, y que no se extienda tanto el tiempo. Solo espero que no los decepcione el capítulo a causa de la censura. También debo decirles que van a comenzar a ver algunas palabras con asterisco (*), si ven una frase o palabra con ese símbolo, significa que hay una nota al final del texto que explica la palabra, la frase o el concepto. Sé que los capítulos anteriores no tienen muchas de estas notas, poco a poco las iré agregando. recuerden que siempre pueden ver la versión sin censura en A03.
Saludos y, una vez más, gracias por la paciencia.
Aquí están las notas del capi:
* Alfa Lazcarez es el OC de una amiga mía de muchos años, quien me autorizó a utilizarlo en este fic. Pueden encontrar su material tanto en FF. net como en AO3 bajo los nicks: darkdirtyalfa y Alfa-Lazcares
* Retículo es un instrumento para la observación astronómica, y también es una constelación austral.
* La traducción del inglés es: "obviamente, solo funciona por un rato."
* El personaje de Luna de Sextante, del juego Saint Seiya Awakening, aparece con los ojos cubiertos siempre.
* Si quieren ver como es el aspecto del personaje, me base en el que se les da en el juego de Saint Seiya Awakening.
* Sarotes, del griego: Carroñeros.
* Fobia, Thymós y Kará, del griego: Miedo, Ira y Alegría, respectivamente.
