Palabra: comienzos.


Nana Shimura

In my hour of weakness you were there to see my courage fail
The years have been long and you have taught me well to sit and wait
Planning without acting
Steadily becoming what I hate

Dear Wormwood, The Oh Hellos


Izuku nunca había visto el mar lejos del archipiélago. Nunca había visto el mundo. Hace preguntas que Kacchan contesta después de poner los ojos en blanco, cuando quiere. Eijiro a veces también le hace compañía, aunque entre ellos todavía hay algo frío que los mantiene alejados. El resto de la tripulación siempre está más dispuesta a responder todas sus preguntas; especialmente si las hace en esos momentos en los que se relajan en playas y puertos vacíos de islas abandonadas. Sero y Jirou suelen acercársele para pedirle que cante. Kaminari, el rayo, también.

Kacchan lo mira a lo lejos, casi siempre.

Izuku evita pensar en esa mirada.

Le hizo un hechizo de protección con el polvo de hada, buscando eliminar la magia con la cual el arcaico que los persigue puede rastrearlo. Sus dedos sobre el pecho de Kacchan, sobre la cicatriz.

Izuku finge que no nota que Kacchan se olvida de cómo respirar cuando lo toca.

También finge que le duele que no lo mire.

—¡Ey! ¡Reacciona!

Es a voz de Eijiro.

—Ya nos vamos.

—Ah, sí, claro —dice Izuku. Es hora de volver al agua, para él—. ¿A dónde vamos?

Eijiro suspira.

—Tenemos que parar en algún puerto habitado para conseguir provisiones. Katsuki quiere ir a Yuei, es más seguro para nosotros. Y luego… —Desvía la mirada—. Quién sabe. Quizá quiera perseguir un navío del Reino de Fuego hasta el norte. ¿Tú tienes un plan?

—Se supone.

Necesita quitar el hechizo sobre las raíces antes de deshacerse de ellas. O el resultado podría ser catastrófico.

Pero cada segundo que pasa las raíces crecen un poco más. Ahora son visibles para casi todo el mundo si Kacchan trae el pecho medio descubierto. Sabe también que pronto le alcanzarán el hombro. Pronto, también, empezarán a doler. No le ha dicho.

Debería decírselo.

—Creí que el polvo de hada sería suficiente. Es muy poderoso para inhibir otros hechizos —dice Izuku. No le importa si Eijiro no está escuchando. Lo que necesita es poner en orden sus pensamientos y hablar casi siempre le ayuda—. Pero falta algo más. Mi magia no es suficiente porque el hechizo de rastreo no es exactamente magia arcaica. Es… ¿una combinación? —Izuku se talla los ojos—. Tampoco eso. Sólo. Lo siento raro cuando percibo su magia. Tiene que haber una manera de inhibirlo. Necesitamos hacerlo. De otro modo, en cualquier momento podrían volverlos... volvernos a encontrar.

—Ya.

Eijiro se pone en pie.

—No te tardes en pensar —dice—. Después de Yuei, asegúrate de tener un plan.

Izuku se queda en la playa. Ve a todo el mundo prepararse para partir, a lo lejos. No puede hacer demasiado. Sólo esperar.

Se sumerge en el agua, cansado de tomar el sol. Las escamas de su cola necesitan humedecerse. Están llanas de arena.

Y entonces, lo siente.

Magia corrupta.

—No…

Magia arcaica.

—No te preocupes, no sé dónde estás —murmura una voz. La reconoce. Es la del nigromante de las manos—. No puedo alcanzarte.

Da una vuelta. Otra. No alcanza a distinguir desde donde viene.

—¡¿Cómo me encontraste?!

—La magia arcaica y la magia de la gente del mar está relacionada —murmura la voz. Habla tan bajo que a Izuku le cuesta entenderla—. ¿Sabes cómo los arcanos volvieron a la tierra?

—N-No…

—Puedo contarte la historia. Después de todo, no puedes hacer nada contra ella.

Todavía no ve nada. Se interna un poco más en lo profundo. Ve el barco, todavía, por debajo. ¿Debería lanzar la voz de alarma? En cuanto lo piensa, se queda inmóvil. No, mejor no. El nigromante, Shigaraki, lo quiere a él nada más.

No tiene caso poner al resto en peligro.

Por fin ve la figura de Shigaraki. Cabello entre azul y gris deslucido, la mano de un muerto en la cara que apenas si deja ver sus ojos cerrados, pero no alcanza a ver su boca. Parece transparente y con los bordes difuminados. No está ahí.

—¿Cómo…?

—Espera. No preguntes. Yo cuento la historia —le dice—. Tienes el poder de Nana Shimura.

Es una leyenda.

Nana Shimura.

Había heredado el poder del tridente de los jefes del mar. Había murales sobre ella pintados en las cuevas en lo más hondo del mar. Izuku creció oyendo las historias de Nana Shimura, viendo sus imágenes, con su cola de escamas rojas y negras, su tridente dorado, el mismo que portaba Yagi todavía, y la sonrisa más bonita del mundo.

Nana Shimura había muerto antes de que Izuku naciera. El único asesinato que se había visto en siglos dentro del archipiélago. Nadie sabía exactamente cómo había ocurrido. La barrera nunca se había roto.

—No todavía —dice Izuku. No es una mentira. Es su heredero y dentro de sus venas ya corre un pedazo del poder de Nana, desde que Yagi lo señaló como sucesor. Pero no todavía. El tridente dorado todavía no es suyo. A veces, ni siquiera está tan seguro de quererlo—. ¿Cómo…?

—¿Sabes cómo murió Nana Shimura? —lo interrumpe el arcaico nigromante.

—N-no.

—Sabes su leyenda. —No es una pregunta.

La leyenda de Nana Shimura es la leyenda de todos los jefes del mar y el tridente dorado. No cualquier puede con el poder del tridente y aquellos que lo portan son sólo los que están dispuestos a sacrificarlo todo en pos de su pueblo. La mayoría se ven consumidos por él. Pocos son los que pueden hacerle frente, como Nana.

—Mi maestro necesitaba la sangre de Nana Shimura para revivir a los arcanos. Sólo una criatura tan antigua podría ser usada para llevar a cabo el ritual para despertar a los arcanos que llevaban tanto tiempo dormidos —sigue la voz. Izuku no puede quitarle los ojos de encima. Sabe que está relativamente a salvo y que Shigaraki no miente: no sabe donde está. Sólo se está proyectado—. Así que primero le pidió al viento que le entregara la sangre de Nana Shimura y el viento dijo que no. Entonces decidió ordenárselo y el viento resistió la orden. Al final, resolvió por controlarlo después de robarle su magia a un elemental del viento y lo obligó. Y el viento volvió con la sangre de Nana Shimura y me creó con los huesos de los arcaicos.

»Dice mi maestro que el viento lloró tres días enteros tras ver su creación y, al final, le dijo que Nana me había llamado Tenko en sueños —murmura Shigaraki—. Pero mi maestro ignoró al viento y me bautizó él mismo. Esa es tu respuesta. Por eso puedo buscar tu alma, aunque no te encuentre físicamente.

Izuku abre la boca.

No atina a decir nada.

—Tienes el poder de Nana Shimura y yo tengo su sangre. —Shigaraki nunca abre los ojos. Parece demasiado concentrado—. Lo supe cuando te vi en ese maldito barco.

—Todavía no tengo su poder.

—Pero lo tendrás. —Intuye que bajo la mano muerta—. Y traerás a los arcaicos de vuelta.

—¡Nunca!

—Es tu destino —dice Shigaraki—. Te encontraré. También a tu pirata.

—¡No!

Los bordes empiezan a difuminarse más y más.

—Estás en la línea de salida de una carrera que no puedes ganar —advierte Shigaraki—. Los arcaicos van a volver. Los crearemos con tu sangre.

Y entonces, desaparece.

A Izuku le cuesta respirar.

«Oh, Nana Shimura, nunca lo supimos». Alza la vista a la superficie, a través de la cual se alcanza a ver el cielo. «Oh, Nana Shimura, ¿por qué no te protegieron los antiguos?»


Palabras: 1245.

1) Yo: no puedo meterle cuatrocientos mil detalles a la historia, no me va a caber. Yo también: PERO TIENE QUE IR LA HISTORIA DE NANA SHIMURA. Sí quiero meter a todos los personajes posibles aquí. De hecho, estoy evaluando si los Todoroki van a tener algún papel (y creo que sí porque ya estoy armando el último y el penúltimo arco) en la historia.

2) También porque con la historia de Nana Shimura contaba la de Shigaraki un poco y aprovechaba y metía a AFO. Por cierto, este fic se va a llevar el premio al fic que más nombres propios tiene como nombres de capítulos. Y si no son, son nombres de lugares, de cosas o de canciones del lore del mundo (con sus excepciones, claro). Dato random que no sé por qué les cuento.


Andrea Poulain