Palabra: respeto.


Aizawa

And I was running far away
Would I run off the world someday?
Nobody knows, nobody knows
And I was dancing in the rain
I felt alive and I can't complain

Runaway, AURORA


—¡KACCHAN!

No puede dejarlo ni un segundo en paz.

—¿Qué carajos quieres?

—Es que… quería preguntarte algo.

—Habla.

—Tengo una idea.

Katsuki se cruza de hombros, esperando. Quiere acercarse a Yuei lo más pronto posible. Asaltaron dos embarcaciones en el camino y tienen cosas que cambiar para reabastecerse porque nadie sabe a dónde planea llevarlos Izuku después.

—¿Y? ¿La vas a decir o no?

—Bueno, hay leyendas sobre los manantiales mágicos.

—Ajá.

—Las leyendas dicen que hay cuatro, uno en los cada uno de los cuatro puntos cardinales. Hay uno en el archipiélago.

—¿Y cuál es el punto?

—Bueno, las leyendas dicen que… —Izuku se rasca detrás de la oreja—. Bueno, Yagi solía decía que los Antiguos habían bendecido el agua de los manantiales mágicos y que podían curar casi cualquier tipo de herida causada por magia o deshacer casi cualquier hechizo.

—Casi.

—Según las leyendas, los arcaicos hicieron un ritual para que los manantiales no afectaran su magia —sigue Izuku—. Pero el hechizo de rastreo que tienes no es arcaico, ¿sabes? Es… no sé. Tengo que quitarlo primero. Pero no es arcaico. Sólo es… magia muy oscura. Casi desconocida. Aunque no tan vieja como…

—¡¿Y cuál es el maldito punto?! —interrumpe Katsuki.

—Bueno, hay un manantial en cada uno de los puntos cardinales. Al oeste en el archipiélago. ¿No sabes del…?

—¡Espera, déjame pensar! ¡Y quédate callado por un segundo, carajo! —Katsuki ha oído esas historias en los mitos y leyendas que corren por los trece reinos—. Claro que sé sobre los malditos manantiales. Había uno en el norte, pero lo congelaron en algún momento, para que la gente no abusara de su poder. Hace décadas que nadie sabe dónde está, quizá más.

—Kacchan, eso no nos sirve.

—¡Que estoy pensando! A ver, el del sur es un mito, tampoco nadie sabe dónde está.

—Kacchan…

—¡Que me dejes pensar! Conozco una historia sobre un manantial mágico que te concedía un deseo, siempre y cuando este tuviera que ver con algo mágico. —Se está esforzando en recordar toda la historia. Después de todo, los piratas muchas veces viven gracias a esas historias—. Creo que tengo una idea de donde se encuentra, pero… Preguntaré en Yuei. Asegúrate de que nadie te vea.

—Sí, Kacchan…

Parece preocupado. Katsuki no le pregunta la razón. Probablemente tiene que ver con él y sus malditas raíces y no quiere preocuparse más él. Y si no tiene que ver, le importa un carajo.

O quiere creer que le importa un carajo, que no es la misma cosa.

Manda al resto a hacer lo que tengan que hacer, conseguir un barril de ron y volver a abastecerse mientras se dirige a la taberna más concurrida de Yuei. Está seguro de que allí va a encontrar al hombre que le contó originalmente la historia del manantial mágico o al menos, razón de él.

Se acerca a la barra.

—¡Ey, Kamihara! —grita. Y luego, cuando el hombre se da la vuelta, más bajo—: ¿Está Aizawa?

—Edgeshot —lo corrige el otro.

—No te voy a decir por el nombre de tu taberna. ¿Está Aizawa? —vuelve a preguntar.

Shinya Kamihara bufa.

—Tienes suerte. En el rincón de siempre. —Señala al rincón con menos luz de toda la taberna, donde está sentado un hombre con cabello negro largo, despeinado, cara de tener mucho sueño. Había una espada a un lado de la silla en la que estaba sentado y un vaso frente a él.

—Quiero sake —pide Katsuki.

Cuando se lo sirve, se dirige hasta el rincón.

—Aizawa.

El hombre alza la vista.

—Hacía tiempo que no te veía, adolescente problema —le dice.

—Creo que ya estoy grande como para que me digas «adolescente problema» —responde Katsuki—. Tengo una pregunta.

—Hazla antes de que me mates de aburrimiento. —Aizawa le señala la silla frente a él. Katsuki se sienta—. Oí que estabas buscando un mapa para llegar al fin del mundo.

Frunce el ceño.

—Lo conseguí. Mi pregunta es otra —le dice—. ¿Recuerdas la historia que me contaste del manantial cuya agua concede deseos?

—Y si la recuerdo, ¿qué?

Aizawa lo había enseñado a pelear con el sable y se había ganado el respeto de Katsuki en tiempo récord. La gente contaba que, más joven, había intentado ser un caballero errante. No había tenido mucho éxito: había terminado en el puerto de Yuei, congeniando con los piratas. Nadie sabía mucho de él.

—¿Sabes dónde está?

—¿Y si lo sé?

—Quiero llegar a ella.

Shouta Aizawa entorna los ojos.

—¿Por qué?

—Ese es asunto mío.

—El manantial no sirve para traer a nadie de vuelta ni para hacer milagros. —Hay una pausa—. Más bien ayuda a deshacer hechizos. Si sabes cómo.

—No voy a pedirle un milagro —dice Katsuki, torciendo la boca—. Y de todos modos es mi asunto.

—En el fondo sigues siendo un problema.

Aizawa suspira. Se le nota el cansancio.

—Digamos que sé como llegar. ¿Qué ofreces?

—¿Cuáles son tus condiciones? —pregunta Katsuki.

—Yo soy el guía. No te voy a dibujar ni un mapa —le dice—. Ese lugar no merece que lo encuentre cualquiera. Sólo acepto porque no eres un imbécil como la mayoría de los que merodean por esta costa.

—Ajá. ¿Y? Tu precio.

—Cama, comida. Y dicen que si encontraste la nao del Reino de Fuego que tu madre murió buscando. —Aizawa entorna los ojos—. Quiero una de las brújulas que había en ese tesoro.

—¿Cómo sabes qué…?

—Había tres. He preguntado por ellas varias veces, por ver si te habías deshecho de alguna. Pero no has soltado nada.

Katsuki esperó demasiado tiempo si quiera para acercarse a la nao después de la muerte de su madre. Nunca ha soltado nada del tesoro que encontró ahí. Se muerde la lengua.

—Algo más.

—Es eso o no hay trato.

—Las brújulas ni siquiera sirven.

—Es porque no sabes usarlas —espeta Aizawa—. Según lo que he oído sobre el tesoro que transportaba esa nao, había tres brújulas. Sólo quiero una, Katsuki.

Frunce el ceño.

Una voz en su interior le dice que no debería aferrarse a ese maldito tesoro después de tantos años. Otra le dice que es el trabajo que Mitsuki no pudo hacer. Sabe a cuál le tiene que hacer caso. Pero no quiere.

—Está bien —dice—. Una de esas brújulas. A cambio de que nos lleves y no cuentes nada de lo que ocurre en el Lady Pólvora o con mi tripulación. Nada.

—¿No quieres chismes?

—¿No es obvio?

—Bien.

Cuando le contó la historia originalmente, Aizawa habló de un par de aventureros que la buscaban porque querían pedirle la gloria eterna. Jóvenes. Locos. Caballeros de los trece reinos que buscaban la gloria eterna. Caballeros sin nombre, probablemente vivos sólo a través de la leyenda.

Aizawa probablemente se la contó en su adolescencia con la intención de probar un punto, pero a Katsuki sólo se le quedó grabada la historia. La moraleja lleva mucho tiempo olvidada.

Uno de los jóvenes muere en el camino, casi al llegar, en una emboscada de bandidos. El otro sigue hasta el manantial después de derrotarlos y esconder el cuerpo de su amigo para que los cuervos no se lo coman. Le pide al agua que le regale vida para su compañero. Le dice que ya no quiere la gloria eterna, que no importa nada, mientras le regale un poco de vida. «Tan sólo un poco», ruega. El agua ve sus lágrimas y le da pena. Pero responde: «no puedo». No está entre sus poderes.

«Un poco de vida». Pero el agua se niega, porque no tiene permitido regalar vida.

Y el caballero vuelve sobre sus pasos. Al final, se da cuenta de que está solo.

Quizá no hay moraleja, recuerda Katsuki. Quizá sólo era una historia triste.

Entonces, ya con el peso de la adultez y los ojos de alguien que conoce los corazones rotos y las almas destrozadas, mira Aizawa y se da cuenta de algo.

—La leyenda del manantial es antigua —dice—. La cuentan los bardos y los juglares. De un grupo de cuatro caballeros que lo buscaban y por el camino encontraron lo que le iban a pedir para acabar dándose cuenta de que ya no necesitaban de su ayuda —resume—. Pero la historia que tú me contaste es diferente. La de los caballeros. —Traga saliva—. Es tuya, ¿no? La historia. Por eso no quieres un mapa que conduzca a la gente al manantial.

Aizawa desvía la mirada.

Su falta de respuesta es todo lo que Katsuki necesita saber.

—No voy a pedirle ningún milagro —asegura.

«Sólo que me ayude a seguir vivo».

Palabra: 1443.

1) Me pasó algo hermoso: me regalaron un dibujo de Deku en versión sirena que adoro y que sigo viendo con cara de amor. Fue lo mejor que me pasó en el día, la semana, el mes, me hizo la vida. (Cada que me regalan dibujos de mis fics es maravilloso y hacía un montón que no me pasaba, creo que para el último que me regalaron fue para un long fic de Harry Potter).

2) Dejando de lado mis divagaciones mensas, si han leído Vigilantes o van al corriente con el manga, saben a qué episodio de la vida de Aizawa hago referencia. Si no, pues no quiero mencionar más para no hacer spoilers. (Ventajas de que los fantasy AU sean adaptaciones y me permitan ciertas libertades).

Andrea Poulain