Capítulo 18
Cuando pensé que no te necesitaba, apareciste
Steve
Steve observó intensamente aquellas latas que tenía entre las manos. Una era de catsup, la otra de ketchup. Las dos pesaban lo mismo, pero aún así Steve las sopesaba entre las manos como si fuera a encontrar la diferencia. Si Bucky estuviera ahí con él, lo más probable es que le hiciera alguna broma estúpida. Tenía suerte de que no fuera así.
Realmente aunque su mirada estaba en los dos recipientes, su mente estaba mucho más allá. Perdido profundamente en una mirada castaña que lo atravesaba con ese magnetismo tan arrollador. Se vio obligado a salir de su trance cuando una señora con un carro de la compra lleno hasta arriba estuvo a punto de tirarle al pasar a toda velocidad a su lado. La escuchó soltar improperios mientras seguía caminando, pero Steve apenas pudo musitar una disculpa mientras trataba de reorganizar sus pensamientos y recolocarse la zapatilla que se le había salido con el atropello.
Resopló, devolviendo las latas al estante. Se masajeó el cuello, frustrado. Él había tomado su decisión, ¿por qué entonces no conseguía tranquilizarse? ¿Por qué volvía una y otra vez a replantearse todo, a pensar en Tony?
Generalmente él era una persona de decisiones sólidas. Quizás podía torturarse con debates internos en busca de la elección correcta, pero una vez se decantaba por una, no dudaba. ¿Qué pasaba entonces? ¿Qué era lo que tiraba de él una y otra vez, invitándole a mirar el otro camino del desvío?
—¿Steve? —lo llamó Sarah, acercándose a él. Llevaba en sus manos varios packs de yogures, un envase de mantequilla y una botella enorme de yogur de beber sabor fresa. Lo puso todo en el carro que Steve mantenía a su lado—. ¿Aún no has cogido la salsa?
—Sí, perdona —dijo Steve, cogiendo finalmente una botella de catsup y dejándola en el carro.
Lo tomó con un gesto seguro y fue con Sarah en dirección a la zona de verduras, que siempre dejaban para el final. Steve cogió dos guantes de plástico y le tendió uno a Sarah. Se los pusieron con el mismo gesto torpe.
—Odio el plástico de estas cosas —se quejó Sarah, incapaz de abrir el guante.
Steve rió, enternecido.
—Déjame un momento —pidió Steve, tomando el guante y abriéndolo para ella—. Aquí tienes.
—Eres un chulito —lo reprendió Sarah, con un mohín.
Steve volvió a reírse y empezó a observar con cuidado las berenjenas. Su madre le pinchó el abdomen con el dedo pulgar como regaño y empezó a escoger los pimientos de una forma mucho menos rigurosa que Steve.
—Bueno… Tenías un buen debate con las salsas, ¿eh?
—Claro —bromeó Steve—. Una mala salsa puede echar a perder un plato.
—¿Incluso los perritos calientes?
—Sobre todo los perritos calientes.
—Me pregunto cómo fue que me saliste con el paladar tan delicado.
—Yo no soy delicado, como de todo —se justificó Steve—. Pero no hay nada de malo en intentar que quede lo mejor posible.
—Claro… —murmuró Sarah, lanzándole una discreta mirada—. Así que no hay ninguna salsa que te esté llevando la cabeza a otra parte, ¿verdad?
Steve ignoró la punta, mirando las zanahorias.
—Sé adaptarme.
—Bueno, sabes que si no es el…, catsup lo que estás buscando, sino otra cosa, yo podría ayudarte, ¿verdad?
—¿Vas a ir hasta Manhattan para complacer a tu hijo querido?
—O puedo dejarte mi hombro para que llores, me sale más barato.
Steve volvió a reír, dejando las cosas en el carro. Masajeó el hombro de su madre en un gesto cariñoso.
—Tranquila mamá, no soy caprichoso.
—Y eso es lo que me preocupa, eso y que eres tozudo como una mula cuando se te mete una idea entre ceja y ceja.
Sarah le palmeó la cadera en un gesto maternal y fue al otro lado para echar un vistazo al área de la fruta. Steve tuvo el deseo de suspirar otra vez. Su madre, siempre tan perspicaz y a la vez tan torpe para ser sutil.
Por primera vez en mucho tiempo estaba dudando de sus decisiones y se sentía como si no estuviera siendo fiel a sí mismo, aunque a esas alturas ya no sabía qué producía esa sensación: el camino que había escogido o negar que debería haber escogido el otro.
Entrar en la cancha se sintió igual que llegar a un parque de perros. Peter se había mantenido a su lado, impaciente, casi brincando a cada paso que daban y alternando la mirada constantemente entre el camino y el rostro de Tony. Pero en cuanto abrió la puerta de verja que daba acceso al interior, echó a correr hasta saltar encima de un fornido rubio que tenía la risa más ruidosa y bonita que había escuchado jamás.
El fortachón lo alzó en peso, colgándolo de su hombro como si se tratara de un saco que no pesaba nada. Y viendo lo tranquilo que se mostraba, era muy probable que así fuera. Con esos brazos bien podía levantar un coche sin mucho esfuerzo.
Se acercó sin variar la velocidad de su paso, escaneándolos a todos. Estaba la alfa pelirroja que había visto de lejos en el partido, Nat, y un beta rubiales con el pelo cortado al milímetro que no le había quitado la vista de encima desde que había entrado. También estaba otro de los jugadores que había visto en el partido. Steve, en cambio, no. Sintió un peso caer profundo en su vientre producto de la decepción, pero no dejó que se mostrara ni por un segundo en su cara.
Todos lo saludaron y el grandullón dejó a Peter en el suelo para caminar hacia él.
—Así que tú eres el amigo de Pet, el científico loco —dijo el rubio con mirada de halcón herniado que estaba con el balón.
Tony enarcó una ceja, observándolo con interés. Nat le dio un golpe en el brazo, pero el halcón no pareció inmutarse.
—Disculpa, el científico loco es nuestro querido Bruce. Yo soy el ingeniero chiflado, no nos confundamos.
El comentario divirtió rápidamente y entonces él le tendió la mano.
—Soy Clint, el hermano de Nat —se presentó.
Nat hizo un elegante y mudo gesto con la cabeza a modo de saludo.
—Yo soy Sam, pertenezco al equipo de baloncesto junto a estos.
—¡Menos yo! —dijo el fortachón que sacudió su pelo como si se tratara de un anuncio de champú—. Yo solo juego con ellos para pasar el rato, soy Thor.
—Espera, espera, espera —le pidió Tony, alzando las manos—. ¿En serio te llamas Thor?
—Sí, eso he dicho.
—¿No es un apodo o algo así?
—Para nada, puedo enseñarte mi documentación incluso.
—Te cambiaste el nombre.
—Para nada.
Tony se quitó las gafas y lo observó de arriba a abajo, incrédulo.
—Pues o tus padres tienen el don de la adivinación o un sentido del humor muy particular.
Thor se rió, fuertemente, y Tony pensó que no le costaría nada acostumbrarse a ese sonido ni a la forma tan dulce que tenía ese enorme alfa de mirar.
Cuando Steve llegó a la cancha, todos estaban sudados, gritando y con los ánimos por las nubes. Era de agradecer que la cancha fuera un espacio abierto, porque tenían sus perfumes repartidos por toda el área. Le habría hecho reír semejante efusividad si no fue porque uno de esos aromas se le hizo ajeno y familiar al mismo tiempo. Fue al cerrar la puerta tras de sí que se dio cuenta de que tenían una nueva incorporación en el equipo.
Vestido con un chándal que estaba seguro costaba más que la cancha en la que estaban jugando, Tony corría de un lado para otro para lanzarle el balón a Nat. Tenía el pelo hecho un desastre, con los rizos húmedos danzando en todas direcciones; y la ropa manchada de sudor. Tenía una sonrisa radiante en los labios y las cara enrojecida. Estaba tan desaliñado y a la vez arrebatadoramente guapo que le dolía. Probablemente, si algún paparazzi se le acercara en ese momento le rompería la cámara y la gente sería una absoluta idiota en redes sociales por no mostrar la imagen perfecta de un robot recién fabricado, pero Steve estaba seguro que no había anuncio ni presentación donde lo hubiera visto tan guapo.
El partido terminó y Steve tuvo que recordar a toda velocidad cómo se caminaba. Podía quedarse plantado en la puerta con la excusa de que no quería interrumpir el juego, pero eso perdía validez si todos estaban saludándole e invitándole a acercarse.
—Tenemos una nueva incorporación en el equipo —le dijo Nat con un guiño.
—Y menuda incorporación —se quejó Sam—. ¿Qué pasa con los bajitos? ¿Tienen un cohete pegado al culo o algo?
—¡Oye! —protestó Peter.
—Y menudo cohete —contestó Tony—. Tengo tanta potencia que puedo barrer el suelo contigo y ni me entreno.
—Ni de coña no te entrenas.
—Como si tuviera tiempo —se carcajeó Tony—. Lo que me recuerda que necesito cinco minutos.
Tony fue a sentarse a las gradas y le hizo un gesto a Steve para que lo acompañara. Obedientemente, Steve lo siguió antes de darse cuenta. Ignoró descaradamente la mirada cargada de significado de Natasha y fue a sentarse a su lado mientras los demás volvían a jugar.
Tony abrió su maleta de deporte y sacó una toalla para secarse la cara, el cuello y los hombros.
—¿Qué tal? —preguntó Steve, incómodo.
—Bien, la mar de bien, necesitaba esto —respondió Tony, restregándose la toalla por el pelo—. Los chicos han dicho que no es muy normal que llegues tarde a esto, ¿debería preguntarte a ti cómo va todo?
—Sí, bueno, todo normal, solo tenía que ayudar a mi madre.
Tony asintió.
—¿Está ella bien?
—¿Eh? —preguntó Steve, desconcertado—. Sí, sí, perfectamente.
—Solo la vi una vez, creo que los dos no tuvimos la mejor de las primeras impresiones —rió Tony por lo bajo, aunque realmente no lo encontraba divertido—. Me alegra saber que está bien, y que a ti también te va bien.
—Yo, no sé a qué…
Steve sintió que se le cerraba la garganta. Giró el rostro para ver a Tony y se encontró de lleno con sus ojos. Fue como quedarse pegado a la corriente. Steve quería soltarse, no quería tener esa conversación porque sabría que podía hacerle cambiar de parecer, pero no podía.
—¡Ey, Steve! —lo llamó Clint, haciéndole brincar en el sitio, sin embargo, consiguió que se desprendiera de Tony—. ¿Bucky no viene? Me debe 10$.
—No, no, hoy no puede —contestó Steve, tomando aire—. Tiene revisión.
—Le voy a acabar cobrando intereses —comentó Clint, volviendo al juego, logrando que Steve riera.
—¿Bucky sigue odiando el puré de acelgas?
—Y probablemente lo odie toda la vida —contestó Steve automáticamente.
Cuando las palabras salieron de su boca se dio cuenta. Abrió los ojos de par en par y giró el rostro hacia Tony, que lo observaba con el ceño fruncido. Se sabía ganador y estaba enfadado y Steve supo que ya no podía evadir, fueran cuales fueran sus sentimientos, la conexión que ambos tenían.
Martes, 24 de marzo de 2020
¡Hola a todos, lindas flores!
Antes que nada, espero que todos estén bien y que se estén cuidando mucho. Lo sé, soy un poco mamá pato, pero tengan mucho cuidado, lávense mucho las manos, eviten tocarse la cara y estar en entornos con otras personas.
Juvia Agreste, no sé si Steve es el mejor ejemplo. Los dos son un pelín idiotas, cada uno a su manera jajajajaja
Alexandrina Romanov, curiosa mezcolanza, ¿eh? Al menos conmigo no te aburres, eso seguro.
Akaire.M, los capítulos pueden tener escondidas varias bombas con patas, la verdad jajajajajaja
Alessandra Von Grey, ¿cuándo no hay drama en una de mis historias? JAJAJAJAJA Pero en fin, habrá drama, cosas bonitas y muchos secretillos más.
Bueno, pues con esto y un bizcocho, ¡cuídense mucho!
