La muerte danza por el prado XVII

El canto de los gallos resonó en sus sueños, atrayéndola nuevamente a la agotadora realidad, se abrazó con más fuerza intentando inútilmente alargar el momento en que tendría que dar por terminado su descanso. La lista de las tareas matutinas se fue conformando en su cabeza: alimentar a las gallinas, buscar leña donde el señor Ota para cocinar (la consecuencia de no haberla recogido ella misma la noche anterior), tenía que remendar las zori de su hermano pequeño Gun y luego irse a los campos de arroz, gimió interiormente al verse a sí misma inclinada bajo el sol inclemente y el agua fangosa hasta las rodillas durante todo el día. Los gallos siguieron cacareando cada vez más alto dando por terminada su parloteo mental.

Trastabillando en la penumbra se acercó a una palangana en una esquina y sin meditarlo demasiado sumergió su cabeza un instante, el agua fría era la necesaria bofetada que necesitaba para despertarse, con las gotas chorreando por su cuello se acercó a su baúl, era la única posesión que le quedaba de sus difuntos padres, dentro guardaba sus kimonos y su escaso peculio.

Salió por fin de la cabaña masticando hojas de menta, se había vestido y trenzado el cabello, preparada ya para la jornada que le esperaba, el cielo aclaraba con lentitud, miro una última vez dentro, donde su hermano dormía acurrucado en el lugar que ella había dejado vacío. Era tan joven e indefenso. Recordó su lista de quehaceres, primero las gallinas…

La caminata de regreso a la cabaña fue agotadora, el peso de los troncos complicaba su andar, haciendo inestable los pasos de la joven aldeana, sus pies descalzos tanteaba el suelo irregular y el sudor se deslizaba por sus mejillas enrojecidas por el esfuerzo, entonces lo escucho, risas, pero no las que normalmente se asociaban a los críos, está en cambio era gruesa y perturbadora, de quien se ríe de algo perverso. Se quedó muy quieta escuchando con más cuidado, el sonido parecía rodearla, no venía de un punto definido, no comprendió que estaba temblando hasta que los leños se deslizaron de sus manos, rodando por el suelo fueron a caer en diferentes direcciones, pero ni la humana ni a su acechador les intereso su paradero final.

La mujer no espero que el propietario de esas carcajadas siniestras diera su rostro a conocer, la ventaja de ser huérfana es que conocía perfectamente lo vulnerable que era, sobre todo en una tierra donde los mercenarios y demonios vagaban con total libertad. Corrió por su vida, de su sobrevivencia dependía también la de Gun. No llegó lejos, unas monstruosas manos la aprisionaron.

― ¡No, no, nada de huir! Aun no estoy saciado ―gruñó, con el aliento pestilente directo en el rostro aterrorizado de su presa. Los yokais empezaron a emerger, entre la niebla de la mañana. De ahí el motivo que la humana no hubiera logrado determinar el origen de la risa, no era uno solo, si no cientos los que se mofaban.

El alboroto despertó Gun, quien se quedó unos instantes desconcertado por los gritos y las risas, pero su curiosidad pudo más que las constantes advertencias de su hermana sobre siempre esconderse si observaba algo extraño. Sujetando el viejo kimono de su difunto padre que utilizaba como manta, salió de la cabaña tallándose los ojos con sus pequeñas manitos en puños. En vano su hermana intento advertirle que huyera. Ya era muy tarde.

Miya no lograría hacer ninguna de sus obligaciones esa mañana, ni ninguna otra, no encendería el fuego para calentar la fría cabaña, tampoco remendaría los zori de Gun, no soportaría otra jornada en las plantaciones de arroz. Su sangre espesa manchó la brinza de carmesí, ante la horrorizada mirada del infante. El demonio se regocijó ante la fragancia del miedo, los gritos de los humanos se fueron propagando por toda la aldea, el calor del fuego caldeaba el ambiente. Para los yokais la juerga llevaba toda la noche, ese era después de todo el décimo caserío que arrasaba el ejército del Este.

El cielo se iba aclarando paulatinamente, mientras el daiyokai observaba como la luz creaba nuevas sombras en la silueta de Rin, desde su posición escuchaba su respiración pausada y la calidez que desprendía su cuerpo. En la soledad podía permitirse el demostrar su inquietud, la salud de su humana pendía de un fino hilo, y una parte de él lo aprisionaba a mantenerse a su lado, como si su sola presencia le transmitiera fuerzas, recordó el hechizo de la vieja bruja Hirasumi y la conexión que este había creado.

La estancia era una pequeña burbuja detenida en el tiempo, la guerra carecía de importancia, sin embargo era la calma que precedía a la tormenta, Sesshomaru tenía en claro que debía reunirse con sus generales y delimitar la ofensiva, Yuriko Kaemoru podía considerarse un cadáver, ella y todo el Este.

De su progenitor había aprendido lo peligroso que era dejar cabos sueltos, de haber matado a la yokai en su momento podría evitarse aquel enfrentamiento absolutamente molesto; el antiguo Sesshomaru, podría haber encontrado la batalla vigorizante para practicar sus habilidades, sin embargo ese daiyokai que una vez fue, no existía.

Rin se removió entre las sabanas lo que alejo de la mente del daiyokai cualquier estrategia de guerra, se levantó con agilidad y llegó junto a la joven en un parpadear. Su mirada que había adquirido un matiz peligroso, remitió a una inusual dulcificación de sus rasgos que tanta perturbación ya había causado entre sus súbditos.

Las manos por las que cientos de demonios habían perecido, fueron amables al sujetarla por los hombros y ayudarla a erguirse, el rostro de la humana se convulsiono por los ramalazos de dolor que se propagaban por su cuerpo, apretó los labios para evitar los quejidos de dolor. Sesshomaru se mantuvo estoico, aunque en su mente la muerte de sus enemigos se tornaba cada vez más siniestra.

Cuando estuvo erguida, Rin fue capaz de ver a su amo por primera vez aquella lúgubre mañana, la noche anterior ninguno de los dos había emitido palabra, sin embargo la joven entendía que era momento de salir del sopor y el hermetismo, contarle a su señor todo lo acontecido, podía intuir en su mirada penetrante, las preguntas que sus labios no formulaban.

―Mi señor ― susurro, en esa pequeña frase iba impresa toda su tristeza y desolación. Poco a poco a su mente iba rememorando, el rapto en su propio jardín, la experiencia en el campamento enemigo, las vejaciones de los yokais, el odio profundo de Yuriko y lo que tan cerca estuvo de hacerle el señor del Este.

No sabía que decirle, Sesshomaru se mantenía inmutable esperando una explicación, y ella simplemente era incapaz de hablar, como si decirlo fuese a darle más fuerza a su pesadilla, sentada entre las cálidas sabanas, sintiendo las manos protectoras de su señor, estaba a salvo, no quería exteriorizar lo ocurrido.

Además estaba lo acontecido con Yazumi, su extraña actitud e insistencia de ir al bosque, todo parecía indicar una trampa, era algo que había meditado mientras era retenida en aquel horrible lugar ¿Ayudaba al enemigo? Se preguntó con pesar, eso era más de lo que podría soportar.

―No me hicieron nada― dijo al final insegura, prefería guardarse todos sus temores. Sesshomaru la miro fijamente con esa frialdad que atemorizaba, sin mediar palabra y con absoluta destreza la levanto del futón, desato su yukata que se deslizo por su piel hasta el suelo. Su cuerpo expuesto dejo en evidencia el mapa de colores que era su piel, los golpes estaban marcados con saña, Rin lo miro con los ojos empañados en lágrimas que ya no podía reprimir, no fue necesario que su señor hablará, era obvio lo que deseaba señalar.

Sin poder objetar, relato a trompiscones todo lo acontecido desde que despertó en el campamento del Este, como Kaemoru la humilló y lastimó, con cierta torpeza evadió el rapto, esperaba hablar con Yazumi, tenía la certeza que tendría una razón para explicar lo ocurrido - ella no me ha traicionado-, se permitió pensar.

El daiyokai escucho sin emitir ni un sonido, su autodominio lograba mantener a raya los instintos más salvajes, Rin podía reconocer las pequeñas muestras de tensión pero nada más. Rememoro el momento que el señor del Este apareció con la esquelética yokai, y simplemente negó con la cabeza, no podía decirle aquello, el temor de ser depreciada era abrumador.

―Rin― amenazó al percibir su renuencia. Rin se mordió el labio, sintiendo las manos de su señor deslizándose por su brazo, llegando a las heridas de su brazo. Las heridas que le filtraron aquel veneno paralizante, los ojos escrutadores de Ishiro, su deseo perverso.

―Él, él quería tomarme, decía que solo era parte de la guerra, mancillar…― en sus ojos dorados brillo el tono rojizo y por un instante sus facciones empezaron a desdibujarse ― ¡No lo hizo!, Yuriko apareció y lo atacó―se apresuró añadir la joven.

La furia del daiyokai fue una ola silenciosa de poder, que alertó a todos los demonios del palacio, de tratarse de Inuyasha la joven humana estaba segura que simplemente habría estallado, el temperamento de su señor era completamente diferente, menos explosivo pero sin lugar a dudas mucho más letal.

―Estoy a salvo, usted me salvo ― aseguró con vehemencia casi consolándolo, Rin tenía miedo, miedo a que Sesshomaru no meditara sus acciones y decidiera hacer frente al ejercito del Este por sí solo, que se expusiera al peligro. Su señor pareció escucharla, sus ojos regresaron a la normalidad y su poder se controló. Las garras del daiyokai acariciaron con cuidado su rostro.

―Morirán Rin ― prometió, antes de tomar el yukata del suelo y ayudarla a vestirse. La culpabilidad, sentimiento desconocido para un ser como Sesshomaru se filtraba lentamente. Sus acciones habían expuesto a la humana demasiadas veces al peligro, era una secuencia de momentos arriesgados, donde la joven no solo resultó herida, sino que traspasó el delegado filo de la muerte. De poder estar en su mano, la habría regresado a la aldea de su medio hermano, sin embargo después de marcarla, no existía posibilidad alguna de ello. El pequeño latido en su interior, era la última sentencia.

― ¿Yazumi se encuentra bien? ―preguntó titubeante después de estar debidamente ataviada, deseaba hablar con la yokai, saber si todo era un mal entendido, si su señor sospechaba algo, no dudaría en aniquilar a la mujer sin darle oportunidad de explicarse.

El daiyokai no respondió, solo camino hasta las grandes puertas que daban hacia el jardín. ―Cuando termines, que te escolten al salón de guerra. ― la sorpresa pinto las facciones de la humana, pero asintió con presteza; el señor del Oeste no permitiría dejarla expuesta nuevamente.

Lealtad

Yazumi pensó que ingenuamente que siempre le sería leal a su señora Yumerei, que nada podría hacer flaquear su fidelidad, sin embargo después de siglos de servidumbre a los Inu, su lealtad había cambiado. Débil por las heridas que aún no terminaban de sanar y temblando ante la incuestionable realidad de su posición, envolvió nuevamente las hierbas trituradas que se disponía a utilizar.

No podía, simplemente era imposible que ella envenenara a los sirvientes del palacio, la magnitud de tal atrocidad la superaba. La anciana Koi que siempre estuvo ayudándola cuando no hallaba consuelo por la desgracia de su señora, los traviesos críos de la dócil hanyou Akiko, el voluntarioso Kentaro… ¡No, no podía matarlos! Ellos nada tenían que ver en la venganza de su señora.

Una yokai como Yazumi entendía la guerra, la muerte de los soldados aunque trágica era necesaria, quienes murieran lo harían luchando, como debía perecer un guerrero. Morir por el degradante veneno en su momento más vulnerable, simplemente era deshonroso. Por eso cuando lanzo al fuego el envoltorio que le había sido entregado personalmente por su ama, comprendió que estaba dando el paso final para romper sus lazos con el clan Getsuni, con su antigua vida, ella era ahora el enemigo.

Salió de las cocinas con determinación, caminando por el infinito entarimado de madera, ordenaba a los sirvientes que limpiaran o dispusieran de más lugares para guardar las provisiones. Los lacayos cumplían sus mandatos sin rechistar, después de todo tenia siglos encargándose del palacio del Oeste, conocía hasta el último rincón de aquel inmenso lugar, habitaciones, pasadizos, cocinas, mazmorras, todo, era su hogar. En su mente el palacio Getsuni donde una vez vivió, no representaba más que recuerdos vagos.

Un arreglo de flores capto la atención de Yazumi, una bella composición de geranios y hortensias, no tenía que pensar mucho para saber quién era la creadora, Rin. Imprudente y jovial, solo una humana ingenua podría haber accedido vivir dentro de un palacio yokai e intentar ganar el cariño de estos despreciables seres, tan, tan inocente su señora. Ella misma la había tratado con aspereza, afirmó con cierta melancolía y Rin destruyo esas barreras, se adentró en su corazón e hizo trinchera, como con Sesshomaru. Si logro derrumbar la frialdad de un daiyokai como su amo, ¿Qué posibilidades tenia Yazumi de evitar caer en sus redes? Ninguna.

La yokai exhalo con resignación, no dejaba de pensar lo mismo una y otra vez, sus divagaciones la llevaba a la misma conclusión, su fidelidad estaba seriamente comprometida, la culpabilidad que sintió al entregar a Rin y su alivio al verla de regreso sana y salva aunque eso fuera su sentencia, le había abierto los ojos. Ya no existía forma alguna de retractarse, solo quedaba esperar. Tarde o temprano su antigua señora haría aparición y comprendería que sus lealtades habían cambiado.

―La señora Rin pide su presencia ― informó uno de los guardias privados de la joven ama. El peligro de tener dos amos, es que tarde o temprano terminaba traicionando a uno de ellos. Yazumi se las había arreglado para fallarle a los dos. Y ahora Rin ya exigía verla, resultaba muy tonto pensar que la humana no percibiría lo extraño de su rapto.

―Iré apenas mis obligaciones hayan concluido ―respondió evasiva, el guardia no dio muestras de obligarla a presentarse inmediatamente, así que ella siguió su camino, con la lúgubre certeza de que su final se acercaba.

Inuyasha disfrutaba comer papas, no importaba su presentación ya fueran asadas, fritas o horneadas, como la madre de Kagome quisiera cocinarlas él las comería gustoso. Esa tarde era una torre de papas fritas, acompañadas de un recipiente con salsa de tomate, sin embargo aunque la mezcla le gustaba especialmente no lo agarro, la única vez que intento abrir el frasco infernal terminó clavándole las garras y machando todo el tatami del salón, Kagome se había puesto furiosa. Así que nada de salsa de tomate para él.

― ¿Inuyasha estás listo? ― interrogó Kagome desde las escaleras. Bufó, Kagome siempre le preguntaba eso, cuando era ella quien no paraba de dar vueltas por la casa recogiendo cosas o hablando con el objeto de metal ¿Cómo se llamaba? Pelefono. Era inútil contestarle, así que siguió devorando su tercera ración de papas.

El inuyokai miro con evidente ternura a su pequeña cría, que dormía plácidamente entre su kimono de ratas de fuego. Sonrió al recordar el estupor de la familia de Kagome cuando vieron por primera vez donde dormía su pequeña y sus vanos intentos para lograr que durmiera en los raros objetos de su mundo.

Para una familia moderna permitir que una bebé descansara envuelta en un kimono fabricado con el pelo de ratas (que fueran demoníacas no lo hacía más agradable) y por añadidura dicha prenda hubiera estado expuesta a sudor, sangre y demás fluidos de cientos de malignos yokais, la convertía sin lugar a dudas en inaceptable. Sin escuchar las explicaciones de Inuyasha, la madre de Kagome le compro una canastilla a su nieta, sin embargo la pequeña hanyou no paraba de llorar y arrugar la nariz cuando se veía aprisionaba en semejante nido, al final a regañadientes aceptaron la aplastante realidad, Himeko amaba dormir entre la áspera túnica roja de su progenitor. Inuyasha se mostró especialmente satisfecho.

Después de varias horas, que Inuyasha disfruto con la inagotable comida del futuro y la presencia de su cría, lograron partir del hogar Higurashi. Kagome con su hija ceñida en sus brazos e Inuyasha cargando una gigantesca mochila amarilla, que ya no se daba abasto con todo lo que contenía en su interior. Souta los acompaño hasta el pozo para poder disfrutar unos minutos más con su sobrina, a quien le hacía morisquetas para entretenerla.

La luz del crepúsculo iluminaba tenuemente el interior del pozo cuando regresaron al pasado. Inuyasha envolvió protectoramente a su familia y salto hacia el bosque, aunque un olor nauseabundo los alertó. Pidiéndole a Kagome que se mantuviera alejada, se acercó a verificar de dónde provenía el hedor.

Con los ojos abiertos, fijos en un cielo que ya no podía admirar, yacía sobre la hojarasca un demonio vestido de colores oscuros. Lo único que daba color era la herida abierta que dejaba a la vista todos los órganos de su abdomen donde moscas y demás bicho empezaban hacer nido.

― Un soldado de Sesshomaru, pero… ―dijo Kagome a sus espaldas, sobresaltando a Inuyasha ― ¡Es un mensajero!

― ¡No te dije que te mantuvieras alejada! ―gruñó molesto.

―Es el mismo yokai que nos trajo el primer mensaje de Rin. ¿Crees que estuviera esperándonos? ― meditó sin prestar atención a los reclamos del hanyou.

―Feh, yo que sé, vámonos.

―Inuyasha revísalo, tal vez tenga alguna carta de Rin― riñó Kagome, con renuencia Inuyasha se arrodillo ante el cuerpo mutilado, buscando en los dobleces del kimono, para su satisfacción no tardó mucho en dar con el paquete.

―Todo tuyo―rezongó entregándole un fajo de pergaminos.

―Rin había dicho que el Oeste estaba en guerra, ahora aparece un mensajero de Sesshomaru muerto, puede que…―se detuvo abruptamente de sus conjeturas, ante la revelación del peligro ― ¡Inuyasha la aldea! ¡Los enemigos de tu hermano han venido por nosotros!

La mochila amarilla quedo olvidada, la sacerdotisa se subió a la espalda del hanyou con cuidado de no lastimar a su pequeña.

La aldea los recibió con el olor a muerte y humo flotando en el ambiente. Una barrera espiritual ocultaba de su vista el centro de la aldea, lo demás era un amasijo de madera humeante, lo que quedaba después de un fuego arrasador y los cadáveres de demonios esparcidos por el terreno desigual.

― ¡Por fin llegan! ― la voz de Sango sobresalto a los dos recién llegados.

― ¿Qué paso aquí? ― preguntó Kagome, escudriñando a su vez las heridas de la exterminadora con evidente preocupación.

―Nos atacaron a medianoche. Demonios débiles en su mayoría, pero nos superaban en número. ―Miroku se encargó de mantener el campo de fuerza cuando era evidente que nos tenían rodeados.

―Lo sentimos, de haber llegado antes…― intento excusarse Kagome. A su lado Inuyasha olfateaba el ambiente.

―No, no tendrían formar de saber lo que estaba ocurriendo. Nadie está herido de gravedad, pero la aldea… ― sollozo desolada ante la evidente destrucción de su hogar.

Inuyasha que se había mantenido en silencio escuchando el relato y examinando el panorama, se puso alerta de inmediato al sentir la presencia del enemigo. ― ¡Deprisa vayan con Miroku! ― rugió, mirando a todas direcciones con la espada desenvainada. Las mujeres no dudaron en adentrarse en el campo de fuerzas.

No paso mucho tiempo cuando un demonio hebi hizo aparición, su aspecto humanoide y su piel cubierta de escamas, resultaba en una mezcla repugnante, era claramente el adversario de mayor poder de los que se habían presentado en la aldea.

―Sabíamos que tarde o temprano aparecerías Inuyashaaa ― siseó, sus grandes ojos hipnóticos no perdían detalle, midiendo la fuerza de su adversario. ―Enviamos a la escoria a tantear el terreno, y ahora ha llegado el plato fuerte.

Desde los arboles aparecieron tres demonios más, todos con rasgos de reptil, envueltos en la fetidez de la muerte. ―No pudimos resistir la tentación de comer carne fresca en el camino. Se nos privó el placer de atacar el palacio del Oeste, pero nos han dado la libertad de descargar nuestra sed de sangre en el híbrido ―explicó uno de los recién llegados, mientras se quitaba trozos de carne de las garras.

―Hemos escuchado mucho de ti hanyou, espero que no nos decepciones…― espetó el último, preparándose para atacar.

―Hablan demasiado para lo poco que hacen― gruñó Inuyasha harto de tanta palabrería. Los tres yokais aunque fuertes en conjunto, no resultaban una amenaza ante su poder, sin embargo le inquietaba que quisieran retomar el ataque contra la aldea, miro hacia la barrera con nerviosismo, quería asegurarse que siguiera en su lugar.

―No te preocupes por ellos ― se burló uno de los demonios al seguir el camino de su mirada ―Dentro de poco tu hembra y tu cría, serán nuestro alimento…― el yokai no pudo terminar su frase, el hanyou se abalanzó sobre él lleno de ira, Tessaiga desgarro en una sola estocada la mitad de su cuerpo.

Inuyasha podía soportar con indiferencia amenazas de toda índole sobre su persona, pero cuando estas iban dirigidas a su preciada familia, su escasa paciencia se desvanecía, y lo único que anhelaba era acabar con él enemigo. Eso fue exactamente lo que hizo. Fue una contienda breve, al dejar fuera de combate al primer contrincante, los otros dos se abalanzaron en conjunto y cayeron con la misma facilidad.

Hacía mucho tiempo que el hanyou no encontraba enemigos que pudieran igualar su poder. Vislumbro la melena de Kagome y su fragancia fue el soplo de aire fresco que necesitaba. ― ¿Inuyasha estás herido? ― pregunto nerviosa su compañera.

―Claro que no, tonta― Himeko se removía inquieta en brazos de su madre, alzando sus manitas hacia Inuyasha como si ella también quisiera asegurarse que su padre se encontrara bien. Este la abrazo contra su pecho protectoramente ― No permitiría que nada les pasará.

―El Oeste debe estar en peligro. Desde que Sesshomaru tomo el control de estas tierras, no se habían vistos ataques tan organizados ―hablo Miroku, su andar era lento, evidencia de que estaba agotado después de mantener la barrera espiritual por tanto tiempo. ― ¿Deberíamos ir a ayudarlos?

― ¿Ayudar a Sesshomaru?

― Es tu hermano después de todo, y Rin ahora es la señora del Oeste.

― ¡Feh! Bajo mi cadáver permitiré exponerlas a una guerra, menos para salvarle el pellejo al engreído de… ― el hanyou enmudeció al percibir la amenazadora mirada de su compañera ― ¿Qué quieres que haga mujer?

―Ve con tu hermano, yo puedo cuidarme sola ― sentenció.

―Kagome tiene razón, nosotros las protegeremos ―acotó Sango con seguridad.

― O puede regresar a su época, es más seguro―añadió Miroku sabiamente. Con todos en su contra, Inuyasha accedió a regañadientes. Kagome apretó los labios inconforme, pero dispuesta regresar a su época para mantener resguardada a su pequeña.

―Está bien, está bien. Iré al Oeste. Aunque seguro Sesshomaru no apreciara mi ayuda, es un imbécil después de todo.

Las habitaciones de los señores del Oeste, eran las áreas más hermosas y cuidadas del palacio, decenas de árboles de sauce llorón, frondosos arbustos de flores y un estanque que bordeaba la larga pasarela del palacio, que era mantenido día a día cristalino, en las mañanas se podían apreciar los peces koi nadar apacibles y en las noches las luciérnagas volaban zigzagueantes creando un ambiente cautivador.

Los demonios encargados de resguardar la seguridad de Rin, se mantenían alertas frente al hermoso jardín, sus finos sentidos les permitía escuchar con facilidad la respiración de la humana, mucho más alejado el entrechocar de espadas, era sencillo deducir que los entrenamientos habían sido intensificados y si esforzaban por mucho tiempo percibían la vibración de la tierra pisoteada por miles de yokais del Este. La guerra estaba tan cerca.

La llegada de Yazumi no resulto ninguna sorpresa, la yokai saludo con un simple asentimiento de cabeza y se adentró a la habitación sin mayor protocolo, por un momento fugaz pensó que sería muy sencillo acabar con la vida del ama si lo deseara, huir no supondría gran reto y su existencia con el Este comenzaría.

Ver nuevamente a Rin solo reafirmo su posición, la quería, tanto como para dar su vida por la de ella. La joven se veía claramente desaliñada, el kimono que lucía no terminaba de ajustarse adecuadamente a su figura. Una chispa de temor brillaba en sus ojos oscuros y sus manos no dejaban de apretar las mangas de su traje. No podía juzgar su desconfianza.

―Mi señora― comenzó con voz pausada, manteniendo una distancia prudencial ― ¿Cómo se encuentra?

―No lo sé, sigo pensando que todo fue una pesadilla― explicó caminando por la habitación claramente alterada ―Todo ocurrió tan deprisa, en un momento estábamos caminando por el bosque y luego esos… esos yoakis ¿Qué ocurrió realmente Yazumi?

Su mirada era suplicante, parecía gritar que no la traicionara, su pequeña señora quería confiar en ella. La yokai se acercó con prudencia, como quien se aproxima a un animal herido.

―Hay mucho que debo contarle― se sinceró ―Lo mejor es que se siente y me escuche, quiero que lo entienda todo― a pesar de su clara desconfianza, la joven asintió y se acurruco entre los almohadones dispuesta a escucharla, y por primera vez su sierva confió sus secretos.

Una pequeña cuadrilla del ejercito de Yuriko se apostaba en las profundidades del bosque de bambú, envueltos por el olor penetrante del ajin que servía de camuflaje para sus efluvios. Eran una docena de los más escurridizos demonios, todos poderosos fijos en una misión clara, aniquilar a los generales del Oeste y todo sirviente que tuviera el infortunio de atravesarse en su camino.

Una horda de yokais no representaría peligro alguno sin nadie que les comandara, Sesshomaru era un adversario temible y letal, pero su arrogancia y preparación era totalmente en solitario, su punto fuerte nada tenía que ver con el comandar tropas. Y el Este se encargaría de aniquilar a las cabecillas del ejército. Les arrancaría su disciplina y sin ella no serían más que una muchedumbre sin rumbo.

Fue dirigiendo en silencio los puntos por los atacarían, todos asentían desde las ramas en las que se bamboleaban, mirándose unos a otros con seguridad, era sin lugar a dudas una intromisión casi suicida. Yuriko tenía claro que meterse al territorio de Sesshomaru sin estar debidamente guarnecidos podría acabar fácilmente con las cabezas en picas como recibimiento a la llegada de Ishiro, pero poco le importaba, una vida dedicada a la venganza, no iba amedrentarla unos números en su contra.

Sobreviviré, se dijo segura, veré como se muere lo último de tu legado querido Inu no Taicho, prometió en silencio, fijando sus ojos rojizos a la enorme construcción que se erguía frente a ella.

―Ya es momento ―anunció a sus obedientes súbditos. Los que debían atacar las cocinas desaparecieron entre la espesura del bosque en total silencio, igualmente ocurrió a quienes correspondía las murallas externas la táctica clave de distracción, los más fuertes entrarían con ella les correspondía aniquilar a los generales.

― ¿Tooi le entregaste a Yazumi el veneno? ― interrogó, con suspicacia, sus sentidos nunca fallaban y con cada paso que daban dentro del palacio se hacía más evidente.

―Por supuesto que si mi señora.

― ¿No lo sienten? ― masculló, olfateando profundamente buscando la putrefacción, el dulce olor de la muerte, era inexistente ―Yazumi no les suministró el veneno ―concluyó.

― ¿La habrán descubierto? ― interrogó con incertidumbre uno de sus secuaces.

―Habrá que averiguarlo.

Bajo el camuflaje del ajin se adentraron al palacio con sagacidad, sus sospechas fueron rápidamente confirmadas, sirvientes por doquier caminaban afanados en sus labores por todo el palacio, con evidente molestia por la ineptitud de Yazumi, fue acabando con los que se iban a tropezando en su camino, no terminaban de darse cuenta del ataque cuando caían al suelo abatidos.

Un crío hibrido los miró estupefacto desde los escalones del jardín interior cuando cercenaban un guardia, por un instante no emitió sonido, sin embargo reaccionó rápido, se dio vuelta y dispuesto a huir, no llegó muy lejos cuando Tooi lo tomo por el cabello y enterró sus garras en el pecho.

Con evidente repulsión el yokai se sacudió la sangre impura y lanzo el pequeño cadáver entre los arbustos. Reanudaron el ataque con precisión, peinando minuciosamente pasillos y habitaciones de todo ser viviente, escucharon cuando ya estaban próximos a su objetivo la explosión en los muros exteriores, el señuelo estaba en marcha.

Fue en ese momento que se tropezaron con Yazumi, evidentemente sobresaltada al ver a su ama nuevamente. Kaemoru le sonrió con sus ojos chispeantes de furia. ―Mi señora― jadeó arrodillándose inmediatamente por la fuerza de la costumbre, podía sentir el momento decisivo de su vida.

―Mira quien tenemos aquí, mi querida Yazumi sigue con vida― se burló. Los yokais a su alrededor miraron la escena con complacencia. ― Tan viva como la escoria de este palacio ¿Por qué no están muertos? ― interrogó con falsa amabilidad.

―Yo, yo, mi señora…― tartamudeaba, para alguien que tenía más de un siglo luchando por la venganza de Kaemoru, era difícil alejar los viejos hábitos de obediencia y sumisión―Es injusto, ellos no son culpables de lo que le hicieron…― alegó con voz temblorosa.

― ¿Injusto Yazumi? Tú me vienes a hablar a mí de injusticia, yo que fui maltratada, lastimada y casi sucumbo por culpa de los inuyokais ― ¿Crees que son indignas mis ansias de venganza?

―No, nunca lo pensaría mi señora, yo solo pido por la vida de quienes habitan el palacio, su objetivo es Seshomaru, a sus súbditos déjelos vivir― rogó, no dejaba de pensar en su señora Rin de naturaleza piadosa, tenía que salvarla aunque debería humillarse, se lo debía.

―Está bien Yazumi, perdonare sus míseras vidas ―mintió con soltura. Yazumi quien la conocía bien, percibió la falsedad de su promesa. ―Pero a cambio te daré una nueva misión, entrégame a la humana.

― ¿Para qué desea a Rin? ― preguntó aun cuando conocía la respuesta, pero necesitaba tiempo para idear algún plan.

― ¿No es obvio? quiero erguirla en un altar y venerarla, como evidentemente deseas tu ― el sarcasmo se destilaba en cada palabra, así como la impaciencia. La yokai se inclinó con una mueca que simulaba una sonrisa, sus ojos a su vez chispeaban amenazadores.

―Mi señora, yo he seguido todas sus órdenes, me pidió que ganara su confianza. Influí para que se presentaran en el palacio del Este, además intente que Sesshomaru la matara por infiel con un soldado y la entregue a sus secuaces ― argumentó con torpeza. No podía morir, no aun.

― Si es así, tráela, ansió descuartizarla y exhibir los pedazos frente al palacio, para que Sesshomaru se deguste con la visión.

―Así lo hare mi señora―aseguró en una profunda reverencia. Con los sentidos agudizados su mente ideaba como alertar a Sesshomaru sin quedar en evidencia.

Los yoakis la dejaron partir, por unos instantes ninguno emitió palabra alguna. El estruendo del ataque externo era cada vez mayor, se les acababa el tiempo, no faltaría mucho para que se diera la alarma que el verdadero ataque ocurría dentro de sus propios muros.

― ¿Qué piensas de Yazumi? ― preguntó a ninguno de sus vasallos en especificó.

―Ha cruzado la línea, ya no nos pertenece― aseguró Totoi. Kaemoru estuvo de acuerdo con esa afirmación, siguiendo los pasos de su vasalla, rápidamente dio con ella.

―Cambio de planes― susurro como despedida. La mujer no tuvo tiempo de escapar, cuando su antigua señora le lanzo un ninjaken impregnado de veneno que le atravesó el pecho. Como una cobra Kaemoru se deslizo sobre Yazumi que agonizante miraba a la nada, con una fuerte sujeción la tomo del cabello y escindió su garganta limpiamente, dando por concluida su vida.

Kaemoru solo sonrió con arrogancia, no podía decirse que la yokai permitiera la deserción de sus filas, la traición era pagada con la muerte. Intentando no llamar la atención arrastro el cadáver de su antigua vasalla hasta el borde del entarimado y la dejo caer sobre los matorrales, era un escondite poco eficiente, sin embargo su ataque no se mantendría en sorpresa por mucho tiempo.

El ataque continuo con vehemencia, hasta llegar a su objetivo, la cámara de guerra, era una edificación gigantesca, con grandes puertas pintadas a mano, reflejaban la figura de Inu no Taicho sobre su señorío.

Con gran deleite destruyó la imagen con una alabarda, robada de un guardia que yacía sobre un charco de su propia sangre. Los generales y consejeros sentados en media luna en el recinto, miraron a los recién llegados con estupefacción.

Una sonrisa sardónica pinto los rostros de los yokais del Este y dieron por iniciado el ataque.

Mis queridas lectoras, sé que ha pasado mucho tiempo, pero no las he olvidado, muchas gracias por todos sus maravillosos comentarios me llenan de felicidad. La difícil situación que atravesamos ha requerido guarecernos dentro de casa, así que para llenar estos días de algo más que ocio, me he dedicado a seguir reescribiendo los capítulos faltantes para ustedes. Espero que se encuentren muy bien desde sus hogares y que disfrutarán el curso de esta historia.

Un beso desde Venezuela.

Nahomy H.