CAPITULO 17

ISABELLA

«Es demasiado… Odio que este hombre haya empezado a gustarme de verdad…».

Al doctor Cullen le llevó algunas semanas echar a perder todos mis recuerdos de lo que me había hecho en la sala de exploraciones, así como todas las demás cosas que había hecho por mí. Las escenas en las que me arrancaba un orgasmo tras otro con solo la lengua se borraron por la forma en que entró en el trabajo durante los dos últimos días de la semana.

Se convirtió de nuevo en un psicópata desquiciado y me trató terriblemente mal sin ninguna razón. Me encontré de nuevo la división del despacho formando dos espacios separados, las estanterías estaban una vez más en mi lado, llenas de archivos, y cuando le pregunté por qué había vuelto a esa situación, simplemente me ignoró.

Mientras él hablaba por teléfono con lo que parecía un paciente cabreado, abrí la página web del Manhattan Medical e inicié sesión en la intranet de empleados. Allí encontré la nota interna que Shannon me había enviado por correo electrónico y me di cuenta de que probablemente el destino trataba de enviarme un mensaje. Mi amiga me había reenviado un comunicado de Recursos Humanos en el que se revelaba que dos residentes habían sido despedidos el mes anterior por imprudencia temeraria, y el hospital estaba buscando gente para reemplazarlos lo más rápidamente posible, sin demasiada fanfarria y sin llamar la atención.

Abrí el cajón y saqué el currículum, esperando que por milagro me aceptaran de nuevo. Y si no era así, enviaría el currículum a otros lugares o esperaría que surgiera alguna opción de transferencia antes del inicio del nuevo semestre. Estar encantada con el Centro Médico Avanzado Park Avenue —dejando a un lado los días de locura— no era suficiente para soportar el impredecible comportamiento frío y caliente del doctor Cullen. Tuviera una lengua asombrosa o no.

—¿Doctora Swan? —me llamó una vez que colgó el teléfono—. ¿Doctora Swan?

Saqué el móvil y le envié un correo electrónico.

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Asunto: ¿Sí?

¿En qué puedo ayudarle hoy, doctor Jekyll/mister Hyde?

Doctora Swan

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Suspiró, se levantó de su mesa y se acercó a la mía.

—No vamos a volver a pasar por esa mierda de los correos electrónicos.

—¿No? —Escribí en el buscador «universidad de Maryland» y entré en la sección de educación—. Ya te he dicho con anterioridad que no puedes tratarme así, y lo has hecho de nuevo, y sin ninguna razón.

—Hay una razón —dijo en tono tenso—. Una razón muy buena.

—¿Cuál es? —Dejé de escribir y lo miré—. ¿Qué es lo que puede llevarte a pensar que puedes hacerme gritar tu nombre en la sala de exploraciones y luego, sin ningún motivo, tratarme como si estuviera por debajo de ti al día siguiente?

—Ya te lo he explicado: técnicamente jamás te tendría debajo de mí —dijo, yendo hacia detrás de mi escritorio—. Y, para ser sincero, el razonamiento es… —Echó un vistazo a mi pantalla y contuvo el aliento cuando las palabras «Gracias por completar la primera parte de la solicitud para realizar una residencia médica» aparecieron en negrita en mi pantalla.

—¿Estás solicitando que te acepten en otros centros mientras estás aquí? —Parecía cabreado, pero también había un tono de dolor en su voz—. ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto a mis espaldas?

—He empezado justo hoy, cuando has empezado a comportarte de nuevo como un gilipollas condescendiente. —Apreté los dientes.

—¿Estás segura de que solo lo has hecho hoy?

No tuve la oportunidad de responderle antes de que un nuevo correo electrónico enviado por Shannon apareciera en mi pantalla, y supe que no iba a poder evitar que él lo viera de ninguna manera.

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Asunto: ¡Emergencia! (¿Es ahora? Risas)

¿Debo llamar a su despacho ahora mismo para que puedas decirle al médico sexy que hay una emergencia que tienes que atender o es dentro de una hora?

No me acuerdo…

Comunícamelo cuanto antes…

Shan-Shan

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—Así que eres una mentirosa, ¿verdad? —El doctor Cullen apretó los dientes.

—Mejor que ser un psicópata que no sabe cómo tratar a la residente más inteligente que haya tenido.

—También eres la residente más sexy que he tenido, Isabella. —Cerró la brecha entre nosotros—. Y ese es un maldito problema.

—¿Mi aspecto hace que me trates mal? —Lo miré con los ojos entrecerrados—. Eres terapeuta, ¿cómo han podido salir de tu boca estas palabras?

—Isabella…

—No. —Me hervía la sangre en las venas—. Tu razonamiento es una gilipollez. Parece más bien algo tipo: «Me gustas, Isabella, pero como soy un imbécil que está demasiado asustado para comportarse como un caballero, te trataré tan mal como pueda para demostrarte lo mucho que me gustas».

—No es eso.

—¿No? —Traté de dar un paso atrás, pero él me pasó un brazo alrededor de la cintura y me apretó contra su pecho—. ¿Eso no te parece posible?

—En lo más mínimo.

—Entonces, ¿por qué siempre me has traído a mí, y solo a mí, desayuno y café al trabajo todos los días? Cada puto día…

—Compartimos despacho. Sería grosero no hacerlo.

—¿Por qué ha habido envíos de flores y vino todas las noches a mi casa?

—Tal vez me siento mal por romper las reglas de confraternización y quiero compensarte.

—¿Y la invitación escrita a mano que me enviaste por correo?

—¿A Per Se? —Su expresión se hizo más suave, pero no se quedó así mucho tiempo.

—Sí, a Per Se dentro de cuatro semanas porque dijiste que querías una cita de verdad. —El pecho me subía y bajaba, y estaba a punto de gritar—. ¿Cuál es tu excusa para eso?

—No me habían dado plantón en mi vida. Necesito corregir la situación.

—¿Sabes qué? —Me aparté de él y fui hacia la puerta, mientras me maldecía por tener las bragas mojadas y poder ver claramente la marca de su polla erecta a través de los pantalones—. Que te jodan, doctor Cullen. ¡Que te jodan!

—Me encantará que me jodas tú. —Me llevó hasta la puerta y agarró el pomo antes de que pudiera girarlo yo. Luego me dio la vuelta—. Sí, me gustas, Isabella. Mucho más de lo que deberías.

—¿Y te ha resultado tan difícil decírmelo?

—Mucho. Quítate la ropa. —Estuvo frente a mí en milésimas de segundos, su boca sobre la mía, sus manos en mi pelo mientras yo luchaba por abrirme la cremallera del vestido. Impaciente, me apartó la mano y me la abrió él. Luego me empujó hacia el sillón y se desabrochó los pantalones—. Ponte de rodillas… —me susurró al oído, y lentamente me puse a cuatro patas. Se colocó detrás de mí y me agarró el pelo con el puño, tirando suavemente hacia atrás.

Escuché que desenvolvía un condón, y lo siguiente que sentí fue que deslizaba lentamente la polla dentro de mí. Centímetro a centímetro…

«Definitivamente son veintidós centímetros por lo menos…».

—Ahhh… —gemí, y él me besó la nuca.

Clavé las uñas en el cuero del sillón mientras él me ordenaba que estuviera quieta, al tiempo que permitía que mi cuerpo se adaptara a toda su gruesa longitud.

Me besó el hombro con ternura, pero toda esa dulzura terminó bruscamente. De repente me agarró las caderas y me empezó a taladrar con su polla de forma implacable, haciéndome gemir de placer. Ahuecó la mano izquierda sobre mi boca para amortiguar mis fuertes gritos, y usó la otra mano para sostenerme con firmeza contra él. Cerrando los ojos, permití que tuviera el control total y cedí a él, sin fijarme en nada más.

—Tu coño es jodidamente perfecto…, jodidamente perfecto… —susurró mientras me mordía la piel con fuerza.

El teléfono de su escritorio sonó mientras me penetraba más profundamente. Esperaba que simplemente lo dejara sonar mientras continuábamos, pero…

—Responde… —susurró mientras me tiraba del pelo.

—¿Qué?

—Ya me has oído —Se deslizó dentro de mí otra vez—. Coge el teléfono y responde.

—¿Ahora?

—Ahora mismo. —Me dio una palmada en el culo, sin perder nunca el ritmo.

Con él todavía penetrándome, descolgué.

—Despacho del doctor Cullen —dije sin aliento—. ¿En qué puedo…? —Contuve un gemido—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Hola, soy Hannah Yates. Esperaba poder hablar con el doctor Cullen sobre la cita de esta tarde. Quería que supiera que iré un poco antes, si le va bien.

—Me irá perfecto —me susurró en el oído—. Dile que perfecto…

—Mmm…, señora… —Me mordí el labio al notar que Edward comenzaba a masajearme el clítoris con el pulgar—. Estoy segura de que le parecerá bien. Le informaré al respecto. Que tenga un buen día.

—¡No, espere! ¿Podría decirle también que estoy dispuesta a hablar sobre mi vida sexual? Dígale que me podrá hacer preguntas esta vez, y que no me sentiré incómoda.

Asentí, como si ella pudiera verme, incapaz de decir nada mientras mi cuerpo empezaba a temblar sin control.

—¿Hola? ¿Está ahí?

—¿Estás, doctora Swan? —Edward me besó el cuello—. ¿Estás ahí?

—Sí… —gemí, y dejé caer el teléfono al tiempo que me desplomaba contra el escritorio. Edward me atrapó antes de que pudiera golpearme la cara con la madera, y luego él mismo cogió el teléfono.

—Señora Yates, soy el doctor Cullen, ¿todavía está ahí? —Gimió más fuerte que yo cuando encontró su propia liberación, y me sostuvo contra él mientras mantenía la voz tranquila como siempre—. Sí…, sí, le estaba diciendo a la doctora Swan que me parece bien, así que no tiene que… —Me besó la nuca—. Hablaremos después… Está bien… Sí, la oferta sigue en pie… Está bien… Está bien, nos vemos luego.

Colgó el teléfono y lentamente se retiró de mi interior antes de tumbarme en el diván. Se quitó el condón y lo tiró, y luego regresó a mi lado y me ayudó a ponerme el vestido. Me miró un poco preocupado.

—¿Estás bien?

Asentí. Nunca antes me habían follado así, y estaba bastante segura de que volvería a correrme como hoy en mis sueños durante los próximos meses.

—¿Estás planeando quedarte el resto del día o…? —Miró el reloj—. ¿Ya casi es la hora en la que debes fingir que tienes una emergencia con Shan-Shan para que puedas marcharte a esa cita para la entrevista en el Manhattan Medical?

—No, es que… —Se me enrojecieron las mejillas—. No iba a fingir nada.

—Por lo tanto, ¿es una emergencia?

—No —admití—. Pero podría haberlo sido dentro unos minutos. Nunca se sabe…

—¿Y me llamas «médico sexy» a mis espaldas? —Parecía divertido.

—En realidad tengo un apodo diferente para ti…

—¿Te importaría decirme cuál es?

—Ni hablar. —Sonreí—. Pero si quieres que te lo cambie, puedes dejar de comportarte como un machito idiota a partir de hoy e intentar ser un poco más romántico.

—¿Y si no lo hago?

—Será mejor para ti no conocer la respuesta a eso, pero incluye la vuelta de las conversaciones solo por correo electrónico.

—Mmmm… —Me colocó bien el sujetador y se puso de pie para abrocharse los pantalones—. Bueno, nos vemos mañana, doctora Swan. Disfruta del resto del día. No hay más preguntas…

—¿De verdad?

Asintió y fue hacia la puerta, que mantuvo abierta para que saliera.

—De verdad.

Me puse de pie e inmediatamente me sujeté al respaldo de la silla para mantener el equilibrio, pues tenía las piernas débiles y doloridas. Pillé a Edward sonriendo mientras me tambaleaba lentamente hacia él. Aun así, reprimió el sarcasmo y me besó en la frente antes de que saliera de la habitación.

—Te veo mañana.