Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.
Capítulo XVIII
"Rosalie"
…
Entonces oyeron el estrépito de un caballo, el pesado tintineo de la espada.
—Yo—rugió una voz profunda.
La joven rubia corrió para alejarse del alcance del hombre que montaba. Isabella tuvo que reconocer que lucía imponente… y algo atemorizante sobre el caballo, con aquellos ojos tan enfadados, sin la sonrisa burlona que relajaba sus rasgos.
— ¿Qué está ocurriendo? —interrogó entonces, viendo cómo la chica lo miraba con odio.
Emmett pareció irritado por tener que contestar. Sin despegar la vista de la rubia, respondió al fin.
—Ella es una prisionera, una fugitiva.
— ¡No es cierto! ¡Tú me trajiste aquí diciendo eso y no es cierto!
— ¿Por qué una prisionera? —Isabella le dio un vistazo, y la mujer se limitó a abrazarse con sus propios brazos—.Prisionera o lo que sea, no debería andar vestida de esa forma. Va a congelarse hasta la muerte—se quitó el manto, y se lo tendió.
—No se supone que iba a estar expuesta a la nieve—explicó hastiado—.Ven conmigo, ahora.
— ¡No voy a seguir tus órdenes! —Escupió con rabia—.Y si estás con él, entonces no quiero nada tuyo—la respuesta hizo sonreír levemente a la Swan, reconsiderando sus apreciaciones iniciales.
— Mallachd! (¡Maldición!) —gruñó Emmett espoleando al caballo y cubriendo rápidamente la vía de escape de la mujer. Al darse de frente con el pecho del caballo, la muchacha se sorprendió, él aprovechó de cogerla y acomodarla sobre la silla de montar como si fuera un saco de patatas.
Aquello indignó a Isabella, aunque no pudo decir nada, pues la chica comenzó a maldecirlo, a gritar y patalear, tal como lo habría hecho ella misma.
—Señora—espetó con voz dura, regresando a la fortaleza a toda prisa.
Sorprendida, la Swan no supo qué hacer por algunos segundos.
— ¿Qué sucedió? —oyó la voz de Renesmee.
— ¿Qué haces aquí?
—No me fui lejos, por si necesitabas mi ayuda. Fui por el arco.
—Renesmee—soltó como reprimenda.
—Necesitarías regresar tarde o temprano—indicó con una sonrisa triunfal.
E Isabella sólo sacudió la cabeza.
—De acuerdo, vámonos. Pero no vuelvas a desobedecerme o las lecciones se terminan.
—Bien—habló en tal tono que la mujer estuvo segura que jamás le haría caso.
— ¿Quién era ella?
—No lo sé.
—Jamás había visto a Emmett comportarse así, menos con una chica.
—Yo tampoco—susurró Isabella, con demasiadas preguntas en su mente, pero con la certeza que obtendría todas las respuestas—.Es mejor que no se lo comentes a tu abuela.
Percibió la tensión de la niña.
— ¿Ya lo sabes?
—Así es. Sé que debe ser doloroso para ti, pero créeme cuando te digo que nada fue tu culpa, y que lamento mucho que hayas tenido que pasar por eso. Entiendo por qué querías que te enseñara algunas cosas… creo que eres muy valiente. Eso es todo, no tenemos que volver a hablar de esto.
—Gracias—la oyó decir, y luego permanecieron en silencio.
—Ve adentro—instó, cuando desmontaron. La niña obedeció de inmediato, y ella procuró asegurar a su amigo protegido de la nieve—.Prometo que te llevaré pronto, ¿si? —comunicó mientras le acariciaba la nariz.
— ¿Qué haces, Swan?
—Eso es obvio, McCullen. Aseguro a Tyr—volteó a verlo. Él no parecía demasiado feliz.
—Creí que habíamos acordado que permanecerías en cama.
—No, no lo hicimos. Eso lo pensaste tú—se encogió de hombros— ¿Qué está ocurriendo con Emmett y esa mujer?
—Te advertí—se acercó, como acechándola— que te castigaría si te ibas.
No obstante, Isabella tenía un nuevo asunto entre manos.
—Por favor, no te portes como un niño. Puedo hacer lo que me plazca, ya hemos tenido esta discusión antes—él la cogió por la cintura.
—Es mi deber como esposo corregir a mi mujer.
Ella rió.
—No te pases de listo, Edward—se zafó y pasó por su lado.
Se estremeció cuando atravesó la puerta y el calor abrazó su cuerpo.
—Deberías estar descansando—reprochó Esme, desde la mesa.
—Ya he descansado lo suficiente. Sólo salí a dar una vuelta—se acercó donde había comida en abundancia.
— ¿Conociste a la chica?
—Sí, ¿qué está ocurriendo?
—Emmett regresó con ella, dijo que es su prisionera—relató, bebiendo de una taza humeante.
—Es guapa—acotó Sorcha, poniendo más pan sobre la mesa—pero es tan revoltosa como tú.
—Pude verlo—asintió tomando un trozo— ¿dónde está ella?
—Vimos a Emmett pasar por fuera hacia su habitación en la torre contigua. Me recordó bastante a un toro enfadado.
—La cogió, se la echó sobre el hombro y luego ya no pudimos ver más. No iba a salir con este frío, mis viejos huesos no me lo permiten.
—Como una verdadera bestia. Entonces entre amigos tienen comportamientos similares, ambos animales—comentó recordando el proceder del McCullen—, ¿qué hizo? Creo que necesita la oportunidad de hablar.
—Es cierto—coincidió Esme.
— ¿Qué es cierto?
—La chica, debería poder hablar con alguien sobre su situación. No me parece correcto que el único que la juzgue sea quien la retiene.
Él pareció pensarlo.
—Estoy de acuerdo con ella, Edward—aportó Esme.
—Y yo con tu madre.
—A Emmett no le gustará. No sé si nos corresponde.
Isabella se levantó, tensa.
—Yo sí sé que a él no le corresponde coartar la libertad de una persona, sin haber sido juzgada apropiadamente. Quiero saber por qué. Y no esperaré a que estés de acuerdo.
Edward quiso sostenerla por el brazo, pero la joven ya lo suponía, de manera que se puso lejos de su alcance, anticipándose.
Volvió a exponerse al crudo invierno, y anduvo con decisión a la torre. Desconocía la ubicación de los aposentos de la mano derecha de Edward, mas, confiaba en su instinto.
Y en preguntar, claro…
— ¿Dónde queda la habitación de Emmett? —interrogó a un hombre que llevaba un par de espadas y una piedra de afilar.
—Buen día, mi señora—le sonrió, descolocándola un poco. En lo que iba del día, ya llevaba dos sonrisas amistosas—, es la última de la torre.
—Muchas gracias, y buen día—anduvo segura por las escaleras, recibiendo saludos igual de cálidos de quien se cruzara en su camino.
Cuando finalmente llegó al último piso, se estremeció. Allí hacía aún más frío, la piedra parecía más oscura e inhóspita. Pero se podía ver todo desde las grandes ventanas, algunas sin cristal.
Se arrebujó más dentro del manto, e irguiéndose tocó a la puerta del guerrero. Nadie salió, oía voces, sin embargo. Sacudió el cuerpo, llamando con más fuerzas.
Los nudillos le dolieron, helados, al golpear con tanto ímpetu. Surtió efecto, para su alegría.
El rostro serio de Emmett apareció cuando abrió la puerta. Tras él pudo ver a la joven en una esquina.
—¿En qué puedo ayudarla? —sabía que su amabilidad era cinismo puro. No la quería allí.
—Quiero hablar con la mujer—él sacudió la cabeza.
—No.
—No te estaba preguntando—expuso, mirándolo con intensidad. Le correspondió de la misma manera, tratando de intimidarla. Pero Isabella no era una mujer frágil ni vulnerable incapaz de sostener una batalla de voluntades con un hombre.
—Es una prisionera, en realidad ni siquiera debería molestarse con el asunto.
—Yo decido con qué me molesto. Tú decidiste juzgarla, quitarle la libertad y traerla hasta aquí contra su voluntad, hiciste todo esto tú solo, no ha tenido posibilidad de defenderse correctamente.
—Ya la he escuchado y por eso la he traído como prisionera.
—Yo quiero escuchar su versión.
—Va a mentirle en su cara, la embaucará.
La joven rió, burlona.
— ¿Crees que soy alguien tan ingenua? —volvió a fijar su mirada en la irritada de Emmett—Te lo estoy pidiendo amablemente, porque sé que eres buen amigo de Edward, pero no olvides que soy la señora de Inverlochy.
Vio la mandíbula masculina tensarse con la misma fuerza que todos los músculos del cuerpo. Movió la boca, pronunciando una maldición antes de hacerse a un lado y dejarla pasar.
—Hablaré con ella a solas, aquí, si te parece bien. Fuera hace demasiado frío.
No respondió, simplemente la miró con enfado y cerró con fuerza la pesada puerta. Vio cómo la chica se sobresaltó por el estruendo.
— ¿Estás bien? —preguntó sentándose frente al fuego que ardía en el hogar. Notó que había una bandeja intacta sobre la mesa, no parecía que ella tuviera algún arma, pero mantuvo la cautela.
— ¿Podrías estarlo tú en mi situación?
Isabella asintió en respuesta.
— ¿Por qué no te sientas? Así podemos hablar.
— ¿De qué quieres hablar? No sé qué haces aquí—replicó viéndola con desconfianza.
Por lo rígido de su cuerpo, sabía que estaba asustada. No obstante, su erguida barbilla indicaba un fuerte orgullo. Algo en aquella mujer, le recordaba a sí misma.
—Sólo quiero saber tu versión de todo esto. Puedes relajarte, no voy a lastimarte. Sé cómo te sientes, créeme.
La rubia rió con amargura.
—Eres la señora del castillo, ¿cómo podrías entenderme?
—Vaya, veo que mi fama no te ha alcanzado aún. Bien—aquello la hizo preguntarse de dónde venía. No de un pueblo muy grande, ni cercano; allí todos sabían de la irreverente hija del Laird Swan, y cómo habían terminado las cosas en las justas.
—No te entiendo—poco a poco, se acercó a una silla al lado contrario. No dejaba de vigilarla, así como la propia Isabella hacía, de un modo más disimulado y sosegado.
—No vine a hablar de mí. Quiero saber sobre ti y cómo es que terminaste en Inverlochy.
Su rostro se endureció por la ira, supuso.
—Ese hombre simplemente decidió que podía sacarme de donde vivía, traerme aquí y acusarme de estupideces que ni siquiera entiendo.
La Swan comprendió que había algo más bajo esas palabras, pero lo dejó estar.
— ¿Quieres contarme todo lo que ocurrió? Partiendo por tu nombre.
La joven dudó.
—Mi nombre es Rosalie.
— ¿Vienes de algún clan, Rosalie?
Sacudió la cabeza.
—No, no pertenezco a ninguno—la expresión inescrutable la hizo consciente que algo ocurrió en el pasado, algo muy fuerte para que se esforzara tanto en ocultar sus emociones—, ¿y tú de dónde vienes?
—Del clan Swan.
Por fin hubo un atisbo de reconocimiento.
—Lo he oído nombrar.
— ¿Cómo fue que te encontraste con Emmett?
Rosalie bajó la mirada.
—Vivir por tu cuenta es duro, he hecho muchas cosas para poder sobrevivir y protegerme a mí misma. No voy a arrepentirme por ello—la miró, esperando una reacción, pero Isabella se mantuvo en silencio, observándola con atención. Aún no comprendía las intenciones de la mujer que enfrentó al guerrero para concederle el derecho a la duda, aunque sentía una inexplicable confianza, tal vez porque hacía mucho tiempo que nadie se ponía de su lado e intentaba protegerla.
—Está bien.
—Conocí al glaikit (idiota) en uno de los tantos caminos que recorro entre los pueblos, entre ruinas y fortalezas. Me pareció alguien importante, por lo que supuse tendría dinero. Estuve rondándolo esperando el momento apropiado para atacarlo.
— ¿Lo hiciste?
—No tuve oportunidad—admitió con rencor—. Fui atrapada primero, no esperaba que también estuviera vigilándome, fue más listo de lo que creí—supo que aceptarlo le costó una gran porción de orgullo—.De todas maneras terminó siendo un tonto, me acusó de ser espía de los Comyn, que por eso me iba a tomar como prisionera y no me dejaría ir hasta que todos ellos hubieran muerto o que se aburriera y me cortara la lengua, lo que pasara primero, todo con tal de no llevarles información.
Isabella frunció el ceño.
— ¿Lo eres?
—Otra mujer absurda, este clan está lleno de tontos ¡Por supuesto que no soy espía de nadie! Si estuvo vigilándome, seguro me vio intercambiar cosas con alguno de ellos, aunque yo no supiera que eran del clan Comyn. Le dije todo esto en sus extenuantes interrogatorios que duraban noches enteras, pero no quiere creerme.
El abatimiento de Rosalie fue palpable.
—Sólo quiero irme, estar lejos de él, de todos.
— ¿Por qué?
—Qué importa. Es lo que quiero, prefiero morir que seguir bajo tantas restricciones. No sé qué pasa por su cabeza, no sé qué quiere, pero no puedo seguir en esta habitación, no puedo seguir teniéndolo como única compañía.
— ¿Te ha hecho algo?
La rubia la observó con atención.
— ¿Crees que es poco ser su prisionera? Estoy acostumbrada a ir donde me plazca, no dejé todo atrás para seguir las órdenes de alguien más, y mucho menos de un hombre como él. Lo odio tanto que en cuanto lo veo entrar me dan ganas de vomitar, odio que se ría de mis amenazas, odio que trate de alimentarme como si fuera un maldito perro.
Apretó sus rodillas contra el pecho, mirando mucho más allá que la muralla de piedras.
—Sé que te gustaría tu libertad—comenzó después de unos cuantos minutos en silencio, comprendiendo que se trataba de una situación compleja. Si sospechaban de ella como informante, dudaba que la dejaran ir—, pero si no puedo dártela, ¿cómo puedo ayudarte?
Rosalie suspiró, dejando ir la tensión de sus facciones delicadas. Parecía agotada.
—No me gusta estar cerca de los hombres…yo, en… en mi pasado ocurrieron cosas, y no me siento segura alrededor de ellos. Especialmente si son tan grandes y burlones como él, sé que no tengo demasiada ventaja si llegara a atacarme—apretó los dientes y la miró con intensidad—.Sólo quisiera estar lejos de él, no me importa si es una celda o los establos, no puedo dormir, ni comer si está cerca.
Isabella asintió con entendimiento, dispuesta a todo por al menos concederle aquello.
—Gracias por tu honestidad, Rosalie. Te prometo que haré lo posible por sacarte de aquí.
La rubia asintió, confiando más de lo que admitiría en la palabra de aquella mujer. La miró hasta que la puerta volvió a estar cerrada. Entonces suspiró otra vez y maldijo su situación actual, se maldijo por haberlo escogido como presa, y maldijo aún más que aunque sí odiaba la compañía masculina, no detestaba tanto la de ese hombre que la miraba como si siempre fuera la primera vez que lo hiciera.
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—Tenemos que hablar—espetó a Emmett.
— ¿Creyó en todas sus palabras, mi señora? —se burló.
—Oiré tu versión también, Emmett—aquello pareció descolocarlo—.No soy estúpida, sé que no puedes dejarla ir si crees que es una espía.
— ¿Qué dijo?
—Me contó que quería robarte, que la atrapaste primero, la acusaste de ser espía. La interrogaste, no creíste su palabra y decidiste traerla aquí.
Él meditó las palabras.
— ¿No me acusó de nada más? Esperaba que se valiera de bajezas para que creyeras en ella.
—No la conoces, ni yo tampoco, pero al menos me tomé la molestia de escucharla, ¿hay algo más que deba saber?
—Es una espía, la vi encontrarse con miembros del clan Comyn en horas sospechosas. Una viajera como ella pasaría desapercibida mientras recolecta información. Es hermosa, con eso puede seducir a cualquier hombre y obtener secretos. No se puede confiar.
— ¿Trató de seducirte?
—Eso no quiere decir que no lo hiciera en el pasado, con otros hombres.
—Es curioso—comentó andando en el estrecho pasillo—, porque lo único que pidió es que la saque de tu lado, que no se siente segura con los hombres.
— ¿Le cree? Si despego mi vista de ella, volverá a escaparse.
—Te teme, Emmett. Incluso prefiere una celda.
— ¿Me teme? No hace más que maldecirme, lanzarme cosas si tiene ocasión.
—Está enfadada y asustada, después de todo tú le robaste su libertad. No creo que sea una espía, pero entiendo tus sospechas, no se puede arriesgar a la gente del clan. Empero, tampoco estoy dispuesta a sacrificar a esa mujer por completo, si me pide que la saque de tu habitación, me parece justo concedérselo.
—En las celdas podría armar planes de huida, podría…
— ¿Cuál es la verdadera razón, Emmett?
— ¿A qué se refiere? —apretó la mandíbula, en un paupérrimo intento de fingir desconcierto.
—Sabes a qué me refiero, ¿por qué te comportas así con ella? La gente aquí siempre dice que eres dulce con las chicas, ni Renesmee entendía por qué actúas así. Todos están confundidos por tu proceder tan brusco.
El guerrero sacudió la cabeza, maldiciendo.
—Sabía que no debía traerla. Sabía que ni siquiera debí… es ella, me saca de mis cabales. Y… me preocupa al mismo tiempo—ajustó su espada, mirando a otro sitio mientras lo admitía en voz baja.
Isabella sofocó una mueca de diversión. Él se había reído de sus circunstancias cuando se unió a Edward contra su voluntad; ahora era su turno.
—En realidad sólo fuiste débil con Rosalie, la viste como una dama en apuros. No pudiste resistirte, y no quieres dejarla en una celda porque son horribles, frías, sucias y no la quieres allí. La mantienes a tu lado porque sabes que estás actuando de manera irracional—no pudo evitar burlarse un poco. Y Emmett pareció ofuscado— ¿Debo seguir o es suficiente?
—No eres agradable, mujer—gruñó entre dientes. Y ella se rió de sus orejas sonrojadas.
—No puedes obligarla a estar contigo. Debes dejarme llevarla a otro lugar, te concedo la sospecha sobre ella, y entiendo que debes vigilarla… pero puede ser de otra manera.
— ¿Cómo?
Isabella sonrió.
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— ¿En qué estabas pensando? —el reto llegó en un tono amenazador acompañado del portazo.
Isabella lo miró por el espejo, mientras terminaba de trenzar su cabello.
— ¿A qué te refieres? —había descubierto hacía poco, otra forma de molestar a las personas: la falsa inocencia y la burla. Aquellas serían sus nuevas armas, no creía que pudiera controlar su genio del todo, pero ayudaría ver a los demás irritados, estando tan tranquila.
—Sabes de lo que hablo. Te he permitido hablar con Emmett, interferir por la mujer, pero ¡no para que la trajeras aquí!, no sabemos si es peligrosa, no la quiero cerca de ti.
La joven se volteó deprisa.
— ¿Volveremos a tener esta discusión? ¿Tengo que lanzar otra daga para que creas en mis capacidades? Me ofende que pienses que no estoy siendo lógica y práctica respecto a Rosalie. Sé que sospechan de ella, no la pondré como una doncella más, sólo le ofrezco una forma más digna de estar en Inverlochy. Debes reconocer que Emmett no ha actuado bien al respecto.
Edward la miró con la barbilla tensa.
—Podrías estar albergando al enemigo.
—O podría no estar haciéndolo, y sólo ayudando a alguien que estuvo en el lugar equivocado, en el momento equivocado.
Se midieron, observándose con el propósito de intimidarse.
—Has actuado por tu cuenta desde el comienzo de este día, saliste, cuando se supone que debías estar reposando. Intercediste por una desconocida, y la trajiste a la torre principal, ¿qué sigue?
—No lo sé, estaba pensando en usar el salón como establo a la hora de almuerzo y una reunión de ovejas más tarde en esta misma habitación—respondió, regresando a su labor y dándole la espalda. Le irritaba que no creyera que podía ser racional respecto a la mujer.
—Constantemente me estás desafiando, Isabella—caminó hacia ella, porque le resultaba imposible mantenerse lejos si podía tocarla. Los recuerdos de su rostro sonrojado llenaron su mente—.Deberías tener más cuidado, conozco tus puntos débiles.
—Y yo los tuyos, McCullen—lo miró intensamente en el reflejo—.He aprendido a leerte, y sé qué estás pensando en este momento.
— ¿Ah, sí? —Terminó de acercarse, hasta que sólo debía estirar el brazo y tocaría su hombro— ¿qué estoy pensando? —se inclinó para susurrarle al oído, le gustó cómo su piel se crispó por su aliento. Se observaron en el espejo.
Y la joven admitió que no estaba preparada para hacer esto aún. Lo de la mañana había sido placentero, pero también la había hecho más consciente de sí misma, y aquello la ponía nerviosa.
Se levantó, apartándose.
—Necesito cambiarme, este vestido está empapado por la nieve—le dirigió una mirada apremiante.
Edward sonrió burlón, apoyándose en la silla.
—Adelante, Mo Bhean (mi señora), puedes cambiarte.
—Estás aquí.
—No parecía importarte antes—la recorrió con la mirada, recordando las veces en que sólo se quitaba la ropa frente a él, torturándolo. Ella supo en qué pensaba porque apretó los labios.
—Ahora es diferente.
— ¿Por qué?
—No lo sé—Edward comenzó a acercarse, cazándola—, pero…
—…Pero, ¿qué? —él la cogió por la cintura, e Isabella miró fijamente en sus ojos verdes. Al menos hasta que la hizo girar, sorprendida, Isabella buscó equilibrio en el vano del ventanal.
— ¿Qué haces?
—Ayudo a mi mujer a quitarse la ropa, estás húmeda. No quiero que enfermes.
—Puedo hacerlo sola—diestramente, aflojó la prenda y la dejó caer. Sorprendida, la chica no alcanzó a sostenerlo y quedó en su fino camisón.
De pronto, lo levantó despacio y ella se apartó de sus garras.
—Es suficiente—su voz sonaba pesada, seguro porque su corazón latía tan deprisa que no podía pensar.
Los ojos masculinos se deleitaron con la silueta, reflejando sus deseos. Estaba hambriento, ahora que había probado un poco, lo quería todo.
— ¿Para quién? ¿Ya estás asustada?
— ¡Claro que no! —dejó de actuar vergonzosa y tratar de cubrir sus pechos. El ceño fruncido le indicó que estaba a la defensiva. Tal vez habría sido sabio detenerse, pero él no quería ser sabio. Había aguardado mucho.
La atrapó entre sus brazos, deseoso y alegre al mismo tiempo.
—Déjame darte un beso, lass (muchacha) —no le estaba pidiendo permiso. Antes que pudiera responder, cubrió su boca.
Ella no tardó en responder. Se besaron con pasión, Edward bajó sus manos hasta las nalgas firmes y apretó. Ella gimió bajo.
No importaba si la estaba besando ya, necesitaba más, quería fundirse en su esencia.
La cogió con facilidad e Isabella atrapó sus caderas. Sólo tuvo que dar unos cuantos pasos para llegar a la cama, donde la dejó caer. Sus lenguas luchaban por el dominio sobre el otro, y cuando las manos masculinas amasaron los pechos de la joven, ésta jadeó.
No era suave, pero le gustaba. Su cuerpo respondió arqueándose, y él decidió bajar para besar lo que sus dedos masajearon.
Isabella gimió, cuando se amamantó de ella. Contuvo el aliento cuando la mordió.
Con desespero, Edward los liberó por la parte frontal, amándolos con su boca. Incapaz de razonar con las caricias en su cabeza, él continuó bajando, besando su estómago, su vientre plano.
Levantó el camisón hasta poder besar aún más abajo.
— ¿Q-qué estás haciendo? —jadeó Isabella, confundida, excitada, sorprendida.
Él no respondió, porque temía gruñirle. Su pasión alcanzaba niveles insospechados. Antes que ella pudiera arrebatarle el festín, sostuvo sus caderas con fuerza y le lanzó una mirada de advertencia. Ella correspondió con los ojos muy abiertos.
Y entonces Edward descendió sobre ella. Le besó la cara interna del muslo derecho antes de apartar sus piernas para dejarle el camino libre.
Sintió cómo ella contuvo el aliento, y lo miraba con vacilación. No obstante, dejó que su boca besara ese lugar íntimo de Isabella, gimiendo por el placer.
Isabella cogió aire de golpe, aturdida por lo intenso de la sensación. Y porque no podía apartarse aunque quisiera. Pensó que se detendría ahí, pero estaba muy equivocada, aquello sólo fue el comienzo de la tortura más placentera que alguna vez había experimentado.
No tuvo piedad, su lengua, sus labios, fueron implacables, y porque más que sacudió sus caderas, o trató de juntar los muslos, él se lo impidió, forzándola a aceptar sus caricias.
No podía dejar de gemir, apretar lo que tuviera a mano. Sentía que iba a separarse de sus piernas, que estallaría y moriría.
—McCullen…—jadeó, alzando las caderas.
Iba a morir, él iba a matarla.
Y entonces ocurrió, sintió que su espalda dejaba de tocar la cama, y estuvo segura que un pequeño grito salió de su boca.
Sacudida tras sacudida de placer, sus músculos se tensaron, amenazando con romperse. Pero no importaba, se sentía tan bien que morir así no le parecía mal.
El mundo dejó de tener sentido, sólo estaba ella y la boca de Edward que no dejaba de atacarla, impidiéndole lograr la relajación.
Susurró cosas que no recordaría incluso si tratara, y él se apiadó, permitiéndole bajar de aquella cúspide que apenas y la dejaba respirar.
Jadeó, tratando de recuperar el aliento. Sus ojos cerrados pesaban tanto que sentía que nunca podría volver a abrirlos. Sus huesos se habían vuelto lana, sólo era capaz de respirar y sentir cómo él volvía a besarle los pechos, ahora con ternura y calma.
—Me está costando una vida entera no reclamarte como mía en este momento, Mo Chride (mi corazón) —y es que la visión de Isabella con el cabello pegado a su rostro, los pechos desnudos y las piernas abiertas para él lo estaba enloqueciendo. Nunca olvidaría su sabor, ni sus estremecimientos. Era hermosa, lo más hermoso que jamás pensó poseer.
Ella abrió sus bellos ojos dorados, mirándolo cómo nunca lo habían visto. Y se derritió por dentro, no había cosa en este mundo que pudiera negarle a la mujer de su vida.
— ¿Aún hay más?
Él rió.
—Así es, Mo Nighean (mi chica). Pero lo dejaremos hasta aquí, quiero tomarme todo el tiempo para amarte. Y ahora no puedo, tengo a un hastiado Emmett esperando para quejarse de mi voluntariosa esposa.
Se inclinó para besarla, y le respondió de inmediato. Se besaron despacio, disfrutando del contacto.
Él quiso decirle lo que sentía por ella, pero se contuvo al último momento. Quería estar seguro de los sentimientos de Isabella primero, aún si su propio corazón le pertenecía por completo, necesitaba una certeza.
Por vez primera, el guerrero temía entregarse, porque no sabía cómo podría volver a ser el mismo si ella se negara. Por supuesto, la pasión de su mujer era explosiva, y lo deseaba, lo sabía. Pero su ambición era mayor, quería todo de Isabella.
Hola! Esto está cada vez más intenso, no creen? Espero leer sus opiniones!
¿Cómo han estado? Espero que bien! Sé que dije que trataría de actualizar antes que terminara febrero, pero no sé, no estaba muy segura del capítulo, lo borré y reescribí varias veces, así que de corazón espero que haya quedado bueno!
Les quiero agradecer por cada uno de sus comentarios, por primera vez todos son buenos! Jaja, y llevamos tantos que no sé cómo agradecérselos, me hacen el día con sus reviews, alertas y favoritos.
Y bueno, ahora me despido porque tengo mucha inspiración, y pienso invertirla sabiamente.
Nos estamos leyendo!
Un abrazote gigante.
Pd: Lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que haya pasado por alto.
