Somos fácilmente engañados por aquellos a quienes amamos.

Molière.


Los ojos de Julie observaron la fachada del cuartel de la Guardia Nacional, humedeciéndose los labios de forma inconsciente antes de mirar al soldado que vigilaba la entrada.

- ¿Necesita que la acompañe, Madeimoselle Julie? – Se giró para mirar a Paul, negando suavemente.

- Espera aquí, no demoraré más de diez minutos, después quiero ir a casa de tu madre a ver a Héctor.

- Como usted diga. – Ella asintió, aclarándose la garganta para hablar con el soldado.

- …- El hombre la miró impasible, frunciendo el ceño mientras tensaba sus hombros y apretaba su mosquete.

- Busco al capitán Alain Soissons.

- Este no es un centro de búsqueda de personas, señorita, si quiere algo tener que venir anticipadamente o colocar alguna denuncia.

- Necesito hablar de un tema importante con él.

- ¡Me lo hubiese dicho antes! Puede esperar a que el capitán salga o puede ir a hablar con el coronel Montbailly.

- ¡Julie! – Escuchó como gritaban su nombre en el preciso momento en que preparaba para responderle a ese sujeto impertinente, dirigiendo su mirada hacia donde se encontraba el hombre que estaba buscando.

- Alain. – Apenas susurró cuando él se paró derecho frente a ella, sonriéndole con ternura.

- ¿Qué hace aquí? – Ambos ignoraron al vigía, quien solo se dedicó a observar lo que ocurría frente a sus ojos.

- Vine a invitarlo.

- ¿A qué?

- Sé que la próxima semana tiene vacaciones y…yo ya hablé con Diane, ella dijo que, si quiere ir, así que ahora vine por usted.

- Julie, no se vaya por las ramas y dígame lo que quiere decir. – Ella se sonrojó furiosamente, agachando la mirada.

- Pues solo quería invitarlo a pasar unos días en una propiedad de una familiar en Périgord y después acompañarme a Marsella. – Dijo atropelladamente, Alain cruzando los brazos sobre el pecho, haciendo una mueca hastiada.

- Significa que usted quiere que vaya con usted a la mitad de la nada.

- No es la mitad de la nada, hay un precioso pueblito cerca y prepara unos dulces muy buenos, además, en esta época, comienzan a preparar vino nuevo y dulce y…

- ¿Podré estar con usted a solas? – Julie tragó grueso antes de levantar la vista, sus ojos conectándose con los marrones de Alain.

- El castillo es grande, además que podemos dar paseos a caballo.

- Entonces eso es un sí. – No quiso acercarse más de lo permitido para no arruinar la reputación de Julie, así que solo se contentó con devorarla con la mirada, apreciando el bonito vestido de tela rosa que traía puesto y que solo acentuaba su belleza.

- Creo que sí.

- Pues cuente conmigo para ir a Périgord, Madeimoselle. – Ella sonrió y casi se lanza a los brazos del capitán, pero se contuvo, asintiendo con una sonrisa antes de girarse para volver a la calle y a su coche.

Alain se quedó un par de minutos parado allí, contemplando el camino que ella había tomado, volviendo al mundo real cuando escuchó una sonora carcajada.

- Y yo que creía que eras un desviado.

- Cierra la boca, Joyce.

- Es muy bonita, tanto que no parece real, aunque no aparenta tener muy buen genio. – Habló el soldado a su capitán, él frunciendo el ceño.

- Volveré a las barracas porque no quiero escuchar tu cotorreo incesante. – Se dio media vuelta para poder regresar con sus compañeros y, de paso, quitarse las ganas de seguir a Julie para volver a robarle un beso.


- ¿Me mandó a llamar? – Susurró con suavidad Hans, su mirada permaneciendo de forma obstinada pegada al suelo, evitando cualquier contacto visual con el hombre dueño de casa.

- Sí. – Apenas escuchó su voz y cada vello de su cuerpo se levantó, como si ese sonido tuviese algún poder desconocido sobre su persona. – André, Julie y algunos amigos saldrán de viaje y quiero que usted los acompañe.

- ¿Yo? ¿Y por qué tengo que ir yo?

- Irán para ver a una familiar un tanto…particular, quizá ella pueda decirle donde está su esposa. – Se atrevió a levantar la vista, sus pupilas grisáceas asombrándose una vez más con la belleza de un hombre tan parecido a una mujer. Su rostro era besado por la luz del sol que entraba de forma suave por entre las cortinas abiertas, su mirada ausente, viendo hacia la calle mientras su cabello se movía delicadamente con la brisa que entraba por la ventana, sus párpados semicerrados y sus labios entreabiertos…el deseo de volver a probar su boca lo tentó como si fuera uno de los mejores manjares del mundo, pero se contuvo, apretándolos puños.

- ¿Y si yo no quiero hacerlo? – Se lamentó al instante de decir esas palabras, pues Oscar frunció el ceño, mirándolo directamente con sus ojos zafiros, realmente enfadado.

- Pues tendré que pedirle amablemente que se largue de mi casa. – Esa amenaza llegó a lo profundo del alma del conde ¿podría aguantar alejarse del fantasma de Olive presente en el cuerpo de Oscar para siempre? No quiso saber la respuesta, aunque su interior ya la conocía, además, quizá encontraría a Olive, se volvería a enamorar de ella y volverían a Suecia a vivir sus vidas como si nada hubiese pasado. Que iluso.

- ¿Cuánto tiempo será?

- No mucho, dos semanas, un par de días en Périgord y otros tantos en Marsella, André tiene que cerrar unos tratos con unos comerciantes italianos.

- ¿Dos semanas? ¿Y usted?

- No iré, debo partir a Bélgica por unas semanas, debo entrevistarme con un editor que vive allá y que quiero que lea mi último libro cuando esté listo.

- Entonces, aunque me niegue, tendría que quedarme solo aquí.

- Si se niega puede marcharse ahora mismo.

- ¿Puedo llevar a Meadows conmigo?

- Por supuesto. – El gesto de Oscar se suavizó, una sonrisa tirando una de las comisuras de su boca.

- Iré, pero primero quiero ir a ver a mi amigo Will para avisarle que no estaré en Paris por un corto tiempo.

- Hágalo. – Con un leve asentimiento, Hans se giró, dándole la espalda a Oscar para dejarlo solo, aún apretando las manos para evitar lanzarse sobre él.

Si tan solo supiera quien era en verdad ese hombre que tanto le atraía.