El infierno está todo en esta palabra: soledad.
Víctor Hugo.
- Me iré de París por unos días. – William asintió, sentándose en uno de los sofás del cuarto de Hans en la mansión de Oscar. – Solo quería que lo supieras.
- ¿Irá Oscar?
- No, tiene que viajar a Bélgica. – Murmuró con un dejo de decepción.
- Bélgica ¿eh?
- Sí.
- Hans, ¿te puedo hacer una pregunta? – El conde asintió. - ¿No has notado que Oscar es un poco…diferente?
- ¿Diferente? ¿Diferente cómo?
- Pues no parece un hombre normal, sé que hay hombres de rasgos finos y que hay otros que son muy delgados, pero Oscar es demasiado parecido a una mujer. – Hans frunció el ceño, no entendiendo muy bien a que se refería el inspector.
- No lo sé, aunque me sienta atraído por él y reconozca que se ve muy femenino, no puedo pensar realmente en él como una mujer, aunque he imaginado su rostro en un cuerpo femenino. – Se mordió el labio inferior, sentándose en su cama mientras miraba el suelo de la habitación. – Pero eso es imposible, él tiene una hija.
- Sí, la pelirroja, ¿Cuántos años tiene?
- Creo que dieciocho.
- ¿Y Oscar que edad tiene?
- No estoy muy seguro, pero creo recordar que André dijo que era menor que él por un año, no sé¿27? ¿28 años?
- ¡Vaya semental! Tuvo a su hija a los diez años.
- ¿Qué quieres decir?
- Qué eres un idiota, mi querido amigo y que Olive ahora debe estar riéndose de ti. – Contestó, levantándose de su asiento. – Tengo que irme, debo leer unos reportes sobre el Lirio de París, que la pases bien en donde tengas que ir.
- Périgord.
- ¿Qué?
- Voy a Périgord y después a Marsella.
- Entonces, felices vacaciones, Lord Fersen . – Dijo William con tono jocoso, acercándose al hombre de ojos grises para darle un leve golpe en el hombro. – Nos veremos cuando vuelvas y, quizá, al fin encuentres a tu esposa.
- Dios te oiga, Will, dios te oiga.
Julie paseó su lengua sobre sus dientes, apretando levemente los labios mientras André daba las últimas indicaciones a Étienne sobre el mantenimiento de la casa mientras los dueños no estaban, Alain detrás de ella con Diane colgada de su brazo.
- Tío, el tren a Bergerac no nos va a esperar.
- Solo a mí se me ocurre hacer reservaciones en el tren equivocado y no poder cambiarlas a tiempo.
- Si, pero lo bueno es que Périgord no esta a más de media jornada de Bergerac, aunque tenemos que llegar a Périgueux para luego ir a Nontron y de ahí al castillo de tía Nicoletta.
- Es un viaje bonito, no es la primera vez que me pasa esto, Julie, cuando tu abuela estaba viva me la pasaba en Bergerac al lado de la estatua de Cyrano.
- Si, pero no tenías a Madame la Duchesse para que te apresurara con tus tareas ni tus visitas. – Se dio la vuelta para subir al coche, ignorando de forma deliberada a Alain y a su hermana.
- Odio cuando tienes razón, mocosa. – Miró a lord Fersen, haciendo un leve movimiento de cabeza para que hubiese al coche con los otros dos invitados.
- ¿Monsieur de Jarjayes no se despedirá de nosotros? – Julie asomó la cabeza fuera del coche, riendo levemente.
- ¡Oscar es hermano de las gallinas! – Exclamó André de forma graciosa.
- Papá se fue temprano, el viaje a Bélgica es largo y no quería perder el tiempo, por eso se despidió de nosotros anoche, Lord Fersen. – Hans enrojeció, agachando la cabeza. Oscar no se había despedido de él.
- Por lo menos habrá cosas bonitas que mirar mientras viajamos. – Susurró Alain mientras subía al coche, sentándose al lado de Julie, quedando entremedio de la chica y Diane.
Los últimos dos pasajeros subieron también, Paul espoloneando a los caballos para que comenzaran su trote hasta la estación de París.
Ya en el tren, se ubicaron en una cabina privada bastante amplia, donde Julie volvió a sentarse con Alain cerca de la ventana para mirar como dejaban la ciudad con rumbo al sur mientras André abría un periódico y Diane se concentraba en un libro, Hans frunciendo el ceño mientras observaba por la ventanilla que daba al pasillo, recriminándose el mal lugar que le habían dado, además de no tener a mano sus cosas que estaban en el vagón destinado al equipaje de los pasajeros.
- ¿Cuánto es hasta Bergerac?
- Unas cuatro horas si tenemos suerte.
- ¿Si tenemos suerte? – Dijo molesto Hans mientras Alain tomaba de forma disimulada la mano de Julie, suspirando levemente, sintiendo el calor de su piel, recordando levemente que jamás había sentido tal comodidad al lado de una mujer.
Julie también sonrió, ignorando la incomodidad del conde, lanzando de forma despreocupada un chal sobre su mano y la de Alain para que nadie sospechase lo que hacían. Se aclaró la garganta, mojándose levemente los labios.
- Dopo d'aver perduto il caro bene; saria grande il conforto, se si perdesse ancora la memoria funesta. – Hans levantó la cabeza, mirando a la joven que cantaba.
- Julie fue educada en la corte rusa, debería ver como se llenaba la casa de mi tía en San Petersburgo cuando ella se ponía a cantar, Lord Fersen. – Dijo André . – Tiene talento y encanto, aunque también el alma de una guerrera.
- ¿Es italiano?
- Sí, a Julie le gusta más que el francés, en Rusia nos sentíamos como en casa, la corte hablaba solo en nuestro idioma.
- …pietà del mio dolor. – El tono triste removió las entrañas del conde, reconociendo la canción que alguna vez había escuchado en compañía de su madre en un teatro en Londres, Il Parnasso in festa, una obra vieja sobre Peleo y Tetis donde aparecía Orfeo pidiendo piedad por la reciente perdida de su amada Eurídice. No pudo evitar sentirse identificado, él, como Orfeo, había ido a buscar a su esposa desaparecida, con la diferencia que Orfeo se había mantenido fiel a su amor y él…él estaba al borde de la locura.
- Canta algo más alegre, no creo que quieras que todos nos enfermemos de melancolía con tu voz de sirena, mocosa. – Julie cerró la boca, apretando la mano de Alain por debajo del chal.
- Libiamo, libiamo ne'lieti calici, Che la belleza infiora., E la fuggevol ora s'inebrii, A voluttà.
- Ah, la Traviatta, mucho mejor, aunque me gusta más Rigoletto, pero recuerdo que odiaste la canción del Duque de Mantua, aunque no mentía, las mujeres son como el viento.
- Mejor guarde silencio, André , o veremos que tanto espíritu guerrero tiene Madeimoselle Julie. – Se escuchó la voz de Alain, quien so miró de forma divertida como la mirada de la joven pelirroja parecía echar chispas, lista para saltar sobre la yugular de su tío.
- Es como mi primo, demasiado visceral.
Finalmente, después de casi un día de viaje, el último coche que habían alquilado en Nontron se detenía frente a un impresionante castillo de piedra, numerosos sirvientes acercándose para poder ayudar a los invitados a bajar su equipaje y llevarlo hacia el interior de la construcción directo a los apartamentos que habían sido preparados para ellos.
André pagó al cochero, quien se alejó silbando una alegre cancioncilla sobre lo bueno que era el vino, Julie adelantándose al grupo para entrar al castillo cuyas piedras anaranjadas comenzaban a tornarse rojas por la luz del atardecer.
Hans siguió a sus compañeros de viaje como un autómata, recordando de repente las palabras de William ¿Olive se estaba riendo de él? ¿Cómo si no se habían visto en diez años y aun no movía un dedo para encontrarla?
Apenas levantó la vista, aún confundido con las palabras que Will le había dicho antes de partir a Périgord.
Escuchó pasos rápidos, asustándose cuando un grito agudo llegó a sus oídos.
- ¡Mia cara nipote! (¡Mi querida sobrina!) - ¿Eso era italiano? Miró a la mujer que estaba frente a él. ¡No tenía rostro! O sí, pero estaba oculto con una gruesa máscara de carnaval blanca.
La mujer corrió hacía Julie, estirando sus brazos para apretar a la muchacha en un abrazo, Hans fijándose en la ropa que llevaba; un vestido amplio de seda negra y un tocado sobre lo que parecía una peluca de color dorado.
Parecía que venía de un carnaval.
