Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole.

Capítulo dieciocho

Jamás Enfades a una Pareja Despiadada

"Seguramente es más fácil confesar un asesinato con una taza de café, que frente a un jurado." ~Friedrich Dürrenmatt

EDWARD

—Eso es, idiota, ven más cerca. —Sonrió ella, mientras ojeaba al ciervo que se encontraba quieto a unos metros.

—Relaja tu brazo y respira —le dije, descansando mi cabeza a su lado.

—Mi brazo está relajado y tú respiras lo suficiente por los dos —contestó como la sabelotodo que es.

Alejándome de ella, puse los ojos en blanco.

—Bueno, entonces, adelante y mata a Bambi.

Soltó la flecha y, cómo lo pensaba, esta pasó cerca de la cabeza del ciervo, haciendo que salga corriendo con miedo. Ella lo observó desaparecer en el bosque con rabia silenciosa antes de volverse hacia mí. Dándome el arco y la flecha, sacó una pistola e intenté no reírme.

—¡Podría matarlo mucho más fácil con esto! —me gritó y fue tierno, especialmente porque sabía que yo no era la fuente de su rabia.

—Ese no es el punto. —Apunté el arco hacia el cielo, jalándolo hacia atrás y soltando la flecha. Atravesó el corazón de un pájaro. Bella simplemente puso los ojos en blanco, apuntando al cielo y disparando tres veces.

—Tres pájaros para mí, uno para ti. ¿Cuál era el punto? —Sonreí, mirando hacia… Mierda.

—Acabamos de matar ruiseñores. —Fruncí el ceño, arrodillándome para observar a los cuatro pájaros prácticamente destrozados en el suelo.

—Por favor, dime que estás bromeando. —Me fulminó con la mirada.

Sonriéndole una vez más, me puse de pie, soltando otra flecha hacia un árbol y viendo cómo otro hermoso pájaro caía muerto.

—Presumido —murmuró, guardando su arma.

—Encontré un arma que mi esposa no puede usar —bromeé mientras ella me miraba enojada—. Creo que lo presumiré todo lo que pueda.

—¡Soy cazadora de personas! ¿Quién caza personas con flechas? —me espetó y abrí mi boca para responderle, pero me calló con la mirada—. Si dices Flecha Verde te dispararé en la otra pierna —añadió, y todo lo que pude hacer fue sonreírle.

—Todas las personas son animales, amor. Se congelan si tienen miedo. Chillan de dolor mientras mueren. Un cazador es un cazador y si puedes matar un ciervo, puedes matar una persona. Así de simple —respondí—. Además, no iba a decir Flecha Verde. Iba a decir Ojo de Halcón.

Sus ojos se ensancharon y se apartó de mí, volviendo hacia el campamento. No fue difícil alcanzarla.

—Eres tan infantil —dijo con desprecio, pero podía ver una pequeña sonrisa en sus labios.

—Si, sí. —Sonreí, tomando su mano y tirándola hacia mí. Ella observó su mano y luego a mí. Sabía que estaba algo incómoda, pero no la quitó.

—¿Qué? ¿No me vas a pedir que sea seria?

—Quizás si estuviéramos en los años cincuenta. —Reí, pero me puso a pensar—. ¿Has estado en una cita antes? —Se detuvo, haciendo que también me detenga.

—No tengo citas, y más vale que no intentes nada romántico conmigo tampoco.

—A las chicas les gusta las cosas románticas. —Sonreí. Ella siempre me hace sonreír y no estaba seguro si podía escondérselo a ella o al mundo.

—Yo no soy una chica. Soy Bella —respondió como si no supiera la diferencia ya.

—Podemos llegar a un acuerdo —dije, apoyándome contra uno de los árboles.

Ella se cruzó de brazos y se enderezó.

—O podría dispararte.

—La violencia no es la respuesta, amor… Bueno, la violencia contra mí —contesté, pensando rápido—. Podemos tener citas privadas. Tú y yo en nuestro cuarto, dónde sólo yo puedo verte ser amable.

Antes que pudiera hablar, la atraje hacia mí y la presioné contra el árbol, besándola despiadadamente, solo para separarnos rápidamente.

—En ocasiones especiales, podemos volver a matar estando en pijamas. Podemos ver cómo se desangran y queman, tomar vino y tenernos el uno al otro una y otra vez. Después de todo, somos cazadores de personas —susurré contra sus labios.

Me besó, presionando todo su cuerpo contra el mío y se apartó con una sonrisa.

—Eso es romántico. Pero si quieres hacerlo en grande a veces, podemos matar a alguien con nuestras manos y mirar como la luz desaparece de sus ojos.

Sus palabras me pusieron tan duro que la levanté y la presioné contra el árbol. Dios, amo a mi esposa.

—Señor, Señora —llamó una voz detrás nuestro y justo allí y entonces, quería romperle el cuello. La oscuridad en los ojos de Bella me dijo que también lo quería muerto.

Apartándose de mí, se giró hacia Jacob, que se encontraba de espaldas.

—¿QUE? —espeté. No se dio vuelta.

—El avión ha sido cargado y está listo para partir. Ninguno de sus teléfonos funcionaba, pero su padre, señor, ha intentado contactarse. El inspector va a dar un discurso a la prensa sobre las bombas en una hora. Además, fueron a la casa esta mañana.

¿Ese hijo de puta volvió a mi casa otra vez? ¡Está pidiendo morir!

—¿Están listos los hombres? —preguntó Bella, ajustándose la ropa, pero no lo necesitaba; ella siempre lucía igual: hermosa, letal, y follable.

—Si, señora. Seth y todos los demás condujeron a casa anoche —respondió rápidamente. Definitivamente estaba más asustado de Bella que de mí. Iba a tener que balancear eso.

—Déjanos —demandé y se fue. Volviéndome hacia mi esposa, intenté respirar con calma, pero solo quería a ese idiota muerto.

—Lo voy a matar —le dije—. Voy a encontrar…

—No va a funcionar. Tienes que quebrarlo. —Suspiró, poniéndose frente a mi—. Matarlo es solo la mitad de la batalla. Se está volviendo un modelo a seguir en la fuerza. Se está volviendo un héroe. Va a dar un discurso inspirador e intentar restaurar la esperanza. Es tiempo que hagamos lo que le prometimos que haríamos si no se echaba atrás.

—Haremos sangrar Chicago —terminé por ella y ella asintió.

—Cuando el crimen está en el gueto, a nadie le importa. Cuando el crimen llega a los suburbios, la gente reclama a sus agentes de policía…

—Comienzan a desconfiar de ellos. Cuando lo hagan, daremos un paso adelante y les recordaremos por que aman a los Cullen. —Sonreí.

—Haré que Jasper y Seth hackeen sus archivos y que encuentren a los policías que tengan familia. —Sonrió, pero no era suficiente. Quería que la ciudad y el estado llore en agonía.

—No solo a la policía, —añadí mientras volvíamos al campamento—. Quiero los nombres de cada juez, político, y empresario que no soporte a nuestra familia. Te pones en contra, hacemos desaparecerte a ti y cada persona que te haya conocido.

Iba a correr sangre… demasiada.

BELLA

"Ciudadanos de Chicago, vengo a ustedes porque sé que están asustados. Soy de Chicago; conozco cada rincón de esta ciudad y sé que podemos volver a la gloria. Si ven algo, los protegeremos si vienen a nosotros. Es momento de recuperar nuestra ciudad de aquellos que creen que nos hemos dado por vencidos. De aquellos que piensan que vamos a permitirles que…"

—Su voz hace que me quiera pegar un tiro —gruñí hacia el asiento del avión, silenciando la computadora frente a nosotros—. Tal vez deberíamos matarlo ahora. ¿No tenemos francotiradores en el área?

Edward sonrió, tomándose mi vino mientras se relajaba.

—Tú y yo sabemos que eso sería una mala idea. Mañana comienza el reinado del terror, solo aguanta doce horas más.

Suspirando, miré hacia la pantalla dónde el idiota seguía hablando.

—¿En serio cree que alguien va a hablar? —pregunté, más para mí misma que para los demás.

—Deberían ser idiotas —señaló Edward mientras bebía. Sin embargo, Jacob se puso de pie y colocó otro documento frente a nosotros.

—¿Qué es esto? —pregunté, pero al momento que lo abrí, una sonrisa apareció en mi rostro mientras se lo mostraba a Edward, esperando su reacción.

—Por Dios, ¿tú hiciste esto en la iglesia? —Se rio, tomando la foto del hospital de Tanya. Simplemente debería haberla matado.

—Me fue dicho que la viste en el desayuno —establecí, y él levantó la vista hacia mí, sorprendido, antes de volverse hacia Jacob.

Rechinó los dientes mientras lanzaba la foto a la mesa.

—Hiciste que me siguieran —siseó.

—Esa mañana estabas siendo un idiota. —Hice una pausa, tomando el brandy—. Hice que te siguieran a ti y tu exnov…

—Ella era una zorra que follaba en el pasado, no mi exnovia —escupió.

Acercándome, me aseguré que me viera a los ojos.

—No me arrepiento, ni un poquito. Y no me importa quién era. Ella quería ser parte de tu futuro y me aseguré que supiera lo que pasaría si volvía a cruzar la raya.

Su nariz se dilató, pero simplemente fulminó con la mirada a Jacob.

—¿Por qué nos muestras esto?

—La señorita Denali hizo una denuncia policial, declarando, señora, que fue usted la que la atacó. Sam espera sus direcciones —respondió Jacob, pero antes que yo pudiera hablar, Edward me interrumpió.

—Mátala —demandó—. Le advertí cuando intentó emboscarme antes.

—Eso se vería mal. —Suspiré porque realmente quería muerta a esa perra—. Si fuera asesinada, sería muy obvio. Tiene familia; se van a dar cuenta y son demasiados cabos sueltos para una zorra.

Solo que no sabía qué hacer con ella.

Edward se pinchó el puente de la nariz antes de volver a levantar la foto.

—Nariz y mandíbula rota, raspaduras en la frente, con una pequeña cantidad de lejía en sus pulmones. ¿Lejía en sus pulmones? —Edward levantó la vista hacia mí.

Me encogí de hombros.

—Debe ser la lejía del inodoro al cual metí su cabeza.

Intentó no sonreír, pero podía ver sus labios temblar. Sacudiendo su cabeza, volvió a dejar el documento.

—Noventa por ciento de esas heridas podrían ser autoinfligidas. Después de todo, tiene un historial de actos violentos y acosadores debido a celos —dijo, seriamente, mirando hacia Jasper, que lucía mucho mejor que al principio de la semana. Tuvo suerte que solo usé una navaja pequeña—. Jasper, asegúrate que en el historial de Tanya Denali aparezca mentalmente inestable. Jacob, haz que Sam la declare demente, así también como el doctor al que vio. Págale bien para asegurar que demande que necesita ayuda y para el fin de semana, asegúrate que esté en West Ridge.

—West Ridge es el peor hospital mental del estado, quizás del país. —Sonreí. Si Tanya no estaba loca ahora, lo estaría.

—Lo sé, podemos matarla una vez que se tranquilice todo. —Puedo vivir con eso.

—Como dije, romántico. Odio a las rubias. —Me reí junto con él; sin embargo, me detuve cuando escuché una risita burlona.

—Pobre Rose. —Edward se giró hacia Emmett. Ni me molesté en mirarlo.

—Me importa un carajo —respondí, mirando hacia la ventana—. Debería estar feliz que fui buena con él.

Edward negó con la cabeza.

—Rompiste su nariz, algo en lo que empiezo a ver que eres buena, y casi lo asfixias, para después electrocutarlo.

—¿Lo estás defendiendo? Fui peor con Jasper y ni siquiera te disparó —declaré. Se encontraba demasiado calmado con esto y me hacía enfadar.

—Segundo eso —murmuró Jasper, lo suficientemente alto para que lo escuchemos.

Edward puso los ojos en blanco.

—Vamos a entrar en guerra, ¿recuerdas? Después de mañana, se desatará el infierno. Somos una familia y necesitamos asegurarnos que nuestra mierda personal este bien. Además, apuñalaste a Jasper con una navaja del tamaño de un puñal.

—¿En serio estamos debatiendo el tipo de arma usada para apuñalarme en el pecho? —preguntó Jasper lentamente, y fue mi turno de poner los ojos en blanco.

—Ni siquiera fue tu pecho; era más cerca de tu clavícula. Lo peor que ibas a necesitar eran puntos, enorme bebé —añadí y Emmett se rio hasta que lo fulminé con la mirada—. Tengo un cuchillo más grande para ti —espeté.

—Si Emmett alguna vez dispara cerca de mi otra vez, le arrancaré la cabeza y la colgaré en la puta pared. —Parecía decirlo en serio, pero no estaba segura.

—Igual seguiré odiándolo —respondí, bebiendo.

—Parece que no soy el único romántico. —Sonrió, pero fue interrumpido por el teléfono. Emmett lo contestó rápidamente antes de dárselo a Edward—. Padre. —Suspirando, Edward lo puso en altavoz antes de sentarse en la mesa—. Padre, ¿a qué se debe esta llamada? —preguntó Edward, enderezándose. No entendía por qué los hombres sentían la necesidad de probarse frente a sus padres.

—Edward, Isabella, estoy seguro que han pausado un momento de sus apretadas agendas para mirar las noticias. El inspector está siendo un problema. —La voz de Carlisle sonaba dura, como si intentara controlar su ira.

—Si…

—Lo estamos manejando, Carlisle. ¿Es esa la razón por la que llamaste? —interrumpí a Edward antes que quedara como un idiota. Me miró a los ojos, como si hubiera perdido la cabeza.

No hubo respuesta al principio, solo un suspiro profundo. ¿Acaso molesté a Carlisle? Qué mal.

—Esme recibió una invitación para una boda aquí en Chicago de un tal Victoria Rozhkov y James Volturi —siseó al teléfono.

Edward entrecerró los ojos mientras nos mirábamos. Asintiendo, tomó aire profundo.

—Vamos a asistir. Si eso es todo, padre, debemos cortar —respondió Edward, terminando la llamada antes que pudiera contestar.

Levantándonos de nuestros asientos, nos dirigimos hacia el cuarto al fondo del jet. Ni bien se cerró la puerta, comencé a hablar.

—Tú eres el Ceann Na Conairte de la familia, no tu maldito padre. No te enderezas por él. No le das toda tu atención. Y por supuesto que no respondes sus preguntas como si siguieras siendo el segundo al mando. La única persona que obtiene ese respeto soy yo. Eres un líder, así que lidera. Compartes información con el cuándo se te antoja. No cuando llama y exige. Puede que seas su hijo, pero no eres un niño. Eres Ceann Na Coairte; yo soy la Capo, incluso para nuestros padres. Si vuelves a avergonzarme o avergonzarte así, te arrancaré la garganta. —Una vez que terminé, salí del cuarto, dejándolo allí asombrado.

EDWARD

Tiene razón. Ese fue el primer pensamiento que pasó por mi cabeza cuando se fue. Yo era el Ceann Na Conairte, no mi padre. Lo había visto de esa manera por tanto tiempo que era casi por instinto mostrarle ese respeto. Bajando del avión, Bella se encontraba frente a Alice.

—¿Qué mierda le pasó a mi esposa? —preguntó Jasper detrás de mí.

—¿Qué le pasó a su cabello? —preguntó Emmett, mirando a la chica de cabello corto, estilo hada, frente a Bella.

Sin responderles, caminé hacia mi esposa solo para ser sorprendido.

¿Esa es la patito feo? Angela se encontraba al lado de Alice, su cabello que antes era un enredo ahora estaba peinado, sus lentes se habían ido, y su rostro estaba cubierto con un poco de maquillaje. No era hermosa, pero ya no se merecía el título de patito feo.

—Angela, viaja con nosotros —fue todo lo que dijo Bella cuando llegué a ella—. A, hablaremos luego.

Una vez que llegamos al coche, el conductor abrió la puerta para los dos mientras que Angela tomó asiento al frente.

—¿Supongo que tienes algo que ver con esto? —pregunté una vez que estábamos de camino a casa.

—Ella vino a mí. Le pedí a Angela que hiciera lo que pudiera —respondió, para nada preocupada sobre cómo iba a salir esto. Jasper… bueno, Jasper no podría hacer nada y probablemente es por eso que no le preocupaba.

Suspirando, me volví hacia la mujer del frente.

—Bueno, ¿qué pudo hacer mi cuñada?

—Fue difícil el primer día. Estaba frustrada consigo misma y el mundo al segundo. Al tercer día, vomitó la mitad de su peso y el resto de la semana aprendió lo básico. Va a necesitas más práctica, pero se está acostumbrando a tener encima una navaja. La señora Cullen tenía razón sobre la pistola; ella la probó y casi se vuela la mano. —Podía escuchar diversión en su voz, pero en mi mente no podía imaginar a Alice haciendo esas cosas.

—¿Y su cabello? —le preguntó Bella.

—Se dejó llevar un poco con lo de ser una guerrera. Había demandado escuchar Rocky una de las mañanas. Luego de noche, quería escuchar Eye of the Tiger repetidamente. Es… La señora Cullen lo encontró apropiado —comentó Angela.

Bella se enderezó.

—¿Pensé que te dije que lo mantuvieras discreto?

—Lo intenté, señora. El segundo y tercer día fueron difíciles para Alice y estaba tan adolorida que no pudo esconderlo en la cena. Car… El señor y la señora Cullen creen que solo era defensa personal. Rosalie Cullen intentó decírselo a Emmett, así que bloqueé su teléfono, señora. —Bella frunció el ceño, pero asintió, incluso cuando nadie podía verla además de mí.

—Eso veo. —Fruncí el ceño. La cena iba a ser interesante.

—No hay nada de qué preocuparse; tenemos cosas más grandes en nuestro plato, como Victoria y James —siseó Bella sus nombres como si fueran veneno.

—Es por eso que creo que debemos planear un pequeño viaje a Italia. —Sonreí mientras ella ponía los ojos en blanco.

—Edward, no podemos robarle los autos a Aro ahora. Probablemente sea lo último en nuestra lista. —No lo entendía.

—Nosotros no tendríamos que ir, sino nuestros hombres. Después de todo, que mejor momento para destruir autos y quizás una casa o dos mientras que todos celebran una boda. —No lo verían venir.

Sonrió.

—Guerra de gorilas.

—Exacto.

—Angela, ¿cuándo es la boda? —preguntó Bella.

—En tres semanas, señora —respondió rápidamente, tendiéndole una invitación a Bella y a mí. Ella se la quedó viendo con tanto disgusto como yo. Dejándola caer al suelo, se volvió hacia mí—. ¿Estás seguro que no te importa no poder destruir tú mismo las cosas de Aro? —Me sonrió.

Era la única desventaja.

—Si, pero ver el rostro de Aro durante la boda mientras recibe esa llamada, seguro lo compensará. —No sería capaz de demostrar tanta ira públicamente. En cambio, tendrá que aceptarlo por el culo y solo sonreír.

Ella negó con la cabeza hacia mí y observó la ciudad. Miré sus ojos y deseé más que nada poder leerle la mente. Se volvió hacia mí con una sonrisa que quise quitársela a besos.

—Mi padre me dijo que el mundo quería una Kate Middleton o una primera dama, alguien que bese bebés y escriba cheques gordos a tu nombre —dijo lentamente, pero seguía sin entender.

»—Si. —Sonrió, volviendo a mirar afuera—. Para todos los hombres y mujeres de la Policía de Chicago que fueron lastimados en esos terribles incendios. Después de todo, ¿cómo van a poder pagar esas cuentas? Creo que incluso debería entregarlo en persona. Apuesto a que nuestro querido Superintendente y Comisario, el oficial Patterson, estará allí para consolar a las familias.

Querido Dios, amo a mi esposa.

—Llévanos al hospital San John. —Sonreí con ella, tomando mi chequera de mi saco.

—¿Debería hacerlo rico u ofensivamente rico? —pregunté, pensando en cuantos ceros colocar.

—Ofensivamente ricos, por supuesto. Algo que sólo un Cullen pueda hacer. —Miró a Angela—. Angela, ¿qué tan rápido puedes filtrarlo a los medios?

—Diez minutos. Si quiere cambiarse, traje ropa. Está en el fondo —contestó, llamando ya.

¿Tiene ropa de repuesto?

Bella asintió, quitándose el cinturón de seguridad mientras se movía hacia el fondo.

—¿En serio? No muy de primera dama. —Sonreí, girándome hacia ella.

—Cierra la puta boca, idiota irlandés, y mantén tus ojos al frente. —Me fulminó con la mirada.

—¿Por qué? Ya he visto todo antes. —Nunca fue tímida antes.

Sonrió maléficamente.

—No queremos que el conductor mire algo, ¿o no?

Entrecerré los ojos hacia el hombre detrás del volante. Ante sus palabras, este se tensó. Ella sabía que lo iba a mirar como un halcón, lo que me impediría observarla.

Voy a tener que hacérselo pagar esta noche.

BELLA

—La Policía de Chicago es importante para esta ciudad. Mi esposo y yo no queremos que nuestros hombres y mujeres uniformados se preocupen de los gastos médicos o de sus sustentos para protegernos. Es con honor que presento este cheque de diecinueve millones de dólares para nuestro superintendente y el comisario, Oficial Patterson. —Sonreí hacia las cámaras que se encuentran en el ala de emergencias del hospital San John.

El oficial Patterson me fulminó con una mirada llena de furia y asco, pero aceptó el dinero.

—Muchas gracias, Sra. Cullen —dijo con desdén—. Estoy seguro que esto ayudará demasiado a las familias que han perdido seres queridos y a aquellos heridos.

Edward sonrió a mi lado.

—Es una terrible tragedia, esas viejas fábricas deberían ser chequeadas. ¿No son conocidas por sus crímenes? ¿La policía está investigando esto?

El oficial Patterson abrió su boca, pero los reporteros escucharon las preguntas de Edward y comenzaron a interrogarlo.

—Inspector Patterson, ¿es esto una de las cosas que planea arreglar en Chicago?

—Oficial, ¿va a haber una investigación?

—¿Es verdad que su casa también fue destruida?

—Se dice que esto fue un ataque terrorista.

—¿Esto tiene que ver con su investigación del vuelo 735?

Eso llamó mi atención, y la de Edward, pues tensó su mandíbula.

—Damas y caballeros, esto es un hospital y no queremos molestar a algún paciente que necesite atención medica —les dijo el Comisario Patterson tan educadamente como pudo.

Una doctora se acercó mientras los periodistas se alejaban. Lucía deslumbrada mientras miraba a Edward a los ojos.

¿Podía seguir siendo doctora si le cortaba las manos?

—Señor Cullen, soy la Dra. Amy Lewis, muchas gracias por la donación. Su familia ha sido muy generosa con los pacientes de este hospital, así como del staff. Sería un honor darle un recorrido. Estoy segura que a las víctimas de este accidente estarán encantados de conocerlo —dijo con entusiasmo mientras yo intentaba no vomitar en mi boca.

—No creo que sea una buena idea —anunció Patterson, haciendo que todo el staff lo mirara como si estuviera loco… seguramente porque lo estaba—. Han sido unos días llenos de emoción. Puede que necesiten descansar —añadió.

—Le aseguro que estarán bien —respondió la Dra. Lewis, pero solo porque quería pasar más tiempo con mi esposo.

Colocándome frente a Edward, sonreí como si estuviera en un comercial de pasta dental.

—Por supuesto que nos encantaría conocerlos. Cariño, ¿tienes tiempo?

Edward sonrió con satisfacción, alzando una ceja hacia mí.

—Para lo que quieras, mi amor.

La Dra. Lewis lucía como si hubiera tenido un orgasmo ante el sonido de su voz. Me pregunto si puedo aplastarle la cabeza.

—¿A dónde vamos primero? —pregunté, intentando no poner los ojos en blanco.

Se sorprendió ante mi voz, como si hubiera olvidado que seguía allí. Sentí mi mano moverse hacia la parte trasera de mis pantalones y hacia mi navaja, cuando Edward me agarró, llevándome hacia sus brazos.

—Contrólate, amor —siseó en mi oído.

Tomando aire profundo, la seguimos a la perra estúpida mientras nos dirigía hacia otra parte del hospital.

—Esta es nuestra unidad de quemados, dónde muchos oficiales han sido alojados —comentó, moviéndose por el pasillo como si estuviéramos en un zoológico.

No estaba segura de qué fue lo que me hizo detenerme frente uno de los cuartos de los oficiales, quizás eran las flores, las cartas, y los globos. O quizás era la pequeña niña que estaba sentada en el regazo de su madre, riéndose con su padre quemado que lo hizo. La mayoría de su piel estaba quemada o ausente.

Cuando entramos, la familia se detuvo y nos miró.

—Oficial Pope, estos son el señor y señora Cullen. Hace unos instantes, ellos pagaron todos sus gastos —anunció felizmente la idiota Dra. Amy.

La mujer sentada rompió en llanto antes de correr y darme un abrazo… yo no era de las que abrazan. Sin embargo, no podía ser yo misma.

—Muchísimas gracias. No tienen idea lo mucho que esto significa para mi familia —Lloró, dando un paso hacia atrás para acomodarse y tomar en brazos a su hija.

—Lo que sea para ayudar. No puedo imaginar la vida que vives —digo suavemente—. Siempre preocupándote si tu marido saldrá herido, o peor. Es lo menos que podemos hacer.

—Gracias. En serio, gracias. —Se secó el rostro, volviéndose hacia su hija—. Dile gracias a la señora Cullen, cariño.

La pequeña niña se escondió detrás de su cabello.

—Gracias.

—Vayamos a contarle al abuelo las buenas noticias —contestó, volviéndose para mirar a su marido por un momento, que asintió lentamente.

—Allí esta esa primera dama —susurró Edward, besando la parte trasera de mi cabeza.

—Sr. y Sra. Cullen —llamó la Dr. Amy, la zorra.

—Edward, me voy a quedar —le dije. Él me observó raro antes de salir con el resto de ellos. Caminando hacia la cafetera, me serví una taza antes de tomar asiento.

El oficial Pope solo me fulminó con la mirada y supe que tenía idea de lo que éramos en realidad, debajo de la máscara pública.

—No tengo idea de por qué las personas eligen ser oficiales de policía. —Fruncí el ceño, observando su piel quemada; la mitad de su rostro básicamente se estaba derritiendo.

—Alguien tiene que quitar gente como ustedes. —Luchó para decir.

Alzando una ceja, sonreí.

—Eso nunca va a pasar, y si fuera así, no serías tú. He visto mejores bifes asados.

—Podría tener un micrófono —siseó y puse los ojos en blanco, acercándome para presionar sobre su piel vendada. Gimió de dolor suavemente.

—No tienes un micrófono, y si así lo fuera, tengo un interruptor de frecuencias. Si eso no funcionara, entonces secuestraria a tu familia hasta que confieses que falsificaste evidencia para arrestarme falsamente. —No era una idiota y después de todo, estábamos en un hospital lleno de policías.

Estrechó sus ojos.

—¿No te da vergüenza? ¿No sientes culpa? ¿O solo eres una víbora sin sentimientos? Tus drogas matan a decenas de personas por semana solo en esta ciudad. Dios sabe a cuantas personas en el país, solo para ganar plata. Están todos enfermos. ¿Cómo duermen por la noche personas como tú?

—¿A quién perdiste? —le pregunté, tomando un trago de mi café. Sus palabras no me molestaban.

—No te importa un carajo —espetó.

—No, para nada. —Sonreí—. Verás, me culpas por algo que no es mi culpa. ¿Le culpas al barman por dale un trago a alguien? No, porque solo suministra una demanda. Nadie obliga a que alguien haga algo o tome algo. El que haya muerto, es culpa suya y de su familia. Deberían haberse cuidado mejor. Su familia debería haberlos apoyado. En cambio, buscas a alguien a quien culpar.

—Debes estar jodida de la cabeza para pensar así. No hay justificación para lo que ustedes hacen —espetó, apartando su mirada—. Y encima nos insultas al pretender que son buenos católicos. No te importa Dios. Ni creo que creas en él.

—Si lo hago. Me importa Dios y creo en él. Sin embargo, se por qué fui creada. Dios me necesita. ¿Qué pasaría si no hubiera personas como yo? Si el mundo fuera perfecto, si todo fuese como desearías que fuera, entonces, ¿para que rezan? Dios me necesita porque sin nosotros, se olvidarían de él. Él está de mi lado, no del tuyo.

—Ya veremos eso. El comisario tiene su vista fija en todos ustedes. No va a descansar hasta que estén en la cárcel —me gritó… o al menos eso intentó.

—Entonces le arrancaré los ojos y lo mataré. Deberías agradecerle a Dios que estás aquí porque después de mañana, Chicago jamás será la misma. Puedes decirle al comisario que dije eso —respondí, dejando la taza con la marca de mi labial antes de irme.

—Por cierto, duermo perfectamente de noche, gracias a los hilos de las sábanas. —Sonreí una vez más antes de irme.

Chicago ardería y sabrán que fue su culpa. Una vez que el humo se vaya y el polvo se pose, vamos a reconstruir. Pero, esta puta ciudad sería nuestra. Acercándome a un rincón, hice una llamada.

—Pon al oficial Pope y su familia en la lista —demandé.

—Si, señora.