Disclaimer: Ya lo saben, pero lo digo de nuevo, ningún personaje me pertenecen, son de la increíble JKR. Sólo la historia, creada en mis sueños más febriles de mi juventud.
Gracias a todas por el seguimiento de esta historia, me tomé unas vacaciones para hacer un mini fic ¿? sobre ellos en cuarentena (De naranjas en cuarentena), todo ligero comparado con Nuestro Secreto, así que perdonen la tardanza.
Procederé a contestar sus reviews.
Hadramine: Lucius es un maldito y pero creo que era necesario hacer un capítulo de él, para odiarlo con gusto o compadecerlo ¿? Recordemos que es un mortífago consumado y bueno... esa no es gente buena.
Dulce Malfoy: Es un Malfoy, creo que está en su sangre ser atormentado y vivir en el eterno drama.
AliTroubleMaker: Lucius es un maldito, ahorita Draco anda muy ocupado para fantasear... y Narcisa... creo que es un gran personaje al que no se le ha dado protagonismo, ah que te sorprendí con Sev-Cissa ¿eh?
Fran Sanchez: Los giros son círculos, jeje, no me mates. En cuanto a Narcisa, no fue por pagar, fue algo que explicaré después, pero en definitiva, fue para recordarnos que se casaron porque así debían.
Victoria: ¡Aquí está, ojalá te guste! Prometo actualizar más rápido.
Gracias a todas pos sus comentarios, follows, reviews y favs. Las amo y me encanta leer todos y cada uno de sus comentarios.
Sin más por el momento, las dejo con este capítulo, ojalá lo disfruten o se torturen un poco, no lo sé... Draco les envía besos draconianos a todas y cada una.
#QuédateEnCasa y mejor lee fics.
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18.—Lucius
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—Es hora de despertar, amores míos.
Draco despertó con todo el cuerpo doliéndole como si se hubiera caído de la escoba a una gran altura en algún partido de Quidditch, pero entonces comenzó a sentir cada parte de su cuerpo en un ángulo extraño, la sangre se le iba del cuerpo y giraba perezosamente, sin control alguno. Abrió los ojos, pero no vio nada, porque llevaba una venda atada. Decidió no hacer ningún gesto o sonido y se limitó a mantenerse inerte, atento a los sonidos, olores y las voces inquietantemente familiares.
Escuchó un grito desgarrador y amortiguado de mujer y unas tremendas ganas de vomitar lo invadieron, mientras intentaba vaciar su mente. No sabía qué había pasado, pero no era bueno, nadie podía gritar así si no era bajo tortura. Escuchó una risa salvaje y entonces sí pensó en zafarse de cualquier manera y pelear por su vida. Pero alguien se puso a su lado, apenas un susurro de ropa, un olor como a jengibre o algo fuerte…
—Draco —susurró una voz masculina a su lado, casi imperceptiblemente—. Vacía tu mente. A.
El chico sintió una creciente asfixia que lo invadía y no lo dejaba pensar con claridad al reconocer aquella voz, los olores y la cantidad exacta de pisadas que se acercaban. Tragó saliva e intentó relajarse, haciendo lo que le pedían, cuando con un golpe sordo, algo cayó a su lado, como si arrojaran un bulto de papas que gemía lastimosamente.
El suave susurro de ropa se alejó de él y el silencio se adueñó del espacio, siendo peor que los gemidos del bulto.
—Veamos —escuchó otra voz a su derecha y tuvo que hacer uso de toda su fuerza para no vomitar en ese instante—.Así que, Draco.
Con un movimiento brusco, cayó al suelo y su mejilla golpeó la pata de algún mueble, provocándole una rajada de la cual sintió salir la sangre caliente y pegajosa. Con otro movimiento, la venda le fue arrancada y entonces miró a centímetros de su rostro el de otro hombre, tan idéntico y tan diferente al mismo tiempo, quien lo tomó del cuero cabelludo y lo alzó, para empujarlo al centro de la sala con una enorme facilidad.
—Estoy muy, muy decepcionado de ti, hijo —siseó Lucius escupiéndole desde arriba. Draco se mordió la parte interna de las mejillas para no vomitar.
Estaban en la mansión Malfoy y su madre estaba a su lado, en posición fetal, inerte. Pero la túnica de Lucius cubrió la visión de la mujer cuando se paró frente al chico y le propinó una patada en el estómago, entonces alzó su varita y apuntó a su hijo.
—Qué…
CRUCIO
—te hace…
CRUCIO
—pensar que…
CRUCIO
—sería…
CRUCIO
—tan…
CRUCIO
—fácil…
CRUCIO
—deshacerte de…
CRUCIO
—mí —exclamó Lucius mientras descargaba toda su ira en el que creía su sangre, su hijo, el único ser del planeta que nunca jamás lo traicionaría. El chico no soltó ninguna exclamación de dolor en todo el tiempo que se ensañó en torturarlo, al contrario, aguantó estoicamente, sólo su cuerpo se retorcía en posiciones extrañas, pero él no emitió ningún sonido ni dejó de mirarlo a los ojos, desafiante.
Cuando Lucius se cansó, se apartó el largo cabello platino de la cara y se recompuso, entonces miró desde su altura la patética figura del muchacho y lo golpeó con el puño cerrado, ensañándose en clavarle los anillos en cada parte de piel blanda.
—¿Creías que alguien en verdad los salvaría?— Escupió el hombre mientras arrastraba por la sala a un Draco que parecía un muñeco de trapo—. ¿Qué alguien de ellos acudiría a sus patéticas súplicas? "Por favor, Dora, ayúdanos"—imitó una voz chillona—, nadie en su puta vida los ayudará, porque ustedes son míos.
Draco sentía el cuerpo lleno de magulladuras y cortes, sin embargo, no se quejó, siempre había cabido la posibilidad de que fallaran y sabían a lo que se enfrentaban.
—¡Me has humillado! —gritó a pleno pulmón Lucius acercando su cara enrojecida a Draco—. ¡Mi único hijo ha desertado!, ¡eres un cobarde!, ¡sin mí ninguno de ustedes es nada!— Lo tomó del cabello y lo arrastró junto a la chimenea, poniendo su cara frente al fuego—. ¡Teniendo que mandar a los mortífagos a buscarlos, como si fueran unos traidores a la sangre!, ¡me han humillado!, ¡yo, que he padecido en Azkaban por servir fielmente a Nuestro Lord Tenebroso!, y ustedes aquí, pasando la vida en grande, exigiendo siempre, ¡como una bola de parásitos!— Sintiendo un placer inmensurable, acercó la cara de su único hijo al fuego y lo vio gemir débilmente, sonriendo, lo acercó un poco más, casi saboreando el olor a quemado que haría su piel al entrar en contacto, pero lo hizo despacio, lento, para que ambos lo disfrutaran— Bueno, amado hijo—susurró con su voz más suave—, esto es algo que no olvidarás.
—Malfoy —siseó una voz detrás de él y Lucius giró el rostro, sin apartar a Draco de las llamas mágicas que se habían embravecido por la cercanía de algo para comer—. Creo que es suficiente.
Lucius se incorporó sin soltar el cabello de Draco, arrodillándolo mientras el hombre se erguía tan alto era.
—¿Ahora me dices cómo castigar a mi propia familia, Severus? —susurró Lucius regresando a su porte siempre cuidado y pulcro, de peligrosa calma.
—Nada de eso, Lucius —contestó con la misma peligrosa calma Snape—. Sin embargo, el Señor Oscuro llegará en una hora, más o menos. Creo que es momento de que los pongas presentables y no se te escapen de nuevo—Le lanzó una mirada significativa a Narcisa quien no se movía.
—Quizá sea momento de dar por terminada la lección —coincidió Lucius arrojando una vez más, un puñetazo a la nariz de Draco, quien gimió levemente. Y después lo arrojó a la alfombra, pisándole los dedos en el camino. Entonces se acercó a Narcisa y la puso de pie con la varita. Miró a Snape y éste le devolvió la mirada, aburrido—. Supongo que ya no tendrás más deseos de escapar, ¿verdad cariño? —preguntó Lucius a Narcisa y ésta gimió una vez más, con un hilillo de sangre saliendo por su boca. Lucius le apretó el rostro con la mano y la besó en los labios, saboreando la sangre, excitándose, sin apartar la mirada del otro hombre, calculadoramente—. Sin embargo, hay algo que no voy a perdonar— Y la arrojó contra la chimenea, como una lengua de fuego, se estiró hacia su mano y le derritió los anillos que portaba, quemándole los dedos hasta que se empezó a poner negra y Narcisa soltó un grito desgarrador. Snape sintió un escalofrío, pero no se movió y Lucius le sonrió deformando su rostro apuesto en una máscara sádica—. Nadie toca lo que es mío, Severus, considérate afortunado porque el Señor Tenebroso te tiene en tan alta estima. Tienes prohibido curarle la mano, todo lo demás sí, pero la mano no, es un recuerdo para ambos.
Y salió de la habitación, dejando a Narcisa echa un ovillo junto al fuego, gritando y a Draco gateando hacia ella, tembloroso, como los seres patéticos que eran su familia. Después de un rato, Snape se movió y se acercó pausadamente a la mujer, quien lloraba tomándose la mano y la apartó del fuego, la acarició y le alejó los cabellos rubios del rostro. Alzó su varita y connjuró unasarta de hechizos hasta que redujo su grito a un gimoteo. Draco se había quedado lejos, recargado contra la parte baja de algún mueble, llorando.
—¿Estás bien, Draco? —preguntó Snape sin mirarlo, ocupándose de curar a Narcisa primero.
—¿Cómo es que… Cómo es que no funcionó? —susurró el chico mientras intentaba ponerse de pie, pero no era capaz de acercarse a ellos.
—Él entró en su mente mientras dormían —explicó Snape mientras recostaba a Narcisa sobre el sofá largo—. Nunca salieron de aquí.
—¿Sí enviamos nuestras cartas? —preguntó dubitativo el chico mientras se ahogaba de frustración y dolor
—Supongo que sí —contestó el hombre mientras se arrodillaba junto al chico y le examinaba—. Tu padre se dio cuenta ayer en la noche de lo que planeaban.
—Lo de la mano…
Estará bien, pero no le haremos saber a nadie, susurró Snape en su cabeza.
—Debemos dejarla como dice tu padre, él manda —contestó Snape en voz alta—. Quédate con ella y cuando despierte, cámbiense de ropa, se ven patéticos.
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Lucius se encontraba sentado en la silla principal de la mansión Malfoy, bebía un wishkey de fuego mientras se miraba las manos ensangrentadas. Dio otro trago y dejó el vaso enano sobre la mesa de al lado, se tocó la sangre seca de los nudillos y los hizo crujir. El sonido de sus huesos acomodándose y el dolor que le produjo en las heridas nuevas le dio una enorme sensación de placer, porque él, Lucius Malfoy, encontraba placer en el dolor. Se terminó su vaso de un trago y se colocó en orden los anillos que generación tras generación habían sido heredados a los varones de la familia. Al primogénito.
Se miró las manos largas, finas, pálidas y carentes de callos, de un hombre con una buena vida, la vida fácil de alguien rico y bien posicionado. Sólo tenía cicatrices en los nudillos, porque a él le encantaba producir placer, o eso le decía a su hijo y a su esposa cuando los golpeaba. Había placer en el dolor y él se encargaba de demostrárselos cada vez que con esos anillos que eran heredados, les golpeaba a puño cerrado, como si se trataran de un saco de box y no de personas. Pero ahí radicaba el encanto, en que estaban vivos y el verles fluir la sangre de las heridas que él les provocaba, sólo veía una obra maestra de hilillos rojos sobre la piel blanca y tersa de aquellos a quienes él amaba más que a nada en el mundo.
Acercó el balde de cristal con agua y hielos que reposaba a un lado, hundió las manos y se las lavó, tomó la toalla esponjosa e impoluta y se limpió, dejándola con manchones rosados y café, entonces volvió a mirar sus manos, ya impecablemente blancas y suspiró, alzando la vista.
La puerta se abrió y entraron las dos personas que más amaba en el mundo, como dos sucias ratas traicioneras, levantó su varita y les apuntó. Sintió un placer inexplicable mientras veía a su primogénito, el portador del sagrado apellido Malfoy, mortífago como él, su vivo retrato de joven, encogerse como un animalito asustado. Sin embargo, el amor de su vida, la única mujer que había estado en su cama, la madre de su único heredero, lo miraba como siempre, con mansedumbre, tranquila y amorosa.
—Creo que han aprendido la lección —dijo Lucius y extendió su mano, Narcisa se la tomó sin titubear y se sentó a su lado, Draco en cambio, rodeó el espacio para no tocarlo, posicionándose en la parte trasera, a su derecha—. No me hagan conjurar un imperius y dejen de hacerme pasar vergüenza.
Entonces bebió su cuarto o quinto vaso de wishkey del momento y cuadró los hombros, conteniendo el aliento, mientras la puerta se abría de par en par y entró el comité de mortífagos quienes se replegaron en las paredes, en silencio. Draco deseó tener él también un vaso de wishkey mientras su padre los recibía. Detrás de ellos, apareció Lord Voldemort, sonriendo y Lucius se levantó, repentinamente tieso.
—¡Ah, Lucius! —siseó Voldemort, acercándose lo suficiente—, ¡Es bueno verte recompuesto!
—Es bueno estar en casa con mi amorosa familia. Gracias por todo, Señor Tenebroso —contestó con lisonja Lucius, inclinando levemente la cabeza, como el perro dócil que era.
—No agradezcas de nada, Lucius. Todo por mis amigos —contestó Voldermot mientras daba la vuelta y se dirigía al comedor principal—. Vamos, vamos, tenemos excelentes noticias. ¿Y Severus?
—Viene en camino —contestó un mortífago rechoncho y salieron de ahí en silencio. Lucius tomó la mano de Narcisa, quien llevaba guantes y tomaron asiento entre los demás.
Draco entonces reparó en la persona que colgaba del techo, de cabeza, como hacía unas horas lo había hecho él y sintió un terror inexplicable en su corazón cuando reconoció a la mujer, era profesora de estudios muggles, una matería optativa que él había tomado por fácil.
—Draco —suplicó Charity Burbage cuando sus ojos se encontraron.
Sintió un leve apretón en su pierna, mientras su madre miraba al frente, inexpresivamente. Él compuso la misma expresión y vació su mente de nuevo, incluyendo su humanidad y su corazón en el camino.
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Lucius estaba en su despacho, uno de los pocos lugares que no habían ocupado los mortífagos. Sacó una botella más de Wishkey y se la empinó, dejando los vasos en las formalidades. La puerta se abrió y apareció Narcisa, quien se deslizó a su lado y le quitó la botella y bajó el volumen de su ópera.
—Vamos a dormir, Lucius —le susurró Narcisa mientras lo tomaba de la mano—, vamos.
—Me ha quitado mi varita, no soy nada, soy peor que un muggle —dijo Lucius mientras trastabilleaba—. Soy menos que un muggle, que un squib.
Narcisa asintió y lo tomó por la manga.
—Eres grande, Lucius, pero mejor vámonos, no tardarán en llegar y no quiero que estés aquí.
El hombre se dejó llevar por su mujer y tropezó en las grandes escaleras de caoba.
—Ayúdame, Draco —le apremió la mujer a su hijo, quien los contemplaba desde las escaleras—. Es muy pesado para mí.
—Déjalo ahí —le dijo su hijo mirando con desprecio a su padre—. No merece que le ayudes.
—No lo hago por él —contestó ella mientras luchaba por subir las escaleras—. Lo hago por nosotros, si lo ven en este estado, estaremos expuestos, es nuestro único seguro en esta casa.
—¿Él, que no tiene ni varita? —escupió Draco bajando las escaleras—. Es menos que nada.
—No digas eso —susurró su madre mirándolo a los ojos, tan parecido a los suyos—. Vamos arriba.
Draco alzó la varita y lo elevó, golpeándolo accidentalmente" en el camino. Llegaron a la que ahora era su recámara, una de las más pequeñas de la mansión y arrojó al hombre al colchón.
—Madre —dijo Draco después de que se aseguraron que no se ahogara con su vómito—. No me hagas volver a Hogwarts, no soporto dejarte con él.
—Draco —suspiró su madre mirándolo con cariño, poco propia de ella—. El Señor Oscuro no me tratará mal.
—No hablo de Él.
Narcisa suspiró y negó con la cabeza, abrazando a su hijo.
—Prefiero mil veces sufrir un infierno que mantenerte aquí. Al menos allá, estarás seguro. Con Severus.
Draco la miró con preocupación y no dijo nada más, odiaba dejarla ahí, pero sabía que si su padre seguía allí, por mucho que le molestara, ella estaría a salvo. Escucharon ruido en el vestíbulo y Narcisa adoptó esa expresión de hastío que él conocía tan bien y también la compuso. Bajaron en silencio para recibir a los mortífagos.
—Mañana iremos por Potter, Cissy —exclamó Bellatrix como anunciando la Navidad.
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—Escucha Narcisa —dijo Lucius mientras bebía wishkey en su despacho, eran las diez de la mañana—. Debo ir con ellos al ministerio. Todo saldrá bien. Ahora, dame tu varita.
Narcisa agachó la cabeza y le dio su varita no sin cierta reticencia.
—Cuídate mucho, esposo mío. Merlín no quiera y mueras.
Lucius compuso una mueca y la abofeteó, pero su comentario lo había calado, la mujer sonrió de lado, sin amilanarse.
—No te daré ese placer. Despídeme de Draco, si todo sale bien, festejaremos hasta el amanecer y no veré que se vaya a Hogwarts.
—Sabes que no lo haré —dijo la mujer a modo de despedida y salió del despacho, con la cabeza bien alta.
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—Bueno Lucius —dijo Voldemort en un siseo mientras acariciaba a Nagini—, mata al ministro.
El hombre de cabello cano y salvaje estaba de rodillas, miraba con furia a Lucius y a Voldemort, quien parecía paladear el dolor ajeno. Al lado del ministro, se encontraba el cuerpo sin cabeza de su esposa. La cabeza de Aitana Scrimgeour estaba en una pica, a un lado de la ya descompuesta cabeza de Alastor Moody, donde pedazos de piel se desprendían, dejando ver el cráneo, el olor fétido inundaba la habitación y se notaba el hueco donde antes un ojo se movía.
—Quiero su cabeza colgando al lado de la de su hermosa y joven esposa —siseó Voldemort mientras acariciaba los labios entreabiertos de la cabeza de Aitana casi con morbo. Rufus Scrimgeeur soltó un grito mientras se revolvía.
d—¡No la toques, maldito bastardo hijo de…!
Lucius lo miró una vez más y con un movimiento de varita, lo degolló, callándolo.
—¡Pero qué detalle tan magistral! —exclamó fascinado Voldemor mientras aplaudía—. Degollarlo para que muera lentamente —se maravilló el hombre mientras Nagini se deslizaba hacia el piso y cercenaba la cabeza del primer ministro, quien aún se movía. Voldemort se agachó y tomó la cabeza con su blanquecina mano y la enseñó a la congregación.
—¡Rufus Srimgeour, primer ministro ha caído! —gritó y luego los demás lo secundaron mientras lanzaban la marca tenebrosa sobre el ministerio de magia— ¡Vamos por Potter!
Lucius sonrió y se echó la larga cortina de cabello hacia atrás, pagado de sí mismo y siguió a su amo.
—Lucius —dijo de pronto Voldemort, girándose hacia él—. Dame la varita de Narcisa— Lucius se la entregó mansamente—. Ahora limpia este desastre y ve a casa con tu mujer, ya no te necesitamos.
—Pero señor, sin la varita no puedo…
—¿Desaparecerte? —Rio Voldemort—. Regresa en autobús, entonces.
Los demás mortífagos rieron y desaparecieron, dejando al hombre solo en el ministerio. Lanzó un grito furioso y se jaló el cabello. Odiaba a todo el mundo, en especial a quien lo había hecho caer de tal manera, sí, el incompetente de su hijo. Se lo haría pagar antes de que volviera a Hogwarts.
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¡Hola! De nuevo, muchas gracias por leerme, les envío un gran abrazo y mis mejores deseos, por favor, cuídense mucho y no salgan si no es necesario. Ojalá pronto superemos esta época. Por el momento, Draco les envía besos con cubrebocas.
#QuédateEnCasa
Paola
