La cafetería era asquerosa, el olor a comida frita por primer vez me provocaba náuseas, tomé el jugo de manzana para salir a sentarme en una de las bancas del jardín de la entrada. Mis dientes se ensañaron con el mini popote de plástico, Edma me evitó la mirada en toda la mañana, a traspiés huyó en cada toque de campana. La situación me tenía como un remolino de arena, no podía quedarme quieta mucho tiempo. Vagué en el pasillo sorbiendo de manera ruidosa el jugo de cartón, mi mochila cayó a mi pupitre, el impulso hizo rechinar las patas metálicas pero no hubo nadie quejándose, estaba sola en el aula.
Mis piernas se elevaron a la altura del respaldo del pupitre frente a mi, la siguiente clase era historia de arte, además de aburrida y nada dinámica la profesora era una mujer que hablaba pidiéndole permiso al diablo. Era abrir los libros de texto que me dieron con una semana de retraso a mi transferencia a la escuela y observar obras y lienzos viejos junto con biografías resumidas de los artistas alcohólicos y adictos a mujeres de vida galante. No existían recorridos a museos ni tampoco alguna pieza nativa del lugar para mostrar y animar al menos un poco el interés. Apunté de mala gana al bote de basura negro junto a la puerta, el cartón de jugo rebotó en el borde del bote, se precipitó al suelo. Mi cansado culo se levantó unos centímetros pero regresó a su lugar. Jong Up fue quien se agachó al aparecer en la puerta sin el chico alto de primer semestre. Depositó el bote en la basura y buscó al responsable con la mirada, desvié mi mirada antes de que se encontrara con la de él, recargué mis mejillas después en mi mano y miré al jardín de la entrada como ya acostumbraba para poder ignorarlo.
Escuché sus pasos dirigirse a su pupitre, su mochila golpearse en el respaldo, finalmente un suspiro de su boca. Mis ojos por otra parte se volvieron lentamente hacia él, como si mi mano en la mejilla fuera a hacerme menos obvia, estaba de perfil, levemente encorvado con las uñas entre los dientes, sus ojos directo al suelo.
No parecía buena idea preguntar, ni sobre lo que Young Jae me había metido en la cabeza, mucho menos lo de la mujer de aquella noche. Es decir, parecía la opción correcta. Pondría fin a este estrés pero nadie me aseguraría como sería su reacción. Mencionar a esa chica quizás haría crecer su odio hacia a mi, y yo espiando detrás de un árbol lo haría sonar aún peor.
El tumulto de palabras en mi cerebro fueron interrumpidas, la campana sonó, el resto de los alumnos se precipitaron a sus pupitres con la profesora detrás arrastrando los zapatos. Noté las ojeras en el párpado inferior y el dedo tembloroso que talló sus ojos.
—Muy bien —habló ella por fin—. Ya casi llegamos a la época de las evaluaciones.
Un quejido al unísono inundó el salón, la profesora suspiró, hizo un mohín con los labios y negó con la cabeza. Sus manos se alzaron indicándonos que guardaramos silencio.
—Sé como suena, por eso en esta clase harán un proyecto más relajante —volvió a indicar ella con las manos en el aire y una sonrisa—. En parejas escogerán un artista y harán un cuadro al oleo inspirados en tres obras distintas.
La profesora tenía el ánimo, asentía hacia nosotros con el rostro alegre, como si nos hubiera hecho un favor. Ella giró sobre sus talones y tomó un rotulador del pizarrón. Cuatro nombres fueron escritos, Van Gogh, Nahui Olin, Gustave Caillebotte y Henry O. Tanner. La clase se volvió ruidosa a base de cuchicheos entre ellos, Edma no parecía importarle mucho, me incliné hacia ella para tocar su hombro.
—Creo que podemos hacerlo juntas —le susurré cuando se volteó a verme. Ella titubeó algunos segundos.
—Sunhwa me lo ha pedido primero, perdona.
—No entiendo porque me evitas —dije por fin con aspereza en la voz. Estaba harta.
—No lo hago —me respondió ella casi al instante.
—Estoy harta Edma, de seguirte como un perro faldero, de rogarte por atención, de soportar tu mirada hostil y tus excusas de mierda.
—Estás haciendo una escena ridícula —la mano de Edma hizo un gesto que abarcó al resto de los chicos y me di cuenta que había levantado la voz más de lo que debía. La profesora estaba sorprendida por mis palabras.
De nuevo, me invadió una sensación de ansiedad. Mis oídos se taparon y comencé a marearme de la vergüenza.
—Señorita Vélez —la profesora arrastró mi apellido cuando se hubo acercado a mí—. Usted al parecer sigue con sus acciones problemáticas, que la preceden desde que llegó a esta institución.
Mi ansiedad entonces, se transformó en una bomba de irritación, pronto el escalofrío de mi espalda se hizo un ardor en el rostro. No pude evitar mirarla con desdén, quería mandar todo por un agujero cuando mis puños se apretaron sobre el pupitre. Nada funcionaba, hasta la profesora mas torpe de la institución se daba el lujo de hacerse de un prejuicio y distorsionar una pelea entre chicas a una oportunidad para recordarme el desafortunado evento donde me tope con Jong Up.
—Creo que se está pasando —Jong up golpeó el pupitre de enfrente para llamar la atención—. Además, hubo un error ese día. Uno que se supone estaba enmendado cuando hablé con la directora después.
Un latigazo de emociones golpearon mi pecho, miré a Jong up desconcertada. Sus ojos estaban fijos en mí. Fue cuestión de segundos para luego desviar su mirada hacia la profesora.
—Vaya, Joven Moon, usted de verdad espera que un sacrificio entre miembros de pandilla tenga significado alguno en mi clase.
—No espero nada. Al parecer ya tiene una idea sobre sus alumnos independientemente de lo que le digan.
La mujer no pudo ocultar su descontento.
—Entonces está decidido, usted y la señorita Vélez trabajarán juntos. Veré que tan buen ejemplo pueden ser un par de pandilleros buenos para nada y lo que pueden traer a una clase donde se usa el corazón y la creatividad.
Los insultos de la profesora ni siquiera volvieron a atravesarme. Mi cerebro se sentía arrollado por un camión. Jong Up no se detuvo, se levantó con mochila en mano hasta mí.
—Anote en su agenda pedorra —habló él dirigiendose a la maestra sin apartar sus ojos de mí, recogió mi mochila y prosiguió—. Haremos la obra inspirada en Van Gogh.
Edma compartía mi sorpresa, Jong up se echó mi mochila a la espalda con los dedos en el asa a continuación su otra mano tomó la mía. En segundos me levantó hasta él.
—¿Qué haces? —le susurré agresivamente entre dientes.
—¿Prefieres seguir oyendo su sermón? —sus ojos entonces se llenaron de una chispa divertida, jaló mi brazo hasta los pasillos. Su agarre no era doloroso, no me obligó a seguirlo, sus dedos se entrelazaron con los míos y me indicó que le siguiera con un leve apretón. En otra ocasión me hubiera librado de su agarre y me hubiese regresado a mi pupitre pero al echar un vistazo por encima del hombro solo sentí un ambiente que me asfixiaba. Edma era una hipócrita, no le interesaba en absoluto como me sentía, no tenía nada que hacer ahí. Marisol me levantó el dedo medio cuando instintivamente quise cerciorarme de su reacción.
—No —acepté—. Sácame de aquí.
