La nueva ropa de la emperatriz

Capítulo 17

Bella despertó a la hora con lágrimas surcando en sus mejillas. Los hechos de hace unas horas la azotaban con frenesí por su mente mientras se bajaba en cuatro de la cama alzada y se vestía con el qi' ka azul que Edward convocó de su cuerpo después de traerla a su recámara con su hermano.

Edward se la había entregado a Kil- se la había dado a él. ¿Cómo podía un hombre que ama a su esposa entregarle su cuerpo a otro, en especial a su propio hermano?

Lágrimas gruesas caían como diamantes de los ojos de Bella mientras ella consideraba la posibilidad de que Edward no la amaba del todo. Para él, ella era sin duda sólo un objeto, un cuerpo para que se vaciara por las noches, un cuerpo para procrear herederos para la línea de Q'an Tal.

La humillación la recorría, golpeándola, mientras huía de sus apartamentos por la puerta secreta y corría por el largo corredor de cristal rojo que era un atajo a la plataforma de aterrizaje de los vehículos.

¿Sabían todos los del palacio lo que Kil le había hecho hoy? ¿Habían contado las muchas sirvientas, que habían entrado y salido como si nada durante el calmar para atender a Kil, sobre sus gritos, de cómo la dejo rendida, de cómo fue humillada hasta doblegarse, de cómo fue humillada a rogar por su toque? ¿Le habrían contado a Edward la forma en que había gemido? ¿De cómo ella había suplicado más? ¿De cuán violentamente había llegado al clímax en los brazos de otro guerrero?

Bella corrió por el corredor, mientras sus senos se balanceaban hacia arriba y abajo, las lágrimas cruzaban por sus mejillas, sin detenerse para hablar con nadie. En la zona de aterrizaje cuando cinco guardias del palacio habían pensado preguntarle sobre su destino, ella les dio la espalda como una bestia, lista para atacar a cualquiera que estuviera en su camino. "¡Yo soy la Emperatriz!" dijo en forma brusca, mientras más lágrimas caían. "¡A ninguno de ustedes les rindo cuentas!"

Los guardias estudiaron sus lágrimas, entonces se miraron con una mirada interrogante. Pensando que no era más que una rencilla con el Gran Rey, ellos le indicaron que siguiera su camino, señalándole a otro guardia de la torre que abriera la escotilla.

"¡Ve!", le ordenó Bella verbalmente a su vehículo. "¡Conduce a las afueras de Sand City! ¡No me importa a dónde vayas, sólo ve!"

De repente, todo era demasiado. Su nueva vida era demasiado. Bella quería a Rosalie, quería a Nessie, ella necesitaba estar con personas que la entendieran, que habían sido criados en su cultura, que conocieran lo que ella consideraba aceptable y qué no. Ella estaba cansada del hedonismo dominado por los hombres de Tryston, cansada de todo lo que incluía.

Bella se había acostumbrado a usar las qi' kas, por lo que mostrar su cuerpo ya no la molestaba, pero lo demás era demasiado abrumador para soportarlo. Había sexo en todas partes, hecho con todo el mundo. Acariciar era tan natural como respirar. "¡Soy una contadora de impuestos!" le gritó a la noche, riéndose con histeria. "¡Una maldita contadora!"

La luna que brillaba esta noche era la dominante roja luna Trystonni. El brillo que desprendía enviaba un color que realzaba los rasgos de Bella. Ella miró hacia arriba a la luna con odio porque no era amarilla, la detestaba porque no le pertenecía a la tierra, a su hogar.

Cubriendo su rostro, Bella no soportó más y sollozó en sus manos. Ella tenía que encontrar una forma para salir de aquí. Ella tenía que encontrar alguna forma de volver a su hogar.

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Edward atrasó la inevitable confrontación con Bella por todo el tiempo que su conciencia se lo permitió. Pensando en evaluar cuán mala era la situación a la que se dirigía y por la cual era responsable, primero fue a las recámaras de Kil para considerar su punto de vista sobre ello.

Edward no se sorprendió al encontrar la cama de Kil llena de sirvientas obligadas, muchas de las cuales había adquirido durante su última guerra en Tron, aparentemente dejaba que las sirvientas experimentadas le enseñaran a las pricipiantes lo qué se esperaba de ellas.

La lujuriosa Myn, con quien el mismo Edward había compartido mucho deporte de cama, mamaba a su hermano hasta que llego a su clímax, lo que aparentemente no era por primera vez. "Eso son siete limpiezas de lengua", rugió Kil cuando llegó al clímax. Señaló a una mujer rubia de aspecto tímido con senos magníficos y enormes. "¿Crees que tu canal me pueda dar más?"

La mujer rubia puso sus ojos modestamente en el piso, asintiendo con la cabeza lentamente.

"Ven a mí", le ordenó Kil. "Encárgate de mí liberación como es tu deber".

Vacilando, la rubia se subió encima de Kil y atravesó su cuerpo con el suyo. "Móntame", le ordenó. "Ordéñame". Él le cogió los senos, tirando de sus pezones, que se balanceaban mientras que sus caderas azotaban en una serie de incrustaciones. Ella hizo lo que se le pidió, montándolo duro y rápido.

"Amo", jadeó. "Amo". Mientras tenía su clímax alrededor de su verga, sus temblores desencadenaron los de Kil.

Edward sonrió con ironía. Él nunca había tenido la paciencia de domar a las sirvientas obligadas a cumplir con sus deberes, por lo que él siempre había relegado a Kil a esa tarea. Su hermano era un verdadero aficionado al tedioso deporte. Por otro lado, Edward las prefería ya domadas, o por lo menos antes de aparearse. Ahora no quería a ninguna otra, excepto a Bella. "Quisiera hablar contigo, hermano".

Kil miró hacia arriba donde estaba Edward en pie. Se acomodó cómodamente en los senos de la sirvienta que lo servían de almohada, y luego asintió con la cabeza. "Seguramente". Agitando la mano hacia la rubia par que se quitara de su vara, hizo un gesto con la mano hacia una de cabello castaño, indicándole que era su turno.

Edward se acercó a donde estaba su hermano acostado, sin prestarle más atención a la sirvienta que montaba y gruñía que la que Kil le prestaba. "¿Bella está bien?"

"¿Todavía no la has visto? Kil pareció sorprendido.

"No", confesó Edward, disgustado. "Temo que esté enfurecida conmigo por no decirle lo del calmar".

"Por qué no la preparaste para eso?

"Supongo que por arrogancia. Pensé que a mi manera era mejor. Pensé que debería aprender todo acerca de Tryston descubriéndolo por sí misma". Edward encogió sus grandes hombros. Con distracción, más por costumbre que por cualquier otra cosa, él alcanzó los senos de la sirvienta rubia que acababa de montar a Kil hasta que se viniera, jugando con sus pezones mientras confiaba en su hermano. "Sólo espero que Bella me perdone".

"Tú nee' ka te ama. Ella te va a perdonar". "¿Cómo puedes saberlo?"

Kil se encogió de hombros. En respuesta a la primera vez que se venía la de cabello castaño mientras lo montaba, él automáticamente le frotó su capullo de mujer como recompensa, pero no le prestó más atención que eso. "Me llevó varias horas calmarla".

"¿De verdad?" El corazón de Edward se aligeró a un grado considerable. Él se enderezó poniéndose de pie, con cuidado apartó a la rubia de sí, quien ahora trataba de liberar su pene para una mamada.

"Sí". Kil sonrió, algo raro en el hermano de Edward. "Su mente era feroz en mi contra, hermano, me odiaba".

"Arggggg".

"Es verdad, por cierto". Kil movió su cabeza. "Por la diosa, te juro que yo fui calmado mucho antes que Bella".

Edward no se pudo aguantar. Echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír. Él se podía imaginar a su Bella haciéndole eso a un guerrero, llevandolo casi hasta la locura. Sacudió su cabeza y sonrió. "Gracias, hermano".

Kil gruñó. "No hablemos más de eso, ¿sí?"

"Sí". Edward inclinó su cabeza hacia Kil, capiroteó un pezón de la rubia una última vez, y se fue de las recámaras de su hermano.

Kil volvió a ponerle atención a la tarea que tenía ante él. La mayoría de las estas sirvientas obligadas se darían como regalo, así que él quería domarlas cuanto antes. Aunque quizá se quedara con una o dos para sí. La de cabello castaño era con certeza una montadora lujuriosa, pero por supuesto, la rubia también lo era. Quizá las otras diez principiantas podrían mostrarse igual de lascivas.

"Ven, Myn", le dijo Kil, señalando con un gesto de su mano, "enséñale a estas jóvenes otra vez cómo mamar". Le indicó a la de cabello castaño que terminara de montar. "lo hiciste bien, Frey. Ahora muévete a un lado y mira a Myn. Gret, enséñales cómo mamar de mi saco de hombre mientras que Myn trabaja en mi vara".

Kil contuvo el aliento, gimiendo. "El resto de ustedes observen mientras contemplan nuevas formas de darme placer"

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Los grandes y pesados pasos de Edward hacia su recámara indicaban cuánto necesitaba ver a su nee' ka. La charla con Kil le había aligerado su estado de ánimo más de lo que podía decir. De alguna manera, él haría que su pequeña lo perdonara y seguirían adelante con sus vidas.

Fue realmente preocupante para sus ánimos cuando Edward encontró su recámara vacía. Bella siempre lo esperaba aquí a la salida de la luna, tan ansiosa por su afecto físico como él por el de ella. Edward se llevó las manos a las caderas y respiró hondo. ¿Dónde podría estar? ¿Estaba tan enojada con él?

Gruñendo, Edwards salió rápidamente con pasos grandes y ligeros de sus apartamentos, dirigiéndose primero a las habitaciones de Jake. Él sabía que Bella le había tomado afecto al joven guerrero. Quizá ella lo visitaría si sus ánimos eran excesivamente hoscos. Con sentimientos de culpabilidad, él dio fuertes golpes en la puerta de Jake.

No hubo respuesta.

Se atrevería un Gran Rey tomar la libertad de entrar en la suite de Jake. Al pensarlo, el joven guerrero no había estado en el entrenamiento esta mañana, la primera vez que él faltaba a una práctica de las artes de guerra.

Entonces Edward supo por qué.

Sacudiendo su cabeza por la escena ante él, sonrió a sabiendas. Jake roncaba tan fuerte como un vehículo defectuoso, estirado sobre su espalda, completamente agotado. Tanya todavía trabajaba en la semi flácida vara de Jake, estuviera o no dormido. Edward pudo oír los conocidos sonidos de succión aún antes de haberla visto. "Despierta, Jake. Es tu Gran Rey".

Los ojos de Jake se abrieron lentamente. Cuando pudo darse cuenta quién estaba en pie ante él, hizo un movimiento para sentarse y cuando no lo pudo hacer, entonces se acordó de Tanya.

Edward alzó su palma. "No te levantes. Yo pensé en preguntarte si habías visto a tu Gran Reina, pero es evidente que has estado ocupado de otra manera".

"Lo siento". Dijo Jake sonrojándose. A pesar de lo cansado que estaba, su bandera todavía se alzaba a toda asta para la boca de Tanya. Ella dio un pequeño quejido. Él gimió, y entonces se giró para mirar a Edward. "¿Ha desaparecido?" preguntó él con ansia.

"No, no exactamente, pero si viniera aquí, dile que necesito hablar con ella". "Por supuesto, Su Majestad".

Edward asintió con la cabeza, y luego se giró para irse. Vacilando un momento. "Una cosa más, Jake".

"¿Sí?"

"Que estés en la práctica en la mañana".

El rostro de Jake se cubrió de escarlata. "Sí, Su Majestad", dijo en un murmullo. Cuando la puerta se cerró tras Edward, Jake estiró su cuello para contemplar a Tanya.

Ella era tan hermosa, la perfección azul. Él todavía no podía creer que ella le perteneciera para siempre.

"¿Todavía tienes hambre, mi dulce?" Con el sonido del gemido de Tanya, él se acomodó atrás en los cueros de vesha y cerró sus ojos con felicidad. "Entonces aliméntate, mi preciosa. Ordéñame de todo lo que tengo. Es tuyo".


Bueno aquí esta otro capitulo de esta historia, que tal les pareció?

Ya tengo adelantado un poco del siguiente capitulo, por lo que espero actualizar pronto.

Les agradezco a todas las que dejaron sus comentarios en el capitulo anterior y animo a las demás lectoras a hacerlo, no es obligatorio pero se los agradecería infinitamente :D

Cuídense mucho y no salgan si no es necesario durante la cuarentena.