Hanabi
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El estruendo inicial anunció lo que Hinata había temido todo ese tiempo, ahogando el sonido de las sirenas que llegaban demasiado tarde y el grito que escapó de su garganta mientras era retenida con fuerza por Sasori.
La explosión inicial se había extendido apenas por un momento antes de que una serie de estruendos coordinados sucedieran a los destellos en el cielo. Los colores se reflejaban sobre la arena, sobre la pálida piel de Hinata, húmeda por el llanto y el sudor helado que de pronto la cubría, en las blancas pupilas que miraban incrédulas las explosiones en el cielo.
—¡No!
Una segunda oleada de fuerza la embargó y forcejeó con Sasori.
—¡Suélteme!
—¡No puedo dejarte ir!
—¡Hanabi!
El silencio y la oscuridad volvieron antes de que pudieran notarlo.
El único recuerdo que quedaba de aquel espectáculo era el fuerte olor a pólvora en el aire que les lastimaba la garganta y el humo que se disipaba, muy lejos, sobre sus cabezas, lentamente… como un lúgubre anunció de lo fatídico que había sido todo aquello. Hinata cayó de rodillas sobre la arena, completamente débil, sin soltar los brazos de Sasori aunque ya no se aferrara con fuerza a ellos.
Sus ojos miraban la oscuridad frente a ella, las lágrimas se escurrían lentamente por sus mejillas.
No escuchó a los oficiales que les pasaron de largo, no vio las luces de las linternas, no escuchó los gritos y los pasos que se hundían en la arena. Nunca vio el reflejo de las sirenas sobre las dunas.
—… Hanabi.
¡Hey! No sé si alguien me lee, no le presto atención a las estadísticas, pero si hay alguien ahí: ¡Cuídate, por favor! No me importa perder lectores por mi mal desempeño o ideas desagradables, pero cuando los pierdo por motivos de salud el cuento cambia.
Sábado, 21 de marzo de 2020
