En cuanto atravesamos la línea de islotes, el mar empezó a picarse. Vi a Dulzagua dirigirse hacia las velas, a Pequeña Nutria tomar el timón y a Rivaverde volver a posicionarse en la proa. Lavina se acercó a mí y me hizo una señal.
– Vamos adentro – dijo –. Aquí solo vamos a estorbarles.
El mar se estaba picando a medida que el Viento Bueno se adentraba en él. Encendimos el farol de tormenta que colgaba del techo en la cabina común. La luz se balanceó y las sombras bailaron. Lavina se sentó en el suelo al otro lado de la pequeña mesa.
– Muy bien, Erisad, fuera máscaras. ¿Quién eres?
– ¿Qué te hace creer que soy algo más que lo que ves?
Dio un golpe en la mesa que me hizo saltar.
– ¡Como vuelvas a responder a una pregunta con otra pregunta, te atizo!
Tenía razón. Yo había exigido que pusiesen las cartas sobre la mesa, y lo natural era incluirme en el trato. De todas maneras, nada tenía que esconderles ya aunque mi instinto me instase a ello.
– Mi nombre es Erisad. Crecí en Muroalto y creo que nací allí. Fui aprendiz de legado para tratar de sobrevivir allí y ha sido una mierda. No hay más. Bueno, sí, la noche que escapé descubrí que podía saltar por las sombras. Y todavía siento la necesidad de tomar ursadicta de vez en cuando.
Lavina me miró fijamente.
– ¿Cuánta ursadicta has estado tomando?
– No tanta como me hubiese gustado… Ni la suficiente como para perder el dolor.
Lavina asintió.
– Eso me lo creo. Dime, ¿qué sabes hacer?
– ¿A qué te refieres?
– ¿Cómo demonios has sobrevivido a Theros Obsidia con tu cordura casi intacta?
Reflexioné unos momentos.
– Pasando desapercibida… Y teniendo un hogar al que volver. Cuando murió mi madre planeé mi huida, pero ahora veo que era más bien un intento de suicidio.
Lavina frunció el cejo en un gesto de simpatía.
– Lo siento.
– No te preocupes.
Negué sacudiendo las memorias, no quería recordar Theros Obsidia todavía.
– ¿Por qué queríais que viniese con vosotros hoy?
– Porque, hace unas horas, un agente de Tomas Baden nos informó de que era importante que partiésemos esta noche, y que debíamos llevarte también.
La información tardó unos instantes en posarse en mi mente.
– Espera… ¿Tomas Baden? ¿El legítimo rey de Puerto Baden y sus tierras está vivo? ¿Cómo sabéis que no es un impostor?
Lavina rió sarcásticamente.
– Porque trabajo para él.
– ¿Qué?
La miré como quien ve un puñetero unicornio.
– Mi nombre verdadero es Anabelle Duvan, última superviviente de mi familia. Leales servidores del verdadero rey de Puerto Baden. Vivo para arracar la piel a tiras a todos los traidores que nos arrojaron a un pozo y devolver el trono al rey legítimo.
Ahora entendía su rabia.
– ¿Eres descendiente de los antiguos linajes de Eren?
– Sí.
– Vaya… Imaginaba que seríais, no sé... Diferentes.
Me miró irritada.
– ¿Qué esperabas? ¿Que tuviese dos cabezas?
– No, esperaba cierto refinamiento.
Arrugó los ojos ofendida y luego empezó a reírse.
– Supongo que tienes razón. He crecido rodeada de chusma de puerto, algo así te marca. Lavina es solo una guerrera que acepta encargos. Pero la gente importante del puerto, aquellos en los que nadie se fija, saben quién soy yo y lo que soy capaz de hacer, y me mandan a donde debo ir.
– ¿Qué estabas haciendo en Muroalto una semana atrás?
– Matar a alguien – respondió secamente.
– Y, ¿a dónde te mandan ahora?
– No lo sé, lo saben lo gnomos. Pero, hay algo más…
– ¿Qué más?
Lavina entrecerró los ojos, su mirada fija en mí.
–Dijo unas palabras para que solo las oyese yo: que me asegurase de que subías a bordo, o encontrarían a la persona que escondes.
La miré sorprendida.
– ¿Cómo?
– ¿A quién estás escondiendo, Erisad?
– No estoy escondiendo a nadie.
Lavina me observó con toda la intensidad de su alma y pude notar que buscaba una mentira en mi expresión, pero pareció no encontrarla.
– ¿Entonces a qué venía eso?
– No tengo la menor idea. Tal vez se refieren a otra identidad mía, no lo sé.
– ¿Eres descendiente de algún linaje?
– Lo dudo mucho. Si lo soy, voy a sentirme muy sorprendida. Apuesto a que era una manera de referirse a mi capacidad de saltar por las sombras.
– O quizás era una metáfora sobre tu doble personalidad de víbora – comentó socarrona.
Me hizo gracia notar que trataba de devolverme el insulto previo.
– Uy, ¿conoces la palabra "metáfora"? ¡Qué sorpresa!
Lavina me dedicó una mirada torva y yo saqué pecho. Ella podía apalizarme físicamente, pero el combate verbal lo había ganado yo. Era el primer combate contra Lavina en el que yo vencía. Decidí rebajar la tensión y bajé el tono a uno conciliador.
– No escondo nada, Lavina, te doy mi palabra. Probablemente se referían a que soy una caminante sombría. Yo misma, no lo supe hasta hace unos días.
Nunca había sido tan sincera estando tan equivocada. Lavina asintió.
– Eso tiene sentido. Creo que tienes razón.
– Y ¿qué hay de los gnomos? ¿Qué son ellos? – pregunté.
– Ellos simplemente son gnomos. Transportan cosas por el río y el mar. Algunos tienen una afinidad especial con el agua. Pequeña Nutria y su tío, por ejemplo.
En ese momento se abrió la puerta y entraron los mencionados.
– Bueno, parece que el ambiente está mucho más relajado – comentó Rivaverde al vernos a las dos sentadas. Sobrino, ¿te importaría prepararnos algo?
– En seguida, tío.
Rivaverde no daba órdenes, hacía sugerencias que todos seguían a rajatabla, atentos a él. Tenía la capacidad de hacernos sentir en calma con su sola presencia. Su autoridad no era esa basada en la obediencia por miedo. Era un sentimiento de hogar.
Dulzagua, por el otro lado, parecía nerviosa. Se mantuvo en mitad de la sala, resopló un par de veces e hizo una pequeña danza de ansiedad sin moverse del lugar mirándome.
– Esto no está bien. Esto no está bien – dijo –. No podemos decirle, no puede saber… Solo un humano en el barco, dijiste, ahora son dos, y ella no es… es… ¡Viene de Theros Obsidia!
La gnoma parecía, de hecho, a punto de echarse a llorar por la angustia y la vi por un momento con otros ojos, sintiendo su temor y su bloqueo. Recordé un sentimiento similar pero no logré encontrar en la memoria que lo provocó.
– Dulzagua – dije –, ahora sois mi casa. No tengo nada más que el Viento Bueno y a vosotros. No quiero que me encuentren, no quiero que descubran que puedo saltar por las sombras. Si me entregáis os darán una recompensa, probablemente, y a saber qué harían conmigo. Yo también tengo miedo, pero escojo confiar en vosotros.
Me quedé pasmada al oír mis propias palabras. Era como si las hubiese pronunciado otra persona. Pero el sentimiento que las había inspirado era muy claro. Era ese momento en que todo está perdido y decides seguir a tu instinto, confiar en una desconocida y saltar a ciegas a través de la oscuridad de su mano. Pestañeé un par de veces tratando de volver al presente. ¿De dónde venía ese sentimiento que me había inspirado?
En el tiempo en que yo me recuperaba de la sorpresa ante mis propias palabras, Dulzagua se sentó delante de mí y suspiró.
– Vale. Escojo confiar también y, si me equivoco, nos equivocaremos juntas.
La gnoma parecía haber tomado una decisión porque siguió hablando.
– El Viento Bueno trabaja para Tomas Baden y para otros grupos que se oponen a las fuerzas de La Sombra. No sabemos los nombres, ni los detalles. Si uno de nosotros es capturado y torturado, no ha de ser capaz de dar muchos datos. Mi anterior barco fue hundido bajo sospecha de cooperadores con los rebeldes. No lo éramos. Y como yo ya había sufrido el castigo decidí entonces cometer la fechoría. Era una cuestión de… equilibrio. ¿sabes? Y me uní al Viento Bueno.
Rivaverde pasó un brazo sobre los hombros de la gnoma y la besó en la cabeza.
– Es un honor que nos escogieses, Dulzagua.
Ella se acurrucó contra Rivaverde y en su gesto pude notar el desgarro que tenía y lo joven que era.
Pequeña Nutria llegó en ese momento, y depositó una tetera humeante y un plato de galletas sobre la mesa.
– Mi tío y yo llevamos años navegando juntos. Dulzagua entró a formar parte de la tripulación hace un año, y Lavina nos ha usado como transporte tantas veces que es la cuarta miembro no oficial de la tripulación. No le preguntamos detalles de sus actividades, pero estamos ahí donde nos necesita cuando nos necesita.
Los gnomos y Lavina se sirvieron y les imité.
– Esto nos lleva a la siguiente cuestión – siguió Rivaverde una vez todos estuvimos servidos –. ¿Qué información nos han dado a cada uno?
Empezó Lavina.
– Estabas ahí. Nos dijeron que debíamos partir cuanto antes y llevarnos a toda la tripulación, incluyendo a la nueva.
Rivaverde asintió.
– Tenían prisa por vernos partir. Parece que el tiempo juega en nuestra contra. ¿Qué os dijeron a vosotros? – preguntó a Pequeña Nutria.
– El borracho vino a nuestra mesa. Dijo que teníamos que recoger a dos, que habían sido tres, pero uno murió.
– Tenemos que encontrar a dos personas – dijo Rivaverde –. ¿Os dio algún detalle sobre ellos?
– No recuerdo nada al respecto – dijo Pequeña Nutria.
La imagen de aquel borracho agitando las manos como un niño a los lados de su cabeza volvió a mi mente.
– También habló sobre una ciudad hecha de barcas y que nos vio allí – añadí.
– Ese lugar es Aguasrápidas – dijo Rivaverde –, en el río Eren.
Todos asintieron. Yo no supe a qué se refería. Dulzagua se volvió hacia mí y explicó:
– Es un punto del río Eren donde las familias gnomas nos reunimos. Las barcazas se atan entre sí y colocamos pasarelas. Se forman calles entre las barcas.
– Así que sabemos el sitio y sabemos cuántos – dijo Lavina – … Pero no sabemos ni quién ni cuándo.
– ¿Qué más pistas tenemos?
– El borracho me dijo que me gustaban los juncos – comentó Pequeña Nutria – Que buscase cosas por los juncos.
– A mí me dijo que me gustaban las canciones, y algo sobre una pared de piedra y recordar canciones.
Rivaverde reflexionó unos instantes.
– Tendremos que trabajar con lo que sabemos: el lugar y el tiempo. Aguasrápidas y cuanto antes.
Como si eso fuese una señal, Dulzagua se puso en pie y trajo hasta nosotros un mapa enrollado. Apartaron la comida y tazas de la mesa y lo desplegaron. La costa sur del mar de Peluria se reveló ante mí. Localicé Puerto Baden en la costa. Al Oeste se veía una línea dibujada en tierra y las palabras "La marca verde" y "Erethor". Rivaverde señaló nuestro destino en el mapa: Punta Eren, muchas millas al este de donde estábamos.
– Nos llevará una semana llegar a la desembocadura del río Eren, si no tenemos contratiempos. Una vez pasemos Punta Eren, remontaremos el río hasta Aguasrápidas. El punto crítico va a ser Punta Eren.
Pequeña Nutria nos miró a Lavina y a mí.
– Punta Eren es una plaza defensiva, y uno de los bastiones de La Sombra. Sus ejércitos se reúnen allí. Sospechan de cualquiera que no sea un gnomo en una barcaza gnoma, tendremos que esconderos. A menos que se os ocurra alguna otra manera de pasar.
– Quizás podemos desembarcar antes en la costa y … ¿caminar? – sugerí.
Rivaverde negó.
– Los acantilados se extienden por decenas de kilómetros en ambos sentidos y son demasiado escarpados. A menos que conozcáis una ruta, me parece poco factible.
Dulzagua propuso:
– Erisad podría hacerse pasar por una Legado y nosotros por su transporte.
Rivaverde entrecerró los ojos y me miró.
– ¿Qué opinas Erisad?
Pensé un poco en la opción. Quizás podía falsificar un sello de salvoconducto si me daban los materiales. Pero no tenía una túnica con la que vestirme a juego. Quizás no debería haberme deshecho de la mía. Había observado a los legados mucho tiempo, podía copiar sus maneras. Pero yo no era capaz de canalizar el poder del dios, ni aunque la vida me fuese en ello. Y las posibilidades de engañar disminuían cuanto más pudiesen compararme con un Legado auténtico. El material equivocado en el sello de viaje, una expresión fuera de lugar y podía suponer el fin.
– ¿Cuántos Legados hay en Punta Eren? ¿Cuántos pasan por allí?
Rivaverde sopesó.
– No puedo darte una cifra exacta, pero sí que hay un número considerable.
– Un pequeño desliz mío que puedan comparar con lo que conocen y fracasaremos. Si tenemos la posibilidad de escondernos, creo que es mejor no arriesgarnos.
Rivaverde asintió.
– Contrabando pues – dijo.
– Contrabando – sentenció Dulzagua.
