OMISIONES.-
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Stear Cornwell estaba pálido, ni él mismo entendía la cascada de sucesos y de secretos que había venido a descubrir apenas unos días atrás.
-No te estoy entendiendo nada, todo esto parece tan irreal... ¡explícate George!
-Nada me gustaría más que todo esto fuera una mala broma señor Cornwell...
George Jhonson, el gran amigo de la familia y mano derecha del jefe del emporio Andley había decidido al fin revelar los más oscuros secretos en los que su familia había estado envuelta todos estos años.
Sin poder dar crédito a lo que había escuchado momentos atrás de boca del mismo secretario, preguntó por segunda ocasión mi tío, con un pálido semblante en el rostro... -Entonces, dices que la mujer que encontraron...
-Madeleyne Reynolds. Ella estaba de nuestro lado, como ya le he dicho. Sus hijos también fueron alcanzados en ese... penoso ataque. -Terminó Jhonson la frase, confirmando así algo que mi tío Stear ya sospechaba. El semblante gris, nauseabundo y depresivo en el elegante caballero, reflejaba que era auténtico su pesar por todo lo que estaba revelando.
-Dime la verdad, los hijos de ella... ¿eran parte de mi familia?
-¡Oh, únicamente la niña!, -confesó el elegante bigotón con pesadez- los varones no tenían lazos con ustedes, los Andley.
-Debo suponer que la niña era de Albert... -mi tío miraba fijamente al secretario. Él apenas tenia algo de información, gracias a los investigadores que había contratado a escondidas de Jhonson.
-No señor, la niña era sobrina suya... -George hizo una pausa -lo siento... ella, era hija del señor Archibald.
Tío Stear, sintió un profundo pesar al escuchar esa información. Era demasiado para digerirlo todo en unos días.
George había sido sospechoso de participar con la red de mafia que se había asociado con los Andley. Tío Stear todavía tenía sus dudas en cuanto a que el hombre de confianza de la familia Andley durante años, tuviese las manos limpias en todo esto. Mi tío llevaba semanas, dias completos trabajando en conjunto con la policía y a Jhonson se le había indiciado como uno de los principales sospechosos. La policía en conjunto con los investigadores encubiertos le habían captado apenas un par de días atrás frecuentando un desolado paraje en un suburbio de Illinois, donde tenían su centro de reunión los criminales.
Sólo que Tío Stear jamás le revelaría esa información a George.
Ahora era justamente él quien daba aviso a mi tío del lugar donde se encontraban mi padre y mi padrino, que casualmente era el mismo de aquél suburbio.
-Es demasiada información la que posees... la que hasta ahora te dignas a soltar.
-No podía ser de otra forma. Ellos me tenían vigilado, intenté...
-Sabes que debo dar aviso de todo esto a la policía... -interrumpió mi tío, sin perder un segundo de vista cada una de las reacciones y gestos del hombre. Él asintió conforme con lo que estaba escuchando.
-Yo mismo ya lo he hecho, no deben tardar en venir los oficiales, señor Cornwell. No tengo nada que ocultar, y si mucho que confesar. Lo haré ateniéndome a las consecuencias que me merezca. Siempre hice lo que pude por proteger a William...
-Es bastante torcido ese concepto tuyo de protección, George Jhonson...
-Nunca tuve demasiadas opciones... -El hombre parecía hundido en una sincera congoja. -Queda poco tiempo en verdad. Usted es un hombre muy inteligente, solo cuento con usted para sacarlos vivos de esto. ¡Démonos prisa, estamos perdiendo tiempo muy valioso!
-¿Sacarlos vivos dices? ¿Puedes acaso asegurarme que volveré a verlos vivos? Es preciso que sepas George, que de la misma forma que soy inteligente no terminas de convencerme ¡¿Por qué demonios hablas hasta ahora?! -bufó mi tío enfurecido dando un fuerte golpe en el escritorio debido a la desesperante presión que estaba sintiendo perforarle las sienes.
-Porque ellos no me permitían saber nada, porque hasta hoy pude descubrir gracias a Dios y a un descuido de ellos, el lugar donde los tenían encerrados. Escuche, por años hemos estado en la mira, todos nosotros... -lanzó una mirada de advertencia- ...pero mucho antes que eso, mucho antes de hacerles a ellos creer que estaba con ellos, he estado al servicio de ustedes, siempre he estado del lado de los Andley. Pero hubo un punto en el que tuve que jugar al juego de ellos, mentirles, creerme mis propias mentiras, hundirme hasta el fango como ellos. Era eso o desde antes les habrían hecho daño... Tiene que creerme, sólo gané tiempo para William, quizá para todos... sólo les hice creer a ellos que las ganancias serían mayores si conservaban intacto a William Andley. Lo que es peor... tuve que pretender que no me importaba lo que sucediera con William y Archibald. La verdad es que verlos en ese estado ha sido una tortura para mí. Pero me las arreglé para hacerle creer a la mafia, que no me importaba verlos moribundos en ese lugar...
-Eres un maldito George... hablas de encontrarlos moribundos, hablas de tortura cuando no eres tú el que está confinado en ese lugar. ¡hasta ahora hablas infeliz! ¿cómo demonios les hiciste creer que estabas del lado de ellos?
Para entonces, mi tío Stear sujetaba con fuerza y sacudía con violencia al elegante secretario. Jamás había llegado a los golpes con nadie, pero en ese instante se encontraba fuera de sí a causa de la rabia que sentía. Podía propinarle una buena paliza a ese desgraciado, pero eso sólo les quitaría más tiempo.
-No me pida eso señor...
-¡Habla ahora George!
-Tuve que encargarme... de la señora Madeleine... juro que sólo fue ella. A los niños no fui capaz... yo... ¡nunca hubiera podido hacerles daño!
Mi tío sintió desplomarse en sus brazos el peso del secretario. Lo soltó de su agarre provocando que el sujeto cayera hasta el piso. Hasta que pudo tenerlo tan cerca de su rostro, pudo apreciar las hundidas cuencas en sus ojos, la delgadez que había alcanzado provocando avejentarle diez años de un tajo, y hacer que el traje que vestía pareciera un par de tallas más grande. El pestilente aliento que había emanado de su boca, como premonición del pestilente destino que aguardaba por él.
-No hubieses sido capaz nunca de dañarlos... te informo que igual acabaron con cualquier posibilidad para ellos. Son unos malditos desalmados George. Te volviste igual a ellos.
-Lo hice por William...
-No ensucies su nombre en tus asquerosos tratos. Te hago responsable de lo que les suceda a ambos. Si mi hermano o Albert mueren, no va a existir rincón a donde puedas huir ni esconderte George, voy a destrozarte...
Mi tío salió de la oficina dando un portazo, necesitaba a la policía, asegurarse de que el desgraciado de Jhonson no intentara escapar por ningún motivo. Por eso, lo había dejado bajo resguardo a manos de varios guardias, debía actuar rápido y los nervios lo alteraban siempre a tal punto que hasta se sentía reaccionar pesadamente, volverse torpe y ahora menos que nunca podía fallar.
Me he preguntado muchas veces, en las razones que debió tener Terrence para no buscar a mamá después de haber compartido tanto con ella. Al pensar en ello, llegan a mi mente también las muchas posibilidades de que todo hubiese sido distinto.
Todo lo que existe a mi alrededor no sería como ahora es, ni las personas a las que amo, ni las penas o las alegrías por las que he pasado. No habría una historia entre Candice White y William Albert Andley. Todo habría sido diferente... de haber sido así solo Dios sabe si yo hubiese existido.
Flash back...
Mi madre estaba sintiéndose cada vez más débil debido a los turnos de noche como enfermera de guardia. Los turnos de día eran espantosamente caóticos y los de tarde bastante ajetreados. Estaba trabajando sin descanso como una forma de mantener su mente ocupada para no pensar, para no sentir.
Las náuseas antes matutinas comenzaron a aquejarle a cualquier hora del día. Había estado notando cambios en su cuerpo que pronto pudo identificar como señales de un embarazo. Estaba segura de ello.
Maggie la encargada del laboratorio en el Hospital Santa Juana, con la que había formado lazos estrechos de amistad, la miró con preocupación al entregarle el documento con un nombre falso, evitó poner su nombre en el registro para resguardar su secreto aunque fuera por unos meses más. Mi madre ya sabía la respuesta, pero necesitaba confirmarla. Aferrarse a algo real ya que los últimos días para ella eran como un triste sueño que se repetía una y otra vez.
Su amiga prefirió mantenerse en silencio en un principio, no hizo comentario alguno a pesar de conocer ya la respuesta de los resultados. Pasó un brazo por sus hombros con una débil sonrisa y mi madre se aferró a ella abrazándola con fuerza. Sin necesidad de decir nada, mi mamá había podido entenderlo todo.
-A partir de ahora necesitas descansar más, estás matándote en el trabajo. -quiso añadir, que debía cuidarse por el bebé que esperaba, por el bien de él y de ambos. Pero prefirió callar.
-Estoy bien Maggie...
-No, no lo estás, y si no te lastimas un día de estos, la vida de inocentes podría ponerse en riesgo, serán ellos quienes vengan pagando tu imprudencia...
Pensaba en las palabras de su amiga mientras se encaminaba a su dormitorio ubicado en el ala oeste del edificio, tan a prisa como sus ya debilitadas energías le permitían, en ese lado del hospital tenían su propio espacio las enfermeras de guardia y las que decidían quedarse a vivir en él. Mamá tenía la suerte de estar sola en ese cuarto, era demasiado pequeño para dos camas y debido a que últimamente ya no volvía a su apartamento, se lo habían asignado sólo a ella.
Se sentó en la cama dura, nada comparable a la suavidad de la cama en el Magnolia, pero ya era bastante no tener que sentirse más sola como lo hacía en aquel lugar donde vivió mejores días con su mejor amigo.
Lloró de alegría pero también de miedo, el blanco sobre quedó tirado en el suelo. La hoja donde se confirmaba el embarazo de 8 semanas, permanecía entre sus dedos temblorosos, la cuidada caligrafía parecía bailar borrosa en el documento, debido a las lágrimas que inundaban sus ojos.
Estaba esperando un hijo de Terry.
Tenía miedo naturalmente, estaba sola en esto. Las personas eran en ese entonces y tal vez desde siempre, muy crueles. Siempre señalando, todo el tiempo criticando, juzgando, sacando sus conclusiones como si cada paso que ellos diesen fuese pulcro y bien medido, como si la gente del mundo nunca se equivocase. Jamás aceptarían una mujer soltera con un hijo en brazos, pronto le tacharían de disoluta, sin moral, sin valor.
Mi madre sabía que iban a señalarle, que hablarían pestes de ella y de su bebé. Que casi como deporte se pondrían a inventar la paternidad de la criatura. Casi se imaginaba a todos cuantos le rodeaban con los rostros de Eliza y Neal despedazándola con sus cuchicheos, con sus burlas.
Pero, a fin de cuentas era eso lo menos importante, mamá sabía que tenía la fuerza para enfrentar al mundo entero. Lo que le dolía en el alma era la forma en como se estaban dando las situaciones, la forma en cómo el destino se empeñaba en jugar con ella una y otra vez, como si se tratara de un simple títere, enredando los hilos de su vida desde lo alto, creando nudos, impidiéndole moverse.
Ella nunca hubiese deseado algo así para sus hijos, al ser una huérfana y padecer todo tipo de situaciones y carencias, habría deseado algo completamente distinto para sus hijos; alguna vez se imaginó siendo madre, pero a la par había imaginado también un padre. Ella dedicándose a ser mamá, buena enfermera, esposa, una madre con un hogar de verdad en sus manos. Nunca imaginó repetir la historia de Eleanor Baker, la historia de Terrence con su propia madre. Por primera vez entendió desde su propia piel, lo que esa mujer había tenido que afrontar, al mismo tiempo, el profundo resentimiento que había albergado Terry contra el hombre que por honor se había quedado con otra persona. Porque todo estaba sucediendo de una maldita manera tan similar.
Lloró de impotencia porque ella no deseaba lo mismo para su hijo, ni para ella tampoco. Lloró porque a pesar de amar tanto a Terrence, lo odiaba al mismo tiempo y en la misma medida por haber jugado con ella, por haberle mentido... si él ya tenía una relación con Susanna ¿por qué se atrevió a engañar a ambas?. Ya no importaba a quien había mentido primero, si a ella o a Susanna. No importaba si ella era la dueña de su corazón y de su vida como se lo había jurado aquella noche, si él ya le había entregado su cuerpo a aquella otra de la que hasta su nombre repudiaba ya profundamente.
Sus lágrimas se habían secado, pero mamá seguía en su cama, abrazando sus piernas, con la mirada perdida. Pensó en Albert, en pedirle ayuda, ahora que sabía quien era él exactamente, ¡él era ni más ni menos el Tío Abuelo William! pero, un segundo después descartó por completo la idea. ¿Cómo podría buscarlo? es que, ¿acaso era tan desvergonzada que iría con su cara de niña ingenua a pedir limosna? Los Andley no deberían saberlo, ni Stear, ni Archie, ella no quería la caridad de nadie, mucho menos sabiendo que sería la vergüenza de aquellos que le habían dado su nombre. ¡Annie! ¡Annie sería la primera en alejarse! si ya una vez le había pedido que no le escribiese más por ser una chica del Hogar de Pony, ahora no desearía ni voltear a mirarla pues sería madre soltera.
No, en esto estaba sola. Esto lo resolvería ella, porque había sido lo suficiente mayor para tomar sus decisiones, para que esa noche no le importara nada ni nadie y así fue que entregó su amor, su devoción y su fe por completo.
Y entonces el sentimiento de culpa como si fuese el peso del mundo cayó sobre sus hombros, ¡sus madres! ¡que dirían ellas de todo esto! Porque, ¡otro niño no llevaría al Hogar de Pony!... ¡jamás!, para ella eso sería una burla muy grande hacia ellas... el par de mujeres al que sabía que decepcionaría con la noticia, aunque ellas con su gran amor le harían creer que todo estaba bien, mi madre sabía que no sería así.
Se tomó su tiempo no sólo esa mañana en el frio y austero dormitorio del Santa Juana, se tomó tiempo en los corredores, en la libertad que a ratos saboreaba lejos de los pacientes, en las horas del almuerzo en las que mientras las demás enfermeras de los diferentes pabellones se reunían a conversar y reír, ella permanecía en silencio, sonriendo de vez en cuando sin escapar de su mundo aparte. Se tomó minutos, horas y días enteros para pensar.
Maggie la observaba a la distancia. Sabía que mi madre necesitaba tiempo para dilucidar lo que haría, ella misma se lo había pedido.
-¿Y no vas a buscarlo? ¿no vas a decirle siquiera que será el padre del hijo que esperas? -Fue la pregunta que su amiga en el Santa Juana había estado guardándose todos los días, pero que no pudo callar más al ver el estado demacrado y ojeroso que mi madre llevaba en el semblante.
-Él no deberá saberlo nunca Maggie...
-No es justo para él que ocultes algo así. No es justo principalmente para tu hijo que necesita un padre. ¡Piensa Candy! Ese niño no merece pasar penurias...
-No le faltará nada Maggie, ¡para eso seré su madre!
-No me refiero a eso... van a señalarlo, van a hacerle sentir inferior por algo de lo que no es culpable. Candy, no puedes tomarte todo el tiempo que quisieras para pensar lo que vas a hacer, esa barriga comenzará a crecer y entonces...
-Entonces al igual que ahora, no le pediré nada a nadie para que me ayude o me aconseje Maggie. Por favor, déjame en paz. Mis decisiones las tomo sólo yo.
Mi madre pronunció esas palabras convencida de que sola enfrentaría lo que fuera de ser necesario, ella sola sería capaz de defender la vida que se gestaba en su seno, muy a pesar de lo que quisieran opinar, eso incluía a sus allegados. Pensar en Terrence le provocaba un profundo dolor en el pecho, en el cuerpo entero. Pronto sus ojos se humedecían de tan sólo imaginarlo compartiendo el lecho con Susanna, una vida llena de intimidad y complicidad con ella, porque el bebé que también ella esperaba de alguna manera había sido concebido. Y le carcomía el corazón imaginar que esa noche especial que tuvo con él, también Susanna la había tenido... le dolía tanto entender al fin que con aquella actriz tenía tanto en común, que era natural y ridículamente obvio que era solo cuestión de tiempo para que terminaran juntos.
¡Como fue tan tonta para no darse cuenta desde antes! Desde ese cartel donde había visto sus rostros. ¡La actuación y un carajo! Los actores si se involucraban después de todo, mentirosos todos ellos.
Lloró con rabia al comprender que aquel encuentro de profundo amor que sólo en su mente existió, aquella magia que creyó compartir con su amado Terry, fue en realidad una ocasión cualquiera, ordinaria, sin importancia... ya nada que tuviera que ver con él debería interesarle después de haberse cansado de pensar en él día y noche. De haberse cansado de llorar por sus mentiras, por sus omisiones.
Mamá encontró pues su propia fuerza acariciando su vientre, maravillada ante la preciosa realidad de la pequeña vida que se había gestado dentro de ella. Ese bebé tendría a su madre aunque ella no tuviese conocimiento de cómo ser una exactamente. Si bien, había tenido el bendito amor de sus madres del hogar, sería muy ilusa al pensar que se encontraría en igualdad de circunstancias. Pero de algo si estaba segura, podrían hablar lo que quisieran, podría el mundo tacharla de lo que fuera, ella sería madre de un ser hermoso que había sido creado con el más grande amor, visto desde la perspectiva de su propia aportación. Dejaría atrás las lamentaciones y las preguntas, los lloriqueos y los celos, sobre todo, dejaría atrás el visualizarse como un títere. Ella era la dueña de sus acciones y de los caminos que elegiría. Nada podria quedar en manos del destino si ella se enfocaba con claridad a donde iba a llegar.
En la estancia, tío Stear consolaba a su esposa, secando con sus pulgares las lágrimas de sus mejillas.
Sentí la mano de mamá temblar al principio, después me apretó con fuerza.
Miré entonces a mi tío tratando de descifrar lo que sus ojos habían visto, lo que él ya sabía y supuse por su expresión, nos dolería bastante. Se acomodó los anteojos en un gesto que yo sabía de memoria él hacía para imprimirle seriedad a algún tema. Miró a mi madre con un semblante triste y abrió después sus brazos hacia ella.
Mamá no pudo contener más el llanto y abrazó a tío Stear.
-Los han encontrado, fueron llevados al hospital. Recién nos hemos enterado Candy... -fue la voz grave y pausada de Stear Cornwell tan distinta a la de siempre. Él mismo no terminaba de creer en sus propias palabras, se encontraba en una especie de letargo, tranquilizante por un lado al saberlos con vida, angustiante por la noticia recibida de haberlos hallado a penas a tiempo. -Cuando llegué al lugar ya se los habían llevado. Pero de ese lugar me dirigí al hospital, necesitaba cerciorarme de que estuviesen vivos. Ambos lo están, ambos inconscientes y en estado muy delicado... pero vivos.
Hizo de nuevo una pausa cuando su mirada se desvió ante la presencia de la Tía Elroy.
Ella estaba allí mismo, no sabíamos que tanto había escuchado, temí todo este tiempo que no pudiese soportar una noticia de este tipo, y sin embargo, la tía permanecía en silencio, con ese semblante de dureza congelado en el rostro, un par de lágrimas caían por sus mejillas pero ella seguía erguida, apretando con fuerza los brazos de su silla de ruedas.
-Están vivos... es lo único importante. -Pronunció con estoicismo y relativa calma la tía Elroy para después ordenar con firmeza: -Llévenme a verlos...
Mis pensamientos viajaban desde los recuerdos hasta el presente. De aquellos días en que esos brazos amoratados, conectados ahora a agujas y sueros, me habían abrazado y me habían protegido en años mucho mejores que éste. Hasta entonces mi estómago se contrajo de náuseas y de dolor. Hasta entonces fui consciente que existía la gran posibilidad de no volverme a reflejar más en los ojos azules, bonitos, de mi padre. No escucharía su voz de nuevo, no podría perdonarlo ni rogarle por un perdón que mi corazón necesitaba pedirle, si él se marchaba esta vez para siempre...
Mamá también permanecía en silencio junto a la cama de hospital, tomaba una de esas manos pálidas entre las suyas. Pude ver el arrepentimiento en sus ojos tristes, en las lágrimas que escapaban de sus ojos a escondidas. Todo lo que había dicho de mi padre había quedado atrás, pues ahí estaba ella, mirándolo atenta, acomodando su cabello, revisando sus sueros y su temperatura que no conseguía bajar ni un poco a causa de la infección generalizada que lo mantenía tan mal.
Escuché la suave voz de mi madre sugerirme esperar en casa, mas cuando entendió mi determinación a no obedecer, dejó de insistir. Ya no era una niña, era una mujer a la que no podían prohibirle estar con su padre. No sabíamos si sobreviviría mucho tiempo, por lo tanto no habría poder humano que me sacara de esa habitación. Sólo salí un par de veces para tomar algunos alimentos en el comedor, cosa que dejé de hacer cuando me topé con mis primas Cornwell haciendo reclamos sobre su padre. Culpaban al mío de toda esta situación, llegando a amenazarme si el padre de ellas no volvía a despertar.
Así estaban las cosas, la familia Andley bajo el peso de una oscura sombra otra vez. La mirada fría y altiva de mi madrina al encontrarnos en los corredores del Santa Juana, desempeñando muy bien el papel de esposa afligida, perfectamente maquillada y arreglada a pesar de la pena que le embargaba.
Para empeorarlo todo, era muy constante la presencia en casa de los tíos Eliza y Neal Legan acompañando a la tía Elroy, envenenando con toda clase de ideas y conjeturas la cabeza de esa anciana mujer que a estas alturas ya no necesitaba ese tipo de disgustos y de sucias tretas para conseguir sabrá Dios que fines.
Pronto pasaron los días y una tarde, una noticia devolvió cierta alegría a la casa. Hasta Eliza Legan se había despedido apresurada de tía Elroy con una extraña mueca de gusto en sus labios, más similar a la sonrisa de una hiena que nerviosa se pasea rodeando a su presa. Así me sentí cuando me rodeó para despedirse...
-Me alegro tanto por todos, espero que regrese muy pronto tu padre.
Quise creerle, pero me mantuve a prudente distancia. Asentí con una sonrisa y un escueto gracias. En cuanto se marchó me apresuré a subir a mi cuarto. Debía arreglarme para ir a verlo. Por fin después de una semana, mi padre había despertado de la inconsciencia.
La llamada de mamá informando la buena noticia contagió de esperanza a todos y cada uno de los Andley. No quise perder un sólo momento para hablarle. Estaba nerviosa, en mi estómago se acumulaban las ansias y una extraña emoción de gratitud al saber que le había sido dada otra oportunidad para vivir. No estaba segura qué le diría, cómo empezaría a hablar, ensayaba mentalmente algunas ideas... hasta pensé en escribirlas para darle orden al caos que se ocasionaba en mi mente, pero no, no había tiempo.
El automóvil ya nos esperaba en la entrada de la casa. Ayudaba a la tía Elroy con su bolso, mientras personas del servicio la subían al automóvil.
Y fue cuando sentí que alguien se acercaba.
De reojo pude ver su inolvidable figura, estaba estacionado a unos metros de distancia de la entrada y él estaba tan cerca de mí, ahí, de pie. Todavía alcancé a ver de reojo, cómo aplastaba con la punta de su zapato su cigarrillo a medio consumir.
Me miró fijamente, con ese semblante de seriedad que era irresistible. Irresistiblemente ajeno al regresar a mi realidad. Ese hombre era de mi madre.
Dudé unos segundos entre hablarle o seguir mi camino pretendiendo no haberle visto.
Opté por lo segundo, había decidido desterrarle de mi vida para siempre, nada tenía yo que hablar con él, no era a mí después de todo a quien quería encontrar.
Pero antes de poder entrar al carro, mis intenciones fueron detenidas con el toque de su mano cálida en mi brazo. Me detuve sin decir nada, sin girarme a mirarlo.
Fue hasta que escuché su voz, llamándome por mi nombre, cuando al fin me atreví a volver a ver sus ojos, sus labios.
Tía Elroy estaba muy molesta. Sabía perfectamente quién era el visitante inoportuno y desde el interior del vehículo me apresuraba a marcharnos. Su voz enérgica aunque ya aguardentosa y pastosa por la avanzada edad se escuchó claramente hasta donde estábamos.
-Scarlett, podrías comunicarle al caballero que no es el momento ni el lugar para sus inoportunas visitas, debemos irnos y no eres la persona indicada para resolver sus dudas.
Terrence sonrió de lado y negó divertido con la cabeza, sin responder.
-¡Scarlett Andley! -la tía de verdad estaba enfureciendo, sólo en ocasiones donde en verdad había perdido la paciencia conmigo, le había escuchado llamarme de esa forma.
-No deseo importunar, pero no he encontrado mejor ocasión para hablar con usted, señorita Andley... -me miró de una forma en que pude volver a perderme en la inmensidad de su enigmática mirada. Tenía razón, por mucho que me opusiera a volver a dirigirle la palabra. Había cosas que simplemente no podían quedar en el aire. Situaciones que de común acuerdo deberían ser eliminadas para siempre, como si nunca hubiesen existido...
-Tía, es necesario que tenga una conversación con el señor. Más tarde la alcanzaré en el hospital.
-No veo que tengas tú que hablar con este hombre... -Respondió mi tía con evidente altanería y desdén que no reconocía en ella. Su voz más enronquecida y tensa cada vez, agradecí al cielo que ya no pudiera ella avanzar por su propio pie, de lo contrario se habría bajado del automóvil para meterme a la fuerza. No era necesario mirar su rostro para adivinarla a punto de explotar debido al coraje. -Scarlett, creí que era importante para ti volver a ver a tu padre. En fin, no puedo obligarte niña necia, mal agradecida. No esperaré más por ti, vámonos en este momento... -ordenó.
El chofer cerró por fin la portezuela. Seguí mirando hacia el vehículo hasta que se perdió en la lejanía de la arbolada avenida.
Nos quedamos en silencio, nerviosos, sin mirarlo directamente me pareció apreciar su mechón de canas más acentuado. No terminaba de encontrar el valor de verlo nuevamente a los ojos. Cada que lo hacía sentía que las piernas me temblaban. Absurdo al comprender que un hombre es inalcanzable, prohibido.
-Señorita Scarlett...
-Mi madre está en el hospital señor Grandchester...
-Eso lo sé, es por eso que he venido a buscarla a usted.
-¿A mí? -fingí sorpresa levantando mis cejas en un gesto burlón. Inevitablemente resultaba doloroso estar frente a él y pretender una serenidad que no tenía.
Con el corazón latiendo desbocado en mi interior, respiré profundo y procuré obligar a mis buenos modales no tenerle demasiada consideración. No podía arrepentirme del trato frío y distante que había decidido otorgarle. Era eso o permanecer en desventaja debido a los sentimientos que en mi corazón habían permanecido arraigados, ocultos.
-Sí, a usted. -Me respondió en el mismo tono cínico, al menos en eso comenzábamos a estar de acuerdo. -Le parece si vamos a otro lugar?
-No deseo ser descortés señor Grandchester, pero en vista de que mi padre ha despertado, no puedo dedicarle más de unos minutos. Comprenderá que volver a verlo es prioritario para mí. Así que, dudo que ir a otro lugar nos de tiempo de ponernos al día y charlar tranquilamente.
Cierta aura de tristeza envolvía al hombre frente a mí. No podía descifrar lo que pasaba por su mente, la intención con la que me había buscado podía sospecharla. Pero el tocar el tema estaba resultando muy difícil para ambos. Mis nervios no estaban en buena forma los últimos meses y estaba dispuesta además a no creer mucho en lo que ese hombre fuese a decir, después de todo había sido un gran actor con un excelente manejo de sus emociones.
-Entonces se lo diré aquí mismo... si no tiene usted inconveniente en que la persona que nos mira atenta desde la ventana pueda imaginar su propia novela, o peor aún, escucharnos. -Hizo una pausa y girándose hacia la casa, levantó ligeramente una de sus manos a modo de saludo. Descubrí con pena, que efectivamente alguien observaba desde el otro lado de la cortina y decidí aceptar su propuesta.
-Hay una cafetería doblando la esquina. Es un lugar pequeño, pero estaremos más cómodos... quiero decir, -me corregí de inmediato- es bastante más privado...
-Permítame Scarlett... -me ofreció su brazo en un gesto estrictamente caballeroso, sin ningún tinte de galanura, sólo actuaba como las normas lo establecían por decoro.
Los nervios no me dieron tregua, mis pies se movían ansiosos debajo de la mesa. Sentía un terrible bochorno recorrer desde mi cuello y bajar por toda la espalda. Estábamos solos en ese lugar, frente a frente.
-Mucho me temo que debo ser sincero con Candy. Confesarle a ella lo que ha sucedido entre usted y yo... será una de las situaciones más difíciles que habré tenido que enfrentar...
-Entonces no lo haga...
-¿Cómo dice?
Su mirada era hipnótica, casi irreal. Me costó mucho trabajo concentrarme en lo que debia decir, el intenso atractivo en sus facciones, sus manos blancas y grandes sosteniendo la pequeña taza de café que parecía diminuta e insignificante entre sus dedos.
-Deje de martirizarse por algo que ni usted ni yo podemos cambiar. El pasado así está y así se queda. Candice White no dejará de ser mi madre nunca, así como tampoco usted dejará de amarla por ese tonto beso que me dio esa mañana...
-No puedo engañarla, seguir ocultándole eso sería como...
Lo interrumpí sin prestar atención a lo que quería decir.
-Yo... quiero demasiado a mi madre como para que sufra innecesariamente por mi causa. Usted deberá callarse señor Grandchester. Hacer como si nada pasó, por mí no debe preocuparse, nunca hablaré, nunca haré nada que pueda lastimarla a ella. O a usted, aunque usted no merezca una sola de mis consideraciones.
Pudo leer en mis ojos un destello de odio, resentimiento puro y dolor. Eso o el tono en que se lo dije lo hizo ruborizarse, bajó la mirada y se concentró en el café entre sus manos.
-No se si pueda hacerlo Scarlett. No soy esa clase de hombre que usted pretende, sin importar ya el concepto que tenga de mí. Para sepultar un secreto entre dos personas, se requiere que esas dos personas estén dispuestas... yo no lo estoy. No puedo mirar a los ojos a su madre sin que los suyos lleguen a mi mente. Desde que tuve conocimiento de que Candy, mi Candy, es la madre de usted, no pude volver a besarla a ella sin pensar que era a usted a quien besaba. Y ella no se lo merece.
Cuando dijo eso me atreví de nuevo a mirarlo. Había culpa en sus preciosos ojos, Tenía un segundo cigarrillo entre sus dedos al que daba largas caladas consumiéndolo casi con prisa.
-Ya he ocultado muchas cosas a su madre, Scarlett. Hay omisiones que pesan en el alma, que pueden alejarnos para siempre de quienes amamos, por miedo a decir la verdad, por miedo a perder a una persona. Callar no es la respuesta, estoy seguro de ello. Las omisiones ya me alejaron de ella en el pasado. Solo... no deseo que ocurra otra vez.
-Entonces, usted deberá hacer como que besó a una desconocida más, a una de las muchas incautas que han tenido el infortunio de cruzarse en su camino.
-¿Se está usted burlando de mí?
-¡Por supuesto que no señor! ¿Qué complicado puede ser para usted pretender que todo fue una actuación, algo sin relevancia en su vida, una más de las aspirantes a un casting? una más de las muchas que ha besado...
-Lo complicado del asunto es... -dio la última bocanada a su cigarrillo y lo aplastó en el sencillo cenicero, -...que ninguna de esas incautas, desconocidas, desafortunadas que he besado, era la hija de la mujer que más he amado en mi vida.
Pronto, la tarde había caído en esa hora dulce en que las farolas de las calles comenzaban a encenderse, semejando luciérnagas que marcan el inicio de la noche con su débil alumbrado.
Era sorprendente la forma en como el tiempo pasaba volando a su lado. Tenía la necesidad de ver a mi padre, pero me sentía muy bien en compañía de Terrence. La sensación de estar a la defensiva había pasado convirtiendo nuestra tensa plática en una charla bastante más amena. Como cuando conversan sin máscaras ni reclamos dos amigos que se aprecian y no dos personas con un profundo abismo entre ellos.
Conocí esa parte encantadora de mi acompañante que sólo en sueños me había atrevido a imaginar. Sonreí ya sin otro tipo de pretensión cuando le escuché decir:
-Es usted muy madura Scarlett, ahora puedo ver que su amistad ha servido tanto como una guía a mi hija. ¿Sabe? la madre de ella no tiene ni el tiempo ni la disposición para estar con ella. Mi hija ha tenido que lidiar con este mal intento de padres...
Recordé las pláticas en que Aline me confiaba sentirse como un mueble más en su propia casa. La atención de la señora Kleiss se había volcado por completo a sus dos medios hermanos y a los viajes constantes con su marido. Mi caso no era muy distinto.
Había anochecido y para entonces me sentí cómoda con Terrence Grandchester frente a mí. Fue gracioso ver su rostro de enfado, cuando varias damas en ese transcurso de la tarde se acercaron a él para saludarle de mano, para coquetearle con descaro provocando incomodarle. Él sólo rodaba los ojos con fastidio cuando se mostraban renuentes a irse de regreso a su mesa.
-A mí no me mire así... -le dije al momento que daba el último sorbo a mi café ya frío. -Usted quiso venir a este lugar, le propuse ir al café de la vuelta y no aceptó mi humilde sugerencia. -Sonreí divertida.
Levantó su ceja en un gesto por demás encantador y sonrió de lado con una calidez que atrapó otra vez mi corazón.
-La sonrisa suya es idéntica a la de su mamá...
Está bien. No podía vivir culpándome por enamorarme de un hombre como él, pero ya iba siendo hora de alejarme. De dar por terminada esa reunión que parecía tenerme atada a la silla. Necesitaba irme, respirar aire con dosis de realidad y olvidarme de ese fascinante encuentro.
-Bien, no importa ya a quien soy idéntica. Ese fue el inicio del problema. Después de todo ya es hora de irme...
Envolvió mi mano con su mano y me detuvo sin pronunciar palabra.
-Como quedamos señor Grandchester. Mi madre nunca deberá saberlo, -retiré despacio mi mano de debajo de la suya, en un movimiento torturante para mí dado que amaba sentir el delicioso roce casi eléctrico de su mano sobre la mía. -Esta es una de esas omisiones necesarias en la vida, por mi parte... jamás sucedió nada.
Lo miré pensativo. Respiraba un poco agitado, como si de repente la tranquilidad que nos había acompañado se evaporara devolviendo la tensión en su semblante.
-Sería ruin de mi parte pretender que no ocurrió... pedirle a usted que guarde este secreto, para salvarme.
-Mas ruin será que mi madre se entere de algo que va a romperle el corazón. Más ruines seremos al contarle algo que no tuvo nunca oportunidad, algo que nunca debió ser ni será. Si mi madre se enterase de esto, no solo usted la perdería, también la perdería yo. No puede comparar esta ocasión con lo que haya sucedido en el pasado. Seguro que en ese entonces hubo otras personas que intervinieron para que lo de ustedes terminara. -Me sorprendí a mí misma con la elocuencia y seguridad de mis palabras. -Aquí somos sólo usted y yo. Y yo le doy mi palabra: Hoy mismo le he conocido señor Grandchester, jamás ha ocurrido nada entre nosotros. Jamás le he mirado con otros ojos que no sean los de alguien a quien usted, no le importa ni un poco...
-Scarlett...
-Por favor ya no diga más, debo irme, en casa me esperan y tendré que inventar algo muy interesante y creíble para justificar mi escape con usted... el novio de mi madre.
Sonrió con su sonrisa preciosa. Ese hombre debía de tener ensayadas, bien calculadas cientos de sonrisas, todas encantadoras, fascinantes. Esta era diferente, una sonrisa tranquila, resignada, amable. Me despedí pidiéndole me dejara ir caminando. Desde luego se negó y me llevó en su automóvil aparcando frente a la casa, en el mismo lugar que le había encontrado en la tarde.
-Desde aquí no soy visible. Ni siquiera para el curioso espía de hace rato.
-Gracias. Adiós señor Greiss. -Lo miré sonriendo.
-Hasta luego, señorita Cornwell.
Me ayudó a salir del auto, me guiñó un ojo y esperó de pie hasta que entré a casa.
Suspiré recordando esa tarde cuando de niña me había presentado en su casa como Scarlett Cornwell. Habían pasado tantas cosas y tantos años desde entonces hasta ahora, no volvería a negar a mi padre, ni mi apellido. No volvería a soñar ni a pensar en situaciones que nunca podrían ser.
Fue hasta que Dorothy cerró la puerta tras de mí que escuché el motor de su auto encender la marcha.
La amable mucama y amiga, me miraba tratando de adivinar lo que había sucedido. Me lo guardé todo, había sido ella quien nos viera irnos juntos por la tarde a pesar de su estricta política de no mirar por las ventanas. El momento compartido con Terrence era solo mío y así se guardaría por siempre. Como una de las más bellas omisiones que guardaría solo para mí, en mis recuerdos...
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CONTINUARÁ...
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GRACIAS a quienes siguen leyendo y comentando. En verdad lo aprecio. Un par de capítulos más y acabamos! Saludos!
