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Capitulo 15
Cuando la comitiva partió, Candy iba sentada junto a su hermana en un carro. Odiaba viajar así, pero debía hacerlo si quería acompañarla. Desde la enorme puerta del castillo, su padre, junto a Karen y el pequeño John, les tiró un beso con la mano y tanto Patty como Candy hicieron ademán de cogerlo y luego se llevaron la mano al corazón. Aquella despedida era algo muy de ellos. Algo que su padre hacía desde que eran pequeñas. Acto seguido, las dos jóvenes les mandaron también un beso y esta vez fueron Karen y su padre quienes lo cogieron y se lo llevaron al corazón.
Cuando los perdieron de vista, observó que George había atado su yegua al carro. Deseaba acercarse a ella y susurrarle al oído cuánto la quería, pero estando Patty cerca de ella no podía.
Debería esperar a otro momento.
Albert, al ver a aquel animal que ya había visto anteriormente, le preguntó a George:
—¿Y esa yegua?
El hombre, sin saber nada de lo ocurrido, lo miró y respondió sin darle mayor importancia:
—Siempre llevamos una montura de reserva por si la necesitamos.
Ardley asintió, mientras veía cómo los hermanos Shepard la observaban y cuchicheaban. ¿Qué ocurría con ellos?
—Karen no está bien, Patty, algo le ocurre —dijo Candy a su hermana.
—Lo sé. He intentado hablar con ella, pero ya sabes cómo es.
—Sí, ya sé cómo es —afirmó Candy y, apenada, añadió—: Ayer, cuando se fue Jesse Leagan con sus hombres, Karrn salió a la puerta con el niño para despedirse de él. Sufre por amor. Lo sé sin que ella me lo diga.
Patty asintió con la cabeza.
—Tendría que haberse casado con él y no con su hermano. Estoy convencida de que ese Neall no le da buena vida.
—El otro día le descubrí un tremendo golpe en el brazo —le explicó Candy— y fue Neall, aunque lo exculpó.
—¿Qué? —preguntó Patty, sorprendida.
—Lo que oyes.
—¡Dios santo! —susurró su hermana, horrorizada.
Tras un breve silencio lleno de preocupación, Candy preguntó:
—¿Karen se ha sincerado contigo y te ha dicho por qué se casó con ese animal?
Patty negó con la cabeza y respondió:
—He intentado hablarlo con ella mil veces, como todos, pero se limita a decir que lo hizo por amor.
—¡Por amor!
Patty asintió y su hermana menor murmuró:
—Por amor se sufre. Como papá y como tú. Sin duda, el amor es sufrimiento.
—No digas eso, Candy —replicó Patty—. El amor es un sentimiento bonito y maravilloso que alegra tus días y…
—Y que cuando falta o no es correspondido te arruina la vida—concluyó Candy.
Con una candorosa sonrisa, Patty acarició el rostro de su hermana pequeña y dijo:
—El amor fue lo que hizo que nuestros padres se unieran, vivieran felices en Caerlaverock y, posteriormente, naciéramos nosotras. No dudo que padre lleva años sufriendo por ese sentimiento, pero el amor también le ha dado tres hijas que lo quieren y lo idolatran.
—El amor te hizo sufrir a ti también cuando…
Sin dejarla acabar, Patty contestó:
—El amor me ha dejado bonitos recuerdos de Stear que atesoraré hasta que me muera y, aunque no lo creas, volvería a repetir mi historia con él mil veces más, sólo por experimentar lo que me hizo sentir cuando estábamos juntos.
Ambas se abrazaron con tristeza y, cuando se separaron, miraron el majestuoso castillo de Caerlaverock, ahora visible en la lejanía. Visto desde fuera, parecía poderoso, pero otra cosa era cuando se entraba en él. Aunque se lo veía limpio, estaba prácticamente vacío y muy maltrecho.
Cuando lo perdieron de vista de nuevo, ambas hermanas se acurrucaron en el carro, donde se quedaron dormidas hasta la hora de la comida, cuando George las despertó.
Con su ayuda, bajaron del carro y se sentaron en el suelo sobre un plaid. Albert y sus highlanders tomaron asiento frente a ellas y empezaron a comer y bromear.
Candy los observó divertida. Nunca había estado a solas con aquellos bárbaros y pronto pudo comprobar sus malos modales y la rudeza con que se trataban. Nada que ver con los hombres de su castillo.
En varias ocasiones, las miradas de Albert y ella coincidieron, pero ambos desviaron la vista rápidamente. Patty, que los observaba con disimulo tras una conversación que había mantenido con su padre sobre aquellos dos, se inquietó. ¿Había ocurrido algo entre el highlander y su hermana?
El comportamiento de aquellos le recordaba sus comienzos con Stear y, tras varias miradas furtivas por parte de ellos, Patty sonrió. Ojalá su padre tuviera razón y aquel poderoso laird se fijara en su hermana.
Acabada la comida, ella regresó al carro para rezar sus oraciones. Candy prefirió no acompañarla y decidió dar un paseo con Aston y Tom. Como toda una damisela, cogió a cada uno de un brazo y, al pasar junto a Albert, observó que éste la miraba con gesto de reproche. Lo saludó con un asentimiento de cabeza y él hizo lo propio.
Cuando se alejaron lo suficiente como para no ser oídos, Candy dijo:
—Deberíamos regresar lo más rápido posible y procurar que se vayan los Ardley. No me gusta que esos Murray ni ningún otro anden por el bosque.
—Tranquila, Candy —la calmó Tom—. Los Murray son amigos, ¿o acaso olvidas que es el clan de tu buena amiga Anny?
—¿Te dijeron si ella llegó bien?
Mientras Aston vigilaba que nadie se les acercase, Tom respondió:
—Sí. Josh Murray me comentó que estaba triste, pero bien.
—Pobre… —susurró Candy. Y, mirando hacia donde estaban los Ardley, preguntó—: ¿Qué pensáis de esos bárbaros?
Divertido, Aston se inclinó hacia ella y dijo:
—Lo que me gustaría saber es qué piensa Ardley de nosotros.
Los tres sonrieron y Candy cuchicheó:
—Cree que soy una promiscua y que tengo una relación amorosa con vosotros dos a la vez.
Los dos hermanos soltaron una carcajada que Albert oyó desde donde estaba. No podía apartar la vista de ellos y deseó saber de qué se reían. Tom, al ver que los observaba, afirmó:
—Lo que está claro es que algo de ti le atrae. No para de mirar.
Candy lo observó con disimulo y luego contestó:
—Quien le atrae es Hada. Se deshace en halagos al hablar de ella. Tendríais que oírle.
—¿Y por qué no le dices que eres tú?
Ella lo miró boquiabierta y Aston añadió:
—Un marido como ése es lo que necesitas, Candy. ¿No lo has pensado?
Molesta, se puso en jarras y replicó:
—Aston Shepard, ¿acaso has bebido?
Los dos hermanos sonrieron y ella gruñó:
—Pero ¿qué os pasa?
—No nos pasa nada —respondió Tom—. Simplemente, como amigos tuyos que somos, te decimos lo que pensamos. Y lo que pensamos desde hace tiempo es que deberías salir de Caerlaverock y comenzar una nueva vida. El otro día, padre nos comentó que tu padre le dijo que le gustaría verte lejos del castillo. Cada día es más peligroso vivir en él y…
—Oh, Dios mío… Papá me dijo a mí lo mismo.
—Candy —insistió Tom—, tu padre es consciente del deterioro de todo y del peligro que corres cada día que pasas allí. La gente teme vivir donde lo hacemos y se marcha. No puedes seguir trabajando en el campo como lo haces. ¡Es una locura! Debes marcharte de Caerlaverock y crear tu hogar.
—Mi hogar es Caerlaverock.
Ambos negaron con la cabeza y Tom repuso:
—Caerlaverock no es un hogar, Candy. Fue el de tus padres y de los míos, pero por desgracia nunca será ni el tuyo ni el nuestro. Todos debemos marcharnos de allí y…
—¿Os habéis vuelto locos?
Los jóvenes se miraron y Aston murmuró:
—Lo que hacemos, como encapuchados, ha de acabar. Hasta el momento hemos tenido suerte, pero…
—No digas tonterías —protestó la joven—. Debemos seguir defendiendo lo que es nuestro. Si cejamos en nuestro empeño el bosque se llenará de villanos y…
—Candy —la cortó Aston—, Tom y yo tenemos que decirte algo.
Sin saber de qué se trataba, por sus gestos lo intuyó y, mirándolos a los ojos, musitó, llevándose la mano a la boca:
—No… no… vosotros no, por favor.
—Escucha, Candy…
—No… ¡no quiero escucharos…! ¡No!
Sin poder evitarlo, se echó a llorar y Aston la abrazó para consolarla. Albert los vio desde lejos y le extrañó tanta confianza en público. ¿A qué venían esos abrazos? Sin quitarle la vista de encima, se acercó unos metros y vio cómo primero un hermano y luego el otro abrazaban a la joven.
Finalmente, dejando de llorar, Candy se separó de ellos y susurró:
—Vale… vale… ya se me ha pasado.
Ellos la miraron con tristeza y Tom dijo:
—Lo sentimos, Candy, pero en Caerlaverock no hay nada para nosotros.
Ella intentó comprenderlos. Tenían razón: allí no había trabajo, ni mujeres, ni nada que los animase a continuar; respondió:
—Lo entiendo… lo entiendo.
Asintió con calma, aunque quería llorar. Berrear. Gritar. Era desesperante lo que ocurría con su gente. Todos se marchaban en busca de nuevas oportunidades fuera de sus tierras. Ella misma lo haría de buena gana, pero no podía dejar a su padre ni a sus hermanas: ellos eran quienes la unían a aquella tierra. Preguntó:
—¿Cuándo os marcharéis?
—Pasadas las Navidades. Lo hemos hablado con padre y él lo comprende y nos anima a ir a Edimburgo.
De nuevo volvió a asentir. Ella también lo entendía e, intentando sonreír, dijo:
—Necesito unos minutos a solas, ¿os importa?
Los dos jóvenes asintieron, pero antes de alejarse, Aston susurró:
—Lo siento, Candy. Espero que nos perdones.
Emocionada, ella se lanzó a sus brazos y contestó:
—No hay nada que perdonar, pero prometedme que cuando vaya a Edimburgo para cualquier cosa, nos veremos y seguiremos con nuestra buena amistad.
Ellos sonrieron y, tras darles un casto beso en la mejilla, Candy se alejó. Necesitaba unos minutos de calma.
Sin mirar atrás, caminó unos metros y, cuando vio una roca grande, la rodeó, se sentó en el suelo y apoyó la espalda en ella. En ese instante, los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas, pero esta vez de verdad y, encogiendo las piernas, posó la cabeza sobre las rodillas y lloró. Lo hizo con ganas, con necesidad. La furia le revolvió las tripas. Nada salía nunca bien. Todo el mundo se marchaba y eso la consumía.
—¿Llorando? ¡Qué novedad! —oyó de pronto.
No miró ni se movió. Sabía de quién era aquella voz.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Albert.
—Nada.
—Vamos, torpona —musitó él con cariño—. ¿Qué pasa?
Candy levantó la cabeza y siseó:
—¡Vete! Lárgate. Quiero estar sola.
Él no se movió del sitio, sino que se puso de cuclillas ante ella y murmuró:
—¿Por qué lloras con tanta pena?
—Porque soy una llorona y una torpe, ¡ya lo sabes!
Albert esbozó una sonrisa. Sin duda era lo que ella decía, pero la pena que era evidente que sentía debía de tener un porqué y quería saberlo.
Con mimo, le cogió la barbilla para mirarla y vio su chichón. Sonrió. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto. Estaba preciosa cuando lloraba e, intentando hacerla sonreír, dijo:
—Anda, sonríe. Eres más bonita cuando lo haces, a pesar de ese chichón.
Al escucharlo, el semblante se le contrajo y volvió a llorar. No podía parar. Boquiabierto, Albert la miró. ¿Cómo podía llorar tras recibir un piropo?
Ella ocultó la cara contra las piernas. Era humillante berrear así delante de aquel hombre. Mostrar su verdadera debilidad era algo que nunca le había gustado y en ese instante lo estaba haciendo.
Durante varios segundos, un desconcertado Albert no supo qué hacer, hasta que decidió tomar cartas en el asunto, se sentó a su lado y, pasando los brazos alrededor del cuerpo de ella, la izó y la sentó sobre sus piernas.
—Suéltame —exigió Candy entre hipidos.
—No. No hasta que dejes de llorar.
Quiso resistirse, pero al ver que era inútil luchar contra su fuerza, desistió.
—Cuéntame qué te pasa —insistió él en su oído, con voz ronca.
Limpiándose las lágrimas con rabia con las mangas del vestido, respondió, intentando entender aquel momento suyo de tonta debilidad:
—No me pasa nada.
—Mientes, preciosa. ¿Tus enamorados te han dicho o hecho algo que te ha incomodado?
—No son mis enamorados —replicó Candy—. Aston y Tom son dos buenos amigos, nada más.
Y, de un ágil salto, que sorprendió a Albert, se levantó y se alejó a grandes pasos.
No quería hablar ni con él ni con nadie.
CONTINUARA
