"Fue tan inteligente como para traer condones a nuestra cita de estudio, así que estoy segura que saldrá bien en el examen".

N A R U T O

No he podido pensar en nada más que ese beso. No puedo salir sin disparar miradas furtivas a la pequeña casa blanca que se encuentra al final de mi cuadra, a la espera de que salga.

En busca de cualquier señal de ella, de verdad.

Ese beso ocurrió hace tres días y no la he visto ni oído de ella desde entonces, no es lo que esperaba. No es como si estuviéramos saliendo; no es como si ella estuviera obligada a hacerlo.

Aun así…

Una parte de mí está real jodidamente decepcionado, no he sabido nada de ella, mientras la otra parte se pregunta si ha estado esperando que le envíe un mensaje.

Mierda.

Me siento, deliberando, incapaz de concentrarme en los papeles apilados frente a mí. Mis amigos no tendrían ningún problema en averiguar esta mierda; le enviarían un mensaje sin dudar, probablemente lo habrían hecho en el minuto que salieron de su porche la otra noche.

Miro los ensayos sin comprender, componiendo un texto para Hinata en mi mente antes de escribir uno, con la esperanza de que reciba con agrado el aleatorio mensaje.

Yo: Hola allí.

Hinata: ¡Hola forastero! Me preguntaba a dónde habías ido.

Maldita sea, tenía razón, ha estado esperando que le envíe un mensaje.

A veces soy un imbécil.

Yo: Corrigiendo papeles y estudiando en la biblioteca.

Hinata: ¿En cuál?

Yo: En la pública. Sobre Broadway

Hinata: No te estás escondiendo, ¿verdad?

Yo: LOL, no.

Tal vez.

Hinata: ¿Cómo te sentirías con respecto a alguna compañía?

Mi pecho se expande, se contrae, mi corazón se acelera.

Demonios, sí, quiero su compañía, joder, extraño su hermosa cara. Su cabello negro azul brillante y sonrisas coquetas. La forma en que toca mi brazo con la punta de sus dedos.

Yo: Probablemente deberías traer tu trasero por aquí.

Hinata: Ten cuidado, suena sospechosamente como si estuvieras coqueteando...

Yo: Estoy haciendo mi mejor esfuerzo.

Hinata: Fue un buen comienzo, estaré allí en veinte. Caminando.

Yo: ¿Quieres que te traiga?

Hinata: No te preocupes, me las arreglaré ;)

Mierda. Si está caminando, eso significa que va a necesitar que alguien la lleve a casa, y sabemos cómo terminó la última vez, mientras estaba en su porche delantero.

Despejo la mesa de la habitación, apilo el escaso número de útiles escolares que tengo encima de un cuaderno y enderezo las sillas. Me estiro y paso ambas manos por mi cabello, peinando con los dedos esa mierda.

Echo un vistazo hacia abajo, dándole a mi camisa de franela de tela escocesa una mirada más rápida buscando manchas.

Ruedo las mangas hasta los codos.

Me paro para alisar la parte delantera de mis vaqueros, dándome cuenta demasiado tarde que estoy preparándome como una puta chica.

Para una chica.

Vuelvo a sentarme y miro fijamente la entrada. Verifico la marca de tiempo del texto de Hinata y miro el reloj.

Han pasado ocho minutos.

Once.

Quince.

A los diecinueve minutos, me siento derecho cuando se abren las puertas de la entrada, seguido de una ráfaga de viento que siento desde mi lugar en la esquina.

Hinata se detiene en la entrada, con la mochila sobre un hombro, explorando el perímetro, buscándome.

Aprovecho el tiempo para comprobarla.

Vaqueros ajustados. Medias botas marrones. Camisa a cuadros verde, chaleco azul marino. Moño en el cabello en forma de ondas sueltas, lo suficientemente ondulado como para que sepa que no sucedió de forma natural.

Ella me ve. Comienza a caminar en mi dirección, los ojos concentrados en mi mesa.

En mí.

Me sonríe cuando llega a la mesa.

—Hola.

Muerde su labio inferior rosa.

—Hola.

Está bien ¿y ahora qué?

—Combinamos —solté un gruñido, ambos estábamos usando camisa a cuadros.

Las esquinas de sus ojos se arrugan, encantadas.

—Lo hacemos.

—Te guardé un asiento. —Me río y los ojos de Hinata escanean la biblioteca casi vacía.

—No es exactamente un centro de actividad, ¿verdad?

—No. Eso es lo que me gusta de esto.

—No te culpo. Está bien. —Con la mochila apoyada en la silla, la desabrocha y saca su computadora portátil. Cuaderno. Bolígrafo—. ¿Puedes creer que nunca he estado aquí?

—¿Encontraste bien el lugar?

—Sí. Para eso es el GPS. —Me guiña un ojo coquetamente, se quita el chaleco y lo cuelga en el respaldo de su silla.

—¿Usaste tu GPS para llegar hasta aquí?

—¿Nunca has usado el GPS para caminar?

—¿Eh, no?

—Oh hombre, mis amigos y yo lo hacemos todo el tiempo. Es la única forma en que podemos llegar a cualquier lugar por aquí. — Hinata duda. Pone una hebra errante detrás de su oreja, recogiendo su cabello y colocándolo sobre su hombro derecho en una cascada azulada.

Tan jodidamente bonita.

Se sienta, aclarando su garganta.

—¿En qué estás trabajando? ¿En calificar papeles?

Sacudo la cabeza.

—Lo hacía, pero ahora estoy editando mi artículo para la Unión Europea y la política exterior.

—Vaya. Eso suena... Suena...

—¿Aburrido como la mierda?

—Eso no es lo que iba a decir, en absoluto. —Se ríe, cubriéndose la boca con la palma de la mano para reprimir el sonido—. ¿Alguna vez puedes hacer la tarea en tus viajes en autobús?

—Podría, si mis compañeros me dejaran en paz.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno. —Dejo mi pluma—. Cuando regresamos a casa el fin de semana pasado, pasaron la mitad del viaje montando mi trasero, repartiendo consejos sobre citas y mierda.

Sus cejas se elevan, apretadas atractivamente en el puente de su adorable nariz.

—¿Consejos de citas? ¿Cómo cuáles?

—De los más malos, el peor tipo de consejo. Probablemente pensando que realmente lo tomaría y me vería como una estúpida mierda delante de ti. —Sus ojos se abren—. Lo siento, perdona mi francés.

Ella golpea mi brazo en mi juego de palabras.

—Lindo.

Me inclino.

—Capta esto: Me dijeron que cuando esté cerca de una chica, debería insultar a mis amigos para que sea gracioso.

—Eh...

—¿Cómo te sentirías si estuvieras en una cita y el chico pasara todo el tiempo escribiéndose con otras personas?

—Lo odiaría. —Su cabeza se inclina—. ¿Te dijeron que hicieras eso?

—Sí, así mi cita pensaría que era importante.

—Eso es... vaya. Ni siquiera sé qué decir. Eso es realmente un consejo de mierda.

—Lo sé.

—Ellos no… —Su voz se apaga—. Um, no te dijeron de cómo pedirle a una chica salir en una cita, ¿verdad?

—No. —Resoplé—. Gracias a Dios.

—¿Por qué? ¿No crees que lo necesites?

Cuando finalmente me tomo el tiempo para estudiar su reacción, me está mirando atentamente, con los ojos perlas brillando, con la boca puesta en una línea determinada. Esperando.

—No dije eso.

—Ya sabes —dice ella lentamente—. Si quieres practicar... siempre puedes pretender invitarme a salir.

Sus hombros se encogen de manera casual, despreocupada, pero el color alto de sus mejillas enrojecidas y sus ojos brillantes y llameantes cuentan otra historia.

—No sabría qué decir. —Lo que es cierto, no lo sabría, ni a ella ni a ninguna otra mujer, especialmente cuando me ponen en ese lugar.

—Inténtalo —me insta con una suave sonrisa—. No te morderé.

—Eh... —Miro al techo en busca de respuestas. En las estanterías. Al otro lado de la biblioteca en el mostrador.

Hinata emite una risita divertida.

—Vaya. Tal vez necesites ayuda. —Pausa—. Vamos, pídemelo.

—¿Sólo quieres que finja?

Hay una pausa larga.

—Por supuesto. Finge pedírmelo.

—Fingir.

Hinata asiente.

—Mmmhmmm.

Me recuesto en mi silla para estudiarla, la ligera inclinación hacia abajo de su boca rosada. Los ojos firmes que son un poco demasiado grandes. El rubor subiendo por su hermoso cuello hasta sus suaves mejillas.

—¿Quieres salir conmigo alguna vez?

—Ahí, ¿fue tan difícil? —susurra.

—Supongo que no.

Los labios de Hinata se separan, sonríen débilmente.

—Fácil.

—Entonces, ¿qué pasa?

Se sienta más recta en su silla. Se tira del cabello.

—Bueno, entonces me inclino así. —Se inclina, con los brazos cruzados sobre la mesa. Susurra—: Me quedaría sin aliento y mi corazón latiría con fuerza, y diría algo como: Me encantaría.

Jesús.

Transcurren unos momentos de silencio, el único sonido que suena es el reloj en la pared. Nuestra respiración. El sonido de mi corazón palpitando en mis oídos.

La baraja de papeles de la recepción.

—¿Naruto? —Su voz es apenas lo suficientemente alta para que pueda escucharla, apenas un suspiro.

— Hinata —digo en broma.

—¿Por qué no me has invitado a salir?

Más silencio lleno de tensión se extiende entre nosotros, la pregunta sopesa el aire.

Ni siquiera puede mirarme cuando la dice.

Mi cabeza da una sacudida.

—Es solo, que no puede ser lo que quisiste decir.

—¿Por qué no?

Me muevo en mi asiento incómodamente, sin saber qué decir. Quiero decir, no es que vaya a empezar a escupir el millón de maneras en que está fuera de mi liga. Cómo es hermosa y yo no. Como conjunto, no coincidimos.

Cómo tendría que ser un jodido tonto para invitar a una chica como ella a una cita, un jodido tonto delirante.

La miro desde el otro lado de la mesa. Rosados pómulos, pestañas entintadas. Piel clara y nariz perfecta. Tez cremosa. Brillante cabello de satén. Grandes pechos y cintura delgada.

Jesús, es...

Es como nada que haya visto nunca.

Y por alguna puta razón, parece pensar que soy algo. Quiere pasar tiempo conmigo. Llegar a conocerme.

Es…

Inquietante

Irreal.

—¿Hablas en serio?

—¿Por qué no lo haría?

Porque. Porque toda nuestra amistad comenzó como una broma, una estúpida broma en que mis idiotas compañeros de habitación y su prima nos metieron en el camino. Hinata no me habría enviado un mensaje de texto. Nunca hubiera coqueteado, sexteado. De lo contrario, nunca se habría acercado a mí durante esa fiesta.

Mierda, no puedo dejar de pelear conmigo mismo por eso. No puedo envolver mi cerebro alrededor de eso.

Si soy tan horrible, ¿por qué me besó en el porche?

Ella me besó.

Esa mierda simplemente no le pasa a tipos como yo. Nunca. Lo sé, y todos los demás también. Es una ley universal, y ¿quién soy para deshacerme de la fuerza gravitacional?

No estoy ciego, y ciertamente no soy tonto.

Levanto los ojos.

—¿Realmente quieres saber por qué no te he invitado a salir?

Hinata mira hacia la mesa, evitando mis ojos, simulando un repentino interés en su periódico en inglés, en la tapa de su bolígrafo, haciéndolo abrir y cerrar. Incluso con la cabeza inclinada, puedo ver sus mejillas sonrojadas, claramente desconcertada.

—¿Por qué no te he invitado a salir? —Dios, ¿qué diablos está mal conmigo? ¿Por qué lo sigo repitiendo? Soy peor que un maldito loro.

—Por favor, simplemente deja de decir eso —suplica, volviéndose de un tono más oscuro y poco halagüeño de color rosa.

—Simplemente no sé... ¿qué... está pasando? —En serio, ¿por qué estoy siendo tan desequilibrado? Es como si hubiera entrado en un universo paralelo, en un jodido episodio de The Twilight Zone.

Miro sus labios contraerse. Claramente nerviosa por mi mediocre respuesta, Hinata evita el contacto visual.

—No importa, Naruto. Solo déjalo.

— Hinata…

—Por favor, deja de hablar de eso. Olvida que dije algo.

Aprieto los labios. Luego:

—No me di cuenta de que querías que te invitara.

—Bueno, lo sabes ahora. —Me mira, confundida. Sus bonitas cejas se elevan—. He estado flirteando y enviándote mensajes durante semanas. Te lleve galletas. Te llamé para que me recogieras de un bar en medio de la noche. Te besé en mi porche.

Está respirando más fuerte ahora, molesta. Estrecha sus ojos perlas hacia mí.

—¿Qué pensaste que estaba haciendo todo este tiempo?

—No lo sé, Hinata. ¿Manteniéndome en la "zona amigable"? —¿Qué tan estúpido sueno? Levanto las manos—. Pensé que estudiaríamos. ¿Qué pensaste que estábamos haciendo?

—Pero te besé.

Cierto. Pero, desconfiando, pregunto:

—¿Fue por algún atrevimiento?

—¿Cómo puedes preguntarme eso? ¿Qué clase de chica crees que soy?

— Hinata… —Mi tono contiene una advertencia.

—Pensé que estabas esperando invitarme a salir hasta que fuera el momento adecuado —soltó, con las mejillas rojas—. No puedo creer que haya dicho eso. No invito a los chicos a salir, nunca le he pedido salir a un chico en mi vida y no empezaré contigo.

—No estoy tratando de molestarte, estoy tan confundido.

—¿Confundido? Impresionante. —La risa que sale de su garganta es casi maníaca. Ahora está lanzando sus manos al aire, derrotada—. Eso es simplemente increíble. ¿Podemos olvidar que toda esta humillante conversación tuvo lugar?

Eh, no es probable. Jamás.

Esta mierda se quedará quemada en mi cerebro por siempre.

—No lo creo. —Niego con la cabeza, un recordatorio de que probablemente debería cortarme el cabello antes de que no pueda ver. Ya es demasiado largo para el código del uniforme de lucha libre de Iowa—. ¿Podemos hablar sobre eso?

Jesucristo, ¿qué estoy diciendo?

Excepto que es la que niega. Recogiendo sus cosas. Apilando sus libros y cerrando su laptop.

—No. — Hinata apresuradamente mete todo en su mochila negra, cerrándola con un zumbido resonante. Enojada. Consciente de sí misma. Trastornada—. Estoy tan avergonzada. —Se levanta bruscamente—. Me voy.

Se pone su chaleco.

Levanta esa mochila de libros sobre sus delgados hombros y se despide con un asentimiento, con el mentón temblando, al borde de las lágrimas. Se aleja de mi mesa, tropezando con estanterías y publicaciones periódicas a lo largo del camino.

¡Ve tras ella, idiota!, grita la parte lógica de mi cerebro. Ve tras ella.

Pero nunca he sido rápido en la adopción de algo, y nunca he hecho llorar a una chica, no en toda mi puta vida. Entonces, me siento sobre mi trasero sorprendido, el reloj de la biblioteca marca segundo tras insoportable segundo.

Ella está en la entrada de la biblioteca antes de que mi cerebro alcance mi sentido común y me haga levantarme para seguirla, dejando toda mi mierda en la mesa. Corriendo hacia la puerta, la atravieso.

Empujo las pesadas puertas de vidrio, salgo al aire frío de la noche, miro a la izquierda, miro a la derecha.

Observo cómo marcha por el centro de la acera, hacia el campus, con sus botas de tacón haciendo clic en el pavimento. Con la cabeza inclinada.

Con los hombros encorvados.

Mierda.

—¡Hinata! —grito su nombre a través del aire fresco, las palabras una nube de vapor—. Mierda. ¡Hinata, para!

Ella hace una pausa para girar, su cabello se ilumina bajo las brillantes luces de la calle.

—Déjame en paz, Naruto. Por favor.

—¡Maldita sea, detente! —Mi larga zancada avanza los escalones de dos en dos hasta que estoy a medio camino por la acera—. ¿A dónde diablos crees que vas?

—¿Por qué te molestas en seguirme? ¿Qué podrías decir en este momento que me haga sentir menos tonta?

Mis manos suben, suplicando.

—Jesús. Hinata, ayuda a un chico. Dime qué está pasando aquí. Por favor.

—¡Bien! ¿Quieres que te lo explique? Me gustas. Solo para que quede claro lo que está pasando aquí.

Me muevo hacia atrás.

—¿Te gusto?

—¡Sí, idiota! —Sacude la cabeza—. Sí. Me gustas, ¿cómo es posible que no lo hayas descubierto ya?

Abro la boca. La cierro.

Creo que voy a enfermarme. Voy a vomitar aquí mismo, en la acera, frente al Ayuntamiento y la biblioteca. Nunca le he pedido a una chica salir en una cita, nunca, y no sé si puedo empezar ahora.

No a una como ésta. No una que se vea así.

He estado haciendo mi mejor esfuerzo para no juzgarla solo por su apariencia, pero ¿por qué diablos una chica como ella se interesaría en mí?

No tengo ni puta idea. Ni idea.

La sonrisa menguante que me dispara es triste; mi reacción a ella se adentró en lo profundo de mi pecho, con el corazón latiendo con tanta fuerza que puedo sentirlo en la boca de mi estómago.

Mierda, a Hinata maldita Hyuga le gusto.

Aun así…

—¿Quieres decir eso, o lo dices porque sientes pena por mí?

—¿Sentir pena por ti? — Hinata camina hacia mí, con un hermoso cabello temblando y atrapando las luces de arriba. Dios, es bonita, muy dulce y divertida y tan jodidamente fuera de mi liga—. ¿Por qué sentiría pena por ti?

Da un paso, luego otro, hasta que la miro, la parte superior de su cabeza se encuentra con la parte inferior de mi barbilla. Una luz cálida brilla a través de las ventanas, iluminando su piel de alabastro cuando levanta la cara.

Vacilante, levanto mis manos, sin saber dónde colocarlas, dónde me dejará ponerlas.

Me poso en sus brazos, mis palmas lo suficientemente grandes como para rodear sus bíceps, la tela de franela de su camisa suave debajo de mi áspera piel. Observo cómo sus fosas nasales se abren y sus pupilas se dilatan, sus ojos brillan.

—Lo siento, soy un maldito imbécil.

Ella se resiste bajo mi toque.

—Está bien. Lo entiendo.

—Vuelve dentro —murmuro, atrapando un extremo de su sedoso cabello y frotándolo entre mis dedos—. Vamos a recoger mis cosas y te llevaré a casa.

—Muy bien.

Un paso más arriba y está a mi lado, extendiéndose entre nosotros, deslizando su pequeña mano en la mía. Se siente delicada y pequeña, una contradicción con la mía. Le echo un vistazo a esas manos unidas, sabiendo que debo verme sorprendido, porque cuando ve mi cara, retira su mano.

—Lo siento.

—No, está bien. Simplemente no estoy...

—¿No estás acostumbrado?

Esa es la subestimación del maldito siglo.

—Esa es una forma de ponerlo.

—No quiero imponérteme. — Hinata frunce el ceño—. Quiero gustarte, no te dejes intimidar por eso.

Estamos en el vestíbulo del edificio ahora, entre las puertas principales y la entrada. Es viejo y oscuro y débilmente iluminado. Suelo de baldosas grises. Paredes de mármol negro. Pesadas puertas de acero que encierran todo el espacio.

Miro de nuevo hacia nuestras manos. A las puertas de entrada de acero.

Vacilo.

—¿Naruto?

No sé qué me pasa, pero de repente estoy soltando su mano y guiándola por las caderas hacia el frío mármol. No protesta. No cuestiona mis acciones.

Debajo del letrero de Biblioteca de la Comunidad, en el que aparece el nombre de todos los directores de bibliotecas que datan de cincuenta años, en brillantes letras doradas, pongo a la bella Hinata Hyuga contra la pared.

Ella está respirando con dificultad antes de que incluso baje la cabeza para inhalar el punto sensible debajo de su oreja, apartando su cabello a un lado. Es sedoso y brillante y huele jodidamente fantástico.

Agito el lóbulo de su oreja con la punta de mi lengua, preguntándome de dónde viene esta bravata.

Mientras mueve la cabeza hacia atrás, un jadeo escapa de los labios de Hinata.

Pongo mis labios en su cuello, queriendo chuparla desesperadamente.

Sujeto sus caderas con la punta de mis dedos y murmuro en su oído.

—Tu me rends fou pour quelques semaines. —Me has estado volviendo loco durante semanas.

—¿Qué estás diciendo? —pregunta con un suspiro, inclinando la cabeza, dándome acceso a la pálida columna de su cuello.

—J'ai peu de t'aimer. —Tengo miedo de dejar que me gustes. Detrás de un manto de ambigüedad, sabiendo que posiblemente no pueda entender, susurro las palabras que solo reservé para mí—. Je te veux tellement. —Te deseo tanto.

Mis manos suben por sus caderas, sujetándola a la fría pared negra, la oscuridad es mi aliada. Lo último que quiero que vea es la expresión de amor en mi cara. Los suplicantes ojos de cachorrito.

La verdad es que la deseo tan jodidamente tanto.

Quiero que me guste de maneras que no tienen nada que ver con la amistad.

Quiero…

Quiero besarla y tocarla y Dios, quiero tener sexo con ella.

Se lo digo con mi boca, dentro del vestíbulo de mármol, con el lento movimiento de mi lengua contra la de ella. Con el ligero rodar de mi pelvis.

Doblo las rodillas para que no tenga que estar de puntillas, me meto debajo de ella con mis manos y tomo su trasero en ellas, arrastrándola fácilmente hacia arriba.

Cuando sus pies abandonan el suelo, la presiono contra la pared para apoyarme, sofocando su grito de sorpresa con mi boca. Sus piernas me rodean por la cintura para sostenerse, pero no hay nada urgente en nuestros besos. Son perezosos, lentos y tentativos. Suaves.

Le salpico la mandíbula con mis labios.

Esto no es nada como ese beso incómodo en su porche delantero; puede ser dócil, pero altera la vida.

Hinata pasa su nariz por mi mandíbula. Lleva una mano a mi mejilla y me acaricia la cara.

—Hacerlo en la biblioteca es un sacrilegio.

—¿Cómo?

—No lo sé, simplemente lo es. —Se ríe. La pongo de pie, separando nuestros cuerpos de mala gana.

—Vamos. —Toma mi mano—. Salgamos de aquí.

.

.

Yo: ¿A qué hora tienes clase mañana?

Hinata : A las diez y quince. ¿Tú?

Yo: Tengo que estar en el campus alrededor de entonces. ¿Quieres que te busque por la mañana y caminemos juntos?

Hinata: Claro, me encantaría. ¿Quieres reunirte afuera en el primer bloque? ¿En la intersección de Dorset y Winona?

Yo: No. Iré a buscarte a tu casa. 9:45.

Hinata: Eso suena perfecto.

Continuará...