AQUI LES TRAIGO MI NUEVA ADAPTACION ESPERO LES GUSTE
Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer al final les digo el nombre del autor
Capítulo Nueve
Para Navidad, Bella había convencido a Edward de que deberían celebrar una reunión de amigos en casa. Le explicó que ella siempre lo hacía, pero en la oficina. Dado que su asistente, Makenna, se tomaba las vacaciones y se marchaba al extranjero, hacerla allí tenía todo el sentido.
Y después tuvo la idea de que Edward debería invitar a todos los del departamento. Edward bromeó con que podía invitar también al ayuntamiento y a ella le pareció una idea brillante. Mostraría que no guardaba rencor, que era querido por sus hombres y que eran una feliz pareja.
—¿Por qué no nos limitamos a mandar una tarjeta de felicitación con nuestras sonrientes caras?
A primeros de noviembre, seguía dándole vueltas a la idea. Al principio él aludió a su embarazo y, cuando eso no funcionó, insistió en que era demasiado trabajo para ella sin contar con toda la organización y que además quizá no tendría a Molly… pero ella no cambió de idea.
Fue ahí cuando Bella llamó a su más reciente cliente, la divorciada Angela Weber. Era la clase de evento que la empresa de catering de Angela necesitaba para poner en marcha el boca a boca y conseguir más clientes. Cuando la comida de trabajo terminó, Angela tenía el contrato y Bella sabía que había ganado otra importante aliada en la ciudad.
El día de la reunión sería el sábado antes de Navidad y duraría desde las siete de la tarde hasta las diez de la noche. A las siete de la mañana, Bella,Angela y su madre, Geraldine, y Molly trabajaban duro en la cocina de Bella.
El sábado era el único día que Edward podía dormir hasta un poco más tarde, preferiblemente con Bella a su lado, tomar café con ella leyendo la prensa de Dallas y pasar el día juntos disfrutando del placentero dia que habían creado.
Pero en un sábado de fiesta en casa, Bella estaba fuera de la cama antes del amanecer. Cuando Edward entró en la cocina a las siete y media, el sitio parecía un hervidero de actividad.
Saludó educado a las señoras y con los periódicos bajo el brazo, se fue a la ciudad con la esperanza de que el café no estuviera frío y no se hubieran comido todos los dulces en la comisaría.
Bella estaba en el cuarto de baño dando los últimos toques a su maquillaje cuando volvió alrededor de las cinco.
—Hola —murmuró ella cuando se detuvo a mirarla desde la puerta.
—Mujer, ¿cómo puedes tener ese aspecto estando de siete meses y después de diez horas de pie?
—Las vitaminas de la doctora me han dado fuerzas, lo mismo que el yoga, pero… —cerró el bote de maquillaje y alzó la cara pidiendo un beso— sobre todo recomiendo tener un marido paciente y comprensivo.
—Habría sido bonito escuchar que está buenísimo en algún momento —dijo él tras besarla.
—No quiero poner a funcionar mi imaginación ni mis hormonas con todo lo que tengo que hacer y el poco tiempo de que dispongo —dijo como disculpa.
— ¿Qué tal el día?
—Más sencillo y menos estimulante que el tuyo —le tomó las manos y la recorrió con la mirada para ver el vestido.
Llevaba un vestido rojo imperio de mangas largas que acababan en punta en las muñecas. Llevaba una cadena de oro en el cabello de la que colgaba en la frente un rubí con forma de lágrima. Parecía una reina medieval.
—Estás impresionante, pareces un hada de cuento.
—Habría sido precioso que todo el mundo trajera a los niños, pero con tanta gente sería imposible ocuparse de ellos para evitar accidentes.
—Cierto. Sólo se nos ha olvidado una cosa… llamar a emergencias para que tengan una ambulancia aparcada fuera. He echado un vistazo a la comida en la cocina y parece la última cena de un enfermo del corazón.
—Bueno, no se puede hablar de fiesta si no sales con la panza llena. Ya te he dicho que Angela es buena. Y espera a ver las bandejas de gambas y patas de cangrejo que se están enfriando.
Cuando Bella la había conocido, Angela era una madre de tres hijos a la que había abandonado el marido. La divorciada estaba viviendo con su madre viuda mientras trataba de afrontar las deudas en las que la había metido su infiel marido. Ningún banco le prestaría dinero para poner en marcha su negocio, así que había tenido que empezar en la cocina de su madre para poder dar de comer a su familia. Una vez que había conocido el sabor de los productos de Angela y comprobado la atención que prestaba al envoltorio para hacer los productos atractivos, Bella había sentado a la mujer en su despacho y le había dicho: «Muéstrame tu plan de empresa». Y, como se suele decir, el resto era historia.
—Tendré que desviar las llamadas de emergencias a la fiesta para que pueda venir todo el mundo de la comisaría. Tendrá que haber por lo menos un tiroteo para que no se comporten como si estuvieran muertos de hambre. Has sido demasiado generosa, corazón.
—Habrá suficiente para todos. Pero eso me recuerda… ¿te has encargado de que alguien le lleve comida al operador de la central? ¿Quién está de turno esta noche?
—Heidi Green. Estaba loca por conseguir el turno. Acaba de perder veinte kilos y quiere seguir así.
—Pues asegúrate de que le llevan uno de los centros de mesa. El jarrón de cristal podrá usarlo durante años.
—Lo dicho, demasiado generosa. ¿Cuánta gente crees que vendrá? Hay comida para quinientos o seiscientos.
—Considerando la lista y añadiendo parejas… entre doscientos cincuenta y trescientos.
—Si vienen todos a la vez, Eric sufrirá una crisis nerviosa por el aparcamiento.
—Lo sé, pero ya he organizado este tipo de cosas y, por alguna misteriosa razón, al final las cosas funcionan. Tienes que arreglarte, yo me voy a la cocina —dijo empezado a desabotonarle la camisa—. Las chicas volverán en cualquier momento para dar los toques finales.
—Me gustaría que te hubieras ahorrado el estrés de invitar a Aro y Sulpicia— dijo Edward.
Bella se inclinó hacia delante y lo besó en el pecho.
—Aprecio que seas tan protector, pero es sólo una estrategia, lo mismo que mandar una invitación a mi padre, dudo que aparezca.
—Sabes que te apoyaré dado que es un pariente, pero si se casa con Chelsea, como dicen los rumores, puedes cortar la relación con mi bendición.
—Supongo que tiene derecho a ser feliz —lo tomó de la mano y lo llevó al fondo del cuarto de baño, hacia su armario, donde había colgados una chaqueta nueva, una camisa y unos vaqueros de vestir, planchados y listos para él—. ¿Te importa que me haya tomado la libertad?
—¿Qué si me importa que hayas pensado en mí cuando llevas semanas trabajando en la fiesta? Sí, me pongo hecho un basilisco.
Bella rebosaba felicidad cuando volvió a la cocina. Por mucho que deseara la fiesta, no podía esperar hasta que fuera de noche y todo el mundo se hubiera ido y poder volver así a los brazos de Edward. Estaban más unidos cada día que pasaba y siendo más parte de la vida del otro. No podía pedir nada más… excepto las palabras que una mujer enamorada quiere escuchar.
No, se dijo, no se permitiría entristecerse o deprimirse por eso.
—¿Llego demasiado pronto? —preguntó una voz desde la puerta de atrás.
Molly entró, se quitó el abrigo rojo y dejó a la vista un vestido de terciopelo verde con perlas cosidas alrededor del cuello. Era el regalo de Navidad de Bella, junto con unos pendientes de perlas a juego.
—Llegas justo a la hora, ¡qué guapa estás! —dijo Bella dando una palmada—. ¿Qué ha dicho Eric cuando te ha visto?
—Me ha cortado esto de su invernadero —señaló la delicada gardenia que llevaba en el pelo.
—Oh, ¡qué romántico! Vas a hacer que la casa huela mejor.
Abrió mucho los ojos cuando miró a su alrededor.
—Ya huele así. Le he dicho a Eric… espera —Molly se paró a pensar un momento—. Eric dice que le digas al jefe que estará en la puerta de fuera a las seis y media.
—Se lo diré y le diré que le dé el chaleco reflectante que quería.
—Ya se lo ha dado. Se lo llevó anoche… y la linterna y la radio —dijo con una risita.
Agradecida por tener en su vida una gente tan adorable y colaboradora, Bella le dijo:
—Bueno, desempeña una función de vital importancia aunque no llegue a llenarse el aparcamiento. Ha llovido mucho y como la gente empiece a aparcar en cualquier lado lo van a destrozar todo.
—No lo había pensado… pero seguro que Eric sí.
—Bueno —dijo Bella cambiando de tema—, vamos a empezar a poner las velas en los lugares estratégicos, pero no las encenderemos hasta que Eric nos avise por la radio que Edward ha puesto en la cocina. ¿Sabes dónde tienes el mechero?
—En el bolsillo de mi delantal.
—Estupendo. Y mientras colocamos las velas podemos empezar a encender las luces. Así cuando lleguen Angela y Gelardine, podemos empezar a colocar las bandejas según las preparan ellas.
Molly volvió a la cocina repitiéndose las directrices. Angela y Geraldine llegaron un cuarto de hora después con confianza pero emocionadas, y se pusieron los delantales con el logo de la empresa.
Cuando Edward se unió a ellas, sonaban melodías de Navidad en el equipo de música, el árbol estaba encendido, el fuego ardía en la chimenea y la colección de Bella de adornos navideños creaba un mundo de fantasía alrededor de la casa.
—Casi no reconozco el sitio —dijo Bella dándole un beso en la frente.
— ¿Dónde guardabas todo esto? Por ejemplo el San Nicolás de tamaño natural de la entrada.
—En uno de los graneros cuidadosamente empaquetado y etiquetado —dijo ella.
—¿Debería seguir con mi trabajo de probador oficial de comida? —se frotó las manos.
—Si Angela y Geraldine te ven clavar un tenedor en algo antes de que llegue el primer invitado, tienen permiso para clavártelo ellas a ti. Vete a la cocina y habrán hecho que superes el límite diario de calorías antes de que te des cuenta.
Los primeros en llegar fueron los de la comisaría. Bella se dio cuenta de que los hombres al principio estaban un poco retraídos, aunque sus mujeres estaban emocionadas por estar en lo que consideraban una mansión. Bella, que había pasado por esa situación miles de veces desde los años de escuela, dio la bienvenida a todo el mundo con el mismo calor y entusiasmo. Había preguntado a Edward por la familia de cada policía y memorizado nombres, así que mientras acompañaba a las señoras a la habitación de invitados para que dejaran allí sus abrigos y les enseñaba dónde estaba el cuarto de baño, iba salpicando la explicación con: «¿Cómo está la pequeña Emma? Creo que Edward me ha dicho que le han puesto un drenaje en el oído»; después: «Creíamos que tu Roger y algunos de los otros eran diabéticos, Nancy. En la mesa de postres hay dulces sin azúcar».
Marcus y Didyme llegaron con el menos entusiasmado editor Phil Dwyer a remolque. Eso sorprendió a Edward y Bella, y supieron que Phil se había hecho invitar cuando Didyme puso los ojos en blanco detrás de él. Mientras se recuperaban, Geraldine se plantó delante de Phil con una bandeja de entremeses y con sureño sentido del humor dijo:
—Hola, grandote, pareces muerto de sed con esos labios pálidos y necesitado de comida.
A pesar de su mala disposición, el editor miró los entremeses con algo parecido a la lujuria.
—Si crees que por esto vas a conseguir publicidad gratis, te equivocas.
Geraldine agitó las pestañas postizas y dijo:
—Corazón, en lo que pensaba era en que si te comieras un par de éstos de salmón con un toque de hinojo justo encima de la E de Weber —bajó la vista para señalar el logo de Weber sobre su pecho izquierdo—, confiaría en ti lo suficiente para mostrarte algunos trucos secretos en la cocina que guardamos para nuestros invitados favoritos.
Por un momento pareció que Phil iba a salir disparado por la puerta, pero súbitamente soltó una carcajada y dijo:
—No creo que un par de bocados hagan daño.
Los Cullen y los Vulturi intercambiaron miradas de desconcierto mientras Geraldine introducía a la tacañería personificada en un mundo de nuevas experiencias.
En menos de media hora había al menos cuarenta y cinco personas y al final de la siguiente hora tres veces eso.
—Ya te he dicho que mimas a todo el mundo —le dijo Edward a Bella al oído cuando se encontraron en uno de los pocos rincones vacíos de la casa.
— Nadie quiere irse a su casa.
—Es Navidad y todo el mundo está cansado de politiqueos y conflictos —miró a la multitud encantada—. ¿No lo está pasando todo el mundo bien? Es divertido ver cómo funciona la química. ¿Ves el caballero al lado del cuadro que compré en la subasta?
—¿El tipo llamativo de pie, solo y aburrido?
—¿Qué tiene de llamativo?
—Es la única persona con traje.
—Ben Cheney. Mi cliente, gracias. He estado intentando presentártelo, pero siempre se desplaza en dirección contraria. Dirige la sección de pescadería en el supermercado.
—No hay pescadería en el supermercado. Hay algunas cosas envasadas por la normativa de la FDA.
—Pero él sueña con que haya una, o una pescadería pequeña en la ciudad.
Viste impecablemente porque cinco días a la semana maneja pescado en un lugar en el que a nadie le importa el pescado. Estamos trabajando en sus sueños —lo agarró de la manga—. Estoy esperando que aparezca una de mis viudas… Han estado hablando antes.
Mientras Bella miraba a la gente, Edward la contempló a ella.
—¿Has considerado que igual se ha deshecho de ella y te espera a ti?
Frustrada, Bella dirigió su atención al lado contrario donde dos personas parecían enfrascadas en una conversación al lado de un iglú junto al cuenco del ponche.
—Vale. Ahí hay algo que no vas a poder negar. ¿Has visto a tu detective…?
—Corazón, tú puedes parecer de la realeza de la Edad Media, pero yo soy un jefe, no un señor medieval.
—Sólo era un comentario. La ha mirado varias veces esta noche. Me has dicho que no es muy de relacionarse y que prefiere el trabajo de campo.
—Su divorcio fue muy duro. Seguramente estará intrigado por el mecanismo del iglú y el fuego falso que tiene dentro y permite ver su interior —luego reconoció—: Ella es muy guapa.
—Parece un tipo serio. Mira cómo la escucha. Eso en un plus.
—Bella…
—Sólo digo que es un hombre atractivo, que parece pendiente de cada palabra de ella, un buen cambio para ella. No necesita otro mentiroso de «no te preocupes, cariño». Sus hijos tampoco.
—Mira eso —la giró hacia la entrada—. Eso va a requerir toda tu atención.
Bella miró y vio a su padre y Chelsea entrar por la puerta.
—No sé cómo puede… —dijo—. Esa imagen desmonta toda mi lógica.
Edward le pasó un brazo por la cintura.
—Respira hondo y piensa que estoy a tu lado.
Como siempre, su padre estaba vestido según su propio criterio: una chaqueta negra de esmoquin, camisa blanca y vaqueros con botas. Chelsea llevaba una chaqueta a la cintura de cuero negro y pantalones con una blusa roja con lentejuelas. Su pelo siempre cambiante, ese día color berenjena, estaba recogido en lo alto de la cabeza con indiferencia.
—Feliz Navidad —dijo Bella al llegar a su lado—. Me alegro de que hayas venido, padre.
Su padre se quitó el puro de la boca y le dio un beso en la mejilla.
—Bella, cariño —dijo Chelsea—. No pareces muy avanzada. ¿Cuándo sales de cuentas?
Tomando a Bella de la mano, Edward dijo:
—Su médica dice que está preocupada porque está en el límite bajo de la ganancia de peso.
—Nunca has estado mejor —dijo su padre—. ¿Qué le pasa a esa doctora?
—Es una excelente médica y muy dedicada a sus pacientes —dijo Bella apoyando la cabeza en el hombro de Edward, agradecida por callar a Chelsea.
— Me ha recomendado que baje un poco el ritmo de actividad estas últimas semanas —lo miró porque él sabía exactamente a qué se refería.
—Yo voto por que cierres la oficina —dijo él con expresión neutra—. El yoga y lo demás son buenos para ti.
—Tienes buen aspecto, papá —dijo Bella cambiando de tema.
—Cuando el médico me dijo que perdiera cinco kilos, bajé a dos puros al día.
A la única persona que le pareció gracioso fue a Chelsea. Molesto, Charlie miró a Edward.
—Bueno, y tú sigues aquí.
—Y así pienso seguir —dijo Edward con una sonrisa salvaje.
—Al menos no te asustas fácilmente. Eso lo reconozco —como si le aburriera la conversación, recorrió el salón con la mirada—. Menudo gentío.
No muy contenta por la deriva que había tomado la conversación, Chelsea preguntó:
—Pero ¿hay alguien con quien podamos hablar?
Con algo parecido a un rugido, Charlie hizo como si le quitara ceniza del pelo.
—Bueno, diablos, Chelsea, cariño, siempre quieres hablar conmigo todo el tiempo. ¿Qué diferencia hay? —ignoró el suspiro de ella y dijo—: ¿Dónde está el bar?
—No hay bar —Edward hizo un gesto con la cabeza hacia el otro lado de la sala.
— Tenemos una imitación de cerveza y un ponche con un toque de champán.
Queremos estar seguros de que todo el mundo llega bien a su casa esta noche.
Charlie hizo un gesto como de asco y dio una palmada en el bolsillo izquierdo.
—No importa, siempre viajo preparado —cuando sacó un mechero del otro bolsillo, su hija se lo quitó.
—¡Eh! —protestó su padre.
—No me lo puedo creer —se señaló el vientre—. ¡Embarazo! Te lo devolveré cuando te marches.
—Búscame un vaso con hielo —dijo a Chelsea—. Cubitos, no esa porquería de hielo picado, y tú trata bien eso —dijo a Bella señalando el puro que también le había quitado.
Cuando se alejó, Edward pasó un brazo por los hombros a Bella.
—Mejor esconde eso de mi vista o lo haré pedazos y lo tiraré a un tiesto.
—Claro, para contaminar mis plantas.
A las nueve y media, Edward pensó en encender él el cigarro debajo de uno de los detectores de humo. Estaba feliz por Bella de que las cosas hubieran salido bien, pero estaba preparado para echar a todo el mundo. La asistencia había sido un poco menor de la que ella esperaba, algunos de sus más antiguos clientes no habían aparecido. Considerando las horas que habían fijado, sabía que había alguna posibilidad. Los Whitherdale tampoco se habían presentado, pero mejor. Una de las cosas de las que podía sentirse orgullosa era del tiempo que se había quedado la gente, especialmente su personal. Y quizá tenía razón con Riley y Angela. El detective estaba pasando más tiempo en la cocina que los demás invitados.
Una carcajada atrajo su atención y vio a Bella y Molly ayudando a una de sus clientes de mayor edad a levantarse de un sofá. «La señora Dillinger», pensó con una sonrisa. ¿Quién iba a tener problemas en recordar a una millonaria con chófer con un nombre como ése? Fue a ofrecer su ayuda.
—Ha sido delicioso, Bella, querida —dijo la mujer ya de pie—. El año que viene un poco menos conservadora con el champán. Yo no conduzco.
—No tan alto, señora —dijo Bella entre risas llevándose un dedo a los labios.
—Mi marido, el poli, puede oírlo.
La mujer alzó la vista y lo miró con unos brillantes ojos.
—Hola otra vez, guapo. No tienes un hermano gemelo, ¿verdad?
Las risas la acompañaron hasta fuera de la casa. Cuando vio que bajaba las escaleras con ayuda, su chófer dio un salto detrás del volante, abrió la puerta trasera y se acercó a ayudar.
—Yo me ocupo, señor —dijo a Edward.
—Éste es Wilson —dijo la señora Dillinger soltando a Edward y dando una palmada en el brazo al chófer—. He enterrado a tres maridos, dos hijos, y hecho, perdido y hecho fortunas… la última con la ayuda de tu encantadora esposa, pero sólo he tenido un chófer, ¿verdad, Bobby?
—Sí, señora. Buenas noches, señor —dijo a Edward.
Wilson no era mucho más alto que ella y tendría la misma edad, pero era ágil y claramente se ocupaba de ella con cariño. Mientras se alejaban, Edward se preguntó si habría algo más entre ellos, después sacudió la cabeza. La naturaleza de Bella empezaba a contagiársele.
Aunque empezaba a hacer frío, Edward se metió las manos en los bolsillos y se acercó paseando a la cancela de fuera. Eric se había puesto el abrigo más grueso que había encontrado y llevaba guantes también.
—Entra dentro —dijo Edward estrechándole la mano.
—Estoy bien, jefe —respondió Eric, pero movía los pies como un boxeador.
—Espero a que se vayan todos los coches.
Sólo quedaban cinco y la furgoneta del catering.
—Ese es del padre de Bella los otros de los policías. Después de que se vayan ésos, la furgoneta aún se demorará una hora por lo menos. Tu trabajo ha terminado.
Entra dentro y deja que Molly te dé algo caliente.
—Gracias, jefe —volvieron andando juntos—. Molly me ha dicho que la fiesta ha ido muy bien.
—Sí, Bella debería estar encantada. ¿Qué tal te ha ido con la radio?
—Estupendo —dio una palmada en el aparato—. El detective Biers enseñó a Molly a manejarla. He pensado en comprar una para nosotros, es más fácil que conducir por los prados y buena para ver cómo está Molly.
—Tienes razón, buena idea. Se lo diré a Bella, te la conseguiremos.
Habían llegado casi a la puerta y Eric le estaba dando las gracias efusivamente cuando oyeron un grito dentro de la casa, después otro y después muchos gritos.
Edward echó la mano a la pistola instintivamente, pero, claro, no iba armado esa noche, y con la casa llena de policías tampoco le habría hecho falta. ¿Y si Bella se había caído o alguien se había herido? Salieron corriendo los dos.
Entraron y el salón estaba en silencio, pero la tensión que había en el ambiente le dijo a Edward que había pasado algo. Recorrió el salón con la mirada y encontró a Chelsea encogida junto a una pared con el aspecto de un tren descarrilado, el pelo caído, el maquillaje chorreando por la cara y la nariz sangrando. Seth Clearwater la miraba listo para intervenir por si se lanzaba sobre Charlie. A Charlie lo sujetaban en el otro extremo los agentes Randall y Benjamin.
Riley, de pie en medio de ellos había, aparentemente, empezado a tratar de averiguar qué había pasado. Todo el resto, incluida Bella, observaba la escena conmocionado. En cuanto Molly vio a Eric, corrió hacia él. Edward miró de soslayo a Eric y se acercó a ellos para apartarlos por precaución.
Llorando y con una mano en el pecho, Chelsea gritó:
—Voy a denunciarte, ¡cerdo! Me has roto la nariz y la muñeca.
—Debería haberte roto el cuello —respondió Charlie.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Edward acercándose.
Bella empezó a hablar, pero la miró y se calló.
Riley se situó al otro lado de Chelsea para tener buena visión de Edward y señaló la habitación de ellos.
—Salió un grito de ahí detrás. Randall entró a ver y el señor Swan ha aparecido arrastrando a la señorita… —miró a Chelsea y después a Bella.
—Jones —dijo Bella—. Ya estaba sangrando por la nariz —dijo a Edward.
—Se golpeó con la cómoda —dijo Charlie.
—¡Me has golpeado tú! —afirmó Chelsea.
—Acércate y te mostraré la diferencia —rugió él.
—¡Charlie! —el grito de Edward desconcertó a su suegro que se quedó en silencio aunque seguía pareciendo un depredador descontento por haber conseguido sólo la mitad de su objetivo—. ¿Le has pegado?
—¡Sí! —afirmó Chelsea—. Quiero presentar cargos.
—Se ha caído.
—¡Me has empujado!
Charlie sonrió satisfecho.
—Ah, finalmente sale la verdad de la boca de esa gata callejera.
—¿Por qué?
—Si tus perros me dejaran, te lo enseñaría.
—Nada de movimientos estúpidos —dijo Edward señalándole a la cara.
—Tienes mi palabra —los dos agentes dieron un paso atrás y Charlie extendió la mano derecha y la abrió.
Bella gimió casi sin aliento.
—Sí —dijo Charlie—. Este brazalete de diamantes perteneció a mi esposa y ahora es de mi hija. Cuando Chelsea le ha dicho a Bella que no podía esperar a que se quedara libre el otro baño, Bella amablemente le ha ofrecido el suyo —señaló el dormitorio—. Después de lo que me pareció un tiempo excesivo, he sospechado y me he acercado a investigar. Ahí ha sido cuando la he visto revolviendo las cosas de mi hija.
Edward se dio cuenta de que su discurso se hacía más dificultoso, la adrenalina bajaba y se notaban más los efectos del alcohol. Se volvió hacia Chelsea y preguntó:
—¿Es eso cierto? ¿Lo tenías tú?
—Estaba encima del mueble, sólo lo admiraba. La verdad es que pensaba que era falso.
—¡Mentirosa! —rugió Charlie—. Eres…
—Tranquilo, está delante de damas —le advirtió Seth.
—Creo —empezó Bella— que si asumes los gastos del médico de Chelsea, padre, podemos llegar al acuerdo de que ha sido un malentendido.
—¡Imposible! —gritó Chelsea.
Bella reunió unas cuantas servilletas de papel de una mesa y se las acercó.
Dijo tranquila:
—El brazalete no estaba encima del mueble.
—Oh, vale. Mi palabra contra la de la esposa del jefe de policía.
—Si quieres mantener esa actitud —replicó Bella—. Creo que deberías entender que tengo derecho a pedir que te lleven a la comisaría y te desnude y registre la agente Heidi Green.
—La señora Bella tiene razón en lo del brazalete —dijo Molly agarrada de Eric—. Yo limpio. Quiero decir la señora Cullen. Guarda las joyas del mismo modo que lo hizo su mamá. Me lo dijo cuando me enseñó a hacer mi trabajo.
Todo está en cajas con sus papeles. Nada se deja fuera. Así nada se puede caer o perderse.
—Gracias, Molly —dijo Bella.
Al verse atrapada, Chelsea empezó a gemir.
—¡No es justo! ¿Por qué tú lo tienes todo y yo nada? ¡Ni siquiera le gustas! — señaló a Charlie.
—Tienes razón —dijo Bella—. Muchas veces él a mí tampoco me gusta.
Pero es mi padre, la única razón por la que tú has sido invitada a esta casa.
Cortesía que no volverá a darse.
Edward miró a Randall.
—¿Puedes tu esposa y tú llevar a esta mujer al hospital y que la atiendan o la ingresen en función de lo que digan las radiografías? No confío en que vaya sola en un coche con un agente.
—Claro, jefe —dijo la mujer de Randall.
—Yo los escoltaré —dijo Benjamin Laurie.
Edward les dio las gracias y mientras la esposa de Peter, Mary, recogió sus abrigos y Bella las cosas de Chelsea, se llevó aparte a los dos agentes y les dio más instrucciones, después se disculpó por hacerles trabajar fuera de horario.
Pero Benjamin le recordó que era soltero y Peter le respondió que su suegra les cuidaba los niños y que Mary la llamaría desde el hospital para explicarle lo ocurrido.
—Mis cosas están en el rancho —dijo Chelsea sintiéndose ignorada.
— Quiero mis cosas.
—Supongo que las recuperarás mañana —dijo Bella.
La fiesta había terminado. En cuanto se llevaron a Chelsea, Bella se acercó a su padre y tendió la mano hacia el brazalete. Charlie tardó en devolvérselo.
—Recuerdo la noche que se lo regalé, pensaba que se me pararía el corazón por ver a alguien tan guapa —miró a su hija—. Sé que te he decepcionado. Sé que no arregla nada, pero me acabo de dar cuenta de que me he decepcionado a mí mismo.
Despacio, Bella sacó del bolsillo de su padre la petaca y vio que estaba vacía.
—Edward—dijo ella—, ¿puedes hacer que alguien lo lleve también a casa?
Llamaré a Quil y le advertiré de su llegada.
—Lo haré yo —dijo Riley.
—Te seguiré en su coche y luego me traes —dijo Edward.
Aunque no estaba muy lejos, pasó más de media hora antes de que volvieran. Al ver la furgoneta de Angela en la puerta, Riley dijo que les ayudaría y se aseguraría de que llegaban bien a casa. Edward entró en casa y encontró a Bella apagando las últimas velas y quitando el enchufe del árbol de Navidad. Cuando lo vio corrió a abrazarlo.
—¿Dónde están Molly y Eric?
—Los he mandado a su casa en cuanto te has marchado. Creo que ella estaba tan afectada como yo —suspiró—. Había ido todo tan bien.
—La fiesta ha sido un exitazo —la abrazó—. No dejes que lo que ha hecho Chelsea te haga olvidar eso. Heidi me ha llamado desde la central y me ha dicho que no ha habido ninguna llamada, que se arrepiente de habérselo perdido y que si vamos a repetir el año que viene.
—Me alegro. Pero ahora mismo no puede pensar en volver a hacer otra fiesta.
—Estás agotada, vamos a la cama. Lo demás puede esperar hasta mañana.
Al entrar en su dormitorio se detuvo en seco.
—Aborrezco pensar en esa mujer en nuestro cuarto.
—Vamos a cambiar las sábanas, eso te hará sentir mejor —Edward dudaba de que Chelsea hubiera hecho algo allí, pero Bella estaría más cómoda.
Mientras hacían la cama, Edward le dijo lo maravillosa que había sido la fiesta, le contó todos los cumplidos que había oído, lo mucho que le había gustado a las esposas de los agentes, que tenía razón sobre Riley y Angela. Ella sólo dio respuestas amables y no mostró ninguna emoción real cuando contó cómo Eric había apoyado a Molly al salir éste en su defensa.
—¿Qué pasa si Chelsea presenta denuncia? —preguntó bruscamente.
—No lo hará —dijo él—. Apuesto algo a que tarda poco en marcharse de Cedar Grove. ¿Quién va a relacionarse con ella si no lo hace Charlie Swan?
—Al menos tenemos eso. Estaba convencida de que iba a ser mi madrastra.
—Tu padre ha vuelto a disculparse contigo.
—Vale —se estremeció—. Tengo frío. Creo que me voy a poner un camisón más caliente.
Fue a cambiarse. Edward la siguió y colgó sus cosas, después la observó echar un limpiador encima del mueble y pasar un trapo. Después puso el tapón del lavabo y lavó el brazalete con jabón. Cuando empezó con el picaporte del armario, pensó que ya era demasiado.
—Bella—le quitó el paño y guardó el producto de limpieza—. Ya está.
Todo está limpio. Se ha ido —apagó la luz y la tomó en brazos—. Vamos a la cama, reina —la dejó en las sábanas limpias y después se acostó él.
Apagó la luz, se alineó con ella y la abrazó.
—¿Ha estado Elizabeth tranquila esta noche? —preguntó en parte por curiosidad y en parte por hacerle pensar en cosas más agradables.
—Sí, salvo cuando han gritado Chelsea y mi padre. Ahí hemos saltado las dos —cubrió las manos de él con las suyas.
Edward pensó que se dormiría, pero se equivocaba. Su respiración conservaba el mismo ritmo y sabía que miraba al armario contemplando el triste final de su maravillosa fiesta.
—Así no vas a descansar nada.
—Lo sé —se sentó en la cama y se quitó el camisón—. Esto da mucho calor, además no te noto.
Edward la ayudó y sonrió cuando tiró la prenda de franela blanca a los pies de la cama. Después le hizo saber lo cerca de ella que quería estar. Cuando ella pasó las piernas por encima de las suyas y con suavidad lo urgió para que entrara dentro de ella, la besó en el cuello.
—¿Estás segura?
—Siempre.
Hicieron el amor despacio y dulcemente. Se entregaba por completo a ella porque en esa entrega él recibía todo lo que necesitaba en el mundo.
MUCHAS GRACIAS POR SUS REVIEWS
torrespera172
tulgarita
Mar91
anaiza18
Pameva
ALEJANDRA MASEN CULLEN