Durante los dos primeros días, la tormenta nos empujó hacia el oeste. A pesar del balanceo, Lavina me hizo ponerme en pie temprano para entrenarme dentro de la cabina común.
El Viento Bueno crujía y se quejaba bajo los embates de la olas y, de no haber estado los gnomos observando nuestro entrenamiento con una calma inusitada, yo habría estado asustada. Pero deduje que la tormenta era una aliada más en ese momento. ¿Quién demonios iba a lanzarse en nuestra persecución bajo ese clima?
– Tenemos que ver hasta dónde llega esa capacidad tuya de saltar a través de las sombras –me exigió Lavina–. Es vital que lo controles cuanto antes, te va a ir la vida en ello.
Y me demostró lo creativa que podía ser al respecto. Descubrimos que la distancia máxima a la que yo podía saltar con seguridad era unos cinco metros. Más de eso, me resultaba confuso y no lograba enfocar el punto de destino. También era capaz de utilizar sombras en movimiento. Fue interesante surgir por una sombra proyectada en el techo y estamparme contra el suelo. Los gnomos se rieron tan fuerte que creo que les oyeron hasta en la costa, a pesar del viento y el rugido de las olas.
También nos dimos cuenta de que saltar a través de las sombras requería mucha energía por mi parte. Al tercer salto que enlacé se me doblaron las piernas por el agotamiento y al cuarto, me desmayé. Recuperé la conciencia con Dulzagua abnicándome y Rivaverde convenciendo a Lavina de darme un respiro.
– Vas a matarla tú antes de que pisemos la costa – le regañó entre risas.
Descubrimos que tampoco podía hacerlo si me estaban aferrando. El tirón de las sombras no era lo bastante poderoso como para contrarrestarlo y arrastrarme a ellas. Mis saltos a través de las sombras eran un recurso a tener en cuenta, pero tenían sus limitaciones.
Al tercer día la tormenta empezó a amainar y Lavina declaró, toda energía:
– ¡Estupendo! Ahora, podemos salir a la cubierta y entrenar combate.
Casi me vuelvo a desmayar al oírla. Dulzagua aplaudió.
– Me vendrá bien que salgáis – celebró la gnoma –. He de preparar vuestro camarote.
Por camarote se refería al compartimento bajo las tablas de la sala común donde iban a escondernos a mí y a Lavina. Y así, mientras Lavina y yo salíamos fuera, bajo el viento y las salpicaduras del mar, Dulzagua sacó sus herramientas y procedió a desclavar las planchas del suelo.
Lavina se centró en enseñarme a atacar. Cómo usar correctamente un puñal, cómo fintar, esquivar y engañar a tu rival. Estaba poniendo todavía más énfasis del habitual. Parecía algo personal para ella enseñarme a combatir de manera efectiva.
– Si puedes, evita una pelea. Pero si no puedes evitarla, no permitas que te agarren, no tienes mucho músculo.
– Logré derribar a un caído – protesté.
– ¡No me rechistes! Si quieres vivir, hazme caso: esquiva, apuñala y vuélvete a mover. Si te enfrentas a alguien con un escudo, olvídalo. Te hará bailar hasta que caigas agotada, o bien te estampará el escudo en la cara. Ni se molestará en apartarse. Escudos son malos para ti, ¿entendido?
– Sí, Lavina.
Estaba poniendo tanto énfasis en entrenarme que me resultaba abrumador. Era como si ella en persona se jugase algo con esto.
Unas horas más tarde, con mis rodillas temblorosas, el deseo de dormir hasta el fin de mis días poseyéndome y la humedad salada (tanto de las olas como de mi sudor) empapando mis ropas, entramos de nuevo en la cabina.
Los gnomos habían retirado la mesa y sacado las dos tablas más largas del suelo. Iban de lado a lado de la sala. Me sorprendió en un principio, pero luego entendí que era bastante inteligente. Una vez montado todo, esas dos tablas serían las últimas de las que sospecharías, ya que se deslizaban debajo de las mamparas. Daba la sensación de que la sala se había construido sobre ellas. Si alguien se ponía a sacar tablas, aquellas serían las últimas que se molestaría en intentar mover.
Dulzagua nos hizo gestos hacia el hueco que había debajo.
– Vamos, tenemos que ver si cabéis.
Fui la primera en tumbarme en ese espacio y deslizarme hacia un lado, bajo el resto del entarimado falso para dejarle sitio a Lavina. Lavina se tumbó a mi lado y la sentí resoplar a disgusto. El espacio tenía el ancho justo de nosotras dos. La profundidad era tan escasa que las tablas estaban a menos de quince centímetros mi cara.
– No hundáis el barco conmigo dentro, por favor – protestó Lavina.
Noté que estaba realmente asustada.
– No te preocupes, Lavina. Si pasa algo, te prometo que saldré a través de la sombra y romperé las tablas para sacarte.
Dulzagua hizo un ruidito entusiasta y dijo:
– Eso es muy buena idea, Erisad. Te mostraré dónde están las herramientas. Tendrás que deslizar los listones por debajo de la mampara, pero es fácil. Después desliza bajo la tabla una palanca y con el martillo la golpeas… Mejor ven y te lo muestro.
Lavina no se hizo de rogar y salió de ese espacio tan rápido como pudo para dejarme paso a mí. No le gustaba estar encerrada en absoluto. Burlar los controles de Punta Eren iba a ser una mala experiencia si tenías claustrofobia.
Dulzagua me dio una primera clase de carpintería práctica para aprender a operar el sistema que escondía ese compartimento. La responsabilidad de que la vida de Lavina dependiese de mí si se daban las circunstancias me abrumó y presté mucha atención a todas las instrucciones.
Pero todos nuestros planes de pasar el bastión de Punta Eren escondidas se fueron al garete esa misma tarde.
El viento había amainado, y el cielo se estaba despejando rápidamente cando Pequeña Nutria llamó desde la cubierta.
– Tío, ¡un barco al este!
Salimos todos a observar. Efectivamente, a millas de distancia desde el este, un barco navegaba hacia nosotros. Dulzagua sacó un catalejo y se lo pasó a Rivaverde. Tras observar unos instantes nos informó:
– Barcaza gnoma, llevan bandera de hablemos.
– ¿Bandera de qué? – pregunté.
Dulzagua me lo explicó.
– Quieren darnos información importante, pero no saben si el resto de gente en nuestro barco son de fiar, o tal vez ellos transportan a alguien que no es de fiar. Esa bandera significa "hablemos en secreto pero a voces".
– Ah…
– Dulzagua, señálales que viajamos limpios – ordenó Rivaverde.
La gnoma se fue a la cabina y, al poco, volvió con varias camisas que procedió a tender en las cuerdas del barco como si estuviesen secándose.
Los dos barcos se aproximaron, casi de frente. Rivaverde se colocó en la proa y volví a maravillarme de su capacidad para mantenerse en el sitio a pesar del vaivén de las olas. Cuando estuvimos a un centenar de metros de la otra barcaza alzó la mano en un saludo. Del otro lado vimos a alguien saludando también, era un gnomo que parecía joven. Vestía en tonos azules, la típica ropa ancha y el chaleco. Estaba subido a la borda agarrado a las cuerdas mirando hacia nosotros.
– Somos la Dama del Agua. Sin problemas a bordo – gritaron.
– Somos el Viento Bueno. Sin problemas a bordo – respondió Rivaverde.
– Bien hallados, Viento Bueno
– Bien hallados, Dama del Agua.
Nos pasamos a unos cincuenta metros. Pude ver a dos gnomos más en la cubierta observándonos.
– ¿Hacia dónde os dirigís? – gritó el gnomo desde el otro barco.
– Hacia Aguas Rápidas – respondió Rivaverde.
– Punta Eren está precioso en esta época del año.
Me resultó muy extraño ese comentario que parecía jocoso.
– ¿Qué tal los negocios por Punta Eren?
– Están contratando personal entre las barcazas gnomas.
En ese momento otro gnomo salió a cubierta con lo que parecía un mantel, y se puso a sacudirlo por la borda. Saludó con la mano a nuestro barco mientras nos cruzábamos.
– Gracias, Dama del Agua. Buen viaje.
– Buen viaje, Viento Bueno.
En cuanto el barco nos sobrepasó, Rivaverde volvió hacia nosotros con gesto preocupado.
– ¡Mierda! – dijo Pequeña Nutria.
– Esto complica mucho las cosas – comentó Rivaverde.
Yo no sabía de qué hablaban.
– ¿Qué ocurre?
Dulzagua nos lo explicó
– Han dicho que en Punta Eren están registrando todos los barcos. Buscan a alguien y están poniendo mucho esfuerzo en ello.
Todos miraron hacia Rivaverde.
– ¿Qué hacemos tío?
– Deberíamos quizás cancelar el plan – propuso Lavina –, y buscar otra ruta.
Rivaverde negó.
– Nos llevaría demasiado tiempo, y probablemente los encuentren antes que nosotros.
– ¿Qué hacemos pues?
Rivaverde me miró a mí.
– Cambio de planes. Vamos a transportar a una Legado.
Los gnomos nunca dejaban de sorprenderme con su creatividad, su compenetración y su atrevimiento. Pequeñas criaturas incapaces de combatir contra un enemigo tan grande, pero aún así haciéndole frente a escondidas en cada pequeño detalle de sus vidas.
Dulzagua movió los sacos que se acumulaban en la despensa y sacó a la sala común uno en concreto. Lo abrió y de dentro sacó un símbolo sagrado de Izrador y una túnica de legado. ¿Estábamos transportando eso entre la comida? Me quedé boquiabierta. Pequeña Nutria desplegó la prenda para mostrármela.
– ¿Qué te parece? – me preguntó.
– ¿De dónde habéis sacado esto?
– La fabriqué.
Observé la prenda. El material era correcto. Seguía el patrón de una túnica de legado. Se cosía en la parte central, pero dejando la abertura en forma de pico del cuello para ser sujetada con dos cierres, y también el corte típico hasta las rodillas para permitir el movimiento. Tenía el cuello levantado, un detalle de distinción solo reservado a legados de alto rango, y los puños de la manga cerrados con un añadido en forma de pico, otro detalle de sofisticación. Pero no llevaba ninguna joya ni borde de seda a lo largo de la parte delantera.
– ¿Qué usasteis como modelo?
Me respondió Dulzagua.
– La ropa de Cerano en una de sus apariciones públicas. Es el sumo Legado en Puerto Baden. Nos fijamos mucho en los detalles. Los apuntamos y dibujamos. ¿Crees que funcionará, Erisad?
– Está muy bien hecha –admití –. Pero si queremos que funcione, tenemos que modificarla. Si me disfrazo con esta túnica nos detectarán de inmediato.
– ¿Por qué?
La extendí sobre el suelo para señalarles los detalles.
– Este cuello levantado y estos puños, son un toque de distinción que solo llevan los legados de muy alto nivel jerárquico. Si me pongo esta túnica, con ese cuello levantado y esas mangas, tendremos una escolta acudiendo a la carrera en cuanto entremos en Punta Eren. Pero un legado importante no se dignaría a viajar en vuestro barco. Así que levantaríamos sospechas de inmediato.
– Quitar el cuello y modificar los puños – dijo Pequeña Nutria –. Bien, ¿qué más?
– Necesitamos unos cierres sobre el pecho y no pueden ser simples. Son un signo de distinción también. Un Legado elegirá coser el pecho de su túnica antes que llevar botones de simple madera. En Theros Obsidia muchos solían usar cuentas de ámbar rojo. Son piedras fáciles de encontrar allí. Muchos Legados poderosos hacen que les borden la parte frontal en hilo de calidad también.
– ¡No podremos hacer semejante bordado en tres días! – dijo Dulzagua.
– No hará falta. Voy a disfrazarme como alguien de baja jerarquía. Los Legados tan solo prestan atención a los que están por encima de ellos, y lo que deseamos es pasar desapercibidos.
Tomé el signo sagrado de Izrador y lo coloqué sobre el pecho de la túnica.
– El símbolo sagrado es para que la gente común reconozca a un Legado en cuanto lo vea y lo teman y respeten. Pero las señales dentro de la orden para distinguir a impostores son más sutiles como podéis ver.
– Podemos modificarlo, no es muy difícil – dijo Pequeña Nutria.
– Pero hay algo todavía más importante – añadí.
Me puse en pie y me coloqué la túnica delante, calibrando el tamaño.
– Me tiene que encajar perfectamente. Nada levanta más sospechas que una túnica que no haya sido ajustada a quien la lleva. Podrías haberla robado de un cadáver para suplantarlo.
– Tiene lógica – comentó Rivaverde.
– Pues como engorden, tienen un problema – dijo Lavina.
– Sí. Muchos Legados a rehuyen de la bollería para no tener que ajustar sus túnicas. Lo disfrazan de respeto y frugalidad... pero se mueren por una galleta.
Los gnomos rieron y Lavina resopló despectivamente.
– ¡Vaya vida más triste!
Pequeña Nutria tomó la prenda.
– Quitar el cuello, modificar los puños, ajustarla a tus formas y ponerle dos cierres en tonos rojos a los lados del cuello.
– Exacto.
Rivaverde asintió.
– Erisad, me encantaría que ayudases a mi sobrino a darle a tu traje de Legado un aspecto perfecto, no escatimes en detalles.
Asentí.
– También sería conveniente disfrazar el Viento Bueno. Resultará mucho más convincente tener un espacio privado para su alteza si nos van a registrar. Dulzagua y Lavina, ¿creéis que podési hacerlo?
– Sin problema capitán.
Rivaverde nos miró a todos.
– Las fuerzas de Izrador se han movilizado en la zona. Es muy probable que estén buscando a la misma gente que nosotros. Vamos a cruzar, delante de sus narices, y sacar a quien sea que nos mandan buscar de ahí. Vamos a demostrarles que no pelean solos.
Todos asintieron con determinación y yo entí que a, pesar del miedo, le estaba devolviendo la mirada al enemigo y preparándome para morder. Ese fue el preciso momento en que dejé de huir, y empecé a combatir.
