"El efecto que causas en mí"

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Onodera se puso de pie, en trance de que Yukina era lo único que sus ojos captaban desde la multitud.

No pudo evitarlo, simplemente dejó que sus pies lo guiaran en camino a Yukina, pareciéndole que sus piernas reaccionaban solas y él por puro reflejo lo permitía.

Me siento como un idiota, se regañó frustrado.

Lo fue siguiendo por instinto.

—Los veo después— Yukina se despidió de ellos, sonriéndoles.

—Claro, Yukina— Le respondió uno.

—Que te vaya bien, Yukina— Le dijo el otro.

Cuando se hubieron ido, notó que Yukina estaba completamente solo, caminando entre la multitud con su mochila colgando detrás suyo.

Los pies de Onodera seguían avanzando y no parecían detenerse; frustrado por su comportamiento se forzó a tropezarse contra el suelo, cayendo de frente.

—Estás bien?— La voz de Yukina le habló, ofreciéndole la mano. Éste levantó la cabeza, avergonzado y totalmente ruborizado.

—Agh— Se quejó, porque su cara estaba roja por el golpe y se había lastimado ambas rodillas.

—¡Onodera!— Exclamó Yukina asombrado. —Qué haces aquí?—

—Nada relevante— Contestó abochornado, aceptando el gesto de Yukina.

—No creí encontrarte por aquí— Opinó, halándolo del brazo hacia él. —Venías a comprar algo en específico?—

Onodera trastabilló con sus pies, pero Yukina fue ágil y lo sostuvo con su otra mano, posicionándolo.

—Gracias— Admitió Onodera, ruborizado por completo.

—No es nada— Dijo Yukina, educado. —Qué hacías por aquí? Me parece curioso encontrarte por aquí tan temprano—

—Nada— Respondió bajando la mirada; esto en vez de apaciguar a Yukina, picó su curiosidad.

—Te acompaño a tus compras— Se ofreció risueño, haciendo que Onodera se espantara por el repentino comentario.

—No es necesario— Negó con las manos, riéndose nervioso.

—No es una molestia para mi— Aseguró Yukina, con un puño en alto. —Dime a dónde irás y te acompaño con mucho gusto— Echó una risita contenta.

Cómo decirle que no? No encontraba las palabras para alejarlo, y tampoco la excusa ideal para zafarse del ofrecimiento, si lo que tanto quería ahora a parte de soledad era verlo.

Cuán patético debió de haberse visto.

—Onodera?— Yukina le dirigió una mirada atenta, pestañeando, dándole a entender que lo esperaba.

—Bueno, tengo ganas de pasear— Espetó torpe.

—Oh, pasear?— Repitió Yukina, suspirando. —Entonces, iré contigo a pasear— Indicó.

—Eh?—

—Hacia dónde nos dirigimos?— Lo miró Yukina, comenzando a mover los pies.

—No tienes clases?— Preguntó Onodera, incrédulo.

—Ya salí de la escuela— Respondió Yukina, orgulloso. —Son apenas la una y media de la tarde, yo salgo hoy a las doce—

—Pero— Repuso inútilmente.

—No te preocupes por mis estudios— Sacudió la mano en ademán desinteresado. —Hacia dónde nos dirigimos, Onodera? Norte, sur, este, oeste, tú dime a dónde vamos y yo te seguiré— Afirmó, haciendo una imitación a un soldado en marcha.

Oh, qué lindo, suspiró Onodera como estúpido.

—Este-no tengo idea a dónde ir— Admitió Onodera, apenado. Éste se detuvo, ladeándose a verlo, con gesto interrogante, poniendo las cejas en punto.

—Hm, paseos sin destino— Supuso Yukina, haciendo una mueca. —¡Me encanta la idea!— Soltó de golpe, sorprendiendo a Onodera. —Ya sé a dónde ir—

—A dónde?— Replicó Onodera.

—Paseemos por el parque Yoyogi— Sugirió emocionado. —Tienen un jardín de cerezos hermoso, y un jardín de rosas—

—Ah, ya veo— Suspiró Onodera, poniéndose muy nervioso por la naturalidad conque le hablaba Yukina, preguntándose cómo era que él no escuchaba los latidos de su corazón a punto de estallar? O cómo era posible que no decía nada de su rostro sonrojado? Será por educación que no lo hace? Quiso asumir.

—Si tomamos el autobús— Siguió diciendo Yukina. —No tardaremos mucho en llegar, aprovechando que hoy no trabajo en la librería, podemos comer si gustas, o ya sé!— Exclamó de repente. —Te puedo llevar a conocer uno de los lugares donde compro música— Se rió entre dientes, ilusionado. —Bueno, donde tu quieras ir, Onodera, ahí es donde yo voy— Lo dijo en tono sincero.

Él, sintió empalidecer ante tal comentario, y tuvo la necesidad de verlo en el rostro de Yukina para creerlo.

Vio la cara de sinceridad que irradiaba su expresión y supo que ellos sentían lo mismo por el otro. El mismo sentimiento inexplicable lo sentían, pero él no le daba cabida tan fácil, a comparación de Yukina, quien era el que tomaba la iniciativa en cada momento que podía hacerlo; o sea, siempre.

—Lo-lo dices en serio?— Él se atrevió a preguntar, temeroso.

—Por supuesto que lo digo en serio, Onodera— Expresó Yukina, sinceramente. —A donde tu quieras ir, yo voy—

—Pero, no es relevante— Se excusó, bajando la mirada.

—Lo es— Insistió Yukina, en gesto obstinado. —Hablo en serio cuando digo que yo voy detrás de ti— Se detuvo, haciendo que él se detuviera igual. —Yo no te mentiría, juro que no lo haría, y si me permites estar contigo, iría contigo a donde quieras—

Onodera parpadeó, imposibilitado para funcionar.

Esas frases intensas, esos ojos sinceros que lo perforaban, esa voz que lo tambaleaba y lo distendía; si estaba de pie será porque sus piernas lo han mantenido así, pero de no ser así, se dejaría colapsar.

No se imaginaba que recibiría una confesión de tal forma, aunque no era una de amor como tal, pero sí implicaba el mismo sentimiento de amor; pero Yukina se refería a un amor en forma de compromiso, no uno de paso como aquel noviazgo que recién tuvo y por voluntad se zafó de él.

—Si te incomodé— Habló Yukina, en tono amable, suavizando sus facciones. —Te pido una disculpa, en verdad no fue mi intención decirte algo que te incomodara o molestara, mucho menos herirte— Frunció las cejas, entristecidas. —Por favor, perdóname, pero lo que te dije era verdad—

Onodera alzó la vista, frunciendo el entrecejo.

—Bueno, si gustas, me voy yendo— Se disculpó en una ligera inclinación de cabeza. —Que tengas un buen día— Esbozó una pequeña sonrisa. —Adiós—

Y como si fuera por inercia, Onodera lo cogió del brazo, reteniéndolo de írsele.

—Onodera?— Yukina se ladeó, completamente sorprendido. Qué decir? Anonadado por su acción.

—¡No he dicho nada!— Lo regañó, acompañado del rubor de sus mejillas encendidas. —No saques conclusiones precipitadas, Yukina, porque no me conoces—

—Onodera— Suspiró Anonadado.

—Yo…— Tomó aire para decirle: —No dije que podías irte—

Escuchó un suspiro conmovido por parte de Yukina, significando que había entendido su mensaje.

—Entiendo— Confesó más que conmovido. —Entonces— Tomó el brazo de Onodera en gesto gentil. —Vamos Onodera, iremos a donde tu gustes— Sonrió gustoso.

—Sí, claro— Dijo pestañeando, un poco dudoso por su acción, pero no se arrepintió de lo que hizo.

—A dónde—

—Al parque Yoyogi— Lo interrumpió Onodera apurado; Yukina lo miró sonsacado, es decir, confundido. —Llévame allá, Yukina—

Yukina parpadeó, poniendo la boca en forma de pescado, reponiéndose en seguida.

—Por supuesto— Afirmó complacido con su respuesta, guiándolo con su presencia lo llevó directo al parque Yoyogi.


Llegaron al parque Yoyogi pasadas las dos, habiendo tomado el autobús previamente; Yukina lo llevó a la torre del reloj, luego al jardín de las rosas donde lo contempló saltar y acercarse a oler las flores con gusto, pareciéndose a un niño descubriendo el mundo que lo rodea.

Ese detalle conmovió a Onodera, que pensó que él se mostraba lindo cuando estaba contento.

—Mira, Onodera— Le apuntaba a las rosas. —Huelen hermoso—

—Lo sé— Decía él a regañadientes.

—Ven a olerlas— Insistía como un niño.

—De acuerdo— Decía rendido y se hincaba a oler las flores, enfrascado en no verse tan estúpido por permitirse convencer tan fácilmente.

Después, fueron al jardín de los cerezos, pero aún faltaba para que fuera la época en donde era ideal verlos florecer, por lo que no duraron mucho tiempo contemplando los capullos de los cerezos inmaduros.

Finalmente fueron a comer y tomaron un buen café en un puesto de café que estaba en el parque, y se fueron caminando por los alrededores del parque, conversando y conociéndose mejor; para Onodera ese cambio le resultaba insólito, pero a la vez muy dichoso, y la sensación de alivio de no sentirse presionado a tener sus barreras alzadas, pues con Yukina no era necesario hacerlo.

Era una causa y un efecto que surgía entre ellos, una razón de ser, y un resultado positivo que simplemente no él no se explicaba pero sabía que era bueno, ya que había encontrado lo que tanto estuvo buscando.

Aquello que sus demás parejas no pudieron darle.

Ese efecto en él que le diera tranquilidad para seguir adelante.

Y ese era el efecto que Yukina tenía sobre él.

Un efecto único que nadie más tenía sobre él.