Capítulo 17.

El ringtone de su móvil sonaba sin cesar desde varios minutos atrás. Sentía la cabeza estallar, y el sonido infernal no se detenía. Estiró la mano hasta la mesita de noche, y debido a su torpeza, cayó al suelo. Gruñó, y no le quedó más remedio que sentarse en el borde de la cama. Talló sus ojos, y miró el móvil que seguía vibrando con la pantalla encendida que decía "Madre".

—¿Hola? —descolgó.

—Al fin me respondes —suspiró la mujer al otro lado de la línea, el color naranja dando vueltas por su cabeza—. Estaba tan preocupada. Tenemos varios días sin saber de ti, tu padre estaba por irte a buscar.

Se dejó caer de nuevo en la cama, y abrió una y otra vez la boca, sintiéndola pastosa.

—Estoy bien.

—No has venido al campus. Le pregunté a tus maestros, y dijeron no haberte visto en las últimas dos semanas. Solo el delegado dijo que te presentaste unas horas a la brigada del sábado pasado.

Cerró los ojos, con la firme intención de volverse a dormir.

—Sí, ¿qué tiene?

—¿Cómo que qué tiene? —preguntó la mujer elevando la voz, volcándose poco a poco en un color más oscuro.— Estás a punto de suspender. Tu padre puede arreglarlo, pero necesitas venir al campus hoy y hacer compromisos.

—¿Podría ser mañana? —dijo con desinterés.

Su madre suspiró en la línea, podía notar cuán enojada estaba por su actitud, pero no podía esperar otra cosa cuando prácticamente estaba ahí en contra de su voluntad.

—Si suspendes este trimestre de nuevo, nos veremos en la necesidad de reducir tu mesada.

En un principio el comentario lo tomó sin cuidado, ya que dentro de poco se convertiría en alfa, pero entonces recordó la noche del sábado. Bastaba con moverse un poco para recordar que ya no estaba en la misma posición de antes, todo porque había descuidado la maldita memoria SD. Ahora debía recuperar lo perdido, y tal vez más, para renovar la confianza del canis. No sabía cómo lo haría, pero debía hacerlo a como dé lugar. Sin embargo, le llevaría algo de tiempo, y no podría sobrevivir sin el apoyo económico de sus padres.

Bostezó y se estiró un poco, antes de responder con voz ronca:

—De acuerdo. Iré para allá.

Colgó la llamada, y se quedó unos minutos más acostado. Estaba muy cansado y adolorido. El día anterior había llegado tarde a casa, después de irse de con Lily, había parado a comprar un par de cervezas, y ahora debía levantarse después de tres horas de sueño.

Gruñó, no tenía más opción. Tomó uno de los analgésicos que estaban sobre la mesa, y bajó al baño a tomar una ducha. No tenía mucho tiempo, así que tampoco pudo desayunar antes de salir del departamento a toda prisa. Llegó hasta la cochera donde guardaba su todoterreno, y ahí estaba su cliente, sacando también uno de sus lujosos autos. Lo saludó con un movimiento de cabeza, antes de encender el motor y salir pitando hacia el campus.

La seguridad en los últimos días había disminuido. Después del incendio en el edificio de ingeniería, creyó que estaría arruinado de por vida, al él mismo provocar el aumento de seguridad, pero había sido poco tiempo y ahora estaba tan descuidado como de costumbre. La venta fluía como normalmente, y los perros pedían surtido cada poco. Durante el día había poca venta, lo fuerte era por la noche, en aquellas fiestas en las residencias y fraternidades.

James se había hecho de perros aliados, que eran los que vendían por menudeo en los eventos sociales, y otros tantos durante el día. La clave era que eran jóvenes, y él, al ser un estudiante había ingresado a la mayoría de los perros en círculos sociales. Él era el único lobo de esa zona, el campus era su territorio y lo sabía manejar mejor que nadie.

Condujo hasta el edificio administrativo, y se estacionó donde lo hacía habitualmente. Todavía era muy temprano, las clases no había iniciado, y le sorprendió ver lo desiertas que estaban las calles. Nunca llegaba tan temprano, solía saltarse la primera clase como obligación, pero ahí estaba ese día, entrando a la cueva del lobo. Caminó hasta la entrada del edificio y atravesó los pasillos que conocía bien. Eran puras oficinas, no había salón de clases, ya que se trataba del edificio que llevaba la administración académica. A unas cuantas manzanas había otros complejos dedicados a funcionarios, pero ese era el más grande y donde residían las personalidades de más alta jerarquía de la universidad.

James llegó hasta una rubia secretaria frente a un escritorio. Era una mujer de treinta y algo que ya le había hecho ojitos en un par de ocasiones. El chico tenía una reputación, que no se empeñaba mucho por desmentir. Según los rumores, James se acostaba con mujeres mayores, principalmente personal administrativo de la universidad, y por eso es que había logrado mantener la matrícula. Aquello no era verdad, pero ciertamente era peor que se enteraran de la realidad.

—¿Puedes decirle a la señora Walsh que estoy aquí? —preguntó con gesto frío y girando uno de los anillos de sus dedos.

La secretaria le lanzó una sonrisa coqueta y levantó el auricular. Ella lo conocía muy bien, volvía cada poco.

—James Potter está aquí —anunció con voz rojiza. Escuchó un momento, y después descolgó el teléfono.— Puedes pasar.

Asintió con la cabeza, y pasó al lado del escritorio en dirección a la gran puerta de madera. Entró sin tocar, para ser recibido por la mujer de cabello castaño y ojos azules. Lo envolvió en sus brazos y le dio un beso en la mejilla.

—Te extrañé mucho —dijo con el naranja como el ocaso.

—Mamá... —se quejó, tratando de soltarse del abrazo.

En ese momento el verde de su pómulo llamó su atención, ya estaba casi disuelto, pero era cierto que aún se notaba.

—¿Qué te pasó? —preguntó oscureciendo la voz.

—Una pelea —cortó sin muchos ánimos de inventar algo.

—¿Otra vez?

Se encogió de hombros.

Su madre sabía que tenía mal carácter, y aunque sospechaba de su oficio, no podía afirmarlo a ciencia cierta. El que tenía un mejor criterio era su padre, a él no podía engañar, sabía a lo que se dedicaba su hijo, y aunque había tratado de evitarlo, jamás había logrado dar resultado. La única manera en que pensaban que podrían encarrilarlo, era ofreciéndole estudios y facilidades que el resto de los muchachos no tenía. Pero James era necio, le gustaba lo que hacía, le gustaba tener poder, y quería más. Sus ambiciones estaban enfocadas a la organización.

—¿Estás bien? —preguntó, pasando sus ojos azules por todo el cuerpo de James buscando otras heridas.

—Sí, solo un poco adolorido.

Su madre era alta, y con los tacones que usaba todos los días casi rozaba la estatura de su hijo. No se parecían en nada y era normal. Eleonor Walsh no parecía su madre, tenía solo cincuenta años y se mantenía bastante en forma para tener un hijo mayor. El único rasgo que podía relacionarlos eran los ojos azules, aunque la forma era completamente diferente, y el azul oscuro de James difícil de imitar.

En ese momento, Fred Walsh ingresó a la habitación con el ceño fruncido e ignorando a su mujer que todavía abrazaba al muchacho. Si Eleonor era físicamente diferente a James, Fred lo era aún más, su cabello cobrizo y lleno de canas siempre estaba prolijamente peinado, era incluso más alto que su hijo y su mirada era en un tono castaño claro. Su expresión siempre era seria, y era quizá el hombre más inteligente que James alguna vez hubiera conocido. El rector de la universidad le observó el rostro lastimado, y suspiró con molestia.

—¿Otra pelea, hijo? —dijo en ese tono azul claro.

—Una pequeña —sonrió con burla.

Con su madre a veces era grosero, pero con su padre no podía evitar ser sarcástico.

—Deberíamos sentarnos —dijo Eleonor separándose de James, y señalando los sillones que utilizaba para recibir prospectos.

James se sentó en el pequeño, mientras que sus padres frente a él en uno de dos plazas. Todo inició con el habitual sermón, el por qué era importante que le pusiera más atención a sus estudios, todos los "beneficios" que podría obtener si abandonaba sus hábitos, y lo feliz que haría a sus padres tomando buenas decisiones. Era un discurso que tenía aprendido, pero que, aun así, no compartía.

Les gustaba recordarle que no podía realizar sus ventas en el campus, y que si alguien llegaba a descubrirlo no tendrían opción que expulsarlo. Al mismo tiempo, que ponía en riesgo la prestigiosa reputación del señor y señora Walsh. James sabía que tenían mucho que arriesgar, mucho más que él, por eso es que prefería que nadie supiera que eran sus padres. Había sido una de las condiciones que les había dado para entrar a Miller, y ellos habían aceptado. Era un trato que seguía vigente hasta la fecha, claro que habían surgido rumores, pero estaban tan lejos de la realidad, que desmentirlos solo le afectaría.

—Debes entregar todos los trabajos atrasados de las últimas dos semanas de todas tus clases —decía su padre, cuando al fin habían llegado a la parte sobre qué tendría que hacer para recuperar el trimestre—. No puedes volver a faltar sin un justificante, y debes seguir yendo a la brigada para garantizar esos créditos extra.

—Aun así, te faltarán algunos —segundó su madre.

—Es por eso que pensé que podrías asistir a uno de tus profesores.

—Por supuesto que no. —Habló por primera vez—. De ninguna manera seré el asistente de nadie. No tengo tiempo para esas tonterías, suficiente me están pidiendo ya.

Su padre se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos sobre sus rodillas, formando un triángulo con sus manos. La mirada estaba fija en su hijo, que permanecía con el ceño fruncido.

—Quedan pocas semanas para cerrar el ciclo escolar. No tienes demasiadas opciones para obtener esos créditos.

—Qué tal si … —sugirió Eleonor, pero James rápidamente la cortó.

—No haré más trabajo social.

—¿Qué tal trabajo administrativo? —preguntó Fred, esta vez mirando a su esposa—. Los últimos solicitantes no deben tardar en venir, ¿qué tal si James te ayuda en eso?

Los ojos azules de Eleonor adquirieron un brillo, y rápidamente se dirigieron a su hijo, que esta vez tenía un semblante aburrido.

—¿Te gustaría ayudarme, James?

—No aceptaré más de tres horas a la semana —dijo tajante.

La idea de trabajar con su madre no era descabellada, más bien, sabía que encontraría la manera de holgazanear. La influencia sobre la mujer era muy fuerte, y su padre debía saberlo.

—Bien —aceptó Fred—. Al final, realizarás un ensayo de lo que aprendiste durante tu pasantía.

—No es una pasantía —corrigió molesto.

—Así la llamaremos, cariño —dijo su madre, con una sonrisa. Se puso de pie, y plantó un beso en el cabello negro.

James esquivó otro abrazo poniéndose de pie, se acercó a la puerta y solo se detuvo un momento cuando la voz de su padre lo llamó.

—Los trabajos atrasados debes entregarlos el lunes a tus profesores, y tomarás dos horas los martes por la tarde en la oficina de tu madre.

Abrió la puerta y salió. Furioso era poco, siempre que tenía una reunión de ese tipo salía pitando. La anterior vez, lo obligaron a anotarse a la brigada de los sábados, y ahora debía hacer una pasantía en la oficina de admisiones. Estaba harto. Odiaba la universidad, odiaba las clases, odiaba el sistema educativo, y sobre todo, odiaba la vida profesional. Después de esto, más que nunca debía esforzarse por resolver todo el asunto con los Orcos, esos dichosos planos debía obtenerlos, costara lo que costara.

El primer periodo de clases había terminado. James se encontraba recargado en uno de los árboles del patio, tecleando en su móvil. Mandaba un mensaje a Nadine, necesitaba verla, ella era su única oportunidad de recuperar los planos. Durante las dos clases que había tomado esa mañana, se había dedicado a trazar un plan. No había puesto nada de atención, y ni le importaba, pero casi al final, tenía que hacerse el sumiso y acercarse a los profesores a solicitarle los trabajos que se habían realizado durante las dos semanas. Ellos ya estaban informados, su padre había hecho un excelente trabajo, como siempre. Sin embargo, no parecían contentos, esta no era la primera vez que a James Potter le permitían salvar el trimestre.

Tendría mucho trabajo en los próximos días, entre las actividades escolares, sus responsabilidades como lobo, su plan con los Orcos, y la reciente "relación" que tenía con Lily, lo iban a dejar agotado.

Levantó la vista del móvil, y la buscó entre la gente. Ella también debía tener un periodo de descanso, la había visto en anteriores ocasiones junto a su amigo cruzar el campus, aunque no en esa zona. Despegó la espalda del árbol, y comenzó a caminar hacia el patio principal. En el camino sentía miradas sobre él, la gente parecía sorprendida de verlo después de tanto tiempo, y con moretones bastante visibles. Algunas chicas lo saludaron con la mano, y él les respondió con una sonrisa, aunque nunca detuvo su caminar.

Sintió una cosquilla en su estómago por la anticipación, que se transformó en emoción cuando la distinguió sentada en el mismo banco de siempre. Su amigo estaba frente a ella, y le decía algo, pero Lily mantenía la mirada baja, incomoda. Se acercó a paso decidido, y tomó uno de los mechones pelirrojos entre sus dedos.

—Chica de canela —saludó.

La expresión de Lily cambió, apartando la mirada de su comida, se giró a él con una sonrisa.

—No esperaba verte hoy.

—Sí, bueno. Estoy atrasado en mis clases —dijo, pasando la mochila por su cabeza y sentándose a su lado.

Captó la mirada del chico, no recordaba su nombre, pero lo miraba con el ceño fruncido. Levantó la barbilla en un saludo en silencio, y regresó su atención a la pelirroja.

—¿Cómo dormiste? —preguntó, ignorando al amigo.

Las mejillas de Lily se sonrojaron, en esa actitud tan agradable.

—Poco, pero bien.

Se veía avergonzada, algo ocultaba, y James casi podía adivinar que era. Enanchó su sonrisa, y se inclinó un poco.

—¿Soñaste conmigo?

En esta ocasión el rostro entero se puso rojo, y James no pudo hacer otra cosa más que reír. Esas actitudes infantiles y tiernas eran las que le encantaban. Lily era tan inocente, casi como si estuviera tratando con una niña, una niña de mal carácter.

—Tal vez.

Ahora fue su turno de sentirse abochornado. Mordió su labio con nerviosismo, tratando de evitar la sonrisa más amplia que estaba formándose. Le dieron ganas de besarla por la confesión, pero frente a su amigo, no estaba segura de que ella se sintiera cómoda.

—¿Y tú? ¿soñaste conmigo? —preguntó Lily.

Sabía que estaban siendo muy cursis, escuchó al amigo fingir vomitar, pero lo ignoró.

—Toda la noche —mintió.

La sonrisa de Lily le encantaba. Sus ojos verdes brillaban, su voz se pintaba de azul, y los pequeños labios rosados se estiraban. Su boca no era muy grande, pero sí lo suficiente para mostrar sus perlados dientes. Acarició la mejilla que todavía estaba rosada, y se acercó a su oído.

—Quiero besarte —confesó—. ¿Puedo hacerlo en público?

Lily no respondió, y anuló el espacio entre ellos, presionando sus labios contra los suyos. El movimiento le sorprendió, casi soltó un gemido por la sorpresa, pero lo pudo contener a tiempo. Con dos dedos tomó la barbilla, posicionándola a la altura que le gustaba, y besó lentamente sus labios. Eran suaves, pequeños y cálidos, le gustaba como se movían, un poco tímidos, pero con maestría. Sin duda, James sabía que él no era el primero al que besaba.

Sintió las manos de Lily sujetarse a su cuello, y casi se quejó cuando sintió una leve punzada de dolor, pero la lengua de su compañera la distrajo. Se sorprendió. Era la primera vez que usaba la lengua, y lo hacía en público; aquello debía ser bueno. Empezaba a tomar ritmo cuando escuchó el sonido de un flash, que le hizo abrir los ojos de inmediato.

El amigo de Lily se había marchado, y en uno de los bancos cercanos una chica con un móvil en las manos había tomado la foto de ellos dos besándose. James estaba seguro que si hubiera sido un chico, si hubiera levantado y hubiera estrellado el aparato en el suelo, destruyéndolo con su zapato. Entonces observó alrededor, numerosas miradas estaban sobre ellos, sorprendidos. Tantos chicos como chicas, al parecer se habían vuelto una pareja muy popular.

Lily ya había abierto los ojos, y miraba a los demás tan sorprendida como él. Recogió sus cosas, la tomó de la mano incitándola a pararse.

—Vámonos —le dijo.

Lily obedeció, y guardó las cosas que estaban sobre la mesa.

Ambos se alejaron del lugar tomados de la mano, confusos y molestos por lo que había pasado.

—¿No crees que es de muy mala educación mirar fijamente a alguien cuando se besa? —preguntó Lily detrás de él, con el tono amarillo manchando su tintura verde.

Le causó gracia que utilizara el término "mala educación" para describir la situación, así que soltó una risa.

—Supongo que es malo, aunque el voyeur no me desagrada.

—¿El voyeur?

Se maldijo por haber utilizado esa palabra. Lily era demasiado inocente.

—El voyeur es observar a otra persona en situaciones eróticas.

—¿Cómo... personas teniendo sexo?

Quiso reír, pero se aguantó. Habían llegado a la parte trasera de la facultad, el patio que solía estar más vacío, y sí que lo estaba, a excepción de un grupo de chicos fumando yerba. No les tomó importancia, solo jaló a Lily hasta que ambos se sentaron en uno de los bancos, y la tomó del rostro para continuar con el beso que les interrumpieron.

Lily no se negó, ni siquiera por qué no respondió su absurda pregunta. Se dejó besar, y esta vez no utilizó la lengua como James esperaba.

—Quiero besarte por siempre —susurró James durante un momento que se alejó para tomar aire—, tus labios son tan suaves.

—Y tú besas tan bien. Nadie me había besado así —admitió.

James sonrió por la dulce confesión, y al mismo tiempo, le hizo sentirse orgulloso. ¿Cómo era posible que nadie besara como se merecía a una chica linda?

—¿Has tenido muchas citas? —se atrevió a preguntar.

Era una duda que le rondaba la cabeza. Lily se veía inocente y pura, pero al mismo tiempo, decidida y segura. Caray, cómo le gustaba.

—Algunas —dijo, espantando un bicho que se había posado sobre su rodilla.

Miró su atuendo, ese día llevaba un vestido rosa, con un diseño un tanto infantil que hacía resaltar sus curvas.

—¿Y a todos ellos has besado?

Las mejillas de Lily se tiñeron de rosa una vez más.

—¿Siempre eres tan descarado?

—Sí —admitió encogiéndose de hombros—. Responde —presionó ignorando el cambio de tema.

—Frecuentemente. ¿Y tú? ¿Has tenido muchas citas?

Casi río.

—Yo no tengo citas.

—De acuerdo, creo que ya lo habías mencionado.

No lo había hecho, pero seguramente ya se le había ocurrido antes. James había sido muy claro al comentar, que solo pasaba el tiempo con chicas un rato y después ya no. Las había deseado a la mayoría, otras habían sido demasiado fáciles. Ninguna le había gustado de verdad, ni siquiera lo suficiente para esperar acostarse con ellas, si no accedían rápido, al día siguiente las dejaba.

—¿Te has acostado con muchas personas? —corrigió su pregunta.

James casi dejó caer la mandíbula sorprendido por la pregunta tan directa. Jamás se esperó aquello viniendo de Lily.

—Algunas.

—¿Y todas ellas las has disfrutado?

La sorpresa se fue, y esbozó una sonrisa burlesca. Entendía a donde iba todo aquello.

—Frecuentemente.

Lily frunció el ceño.

—Estás dando las mismas respuestas que yo. Eso no se vale.

Sonrió más ampliamente.

—Entonces responde tú, y después yo lo haré.

Lily lo meditó, parecía un trato justo. James no tenía nada que ocultar, de hecho, le importaba más bien nada si Lily sabía o no algo de su vida sexual, simplemente no quería que pensara que él la estaba presionando en esa conversación. Las preguntas que él le hizo eran mucho más inocentes. Lily era curiosa, demasiado curiosa, y se metía en terrenos que no sabría manejar, aunque a James, eso le divertía.

—De acuerdo —aceptó, y nuevamente bajó la mirada, esta vez tomando con sus dedos el dobladillo del vestido sobre sus muslos. Eso ocasionó que James fijara su atención en ese lugar, contemplando la firme piel de la zona. — He salido con muchos chicos, sobre todo cuando estaba en el bachillerato, aunque no salí más de una vez con nadie. A la mayoría de ellos los besé.

—¿Alguno de ellos se convirtió en tu novio? —preguntó, descubriendo un lunar en la parte interna del muslo derecho, casi hablaba por inercia.

Lily negó con la cabeza.

—Para nada. Ninguno de ellos me gustaba, supongo que salía para experimentar.

Los ojos azules subieron hasta el rostro que de repente se había vuelto rojo, ¿estaba diciendo lo que creía que estaba diciendo?

—¿Experimentar? ¿Experimentar qué? —preguntó aguantando la sonrisa burlesca.

La actitud inocente de Lily lo conmovía. Bajó aún más la cabeza hasta casi cubrir su rostro con una cortina de pelo rojo.

—Ya sabes que soy virgen —respondió tajante—. No sé qué más quieres saber.

Mordió su labio inferior, aguantando la risa. Sabía que si se reía, la cagaría y ella se sentiría avergonzada sin decir nada. James no podía permitir que eso pasara, la conversación se había tornado muy interesante.

—¿Hasta dónde has llegado?

Lily se encontró con su mirada a través de la cortina de pelo, y mordió su labio.

—¿Hasta tercera base?

El chico sonrió abiertamente y apartó el resto del cabello para mirar mejor su rostro. Lily estaba desconcertada mientras sus pestañas papaloteaban sin control.

—Lily Evans no eres como yo pensaba.

—¿Eso es malo?

El verde de su voz comenzó a invadirse con un nuevo color mostaza, se preguntó qué significaba, ¿sería vergüenza? ¿miedo?

Negó con la cabeza, y se acercó para plantar un beso sobre sus labios húmedos. Lily se acomodó mejor, y correspondió al beso, apoyando sus pequeñas manos en la quijada de James, como si quisiera guiarlo al lugar correcto.

—No intentes distraerme con tus besos. Ahora te toca responder a ti —interrumpió Lily, poniendo un poco de distancia.

James sentía el corazón palpitar fuerte. La conversación lo estaba llevando a un lugar sin retorno, y ese beso húmedo lo había dejado con ganas de más.

—¿Qué es lo que quieres saber? —preguntó con seriedad.

—¿A qué edad perdiste tu virginidad?

—A los catorce años —respondió tajante. Incómodo.

Los ojos verdes revolotearon, sorprendida.

—¿Tan joven?

—En ese entonces me juntaba con personas mayores que yo, y me sentía muy adulto porque ya tenía esta estatura. —Se encogió de hombros.

Recordó ese día en el pozo, y cómo unos zorros lo habían presionado para que lo hiciera con una de las chicas del bar. Era de las más jóvenes del lugar, y siempre tenía una gran sonrisa. James estaba medio enamorado de ella, ese enamoramiento caliente de adolescentes, y fue convencido en entrar a la habitación donde la chica esperaba un cliente que nunca apareció.

La chica no titubeó, ni le importó que era el protegido de Earl, ni que siempre andaba merodeando por el lugar. Lo corrompió, y al poco tiempo, James ya lo había hecho con gran cantidad de prostitutas. Siempre estaban disponibles, a la mano, y parecían tener cierta preferencia por los trabajadores jóvenes, lo que no representaba una gran dificultad seducirlas.

—Supongo que ya no vale la pena preguntarte con cuántas personas.

La declaración lo sorprendió.

—¿Por qué lo dices?

—Tal vez no es mi asunto –lo interrumpió—. Pero ¿lo has hecho con alguien que conozco?

El rumbo de la conversación ya no le estaba gustando. Lo sentía como un interrogatorio, más que satisfacer la curiosidad de la chica. Suponía que Lily cedía ante los rumores, aquellos que lo pintaban como un chico que seducía a mujeres mayores. Lo fue cierto por un tiempo, tal vez al principio, todas esas prostitutas eran mayores, pero tenía tiempo saliendo con chicas.

—¿Por qué me estás preguntando eso directamente? —cuestionó, fastidiado, sintiendo un sabor amargo en su boca.

—Porque si estamos saliendo quiero saber tu historia, y no que alguien más venga a contarme algo de lo que no esté enterada.

—No me he acostado con nadie que conozcas. No me he relacionado con nadie de Miller, ya te lo había dicho. Las personas con las que me he relacionado sexualmente no me interesan, ninguna de ellas me ha interesado, y no vale la pena siquiera mencionarlas.

Entonces miró a Lily. Ella le gustaba mucho más que eso.

—¿Qué? —preguntó ella, captando su mirada.

—¿Sabes que tú no eres como las demás, cierto? ¿Sabes que no eres para pasar el rato y ya?

Le gustaría haber agregado que él nunca la lastimaría, pero eso no era cierto. Lo haría, estaba seguro.

Lily asintió, creyendo sus palabras, y una sensación le sacudió el estómago. Acarició su mejilla y después plantó un beso casto en ella, tratando de ser suave. No podía quedarse más tiempo ahí, se estaba comprometiendo demasiado.

Se puso de pie de un movimiento, y con lentitud pasó el bolso mensajero por encima de su cabeza. Todavía le dolían los músculos, pero el analgésico había funcionado.

—Vámonos, pelirroja.

Lily asintió, y también se puso de pie, colgando el bolso en su hombro. Estaba por tomar su mano cuando sintió el móvil vibrar en su pantalón, hizo una pausa para tomarlo y leyó el mensaje de texto:

De: Nadine

Te veo esta noche.

Lo bloqueó y guardó rápidamente en su bolsillo. Se sentía triunfador, tal vez sería más fácil lograr su objetivo.

—¿Qué haremos hoy? —preguntó Lily.

O eso pensaba.

James permanecía recostado en el sillón, tenía los ojos cerrados debido al sol que entraba por el traga luz y la guitarra sobre su regazo la sujetaba rasgando algunas melodías. Trataba de poner en orden su mente, tenía mucho que hacer, mucho que pensar. Había tenido una gran discusión con Lily. Otra gran discusión. Era viernes, ella quería salir con él, a pesar de que James ya le había advertido que no era un chico de citas, y además ya tenía planes: Nadine lo esperaría en su departamento, y solo Dios sabía lo importante que era su asistencia.

Suspiró sin dejar de mover los dedos.

Todavía estaba adolorido, a pesar de haber estado prácticamente toda la semana acostado sentía el cuerpo cansado, molido. Estaba agotado, y presentaba mucha evidencia en su cuerpo de la paliza que le habían dado. Los moretones estaban esparcidos por su torso, el del pómulo aún era muy visible, y su labio reventado había empeorado después de intentar darle un beso a Lily para tranquilizarla y, que ella hubiera respondido mordiéndolo.

Se llevó un dedo al labio, presionando el punto abultado. Se quejó por ser tan idiota y lo dejó estar. Lily era una completa contradicción. A veces era tan tierna, pura y virginal, y otras tantas era así, justo como ese día: volátil, de mal genio y terca. Había aprendido que no debía jugar sobre seguro, aunque era muy fácil leer su mente. Sonrió un poco y recordó la última visión que tuvo de ella cuando se alejó furiosa. La falda de su vestido se había elevado un poco, y James permaneció todo el tiempo viéndola partir.

Cuando abrió los ojos minutos más tarde, después de fantasear con esa última visión, el cielo ya no era azul, se pintaba de tonalidad morada anunciando el inicio de la noche. Dejó la guitarra a un lado y se puso de pie para prepararse. Se suponía que todo ese tiempo lo debió aprovechar en hacer los trabajos que sus maestros le habían pedido para regularizarse, pero James estaba seguro que si todo salía bien esa noche no tendría que volver a Miller nunca más.

Con ese pensamiento optimista en su cabeza, se bañó y cambió para la cita de esa noche. Nadine no sabía su verdadera identidad, se había presentado como William "Bill" y se hacía pasar por un estudiante de derecho con dinero. Para eso se aseguraba de vestir buenas prendas, un pantalón caqui y camisa azul claro. Un gran reloj, regalo de su padre, cubría el tatuaje en su muñeca que revelaba su organización. Siempre estaba pendiente de los detalles.

No era la primera vez que la veía. Tenía tiempo encontrándose con ella después de haberse conocido en un bar un par de años atrás. Él sabía que era hermano de uno de los capos de los Orcos, y por eso se había acercado a ella ese día. A Nadine le gustaba James o Bill, de eso estaba seguro, por lo que sus preocupaciones iban más allá de encontrar la manera de nuevamente distraerla lo suficiente, y volver a copiar la información de la computadora de su hermano. La anterior vez tuvo éxito, pero sabía que había tenido mucha suerte.

Una vez listo salió del departamento y se dirigió a la avenida principal para tomar un taxi. No quería que nadie de esa zona pudiera rastrear la matrícula de su todoterreno, al mismo tiempo que estaba seguro era muy vistosa para el lugar al que iba. Sin lugar a dudas llamaría la atención, y ese no era su propósito.

El distrito donde vivía la chica era muy fuera de sus límites, los canis no tenían aliados en esa zona de la ciudad, y siempre estaban en disputas por pelear su territorio. Conforme los kilómetros iban avanzando se podía notar claramente la diferencia de nivel socioeconómico, donde las calles ya no estaban tan limpias, los edificios no tenían presupuesto para el mantenimiento y los comercios eran cada vez más pequeños. El campus, sin lugar a dudas, estaba en el distrito con mejor nivel adquisitivo, por lo que todo lo que estuviera en un radio de quince kilómetros podría considerarse de cierto nivel. James no estaba seguro que era lo que a Nadine le gustaba de Bill, pero probablemente la adrenalina de estar con un chico "rico".

Al llegar al complejo habitacional donde Nadine vivía con su hermano, suspiró y guardó las manos en los bolsillos. Era de noche, estaba oscuro y las calles estaban desiertas. El lugar no le daba buena espina, pero tenía que arriesgar el pellejo si su intención era convertirse en alfa. Recuperar la confianza del canis no sería algo fácil. Avanzó hasta la recepción que no tenía puerta y comenzó a subir las escaleras. Ese edificio de alguna manera le recordaba al suyo, probablemente la única diferencia es que él vivía cerca del campus, pero se podía sentir el mismo ambiente juvenil. Frecuentemente encontraba parejas en una esquina besándose, o escuchaba videojuegos a niveles de volumen muy altos. Sí, ese era su ambiente.

En el escaso tercer piso tocó una de las puertas manchadas de pintura, y esperó unos segundos para ser recibido por Nadine. La chica de espeso cabello rizado que apuntaba en todas direcciones, tenía unos rasgos delicados que combinaban muy bien con las caderas anchas que poseía. Su piel era morena, tan oscura como un café con leche. Era linda, siempre vestía con onda hippie y un pañuelo de colores en el cabello.

—Hola, preciosa —saludó James con una sonrisa, notando como los ojos avellana recorrían su rostro golpeado.

—Hola —respondió ella tajante, apoyando un brazo en el marco de la puerta, sin apartarse.

Inmediatamente notó el ambiente tenso, como ella con su cuerpo le impedía el paso y sus ojos se hacían pequeños observándolo con sospecha.

—¿Pasa algo, amor?

—Estoy sorprendida, Bill, normalmente no llamas tan pronto.

Esbozó una sonrisa tratando de tranquilizar el ambiente. Se acercó lo suficiente para que su aliento se mezclara con el de la chica.

—No he dejado de pensar en ti —susurró—. Anoche soñé contigo, con tu cuerpo, tu cabello. Con tu interior cálido y húmedo pidiéndome que no me vaya.

James en toda su vida no había conocido a una mujer con una libido más alto que Nadine, así que había ensayado con antelación sus palabras. Sabía que ella no podía resistirse al lenguaje sucio, y a como había bajado su aliento por el cuello brillante, solo para distraerla y poder atraparla por la cintura.

—Quiero tomarte aquí, contra el marco de la puerta en el pasillo donde todos podrían vernos —susurró dejando besos húmedos por la garganta, sintiendo como el cuerpo de Nadine comenzaba a vibrar suavemente—. Alzar tu pierna, rasgar tu pantalón, y moverme de esa forma que te gusta.

Para enfatizar más sus palabras, pegó la media erección que se había formado en el calor del momento contra su muslo. Nadine tarareó, y pasó sus manos con uñas largas por los hombros de James, atrayéndolo más hacia ella para besarlo. James respondió, pegándose a su cuerpo lo más que pudo, deslizando las manos de la cintura hasta las nalgas respingonas.

—Mi hermano está en casa —gimió contra sus labios.

James se petrificó. Eso no era lo que esperaba. El idiota no podía verlo, si un día se encontraban podría reconocerlo fácilmente.

—¿Entonces por qué me llamaste? —preguntó con un deje molesto, soltando el cuerpo de la chica y peinando el cabello que había caído sobre su rostro.

—No sabía que él estaría aquí. Llegó hace unos minutos con una lesión en la pierna, al parecer se cayó de una barda y tendrá el pie vendado por algunas semanas.

Quería gritar de la rabia. Eso no estaba en sus planes. Si el hermano de Nadine estaba ahí, no podría conseguir la información de nuevo. Necesitaba trazar un nuevo plan, no podía arriesgarse a ser descubierto con las manos en la masa.

—No le importará te lo aseguro —sugirió Nadine, con una sonrisa sugerente, sin apartar las manos ahora en la cintura de James—. Solo tratemos de no hacer mucho ruido.

Se aclaró la garganta incómodo y lanzó una mirada al reloj de su muñeca.

—Lo siento, preciosa, acabo de recordar que tengo otra cosa que hacer.

La chica se apartó lentamente. James no lo vio venir cuando una mano de uñas largas le abofeteó la mejilla moreteada. Pudo haber gritado, pero estaba tan concentrado en la luz que se encendió en una de las habitaciones dentro del departamento, que la única reacción fue morderse la lengua. Se llevó la mano a la zona lastimada y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Largo.

Estaba tan aturdido que apenas percibió la puerta cerrándose delante de sus narices. Apenas tuvo oportunidad de apartarse antes de ser golpeado otra vez. A veces olvidaba el mal temperamento de Nadine, y si no fuera porque era la más guapa de las hermanas de los capos Orcos, ya se habría olvidado de ella.

Sin embargo, aquello era lo que menos le importaba en esos momentos. Si no cuál sería su plan a partir de ahora, el capo estaría semanas guardando reposo lo que le resultaría imposible tener acceso a la computadora como la vez anterior. Tenía que hacer algo. Pronto. No tenía tiempo de esperar a que se recuperara.


¡Hola, bonitas!

Esta vez sí que me tardé lo mío. Lo siento, tenía un poco confuso este capítulo en mi mente pero creo que al final salió bien, y nos enteramos de varias cosas interesantes sobre James. De verdad espero que les haya gustado, le he puesto mucho esfuerzo. Creo que esto ya lo he dicho antes, pero me tardaré en actualizar, ahora mismo mis capítulos de adelanto se terminaron, por fin :c este es el primer capítulo que escribo y publico inmediatamente.

Quiero aprovechar el espacio para agradecer sus maravilloso reviews. Soy muy feliz cada vez que los recibo, y me encanta leer sus opiniones y teorías sobre la historia. Respondo TODO, así que si nunca has dejado review, o lo dejas en anónimo dame oportunidad de darte las gracias personalmente por estar aquí, leyendo mis locuras.

Nos leeremos pronto. Un beso, S.