Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


[15]


El duque de Konoha pensó que el baile había sido una buena idea. La mayoría de los invitados parecían estar pasándoselo bien, y desde luego era preferible a otra noche de charadas. La música era animada. La señorita Guren tocaba de una manera aceptable y Hanna Hamilton tocaba bien. Y esta última no parecía haber lamentado en absoluto que le pidieran que tocara.

Habría sido una buena noche si todo el mundo se hubiese quedado en el salón para disfrutar del baile y de la compañía de los demás. Pero como siempre parecía ocurrir en los bailes y danzas, por informales que fueran, acababan desapareciendo parejas.

Aunque le molestaba que la gente pudiera comportarse con semejante falta de decoro en las casas de los demás y bajo la mirada de complicidad de los criados de los otros. Pero se preocupaba por Sakura y Sasuke, y también por Hanna y Otsutsuki.

Sakura y Sasuke habían desaparecido media hora. Y el duque se encontraba dividido entre el deseo de quedarse en el salón para hablar y sonreír a sus invitados y bailar con las damas y la necesidad de ir en su busca y traerlos otra vez al salón antes de que inevitablemente se empezara a murmurar sobre ellos.

Pero puede que ya hubiera ocurrido. No ocultaban su mutua preferencia. ¿Y aquella era su preocupación principal, el cotilleo? ¿Estaba dispuesto a observar todas las señales de que se había reanudado la aventura entre su esposa y su hermano a condición de que fueran discretos?

Y luego Hanna Hamilton salió de la habitación con Otsutsuki, y su preocupación aumentó. El duque le había prometido que en su propiedad y bajo su protección estaría segura. ¿Pero acaso la estaban acosando? Sonreía cuando salió de la habitación, y no había habido pruebas de que la estuvieran coaccionando. Puede que estuviera disfrutando del hecho de poder mezclarse con los invitados, de bailar con uno de ellos, de que la hubieran elegido y estuviera recibiendo más atenciones personales todavía.

Pero también recordaba el terror que había mostrado la primera noche que se había fijado en Otsutsuki. El hecho de que ambos afirmaban que solo se conocían un poco, pero él la había llamado Hinata. Y el hecho de que él era el propietario de Byakugan House y ella había vivido en un lugar llamado « Bya…»

Naruto observó a los caballeros elegir pareja para formar una cuadrilla, se aseguró de que ninguna dama que pareciera deseosa de bailar se quedase sin acompañante, y salió sigilosamente de la habitación.

No había nadie en la entrada principal. Los lacayos se habían retirado. Pero oyó voces al entrar. ¿Venían de detrás de una de las columnas? ¿De los arcos que conducían a las escaleras? Se paseó en silencio, pero no se veía a nadie. Y las voces cesaron. Puede que se las hubiera imaginado. Las puertas que conducían al salón y a la galería alargada estaban cerradas.

Pero por fin cayó en la cuenta del lugar de donde procedían, y permaneció en mitad de la entrada resistiendo el impulso de mirar hacia arriba: venían del viejo escondite que Sasuke y él habían utilizado incontables veces de jovencitos.

Se dedicaban a echarse en el suelo para observar a los que llegaban, se burlaban de las conversaciones de los lacayos cuando creían que estaban solos e imitaban los sonidos de los búhos intentando asustar a esos mismos lacayos.

Debían de ser Sasuke y Sakura. ¿Debería mirar hacia arriba?

El enfrentamiento habría de tener lugar. Pero preferiría aplazarlo hasta un momento en el que no tuviera que volver a entretener a sus invitados inmediatamente después.

¿Y qué ocurría con Hanna Hamilton y Otsutsuki? Habían ido a la galería alargada la última vez que habían estado juntos, aquella noche que había terminado de un modo muy dramático. Cruzó la entrada hasta la galería, abrió la puerta y entró.

Uno de los candelabros que se encontraba en mitad de la galería alargada estaba encendido, pero la habitación estaba casi a oscuras; unas sombras densas se extendían hacia afuera desde la fuente central de luz.

Estaban en el extremo más alejado de la galería, fundidos en un estrecho abrazo. No lo habían oído entrar. Y en aquel mismo instante él tuvo que decidir si marcharse tan silenciosamente como había llegado o dar a conocer su presencia.

Ella no oponía resistencia. Puede que lamentara su intrusión en un momento romántico. O quizá lo necesitaba.

Naruto que caminó lentamente por la galería, sin intentar esconderse en las sombras o amortiguar el sonido de sus pasos. Y cuando solo había recorrido medio camino, se separaron y se volvieron para mirarlo.

Eran Sakura y Sasuke.

Sakura apartó bruscamente la vista para mirar por la ventana hacia la oscuridad. Lord Sasuke miró a los ojos de su primo en la penumbra y sonrió.

—Me ha invadido la necesidad de renovar el conocimiento de mis ancestros —comentó Sasuke—. Pero ay, este no es exactamente el mejor momento del día para venir a mirar cuadros. Tendré que hacerlo otra vez a la luz del día.

—Sí —intervino Naruto—. También quiero tener unas palabras contigo por la mañana, Sasuke. Pero ahora no. Ahora hay damas en el salón que agradecerían tu oferta de acompañarlas en un baile. Sakura y yo te veremos allí en breve.

Lord Sasuke se volvió para dirigirse a la duquesa.

—¿Quieres volver conmigo, Sakura, o con Naruto?

—Volverá conmigo —murmuró Naruto.

La duquesa no dijo nada.

Lord Sasuke se encogió de hombros.

—En fin… Sé que cuando bajas tanto la voz, Naruto, los puñetazos no tardan en llegar si me pongo a discutir. Y no está bien que nuestros invitados nos vean con las narices sangrantes, ¿verdad? —Le tocó el hombro a la duquesa—.¿Estarás bien, Sakura?

Pero la duquesa tampoco dijo nada esta vez. Lord Sasuke volvió a encogerse de hombros y empezó a recorrer la galería.

El duque esperó mucho rato, hasta que finalmente oyó que se cerraba la puerta al marcharse su primo.

—Bueno, Sakura… —murmuró.

Sakura se volvió hacia él. La débil luz procedente de las velas hacía resplandecer su cabello. Pero el rostro de la duquesa estaba ensombrecido.

—Bueno, Naruto —comenzó ella. La dulce voz le temblaba un poco—. ¿Qué vas a hacer al respecto?

—¿Qué quieres que haga? —le preguntó—. ¿Cuán lejos ha llegado? Supongo que vuelves a amarlo… lo cual en realidad significa que nunca dejaste de hacerlo… ¿verdad? ¿Son amantes?

Ella se rio un momento.

—¿Te divorciarías de mí si dijese que sí? —preguntó la duquesa—. ¿Lo harías, Naruto? Sería un escándalo increíble, ¿no te parece? —La voz le temblaba de manera casi descontrolada.

—No —respondió él—. Nunca me divorciaría de ti. Creo que ya lo sabes.

Pero cuando nos casamos hiciste algunas promesas. Me parece que nos lo debes a nosotros dos y a Sarada y a todos los que dependen de que nosotros cumplamos esas promesas. Sasuke forma parte de tu pasado, y eso no se puede cambiar. Se convirtió en algo irrevocable cuando te casaste conmigo.

—¿Qué elección tenía? —gritó ella apasionadamente—. ¿Qué elección tenía?. Habría arruinado mi reputación para siempre, y tú habías hecho que se marchara y que no volviera nunca jamás. Y no dejabas de venir e insistías en que aceptase tu protección antes de que papá descubriera la verdad. No tuve ninguna alternativa. Eres un hombre malvado, Naruto.

—Puede. Pero tú tampoco has sido exactamente la compañera ideal, Sakura. Sacamos todo el partido que podemos a lo que hemos hecho con nuestras vidas.

—No me culpes por no querer que me toques —gimió ella, mirándolo con profunda repugnancia—. Esa gente habría sido mucho más buena contigo si te hubiesen dejado morir. Solo eres medio hombre.

—Será mejor que volvamos con nuestros invitados.

—Y hablas de que yo tengo que cumplir promesas —continuó Sakura, con el mismo tono de voz irascible habitual durante sus peleas—. ¿Puedes afirmar sinceramente que tú has cumplido las tuyas, Naruto? ¿Puedes afirmar que nunca me has sido infiel?

Él la miró sin contestar.

—¿Crees que no conozco el motivo de tus frecuentes viajes a Londres? ¿Crees que no sé por qué de repente, esta vez pensaste que Sarada necesitaba una institutriz? No me hables de votos maritales. Si he cedido a mi amor por Sasuke, es porque me he visto empujada por tu disipación y tu crueldad. —Buscó un pañuelo a su alrededor y finalmente cogió el que él le tendía.

—Vamos, eso son tonterías, como tú bien sabes —protestó Naruto—. Sécate los ojos, Sakura, y suénate. Ya llevamos mucho rato apartados de los invitados.

Ella se volvió en silencio y empezó a caminar por la galería. Cuando llegaron a las puertas, él las abrió, cogió el pañuelo de la mano de ella y pasó el brazo por el de la duquesa. Mirando el hermoso rostro de su esposa, con la mirada verde ahora cabizbaja y el cabello rosa, el duque pensó que por muy desagradable e hipócrita que pudiera parecer todavía había que guardar ciertas apariencias.

Y Sakura, por supuesto, también se percató de ello. Volvió a iluminarse en cuanto entraron en el salón. Casi todo el mundo estaba bailando. Hanna Hamilton estaba tocando el pianoforte.

Hinata fue la última en marcharse del salón. Todos los que habían bailado y a se habían ido marchando a la cama, y unos pocos criados habían entrado para desenrollar la alfombra y volver a ordenar la habitación. Hinata revisó las partituras y decidió devolverlas a la sala de música antes de irse también a dormir.

Era muy tarde. Estaba cansada. Pero no quería irse a la cama. Prefería sus pensamientos cuando podía controlarlos de algún modo. No quería tener las pesadillas que tan a menudo le perturbaban el sueño.

Colocó el candelabro que había traído encima del pianoforte de la sala de música, guardó cuidadosamente las partituras y alargó otra vez la mano para coger el candelabro.

Pero el pianoforte, mucho más grande y de tono más melodioso que el del salón, la atrajo como un imán. Posó los dedos delicadamente sobre las teclas, sin apretarlas. Y tocó lenta y delicadamente una escala. Se sentó en el taburete y tocó una pieza de Bach, una sonata rápida y enérgica, con los ojos cerrados. Tocó bastante enérgicamente. Quizá si se concentraba con suficiente intensidad, si tocaba con suficiente energía, podría ahogar sus pensamientos.

Quizá podría ahogar a Toneri.

Pero la música llegó inevitablemente a su fin. Debía abrir los ojos y meterse en la cama y aceptar lo que le deparase el resto de la noche. Hinata suspiró. Parecía que hubiese pasado mucho tiempo desde la noche anterior con el señor Inuzuka.

—Ojalá dominase lo suficiente el teclado para poder airear mis frustraciones de esa manera —dijo una voz procedente de detrás de ella.

¡El duque de Konoha! Hinata se puso en pie de un salto.

—No pretendía asustarla. No he podido resistirme a acercarme un poco más al oír la música.

—Lo siento, Su Excelencia. He devuelto las partituras. No he podido resistirme a tocar una sola pieza más.

—¿Después de tocar toda la noche? —preguntó el duque sonriendo—. Tengo que darle las gracias por ello, señorita Hamilton. Estoy muy agradecido.

—El placer ha sido mío, Su Excelencia.

El duque dio unos pocos pasos más en dirección a ella.

—¿Era usted la que estaba allí arriba en la galería? ¿Con Otsutsuki?

Hinata sintió que le entraban escalofríos.

—Sí, Su Excelencia.

—¿Fue usted con él libremente? ¿La obligó?

—No, Su Excelencia, —ella lo miró a los ojos. ¿Acaso estaba a punto de despedirla?

—Y eso. —Señaló su labio superior, ligeramente hinchado—. ¿Se ha cortado?

Ella no contestó.

—¿Lo ha hecho con su consentimiento?

—Sí. —Ella se aclaró la voz al no lograr emitir ningún sonido—. Sí, Su Excelencia.

El duque apretó los labios al mirarla a los ojos. Y se pasó una mano por la frente y meneó la cabeza.

—Venga a la biblioteca conmigo —le propuso—, para tomar una copa antes de ir a dormir.

Él se dirigió hacia la puerta de la biblioteca sin volverse a mirar si ella lo seguía. Pero sí que se volvió cuando abrió la puerta, levantando las cejas. Hinata atravesó la habitación y entró antes que él en la biblioteca, donde las velas estaban encendidas.

El duque le sirvió un poco de jerez, y eligió brandy para él. Le señaló a Hinata la cómoda butaca de cuero que se encontraba a un lado de la chimenea y le entregó su copa antes de coger una silla e instalarse al otro lado.

—Por la buena salud, Hinata Hamilton —brindó, levantando su copa hacia ella — y por la felicidad. Esto último es algo esquivo, ¿no le parece? —Y bebió de su copa.

Hinata sorbió su jerez y no contestó. Él se había acomodada en la silla, relajado, cómodo, informal. Ella se sentó con la espalda recta y tensa en la suya.

—Hábleme de usted —le pidió el duque—. Ah, pero sin descubrir nada del misterio del que le gusta rodearse. ¿Quién le enseñó a tocar?

—Mi madre. Cuando era muy joven. Mi tutor contrató a una profesora de música para sus propios hijos y para mí más adelante. Y en la escuela.

—En la escuela… ¿adónde fue? No, eso no me lo responderá, supongo. ¿Cuánto tiempo estuvo allí?

—Cinco años. Broadridge School. Ya se lo dije al señor Aburame.

Él asintió.

—Mucho tiempo… ¿le gustó, aparte de la música y las lecciones de baile?.

—Creo que tuve una buena educación. Pero era una disciplina estricta y sin humor. Allí no había mucho cariño.

—Pero pasó varios años allí… ¿había cariño en su casa?

Ella bajó la vista hacia su copa de jerez.

—Éramos una familia muy feliz mientras mis padres vivieron —explicó—.Nada podía resultar muy cariñoso cuando ellos murieron. Yo era muy joven, y diría que era de trato difícil.

—Usted fue la huérfana rechazada, ya lo entiendo. ¿Y no intentaron casarla joven?

Hinata pensó en los dos granjeros, ambos de más de cincuenta años, que se le habían ofrecido antes de que tuviera ni siquiera diecinueve años, y en la furia de la prima Kanna cuando los rechazó a ambos.

—Sí.

—Pero usted se resistió. Sospecho que es usted muy dura, señorita Hamilton. Tozuda en extremo. ¿Es así como la describió su tutor y su familia?

—A veces.

—Me imagino que a menudo. ¿Nunca ha conocido a nadie con quien deseara casarse?

—No —contestó rápidamente. Y pensó en cómo se había presentado últimamente Gaara en sus pesadillas, de manera que su imagen aparecía y desaparecía mezclándose con la del duque.

—¿Y él también quería casarse con usted? —le preguntó.

De repente ella lo miró y volvió a mirar en el interior de su copa otra vez.

—¿No estaba disponible?

—No —respondió ella sin ánimo.

—¿Entonces fue una maldad? ¿No le permitieron casarse con él? ¿Tiene usted dote?

—Sí.

—Pero supongo que no podrá disponer de ella hasta que se case o llegue a una cierta edad —continuó el duque—, y a su tutor le dio por ser malvado. ¿Por qué huyó, Hanna? ¿No quiso huir su pretendiente con usted? ¿El dinero era más importante para él que usted misma?

—¡No! —protestó ella, mirándolo con fiereza—. Mi fortuna no le interesaba en absoluto a Gaara.

—Gaara… —murmuró él.

Hinata se puso a dar vueltas al líquido oscuro de su copa. No pensaba que fuese capaz de llevárselo a los labios.

—¿Lo amaba? —le preguntó—. ¿Lo ama?

—No —contestó ella—. De eso hace mucho, mucho tiempo. —Y realmente parecía como si hubiese pertenecido a otra vida.

Él se bebió el brandy que quedaba en la copa y se puso en pie.

—Bébaselo —instó a la institutriz, y alargó la mano para coger la copa de ella —. Es hora de irse a la cama.

Ella tomó otro sorbo más y le entregó la copa medio vacía. La colocó junto a la suya en una mesa que quedaba al lado de la silla y le tendió la mano. Hinata miró los dedos largos, bonitos y bien cuidados y, decidida, puso su mano en el interior de la palma de él. Observó cómo los dedos del duque se cerraban en torno a los suyos y se puso en pie.

El duque no se movió.

—¿No confía en mí? —le preguntó—. ¿No quiere dejarme que la ayude?. No ha sido porque usted quisiera, ¿verdad? No se lo ha consentido en absoluto, ¿verdad? —Y pasó delicadamente un dedo por el labio superior de la chica.

Ella buscó su muñeca y se la agarró con fuerza.

—No hay nada que confiar. No hay ningún misterio.

—¿Y no obstante, prefería su vida tal y como se había vuelto en Londres a la que había dejado atrás? ¿Y su Gaara no fue detrás suyo a rescatarla?

—Él no sabía que yo me iba —explicó la chica, agarrándolo aún de la muñeca—. No supo adónde iba.

—Hinata, si yo la amase, y supiese que usted me ama, removería cielo y tierra para encontrarla si desapareciese.

Los ojos de ella recorrieron su cicatrices, del mentón a la boca, subiendo por la mejilla hasta el ojo. Y lo miró a los ojos.

—No. Nadie ama tanto —protestó ella—. Es un mito. El amor puede ser placentero y tierno. Puede ser egoísta y cruel. Pero no es la pasión devoradora de la poesía. El amor no puede mover montañas, ni desearía hacerlo. No culpo a Gaara. El amor no es así.

—Pero aun así —continuó él, con la mirada azulada clavada en la de ella—, si yo la amase, Hinata, movería montañas con mis propias manos si me mantuvieran apartado de usted.

Ella se rio un tanto insegura.

—Si yo fuese, si yo fuese… eso es un juego de niños. Es muy fácil vivir imaginándose situaciones. Pero la vida real es distinta.

Hinata supo que la iba a besar varios instantes antes de que sus labios tocaran los suyos. Más tarde, se imaginó que podría haberlo evitado. Naruto no la aprisionó entre sus brazos ni la empujó contra la pared. Pero no hizo nada para evitarlo. Estaba rígida del susto, y le seguía sujetando la muñeca como un torno.

Y también sentía una cierta fascinación por ver el rostro duro y oscuro, que no se cernía sobre ella como en sus pesadillas sino que se inclinó hacia su rostro hasta que se vio obligada a cerrar los ojos.

Y para su sorpresa, su beso resultó tan distinto del de Toneri o el del señor Inuzuka que por el momento no pensó en apartarse. No se produjo la opresión en labios y dientes que se había producido anteriormente en la galería, ni la presión firme de la noche anterior, sino una calidez ligera y delicada, un movimiento vivo sobre sus propios labios que le hizo abrirlos de modo que terminaron sumergidos en una calidez húmeda y con sabor a brandy.

Era solo el tercer hombre al que había besado en su vida, lo cual resultaba extraño, teniendo en cuenta que le había hecho todas aquellas cosas hacía más de un mes. Pero no lo había acompañado de ningún beso.

A continuación le entró el pánico y echó la cabeza hacia atrás para apartarse de él.

Captó la expresión del rostro de Naruto antes de que la rodeara con uno de los brazos y le pasara el otro detrás de la cabeza para apretarla contra los pliegues de su pañuelo. El hombre parecía perdido, afligido, y también lo percibió en su voz cuando habló.

—No me rechaces, Hinata. Por favor. Solo durante unos instantes no me rechaces. No tengas miedo de mí.

Pero cada parte del cuerpo de ella estaba apoyada contra él y recordó lo que sintió al verlo: recordó que era viril y lo bastante fuerte como para arrebatarle la vida con sus propias manos, y que tenía unas terribles cicatrices moradas de heridas que le bajaban por el costado y la pierna izquierda. Y recordó su tacto, sus manos, sus pulgares, las rodillas separándole las piernas. Y lo que sintió cuando se metió en su interior, cuando la desgarró, y los empujones y retiradas sucesivas hasta que terminó y parecía que la había vaciado del todo.

Pero también recordó la amabilidad de haberle pagado más y el hecho de darle aquel empleo, la preocupación por su bienestar, la sorprendente calidez y suavidad de su beso, la vulnerabilidad de su rostro y en su voz. Y la terrible soledad de Hinata. Y resultaba difícil coger aquel recuerdo y la realidad presente y combinarlos en la mente. Resultaba difícil de creer que fuera el mismo hombre. Le resultaba difícil sentir con el cuerpo la repugnancia que su mente le ordenaba sentir.

Apoyada todavía contra él, Hinata se obligó a relajarse, a sentir el cuerpo de él contra el suyo sin retraerse. Y después de todo no lo resultó tan difícil de hacer.

—Solo estos momentos —murmuró él. Estaba frotando delicadamente la mejilla contra la frente de la chica.

Hinata no sintió que levantara la cabeza conscientemente. Pero debió de hacerlo porque volvió a mirarlo a los ojos y levantó la cabeza en busca de su beso. Y de nuevo los cálidos labios de él se posaron delicadamente sobre los suyos y se desplazaron por encima, y los recorrió suavemente con la punta de la lengua hasta que los abrió y abrió la boca, concediéndole lo que Toneri le había pedido antes y ella no le había dado.

Naruto frotó su lengua contra la de ella, la rodeó, exploró la blanda carne en el interior de su boca y la carne sensible en el paladar.

Hinata se oyó gimotear, y apaciguó tanto a su cuerpo como a su mente para que no pensaran en lo que estaba haciendo y con quién lo estaba haciendo. No dejaría que sus pesadillas interfirieran en aquel instante de vigilia. Y solo era un instante. Solo aquel instante. Al abrazar al duque, notó que tenía los hombros anchos y firmes, y el cabello grueso y sedoso se le quedó enredado en sus dedos.

El duque separó sus labios de los de la chica para besarle las mejillas, los ojos y las sienes. Y la envolvió con ambos brazos, la sostuvo arqueada contra él y apoyó la mejilla contra su frente.

—¡Dios! —suspiró—. ¡Oh, Dios mío! —Sus brazos se aferraron como tiras de hierro alrededor de Hinata—. ¡Dios mío!

Hinata sintió su aliento entrecortado, y él la soltó.

Se quedaron mirándose el uno al otro.

—Hinata… —musitó él. Levantó una mano, y ella la miró y volvió a recordar a quién pertenecía y qué le había hecho. Se echó a temblar cuando le sostuvo una de las mejillas con ella—. Ojalá pudiese decir que lo siento. Dios, cómo me gustaría. Mañana le pediré disculpas. Esta noche no puedo sentirme culpable. Que Dios se apiade de mí. Váyase a la cama. Esta noche no puedo acompañarla. No sería capaz de detenerme en la puerta.

Hinata se dirigió precipitadamente hacia la puerta, buscó a tientas el pomo y salió a toda prisa, subió ruidosamente las escaleras y corrió por el pasillo hasta su habitación como si pensase que todavía la seguía.

Pero no era de él de quien huía. La persona de quien huía estaba en la habitación con ella pese a la velocidad con la que había huido, y pese a haber cerrado la puerta a toda velocidad con dedos temblorosos.

¿Qué había hecho? ¿Qué había permitido que pasara? Tenía los pezones excitados y sensibles. Sentía una fuerte vibración en el lugar donde él le había causado un dolor tremendo la vez anterior. Notaba el sabor de su brandy. Su cuerpo era un torbellino de sensaciones. Y su mente le estaba diciendo de manera desapasionada quién era y la manera precisa en que la había convertido en una puta y cuánto dinero le había puesto después en la palma de la mano. Era un hombre que pagaba a las mujeres para obtener favores sexuales. A ella le había pagado.

Una vez le había dicho que solo le había sido infiel a su mujer en una ocasión. Y casi se había sentido inclinada a creérselo. Ahora se sentía inclinada a creer que había logrado ver la vulnerabilidad en su rostro y la había percibido en su voz. Quería engañarse. No quería interpretar su escarceo como el hecho sórdido que había sido en realidad. Había permitido a un hombre casado, a su señor, que se tomase unas libertades increíbles con su persona. Y no había sido solo por parte de él: ella también lo deseaba.

Era de ella misma de quien huía. Pero estaba consigo misma detrás de la puerta cerrada.

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Continuará...