Roy Mustang - Introducción

South City. 7/FEB/1908

Estoy sentado en un banco de madera esperando a que me llamen. Siento las manos torpes, frías y sudorosas. Las froto contra los pantalones azules, más para hacer algo con ellas que para secarlas o hacerlas entrar en calor.

Tal es mi nerviosismo que imagino el ridículo que haría si me quedase en blanco, si delante de toda esa gente fracasara. Que olvidara de golpe todo el conocimiento que he aprendido durante estos años, la teoría recogida en apuntes, los secretos ocultos bajo la ropa.

La cabeza me traiciona y vuelvo a su casa. Una habitación en penumbra. Miedo y tensión. Silencio interrumpido por respiraciones nerviosas. Manos frías recorriendo hilos de tinta sobre piel tibia. Preguntas en forma de temblores, respuestas susurrada, promesas de calma. Secretos desagradables desvelados por una confianza construida a través del roce y el cariño.

Oigo mi nombre y vuelvo. Tira de mí, sacándome de ese pozo de recuerdos. Me pongo en pie y sigo al hombre uniformado. Dice algo, palabras cortas entonadas con seguridad. Un protocolo que habrá repetido mil veces. Pero se queda junto al marco de la puerta, parapetado tras una carpeta de cartón.

La sala es amplia, blanca y fría. El mármol surge del suelo y se levanta en forma de robustas columnas. Mis botas repican de forma escandalosa, haciendo ecos por toda la estancia. Frente a mí, dos hombres también uniformados. Las estrellas en sus hombros les hacen cargar con rangos muy superiores al mío. Sin embargo, me miran con interés.

Me piden que me presente, que me explique, que dé las razones que me han hecho estar donde estoy. Sus ojos grises, rodeados de arrugas y marcas de la edad, me interrogan de igual modo. Rehúyo sus miradas. Paseo la vista por toda la estancia y entonces lo veo.

Arriba, en un balcón sobrio y blanco, alguien me observa. No veo el color de sus ojos, ocultos tras unas gafas redondas. Tampoco las estrellas de sus hombros. Y sin embargo, su sonrisa me llega clara y nítida. Me anima y me impulsa. No sé quién es, pero me da el apoyo que necesito. Vuelvo a mirar al frente y expongo la teoría.

No introduzco la alquimia, porque ya la conocen. Todos ellos saben que no es más que un intercambio equivalente. Un traspaso de energía de un lugar a otro. Ellos entienden que un alquimista es un trasformador, un intermediario que moldea esa energía que se desperdicia bajo nuestros pies.

Lo que importa no es que la energía venga del subsuelo, del continuo movimiento de las placas tectónicas, del choque de esas enormes masas de tierra que flotan con lentitud. Lo que ellos quieren saber es de qué manera utilizo esa energía. Qué círculo alquímico tengo que dibujar para canalizar esa energía en algo que yo quiero y qué utilidad le doy.

Por eso les hablo del trabajo de mi maestro. Les cuento cómo consigo enfocar la energía en las moléculas de aire, cómo consigo variar la concentración de oxígeno alrededor de un cuerpo. Veo cómo uno de ellos frunce el ceño, pero continúo con mi explicación. Su escepticismo está justificado. Si no entiendes de química, es difícil de comprender el comportamiento de los enlaces que forman las moléculas.

El otro parece confuso. Cuando termino, me pregunta razonablemente si el uso de esta alquimia es el de causar desmayos. Sonrío en silencio, respetando su ignorancia. Saco de un bolsillo un guante de tela. Lleva engastado unas pequeñas piedras de sílex en la zona de las yemas. Bordado en el dorso, dos triángulos enfrentados y circunscritos. Con la mano enguantada me relajo.

Me doy la vuelta y miro al balcón. El hombre me sonríe con expectación, parece divertirse. Me concentro en el área que tengo a mi alrededor y chasqueo los dedos. Una chispa surge de entre las piedras y prende el aire, invisible. Una lengua de fuego recorre la estancia acompañada de un atronador ruido.

Las paredes de mármol replican el estallido durante unos segundos, un eco que muere en las esquinas de la estancia. Me vuelvo hacia mis examinadores al tiempo que oigo una curiosa risa. El hombre del balcón aplaude ante la función. El hombre que me cuestionaba se lleva una mano a la barbilla al tiempo que asiente. El otro mira con adoración el lugar donde estuvo la llama.

Continúo mi explicación, enumerando los usos que podrían darle más allá de quemar personas. Les hablo de muros de fuego como cobertura, de la onda expansiva y su capacidad aturdidora. Intento que vean más allá de lo evidente, pero nadie me escucha.

El hombre que asentía parece darse por aludido y me pregunta por la precisión que tienen mis llamas. Le digo que las llamas pequeñas son mucho más sencillas de controlar que las grandes. Intento insinuar que sería una equivocación fijarse únicamente en las llamas grandes, que podría ser peligroso hasta para mis compañeros.

El otro hombre parece salir de su trance y me pide el guante. Se lo entrego y veo cómo ambos estudian el engarzamiento de las piedras. Después miran el círculo alquímico, pero como no lo entienden vuelven a las piedras. Me preguntan si la función de las piedras es únicamente la de crear la chispa y asiento.

Tras unas preguntas más me dan las gracias y me piden que espere fuera. Me descoloca que no me digan nada más, pero asiento con seriedad. Vuelvo la vista al balcón; está vacío. Salgo de la enorme habitación y en la puerta me espera el mismo soldado.

Atravesamos unos pasillos enmoquetados. Noto que el soldado me lanza miradas de soslayo mientras caminamos. Al final le puede la curiosidad y me pregunta si conozco al general. No sé de qué me habla, y no vuelve a abrir la boca hasta que llegamos a la puerta de un despacho. Me manda esperar hasta que me llamen.

A los pocos minutos estoy dentro. Frente a mí, el hombre que me estaba mirando desde el balcón. Lleva una estrella en cada hombrera, pero las franjas bajo ellas multiplican su importancia. Es un general de brigada. Entre nosotros se extiende una mesa de madera barnizada y más de cinco puestos militares.

Responde al nombre de Grumman, y parece tratarme con mucha familiaridad. Él también es del Este, aunque ahora trabaja en Central. Me felicita por la prueba y admite que ha quedado muy impresionado. Dice que mi alquimia le recuerda a la del viejo Berthold. No paso por alto que ese es el nombre del maestro, pero con una sonrisa evade el tema y habla acerca de posibles mejoras para mis guantes.

Me dice que espera grandes cosas de mí y que todo el alto mando estará pendiente de mi progreso. Extiende por la mesa una carpeta y un reloj de plata. Me felicita bajo el nombre de Alquimista de Fuego.

Desperté con el silbato del tren. A través de la ventana vi que nos habíamos detenido. Una nube de vapor y humo enturbiaba la visión que me ofrecía la ventana. Me levanté del asiento y salí del tren. A la salida me esperaba un chico vestido de uniforme. A duras penas sería un recién graduado.

–Comandante Mustang –dijo en cuanto me vio. A sus pies estaba mi maleta–. Sargento Murray, señor. Me han ordenado llevarle al centro de mando de la zona sur.

Alcé una ceja. –¿Al sur de South City? ¿Eso no es Aerugo?

El chico esbozó una sonrisa de disculpa. –Eso pretenden, señor. Pero por eso le han traído a usted, ¿verdad?

Asentí con desgana. Ni yo sabía a qué me habían mandado allí abajo.


Hola de nuevo.

Sí, como podéis ver, ya ha llegado el momento de sacar a Mustang del banquillo. Espero que os gusten sus capítulos y su forma ligeramente distinta de actuar y pensar (con respecto a Riza)

En este capítulo introductorio he querido meter un pequeño recuerdo de cuando ganó su reloj de plata. Por una parte quise que se pareciera a cuando Edward lo consiguió (que ahí sí vimos cómo era el proceso), pero sobre todo quería que se mostrara un Roy vulnerable. A fin de cuentas, no siempre fue tan resuelto como lo es en la historia, en ese momento era un chaval. Como spoiler os diré que aún queda otro recuerdo más, pero ya lo veréis~

PD: Por último, quiero hacer un pequeño comentario con respecto a la situación actual con el famoso COVID-19. Aquí en Madrid las cosas están bastante serias, se aconseja no salir a la calle y están prácticamente todos los comercios cerrados. Si leéis esto desde España o cualquier otra parte de Europa, mucho ánimo y responsabilidad. No salgáis a la calle ni os reunáis con grandes grupos de gente, y laváos las manos. Juntos podremos con esto. Si por el contrario lo leéis desde América, tened cuidado y sed igualmente responsables. No es un virus especialmente mortal, pero tiene un contagio muy elevado y puede ser peligroso para la gente de riesgo (gente mayor, inmunodeprimida, etc). Laváos mucho las manos y no os toquéis la cara. Espero que cuando el foco esté allí, se hayan tomado medidas para que no os sacuda con tanta fuerza como lo está haciendo aquí.

Un abrazo y cuidaos.