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INTERROGATORIOS
A pesar de sus protestas, Candy se vio obligada a permanecer encerrada en una de las alcobas del castillo, en lugar de regresar a la mazmorra con los hombres de su padre. Después de una noche en vela, le habían llevado el desayuno y aunque no podía comer de los nervios, sí tuvo el tino de esconder el cuchillo, el primero que veía desde que estaba allí, en la parte interna del muslo. La muchacha que se llevó el plato no pareció notarlo en falta y al menos así ahora se sentía mínimamente segura.
Horas más tarde, se paseaba de un extremo al otro del cuarto, rabiosa por la espera e intentando tranquilizarse, sin éxito. La incertidumbre de lo que estaría pasando tras aquella puerta, sólo lograba alterarla más.
Se asomó por la ventana de la alcoba. Desde allí podía divisar todas las islas occidentales. Lewis y Harris, Barra y las Uist.
Cientos de ellas, de hecho, aunque según el dicho escocés que su padre le recitaba de pequeña, una isla es un peñasco donde se puede dejar pastando a una vaca durante un año. Sino, no es una isla. Muchas de aquella no lo eran.
Como aquella que veía frente al castillo y que parecía una enorme ballena. Nunca había visto una, pero por la descripción que le había hecho el viejo Angus de ellas en sus relatos, no cabía duda de que así debían ser.
-¿Intentando escapar?
Candy se giró bruscamente, dejando la ventana a su espalda, como si la hubiesen pillado haciendo algo malo. Miró directamente a aquellos ojos celestes que parecían estudiarla.
¿Para decidir si realmente intentaba escapar? Pensó en dejarle creer que sí pero cambió de opinión en el último segundo.
-Admiraba las vistas, en realidad - dijo apartando la mirada. De repente su corazón latía con más fuerza.
-Vamos.
-¿A dónde?
-Vamos - repitió con fastidio.
Candy cruzó los brazos y lo miró en actitud desafiante. No se movería hasta saber a dónde pensaba llevarla. Supuso que él lo había entendido porque le vio poner una mueca de disgusto antes de hablar de nuevo.
-Anthony quiere hablar contigo.
-Y yo quiero hablar con mis compañeros.
-No estás en situación de exigir nada. Te recuerdo que aquí sólo eres una prisionera.
-En ese caso - elevó más la barbilla - llevadme a la mazmorra, que es donde debería estar.
Candy se preparó para enfrentarlo en cuanto lo vio acercarse a ella. Parecía enfadado pero no sabía si por sus palabras o por su actitud desafiante. Lo más probable que fuese por ambas.
-Eres una mujer imposible - le dijo antes de cargarla en el hombro como si fuese un saco - Alguien debería inculcarte un poco de educación.
-Vos no desde luego - lo golpeó en la espalda pero sabía que resultaría del todo inútil resistirse - Bajadme ahora mismo.
-Ya te he dicho que no estás en posición de exigir nada - le palmeó el trasero y Candy gritó, más por la sospresa que por el daño que le hubiese causado.
-Bruto - volvió a atacar su espalda, impotente.
-Eso no es nada, querida - lo oyó gruñir por lo bajo.
Quiso reprenderlo por haberla llamado de aquel modo tan íntimo pero atravesaron una puerta y la depositó en el suelo sin ninguna delicadeza. Hubiese dado con su trasero en el piso si no la sujetase todavía por un brazo. La obligó, sin contemplaciones, a sentarse en una silla y se apartó de ella, apoyándose en la pared a su espalda.
-Cuando te pedí que la trajeras, no me refería a esto, Albert. ¿Dónde están tus modales?
Candy miró entonces a Anthony, que estaba sentado tras un macizo escritorio, con los codos apoyados en él. La miraba directamente a ella aunque estuvise hablando con su primo. Candy le sostuvo la mirada, como había hecho con el otro.
-Se negaba a venir - se justificó.
-Aunque así fuera, ese no es modo de tratar a una dama.
-No importa - los interrumpió ella - porque en realidad no soy una dama.
No sabía qué habrían dicho los hombres de su padre pero una cosa estaba clara. Jamás la delatarían. Dirían cualquier cosa menos que era la hija de Robert White, Y si ella podía contribuir a borrar su imagen de dama, algo que en realidad nunca se había considerado, lo haría.
-¿Por qué tengo la sensación de que me estáis mintiendo?
-¿Por qué iba a importarme lo más mínimo lo que penséis? - le contestó con otra pregunta.
Anthony la estudió de nuevo, con renovado interés. Pero Candy podía sentir la fría mirada de Albert sobre ella y eso la frustraba más que la directa mirada de Anthony. Que un hombre la incomodase con una simple mirada era algo inusual para ella y no sabía cómo afrontarlo. Podía ignorarlo, cierto, pero algo le decía que él no se lo permitiría.
-Quiero ver al resto - dijo tal vez para romper el silencio, aunque lo deseaba de verdad.
Necesitaba hablar con ellos para saber qué historia habían contado. No diría nada hasta haberlos visto y así se lo hizo saber a Anthony con la mirada.
-Me temo que no puedo contentaros en eso.
-¿Qué les habéis hecho? - se levantó de la silla pero unas fuertes manos en sus hombros la obligaron a sentarse de nuevo.
Se deshizo de ellas sacudiendo los brazos pero permaneció sentada esperando a que Anthony contestase a su pregunta.
-Están en la celda - la tranquilizó - pero ese no es lugar para una dama.
-Como ya os he dicho, no soy ninguna dama así que podré soportarlo. Quiero verlos.
-No.
-En ese caso - se levantó de nuevo dispuesta a salir de allí - no tengo nada más que decir.
Albert se interpuso en su camino y ella cruzó los brazos, negándose a tomar asiento de nuevo. Nadie la obligaría a hablar.
-Tomad asiento - Anthony dejó la frase en el aire, esperando que Candy le diese un nombre por el que llamarla. No lo hizo - Si respondéis a mis preguntas, os dejaré bajar a verlos.
Candy no había apartado sus ojos de los de Albert mientras escuchaba hablar a Anthony tras ella. Como antes, el hombre parecía enfadado y pensó que tal vez era siempre así. Desde que se habían conocido, lo había visto más veces con el ceño fruncido que con cualquier otra expresión.
-¿No sonreís nunca? - las palabras escaparon de su boca antes incluso de procesarlas. Su impulsividad siempre le ganaba la batalla a su prudencia.
La risa de Anthony le hizo romper el contacto visual con Albert, al ser consciente de lo que había hecho. Cuando miró de nuevo hacia él, estaba sonriendo. Y le pareció una bonita sonrisa.
Incómoda con su pensamiento, tomó asiento de nuevo. Anthony la miraba con la risa bailando en sus ojos todavía y eso no le gustó nada. Lo fulminó con la mirada pero sólo pareció divertirlo más. Si había algo que le disgustase más que que menospreciasen sus habilidades, era que se riesen de ella.
-Si os vais a reír de mí todo el tiempo, mejor regreso a mi celda - le dijo.
-Sois muy graciosa - se escusó.
-No era esa mi intención. Y os agradecería que os limitaseis a exponer vuestras preguntas de una buena vez. Empiezo a estar harta de esta situación - lo desfió - Cuanto antes acabemos con esto, mejor para todos.
-Deberíais medir vuestras palabras - la risa había desaparecido - Podría mandar castigaros por vuestra impertinente actitud. Recordad que sois una prisionera aquí.
-No lo he olvidado - le dedicó una falsa sonrisa - Y podéis castigarme cuanto gustéis, mi actitud no cambiará. Soy como soy. Os guste o no.
-¿Por qué estáis en Skye?
-Si no os hubieseis empeñado en traernos hasta aquí - eludió la pregunta - ahora mismo ya no estaríamos en Skye.
-¿Qué hacíais en Skye? - preguntó de nuevo.
-Intentar regresar a casa.
-¿De dónde veníais? - cada vez parecía más ansioso.
-¿De algún lugar? - se mordió el labio para no reír.
Por el modo en que Anthony la miraba, supo que estaba llegando a su límite. No quería sobrepasarlo pero tampoco estaba dispuesta a decir algo que la delatase.
-¿Quién sois?
-Nadie importante.
-Por el mutismo de vuestros hombres...
-No son mis hombres - lo interrumpió.
-Yo diría que sí. Y que os estaban llevando a casa - Candy se obligó a permanecer impasible ante sus palabras - Lo que no logro entender es qué hacía una dama con una escolta de sólo cuatro hombres y tan lejos de su hogar.
-Robert White está emparentado con Aidan MacCleod - Albert habló mientras se colocaba junto a su primo y Candy forzó más su máscara para no delatarse - Tengo entendido que tiene dos hijas aunque no he tenido el placer de conocerlas.
-¿Qué decís a eso? - le preguntó Anthony.
-Que tenéis una imaginación portentosa si pensáis así. Ya me gustaría a mí ser hija de Robert pero no es así.
Nunca antes una mentira le había sonado tan evidente y al parecer, tampoco ellos la habían creído. Tragó con dificultad pero se mantuvo firme. Mantendría su mentira por más que nadie la creyese. Si la repetía lo suficiente, tal vez pudiese convencerlos de ella.
-¿Acaso pensáis que Robert White permitiría a una de sus hijas vagar por ahí sin más protección que cuatro hombres? - insistió - Dudo que sea tan estúpido.
Ninguno de ellos habló. La miraban tan fijamente que, por primera vez, bajó la mirada al suelo. Eran dos contra una, después de todo.
-¿Puedo ver ahora a mis compañeros? - preguntó, al ver que continuaban en silencio.
-Llévala, Albert - dijo finalmente Anthony - Cinco minutos. Luego la encierras arriba de nuevo.
Candy no esperó a que le abriesen la puerta, ya estaba en el pasillo cuando Albert la alcanzó. Caminaron uno junto al otro, sin tocarse y sin hablarse. Cuando el camino se estrechó, Candy lo siguió obedientemente. Lo que fuera por ver a los hombres de su padre.
-¿Estáis bien? - Vincent la estudió con detenimiento - ¿Os han hecho algo?
-Estoy bien. Me han interrogado pero no les he dicho nada. Primero necesitaba hablar con vosotros - hablaba en susurros porque sabía que Albert estaba pendiente de ellos - ¿Qué es lo que les habéis dicho? ¿Qué saben?
-Lo saben todo, Candy - le dijo Vincent - Saben quién sois.
-¿Qué? ¿Por qué diablos se lo habéis dicho?
-Uno de sus hombres os reconoció - negó con la cabeza - No sé donde ni cuando os vio pero lo hizo. En cuanto os sacaron la máscara, os reconoció.
Las palabras de Vincent entraron en su mente a cuentagotas pero una vez las asimiló, comprendió que todo el interrogatorio al que la habían sometido había sido una farsa. La rabia bullía en ella y apretó los puños con fuerza. Vincent, imaginando lo que se proponía, intentó detenerla pero lo esquivó. Se acercó a Albert y enfrentó su mirada.
-Os habéis estado riendo de mí - lo acusó. Albert sonrió - ¿Y ahora sonreís?
Él amplió su sonrisa con prepotencia y eso la enfureció más. Sin que lo viese venir, Candy le propinó un fuerte puñetazo en la cara.
-Nadie se ríe de Candy White - le dijo, sonriendo satisfecha cuando un hilo de sangre salió de su nariz.
CONTINUARA
