Un fragmento corto de las historias perdidas; parte 1: Annie, la tramposa

Erdia era el lugar en donde había nacido hace casi dos siglos.

Los prados allí eran verdes y tan vastos hasta donde la vista ya no podía alcanzar, la villa era tan colorida como un brillante arcoiris, siete colores distintos para cada tribu que en ella habitaba. El rojo pertenecía a los médiums, tribu de Bihter, naranja para la tribu de Aysun, los guardianes; el amarillo de la tribu de los adivinos, la tribu de Ihan. El verde estaba reservado para Reyhan y su tribu de magos, por otro lado, el azul era el color en la tribu de los viajeros, tribu de Izmir. Índigo para los ancestrales, la famosa tribu de Ruslan, y por último quedaba el violeta para la tribu de Nehir. Su tribu, la tribu de los videntes.

Así que cada casa en la villa estaba pintada de acuerdo a la tribu que en ella habitara, eso hacía que Erdia luciera lo contrario a tétrica y sombría como muchos creían. Había coloridas flores por todas partes y una asombrosa vista al mar que cautivaría a cualquiera que lo viera. Lo que más destacaba de Erdia, no obstante, era el alto y orgulloso fresno que se imponía con opulencia en el centro de la villa, había sido un obsequio de Persia, una reina de un lugar al otro lado del mar llamado Nórdian. Aunque claro, La Orden había prohibido que cualquier habitante comiera del fruto dorado del fresno, ese tipo de manjares estaban destinados únicamente a las criaturas mágicas.

Si se lo preguntabas a Annie, Erdia no tenía nada que envidiarle a Ninfairheim o a Valbour, ni a ninguno de esos reinos lejanos. Y por mucho tiempo, habían vivido en relativa paz, La Orden no había sido tan rigurosa en sus reglas y procedimientos, y ninguna tribu había sido tratada con recelo; fueron tiempos buenos en donde incluso Nórdian los reconoció como reino aliado. Comenzaban a dignificarse de nuevo como tribus unidas, que tenían un origen mestizo entre las medusas y los humanos de Habusimbel.

Erdia había sido una vez, el hogar de Annie.


—¡Annie, tramposa!

Había exclamado entonces Modesty con el ceño fruncido y las mejillas rojas de vergüenza al haber sido descubierta tan rápido. Annie simplemente encogió los hombros sin aparente interés en la rabieta que hacía la rubia de ojos castaños. Modesty salió de su escondite y cruzó los pequeños brazos sobre su pecho, su cara se arrugó en un puchero totalmente infantil y casi grosero, los otros niños ya habían salido también de sus demás escondites. Una vez que todos se habían reunido, ella dijo con su boca puchera y demasiado altanera:

—Annie hizo trampa, vio el futuro— Acusó con voz chillona, la punta de su dedo indice señalando a Annie.— ¡No está permitido usar los dones mientras jugamos!

—Utilizaste un hechizo de ocultamiento— Replicó Annie, haciendo que Modesty se pusiera aún más roja de vergüenza y enojo contenido.— ¿Por qué las reglas sólo se aplican en mí?

Todos los pares de ojos se enfocaron en Modesty, quien por un momento no supo qué decir. No obstante, pronto miró a Annie por debajo de su nariz y se encogió de hombros, pareciendo demasiado altanera y soberbia para una niña de siete años.

—Soy hija de la tribu de Reyhan. Soy una hechicera— Como para hacer su punto, sus pequeños dedos se iluminaron con seidr azul y agregó:— Mi tribu sale de Erdia a luchar junto con médiums y guardianes, y tienen el favor de La Orden. Mientras que a la tuya nadie la toma en serio por débiles. Eso me hace superior a ti.

Las amigas de Modesty comenzaron a reír y señalar con sus dedos a Annie, mientras cantaban una y otra vez: "Annie, la tramposa. Annie, la débil", como si fuera la cosa más inteligente o divertida que alguien podía decir. Ni siquiera parecía ser un insulto apropiado en comparación con los que Annie podía decirles. Pero todavía... ella no podía decir nada porque era verdad, su tribu era una de las más débiles y La Orden jamás los tomaban en cuenta para las misiones importantes.

No, su tribu sólo se componía por consultores que se quedaban atrás y todo lo que hacían era ver los posibles futuros y resultados. Nunca salían a luchar contra demonios como los médiums y sus guardianes, jamás habían destruido maldiciones como los magos; no podían saltar entre dimensiones y jugar con el tiempo como los viajeros y ni siquiera pensar en compararse con los ancestrales.

Los adivinos también eran una tribu guerrera y fiera, que sin problema alguno podría salir a luchar y estar a la par de las otras tribus. Pero La Orden rara vez los tomaba en cuenta porque eran aún más tramposos que Annie. Ellos podían leer mentes y miedos profundos, utilizaban eso para apuñalar a su enemigo por la espalda y eso no era algo honorable para Erdia, que tenía sus raíces de un pueblo valiente como lo había sido Habusimbel.

No, los videntes no eran poderosos como los ancestrales, ni poseían cuerpos resistentes como médiums y guardianes. Ni la ridícula agilidad de los adivinos, o la curación acelerada de los magos, tampoco la longevidad de los viajeros. Los videntes eran lo más cercano a un ser humano normal que existía en Erdia, con la única diferencia de que podían ver lo que pasaría en el futuro, o al menos las posibilidades y que vivían un par de siglos más que los ordinarios.

Cuando las risas cesaron y Modesty y sus amigas se marcharon pavoneándose por haber humillado a Annie, Berthold se acercó a ella y con gentileza, palmeó su hombro derecho y dijo con voz suave:

—No las escuches, Annie— Apretó un poco su hombro y cuando ella alzó la mirada llorosa, él agregó con una sonrisa:— Yo pienso que los videntes son fuertes, siempre están un paso adelante de todas las tribus. Algún día, tu don salvará vidas.

Annie se limpió las lágrimas y asintió.


Una calurosa noche de junio, Annie tuvo un sueño de esos que en un inicio, parecen demasiado reales. El cielo de Erdia había sido azul, las blancas y esponjosas nubes eran empujadas por el viento y el aroma de los tulipanes cosquilleaba en su nariz. Pero luego el cielo comenzó a tornarse gris, las nubes dejaron de ser blancas y había un olor rancio, como a humo y cenizas. Podía escuchar los gritos de mujeres y niños, gente que estaba demasiado desesperada tratando de apagar un ardiente fuego que consumía rápidamente a Erdia.

Annie miraba todo, pero no podía hacer nada, era como si estuviera atrapada y sólo pudiera ver lo que pasaba a través de una ventana empañada por el calor del fuego ardiente y el humo negro que se esparcía por todas partes a gran velocidad. Aún así, ella podía ver con claridad el centro de todo ese caos; un pequeño niño de no más de cuatro años, sus enormes ojos verdes veían la destrucción con cierta confusión. Pero su rostro estoico no revelaba indicios de miedo, a pesar de que las llamas comenzaban a envolverse a su alrededor.

Luego, una figuraba negra que tomaba al niño de la mano y lo alejaba de las llamas, Annie de alguna forma logró deducir que el niño era un médium y la figura que lo alejaba era su guardián. Pero entre más lejos caminaban, las llamas se hacían más intensas, los gritos más agónicos y Erdia comenzaba a quedar en nada más que cenizas negras.

Annie se despertó de un sobresalto cuando en su sueño sintió que también comenzaba a ser consumida por ese fuego rojo. El sudor perlaba su frente y el corazón le latía con fuerza dentro de su pecho, respiraba con dificultad y había un constante estremecimiento que le recorría todo el cuerpo. El sueño se había sentido tan real y eso la angustiaba. El sueño podría no tener sentido, pero Annie lo entendió de inmediato, un guardián que mataría a su propio médium para consumir su alma y obtener el poder de Bihter.

Eso en sí mismo era horrible, los vínculos entre médiums y sus guardianes eran sagrados. Lo que más la asustaba de todo esto, es que de ocurrir, no sólo Erdia ardería en llamas, toda Celthia lo haría y ni siquiera el Oráculo podría hacer algo para detenerlo, sería demasiado tarde. Bihter había sido la primer heredera de los ancestrales y por lo tanto, la más poderosa de todas las tribus y cuando Aysun se convirtió en su protectora, bueno, habían sido invencibles.

Bihter había sido la médium más poderosa y Aysun fue un espíritu del viento y del fuego, su guardiana en todo momento. Juntas habían logrado crear el fuego escarlata que mantenía preso al presidente del infierno en el inframundo. Si un guardián tomaba por completo el alma de su médium, sería capaz de crear ese mismo fuego escarlata que lo consume todo. Ni siquiera los ancestrales podrían detener algo así.

Aysun y su tribu no eran como las otras cinco, ellos no eran herederos de los ancestrales.

Aysun fue un espíritu del viento y el fuego, hija de un fae y de una centinela de los mares de fuego. Por lo tanto, sus descendientes tenían una linea sanguínea directa de criaturas mágicas, al igual que los ancestrales. Si combinabas esa linea de sucesión con la de un descendiente de los ancestrales... bueno, que te cuente Lucifer cómo le fue.

Sin embargo, sólo había sido un sueño y las visiones siempre podían cambiar dependiendo de las decisiones que las personas tomaban. Esta no podía ser una visión definitiva del futuro, el futuro siempre estaba en constante cambio, además... el niño de la visión de Annie ni siquiera existía aún. Había una probabilidad del cincuenta por ciento de que no naciera.

Esa lógica la había tranquilizado lo suficiente como para volver a conciliar el sueño y olvidarse de su pesadilla profética. No obstante, supo que era un futuro que debía cumplirse cuando a la mañana siguiente, toda su tribu amaneció agitada por el mismo sueño que ella había tenido. Erdia en llamas y un niño como el detonante de tanto sufrimiento. Esa misma noche el consejo de la tribu había reunido a todos los videntes, incluida Annie y los demás niños.

Todos debatían por un futuro implacable que amenazaba con llegar en cualquier momento, todos alzaban la voz con angustia y terror al mismo tiempo, y pedían de forma desesperada soluciones al líder de la tribu.

Ni siquiera sabemos si tal niño nacerá.

Exclamaba un minoría escéptica.

O puede que el guardián cambie de opinión cuando su médium nazca.

Decían otros tantos ingenuos.

Es probable que el Oráculo ya esté al tanto, quizá ellos puedan intervenir antes de que se desate todo el desastre.

Acordaban otros tantos ilusos que aún creían que el Oráculo haría algo a tiempo, el Oráculo era demasiado arrogante como para creer que ellos podrían manejar la situación al último momento.

De alguna manera, Annie sabía mejor que eso. Ella tenía esa certeza de que el niño nacería, de que la decisión del guardián ya había sido tomada y no la cambiaría y por supuesto, sabía que el Oráculo nunca llegaría a tiempo, no sería capaz de lidiar con algo así. La única solución era matar al médium con el destino sellado.


Entonces llegó aquel fatídico día que ya todos los videntes habían visto venir de forma implacable y definitiva. Un destino que a diferencia de otros tantos, no podía ser cambiado. El jueves fue marzo treinta, Eren Jaeger había nacido entre el jubilo y la esperanza de una tribu en decadencia: los ancestrales. El niño, desde luego, había nacido bajo el cobijo de la tribu de los médiums como ya había sido predicho. Su padre, Grisha Jaeger, era parte de ella también, un miembro fundamental entre La Orden y alguien muy poderoso entre los suyos. Carla, por otro lado, era una de las últimas descendientes de lo que alguna vez fue una gloriosa tribu de ancestrales.

Los ancestrales habían sido el primer resultado de una combinación entre medusas y humanos. Ellos contenían el poder de cinco tribus a la vez, eso los hacía especiales y venerados. Pero luego, los ancestrales se mezclaron con otros humanos, eso había resultado en otros cinco linajes, cada uno con un gen especial que les otorgaría cierto don. No obstante, eso también provocó que la tribu original se fuera desvaneciendo hasta que sólo quedaron unos pocos descendientes puros. Carla Jaeger era una de ellas.

Entre los ancestrales que se mezclaban con algún otro miembro de las siete tribus, existía algo llamado gen dominante y gen recesivo. Un niño producto de ancestrales y otras tribus, nacía con ambos génes, Eren tenía el gen dominante de la tribu de su padre y guardaba el gen recesivo de los ancestrales para sus propios descendientes; por lo tanto, los hijos de Eren Jaeger definitivamente nacerían siendo ancestrales y esas eran buenas noticias para una tribu que estaba a punto de desaparecer. Actualmente, la tribu de los ancestrales se componía únicamente de mujeres mayores que ya no podían procrear, Carla Jaeger era la única ancestral joven que quedaba.

Por eso, ese niño era valioso para La Orden y una tribu moribunda, la esperanza de que reviviría a un clan milenario.

Durante los primeros cuatro años de vida de Eren Jaeger, nada sobresaliente ocurrió y los videntes se iban olvidando poco a poco de la amenaza que causaba la sola existencia de ese niño. Todos olvidaron lo que pasaría tarde o temprano, todos menos Annie, quien desde las sombras lo vio crecer fuerte y sobresaliente entre su tribu, con dos padres de renombre en La Orden, un medio hermano mayor siendo parte de la nueva generación del Oráculo y un gen recesivo que lo volvía privilegiado en una tribu que ni siquiera era la suya.

La Orden estaba fascinada con la idea de unirlo en sus filas cuando fuera mayor y el nuevo Oráculo se había negado a intervenir cuando Annie les habló de sus visiones sobre Eren, incluso Reiner parecía renuente a escucharla y su tribu había bajado la cabeza cuando Zeke amenazó con matar a cualquiera de la tribu de Nehir que se atreviera a tocar un sólo cabello de su hermano.

Como Annie había predicho, el Oráculo había sido demasiado arrogante como para ver el peligro que todos corrían, con un Zeke Jaeger alegando que su medio hermano sería alejado de todo peligro y protegido por el Oráculo hasta que creciera y fuera lo suficientemente fuerte como para protegerse él mismo. Los videntes, débiles como siempre, decidieron creer en él y no hacer algo, pero Annie sabía que no era momento para ser débiles, que alguien tenía que hacer algo. Berthold había dicho que llegaría el día en el que el don de Annie salvaría vidas.

Bueno, éste era ese momento y Annie nunca más sería débil.


Sin embargo y para consternación de Annie Leonhardt, no había sido lo suficientemente rápida para frenar un destino que ella bien sabía que no se podía evitar. El día que todos los miedos de Annie vinieron por ella y sus visiones finalmente se cumplieron, fue cuando Eren Jaeger había cumplido sus cuatro años. Aquella había sido una fresca noche de primavera, Erdia nunca había estado tan bien, el cielo era de un azul oscuro intenso y las estrellas se arremolinaban de formas caprichosas en él, los niños corrían y reían por el centro de la villa y el viento fresco aliviaba el bochorno que la primavera traía consigo.

Por aquel utópico y efímero momento, Annie se permitió relajarse y dejar de pensar en un horrible futuro, dejó de idear planes de cómo deshacerlo. Annie habría de aprender que son en esos pequeños momentos de tranquilidad y optimismo que el futuro se prepara para llegar de la forma más devastadora posible. Un alarmante toque de queda emitido por La Orden destruyó toda esa paz, se les ordenó a todas las tribus que permanecieran en sus hogares y que no debía haber ni una sola alma vagando por la villa.

Un niño había sido raptado por un guardián conocido entre las tribus como Corvus y Annie sabía que ese niño debía ser Eren Jaeger, ¿quién más sería? No obstante, el rapto de Eren había sido el pretexto perfecto para que se desatara un inevitable caos que ya se veía venir. Los adivinos y algunos videntes habían estado inconformes por el trato que se les había dado durante tantos años, La Orden siempre había subestimado sus dones, había tachado a los adivinos de tramposos y a los videntes de innecesarios. Con Corvus raptando al hijo de los dos miembros más importantes de La Orden, había sido el momento perfecto para iniciar una ansiada guerra civil.

Adivinos y uno que otro vidente contra las otras cuatro tribus.

Una guerra destinada a fracasar. Una sola tribu jamás podría derrotar a cuatro tribus unidas, por más perspicaz, tramposa y astuta que esta fuera. Aún así, Annie podía recordar con claridad el desastre, la villa en llamas, niños llorando y gritando por sus padres y con una Orden enfocada en recuperar a Eren Jaeger, el caos simplemente se había vuelto aún más grande. Muchos videntes se habían visto obligados a pelear contra miembros hermanos. Tanta sangre derramada por culpa de una Orden injusta que no sabía nada de gobernar con equidad para todas las tribus.

Annie recordaba claramente que el fuego ardiente, azul y rojo intenso, duró toda la noche; el olor a cenizas y humo durante todo el día que le siguió. Luego, el Oráculo de Erdia intervino y tanto adivinos como videntes hubieran deseado que fuera La Orden quien lo hiciera. El Oraculo era más practico y hermético en ese sentido, si había que castigar a alguien, se haría. Si había que ejecutar a alguien se haría y si había que desterrar a alguien, también se debía hacer. Sin oportunidad de juicios, o indulgencias. Se hacía lo que se tenía que hacer y eso era todo.

Y con un furioso Zeke Jaeger por el rapto de su hermano, el daño colateral fue cien veces peor para los rebeldes.

El Oráculo rara vez intervenía, pero cuando lo hacía, incluso La Orden se apartaba y los dejaba actuar. Más de la mitad de la tribu de Ihan fue ejecutada, entre mujeres, niños inocentes y ancianos, todo imparcial. Los miembros que restaron huyeron de Erdia y se ocultaron, siempre con el miedo de que el Oráculo decidiera intervenir e irlos a buscar. El caso de los videntes había sido distinto, puesto que no todo el clan había estado involucrado, pero aún así... muchos de ellos habían sido encarcelados, o desterrados injustamente, incluso cuando no habían participado en el asalto.

Muchos videntes culparon a Corvus, otros tantos se inclinaban por culpar a los adivinos y luego estaba esa pequeña minoría que culpaban a Eren Jaeger. Hubieron tantas visiones de muerte, tragedia y perdida, y él siempre había estado en el centro de todas y cada una de ellas. En medio de los gritos y el fuego ardiente, o en medio de escombros y frío atroz. Nadie supo realmente qué había sucedido ese día cuando Corvus casi se roba la posesión más valiosa de La Orden.

Todo lo que se sabía entre las tribus fue que La Orden había regresado con Eren Jaeger y las manos manchadas de sangre. Nadie sabía si la de Corvus, o la de alguien más. Se decía que había perdido en una batalla a muerte con Carla Jaeger. Pero Annie, al ser una tramposa desde temprana edad, había visto la verdad mucho antes de que sucediera y sabía que los viajeros y videntes habían creado un bucle de tiempo en el que apresaron a Corvus junto con toda su familia. Esperando con paciencia el día que al fin pudieran salir y obtener su venganza contra Erdia.

Entonces, Eren Jaeger estaría otra vez en medio de la muerte, la tragedia y la perdida, y ahogaría a Erdia en ellos.


Annie nunca había estado tan cerca de su peor pesadilla y ahora estaba paralizada por esos enormes ojos verdes que la miraban sin emoción alguna. Ahora Eren tenía seis años, pero era un niño totalmente aterrador, no sólo por lo que su mera presencia significaba, era la sensación que venía con él. Annie sabía que la tribu de Bihter era la que más sufría, era una tribu destinada a ver muerte y dolor durante toda su vida, tenían que vivir con eso. Revivir una y otra vez las muertes horribles y dolorosas de almas en agonía que pedían a gritos que alguien las ayudara.

Eren aún era pequeño, pero había visto más sangre, dolor y perdida que la propia Annie. No era de extrañar que tuviera tales ojos tan severos y aquella mueca estoica que no era para nada apropiada para un niño de seis años. Annie en realidad pensó que con esto le haría un favor al niño, que lo liberaría no sólo de un terrible destino, sino de dos.

Era sencillo, de verdad. Sabía que Grisha y Carla no estaban en casa, siempre ocupados con asuntos de La Orden y que Eren aún era demasiado débil como para defenderse. Él no podía seguir viviendo cuando aún suponía una amenaza para las siete tribus, cuando Corvus seguía en algún lugar, esperando su oportunidad para terminar con lo que había comenzado. Annie era la única que comprendía que esto era lo mejor que podía hacerse por un bien mayor y que éste era su momento para demostrar que no era débil.

Sin embargo, cuando sacó su pequeña daga de entre los pliegues de su vestido, las manos le temblaban porque en realidad, era débil y lo sabía. Eren ni siquiera parpadeaba ante el filo brillante de la cuchilla, él no tenía miedo pero Annie sí, porque era débil y casi ya no podía soportar llevar una carga tan pesada. Se estaba desmoronando poco a poco, pero si no lo hacía ella... nadie más lo haría. Entendía lo que estaba en juego, pero era verdad que seguía siendo débil.

—¿Por qué te asusta tanto?— Preguntó de pronto Eren y Annie tuvo que levantar su llorosa mirada del suelo.— Pueden haber cosas mejores después de la vida.

La rubia se horrorizó ante aquellas palabras tan crudas salidas de la boca de un niño, las gruesas y saladas lágrimas rodaron por sus mejillas calientes y rojas. Después de seis años de ver continuamente a la muerte en sus diferentes formas, el chico ya no le temía, parecía verla como algo que viene natural y que siempre está latente, como una amiga que lo acompañaba en todas sus andanzas. Los médiums veían a la muerte con respeto amigable y eso sólo se podía significar que no le temían, que de hecho, la ansiaban con desesperación. Todos locos, enamorados eternamente de ella.

Su eterna amante.

—La muerte es horrible, es solitaria y fría y no hay nadie allí.— Respondió a cambio, esperando causar alguna emoción de miedo en el niño, pero como era de esperarse, no ocurrió.

—¿No es así como sobrevivimos?— Eren cuestionó entonces, haciendo que Annie arrugara la frente y arqueara las cejas.— ¿A cosas horribles, solos, fríos y sin nadie que esté realmente aquí?

Ella no pudo decir nada más, porque una parte de ella entendía lo que él estaba poniendo en duda, tal vez entendía esa certeza de que todos venimos solos a éste mundo y solos nos iríamos de él. Sus ojos se mantuvieron clavados en los ojos verdes de Eren por varios segundos angustiosos, las manos seguían temblándole y aún tenía miedo porque de entre todas sus ideas tramposas, Eren había logrado ver que ya no le quedaba ninguna excusa para seguir siendo débil. Entonces, el niño parpadeó, su mirada se enfocó en algo detrás de Annie y ella realmente debió haberlo visto venir.

—Annie, querida...— La aterciopelada voz de Pieck le dio consuelo, tal vez el alivio de haber sido descubierta a tiempo.— ¿Qué estás haciendo?

—Intentaba ser fuerte— Tragó saliva, sus ojos en ningún momento abandonaron el rostro de Eren.— Porque todos están siendo demasiado débiles.

—Mh— Tarareó Pieck, si tomó importancia ante la confesión o no, Annie jamás lo sabría. Luego la mujer se dirigió al niño.— Eren, no debes abrir la puerta. Lo sabes.

Él ni siquiera se inmutó ante el regaño de Pieck, en su lugar se encogió de hombros como si el asunto no tuviera importancia en absoluto.

—Faye a veces me visita— Declaró, haciendo que la morena se tensara ligeramente.— Ella toca la puerta, dos veces, de ésta manera...

Entonces, la puerta de madera pareció crujir dos veces, un golpe fuerte y uno más suave. Tanto Pieck como Annie saltaron hacia atrás, alejándose instintivamente de la puerta, luego sus mirada se dirigieron al pequeño médium, sus ojos perdidos en un punto muerto de la pesada puerta de madera. Los oscuros ojos de Pieck también parecían notar algo allí, que era invisible para la mirada de Annie. Luego ambos despertaron de su ensoñación, la chica carraspeó pareciendo incomoda y Eren desvió la mirada.

—De acuerdo— Ella suspiró.— Faye y tú tendrán que encontrar otra forma para verse. Ahora, entra y cierra la puerta, a tu hermano no le gustará saber que le abriste la puerta a una extraña.

Por extraordinario que parezca, Eren obedeció sin chistar, la puerta se cerró y luego Annie sintió como si estuviera siendo succionada, el mundo dio muchas vueltas y al siguiente parpadeo, ella ya no estaba más frente a la casa de los Jaeger. Ella estaba en Delfos, la base del Oráculo que estaba oculta en medio de dos dimensiones opuestas entre sí; frente a ella, Zeke Jaeger con una expresión ilegible en su rostro. Reiner simplemente negaba con la cabeza en desacuerdo con lo que Annie estuvo a punto de hacer.

En realidad se resignó a lo peor, sabía que la muerte era el castigo apropiado para una traición directa hacia el Oráculo. Fue irónico, había ido a matar a Eren Jaeger y ahora ella terminaría muerta, al menos no tendría que estar cerca cuando todo esto se pudriera y ese parecía ser un consuelo justo. Eren tenía razón al decir que la muerte no podía ser tan mala.

—No me malinterpretes, Leohardt— Dijo Zeke de pronto, ganándose una mirada inquisitiva por parte de Annie.— Matarte sería demasiada indulgencia para ti.

Zeke debía ser un adivino en lugar de médium, de alguna forma, él siempre podía adivinar los pensamientos de las demás personas. O quizá, simplemente era demasiado obvio lo que ella estaba pensando, tal vez vieron todos los posibles resultados de esto a través de los ojos de Reiner y matarla no le convendría al Oráculo.

—Pensé que semejante ofensa debía pagarse con la vida.— Jadeó, medio asustada de lo que pondrían hacer con ella.

La muerte era una cosa y la crueldad era otra. El Oráculo tenía crueldad de sobra, porque si habían considerado que había un peor castigo para Annie que la muerte, entonces sólo debía resumirse en que también habría un cruel sufrimiento en su él. Ni siquiera podía imaginar que hubiera algo peor que la muerte, pero por algo, incluso La Orden se doblegaba ante el Oráculo cuando éste decidía que era momento de actuar; y ellos siempre encontraban formas adecuadas de infligir crueldad, dolor y angustia, de tal forma que al final terminabas prefiriendo mil veces la muerte.

—Encontré un pago más beneficioso que tu débil existencia— Respondió el médium después de lo que pareció ser una eternidad para Annie.— Encontramos en dónde se esconde esa rata de Kenny Ackerman y su familia. Quiero que tú y tu familia vayan a vigilar y eviten a toda costa que actúen. Hemos visto sus decisiones y su futuro.

Annie Leonhardt parpadeó un tanto confundida, porque no tenía idea de quién rayos era Kenny Ackerman y su familia. Nunca había escuchado sobre ellos y seguro que tampoco tenía idea de a qué se refería Zeke cuando decía "evitar que actúen". Decir que estaba bastante confundida estaría de sobra, pero seguro que el Oráculo ya tenía todo un plan reservado especialmente para ella, para hacerla pagar... y parecía que la familia Ackerman tenía mucho que ver con éste castigo.

Pero aún así...

—¿Por qué yo?— Se atrevió a cuestionar.— Dijiste que soy débil.

—Precisamente porque eres débil— Zeke respondió con simpleza.— Esas escorias astutas no te verán como un peligro para ellos. Sería tu oportunidad perfecta para destacar como la tramposa que eres. Ahora, Pieck, llévala a casa y asegúrate de comunicar a la familia Leonhardt lo que el Oráculo decidió.

La chica asintió con vehemencia hacia su líder, su médium y su amante. Se encaminó hacia donde Annie todavía parecía estar tan confundida y llena de sospecha, pero antes de que Pieck pudiera poner una mano encima de Annie y hacer el salto a la casa de los Leonhardt, Zeke volvió a hablar.

—Ah y Annie...— Hizo una pausa expectante, sus fríos ojos azules miraron casi con burla a la rubia cuando dijo:— Matar a la familia Ackerman también incluye a Mikasa. Ten eso en cuenta, por favor. Ten presente que el Oráculo de Erdia no da segundas oportunidades.

Annie no pudo preguntar a qué se refería, porque el médium ya había hecho un gesto hacia Pieck y ella se apresuró en dar el salto lejos de Delfos y hacia Erdia. Annie Leonhardt no dejó de preguntarse quién rayos era Mikasa y por qué Zeke había hecho especial énfasis en que ella también debía morir. Ella no podía imaginar el dolor y la crueldad que vendrían con éste castigo.


La familia Leonhartd había llegado a Springhollow en su época de dorado esplendor. El césped eran tan verde como en Erdia, los árboles grandes y frondosos, ricos en manzanas y peras y duraznos, su cielo tan azul como ningún otro y las haciendas ostentosas y elegantes que parecían transmitir paz y plenitud. Era una villa reciente, su fundación había sido diez años atrás y la imponente estatua en honor de sir Carter Blair —su fundador— se encontraba en el centro de la plazuela. Annie lo recordaba como un hombre trabajador y de sonrisa amable, quien había acogido a su familia cuando llegaron a la villa. Annie todavía recordaba como había sido todo antes.

Mucho antes de que Springhollow se convirtiera en Hollow Blair, un lugar de césped seco y amarillento, de árboles podridos sin fruto alguno y de un continuo y lloroso cielo gris. Mucho antes de que Kushel Ackerman manchara el nombre de Carter Blair. Mucho antes de que ella y Mikasa se vieran obligadas a hacer aquello. Antes de que Eren Jaeger se presentara como un nuevo castigo para ella, y con él la muerte, tragedia y la perdida también.


¡Hola a todas! Espero que se encuentren muy bien y que al menos en ésta cuarentena, estén encontrando cositas para entretenerse. Ahora que me encuentro atrapada en mi casa, me ha dado el tiempo de estar escribiendo mucho para traer actualizaciones lo más rápido que me sea posible, me estoy esforzando mucho, así que espero que el capitulo haya sido de su agrado. Otra cosa importante, cuídense mucho, laven sus manos con frecuencia y sobre todas las cosas, tengan mucha paciencia. Estoy segura de que todo esto pasara más rápido de lo que imaginamos. En fin, de momento es todo lo que me queda por decir. Nos estamos leyendo para la próxima.

¡Saluditos!

P.d: ¿Qué les pareció la historia de Annie? ¿Alguna nueva teoría en base a ella? ¿Se esperaban que su pasado estuviera tan arraigado a Eren? Me gustaría mucho saberlo, eso siempre me anima a seguir sacando ideas para escribir y traer capítulos nuevos y actualizaciones seguidas.

Love you 3000, Dragón. 🐉🌹