Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
[16]
El duque de Konoha no tenía ni idea de si Hinata había ido a la sala de música a la mañana siguiente para sus ejercicios matutinos. Salió a galopar un buen rato y sintiéndose intranquilo a lomos de Aníbal.
Se planteó seriamente no volver a la casa. Tenía muchas cosas que hacer en sus otras propiedades, asuntos que había descuidado un tanto por tener que entretener a sus invitados. Necesitaba comprobar el estado de las cosechas y examinar el ganado recién nacido. Y por supuesto siempre había inquilinos y campesinos con los que hablar, a los que tenía que convencer de que le interesaba su bienestar y le preocupaban sus quejas.
O podría cabalgar más allá de sus tierras. Podría pasarse la mañana con Inuzuka. Apenas había hablado con su amigo desde que había vuelto de Londres. Los invitados que se alojaban en casa tendían a aislarlo de sus vecinos y sus hábitos corrientes.
Pero resistió ambas tentaciones. Tenía dos asuntos importantes a los que enfrentarse en casa, ambos igualmente desagradables.
Bajó cojeando y le gritó a su ayuda de cámara que le fuera a buscar ropa decente para no tener que ir a desayunar oliendo como un caballo.
—Espero que no haya castigado al pobre Aníbal tanto como se ha castigado a sí mismo —comentó iruka—, o se encontrará con los mozos descontentos la próxima vez que vaya a los establos. Le ayudaré a quitarse la ropa de montar, señor, y le daré un masaje rápido antes de preocuparme por la otra ropa. Échese.
—Guárdate tu maldita insolencia —le espetó Naruto—. No tengo tiempo para masajitos.
—Si se pasa todo el día con ese dolor —insistió Iruka, imperturbable—, le ladrará a todos los criados, no solo a mí, señor, y además todos me echarán la culpa de ello, como hacen siempre. Échese.
—¡Maldita sea! —protestó el duque—. Siempre trato a mis criados con cortesía.
Iruka le lanzó una mirada elocuente y Su Excelencia se echó. Gruñó cuando su hombre colocó las manos en su lado dolorido. Y le masajeó el ojo izquierdo.
—Ahí —indicó Iruka como si hablase para tranquilizar a un niño. El duque no pudo evitar sonreír—. Se encontrará mejor dentro de un minuto. Está tenso como un muelle, señor.
Hinata no estaba en el cuarto de estudio. Y cuando fue hasta allí el duque descubrió que tampoco estaba en el cuarto de juegos. Pero Sarada estaba despierta y entusiasmada ante el placer inesperado de que la acompañara mientras desayunaba. Le daba las cortezas del pan a la perrita, que estaba en el suelo junto a ella, jadeando y con una expresión esperanzada. Por fin el día anterior habían declarado que el perro podía entrar en la casa y permanecer dentro de ella, en determinadas condiciones estrictas.
—Pensaba que habíamos acordado que Pequeñita no comería comida de la mesa —le riñó su padre—. Tiene su propia comida especial, ¿verdad?
—Pero no le doy comida buena, papá —protestó la hija, y bajó la voz—. Chiyo se ha puesto furiosa esta mañana. Pequeñita ha mojado la cama.
El duque cerró los ojos un instante.
—Pensaba que también habíamos acordado que Pequeñita no dormiría en la cama, sino al lado o debajo.
—¡Pero papá, no dejaba de llorar y de tirar de las mantas con sus dientecitos! Habría sido cruel hacer que se quedara abajo.
—Una sola queja de Chiyo a mamá —le amenazó el duque—, y Pequeñita volverá a los establos. Lo entiendes, ¿no?
—Chiyo no se quejará. He limpiado el sitio mojado con mi propio pañuelo. Y he alabado la nueva cofia de ella.
El duque volvió a cerrar los ojos. Pero oyó que la señora Chiyo ya se acercaba desde el otro lado de la habitación.
—Quiero hablar con la señorita Hamilton antes de que empiecen las clases de la mañana, señora Chiyo —exigió, poniéndose en pie—. ¿Se quedará aquí con Sarada hasta que la mande a buscar?
—Desde luego, Su Excelencia —respondió ella, haciendo una reverencia—Anoche tuvimos un pequeño accidente con el perro. ¿Se lo ha contado Lady Sarada?
—Sí, lo ha hecho. Y creo que hemos decidido que no volverá a ocurrir.
Hinata no había llegado todavía al cuarto de estudio. El duque se puso a dar vueltas al globo con dedos nerviosos y tocó con un dedo en el clavicémbalo. Miró una pintura que había hecho Sarada de uno de los caprichos y una que había pintado la propia Hinata. La cogió y pensó que también tenía talento como pintora.
La dejó cuando se abrió la puerta detrás de él, y deseó haber ensayado alguna clase de discurso, pero no lo había hecho a propósito: odiaba los discursos ensay ados. Solo le servían para que se le trabara la lengua.
Se volvió para mirarla. Todavía tenía el labio un poco hinchado. Las ojeras indicaban que no había dormido bien. Pero iba preciosa con su vestido verde, y como de costumbre llevaba el pelo recogido en un moño en el cuello.
Permanecía muy recta, y se la veía alta y esbelta, con agradables curvas femeninas. Se trataba de la mujer más hermosa que había conocido jamás.
Le costaba recordar la primera impresión que había tenido de ella: la de que se trataba de una prostituta flaca con el pelo sin brillo, la piel pálida, las ojeras marcadas bajo los ojos y los labios secos y partidos. Y con aquel vestido de seda azul con un tono apagado y arrugado. Le costaba percatarse de que era la misma persona.
—Señorita Hamilton. Le debo una excusa.
—No —intervino ella, quedándose donde estaba, junto a la puerta—. No es necesario.
—¿Por qué?
—Anoche me dijo que no lo lamentaba. Me dijo que hoy me pediría disculpas. Serían palabras vacías, Su Excelencia.
Él la miró y supo que tenía razón. No lo lamentaba. Al menos, no en cierto sentido. Aquellos momentos le habían permitido volver a probar la felicidad, como los minutos de su loca carrera a caballo juntos. Y él sabía que, por muy equivocado que estuviera, viviría del recuerdo de aquel abrazo durante mucho tiempo.
—Lamento la falta de respeto que le he mostrado, señorita Hamilton, y la aflicción que debo de haberle causado. Y lamento haber deshonrado a mi esposa y mi matrimonio. Le ruego que acepte mis disculpas.
Hinata tenía el mentón levantado, y una expresión de serenidad en su rostro. Lo miró como lo había mirado cuando se sentó y le ordenó que se quitara la ropa, y ella se la quitó haciendo gala de una dignidad tranquila, doblándola cuidadosamente y colocándola a su lado.
¡Hinata!
El duque cerró los ojos un instante.
—¿Lo hará?
Ella dudó.
—Sí, Su Excelencia —dijo finalmente.
«Naruto» , quería que dijera ella. «Me llamo Naruto.» Quería oírselo decir.
—No la quiero entretener —comentó, cruzando la habitación hacia Hinata—.Haré que le traigan a Sarada.
Ella se hizo a un lado, lejos de la puerta.
—Gracias, Su Excelencia.
Hinata bajó la vista. El duque se percató de que todavía cojeaba. Cerró la puerta del cuarto de estudio sin hacer ruido detrás de él. ¡Ese maldito Iruka!
¿Estaba perdiendo el sentido del tacto? El costado y la pierna le ardían como un lacerante dolor de muelas. Hizo esfuerzos por controlar su dolor al presentarse en la habitación de juegos e inclinarse para besar a su hija, y al bajar para cumplir con otra cita.
Lord Sasuke ya se encontraba en la biblioteca, sentado con una copa en la mano pese a lo temprano que era, y con un pie cruzado sobre la otra rodilla.
—Eso también solía hacerlo el tio —comentó sonriendo, levantando su copa a modo de brindis cuando su primo entró en la habitación—. ¿Te acuerdas, Naruto? Nos citaba aquí y luego nos dejaba esperándolo como una hora. No nos atrevíamos a esperarlo en otro lugar que no fuera directamente delante de su escritorio, y no nos atrevíamos a mover un músculo ni a hablar el uno con el otro porque nunca sabíamos en qué momento exacto se abriría la puerta. Era casi peor que las palizas que sabíamos que llegarían al final, ¿verdad? —se rio.
El duque fue a sentarse detrás del mismo escritorio que aterrorizaba a Sasuke y a él cuando eran niños.
—Dime —empezó Lord Sasuke—, ¿vas a hacer que me incline sobre el escritorio, Naruto? ¿Vas a utilizar un bastón?
—Está enamorada de ti —respondió Su Excelencia, mirando hacia la mesa —. Siempre lo ha estado. Tuvo a tu hija, Sasuke. ¿Y ahora tienes que volver para jugar con ella y conmigo?
—¡Ah! —exclamó Sasuke, levantando la copa a la altura del ojo—. Esto no va a ser un castigo, sino un sermón. ¿Y todavía la adoras, Naruto?
—Me casé con ella. Es mi esposa. Le debo mis cuidados y mi protección.
Lord Sasuke se rio.
—Ella te odia. Ya lo sabes, ¿verdad?
—¿Te estás acostando con ella? —preguntó Su Excelencia mirando directamente a su Primo.
—¿Con la mujer de mi primo? —Lord Sasuke alzó las cejas—. No puede ser que me creas capaz de semejante perfidia y de tan mal gusto, ¿verdad, Naruto?
—¿Lo estás haciendo?
Su primo se encogió de hombros.
—¿Estás enamorado de ella?
—Qué pregunta más tonta —respondió Lord Sasuke, poniéndose en pie y examinando el mosaico encima de la repisa de la chimenea—. ¿Cómo puedo estar enamorado de la mujer de mi primo?
—Si lo estás, quizá pueda empezar a perdonarte. Quizás estuvo tan mal que te marcharas hace más de cinco años como que yo no insistiera en que Sakura supiera la verdad. A veces actuamos de un modo precipitado y tenemos que vivir para siempre con las consecuencias. Pero de todos modos, nada es para siempre.
Sasuke se volvió sorprendido y le sonrió.
—¿Te estás ofreciendo a cambiarte de habitación por mí mientras dure mi estancia? Tengo que decir que es muy amable de tu parte, Naruto.
—Si la amas realmente como ella te ama —el duque ignoró el tono de su primo—, entonces hay que hacer algo.
—¿Te estás planteando el divorcio? —Lord Sasuke continuó sonriendo—.Imagina el escándalo, Naruto. ¿Podrías vivir con él?
—No debe salir el tema del divorcio —respondió Su Excelencia—. No le haría eso a Sakura. —Hizo una pausa y respiró hondo—. Podría existir la posibilidad de la anulación. Tendría que hacer averiguaciones.
Sasuke cruzó la habitación para colocar ambas manos en el escritorio y apoyarse en él. Miró detenidamente a Naruto.
—¿Una anulación? Tengo entendido que solo existe un planteamiento realmente viable para la anulación…
—Sí…
—¿Debo entender…? —La sonrisa volvió a aparecer en el rostro de Lord Sasuke—. ¿Debo entender que durante más de cinco años no has disfrutado nunca de los favores de Sakura, Naruto? —Se echó a reír—. Es cierto, ¿no es así? Por el amor de Dios. ¿Interpretaste el papel de amante noble hasta al final mientras ella suspiraba por mí? ¿O es que ella te rechazó? ¿No fuiste lo bastante insensato como para mostrarle tus heridas, verdad? —Volvió a reírse.
—¿La amas? —insistió el duque.
—Siempre he tenido debilidad por Sakura —comentó Lord Sasuke—. Es más encantadora que casi cualquier otra mujer en la que haya puesto los ojos.
—Eso no es lo que te he preguntado. ¿Te casarías con ella si tuvieras oportunidad de hacerlo?
Lord Sasuke se puso en pie y miró a su primo detenidamente.
—¿Lo harías por ella? —preguntó—. ¿O por ti mismo?
—Lo haría, o al menos me plantearía hacerlo, si estuviese convencido de que Sakura tendría la felicidad de la que tú y yo le hemos privado.
—¿Y Sarada? —preguntó Lord Sasuke—. Si hubiese una anulación, el mundo sabría que Sarada no es tu hija.
Naruto extendió las manos con las palmas vueltas en el escritorio y se las miró.
—Sí. ¿Podrías responderme?
—Esto resulta repentino. —Lord Sasuke volvió a la chimenea y continuó examinando el mosaico del león—. Necesitaré algo de tiempo para considerarlo.
—Claro. Tómatelo. Pero mientras estés en esta casa en las circunstancias actuales, Sasuke, Sakura es mi esposa y castigaré cualquier comportamiento irrespetuoso hacia ella.
—¿Después de todo quieres verme inclinado en el escritorio con el bastón en el trasero? —comentó sarcástico Lord Sasuke—. ¿Has perfeccionado el arte de agitarlo en el aire antes de golpear con él en un blanco, Naruto? Aquello provocaba que casi perdiera el control de la vejiga.
—Espero tu respuesta para la próxima semana —pidió el duque—. Si es que no, espero que te marches inmediatamente… y para siempre.
—Asumo que puedo retirarme —dijo Lord Sasuke, volviéndose a mirar otra vez a su primo con una sonrisa en la comisura de sus labios—. Muy bien, Naruto, me apartaré de tu presencia. De todos modos creo que me esperan para una excursión en barca.
El duque continuó mirándose las manos después de que se cerrara la puerta al salir su primo. Y unos pocos minutos después pensó que se estaba dejando seducir por su propio farol.
Su imaginación elaboró la secuencia de eventos que las palabras de su Primo hacían que pareciera posible: una anulación rápida, la marcha de Sakura, él mismo libre… Libre para explorar su atracción por Hinata. Cerró los ojos y apretó las manos en el escritorio.
Había sido un farol, simple y llanamente. Ni en un millón de años accedería Sasuke a casarse con Sakura. Claro que si por un instante hubiese creído que Sasuke podría hacerlo, no habría ni siquiera planteado la alocada sugerencia que acababa de hacer. Porque aunque un arreglo tal sería sin duda tan satisfactorio para Sakura como para él mismo, había que pensar en Sarada. Y Sarada siempre debía ir en primer lugar, antes de la felicidad de su madre y de la suya propia.
Era una niña inocente e indefensa.
No, ya conocía bien a Sasuke. Le gustaba cuando eran jóvenes, cuando el comportamiento de su primo y la falta de principios no habían traído consigo consecuencias más drásticas que un castigo o un sermón. Pero Sasuke siempre tenia un pensamiento, recuperar el titulo que según él a su familia le había sido arrebatado. En su único año como supuesto duque de Konoha había esquilmado los considerables recursos de Konoha Hall hasta tal punto que si hubiese continuado siendo su dueño a estas alturas podría haberlos perdido.
Estaba convencido de que Sasuke era incapaz de tener sentimientos profundos. Sin duda se habría casado con Sakura si hubiese seguido siendo duque, y quizás habría sido un matrimonio razonablemente satisfactorio, pero nunca la habría querido como ella a él. Si la hubiese amado, aunque fuera solo un poco, no la habría abandonado cuando se enteró de que estaba embarazada.
El duque sabía que Sasuke continuaría con Sakura y divirtiéndose con ella el tiempo que le apeteciera hacerlo. Y podría ser mucho tiempo. El único modo de asustarlo era fingir que se podía quedar atrapado con su juguete el resto de su vida.
Sasuke se habría marchado para cuando terminase la semana. El duque estaba bastante seguro de ello. Tan seguro que había arriesgado el futuro de Sarada en una estrategia.
Pero, por Dios, resultaba una idea dulce, seductora. Se puso en pie y miró en dirección a la chimenea y hacia la butaca que quedaba a su lado, donde había estado sentada Hinata la noche anterior. Había estado justo ahí. Ella dejó de temblar cuando él se lo pidió. La rodeó con sus brazos y sus dedos jugaron con el pelo de él. Al menos se olvidó del miedo que le inspiraba durante unos minutos. Lo había deseado al igual que la había deseado el duque. Que la deseaba.
La culpa lo atormentaba. Se había indignado ante la falta de decoro del abrazo que Sakura y Sasuke habían compartido en la galería alargada, pero él había hecho lo propio menos de dos horas más tarde con la institutriz.
Hinata. Estaba empezando a dominar sus pensamientos de día y a perseguirlo en sueños de noche. Estaba empezando a vivir para los instantes en los que podría verla, escuchar su música, oír su voz, ver cómo lo miraba. Hinata estaba empezando a dar luz y sentido a sus días.
En ella estaba empezando a atisbar la perla preciosa que en una época había esperado de la vida.
El duque se había entregado a una vida difícil, a una vida de celibato durante los últimos seis años, con la sola excepción de una relación breve y desapasionada en Londres… con Hinata. Con una puta flaca y pálida que había resultado ser virgen, que había obedecido tranquilamente todas sus órdenes y había sufrido la penetración de su cuerpo emitiendo solamente un pequeño sonido gutural y mordiéndose los labios. Incluso en una situación tan sórdida como aquella se había comportado con dignidad. Había sido una víctima que se había hundido hasta lo más hondo pero que se había negado a que su espíritu se quebrara.
Y no debía volver a abrazarla. Ni volver a besarla. Lo que había ocurrido la noche anterior había sido un instante único, algo que no había planeado. Ahora que sabía que era posible, tendría que evitar que volviese a ocurrir. Porque aunque su matrimonio le resultaba una carga muy pesada, no obstante era un contrato que había aceptado libremente, un contrato al que permanecería fiel en la medida en la que se lo permitiera la fragilidad humana.
Pensó que tendría que trasladar a Hinata a otro puesto en otra parte. No estaba seguro de que fuera posible vivir en una casa con una mujer a la que deseaba más que casi cualquier otra cosa en la vida y con su esposa, a la que antes había amado y con la que nunca se había acostado.
Lo rechazó en la noche de bodas, gritándole que saliese de la habitación. Él le había hablado de sus heridas, y por supuesto la desfiguración de su rostro estaba a la vista de todos. La dejó y no intentó de nuevo estar con ella hasta que nació Sarada. Intentó ganarse su amistad.
Pero, por supuesto, ella creía que era el villano que había expulsado a su amante y luego la había obligado a casarse con él. Fue una estupidez creer que podría lograr que lo quisiera.
Lo mismo ocurrió cuando fue a verla dos meses después del nacimiento de Sarada. Se produjo la misma histeria y la misma mirada de repugnancia profunda. Naruto intentó hablar de ello al día siguiente y ella le dijo, con su habitual voz dulce y entrecortada y las lágrimas que le corrían por sus grandes ojos verdes, que si volvía a intentar tocarla alguna vez volvería a casa de su padre.
Probablemente fue en aquel momento cuando su amor por ella empezó a morir rápidamente. Por fin había visto y admitía la verdad de lo que había visto: el egoísmo frío escondido detrás de su apariencia angelical.
Después de que su amor muriera solo le quedó un profundo sentimiento de pena por ella. Porque estaba claro que su amor por Sasuke había sido una pasión monumental que no podía suprimir aunque lo intentara. Y por supuesto Sakura no había aceptado la verdad, y creía que solo la crueldad de Naruto la había separado del hombre que la amaba tanto como ella a él.
El duque suspiró y se volvió hacia la puerta. Pensó que por fin podría continuar con la jornada que había planeado. Por fin podría dejar atrás sus problemas durante un breve periodo de tiempo y centrarse en escuchar los de otras personas.
Cuando se dirigía a los establos cayó en la cuenta de que no había desayunado. Y no se percató hasta mucho más tarde de que si lo que necesitaba era olvidar no debía ir a visitar a Kiba Inuzuka. Ya que Kiba le había preguntado qué le parecería perder a su institutriz si pudiera convencerla para aceptar una propuesta de matrimonio, y se había visto obligado a sonreír a su amigo y darle la mano y asegurarle que el asunto quedaba exclusivamente en manos de la señorita Hamilton y de él.
Se preguntaba cómo se sentiría Kiba si supiese lo peligrosamente cerca que había estado de que le diera un puñetazo entre ceja y ceja.
Shino Aburame volvió de sus vacaciones tres días más tarde y obsequió a la señora Shizune, a Jarvis, a Hinata y a los otros criados del piso de arriba con anécdotas del bautizo cuando se sentaron para almorzar.
—¿Con la cabeza llena de rizos a los dos meses? —preguntó Jarvis, interrumpiendo a Shino —. ¿No le parece raro, señor Aburame?
—Sí, la verdad. La esposa de mi primo dice que viene de su familia.
—¿Dientes? —La señora Shizune frunció el ceño un minuto más tarde—. ¿A la edad de dos meses, señor Aburame?
—Sí. ¿No le parece inusual, señora?
—¿Cómo era la ropa del bautizo, señor Aburame? —preguntó la doncella personal de la duquesa.
El secretario del duque decidió que sería recomendable acortar la comida pese al hecho de que Su Excelencia el duque no estaba en casa. Aunque lamentó tener que perderse el postre, murmuró que debía de haber gran cantidad de trabajo acumulado en su escritorio. El duque había pasado casi todo el día fuera de casa. Había llevado a los caballeros invitados a montar por una de sus granjas por la mañana antes de darle a su hija otra lección de equitación, y la había llevado a visitar la rectoría justo después de comer.
Volvieron a última hora de la tarde, y Sarada se le adelantó y subió corriendo al piso de arriba, deseosa de hablarle a Hinata del caballito balancín de la rectoría, que estaba roto la última vez que había visitado el lugar. Quitándose el sombrero y los guantes en la entrada y entregándoselos a un lacayo, el duque pensó que era interesante señalar que era su institutriz, y no su niñera, quien se convertía en la destinataria de las confidencias de Sarada.
—El señor Aburame ha vuelto, Su Excelencia —le informó Jarvis, haciendo una reverencia muy formal desde la cintura.
—Bien. ¿Está en su oficina?
—Creo que sí, Su Excelencia.
El duque se dirigió al despacho de su secretario.
—Bueno, te has tomado tu tiempo para volver… —comentó, apoyado en el umbral de la puerta.
—Los bautizos, los bebés y los parientes se empeñaban en entretenerme. Ya se puede imaginar cómo ha ido, Su Excelencia —explicó Shino.
El duque entró y cerró la puerta.
—Ahora solo estamos tú y y o, Shino. Y ya he tenido bastantes charadas por las noches. ¿Y bien?
—La dama en cuestión es la señorita Hinata Hyuga, Su Excelencia —empezó el secretario—, hija de Lord Hyuga, que falleció junto con su esposa, la madre de la señorita Hyuga.
—¿Lo sucedió Lord Otsutsuki? —preguntó Su Excelencia.
—Por su padre, Su Excelencia. Su señoría falleció hace cinco años dejando esposa, un hijo y una hija para llorarlo.
—¿Y su relación con la señorita Ham… con el padre de la señorita Hyuga?
—El barón fallecido era su primo hermano, Su Excelencia —explicó Shino.
—¿El fallecido y Lord Otsutsuki fueron y son sus tutores? —preguntó Su Excelencia entrecerrando los ojos—. ¿Cuáles son los términos de su tutela? Ella debe de tener más de veintiún años.
—Resulta difícil conseguir esa información cuando uno finge mera curiosidad, Su Excelencia —respondió su secretario fríamente.
—Pero estoy bastante seguro de que la conseguiste de todos modos… sí, sé que debe de haber sido difícil, Shino. Valoro mucho tus habilidades sin
necesidad de que me las destaques. ¿Por qué crees que te tengo contratado?, ¿Porque me gusta tu aspecto?
Shino Aburame tosió.
—Heredará su dote y la fortuna de su madre cuando tenga veinticinco años, Su Excelencia, o cuando se case, siempre y cuando su tutor apruebe su elección.
Si no lo hace, tiene que esperar hasta cumplir treinta para heredar.
—¿Y cuántos años tiene ahora?
—Veintitrés, Su Excelencia.
El duque miró a su secretario en actitud reflexiva.
—De acuerdo, Shino. Eso son los hechos, y debo alabarte por haberlos descubierto. Ahora cuéntame el resto. Todo. Veo por la expresión de tu cara que te mueres de ganas de contarlo. Suéltalo, sin esperar a que te lo pida.
—Puede que no le guste, Su Excelencia.
—Ya lo juzgaré yo.
—Y puede repercutir en el hecho de que yo la contraté —continuó Shino
—. Aunque —volvió a toser—, hablamos de la señorita Hyuga, ¿verdad, Su Excelencia?, y no de la señorita Hamilton.
—Shino. —Los ojos de Su Excelencia se estrecharon peligrosamente—.Si prefieres contarme la historia con mi mano en tu tráquea, a mí me da igual. Pero creo que estarás más cómodo como estás ahora.
—Sí, Su Excelencia —afirmó Shino, tosiendo otra vez. Pero, al empezar a hablar, pensó que la mano en la tráquea sería algo leve en comparación con lo que podría suceder después de que le hubiera contado al duque todo sobre su querida.
El duque solo tenía un pensamiento en la cabeza. Se dio cuenta de que se alegraba de que Hinata fuera su nombre auténtico. Resultaría difícil tener que empezar a pensar en ella como en otra.
El duque permaneció de pie junto a la ventana, dando la espalda a la habitación, escuchando.
—¿Tienes una sola fuente de todos esos detalles? —preguntó llegado un determinado punto.
—Un criado de Byakugan House, Su Excelencia —explicó Shino—, un caballero al que le gustaba frecuentar el bar de la posada donde me hospedé, y el cura y su hermana. Deduzco que era amiga de la señorita Hyuga. El hermano se mostró más reticente.
—Entonces tenía una amiga… —dijo el duque, más para sí mismo que para su secretario. Y más adelante preguntó:—¿Cuál era el nombre del caballero? ¿Del caballero del bar, quiero decir?
—El señor Tweedsmuir, Su Excelencia.
—¿De nombre?
—Horace, Su Excelencia.
—Ah —exclamó el duque—. ¿Conoció a algún caballero llamado Gaara?
—Sí, Su Excelencia.
—¿Y bien? —El duque se volvió impaciente a mirar a su secretario.
—El cura, Su Excelencia. El reverendo No sabaku Gaara.
—Un cura… —murmuró el duque—. ¿Entonces es un hombre joven?
—Sí, Su Excelencia. Y es uno de los hijos menores de Sir No sabaku de Hampshire.
—Tu investigación es tan detallada que resulta admirable —comentó Su Excelencia—. ¿Te has dejado algo?
—No, Su Excelencia —contestó Shino después de hacer una pausa para reflexionar—. Creo que lo he recordado todo. ¿Quiere que me encargue de que despidan a la señorita Hamilton?
—¿A la señorita Hamilton? —El duque frunció el ceño—. ¿Qué diablos tiene que ver todo esto con la señorita Hamilton?
Shino Aburame revolvió los papeles de su escritorio con manos nerviosas.
—Nada, Su Excelencia —respondió.
—Entonces tu pregunta no tiene mucho sentido —le espetó Su Excelencia—.¿Te he dejado suficiente trabajo en el escritorio para entretenerte el resto de la tarde, Shino?
—Sí, la verdad es que sí, Su Excelencia. Me encargaré de todo antes de marcharme.
—Si fuera tú, no gastaría todos mis cartuchos —comentó Su Excelencia, abriendo la puerta hacia la entrada—. Estoy seguro de que desearás tener una noche libre para entretener a la señora Shizune y a unos pocos elegidos más con la narración del bautizo en el que acabas de ser padrino.
Shino lo contempló mientras se marchaba. ¿No pensaba despedir a su querida después de todo lo que acababa de contarle? Su Excelencia debía de estar realmente loco por ella.
¿Y qué diablos estaba haciendo Otsutsuki en su casa si no pensaba arrestarla? Shino meneó la cabeza y centró su atención en los montones de papeles de su escritorio.
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Continuará...
