Capítulo 16. Ahora que lo sé.
Don Alejandro revisaba unas cuentas en la biblioteca, cuando Diego se acercó con una carta en la mano. "Consulté con un abogado acerca del problema de la misión con la herencia de don Luis. Debo ir a informar al padre Benítez, y comeré con Victoria en la taberna."
El padre Benítez se encontraba atendiendo a unos feligreses, así que Diego esperó un momento sentado en un banco del jardín. El sacerdote se acercó a él sonriendo.
"Padre, tengo buenas noticias. El abogado al que consulté me confirma que sin herederos forzosos, los sobrinos de don Luis no pueden impugnar el testamento, y que sus bienes irán a la misión tal y como está estipulado en sus últimas voluntades."
"Cuanto me alegro, hijo. Ese dinero hará mucho bien."
"Sé que estará en buenas manos." dijo Diego tendiendo su mano hacia el padre a modo de despedida.
"Quería hablar contigo de un asunto personal. He notado que habrías preferido una fecha más cercana para vuestra boda, pero es mejor así. Sé que tú estás seguro, pero creo que Victoria necesita un tiempo para pensar seriamente si es lo que quiere. Además, no sé si sabes acerca de los rumores que circulan sobre ella. Estoy preocupado."
"Algo he oído, pero no creo lo que dicen." contestó Diego con cautela.
"Yo tampoco creo lo que cuentan, sin embargo Victoria es una mujer apasionada. ¿Estás seguro de que podéis ser felices juntos? Vuestro carácter es tan distinto que con el tiempo podríais distanciaros."
"Al contrario, creo sinceramente que ella con el tiempo me querrá tanto como yo la quiero." respondió Diego.
"Deseo de todo corazón que estés en lo cierto." dijo el padre Benítez. Recordó algunas de las confesiones de Diego, en las que reconocía lo mucho que deseaba a la mujer de la que estaba enamorado y pensó que tal vez había más pasión en aquel hombre de lo que parecía, pero seguía sin estar completamente convencido acerca de ella.
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El sábado siguiente Victoria se acercó con la carreta a casa de doña Carmen. Doña Carmen llevaba un vestido más elegante de lo habitual, aunque seguía siendo discreto. Victoria vio que estaba nerviosa. "¿Crees que es demasiado atrevido?" preguntó doña Carmen ansiosa señalando el vestido.
"Desde luego que no, es muy apropiado para una viuda."
"¿Quién más va a acudir a la cena?"
"Estarán los anfitriones, los señores Vargas y nosotras. Es solo una pequeña reunión."
"¿Los Vargas son esa pareja mayor que saludó a don Alejandro el otro día a la salida de misa?"
"Los mismos. Son viejos amigos de la familia, y siempre se apuntan para escuchar a Diego tocar el piano o el violín. Son muy aficionados a la música. Son muy agradables."
"¿Y si han oído los rumores acerca de mí?"
"Pues pasará lo mismo que si han oído lo que dicen acerca de Diego y de mi, que no lo habrán creído. De verdad, no creo que tengas de qué preocuparte."
Llegaron a la hacienda y uno de los hombres de don Alejandro se ocupó del carro de Victoria. Don Alejandro y Diego salieron a recibirlas. Diego ofreció su brazo a Victoria y don Alejandro a doña Carmen.
Pasaron a la sala y don Alejandro presentó a doña Carmen a los Vargas. Ambos la trataron con cortesía, como si no supieran nada de ningún rumor.
Tras la cena Diego se sentó al piano e interpretó dos piezas de gran dificultad. Doña Carmen escuchaba atenta, apreciando los matices de su interpretación. Luego don Alejandro le sustituyó tocando una pieza más sencilla. "Me temo que mi habilidad no se puede comparar con la de mi hijo."
"Yo creo que ha tocado maravillosamente, don Alejandro. No sabía que usted también es un intérprete."
"Un simple aficionado. Usted parece apreciar la música. ¿También sabe tocar?"
"Sí, un poco, pero comparada con su hijo no pretendo…"
"Venga aquí, quizá conozca alguna de estas piezas. Me encantaría escucharla."
Doña Carmen se acercó al piano y vio que entre las partituras que tenían se encontraba la de su pieza favorita. No pudo resistirse. Hacía tanto que no tocaba el piano…
Se sentó y colocó las manos sobre el teclado. Al principio notó los dedos algo rígidos, pero en menos de un minuto estaba tocando la sonata del Claro de Luna, concentrada en el sonido y el ritmo. Cuando finalizó los demás aplaudieron sinceramente. "Creo que tengo competencia." dijo Diego alegremente.
"Ni por asomo, don Diego." respondió ella.
"Vamos, no sea modesta." respondió don Alejandro sonriendo.
Mientras volvían Victoria notó que doña Carmen estaba muy callada. "¿No vas a hacer ningún comentario agudo sobre la velada?"
"Ha sido una noche muy agradable. Todos me han tratado bien."
"Parece que te sorprenda."
"Ellos saben lo que soy."
"Sí, saben que eres una mujer culta y encantadora."
"No me refiero a eso."
"Ya, también saben a lo que te dedicaste. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no les importa?" Pero doña Carmen seguía sin estar convencida.
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Los días pasaban muy lentamente. Aunque solo habían pasado cuatro semanas a Victoria le había parecido una eternidad. Se dirigió a la hacienda a media tarde. Había dejado al nuevo cocinero y a Pilar a cargo de la cena. Iba a iniciar una nueva vida con Diego y quería ir distanciándose de su trabajo en la taberna.
Había nubes oscuras en el horizonte, y rachas de viento cada vez más fuertes traían olor a tierra mojada, pero la hacienda estaba cerca y no había peligro de que la tormenta la sorprendiera en el camino.
Felipe la recibió y consiguieron comunicarse por señas. Victoria estaba aprendiendo a comprender sus gestos y practicaban siempre que podían. Don Alejandro había salido, y Diego tampoco estaba. Felipe escribió una Z en el aire y ella lo entendió de inmediato.
Al poco rato se desencadenó una terrible tormenta. El viento aullaba y la lluvia golpeaba el suelo con fuerza. Victoria empezó a sentirse preocupada y decidió bajar a la cueva del Zorro a esperarlo.
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El aire tiraba de su capa y amenazaba con llevarse su sombrero. Tornado resopló, inquieto al olfatear la tormenta en el aire. El Zorro le dio unas palmadas en el cuello para calmarlo.
"Tienes razón, amigo, será mejor que volvamos a casa cuanto antes."
Si dirigió al oeste, y a los pocos minutos comenzó a llover. En unos momentos pasó a ser una lluvia intensa, que retumbaba contra el suelo y dificultaba la vista. Espoleó al caballo, sabiendo que el arroyo empezaría a crecer rápidamente y que si no llegaba al vado en poco tiempo tendría que dar un rodeo para poder cruzar por un lugar menos peligroso.
Al acercarse oyó gritos y el relincho de un caballo aterrado. Al tomar la curva del camino al fin los vio. Una carreta estaba atascada en medio del vado, mientras un hombre, sumergido en el río hasta la cintura, trataba de tirar de las riendas mientras el caballo no paraba de mover la cabeza bruscamente. El Zorro vio que el agua cada vez bajaba con más fuerza y se dio cuenta de que había gente en la carreta.
"¡Bajen de ahí, el río está creciendo!"
Un hombre, una mujer y una niña se giraron hacia él, sobresaltados al ver a un hombre enmascarado que les gritaba. Diego no los reconoció, pero no había tiempo para pensar en nada más. Se acercó sobre Tornado y tendió su mano a la mujer, que se levantó bruscamente al darse cuenta de que la carreta empezaba a flotar y a ser arrastrada por el agua.
"¡Coja mi mano!" gritó él, sin entender por qué ella no utilizaba las manos para sujetarse, hasta que vio al bebé en sus brazos.
"¡Maldita sea!" dijo entre dientes, y guiando a Tornado con sus piernas, le hizo colocarse al lado de la carreta y cogió a la mujer por la cintura, sentándola de lado sobre la silla. El agua hacía difícil sujetarla, así que decidió quitarse uno de los guantes para evitar que se resbalara. Consiguió llegar a la orilla y dejarla a salvo, entonces se giró y vio que la carreta se movía corriente abajo, chocando contra las rocas y arrollando al caballo a su paso. La niña estaba en pie en la carreta, tirando de su falda, que se había enganchado en una de las maderas, con los ojos llenos de miedo.
Tornado giró sobre sí mismo y volvió a meterse en el río, que ahora casi le llegaba a la cruz. El hombre había dejado de luchar con el caballo y se había subido a la carreta, arrastrándose hacia la niña, a la que liberó rasgando su falda de un tirón. Diego les tendió la mano, pero entonces la carreta se desprendió bruscamente de la roca que impedía su avance y se volcó. El hombre y la niña cayeron al agua.
Diego soltó un rollo de cuerda que llevaba en el arnés y se lo lanzó al hombre, que consiguió atraparlo. Tornado perdió pie y tuvo que empezar a nadar hacia la orilla. El río volvió a crecer bruscamente, y una rama que flotaba en la corriente impactó contra el Zorro haciéndole caer del caballo.
La corriente lo arrastró a una zona del río mucho más profunda. Luchó bajo el agua, y tratando de no perder la calma, se desprendió de la capa que tiraba de él hacia el fondo. Un remolino le atrapó, y sintió un fuerte impacto que le hizo vaciar sus pulmones. Aturdido, se dio cuenta de que no sabía hacia donde estaba la superficie.
Trató de mantener los ojos abiertos y mirar a su alrededor. Apenas podía ver una claridad gris y difusa frente a él. Sentía el latido de su corazón retumbar en sus oídos, el tiempo parecía detenerse mientras trataba de mover sus brazos en un líquido que le parecía denso como la melaza. Notó el fondo del río bajo sus pies. Cuando el frío parecía que iba a engullirle, una forma negra comenzó a perfilarse, una cabeza de caballo rodeada de crines que se agitaban suavemente bajo el agua. Vio dos ojos brillando como ascuas, y Tornado lo empujó hacia la superficie.
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Victoria esperaba en la cueva, y se entretuvo leyendo un libro a la luz de las velas. El ruido de la tormenta se colaba desde la puerta de la colina, Creía que ya sería de noche, aunque ahí abajo no podía estar segura. Pensó en subir a comprobarlo cuando la puerta trasera se abrió y Diego entró a lomos de Tornado. Ambos estaban empapados. Ella se dio cuenta de que le faltaban el sombrero, la capa, y uno de sus guantes.
"Victoria. ¡Qué bien que estés aquí! Por favor, toma una manta, pásame otra y ayúdame a secar a Tornado o enfermará."
Victoria hizo lo que le pedía, aunque él también parecía aterido de frío. Sus labios estaban casi azules. Bajó del caballo con dificultad, sin mover el brazo izquierdo, y gimió al poner la pierna derecha en el suelo.
En cuanto terminaron de atender al caballo él se apoyó en la pared, con la respiración entrecortada y tiritando.
Ella cogió otra manta de una cama que había en un rincón de la cueva. "Quítate esa ropa empapada inmediatamente o serás tú el que coja una pulmonía." dijo preocupada.
Él asintió y por primera vez Victoria le quitó la máscara. Se sintió un poco extraña al hacerlo. Luego le ayudó a quitarse la camisa, que estaba desgarrada, para inmediatamente echarle la manta por encima de los hombros. Lo ayudó a llegar hasta la silla, donde hizo que se sentara para quitarle las botas y los calcetines.
Él tiritaba sin parar y ella fue a quitarle los pantalones. "Lo haré yo." dijo él algo confuso.
"Como quieras, pero date prisa. Tienes que secarte cuanto antes."
Él parecía un poco avergonzado mientras se quitaba el resto de la ropa tratando de cubrirse con la manta. A ella le pareció un poco tonto que se preocupara por algo así, pero se volvió hacia Tornado para no incomodarlo más.
Él acabó de envolverse, y ella se acercó parar frotarle vigorosamente con la manta tratando de hacerle entrar en calor. Lo ayudó a sentarse en la cama. "Subo a prepararte algo caliente." le dijo y corrió escaleras arriba.
Se encontró con Felipe en la cocina. "Diego está helado, necesita un té caliente. ¿Lo puedes bajar a la cueva?" Él asintió y se puso manos a la obra mientras ella volvía al lado de Diego.
Estaba sentado en la cama, con la cara apoyada entre sus manos, sollozando y temblando.
"¡Diego!" exclamó ella y corrió a su lado. "¿Qué te ocurre?"
Apenas podía oír su voz. "No pude sujetarlos."
"¿De quién hablas?"
"La corriente arrastró el carro, y puse a salvo a la madre y al bebé. La niña quedó atrapada en el carro, su padre trató de ponerla a salvo pero no pudo y yo… no llegué a tiempo. No los alcancé."
"Lo siento." dijo ella con ternura.
"Los arrastró el río."
Ella lo abrazó sin decir nada más. Al cabo de un rato se separó de él y le miró a los ojos. "Estoy segura de que no pudiste hacer nada más."
"No fue suficiente." dijo con voz atormentada.
Ella volvió a abrazarlo, abrumada al darse cuenta del peligro que él había corrido. "Estás agotado. Tienes que descansar."
Diego pareció calmarse un poco. Ella comenzó a sentir el calor que desprendía incluso a través de la manta. "¿Te encuentras mejor?" preguntó.
"Un poco." dijo él. Al mirarla parecía un poco avergonzado. "Lo siento. Te he puesto en una situación difícil."
Felipe llegó con una tetera humeante y unas tazas. Victoria se levantó para acercar una mesita. Al volver junto a él se dio cuenta de los golpes y rasponazos que tenía en los brazos y la espalda. El hombro izquierdo tenía un corte bastante profundo y estaba amoratado. Felipe también lo vio y se dirigió a una estantería, donde cogió material para limpiar y vendar la herida. Le ofreció las vendas a Victoria.
"Vamos a vendarte esa herida del hombro. ¿Qué pasó?"
"Algo me golpeó y me lanzó contra las rocas, creo que un tronco que arrastró la corriente, pero no lo pude ver bien." dijo él con voz cansada. "Lo siguiente que recuerdo es que Tornado me empujaba para que saliera del río."
Al ver a Felipe atendiendo a Diego, Victoria supuso que no era la primera vez que resultaba herido, y con desánimo se dio cuenta de que no sería la última. Tendré que aprender a vendar heridas. dijo para sí misma.
Felipe les indicó que iría a buscar a don Alejandro a la hacienda vecina. Victoria se quedó a su lado y lo vendó siguiendo sus instrucciones, mientras Diego bebía pequeños sorbos de té. Cuando terminó se sentó junto a él.
"No puedo dejarte ahora. Me quedaré hasta que lleguen."
"Gracias." contestó él. "No quiero estar solo. No puedo dejar de pensar en ellos."
"Diego. Mírame. Estoy contigo. Todo irá bien." Cuando él se giró para mirarla ella lo besó, despacio, a la vez que le acariciaba el cuello. Al principio él solo respondió con suavidad, pero luego la abrazó, mientras ella entrelazaba los dedos en su pelo y el beso se volvió más intenso.
Al pasar ella la mano por su hombro el dolor le hizo dar un respingo y se separaron.
"Perdona, Victoria. No pretendía…"
"Está bien, no te preocupes."
"¿Puedes acercarme la ropa? Esperaremos a mi padre y a Felipe en la sala."
Lo ayudó a ponerse la camisa, porque él no podía mover el brazo izquierdo hacia atrás, pero se apartó para dejar que se pusiera él solo los pantalones. Al ir a levantarse, otra vez notó dolor en la cadera, también se la había golpeado.
Se apoyó en ella para subir la escalera y se sentaron en la sala.
"Diego, deberías irte a la cama. Necesitas descansar."
"Esperaré a que llegue mi padre. Prefiero que te acompañe de vuelta a los Ángeles."
"Estaré bien, he hecho ese camino muchas veces yo sola."
"Por favor, espera a que llegue y te acompañe. Es tarde, y no podría soportar que te pasara algo."
"Como quieras, le pediremos que me acompañe."
Diego dormitaba en el sillón cuando don Alejandro llegó con Felipe. Lo miró con expresión preocupada. "¿Estás herido?"
"Un golpe en el hombro y otro en la cadera, pero me pondré bien."
"Deberías irte a la cama inmediatamente."
"Lo haré, pero por favor acompaña a Victoria de vuelta. No quiero que vaya ella sola."
"Felipe, ayúdame a llevarlo a su habitación. Acompañaré a Victoria, no te preocupes, pero tienes que descansar."
Le costó sentarse en la cama. Le ayudaron a cambiarse de ropa, y al tocar su frente don Alejandro se dio cuenta de que tenía fiebre.
Don Alejandro y Victoria cabalgaron de vuelta a los Ángeles.
"¿Sabes qué es lo que ha pasado?" Preguntó don Alejandro.
"El río creció con la tormenta y arrastró una carreta que trataba de cruzar, en la que viajaba una familia. La madre y el bebé se pudieron poner a salvo, pero el padre y su hija quedaron atrapados en la corriente, y aunque trató de alcanzarlos no pudo. Cree que un tronco le golpeó. Si no llega a ser por Tornado..."
Siguieron cabalgando en silencio. "¿Sabes Victoria? Me alegro de saber lo que hace, pero vivía más tranquilo cuando pensaba que solo estaba interesado en su música y sus estudios. Supongo que tú sí eras consciente del peligro que corría el Zorro."
"En realidad no, porque parecía que nada podía pasarle. Ahora que lo veo como un hombre de carne y hueso me doy cuenta del peligro que corre."
Llegaron a los Ángeles. La mayoría de las casas tenían las luces apagadas.
"Voy a acercarme a casa del doctor, a ver si aún está despierto y puede ir a verlo por la mañana."
"¿Qué le va a decir?"
"Que el viento rompió un árbol sobre él, haciéndole caer del caballo. Creo que eso explicará su estado."
Victoria asintió y se despidieron.
