Capítulo 21: De Vuelta a Allá, y un Poco más en Descenso
Royal Woods, Michigan, Diciembre de 2046.
Ahora volvían otra vez, y aunque todo iba tal y como Eso lo había planeado, también volvía algo que Eso no había previsto; ese miedo enloquecedor… Esa sensación de estar enfrentándose a una fuerza de la naturaleza superior y más despiadada que Eso.
Eso odiaba el miedo; se habría vuelto contra el para devorarlo de haber podido, pero el miedo bailaba fuera de su alcance, burlón y solo era posible matarlo mediante la muerte de ese grupo de mujeres locas.
Sin duda tanto temor carecía de motivos; ya eran más viejas y el numero había sido reducido de nueve a siete; aunque debía tener cuidado, por la cualidad talismánica y mística que representaba este numero, el siete de la suerte.
Hablando de buena o mala suerte… La esclava de Eso no había conseguido matar al bibliotecario, cierto, pero le había sido de mucha utilidad al traer a la prospecto de artista, quien ahora estaba con Eso, viva y sin vida al mismo tiempo. Su mente había quedado totalmente destruida por la primera visión de Eso tal y como era ya descartadas sus pequeñas mascaras y encantos. Todos esos encantos eran sólo espejismos, por su puesto; reflejos de lo que el aterrorizado espectador tenía guardada en su propia mente, como un espejo que devuelve un rayo de sol a un ojo desprevenido aturdiéndolo hasta la ceguera.
Ahora su mente estaba con Eso, en Eso, al final del macrouniverso, en la oscuridad, más allá de la tortuga; en las tierras lejanas, más allá de todas las tierras…
Estaba en su ojo, en su mente…
Estaba, en los fuegos fatuos…
Cuando la esclava de Eso bajó a la chica hasta el sótano de la vieja casa del sepulturero, Eso se apareció ante ella sin haberse puesto mascara alguna. Y en cuanto Lily lo vio, su mente había emitido un solo pensamiento: ≪¡Por dios, es hembra!≫; después, todo pensamiento cesó. Nadaba en los fuegos fatuos. Eso había cargado con sus restos físicos y los llevó a su cueva donde los preparó para una comida posterior.
Ahora, la más joven de los hermanos Loud pendía a buena altura, en medio de todo, entrecruzada de seda, con la cabeza inclinada sobre el hombro, sus ojos grandes y vidriosos y los pies apuntando hacia abajo.
Con ella llevaba cuatro de los once niños locos de aquella casa ruidosa en total, incluyendo a la esclava de Eso, que había intentado revelarse en su contra y ahora yacía muerta en el fondo del pozo en una posición poco natural, con su cuerpo aplastado contra el duro suelo de piedra, el craneo partido a la mitad, la cara gris y los ojos cargados de la sangre que había brotado de su cerebro.
Tampoco había que olvidar al entrometido bibliotecario, que consiguió salir ileso del primer ataque, pero moriría después en el hospital. Minutos antes de que oscureciera, Eso enviaría a una enfermera esquizofrénica para que terminase con el para siempre.
Entonces solo quedaban siete, pero aun había poder en ellas. Aunque disminuido, aun estaba allí. Cuando eran niñas, contra todas las posibilidades, contra todo lo que cabía esperar, contra todo lo que podía ser, habían logrado herirla gravemente, obligándola a huir a lo más hondo de la tierra, donde se había acurrucado, odiando y temblando en un charco de su propia sangre extraña.
Y allí tenía otra cosa nueva: por primera vez en su infinita existencia, Eso necesitaba hacer planes; por primera vez se descubría con miedo de coger de Royal Woods lo que deseaba. ¡De Royal Woods, su coto de caza privado!
Eso siempre se había alimentado de niños. A muchos adultos podía utilizarlos sin que se supieran utilizados, y Eso también había utilizado como alimento a algunos de los más ancianos con el correr de los años. Los adultos tenían sus propios terrores y se les podían activar las glándulas para que todos los elementos químicos del miedo inundaran el cuerpo y salaran la carne. Pero sus miedos eran, casi siempre, demasiado complejos. Los miedos de los niños en cambio, solían ser más simples y más poderosos. Los miedos infantiles, con frecuencia, se convocaban con una sola cara; y si hacia falta un cebo, ¿a que niño no le gustaba un payaso que repartiese globos?
Eso comprendía vagamente, que esas niñas se las habían arreglado para volver contra ella a sus propias armas. Que, por coincidencia, por lo que las unía como hermanas y su habitual forma desenfrenada de ser, Eso había estado en peligro. Cualquiera de ellas, a solas, le habría servido de alimento. Si no se hubieran reunido a armar un plan como solía hacer su hermano de pelo blanco y trabajar en equipo, Eso las habría elegido una a una y las habría matado rápido, si no fuera por que también las casualidades habían jugado muchas veces a su favor.
Las hermanas Loud juntas habían descubierto un alarmante secreto que ni siquiera Eso conocía: la fe es un arma de doble filo. Si en un hotel los huéspedes inventan al fantasma de un botones sin pies al que escuchan tratando de llevar servicio a las habitaciones en su realidad, puede haber uno (posiblemente una niña de estilo gótico con un bien marcado gusto por el ocultismo) que invente el hechizo ideal para expulsarlo. Pero un hechizo son sólo palabras, la mente es la magia verdadera que envía a los espectros al más allá.
Por eso Eso había acabado por escapar hundiéndose profundamente en la tierra, y los niños, exhaustos, aterrorizados, habían preferido no seguirla cuando estaba en su estado más vulnerable. Habían preferido considerarla muerta o agonizando, para poder retirarse.
Eso sabía de su juramento y tenía certeza de que volverían, tal como el león sabe que la cebra volverá a la cañada. Por lo cual había empezado a hacer planes aun mientras caía en la somnolencia.
Despertaría en salud, renovada, y para entonces la infancia de esos escandalosos niños estaría consumida como una vela. El antiguo poder de su imaginación estaría débil y apagado. Ya no creerían en monstruos marinos viviendo en el lago Eddy ni creerían que rezándole a los espíritus harían desaparecer el acné. En cambio, creerían en las pólizas de seguros, en las cuentas a pagar y en la falsedad de los medios amarillistas. Creerían en la utilidad del ejercicio para prevenir los ataques cardiacos y en las ventajas de dejar de comer carnes rojas para prevenir el cáncer de colon. Creerían en los sexólogos, cuando se tratara de follar agradablemente y en los predicadores intransigentes cuando quisieran sentirse redimidos. De año en año, sus sueños serían cada vez más pequeños, y cuando Eso despertara las llamaría para que volvieran, porque el miedo era fértil, su vástago era la ira y pedía venganza.
Eso las llamaría para matarlas.
Pero ahora, al saber que se acercaban, el miedo había vuelto. Eran adultas y estaban debilitadas en su imaginación, pero no tanto como Eso había pensado.
Eso había percibido un poder ominoso en el poder del grupo, una vez reunidos, y llegó a preguntarse, por primera vez, si acaso no habría cometido un error.
Pero, ¿por qué ese pesimismo? El dado estaba echado y no todos los presagios eran malos. La mayor de las hermanas estaba enloqueciendo por la culpa con la que se obligaba a cargar y eso era algo bueno. Porque de todas ella había resultado ser la más fuerte, la que, de algún modo, había estado adiestrando su mente para esa confrontación durante todos esos años. Y cuando ella y la líder que mantenía al grupo unido estuvieran muertas, cuando ese maldito par estuvieran con las tripas afuera del cuerpo, entonces las otras serían prontamente suyas.
Eso saciaría su hambre, y después quizá volvería a hundirse en la tierra para tomar un largo y merecido descanso…
Al caer la tarde, Marty Malach fue el primero en advertir que algo no andaba bien cuando avistó negros nubarrones oscureciendo el cielo que hasta hacía pocos segundos había estado despejado.
Marty era un sintecho, de quien solo sabían que vivía en una tienda de campaña que tenía montada atrás del granero abandonado en los terrenos de lo que antes fue la granja de Liam. Nadie en Royal Woods, salvo por el jefe de bibliotecarios, Clyde McBride, sabía como se llamaba o quien era realmente. Tan sólo era tomado como el loco del pueblo al que todos preferían evitar al verle pasar por la calle, aunque nunca llegó a demostrar ser alguien particularmente peligroso. Ocasionalmente se acercaba a los transeúntes a preguntarles si es que sabían que hora era pero luego retirándose sin que le dijeran cual, o se bajaba los pantalones ante los autos para bailar por unas cuantas monedas; pero más allá de eso casi siempre pasaba desapercibido.
Mas ese día sin embargo, contrario a lo callado y discreto que solía ser, salió de su tienda rumbo a la carretera a hacerse notar comportándose de manera errática.
–¡Se van a morir todos, se van a morir! –gritó al cielo, de donde las primeras gotas de lluvia cayeron a salpicar en su sucia cara a sin afeitar, en la que mostraba la expresión de alguien sumamente perturbado–. ¡Se van a morir, ya verán, yo lo sé! ¡Todo se va a desmoronar! ¡Les van a hacer auditorías, miles de auditorías, ya verán, ya lo verán! ¡Todos se van a morir y yo lo voy a disfrutar! ¡Lo voy a disfrutar mucho, lo veré con mis propios ojos! ¡Todo esto va a suceder! ¡Miles de auditorías para todos! ¡Yo se los digo, se los sentencio! ¡Miles de auditorías para todos…!
Mientras que los que se topaban con Marty le rehuían al oírlo pregonar locuras, las siete hermanas Loud restantes descendían prácticamente a ciegas por los túneles del alcantarillado.
Igual que la ultima vez, Lana iba a la cabeza guiando al grupo, iluminando el camino con la escasa luz que les proporcionaba la linterna de su llavero. En esta ocasión no contaban con la eficiente ayuda de los efectos de las galletas luminiscentes de Lisa, que buena falta les hacía en ese momento.
Increíblemente, Lana consiguió recordar por donde debían ir. Ya habían pasado por la desembocadura interna, seguido por el bordillo angosto en dirección opuesta a la corriente de agua y cruzado el puente de piedra. Y no iban por buen camino sólo porque ella era experta en sistemas de alcantarillados y drenajes, sino porque cuando se trataba de rastrear a algún animal, Lana era mejor cazadora que cualquier jauría de sabuesos de pura raza bien adiestrados. Era algo sobre lo que había acuerdo táctico, y a fin de cuentas era eso lo que estaban haciendo, cazando a aquello que provocó la muerte de varios de sus hermanos y por poco la de Clyde.
Al llegar a la pared derribada, se detuvo tan bruscamente que las otras entrechocaron, como vagones de carga cuando la locomotora se detiene de pronto.
–¿Qué ocurre? –preguntó Luna.
–Aquí adentro, fue donde vimos al cocodrilo albino –respondió–, ¿lo recuerdan?
–Me acuerdo –afirmó Luan–. Creo que Lisa lo ahuyentó con sus palabrerías de que era empíricamente imposible que hubiera un animal como ese aquí abajo o algo así.
–Lo detuvo con fe –aclaró Lucy apretando el inhalador en mano–. Esa es la única clave para vencerlo, recuérdenlo, la fe.
–Aja –asintió Lori obediente.
–Leni… –en dado momento, Lola retuvo la muñeca de su gemela para que apuntara con la linterna de su llavero a algo que vio tirado unos cuantos pasos más adelante–. Mira.
–¿Qué? –reaccionó la segunda mayor.
–Eso de ahí –señaló a aquello que era un bolso fino de mujer–. ¿No es ese uno de tus diseños?
–Parece nuevo –comentó Luna.
–Como que… –Leni se adelantó a recogerlo en sus manos–. A ver.
Pero en cuanto procedió a examinarlo con detenimiento y a revisar la autenticidad de la etiqueta, la mujer rubia perdió el color de su cara. En aquel momento lo que más anhelaba en el mundo era hallar algo, cualquier cosa que evidenciara que este se trataba solamente de una falsificación hecha por algún competidor que se hubiese infiltrado en la planta de manufactura, o mínimo esperaba que fuera un producto robado de ahí mismo para venderlo en el mercado negro; ¡lo que fuera, menos lo que estaba pensando!
–Oh, dios mio…
–¿Leni? –se acercó a ella Luan.
–No es posible…
–¿Qué sucede? –preguntó Lucy haciendo lo mismo que la cuarta.
–Este bolso –explicó exaltada apurándose a abrirlo para revisar que había adentro–, pertenece a la edición limitada de invierno, pero no iba a salir a la venta hasta dentro de una semana. A menos que…
Cuando Leni sacó al inimitable e inconfundible Bun-Bun, todas supieron lo que pasaba.
–¡Lily! –exclamó Lori arrebatándoselo de golpe para verlo con sus propios ojos –N-n-no pu-puede s-s-ser… ¡E-ella est-tá aquí…!
–¡Hay no! –se escandalizó Luna–. ¡No otra vez!
–¡Eso la tiene! –gimió Lola.
–¡¿Cómo pudo…?! –se angustió Lana.
–¡Lori, aguarda –la llamó Luan en cuanto esta entró al túnel y echó a correr sin rumbo–, demonios!
–¡LILY…!
Para cuando todo esto estaba sucediendo, Marty pasó de largo a paso veloz frente a la Casa de Retiro Cañon Sunset empeñado en transmitir su mensaje de catástrofe inminente.
–¡Todo terminó señores, no tenemos escapatoria!
En ese momento, los ancianos que habían vivido toda su vida en Royal Woods abrieron sus ojos al ver interrumpida su siesta y se incorporaron a tragar medicamentos, ponerse las dentaduras postizas o a encender pipas y cigarrillos ya no pudiendo conciliar el sueño en absoluto.
Una de ellos era la señora Rita, viuda de Loud, a quien muchas veces se podía encontrar reposando en una silla de ruedas junto a la ventana de su habitación en estado casi vegetativo.
–¡MIS NIÑAS! –gritó despertándose súbitamente de su letargo, ante lo cual el medico en jefe del piso de los desahuciados y dos ayudantes acudieron a tratar de calmarla, cuando se enteraron de que en el acto se las había arreglado para salir al pasillo y trataba de ir a lanzarse por las escaleras.
–¡Señora Loud, tranquilícese, por favor! –exigió el doctor interponiéndose en su camino, mientras el un enfermero la halaba en la silla de vuelta a su cuarto.
–¡Déjenme ir! –rugió la mujer haciendo demostración de una fiereza y una fuerza para luchar que dejó desconcertados a los empleados de la institución. Hasta donde sabían ella siempre había sido una paciente muy dócil, bastante cascarrabias pero dócil a fin de cuentas–. ¡Mis hijas están en grave peligro! ¡Hay que ayudarlas, se lo ruego!
Al verla tan inusualmente alterada, el medico de la planta indicó con un gesto al otro enfermero que preparara todo para sedar a la anciana.
–Tranquila, señora Loud –dijo en afán de seguirle la corriente, ya que el poco tiempo que llevaba trabajando ahí nunca llegó a conocerle a algún pariente vivo que viniese a visitarla–, sus hijas van a estar bien.
–Estas niñas… –sollozó–. Estas niñas revoltosas… ¿Ahora con que se han puesto a jugar?
Lori tropezó con algo en la oscuridad y cayó de panzazo en un encharcado de orines. Cuando se volteó sobre su espalda y alumbró el túnel con la linterna de su móvil, dio a sus pies con el esqueleto de Lacey St. Clair entre los restos de lo que en otros tiempos había sido su vestido.
–¡A-a Lily no…! –hizo retumbar sus gritos en el túnel–. ¡A-a Lily no ma-maldito ba-bastardo…! ¡Apa-parécete de una vez!
–¡Lori! –oyó aproximarse a Lola.
–¡Espera, no debes alejarte! –oyó que venía atrás de ella Lana.
–¡Lori!, ¡¿dónde estás?! –la llamó Luan.
–¡Regresa! –gritó Luna.
–¡Debemos mantenernos unidas, recuérdalo! –las siguió Lucy.
–¡Lori, Lori! –la alcanzó primero Leni–, ¿te encuentras bien?
–¡N-no! –balbuceó–. ¡F-fue nuestra culpa… F-fue mi culpa! ¡Ella n-nos siguió… E-ella nos sig-g-g…! ¡F-fue mi culpa…!
–¡No, Lori, ya basta! –vino después a intervenir Luna en compañía del resto–. Si ella está aquí solo hay una forma de ayudarla. Ahora tú sabes para que vinimos aquí y tenemos que lograrlo. ¡Tú eres la mayor, te necesitamos! Necesitamos que tú nos apoyes como antes o ninguna va a salir de aquí.
–Si –secundó Leni tendiéndole la mano.
–Vamos Lori –la apoyó Luan.
–Vamos –la ayudó a levantarse Lola.
–…S-si… –asintió la mayor recobrando la calma lo suficiente para continuar–. I-iremos juntas.
–Oigan –advirtió Lucy con voz calma–, algo se acerca.
Lori escuchó. Se oían pasos arrastrados, vacilantes, que se acercaban a ellas en la oscuridad y tuvo miedo. Sintió, esos intensos escalofríos helándole la piel, pese a la fría humedad que había en el aire de la alcantarilla.
–¿L-L-Lily…? –llamó, y de inmediato supo que no era ella.
Lo que se acercaba se aproximó un poco más.
Temblando, Lori apuntó adelante de ella con la linterna de su teléfono.
La primera de la tarde ocurrió a las cinco y diez cuando lloviznaba y la gente corría a refugiarse en sus hogares, salvo por Marty Malach que seguía profesando histérico en la banqueta.
–¡Horribles, horribles cosas van a pasar! –gritaba apuntando con su dedo a todo aquel que pasara junto a el–. ¡Y les pasarán a ti, a ti, a ti y a ti!
En medio de toda esta controversia, una patrulla se estacionó en una esquina cercana y las dos policías que iban a bordo lo vieron desvariar.
–Espera aquí –se dirigió Emma, la oficial que iba al volante, a su compañera Chloe quien asintió con un gesto afirmativo–, voy a tratar de hacer reaccionar a este demente.
–¡Habitantes de Royal Woods, escuchen! –vociferaba Marty–. ¡El devorador de mundos ya viene, ya viene! ¡Sus ojos, en sus ojos hay como luces!
–Cálmase, cálmese –se acercó Emma manteniéndose serena ante la situación.
–¡Cuidado, cuidado, el tiempo es corto! ¡Eso! ¡Eso! ¡ESO! ¡Creanme! ¡Creanme!
–Está hablando incongruencias.
Emma procedió a tratar de fichar a Marty, pero este le soltó un puñetazo en la nariz y echó a correr deslizándose por encima del capó de la patrulla de donde Chloe salió a perseguirlo.
–¡Ustedes no entienden! ¡Ya están por venir! –gritó acompañado por el tronar de un relámpago–. ¡Sus hijos infestarán la tierra! ¡Piensan consumir a la humanidad en terror, y nos destruirán a todos para poder lograrlo! ¡NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS…!
–¡Alto –corrió tras el Chloe haciendo sonar su silbato–, queda bajo arresto por alterar la vía publica!
–¡NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS, NOS DESTRUIRÁN A TODOS…!
Marty persistió en correr y gritar, con la otra oficial pisándole los talones, hasta llegar a una intersección de doble vía en la que el semáforo peatonal cambió de verde a rojo.
Chloe se deslizó por la banqueta apenas pudiendo frenar para detenerse a tiempo, pero Marty siguió de largo y en medio de la carretera un auto que venía a toda velocidad, aunque trató de eludirlo, derrapó mal y terminó por atropellarlo.
–¡Cuidado con el coche! –trató de alertar Chloe a Marty a gritos, antes de que el impacto lo mandara a volar unos diez metros en el aire para que luego terminara de matarse al caer de cabeza contra el pavimento.
–¡Gracias por su atención…!
–Lincoln… –musitó Lori.
–¡Fue tu culpa! –la voz perdida del peliblanco que venía zigzagueando hacia ellas, se elevó, temblorosa en el túnel. Aun vestía su polera naranja, salpicada de sangre, con una manga vacía e inútil.
–No… Lincoln… –dijo afligida la mayor de las siete.
–¡Confiesa! –gritó su hermano muerto en vida en tono acusatorio, señalándola a ella específicamente con el único indice carcomido y putrefacto que tenía–. Diles que fue tu culpa, Lori. Me hiciste salir y Eso me mató.
–No… –chilló Lori estremeciéndose tambaleante, por lo que sus hermanas la sostuvieron para ayudarla a no caerse. Su mente atormentada vacilaba, desprendiéndose de sus ataduras–. No, Lincoln… Yo…Y-yo no sab-bía…
–Lori, recuerda que ese no es Lincoln –trató de hacerla entrar en razón Luna.
–Recuérdalo –insistió en ello Lucy–, repélelo.
–Estaba en el drenaje, Lori –Lincoln avanzó lentamente en dirección a ella, elevando su único brazo, con la mano blanca encogida en una garra–. Estaba en el drenaje y tú dejaste que me matara. ¡Confiesa de una vez!
Lori sintió que sus hermanas desaparecían. Estaban huyendo, por supuesto, la dejaban sola. La aislaban, tal como sus padres las habían aislado, porque su hermano tenía razón: todo era su culpa y lo sabía bien. Culpa suya y de nadie más.
–Ese día –susurró–, no te sentías tan mal como para no poder llevarme al arcade, ¿cierto?
–Es cierto… –confesó Lori desbordando puras lagrimas de tristeza–. Sólo… Fi-fi-fingí po-porque no q-quería sa-sas-salír de ca… C-casa… Es q-que no t-t-tenía ganas…
–Claro –rió Lincoln–, típico de ti, hermana. Ni siquiera tuviste vergüenza para admitir que no estabas tan enferma cuando desaparecí, como no tuviste la vergüenza de admitir que no estabas a gusto viviendo sola en la cochera… Mentiste, y yo morí… Mentiste y yo morí… ¡Mentiste y yo morí! ¡Mentiste y yo morí! ¡MENTISTE Y YO MORÍ…!
–¡P-p-paso por culpa mía, Linc…! –sollozó la mujer arrepentida. En cualquier momento sentiría a esa única mano aferrándosele a la garganta; pronto, sentiría que ese gran diente astillado la desgarraría y estaría bien. Sería justo. Había enviado al único hijo varón de la familia a su muerte y ya era tiempo de ajustar cuentas–. ¡L-l-lo sé!… Lo s-s-siento… P-p-perdoname… Y-yo no q-quería que te ocu-curriera nada malo…
–¡No, no es verdad! –intervino de pronto la voz de Lola en la oscuridad.
–¡Tú no tienes la culpa de nada! –gritó su gemela.
–Mereces morir… –murmuró Lincoln, quien ya estaba bastante cerca–. Mereces morir por haberme matado.
–No… –Lori se estremeció y cerró sus ojos esperando que todo acabara ya–. No, Linc… N-n-nos-sotras… Y-yo te amab-ba…
–¡Ese no es nuestro hermano –habló Luna–, despierta!
–¡No lo aceptes! –dijo Luan.
–Todas van a morir, todas merecen morir… –la voz del muchachito se elevó en un alarido espectral–. Ustedes, ¡todas ustedes me han causado puros problemas! ¡Sabía que algún día acabaría mal, por culpa de ustedes, y ahora Lisa y Lynn están muertas también! ¡Son las peores hermanas del mundo! ¡Especialmente tú, Lori!
–¡Nada de eso! –gritó Leni–. ¡Lori es la mejor hermana mayor que hay! Ella, ella en serio te amaba mucho.
–¡NO! –aulló la susodicha queriendo alejarse, por lo que las otras seis la retuvieron ahí–. ¡Ma-ma-ma-ma…MATÉ A NUESTRO HERMANITO!
–Sólo eras una adolescente… –le habló Lucy al oído–. Suspiro… Aun estabas algo agripada y querías quedarte en casa a descansar. Eso era todo.
–No es tu culpa lo que pasó –insistió Luna.
–Y jamás lo fue –concretó Leni.
Lori abrió sus ojos nuevamente, miró directo a la cara contraída del niño de cabellos blancos, cuya mano estaba a punto de cerrarse sobre su cuello, e inspiró profundamente.
≪El pasillo hay que cruzar, a las niñas esquivar…≫.
– Tú no eres Lincoln… –dijo con voz suave, calmada y sin tartamudear–. Lincoln está muerto… Y no es mi culpa.
Ante esto, el falso Lincoln retrocedió siseando y se llevó la mano al rostro como para protegerse, hasta que desapareció por completo en la penumbra del túnel.
Como aquella otra vez, Luna se adelantó al grupo y le gritó a la oscuridad en la que lo había visto desaparecer en plan de desafiar a Eso a que saliera a dar pelea.
–¡Tú mataste a nuestro hermano Lincoln, maldito!–clamó, usando las mismas palabras que usó esa tarde de lluvia afuera de la casa Loud–. ¡Déjate ver ahora! Déjate ver…
–D-déjate ver… –la secundó Lori–. A-asesinaste a mi hermanito… Y-y ahora vas a pagarlo.
–¡VAYANSE! –retumbó, la voz grave y profunda de Eso en el fondo del túnel–. váyanse mientras puedan… Es su ultima oportunidad.
–¡Ahora déjate ver! –exigió Lana.
–Niña tonta… –rió la desagradable voz–. ¿Aun crees que puedes verme, a mí? Je je je… Nunca me verás. Solo verás lo que tu pequeña mente te permite. ¡LARGO!, ahora. Pues si se quedan, perderán sus mentes, en mis luces de muerte, igual que los otros. Como todos los otros… Je je… Je je je je je je je… ¡JA JA JA JA JA JA JA… JA JA…!
–Chicas, no podemos vencerlo –dijo Luan–. Es como querer vencer al humo.
–¿No lo entienden? –intervino esta vez Lucy–. Es lo que Clyde trataba de decirnos, lo que la bisabuela Harriet trataba de decirnos. Eso come… Suspiro… Despierta más o menos cada treinta años y come. Y para poder comer es necesario que tome alguna forma física… Suspiro… Está aquí, aquí abajo, en algún sitio.
–Vamos, entonces –mandó Luna a que siguieran avanzando.
A las cinco y tres cuartos llovía torrencialmente y el viento silbaba a grandes velocidades. Aquellos que viajaban por la carretera del distrito comercial se encontraron avanzando por más de veinte centímetros de agua en algunos lugares. Más allá de la antigua granja de Liam, el desbordar de un río había cubierto los caminos de tierra de tal modo que era imposible pasar por ahí.
Entretanto, las patrullas de caminos de Royal Woods procedían a colocar carteles de DESVIO a ambos lados de la hondonada y las gentes que regresaban del trabajo en autobús miraban desde las ventanillas el agua amenazadoramente alta por entre sus limites de cemento.
Hacia las seis en punto, cuando la inundación arrasó toda la reserva de esturiones de Tall Trees, Clyde McBride despertó en su habitación en una lenta disolución; por largo rato pensó que estuvo soñando. En ese caso, se trataba de un sueño muy raro, una especie de sueño de ansiedad como habría dicho su terapeuta. Al parecer no había motivos para esa ansiedad, pero estaba allí, en esa habitación, blanca y sencilla que parecía amenazarlo.
Se sentó poco a poco, sujetando la cabecera de la cama con una mano y buscando sus lentes en la mesa de noche con la otra. Ya los tenía agarrados, cuando la puerta se abrió dando paso a una de las enfermeras.
Hubo una extraña pausa, y Clyde se asustó de lo que veía. La mujer esa tenía dos botones desabrochados de chaquetilla y el cabello revuelto le daba un aspecto desaliñado parecido a Kathy Bates interpretando a la carnicera en American Horror Story: Roanoke.
Sue, leyó el nombre de su gafete y ahí fue que, aun en ese estado confuso, no del todo consciente, supo quien era de inmediato.
De niños, Lincoln en vida le había contado sobre cierta vez que visitó a Pop-Pop en el asilo y lo incentivó a tener un día que recordar, mientras lidiaban con la restrictiva enfermera al mando. Por lo que sabía, era una persona autoritaria, obsesionada con tener todo bajo control y que las cosas se hagan siempre a su manera a como de lugar.
Lo que no sabía Clyde, era que ni siquiera se llamaba Sue. Nadie en el pueblo sabía su verdadero nombre en realidad, dado que ella llevaba años suplantando su identidad cada vez que cambiaba de residencia, como tampoco tenían idea de que hacía esto para evadir a las autoridades que andaban tras su búsqueda en cuatro estados diferentes. Había mucha historia que contar acerca de esa mujer, tras cuya fachada de enfermera regañona que sólo buscaba cumplir con su trabajo de manera eficiente se ocultaba un verdadero caso de locura y depresión, al que acompañaba una larga lista de antecedentes criminales.
–¿Cómo está el enfermito? –canturreó tratando de hacer que su voz sonara melodiosa.
Clyde tragó saliva, y cuando acabó de ponerse sus lentes miró nervioso a la enfermera acercarse a pasos cortos hasta los pies de la cama, a la vez que en su inmunda cara de sapo cachetón se forzaba una amplia sonrisa que no engañaba a nadie.
La imagen de Sue era como la de una divinidad africana salida de Ella o Las Minas del Rey Salomon. Era una mujer corpulenta que, aparte de sus anchas caderas, muy anchas pero inhóspitas, parecía carecer de toda curva femenina. Su cuerpo era grande pero no generoso y producía una perturbadora impresión de solidez, como si estuviese hecha de una sola pieza maciza de peñasco de pies a cabeza.
–Sue –habló débilmente Clyde–. Necesito hablar con el doc…
–Chist… –repuso la corpulenta y rechoncha mujer, con la mano metida en el bolsillo–. No hables.
Clyde vio, con un escalofrío, sus ojos grandes e inexpresivos, convenciéndose cada vez más de que estaban pintados en la cara de Sue y sólo se movían como ojos inertes de retratos que parecen seguir a quien los mira desde cualquier parte de la habitación.
–Esto te hará dormir –dijo sacando del bolsillo una jeringuilla.
Y empezó a acercarse a donde estaba Clyde.
–¡Oigan! –se detuvo de pronto Lori, ahí en el túnel donde no se oía otro ruido más que el de los leves pasos del grupo.
–¿Qué oyes? –le preguntó Lana, alumbrando con la linterna del llavero a sus alrededores en caso de que fuera a aparecer una nueva sorpresa acechando en la oscuridad. Tal vez un hombre topo con ojos anaranjados y largos y afilados incisivos de plata, un monstruo de Silent Hill, o el demonio Krampus de la película del mismo nombre.
Pero no había nada más que el polvoriento olor de la oscuridad y el rumor del agua precipitándose muy lejos.
–A-algo v-va mal…. –dijo Lori–. C-C-Clyde…
–¿Clyde? –se alarmó Luan.
–¿Qué pasa con Clyde? –preguntó Lola.
–Yo también lo sentí –confirmó Lucy–, el… Jadeo… El ha…
–¿Ha… Muerto? –preguntó Lana.
–¡No!… Está… E-está… –tragó saliva Lori. Su garganta emitió un chasquido y sus ojos se dilataron–. Oh, no…, ¡NO!
–¡Lori! –gritó Leni–, ¡Por dios!, ¡¿qué ocurre?!
–¡Denme las manos! –mandó–. ¡Rápido, denme las manos, ya!
–¡Las manos! –ordenó Luna a que obedecieran.
Luan tomó la una mano de Lori, Leni la otra. Luna se la dio a Luan y Lucy y las gemelas entrelazaron las suyas completando el circulo.
–¡Envíale nuestro poder! –gritó Lori a los cielos, con voz extraña y grave–, ¡envíale nuestro poder, quienquiera que seas, envíale nuestro poder, ahora mismo!
–Envíale nuestro poder –susurró Lucy, sintiendo que algo brotaba de ellas en dirección hacia Clyde. Su cabeza se balanceó sobre sus hombros en una especie de éxtasis y sus ásperos silbidos al suspirar se confundieron con el rumor de las aguas en las cloacas que parecían estarse llenando.
–Ahora –suspiró Sue, con el suspiro de quien está por alcanzar el orgasmo.
Clyde apretaba el timbre una y otra vez y lo oía sonar en la sala de enfermeras al otro lado del pasillo; pero comprendió con una infernal visión interior que ellas estarían sentadas allí, leyendo revistas, tomando café, chismorreando o jugando Candy Crush en el celular y oyendo los timbrazos sin ir a atenderlos. Porque así funcionaban las cosas en Royal Woods. Sólo responderían más tarde, cuando todo hubiese terminado.
–Aquí –Sue se inclinó hacia el a apartar la sabana, con la punta de la hipodérmica centelleante, como había echo muchas otras veces con montones de ancianos y bebés al cumplir la voluntad de lo que, según ella, era la voz de Dios diciéndole que libere a esas personas del mal que es el mundo–, justo en el esternón.
Súbitamente, Clyde sintió que una energía primitiva le subía por el cuerpo como electricidad y la parálisis que lo retenía desapareció como por ensalmo. Se puso rígido y disparó sus manos compulsivamente hacia adelante a apretar el craneo de la diosa y a hundir los dos pulgares en medio de sus ojos.
–¡Uggg!
Lo que Sue emitió no fue un grito de dolor, sino un gruñido de sorpresa. Sangre brotaba alrededor de sus órbitas por la extraña fuerza que ejercía Clyde para apretar ahí, aunque eso no bastaría para detenerla. Ya era una mujer bastante mayor, pero gozaba de una salud de hierro y una resistencia brutal.
–¡Pájaro sucio! –aulló. Una de sus manos, pesadas y firmes, caía a cerrarse entorno al cuello del hombre de color.
Clyde disparó otra mano hacia la mesita de noche, primero a ceñirla a un vaso de vidrio que tenía su alcance para hundirlo violentamente en la cara de Sue. Después, le soltó un fuerte manotazo en la frente que la hizo retroceder a unos pocos pasos dejando caer la jeringuilla.
–¡Pájaro sucio, pájaro sucio! –gritó cogiéndose la cara lastimada con sus dos manazas, algo que Clyde aprovechó para tomar impulso apoyándose en los brazos y lanzarse a derribarla de una embestida cayendo encima de ella; y aun a través de su cuerpo, sintió a la tierra sacudirse como si fuera el impacto de dos mundos al chocar.
La mujer gritó como un gato, se retorció como un gato y trató de escurrírsele por debajo como un gato. Clyde aguantó y siguió completamente tumbado arriba de ella, como si tratase de cometer un acto de violación, con su diestra tanteando el suelo sabiendo exactamente lo que buscaba.
–¡Pájaro sucio, pájaro sucio!
Por fin, encontró la jeringa, la estrujó entre sus dedos y de un solo golpe la clavó en el carnoso cuello de Sue.
–¡Tenga! –gritó Clyde acabando de inyectar todo su contenido y procurando hundir la jeringuilla más allá de la aguja en su garganta–. ¡Esto la hará dormir, así que sea buenita y tómesela toda!
Sue dio un tremendo empellón con el que consiguió apartar a Clyde. Hizo un esfuerzo y se puso de rodillas para luego avanzar a gatas hacia el que se empujó hacia atrás con las piernas desordenadamente estiradas delante de sí. Dio dos pasos, un tercero, un cuarto y un quinto, con la jeringuilla colgando de su cuello. Clyde se apegó contra la pared, y de pronto lo que sea que le hubiese querido inyectar surtió efecto en ella quien se tambaleó y se desplomó de bruces en el suelo. Al derrumbarse, la habitación volvió a estremecerse.
Clyde se deslizó por la pared trabajosamente hasta que pudo volver a pararse. Le dolía la cabeza y el estomago le daba vueltas con la punzante sensación de la sutura recién hecha, pero se había salvado.
Cojeando se arrastró a la puerta. Estaba cruzando el umbral, cuando la enfermera abrió los ojos.
–¡Envíale nuestro poder, envíale nuestro poder –gritaban las siete hermanas Loud tomadas de las manos, en el túnel abajo de la ciudad–, envíale nuestro poder…¡
A las seis y diez Clyde corría despavoridamente por los pasillos del hospital, avistando por las ventanas a furiosos truenos y relámpagos que sacudían los cielos, y oyendo el repiquetear de la alarma contra incendios que alguien había activado al romper de un duro puñetazo el cristal de emergencia del enmarcado en el que suele colocarse el hacha que los bomberos usan para derribar las puertas.
–¡Pájjjrrro suzzzzzio! –rugía Sue con voz ronca. Los empleados del hospital la veían corretear a Clyde con el hacha en mano, tambaleándose amodorrada por la droga que le había inyectado en el cuello, pero naturalmente nadie reaccionaba ante la situación; tan sólo observaban anonadados pero no hacían nada para detenerla.
Clyde llegó a la recepción y rodeó el escritorio pidiendo ayuda. La otra enfermera a cargo, una tímida muchacha llamada Shy, reculó manteniéndose al margen. Cuando Sue llegó después de el a partir la superficie de la mesa con el hacha, Clyde dio un salto hacia atrás y agarró el objeto más grande y pesado que encontró a mano: una Royal de oficina perteneciente a una era en que los televisores a color, las computadoras portátiles y los teléfonos digitales eran cosa de ciencia ficción.
≪Que conveniente≫, pensó en lo oportuno que había sido encontrarla ahí en esa época, que no era otra cosa más que una absurda coincidencia. Más tarde cuando pasara el escándalo, el anciano dueño de la tienda de antigüedades regresaría a preguntar que diablos le había pasado a su preciosa maquina que había dejado encargada allí mientras iba a visitar a un sobrino suyo al que acababan de extirparle el apéndice.
Clyde la levantó sobre su cabeza, mucho antes de que Sue volviera a elevar el hacha de incendios, producto de otro subidón de adrenalina que le llegó a invadirle el cuerpo.
≪Oh, señor –rezó internamente mientras sus brazos se estiraban y bajaban dejando que la maquina cayera de sus manos–, guía a esta preciosa antigüedad≫.
La Royal golpeó a Sue en el centro de su amplia y sólida frente. Montones de teclas saltaron a caer dispersas en el suelo, como dulces que se desparraman al abrirse una piñata de un palazo, y el hacha rodó de sus manos contraídas, rebotando inofensivamente en los azulejos blancos y azules.
–¡Paj… –croó, mirando fijamente de un modo horrible a Clyde, quien al igual que doctores, enfermeras, pacientes y visitantes, la miraba con incredulidad por el hecho de que todavía se mantuviese en pie. Sus ojos destellantes se abrieron con horror y sorpresa a la luz cegadora, complaciente, de estos siendo reemplazada por una recelosa confusión–. Pppj… Suzzz…!
Sue dio un paso adelante y dos hacia atrás. Una enorme herida brillaba a través de su cabello en medio de su cabeza. La sangre corría por toda su cara. Mantuvo su posición por dos segundos y volvió a caer, para no volver a levantarse más.
Su cabeza topó con un borde solido de la maquina de escribir, su cuello se dobló en un ángulo y por tercera vez su cuerpo hizo temblar la tierra, que al parecer fue lo que hizo falta para que los encargados reaccionaran y se acercaran a intervenir.
Tan súbitamente como llegó, la energía se fue. Clyde cayó fatigado bajo lo que quedaba del escritorio y Shy se acercó a preguntarle si se encontraba bien.
Al poco rato oyó el ruido rápido y liviano de las suelas de goma en el pasillo. Las mismas enfermeras que tan tranquilamente habían estado leyendo y platicando felices de la vida en su sala mientras que el timbre no dejaba de sonar corrían de un lado a otro tratando de calmar tanto a residentes como visitantes. El resto de médicos y empleados rodearon el cadáver de Sue y empezaron a hablar respecto a su violento y raro modo de comportarse. Eventualmente habría una rápida investigación, que llevaría a descubrir varias pistas sobre la verdadera naturaleza psicótica de aquella enfermera que había intentado atacar a un paciente con un hacha. Entre estas, un libro de recuerdos en el que recogía inquietantes recortes de periódicos sobre las muertes sospechosas que ocurrieron en todas las instituciones en las que ella había trabajado, acabando de señalarla como la única culpable aunque nunca fue condenada por falta de pruebas.
Clyde cerró los ojos y rezó para que ya todo terminara. Rezó para que las chicas estuvieran en algún lugar abajo de la ciudad, que estuvieran bien y que de una vez pusieran fin a todo.
Y aunque no sabía a quien o que le rezaba con exactitud, lo hizo de todas maneras depositando toda su fe en ello.
–E-est-tá b-bien… –dijo por fin Lori.
Ninguna podría decir cuánto tiempo permanecieron en la oscuridad tomadas de las manos. Les parecía que algo había brotado de ellas y acababa de volver. Pero no sabían que era esa cosa, si es que existía.
–¿Estás segura, sis? –preguntó Luna.
–S-si –Lori soltó las manos de Luan y Leni–. P-p-pero tender-tendremos q-que te-te-terminar esto lo a-antes po-posible.
–Vamos –ordenó Luna a que continuaran la marcha.
Siguieron caminando, con Lana alumbrando el camino con la linterna del llavero y apuntando de tanto en tanto a diversos lados en caso de que algo mismo si estuviese acechando por allí.
–Creo que oí algo –avisó.
Pero aparte de la constante precipitación de las aguas, no se oyó nada, hasta que pararon en seco y…
–¡Empieza la función, Mr. Bob Gray! –llegó un eco del final del túnel. La voz era claramente reconocible, si es que atribuía a una de las razones por las que estaban ahí. No conforme con haberlas atormentado hacía rato con la imagen de su hermano muerto, ahora Eso se divertía a costa de las hermanas Loud usando la voz de Lily en tono histriónico, como si ella estuviese anunciando un espectáculo de feria desde un altavoz–. ¿Quiere usted que empuje el piano de cola, o mejor lo empujo de frente? ¡Y diche una, y diche doch, y diche drech…!
–Aquí vamos otra vez… –suspiró Lucy.
A la voz de su hermana secuestrada siguió la escandalosa música circense, que conforme más iban adentrándose en el túnel acallaba a cualquier otro ruido que podía haber ahí.
Todos los payasos
(Payasos, payasos),
llevan un vestido con la forma de un costal.
Hecho de retazos
(Retazos, retazos),
y usan los zapatos de tamaño colosal.
Hecho mil pedazos
(Pedazos, pedazos),
llevan un paraguas que se empeña en subsistir.
Vivan los payasos, los buenos payasos
(Payasos, payasos que me hacen reír)
(Payasos, payasos que me hacen reír).
Cerca de llegar al final, Lana se detuvo nuevamente y por consecuencia las demás también. Con la mini linterna apuntó al frente y Lori, Leni y Lola contribuyeron a subir la iluminación con sus teléfonos.
A lo lejos, se vio a una extraña sombra y también, pese a que la música de circo hacía estragos en los oídos de ellas, escucharon unos chapoteos.
Tienen las narices
(Narices, narices),
rojas y redondas cual si fueran betabel.
Siempre están felices
(Felices, felices),
aunque de repente les arrojen un pastel.
Golpes y porrazos
(Porrazos, porrazos),
palos y tortazos para dar y recibir.
Vivan los payasos, los buenos payasos
(Payasos, payasos que me hacen reír)
(Payasos, payasos que me hacen reír).
–¿Aun no encuentran mi zapato? –dijo una vocecita entre todo el ruido que había en el túnel, a lo que las siete mujeres recularon ahogando una exclamación; todas aterradas de ver acercarse a las piernas mutiladas de una niña, aparte de las cuales no había nada de la cintura para arriba salvo por una enorme marca de desgarre. Tampoco llevaban puesta nada de ropa sin contar unas pantaletas amarillas con dibujos de margaritas en las pompis que cubrían el área genital y una zapatilla en un solo pie.
Era la mitad inferior de la pequeña Sasha, que llegó bailoteando alegremente a donde estaban ellas.
Moviéndose rítmicamente al compás de la música (el pie descalzo al frente, y el pie descalzo al centro), el par de piernas mutiladas se detuvieron cerca del grupo sin dejar de bailar y volvieron a retroceder por donde vinieron.
–¡Sigan a ese par de piernas! –ordenó Luna acabando de entender que Eso les estaba mostrando el camino a su guarida como en aquella otra ocasión.
Rayos, Mr. Bob Gray
(Mr. Bob Gray, Mr. Bob Gray),
traigo los zapatos colocados al revés.
Por eso patino
(Patino, patino),
cuando diche una, diche doch y diche trech
(¡Wow!).
Siendo tan escasos
(Escasos, escasos),
los momentos en que nos podemos divertir,
vivan los payasos, los buenos payasos
(Payasos, payasos que me hacen reír)
(Payasos, payasos que me hacen reír)
(Payasos, payasos que me hacen reír)
(Payasos, payasos que me hacen reír)
(Payasos, payasos que me hacen reír)
(Payasos, payasos que me hacen reír)…
Al salir de nuevo, a aquella cámara en la que se interconectaban los albañales, rápidamente divisaron a las piernas de Sasha alejarse entre bailoteos por el túnel que supieron que era por donde debían seguir.
Entrando las perdieron de vista, aunque no era mayor inconveniente a esas alturas. Todo era cosa de avanzar en un solo sentido. Al principió debían ir en fila india para caber y también tuvieron que agacharse un poco, pero luego de que se adentraran más las paredes se iban separando tanto que todas parecían muy pequeñas en comparación.
La cámara por la que caminaban, que ya no podía llamarse túnel, se hacía cada vez más grande. Sus pasos despertaban ecos. Pasando más allá de un grafiti que decía QUE VIVA YOG-SOTHOTH, Lana cayó en cuenta de que no necesitaban más la linterna, puesto que había una especie de luz cenagosa, un resplandor horrible y cada vez más potente al final.
–Recuerdo que lo primero que vi aquí abajo fue uno de esos malditos pompones –comentó cuando estuvieron desplazándose por una planicie de lodo negro.
–Allí está –señaló Lucy a la boca de una caverna más adelante por la que entraron.
Veintisiete años después, estaban ahí de vuelta, en el campo donde se había librado la batalla.
–Aquí es –dijo Luna–. Aquí es donde todo pasó.
Repasando el lugar, observaron que la torre de escombros que recordaban haber visto antes se había reducido a apenas un montículo de medio metro de altura y el vagón de circo de la base fue destrozado de adentro para afuera por algo que habría salido de allí.
Alrededor de el se hallaban amontonados los esqueletos de los niños que habían visto flotar en ese entonces, pero no había ningún cuerpo nuevo sumado a la pila, o levitando en el aire con una mirada perdida. En absoluto, no había indicios de la presencia de Lily por ningún lado.
–¿A dónde vamos ahora? –preguntó Lola al notar que tampoco había algo esperándolas en ese sitio.
Ante esta interrogante, Luna escaló el montículo y se posicionó encima del entablado de lo que había sido el suelo del vagón.
–Vengan a ver esto –llamó a sus hermanas a rodear algo que acababa de encontrar. Era una trampilla, que podrían asegurar conducía a la verdadera morada de Eso. En esta había una marca y una luz brillante, entre amarilla y verde, surgiendo por entre las rendijas y el agujero adornado en un rayo tan grueso que parecía posible cortarlo. Con verla les quedó claro que tendrían que seguir bajando un poco más.
Pero ninguna supo que significaba la marca que tenía grabada allí.
Lori vio un conejo de peluche y Lana un bote de papel.
Lola, una boca, con grandes colmillos.
Luan, una cara encapuchada, con una perversa sonrisa, quizá la cara de la enloquecida Lynn Jr.
Luna, la cabeza cortada de Lily, con ojos inexpresivos que se fijaban en ellas incriminatoriamente.
Lucy, una calavera sonriente y puesta sobre dos tibias cruzadas: el símbolo de la muerte.
Leni, no hizo falta decir que, si era lo que las esperaba ahí abajo.
–En el abismo reside –jadeó Lucy, sintiendo unas tremendas ganas de soltarse a llorar.
–¿Que habrá del otro lado? –indagó Lola saboreando un gusto agrio en su boca.
–No sé… –respondió Luna, quien sentía que le empezaba a doler la cabeza.
–Pu-pues Ha… Hab-b-b-brá qu-que av-veriguarlo… –dijo Lori agachándose para levantar la trampilla, que daba entrada a una amplia y profunda madriguera de cuento de hadas.
Al bajar encontraron raíces de arboles creciendo hasta allí, en lo que seguían un torrente de luz hasta el final.
–¿Somos lo bastante fuertes, Luna? –preguntó Luan–. ¿Podremos con esto?
–No lo sé –dijo ella.
Ingresando, cada quien sintió que la vista se les iba hacia las telas que pendían aquí y allá en las que envueltos, parcialmente en hebras de seda que se movían como si tuviesen vida propia, habían cadáveres putrefactos a medio comer.
Al momento, Lana oyó a algo moverse por arriba de las cavernas subterráneas. Todas, las siete, llegaron a oírlo al asecho y en segundos descendería a atacar.
–Así que si se animaron a venir, ¿eh?, niñas –resonó la voz de Eso.
≪¡Telepatía! –intuyó Lucy inmediatamente–. Realmente no la estamos escuchando hablar. Le estamos leyendo la mente≫.
–Hace veintisiete años… –ascendió la voz en sus cabezas–. Que sueño con ustedes… Que tengo ganas de verlas.
–¡Lori, no! –llamó Leni a la mayor, que inconcebiblemente se estaba adelantando al centro de la cueva para ir a encontrase con Eso.
≪Claro que recuerdo el maldito ritual≫, pensó esta sin mas. Un ultimo recuerdo le había llegado, con la fuerza de un ariete psíquico. Ya no cabían más dudas de que esa era la hora del enfrentamiento final.
Al tiempo que Lucy lanzaba un grito y retrocedía tambaleándose a aspirar una buena bocanada de su inhalador, sin mas lo que hizo Luna fue quedarse mirando desconcertada y estática con una mano pegada a la frente, y su primer pensamiento fue:
≪ Dios, ahora entiendo porque se suicidó Lisa. ¡Diablos! ¿Por qué no me suicidé yo también?≫.
–Las he echado mucho de menos…
–¡Que-que-dense atrás! –gritó Lori sin volverse.
–¡Las extrañé!
–¡Regresa!
Un momento después, Luan corría tras ella gritando su nombre; Lola y Lana se abrazaron como Hansel y Gretel en los bosques encantados, y en cuanto a Leni…
–A… A… A… Ara… Ara… Ara…
Chillando como una bebé con los ojos desorbitados en una expresión de aturdido espanto, Leni reculó tirando de sus mejillas. Sin duda nada de lo que veía podía estar ocurriendo; era, simplemente, la peor pesadilla que alguien podría tener.
–¡Ara… Ara… Ara…!
