-Estos nuevos juguetes hacen que esta instalación no se sienta tan solitaria –argumentó la joven Oryo mientras caminaba de un lado a otro, pasando su dedo índice sobre la camilla de operaciones quirúrgicas que se ubicaba en el centro de la sala.
Makishima Shougo la siguió con la mirada desde la oscuridad, preguntándose cuándo detendría su incesante y desagradable andar. Solía estar siempre calmada, pero cuando se dejaba llevar por las emociones, su impoluta barrera de frialdad y reflexión absolutas se quebraba para dar paso a una mentalidad corrosiva e infantil. En aquellos momentos, se encontraba observando a una mujer cuya edad mental se asemejaba al de una niña.
Si le quitaba los materiales, se enfadaría tanto como un menor que es regañado por sus padres y haría todo tipo de berrinches. Si la colocaba en una situación límite donde su vida corriese peligro, probablemente el miedo sería tan fuerte que le nublaría la mente, esfumando todo su odio de un suspiro. Y aquel comportamiento no hacía más que recordarle el límite que poseía como herramienta e individuo.
Rikako Oryo era una joven que sencillamente podía ser encendida con el más débil de los soplos. Era una llama que quemaba como el mismísimo sol hasta en los lugares más recónditos y oscuros. Era capaz de ir al infierno y volver a la tierra para impartir el peor de los tormentos, pero era tan sólo eso; una chispa que podía arrasar un bosque entero hasta acabar consumiéndose a sí misma, tan rápido como empezaba el incendio.
Su odio era una navaja de un filo excepcional, cuya resplandeciente hoja le hacía daño tanto a los demás como a su propio portador. Y para el colmo, en su fatal arrogancia, tenía la osadía de creer que las circunstancias eran producto de su introspección. Irónicamente, disfrutaba doblegar la voluntad de los demás cuando ella, a su vez, podía ser fácilmente manipulada. Makishima frunció el ceño por una fracción de segundo mientras la observaba, sintiendo que una corriente de placer adormecía sus sentidos.
Entonces, como ya se volvía habitual e inevitable en él, se preguntó qué diría Yashiro en aquellos instantes. Llegó a imaginarla en la sala, de pie contemplando los diferentes materiales con curiosidad, hasta reparar en la frágil presencia de la señorita Oryo y citar, tal vez, a Zaratustra, cuando este decía: "a quien no le enseñas a volar, enséñale a caer más deprisa". Y estaba emocionado, tanto por verla desplegar sus alas como por saludarla mientras se fundía en la oscuridad, cayendo tan deprisa que hasta se le hacía imposible distinguirla. Tenía la sensación, y esperaba que así fuera, de que la joven Oryo le daría todo un espectáculo. Ansiaba, de igual modo, que Yashiro se encontrara allí para disfrutarlo.
-Ahora sólo falta el protagonista de la obra –corroboró Makishima detrás del foco de luz que iluminaba la escena.
La joven Oryo tomó un bisturí que se encontraba arriba de una mesa auxiliar metálica, para contemplar el reflejo en su hoja y acariciarlo en el proceso, con una dulzura que él mismo comprendía. Tenía la mirada de una niña en su cumpleaños tras recibir los regalos, y realmente esperaba que en un futuro próximo los utilizara para crear obras propias.
-El profesor Toma está interesado en un hombre llamado Ryoji Hashida –informó ella, girando la hoja en el aire.
Makishima había realizado sus propias investigaciones previamente, por lo que el comentario no captó su atención. Se trataba de un político sospechoso de corrupción y falsificación de reportes del coeficiente criminal. A pesar de las críticas y oposiciones era muy probable que lograra seguir burlando al sistema, después de todo, el dinero era un recurso ventajoso que tenía el lujo de darse, así como era el caso del señor Senguji.
El profesor Toma tenía unos gustos bastante singulares, y se preguntaba qué intenciones tendría con ese hombre. No podía evitar sentir la emoción corriendo por sus venas al imaginar la reacción de pánico del público, el impacto que tendría en la sociedad. Los cimientos del Sistema Sibyl temblarían de la vergüenza y la acusación. ¿Cuál sería la reacción de la señorita Takahashi? ¿miedo, odio, indignación… esperanza?
-Veo que no le has dicho nada a tu compañera –introdujo a Yashiro en la conversación, tal como había planeado.
Sabía que eran muy cercanas, pero no le parecía apropiado llamarlas amigas. Mientras que Rikako se hallaba siempre acompañada de otras estudiantes, Yashiro elegía rigurosamente a quién tener a su lado. La primera creía tener muchas amigas, la segunda aceptaba la soledad. Eran excelentes compañeras y no dudarían jamás en apoyarse mutuamente, pero no le parecía que eran amigas. Una parte de él deseaba que así se mantuviera. Yashiro comprendía la amistad de un modo más complejo.
Cuando volvió a centrarse en la menor, la forma en que sus ojos parpadearon con una breve pero intensa vacilación no pasó desapercibida para alguien como él, que tanto disfrutaba estudiando su comportamiento. Rikako seguía estudiando todo el equipo que se le había otorgado, aunque no estuviera buscando algo en específico, tan sólo se regocijaba una y otra vez en el placer que le producían esos materiales.
-Prefiero que sea una sorpresa –contestó ella sin darle mayor importancia al asunto.
Makishima pudo intuir, de cierta forma, una aparente inquietud cada vez que la mencionaba. Parecía tener miedo, muy en su interior, o acaso preocupación. Entrecerró los ojos sin dejar de examinarla, y sintió la presencia de la joven Takahashi como si se encontrara allí mismo. La culpabilidad retorcía su mente, aunque tan sólo de una manera casi imperceptible, a medida que pasaba el tiempo. Rikako era aún demasiado joven y por eso se dejaba llevar por lo que otros pensaban de ella. En dicho caso, Yashiro. Debía ser alguien muy importante en su vida, aunque probablemente jamás lo admitiese. Su orgullo no se lo permitiría.
-¿Cómo piensas que se lo tomaría? –indagó él cruzándose de brazos.
Los labios de Rikako permanecieron entreabiertos y ligeramente temblorosos, como si aquello nunca hubiera pasado por su mente y actuara tal espina clavada en su consciencia, firme e implacable. Había un extraño brillo en su mirada que captó su atención, tan lúgubre como la misma noche.
-No sería la primera vez que viese crueldad delante de sus ojos.
La joven Oryo se detuvo unos instantes, reflexionando sobre el filo de sus propias palabras. Makishima avanzó unos pasos, abandonando la oscuridad para dejarse ver ante ella. Aquello era lo que estaba buscando con tantas ansias, lo que esperaba recibir por parte de la joven. La tenía en sus manos ahora, y estaba dispuesto a exprimirla por completo. Alzó la cabeza unos centímetros, ladeándola hacia un lado mientras tanteaba el terreno.
-Debo suponer que sabes mucho sobre ella –afirmó él con una mirada distante.
Hubo unos segundos de entera duda, como si una parte de Rikako siguiera siendo plenamente fiel a la otra estudiante, y se negara a revelar más sobre su vida. Era una gran influencia para ella y tendría que trabajar más en dicha relación. Sin embargo, el hielo pareció quebrarse por fin y todo su delgado cuerpo se relajó, como si un gran peso hubiera sido quitado de sus hombros.
-Desde la primera vez que la vi leyendo en un pasillo en vez de estar en clase de literatura, supe que en algo se distinguía de los demás.
Makishima dejó escapar una sonrisa incrédula al imaginar la escena. Definitivamente, se trataba de Yashiro. Ninguna otra persona se escaparía de una aburrida clase de literatura para leer, además de él y quizá, la propia Rikako.
-Fui testigo de cómo sencillamente transforma a una estudiante. No es la primera vez que lo hace, ¿me equivoco? –declaró Makishima, caminando alrededor sin dejar de mirarla de manera inquisitiva.
La joven Oryo cerró los ojos durante unos segundos, inflando todo su pecho, como quien es descubierto y ya no busca una salida para ocultarse tras las sombras.
-No, no lo es. Siempre actuó de esa forma, consciente o no del poder de sus palabras –prosiguió Rikako, quien hizo de repente una larga pausa para lanzarle una mirada, analizando si debía continuar o no-. De hecho, sus palabras pueden iluminar u oscurecer el psycho pass de los demás, como un espejo.
Makishima arqueó una ceja y detuvo su elegante andar, como si delante de él se abriera un enorme precipicio. Las palabras de la chica se quedaron flotando en el ambiente, cual eco oscuro y penetrante que retorcía las mentes de todo aquel que se atrevía a escucharlo.
-¿Un espejo? –soltó sin más, atónito.
Ya no le importaba en absoluto fingir desinterés, anhelaba, deseaba saber más al respecto. Presentía que Yashiro era un cofre lleno de misterios sin resolver, y haría todo lo que estuviera a su alcance para obtener la llave. Los ojos de Rikako centellaron como si de repente se hubiera acordado de algo. A pesar de que siempre se había considerado una persona paciente, la espera se le hacía interminable.
-Sí, pero eso no es lo más extraño –comenzó a explicar la menor, perdida en un punto fijo de la camilla mientras Makishima la miraba detenidamente, sumido en una extraña complacencia-. Una persona común y corriente se quebraría los primeros días. Observar la oscuridad de una persona sin ser afectado es prácticamente imposible. Yashiro, en cambio… mantiene su tono en perfecto estado.
Se armó un silencio ensordecedor. Makishima acariciaba su mentón completamente abstraído, tratando de darle un significado a dichas palabras. Todo su cuerpo permaneció inamovible como si de pronto su voluntad se hubiera extinguido. Podía oír los lentos latidos de su corazón, murmullos expectantes ante una verdad que no había sido revelada, pero que estaba ansioso por descubrir desde lo más profundo de su ser. Una parte de él creía que, probablemente, el nivel de insensibilidad que Yashiro tenía era tan avanzado, que evitaba ser afectada. Sin embargo, no podía creerlo, se negaba a ello.
-Incluso después de lo que pasó –añadió Rikako en un tono frío, captando considerablemente su atención-. Según la poca información que hallé, hubo una noche en la que su padre intentó matar tanto a su esposa como ella misma. Sin embargo, la madre lo asesinó con doce puñaladas –hizo una pausa para intercambiar una mirada profunda con él, dejando en claro que la cantidad era, desde su perspectiva, una evidente revelación del odio que había en aquella relación-. En consecuencia, el psycho pass de su madre se volvió tan turbio que la terapia ya no estaba a su alcance. En ese entonces, Yashiro tenía quince años.
Makishima había investigado el pasado de Yashiro tras conocerla en la biblioteca. Recordaba aun las horas que había pasado sumergido en la red buscándola, a pesar de que aquello no era algo que le apasionaba. Desde el primer momento supo que ocultaba algo, o que su mente trataba con suma perspicacia reprender lo inevitable. Había, incluso, realizado preguntas indirectas sobre el pasado de Yashiro y su actual estilo de vida a otros docentes y estudiantes. Era conocida por prácticamente toda la academia y, sin embargo, ninguno había cruzado el puente, ya sea porque no se atrevían o porque en realidad no habían sido capaz.
-No sólo vio morir a su padre en manos de su madre, sino que también presenció la muerte de su madre en los brazos justicieros de Sibyl.
Los ojos de Makishima brillaron llenos de satisfacción y sonrió plenamente, dibujando la situación en su mente con extremo detalle. A tan corta edad había sido testigo, en carne propia, de la muerte. Había vivido un infierno, y de alguna forma logró escapar de sus ardientes llamas, utilizando aquel fuego, aquel sufrimiento, para ser ella misma. Yashiro era la chispa en persona y expandía las llamas según sus necesidades, sin llegar a consumirse a sí misma. Una descarga llena de complacencia le erizó la piel.
-Y, no obstante –lo reincorporó a la realidad la señorita Oryo, entrecerrando los ojos con un brillo sombrío en ellos-. Sospecho que Yashiro cumplió un rol durante el conflicto, uno que… Sibyl no pudo juzgar.
Makishima ensombreció su rostro instantáneamente, reflexionando sobre el abismo que contenían aquellas palabras. Deseaba mirar, pero no estaba seguro de lo que podría encontrar. Tampoco quería sacar conclusiones deliberadas. Desde el principio, fue gratificante y a la vez extraño sentirse observado por Yashiro en el patio de la academia. En ese momento, tuvo la sensación de que tenía algo diferente respecto a las demás estudiantes. Sus sentidos nunca fallaban y así lo pudo confirmar posteriormente, al conocerla, o más bien, al conocer una simple parte de ella. Su disfraz estaba tan bien desarrollado, que apenas podía ver su verdadero rostro.
Y esa misma incertidumbre era la que llenaba sus pulmones de un entusiasmo indescriptible. Quería saber más sobre ella, y quería, también, enseñarle acerca de él. Por primera vez en su vida alguien había desafiado sus palabras, lo había hecho dudar, replantear sus ideas, cuando en realidad nadie antes fue capaz. Yashiro era una mujer entre tantas, una estudiante como tantas otras en la academia, pero era completamente diferente y tal vez ni lo sabía. Tenía la sensación de que era como él y estaba ansioso por mostrarle el camino.
