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DUNTULM

Llevaban dos días encerrados en una oscura y maloliente mazmorra. El único contacto con el exterior se limitaba a las puntuales ocasiones en que les traían de comer. Al menos los estaban alimentando bien.

A Candy le desagradaba tanto como a los demás aquel lugar pero agradecía que los hubiesen, prácticamente, olvidado. Cuanto más tiempo permaneciesen allí, más tiempo permanecería en el anonimato. Porque estaba segura de que en cuanto comenzasen a interrogarlos, que lo harían, no tardarían en descubrirla.

-Creen que sois muda - le dijo Vincent, sacándola de sus pensamientos - No os dedicarán demasiada atención.

Candy lo fulminó con la mirada. Si continuaban tratándola como a una mujer cuando estaban solos, acabarían por delatarse a sí mismos.

-Las paredes pueden tener oídos, Vincent - le susurró.

-Dudo que nos consideren tan peligrosos como para espiarnos aquí abajo.

-Poco importa lo que vos creáis. Soy en todo momento John, un muchacho mudo y con la cara deforme - remarcó sus palabras para que todos las escuchasen bien. Había sonado como una orden y pretendía que así fuera.

Se alejó de la entrada de la celda para estar sola, aunque aquello supusiese recibir los nauseabundos olores del lugar con mayor intensidad. Necesitaba encontrar el modo de huir en cuanto los llevasen arriba. Si llegaban a descubrir quien era en realidad, todo se complicaría.

Maldijo a su hermano una vez más por haberla obligado a regresar a casa. Si la hubiese dejado ir con él hasta Dunvegan, ahora podría estar disfrutando de la hospitalidad de sus tíos y no intentando no vomitar.

-Hora de comer - oyó al carcelero pero no se acercó a la puerta. No tenía ganas de ver a nadie en ese momento y seguramente los hombres de su padre le guardarían algo de comida para luego. A pesar de que les había prohibido tratarla de un modo distinto, ninguno podía olvidar que se trataba de Candy White, la hija de Robert White, su señor.

-Esto va a ser un desastre - suspiró cuando supo que estaban solos de nuevo en el calabozo.

Horas más tarde, cuando ella terminaba su ración de comida, rica y bien preparada debía admitir, oyeron ruido procediente de arriba y no tardaron en ver aparecer a varios hombres, seguidos del que a todas luces era su jefe. Anthony, le habían llamado.

-Esto empieza - murmuró Vincent, que se posicionó frente a Candy para ocultarla.

Los otros tres lo imitaron y Candy quiso protestar pero temía delatarse. Sabía que ni siquiera eran conscientes de que la estaban protegiendo, otra vez. Era algo instintivo en ellos y por ese motivo, le preocupaba más. Con su comportamiento, lo único que lograrían era llamar más la atención sobre ella.

Cuando Anthony alcanzó la puerta, Candy ya se había retirado hacia un lado de la mazmorra, fingiendo no prestar atención a lo que sucedía. Al menos así, no era tan evidente que los otros hombres intentaban ocultarla.

-Creo que es hora de descubrir qué hacíais realmente en Portree - Anthony paseó su mirada por cada uno de ellos mientras hablaba - y porqué sólo sois cinco.

-Ya os hemos dicho que nos dirigíamos a casa.

-No me interesa vuestro destino, sino vuestro origen - fijó su mirada en Vincent, que se había acercado a él para hablarle, y arrugó la nariz - Apestáis. Será mejor que os deis un baño antes.

Anthony paseó su vista por ellos de nuevo y se detuvo un momento en Candy, que se había mantenido ajena a todo. O al menos esa era la imagen que intentaba proyectar. Sintió los ojos de Anthony sobre ella pero se obligó a no mirarlo. Aunque la creían incapaz de hablar, preferiría no llamar su atención más de lo necesario. Y lo del baño la había empezado a preocupar.

-Sacadlos - ordenó a sus hombres - Y que les preparen un baño. Después hablaré con cada uno de ellos.

Su mirada se posó una última vez en Candy y en esta ocasión, ella no pudo evitar enfrentarla. El desafío brilló en sus ojos verdes y una sonrisa bailó en los labios de Anthony. Ninguno de los dos retiró la mirada hasta que Anthony se vio obligado a apartarse para que uno de sus hombres abriese la puerta.

Salieron en fila de a uno, escoltados por varios MacDonald, a cada cual más corpulento. Candy no pudo disimular una sonrisa al pensar que se estaban tomando demasiadas molestias por un grupo de tan sólo cinco White.

Vincent la empujó ligeramente en la cabeza para que avanzase, aunque Candy sabía que su verdadera intención era obligarla a bajar la mirada. Una vez más, la sobreprotección de sus hombres la enfureció. Se removió bruscamente para que dejase de tocarla y lo oyó gruñir.

Fueron llevados a una gran estancia de decoración austera, donde los obligaron a permanecer de pie, pegados a la pared, mientras los hacían pasar uno a uno a una pequeña sala contigua. Anthony estaba allí, observándolos y se le había unido el otro. Albert, recordó que se llamaba. Ambos hombres hablaban entre sí de manera confidencial, se veía que entre ellos había algo más que camaradería. Candy incluso pudo encontrar mucho parecido fisico entre ellos. ¿Serían familia?

Los nervios de Candy fueron creciendo a cada minuto que pasaba, sobre todo desde que Vincent había mirado hacia ella con el rostro pálido cuando salió de su baño, intentando hacerle ver que se avecinaba un gran problema para ella. Y que la dejasen de última, no ayudó demasiado. Para cuando entró en la otra estancia, el corazón le latía desenfrenado. Observó con consternación que había varias mujeres renovando el agua de la bañera y supo al momento sobre qué la estaba advirtiendo Vincent. Aquellas mujeres serían las encargadas de bañarla.

-Mierda - maldijo en un susurro inaudible y su mente comenzó a trabajar a marchas forzadas para idear la forma de bañarse a solas.

Se cruzó de brazos y se alejó de las mujeres cuando dos de ellas intentaron desvestirla. Sentía la frustración crecer en ella al no poder hablar para echarlas fuera de la sala.

-Vamos, muchacho, no seas tímido - rió una de las mujeres más viejas - A estas alturas de la vida, no nos vamos a asustar de lo que tengas escondido bajo la ropa.

Permíteme dudarlo, gritó en su mente deseando poder decirlo en alto. Pero hizo lo único que se le ocurría en ese momento, negó enérgicamente con la cabeza provocando la risa de todas ellas.

-¿Nos obligarás a desnudarte a la fuerza? Somos muchas y tú no pareces demasiado fuerte - habló la misma mujer de antes.

Candy volvió a negar con la cabeza y nuevas risas sonaron en la estancia. Entonces, sin previo aviso, se abalanzaron sobre ella.

Era algo que había previsto, así que las esquivó sin dificultad. En un nuevo ataque coordinado, una de ellas logró sujetarla por una manga. Para librarse de ella, la empujó con fuerza contra dos más que se aproximaban para ayudarla. Las vio trastabillar, en precario equilibrio, hasta que finalmente una de ellas cayó ruidosamente en la bañera.

Las puertas se abrieron y entraron varios hombres en la estancia con sus espadas desenvainadas. Tras ellos, Anyhony y Albert, observaban la escena con distintas reacciones en su rostro. El primero divertido, el segundo enfadado.

-¿Qué está pasando aquí? - preguntó Anthony, aunque era evidente.

-El muchacho se está resistiendo, mi señor - le informó la misma mujer que había hablado con ella.

-¿Tan difícil es para seis mujeres controlar a un joven tan enclenque como él?

-Es escurridizo, mi señor.

Albert miraba a Candy con sus penetrantes ojos celestes mientras Anthony se divertía a costa de aquella situación. Candy permaneció en pie, con la espalda totalmente recta y la barbilla alzada en absoluto desafío. Nadie la obligaría a bañarse si no era a solas. Aunque no sabía cómo se haría entender sin palabras.

-Tal vez debamos ayudarlas - sugirió Albert sin dejar de observar las reacciones de Candy.

-Adelante - Anthony se cruzó de brazos y se apoyó en la pared con fingido desinterés - No te detendré si decides hacerlo, primo.

Las sospechas del parentesco se vieron confirmadas pero Candy no pudo disfrutar de su triunfo porque Albert ya se acercaba a ella, decidido. Se puso en guardia, dispuesta a dar guerra.

-El muchacho no quiere que nadie le vea las marcas del accidente, señor - los gritos de Vincent detuvieron el avance de Albert - Tal vez si lo dejaseis solo, acabaríamos con esto antes.

Mientras Anthony reflexionó sobre ello, el tiempo pareció detenerse. Nadie se movió y nadie habló. Candy creyó que todos podrían escuchar los latidos de su corazón, de lo rápidos y fuertes que golpeaban su pecho. Una vez más, Vincent había sido raudo de pensamiento y si funcionaba, tendría que agradecérselo.

-Me temo que no hago concesiones a mis prisioneros. Adelante, Albert.

Candy tragó con dificultad y cerró los ojos un segundo para asimilar lo que estaba a punto de suceder. Iban a descubrirla y resistirse no serviría de nada. Aún así, se preparó para defenderse. Una vez más, rendirse no entraba en sus planes.

Albert intentó sujetarla pero ella lo esquivó tal y como había hecho con las mujeres minutos antes. Pero no contaba con los reflejos y la agilidad del guerrero, algo que las otras no tenían, y en seguida se vio acorralada por él. Lo golpeó en un costado con el puño, en el punto exacto que su hermano le había indicado en varias ocasiones y oyó con satisfacción el gemido de su atacante, aunque no logró que aflojase su agarre.

Cuando se removió para liberarse de él, el chaleco que protegía su torso desapareció, dejándola en camisa. Por suerte, había envuelto sus pechos y nadie podía notarlos todavía. Le propinó una patada en la espinilla y se apartó de él en cuanto perdió el equilibrio por culpa del golpe.

-Maldita sea - gruñó Albert, sujetándola por la espalda - Estate quieto, muchacho del demonio.

Anthony estaba disfrutando del espectáculo y sus carcajadas enfurecían todavía más a Candy, que no era capaz de librarse del abrazo de Albert. En un acto de desesperación, golpeó con su cabeza la nariz del hombre y lo oyó maldecir de nuevo. Cuando aflojó su sujección, se alejó de él. Pero no contaba con que su camisa siguiese apretada en su mano. Oyó el desgarro demasiado tarde para impedirlo y su torso desnudo, salvo por la venda que ocultaba sus pechos, quedó expuesto ante todos. Las exclamaciones de sorpresa no se hicieron esperar.

-Pero, ¿qué mierda? - dijo Albert mientras la alcanzaba y le retiraba la máscara del rostro - ¿Eres una maldita mujer?

Candy se iguió tanto como su orgullo le exigía y miró a ambos hombres alternativamente sin poder decidir cual de ellos estaba más asombrado.

-Lo soy - dijo levantando la barbilla una vez más - Y ahora que ya lo habéis descubierto, espero algo más de consideración por vuestra parte y que me dejéis bañarme en privado.

-Y además habla - rió entonces Anthony, ignorando su mirada hostil.

-Largo he dicho - los desafió.

-Y menuda lengua.

-Me gustaba más calladita - habló entonces Albert.

-Tal vez debas hacer algo al respecto, primo. Ya que parecías tan dispuesto a bañarla hace tan sólo un momento.

Candy agarró lo primero que encontró, que resultó ser un cubo con el que habían llenado la bañera, y lo colocó frente a ella como protección. Las risas de todos enmudecieron cuando Albert se acercó a ella y lo golpeó con él. La incredulidad en el rostro del hombre provocó la risa de Candy, que se transformó en un grito cuando se sintió elevar por el aire y aterrizar en la bañera.

-Limpiadla bien - rugió Albert - y no os olvidéis de su maldita lengua.

Finalmente la dejaron sola y antes de que terminasen de secarla, una séptima mujer apareció con un vestido para ella.

-Así que tú eres la que ha provocado tanto revuelo - la oyó decir - Y la que trae locos a mi hermano y a mi primo.

-¿Vos sois?

-Janet MacDonald, por supuesto.

CONTINUARA