Me limpié una gota de sudor que me cosquilleaba en la frente, mi madre se secaba las uñas de los pies con el ventilador de la sala y a pesar de llevar pantalones cortos y una blusa fresca, mi cabeza parecía estar dentro de un horno de pizzas. Al igual que yo, las acciones impulsivas de mi madre la habían llevado a hacerse un permanente pasado de moda de los 80 en el salón de belleza de la madre de Jong Up. Tomé los últimos tragos de mi vaso y resoplé sin dejar de mover el cuello de mi blusa en un fallido intento por refrescar mi cuerpo. Mi madre veía la televisión con los pies estirados en la mesa frente al sofá, sus rizos rígidos apenas y seguían los movimientos animados de su cabeza cuando su actor favorito besaba a la protagonista.
Era el primer fin de semana que pasaba más de cuatro horas en casa junto a mi madre, mi padre no la sacaba a menudo en citas y se aburría rápidamente si no salía a la estetica a enterarse de los nuevos rumores, haberme quedado con ella esta vez la había ayudado a disfrutar de la televisión y luego de hacerme pintar las uñas de sus manos tres veces debido a mi falta de practica se había hechado en el sillón por horas, rehusandose a compartirme aire del ventilador.
También era el único fin de semana desde que llegué a ese pueblo que me había rehusado a salir, Edma además ya no me tomaba en cuenta, algo entre nosotras se había roto, como no sabía que era no podía arreglarlo. Intentaba mucho no cruzar mirada con Young Jae o Jong Up, y, eso además de mantener a Marisol arraigada en su pupitre al final de la clase se me premiaba con que Edma me dijera un mísero "hola" en las mañanas. Me sentía imbécil rogando atención, como un cachorro que no quiere ser segregado, a cierto punto hasta algo de rabia me sacudía las manos.
Tosí cuando mi madre cambió el ángulo del ventilador, el olor del esmalte me impregnó la nariz, hastiada no pude soportarlo más.
—Iré por algo de jugo —mentí mientras me amarraba las agujetas de los tenis.
Salí del edificio a mitad de la tarde, el clima caluroso comenzaba a menguar y de nuevo el aire frío típico del lugar comenzaba a deambular en las calles. Me apetecía divertirme, quizás al cine de nuevo. Aunque sola, algo de vergüenza me invadió el pecho, pensar en el olor a esmalte y el ruido de una telenovela que mi casa despedía no me hizo dudar en volver.
Llevaba mi cartera y la mesada del mes aún estaba completa, volvería en un taxi y no me preocuparía por las calles oscuras de la noche. Casi como un reflejo, volví a toser de nervios. La imagen de Jong Up arrastrándome a un callejón irrumpió mis pasos por la acera, no pude evitar mirar de reojo hacía atrás; familias y niños se paseaban sin preocupaciones. El sol aún no se escondía del todo, era horario familiar, algunas parejas más jóvenes paseaban perros y por la acera había uno que otro atleta trotando. Recuperé mi confianza y confié en que usaría el taxi.
El cine no estaba tan alejado de mi departamento, llegar caminando era más tardado, luego de retirarme de los edificios de departamento y oficinas de abogados uno se desvía a la izquierda a un pequeño parque con un quiosco horrendo con algo de basura en los arbustos que lo decoran y tras eso está el bulevar del centro, la misma donde el cine y el karaoke presumían sus carteleras.
Crucé la calle trotando hasta el otro extremo donde el cine estaba, al igual que la última vez había motocicletas en el karaoke, luché para no mirar hacía ese extremo, dejé que parte de mi cabello me cubriera el lado derecho de mi rostro y apuré el paso hasta el cine.
Pero, por el rabillo del ojo algo no me cuadraba, una chaqueta con estampado de leopardo se paseaba de lado a lado de la acera. Pronto, la imagen se hizo más clara, la acompañaba unos shorts rosa chillón y unas botas largas hasta la rodilla. Edma estaba de espaldas con una mano sobre el cabello negro de un chico atractivo que a su vez estaba sentado sobre una motocicleta de franjas rojas. La música que el Karaoke despedía era alta, retumbaba en las ventanas, razón por la que no podía escuchar nada en absoluto lo que ella decía. En segundos, la mano del chico se posó en el muslo de ella.
Debí haberme quedado atónita por un largo rato, porque entonces el chico guapo de la motocicleta desvió su mirada a mí. El cielo ya estaba oscuro, el frío además me había echo piel de gallina. Edma lo notó, soltó el cabello levemente rizado del chico, sus largas uñas acrílicas resbalaron por el cuello de él y su rostro se volvió a mí.
Si estaba sorprendida entonces era una gran actriz porque no lo aparentó. La miré sin pestañear, pero no la iba a confrontar por algo tan extraño como un novio secreto que de manera coincidente tenía una motocicleta. Por unos segundos, me sentí culpable ¿merecía yo saber de algo tan personal? y sentí mi rostro fruncirse ante esa idea. Me metí de una buena vez al cine, compré boletos a un título que no leí del todo consciente y me sorprendí viendo al vacío en vez de a la pantalla.
Durante largos ratos me imaginé momentos embarazosos al volvernos a saludar y medio convivir en la escuela. No solo algo se había roto, pero parecía además una distancia inorgánica, que ella creó antes de darme cuenta.
La función había terminado, yo y tres chicos más salimos de la sala, la puerta principal era de vidrio transparente y al asomarme Edma ya no estaba, solo el mismo chico que ella acariciaba y besaba horas atrás, seguía taciturno sobre su motocicleta con un cigarrillo en mano que pasaba por su boca con movimientos lentos. Salí del lugar y me precipité a la orilla de la acera con los brazos cruzados, un vano intento por preservar el calor corporal. Solo era cuestión de esperar un taxi y afrontar a Edma el lunes, quizás sin mencionar el tema. Me revolví impaciente en mi lugar, el ruidoso Karaoke ahora retumbaba su música en mis oídos, parecía un mixtape con clásicos de varios géneros que no pegaban bien entre ellos y hacían una mezcla infumable.
—Que extraño —dí un salto—. Creí que me habías escuchado con claridad cuando te mencione ir al karaoke.
—Dios mío —susurré por lo bajo cuando Young Jae se acercó a mí.
No respondí, especialmente porque no sabía que decir. Miré hacia el lado opuesto y me abracé a mi misma. No tenía el valor de adentrarme al parque en medio de la noche, menos ahora que Young Jae se aparecía y pegaba como garrapata. Miré al chico del cigarrillo una vez más, él también nos veía curioso exhalando la última bocanada de humo. El cigarrillo voló al suelo y fue extinguido por sus tenis.
—Me haces parecer un desconocido que te acosa frente a los demás —prosiguió Young Jae, ladeó su cabeza con una media sonrisa en el rostro. Vestía una sudadera amarilla y unos pantalones de mezclilla negra, sus orejas de nuevo estaban llenas de pendientes y el cabello se le revolvía, con las raíces negras formaban un degradado hasta las puntas rubias.
—Eso es lo que eres.
Él soltó una risa justo cuando el aire nos golpeó levemente y mi barbilla tembló de frío.
—¿Por qué has salido con shorts y una blusa tan fresca? ¿No te has familiarizado aún con el clima del lugar?
Por un momento su voz fue seria.
—Creo que ya debo irme —le mencioné, ignoré las preguntas a propósito y crucé el bulevar hasta la entrada del parque.
Regresé a mirar en busca de Young Jae, afortunadamente no me había seguido, ahora su larga silueta intentaba prender un cigarrillo con el encendedor del chico de la motocicleta, el humo que salió de su boca fue lo último que vi antes de que los árboles taparan la escena. Volví mi rostro hacía el camino de ladrillo rojo, mis pasos se volvieron rápidos, divisé luz en el quiosco y la figura de una pareja. Por un momento ver más gente y una mujer me calmaron los nervios, hasta que me acerqué lo suficiente para sentir un escalofrío en el cuello.
Los brazos de Jong Up rodeaban a una mujer hacía su pecho, mis pasos entonces tomaron la ruta opuesta adentrandome al bosquecillo no iluminado con el suelo tosco y raíces que sobresalían de la tierra. Al intentar avanzar entre el bosque no pude evitar mirar con atención, no reconocía entre los rostros que veía en la escuela alguno que coincidiera con ella. Tampoco su pelo largo y voluminoso parecía familiar, mismo cabello que tenía los dedos de Jong Up enredados entre mechones, sus dedos acariciaban con delicadeza cada parte de su cabeza. Tuve que inhalar profundamente y recargarme en uno de los árboles para procesar lo que veía. Los labios de Jong Up se posaron en la frente de ella, mi mano voló hacía la mía. Sentí mi corazón palpitarme en los oídos, en minutos me desorienté y estuve segura que mis mejillas estaban sonrosadas por el calor que me abrumaba en el rostro.
No tuve idea como llegué a casa, no sentí el dolor en las piernas luego de subir cuatro pisos de escaleras, mi cuerpo se desplomó en mi cama, me sentí como en una pelicula, fuera de mí repasando cada instante; Edma pegandose el lote con un desconocido que parecía tener el mismo estilo de vida que Jong up y Young Jae, a pesar de que toda esta situación de nuestra amistad haya sido creada porque ella me pedía no involucrarme con ese tipo de chicos, Jong Up reconfortando a una desconocida y Young jae picaba mi salud mental y paranoia; deseaba venganza y quería que yo fuera complice.
Me encogí entre mis sabanas y apreté la almohada en mi rostro con fuerza. No me cuadraba lo que escuchaba. Por un lado me pintaban a Jong Up como un maleante calculador que pudo matar a una mujer sin que trascendiera a las autoridades o al resto de la escuela. Por otro, lo que yo veía me confundía. Era amable, delicado con sus caricias, sus ojos se iluminaban si los veías el tiempo suficiente, respetaba mi espacio personal por completo desde que le dejé en claro que no quería que me molestara de nuevo. Eso sin embargo, parecía ser mi sentencia de muerte, Young Jae me aseguraba que solo era cuestión de tiempo para que me hicieran algo, que era una fachada. Su insistencia y sus cambios de voz funcionaban, me lo creía, Jong Up quizás conocía a donde iba, por donde iba, que tienda de conveniencia me gustaba más.
Tras las imagenes de él intentando asfixiarme, pronto llegaban las imagenes de el dandome un beso en la frente y enredando sus dedos en mi pelo. Su media sonrisa en aquel callejon el primer día que lo ví. El lunar de su nariz y la fragancia que despedía cuando me era posible hablarle de cerca.
¿Que pasaba? ¿Acaso me gustaba?
Me incorporé, tallé mi rostro entre mis manos con fuerza. Quizás mis constantes líos se debían a que simplemente necesitaba de una excusa para tenerlo cerca.
