Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
«15»
«Ojala tuviera un hombre como tu
para cuidar de ella...»
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Nicholas despertó con la música de pajarillos y campanas. De un salto bajó de la cama y abrió de par en par las ventanas. Bajo una deslumbrante bóveda azul brillaba el mosaico de verdes prados moteados con ovejas gordas y lanudas. El alegre repique de las campanas de la iglesia parecía decir su nombre, invitándolo a participar en una maravillosa celebración. Apoyando las manos en el alféizar se inclinó hacia la cálida brisa, musitando una silenciosa oración de acción de gracias.
Era el perfecto día de verano.
Era el día de su boda.
Sonriendo se desperezó, flexionando los músculos agarrotados. Aunque ya era casi el alba cuando entró en la casa con Hinata, los dos tratando de camuflar sus pisadas y risas, no se sentía ni una pizca cansado. Finalmente ella le confesó a qué había salido a vagar por el bosque a esa impía hora; quería encontrar rosas silvestres para coronar con sus pétalos el pastel de nata, limón y licor con que Biwako planeaba sorprenderlo en el desayuno de bodas.
Agitó la cabeza, maravillado por el complicado y muchas veces desconcertante funcionamiento de la mente femenina.
Dejando la ventana entreabierta, fue hasta la silla y se puso los pantalones, sin mirarse ni una sola vez en el espejo. Había sido un tonto al creer que podría encontrarse a sí mismo en esa fría superficie pulida. Si lograba ser la mitad del hombre que veía reflejado en los amorosos ojos de Hinata estaría satisfecho. Ya no le importaba quién había sido antes de perder la memoria; lo único que importaba era quién sería a partir de ese día: un marido para Hinata y un padre para sus hijos.
Cuando estiraba la mano para coger su camisa, una pequeña cabeza peluda le golpeó el tobillo. La gatita amarilla se enroscó en su pierna, con un estridente ronroneo que la hacía más parecida a una tigresa en miniatura.
Nicholas la cogió y la acunó en su pecho desnudo, acariciándole el cálido y suave pelaje.
—Sabes que no sé resistirme a ti, insaciable zorrita, pero debo advertirte que ésta es la última mañana que me tienes todo para ti. Un fuerte golpe sonó en la puerta.
—Puedes entrar, Biwako — gritó—. No estoy vestido.
Biwako asomó la cabeza por la puerta, la cara toda roja bajo su cofia.
—Debería darle vergüenza, señor Nick. Bromear así con una vieja. Si entrara aquí y lo encontrara sin nada aparte de esa traviesa sonrisa suya, dudo que mi pobre corazón pudiera soportar la conmoción.
—Apostaría a que ese pobre corazón es más fuerte de lo que quieres hacer creer. ¿Y eso qué es? — preguntó, mirando el montón de ropa bien dobladita que traía ella en los brazos—. Esperaba mi bandeja con bollos.
—No he dedicado todo mi tiempo al vestido de la señorita Hinata, ¿sabe?
Tendió hacia él su ofrenda, bajando tímidamente la cabeza.
Él la aceptó, y descubrió un elegante frac hecho de velarte español azul oscuro y unos pantalones color ante.
—Vamos, Biwako, ¿qué has hecho? — musitó, pasando la mano por su laboriosa obra—. Creo que nunca he visto un traje de novio más bonito.
Ella agitó la mano para acallar los elogios.
—Sólo era una tela vieja que encontré en el ático. Quería que mi niña se sintiera orgullosa de usted cuando estuviera junto a ella delante de todos esos curiosos aldeanos. — Le miró las caderas, preocupada—. Espero que le queden bien los pantalones. Tuve que adivinar su talla.
Nicholas levantó la cabeza y la miró a los ojos, pestañeando con cara inocente.
Ella volvió a ruborizarse y retrocedió hacia la puerta moviendo un dedo ante él.
—¡Toma!, el coqueto sinvergüenza. Si no se cuida de esos malos pensamientos voy a correr a decirle a la señorita Hinata que no se puede casar con ella porque está enamorado de mí.
Nicholas echó atrás la cabeza y soltó una carcajada.
—Entonces irá a pelear con Hiruzen para quitarle la bielda y yo volveré a estar donde comencé. — Al ver pasar una sombra por la cara de Biwako, se puso serio—. Dime, ¿ha habido alguna noticia de él?
Ella se las arregló para componer una valiente sonrisa.
—No se preocupe por ese bárbaro mío. Es capaz de hacer cualquier cosa por no poner un pie en una iglesia. Espere y verá. Vendrá trotando por esa colina tan pronto huela el jamón del desayuno de bodas.
Hinata inclinó la cabeza y retuvo el aliento para que Hanabi le pusiera el cintillo de botones de rosas. Al enderezarse se miró en el espejo de cuerpo entero que Neji había bajado arrastrando del ático. Aunque el resto del pelo lo llevaba recogido en un moño flojo en lo alto de la cabeza, lustrosos tirabuzones le enmarcaban la cara, domeñados con un par de tenazas calientes y unas cuantas lágrimas de impaciencia.
Todos los pinchazos de alfileres que había soportado esas dos semanas valían la pena. El vestido de talle alto le quedaba perfecto, las mangas cortas abombadas ribeteadas con encaje de Bruselas le dejaban desnudos sus esbeltos brazos. En los pies llevaba un par de delicados zapatos de cabritilla atados con cintas de satén crema.
No se sentía una novia, se sentía una princesa.
—¿Pellízcame las mejillas para darles color, Hanabi, por favor? Y ten a mano un poco de sales por si me desmayo durante la ceremonia. — Se rodeó con los brazos para aliviar el nudo en el estómago—. Nunca me imaginé que fuera posible sentirse tan feliz y aterrada al mismo tiempo.
— Tienes todo el derecho a estar feliz — le dijo Hanabi firmemente, dándole un buen pellizco en la mejilla derecha—. Dentro de unos días cumplirás veintiún años y Konoha Manor será tuya para siempre.
Hinata miró fijamente a su hermanita como si de pronto le hubiera salido una cabeza extra. No sólo se había olvidado de su cumpleaños sino también de por qué había arrastrado a Nicholas a la casa. Desde ese día el valor del premio había subido muchísimo. Ya sabía que ningún rimero de ladrillos, por querido que fuera, sería un hogar sin él dentro.
Estaba buscando las palabras para explicarle eso a Hanabi cuando apareció Neji en la puerta, con la cara roja de aflicción.
—¡Hinata! Biwako le puso demasiado almidón al cuello de mi camisa y se me entierra en las orejas.
—No gires la cabeza, Neji, que te sacarás un ojo — le advirtió Hinata. Se volvió hacia Hanabi y le dio un abrazo breve pero apretado—. Supongo que no hay necesidad de que te explique mi felicidad. Algún día la comprenderás por ti misma.
—Y algún día tu comprenderás — dijo Hanabi en voz baja, con los ojos tristes, mirando a la risueña Hinata sacar a Neji de la habitación.
Todo Konoha acudió a las nupcias de Hinata.
Mientras algunas mujeres se secaban delicadamente los ojos, varios de los pretendientes rechazados por Hinata se sonaban ruidosamente las narices con sus pañuelos. Rezaba el rumor que Daichi Dillmore hasta se había bañado para la ocasión, aunque la anciana viuda sentada a su lado mantenía su pañuelo firmemente apretado sobre su nariz.
Se elevó un murmullo cuando entró Gari Trumble muy bien afeitado, a excepción de los pelos que le salían de las orejas. Aunque sólo eran las nueve de la mañana, Hoki Grantham ya estaba borracho explicándole a todo el que lo quisiera oír aquella ocasión cuando tuvo que saltar de su burro para rescatar a la pequeña Hinata que se había caído dentro del pesebre en una de sus representaciones para Navidad. Su hijo Tooley ya estaba durmiendo y roncando con las manos cogidas sobre su gorda tripa antes que comenzara la ceremonia, sin duda ahorrando energía para el desayuno que se serviría en la casa después de la boda.
Biwako estaba sentada sola en el banco de la familia. Su hermosa papalina estaba adornada con plumas de uno de los pollos que había matado sólo esa mañana. Neji estaba muy erguido al lado de Nicholas, con aspecto de tener como mínimo dieciseis años con su corbata de pajarita y su cuello almidonado. Hanabi estaba al lado de Hinata con el ramillete de espuelas de caballero y azucenas tan apretado en el puño que tenía blancos los nudillos.
Pero Hinata sólo tenía ojos para Nicholas. Aunque los dos estaban de cara al altar, ella no paraba de mirarlo disimuladamente, fijándose en cosas en las que nunca se había fijado antes: la forma como se le rizaba el pelo en la nuca como por voluntad propia; el diminuto corte bajo el mentón que se hiciera al afeitarse. La noche anterior ella había hundido la boca en ese cuello saboreando su tersa piel mientras los hermosos y diestros dedos de él le tocaban lugares que ella jamás se había atrevido a tocarse. Pero ese día le parecía más desconocido aún que antes.
El reverendo Iruka leía y leía del ritual de la Iglesia Anglicana, su voz monótona apenas audible para ella, por el zumbido que sentía en los oídos.
Hasta que de pronto la voz se hizo sonora atrayendo la atención a cada palabra.
—Os exijo y ordeno a los dos, puesto que responderéis el terrible Día del Juicio, en que se revelarán los secretos de todos los corazones, que si cualquiera de vosotros conoce un motivo por el que no podáis uniros legítimamente en matrimonio, lo confeséis ahora.
Hanabi hizo una inspiración audible. Neji se estiró el cuello de la camisa con dos dedos.
Hinata se sintió rodeada por una burbuja de silencio que se iba hinchando, extrayéndole todo el aire de los pulmones. Aterrada, miró disimuladamente a Nicholas. Él le hizo un guiño y sus labios se curvaron en una alentadora sonrisa. De pronto Hinata pudo volver a respirar.
Nicholas no era un desconocido; era el hombre al que amaba. Y si algún día, después de vivir juntos, tenía que comparecer ante Dios para confesar el secreto de su corazón, lo haría. Porque ése era el único secreto digno de guardar que había tenido en su vida.
Se mordió la lengua hasta que llegó el momento de tomarlo por marido. Y eso hizo sin vacilar; su voz sonó clara como el cristal en la nave iluminada por el sol prometiendo amarlo, quererlo y obedecerlo para bien o para mal, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y la enfermedad, hasta que la muerte los separara.
El reverendo puso el libro de oraciones abierto ante ellos, y se aclaró la garganta, expectante. Consternada, Hinata cayó en la cuenta de que Nicholas no tenía ningún anillo para darle. Al menos eso creyó, hasta que él sacó una estrecha banda de oro del bolsillo de su chaleco y lo puso suavemente sobre el libro.
El cura le devolvió el anillo y Nicholas se lo puso en el dedo a ella.
—Lo encontré en el joyero de lady Kushina — le susurró—. Si era tan generosa como dices, pensé que no le importaría.
Hinata miró el lustroso granate que otrora perteneciera a la abuela de lady Kushina y lo miró sonriente, a través de un velo de lágrimas. — Creo que estaría muy complacida.
Un sonriente reverendo Iruka les juntó las manos y, sosteniéndolas en alto, dijo con una voz que llegó a todos los rincones de la iglesia:—Lo que Dios ha unido, no lo desuna el hombre.
—¡Y un sincero amén a eso! — exclamó Biwako mientras el resto de los feligreses estallaban en un atronador aplauso.
Neji salió de la iglesia seguido por Hanabi. Mientras Nicholas y Hinata recibían la sagrada comunión por primera vez como marido y mujer, ellos salieron a reunirse con los demás que esperaban en el patio para felicitarlos.
Alejándose hacia la sombra de un árbol, Neji se dio un practicado capirotazo en los volantes de sus puños, tal como había visto hacer muchas veces a su flamante cuñado.
—¿Sabes, Hanabi?, he estado pensando que tal vez nos equivocamos respecto a Nicholas. Podría no ser tan mal tipo después de todo. — Un hosco silencio recibió sus palabras. Neji exhaló un suspiro—. Sé que se llevan como perros y gatos, pero si dejaras de hacer morros unos cinco minutos, podrías ver...
Se giró a mirarla y vio que le estaba hablando al aire. Su hermana había desaparecido.
—¿Hanabi?
La buscó entre la muchedumbre que estaba aglomerada alrededor de la iglesia, pero sus saltones rizos castaños no se veían por ninguna parte.
En ese momento aparecieron Nicholas y Hinata en la puerta de la iglesia, sus sonrisas tan radiantes como el sol de la mañana. Sólo alcanzaron a bajar un peldaño cuando fueron sitiados por una bulliciosa multitud que quería expresarles sus buenos deseos. Neji se abrió paso a codazos hasta llegar al lado de Hinata, con el pelo revuelto y la corbata torcida. Le tiró la manga.
—¡Hinata! ¿Has visto a Hanabi?
Sin soltarse del brazo de Nicholas, ella le sonrió, con aspecto de estar aturdida de felicidad.
—¿Mmm? ¿Hanabi? Sí, claro que la vi. Está preciosa con su vestido rosa nuevo, ¿verdad?
Antes que él pudiera explicarle nada, ella ya se había girado a saludar a alguien. Comprendiendo que no iba a recibir ninguna ayuda por ese lado, Neji bajó la escalinata. Biwako se estaba subiendo a la carreta para labores de la propiedad, acompañada por varias mujeres que había reclutado para que la ayudaran en el desayuno.
Neji llegó trotando a la carreta cuando Biwako estaba azuzando a los caballos para que se pusieran en marcha.
—Hanabi no está por ninguna parte, Biwako, ¿la has visto?
Biwako se rio alegremente.
—¿De veras crees que vas a encontrar a tu hermanita donde hay trabajo por hacer? Si conozco a mi Hanabi, no aparecerá hasta que la mesa esté puesta, con todos sus dulces favoritos.
Mientras ella hacía chasquear las riendas, él se dio media vuelta y paseó la vista por el patio, frenético. Aunque su hermana no se veía por ninguna parte, él oía su voz con tanta claridad como si le estuviera susurrando al oído: «En las novelas de la señorita Senju, el villano que pretende comprometer la virtud de la heroína siempre se encuentra con una muerte intempestiva antes que lo logre».
Después del desastroso resultado de lo del veneno, él supuso simplemente que ella había abandonado su loco plan. Pero ¿y si estaba equivocado?
Estaba mirando hacia el grupo de robles, buscándola en las sombras arrojadas por sus follajes, cuando por el rabillo del ojo captó un brillo en lo alto del campanario. Allí sobre el parapeto estaba el ángel de piedra con sus alas desplegadas hacia el cielo. Directamente debajo estaban Hinata y Nicholas, todavía en la escalinata, y por fin ya iba disminuyendo el número de personas que los rodeaba.
«¿Y si ninguno de esos experimentos da los resultados que esperabas?», le preguntó él a Hanabi cuando estaban sentados exactamente en el lugar donde en ese momento se encontraban Hinata y Nicholas. Entonces ella miró hacia el ángel y curvó los labios en esa sonrisa secreta suya: «Entonces sencillamente tendremos que mirar hacia el cielo en busca de inspiración divina».
—No — susurró Neji, levantando su horrorizada mirada hacia la querúbica cara del ángel—. Ay, Dios mío, por favor, no.
Nadie tendría por qué saberlo. Si él lograba llegar hasta Hanabi antes que hiciera algo estúpido, nadie lo sabría jamás.
Eso era lo que pasaba por la mente de Neji cuando hizo a un lado a un anciano para llegar a la puerta del campanario. El viejo agitó su bastón hacia él:—En mis tiempos los cachorros como tú tenían mejores modales.
No tenía tiempo para pedir disculpas, pensó, ni para adaptar los ojos a la penumbra del interior de la torre. Se abrió paso a trompicones por entre las cuerdas de las campanas y subió volando la escalera de caracol de piedra, con el corazón acelerado.
Algo que vio al entrar en la azotea del campanario lo detuvo en seco.
Hanabi estaba sentada en el borde, detrás del ángel, escarbando el mortero de su base con un cincel de hierro.
Neji se quedó inmóvil, temeroso de avanzar otro paso.
La carita de Hanabi estaba extrañamente serena. Ni siquiera apartó la vista de su tarea.
—No tienes por qué intentar impedírmelo. He trabajado mucho en esto. He estado aquí día tras día escarbando esta maldita piedra mientras tú te ejercitabas en hacerte el lazo de la corbata frente al espejo para no dejar en vergüenza a su señoría ante el altar. Si quieres ayudarme ahora, vuelve abajo y ve si logras sacar a Hinata de la escalinata.
—Deja ese cincel, Hanabi. No conviene hacer esto.
—¿Y por qué no? Tienes que reconocer que es un plan brillante, digno incluso del argumento gótico más sensacional. Todos creerán que fue sencillamente un accidente; Hinata puede tener Konoha Manor; nosotros podemos tener a Hinata. Y todo continuará tal como antes que él llegara.
Neji negó con la cabeza.
—No. Nada volverá a ser igual jamás, porque le habrás destrozado el corazón a Hinata.
—Con el tiempo me perdonará — insistió Hanabi, desprendiendo un buen trozo de mortero—. Nunca puede estar enfadada conmigo más de una hora. ¿Te acuerdas de esa vez que puse a Fuzzy a parir su carnada de gatitos en su chal favorito y me llamó cría horrenda y egoísta? Lloré tanto que ya no podía respirar y muy pronto ella me pidió perdón por haberme hecho llorar.
—Tus lágrimas no bastarán para arreglar las cosas esta vez. — Neji dio un paso hacia su hermana y añadió en voz más baja—: Lo quiere, Hanabi.
Hanabi se quedó absolutamente inmóvil, el cincel cayó de su mano fláccida y rebotó con un ruido metálico en el suelo de piedra. Cuando al final alzó sus ojos grises hacia él, los tenía llenos de lágrimas.
—Lo sé. Yo también.
Neji corrió y logró llegar a tiempo para cogerla antes que se desmoronara. Ella se aferró a él sollozando, no como la sofisticada damita que tanto intentaba ser sino como la niña que era. El hombro de él amortiguaba sus entrecortados sollozos.
—¡Me llamó Ojitos de luna! Me revolvió el pelo y me llamó Ojitos de luna, me recordó cuando papá me llamaba ricitos de chocolate.
Neji le dio unas tímidas palmaditas en el pelo. Pero las palabras de consuelo que empezó a ofrecerle fueron ahogadas por un ensordecedor «¡bong!».
Sintió vibrar todo su cuerpo.
¡Las campanas!, pensó, apretando los dientes para contener una oleada de espanto. El sacristán debía estar repicando las campanas para propagar por todo el campo la feliz noticia de la boda de Hinata y Nicholas. Ese repiqueteo celestial generaba una cacofonía de los mil demonios en el interior de la torre.
Con un chillido inaudible Hanabi se soltó bruscamente de sus brazos para taparse los oídos; antes que él pudiera cogerla, se tambaleó hacia atrás y fue a chocar con el ángel de piedra.
La estatua comenzó a oscilar hacia adelante y hacia atrás, y cuando se disolvió en polvo lo último que quedaba del mortero que lo afirmaba al parapeto, cayó hacia delante. Neji se abalanzó para cogerlo, pero llegó demasiado tarde. Lo único que pudieron hacer él y Hanabi fue observar horrorizados cómo el ángel tomaba vuelo y caía hacia la escalinata de abajo.
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Continuará...
