64

Mientras caminaba por el gran puente de color rojo, Videl concluyó que morir no había resultado tal cual lo esperaba. Su último recuerdo "terrenal" era difuso (tal vez, era una de las tantas consecuencias de fallecer por una oleada) y consistía en: ella subiendo a un automóvil de color amarillo para sentarse en el asiento trasero y luego, mirar a su acompañante de asiento. Eso era todo. Acto seguido, ahora, ella se encontraba aquí, en un largo puente repleto de neblina gruesa, caminando lento, hacia adelante. Tragó saliva, avanzando y tratando de recordar cómo había llegado hasta este lugar, cuál había sido la primera escena, el inicio de lo que estaba haciendo ahora, pero nuevamente fracasó. La sensación era similar a cuando uno intentaba recordar el principio de un sueño, estando dentro del mismo. Entonces, como si recobrara algo de cordura, se detuvo, acercándose a la baranda del puente, gruesa como mástil de barco. Con la mano sobre la superficie, no sólo confirmó que era de madera robusta, de un rojo brillante, sino que tenía un parecido inmediato a los puentes que se encontraban en santuarios shinto. ¿Sería entonces, un sueño?

Videl miró a su alrededor y notó cómo la neblina seguía cubriéndolo todo, avanzando hacia adelante, como si la trasladara un viento que no estaba dispuesto a ceder. Fue ahí que, agudizando la mirada, entendió que todo eso, más que una neblina, correspondía a la silueta difusa de innumerables ¿entes?, que iban marchando en una sola dirección. No podía concluir si tenían forma humana o de otra cosa, pero de seguro eran estelas viajando, mimetizándose en la niebla. Suspiró largo, observando el alrededor, de paso, miró sus manos y apretó ambos puños, tratando de convencerse a sí misma que esto se sentía real. Quizás, lo más extraño de toda la situación, consistía en que no tenía miedo. Pese al escenario, lo onírico de la situación y la posibilidad de estar en una realidad diferente, en su pecho no había angustia, ni dolor. Ahora, cerró su mano izquierda en un puño y lo apoyó en el pecho, como si tratara de conectar su mano con el corazón.

Por fortuna, lo sintió latir.

65

Gohan avanzó por el pasillo del hospital, con el celular pegado en el oído derecho. Goten aún no le respondía, y temía que su empresa de encontrarlo, en medio de la multitud, fracasaría. Media hora atrás, mientras caminaba por una de las calles de Ciudad Satán en búsqueda, había recibido un mensaje al aparato que decía simplemente: "Ven al Hospital del Distrito Este". Dicha frase le provocó un escalofrío profundo, acompañado de un temblor en su propio cuerpo que aún no podía sacarse de encima, menos mientras esquivaba gente en su andar. Si más no recordaba, un llamado con el mismo tono de voz, semanas atrás, le había anunciado la muerte de Yamcha y el inicio de lo que después conocerían como las oleadas. Hoy, tres días habían pasado desde la última de ellas y, más importante… tres días se habían cumplido desde que ella no aparecía. Rendido de no escuchar respuesta de Goten, cortó la llamada y buscó entre la muchedumbre al semisaiyajín, con el corazón en ascuas. Entonces, como si recordara lo obvio, se detuvo en una esquina, cerrando sus ojos, concentrándose en el negro de su visión para poder encontrar el ki de su hermano menor. Sin embargo, la tarea no resultó fácil. Tenía los sentidos tan alborotados que, al cerrar sus párpados sólo sentía su mente hablar con un miedo más grande: la posibilidad de que ella sí estuviese en este hospital.

66

Una vez que la oleada sacudió a Satán City, esta entró en un caos total. Si bien, todo daba a entender que, a mientras más oleadas, más estaría preparada la seguridad ciudadana, todo resultó en lo opuesto. El día que sucedió, Gohan despertó de golpe, de un susto, escuchando como afuera el barullo comenzaba a ganar espacio en la ciudad. En primer lugar, saltó de la cama, tomando el celular, dándose cuenta que estaba solo, que ella no estaba ahí. Según el aparato, daban las once de la mañana. Sin demorar más, se sentó en el borde, colocándose los zapatos y tratando de calmar su pecho agitado. Acto seguido, se colocó un sweter encima y salió en dirección a la habitación de su hija, notando que Corporación Cápsula se encontraba vacía. Cuando abrió la puerta de golpe, se encontró a su primogénita, sentada en la cama, con ambas manos empuñadas, por sobre sus rodillas, mirando hacia el suelo. Ella advirtió su llegada y levantó el mentón para verlo, revelando unos ojos llorosos. Fue ahí que Gohan advirtió qué significaba todo esto. Con el corazón pesándole una tonelada, guardó la respiración. La piel se le encrespó, así como su propia alma, si podía llamarlo así. E incluso, en ese estado, se exigió guardar la compostura, acercándose a su hija.

Estando de pie frente a ella, abrió la boca, incapaz de preguntar lo que él sospechaba desde un comienzo, desde que en los papeles de Hira supo la verdad de quiénes se salvarían. Entonces, sin poder soportar más el peso de su propia alma, se arrodilló frente a Pan, quien se negaba a mirarlo de frente, girando su cabeza a ambos lados y respirando agitado. "No puedo encontrar su energía, papá", ella alcanzó a musitar, antes de comenzar a llorar, cubriendo su rostro con las manos. "Lo he intentado muchas veces… pero no puedo encontrarla", insistió, sollozando.

Gohan siquiera se atrevió a cerrar los ojos para buscar la energía de ella por sus propios medios: el sólo hecho de encontrar ausencia acabaría por partirlo en dos.

Entonces, solo se limitó a abrazar a su hija.

67

Videl observó el gran templo frente a sí. De alguna forma misteriosa, le parecía conocido. Si más no se equivocaba, había visto algo similar la primera vez que murió, años atrás, producto del ataque sin piedad de Majin Buu al Templo Sagrado. Eso sí, ahora había algo diferente. Aún caminando, rodeada de cientos de entes, Videl pensaba que no podía desviarse del camino. Algo la conminaba a seguir avanzando, como si no hubiese otra opción y, francamente, ni siquiera deseaba intentarlo. No podía explicarlo bien, la verdad, pero sentía una especie de agotamiento que solo le permitía seguir caminando hacia adelante, junto con toda la masa misteriosa. ¿Sería así, el morir? No podía concluirlo. E incluso, lo que más le llamaba la atención era que, de todos esos entes presentes, ella era la única con forma humana, con manos, pies, rostro, brazos. Es más, al mirar al suelo, sintió alegría de encontrar su pie derecho e izquierdo, causándole consuelo, como si aún en ellos se encontrara algo de su realidad terrenal, que claramente había dejado atrás.

68

La situación más compleja que dejó la última oleada, en realidad fueron dos. En primer lugar, la muerte de Bulma Briefs. Según lo que Gohan hubo de entender, aquella mañana Vegeta despertó sobresaltado, para darse cuenta que, a su lado, la heredera de Corporación Cápsula se encontraba en profundo silencio y quietud. A diferencia de él, ella no despertó con el ruido y la agitación de la ciudad, sino que permaneció ahí con los ojos cerrados, con una de sus manos sobre el estómago y la otra por sobre el cobertor. Si bien, tanto Bra como Trunks arribaron a la habitación para darse cuenta de lo inminente, nadie los preparó para la escena pues, tal parecía que la científica siquiera había sufrido su propia muerte. Su rostro reflejaba eso, al menos.

Lo segundo más complejo resultó ser la destrucción total del Templo Sagrado pues, después de la oleada, Vegeta no intermedió palabra y salió al patio para volar lejos. Nadie lo detuvo, como era de esperar, pero nadie, asimismo, pensó qué resultaría de ese arrebato. No fue hasta que Gohan sintió en su cabeza la voz de Piccoro que el panorama adquirió más peligro, cuando el namek le gritó que acudiera al Templo Sagrado pues, Vegeta estaba fuera de quicio. Así, dejando a Pan en la habitación, Gohan abrió una ventana y emprendió vuelo, lo más veloz que su cuerpo le permitiera, tratando de entender qué estaría tratando de hacer el Príncipe de los Saiyajín en la Plataforma Celeste. No fue hasta que vio a lo lejos la Torre de Karín, cuando su corazón dio un giro brusco de sorpresa. En breve, entendió que, probablemente, el guerrero estaba buscando algo similar a lo que él mismo buscó, semanas atrás, después de la muerte de su madre.

Ahora, ascendiendo de forma vertical, a una velocidad que ni él mismo recordaba poder hacer, notó a lo lejos una explosión descomunal, que provocó detener su vuelo, jadeando fuerte. En breve, los pedazos del templo comenzaron a caer a tierra y tuvo que proceder a esquivarlos, uno a uno, como si se tratara de un ataque de meteoritos hacia la tierra. Debido al humo, el sol se cubrió de gris y el espectáculo se volvió realmente aterrador. Sin embargo, eso no fue lo peor, lo más penetrante fue contemplar cómo, a lo lejos, Vegeta y su maestro continuaban una batalla directa, difícil de dilucidar por la distancia. Lo único claro eran los ruidos de bombardeo, a la izquierda, a la derecha, sin parar. Todo se sentía como si ambos quisiesen derribar el mundo entero. Entonces cuando pudo notar a Piccoro de lejos, se preguntó si sería posible detener la ira de Vegeta, o mejor dicho: la ira que provocaba un corazón roto, después de perder a un ser amado.

69

Enma Daio recorría las paginas de un enorme libro frente a él, como si aún no pudiese encontrar un dato importante, de izquierda a derecha y, por supuesto, con una cara de pocos amigos. El ser enorme apoyaba su mentón en uno de sus puños, con el codo sobre una de las esquinas del gran libro y, de vez en cuando, asomaba una mirada hacia abajo, donde se encontraba Videl Satán. Ella no sabía qué opinar. Nadie le había advertido que al morir uno pasaba por algo como esto, muy similar a cuando pasaban lista de asistencia en la Escuela. "Bien", el gran ogro carraspeó, "por los evidentes términos terrenales podrás permanecer por un tiempo. Pero solo un tiempo", el tipo siquiera la miró, aún hojeando. "¿A que se refiere?", Videl se sorprendió de escuchar su propia voz, por un momento pensó que ya no iba a ser capaz de volver a hablar nunca más, como si morir implicara mutez.

Enma Daio frunció el ceño, rascándose la barba, extrañado que alguien le dirigiese la palabra. Pese a ello, le respondió, mirando nuevamente las hojas. "Aquí esta señalado que… has ayudado a la tierra, junto a otros, varias veces", se tomó una pausa, "también que has contribuido. Así que puedes permanecer, por un tiempo". ¿Permanecer?, Videl pensó, ¿qué significaba eso?, ¿por un tiempo? La mujer abrió los labios, pero rápidamente dos onis azules la tomaron del brazo, dispuestos a llevarla a la salida. Sin explicarlo muy bien, ella reaccionó y se separó de ellos, caminando hacia el gran escritorio. "Espera, quiero hacerte una pregunta", Videl habló firme. Todos a su alrededor detuvieron su quehacer, sorprendidos que alguien estuviese entorpeciendo el andar. "Sólo una, por favor", ella volvió a decir. Ahora, todos los demás, aún quietos como estatuas, miraron al gran ogro, que estaba con los brazos cruzados. "Habla", mencionó. La hija de Mr. Satán caminó hacia atrás, para poder contemplarle de frente. Su corazón estaba inquieto pues aquella interrogante la había acompañado todo el camino del puente rojo, pensando en sus propias conclusiones, en su última noche en la tierra, junto a Son Gohan.

"¿Son Gokú está muerto?". De inmediato, Enma Daio alzó una de sus cejas, dejando el lápiz por sobre el cuaderno.

70

Gohan tomó a Piccoro en sus brazos, observando como Vegeta escupía sangre a un lado. El Príncipe de los Saiyajín jadeaba como un perro que ha terminado de pelear dentro de una jauría, siendo observado por dos nativos de piel oscura, escondidos tras una tepee. Todos estaban mudos, mirando al guerrero que, recién ahora, después de la paliza y la destrucción, comenzaba a enfriar su sangre. Acto seguido, el saiya pasó una de sus manos por la frente sudorosa, provocando que los nativos presentes dieran un paso atrás, asustados ante otra posible descarga. Gohan tragó saliva, sin importarle demasiado la situación, continuando con la labor de dejar a Piccoro en el suelo, con el pecho apretado, agradeciendo que su maestro namek siguiera con vida. Decidió darle la espalda a Vegeta, cauto de que el guerrero perdiera la cordura nuevamente y terminase destruyendo el lugar, junto con la Torre de Karin. Mientras procedía a evaluar las heridas de Piccoro, arribaron al lugar Goten y Trunks. Este último se dirigió a hablar con el Príncipe de los Saiyajín directamente, a gritos, como si pidiera una explicación; sin embargo, sus intenciones quedaron ahí. Vegeta le anunció que regresaría a Corporación Cápsula para sacar una de las naves del hángar. Entre gritos, Gohan se limitó a pedir a Goten la bufanda que él traía puesta para proceder a realizar un torniquete al brazo izquierdo del namek.

El primogénito Son no quiso preguntar mas detalles a Vegeta. Francamente: le importaba un comino qué fuese a hacer ahora para mitigar su dolor. Sólo deseó, dentro de sí, que ya se alejara del lugar, lo más pronto posible. De improviso, sus pensamientos fueron detenidos con la tos de Piccoro, quien comenzó a botar un líquido morado de su boca, parpadeando. Gohan, aún arrodillado en el suelo, alzó la mirada, pidiendo a su hermano menor que tratara de buscar a Dendé o a Poppo, mientras apretaba el torniquete. Con Vegeta y Trunks discutiendo a sus espaldas, se limitó a dar tranquilidad al namek, insistiendo una y otra vez que no se quedara dormido. Estaba en eso, cuando Piccoro alzó su mano y le tomó el hombro, como si quisiera asegurar el ser escuchado. "La habitación estaba vacía…", le dijo, entre tos y tos. "No hable, Sr. Piccoro", Gohan continuó mirando al frente, observando como su hermano buscaba ayuda. El namek no dio tregua e insistió, ahora sujetando con más fuerza el brazo del semisaiya. "Gohan", le habló fuerte, provocando que el chico bajara la cabeza y lo mirara a los ojos, "tu padre no estaba ahí dentro".

71

Cuando Videl Satán salió caminando del gran templo, se dio cuenta como un camino empedrado se reveló ante ella. En general, la escena no le pareció extraña, pues al caminar por el puente rojo, ese mismo puente fue una de las cosas que pudo contemplar en el cielo, pero sin saber a ciencia cierta a qué correspondía. Lo que sí arrebató su atención, fue la cabeza de serpiente de piedra gris, que relucía una gran boca abierta, incluso revelando un par de colmillos hechos de piedra blanca pulida. Aún habían onis de piel azul a su alrededor (uno de ellos solo barría el piso) y la neblina ya no existía. Ahora, el ambiente tenía una especie de tonalidad rojiza, típico de los lugares en donde hay un incendio y el sol irradia una luz diferente, naranja, debido a que se cubre por una nube de humo.

Videl se acercó a una de las barandas próximas y trató de tomar perspectiva ante la escultura de cabeza serpiente porque, si bien, la metáfora del incendio lograba hacer todo el ambiente anaranjado más entendible… en ese lugar no había algo como un sol, ni menos sentía que la escultura fuese un anuncio de algo relativamente normal. Tragando saliva, intentó respirar profundo, analizando cuánto tiempo había transcurrido desde que había iniciado todo esto, pero no fue capaz de dar una respuesta concreta. Nuevamente miró el cielo, buscando algo que le diese una orientación temporal, pero no pudo establecer si era de mañana, tarde o noche. Tomó fuerza y decidió caminar un poco más adelante, rodeando la enorme cabeza de serpiente, llegando hasta el límite de la plataforma, si podía llamarla así. Más allá, lejos, rodeando el templo, aún había neblina, aún habían seres avanzando en dirección a edificio de Enma Daio. En cierto punto, alcanzó una especie de terraza, de madera, similar al puente, que daba una visión más profunda de todo el mundo que rodeaba el lugar: sólo había más nubes y más nubes de color amarillo.

Descansando ambas manos sobre la superficie de la baranda, agudizó la mirada hacia el horizonte, confirmando cómo la cabeza de serpiente perfilaba su estructura hasta convertirse en un largo camino de piedra gris. Sus memorias, ahora, daban en el clavo: eso correspondía al Camino de la Serpiente. Si más no recordaba, cierta vez, en su juventud, recostada sobre el césped, escuchó como Gohan relató el viaje de su padre, una vez fallecido, a manos de su hermano saiyajín. Si se acordaba bien, también, podía traer a sus recuerdos cómo su ex estaba de piernas cruzadas en el suelo, a su lado, con las manos por sobre el pasto, en uno de los parajes del Distrito 439.

Por aquellos momentos, ella ni siquiera había confirmado su interés romántico por el semisaiya y solo ambos se encontraban disfrutando de una amistad floreciente. Eso incluía, por supuesto, entrenar juntos y, de vez en cuando, comenzar a hablar de sus propias intimidades, familias y problemáticas propias de su edad. Para Videl no era difícil traer a su mente cómo, en aquellos tiempos, Gohan guardaba cierto reparo en abrir su corazón con ese tipo de cosas (a diferencia de su hermano menor, quien no tenía problemas en mencionar todas las peripecias anecdóticas de su familia). Y claro, ella prefería no presionar al chico y solo agradecer que él la consideraba como alguien de confianza.

De regreso al presente, frente al Camino de la Serpiente, confirmó una sensación que traía pegada desde que se subió a ese taxi amarillo. O mejor dicho, desde que compartió esa última noche terrenal con Son Gohan. Algo había detrás de toda esta historia que tenía como columna vertebral a la raza de los saiyajín. Mal que mal, los principales acontecimientos de la tierra habían tenido sus cénit con la presencia y actuar del padre de Gohan en la tierra. Fue esa misma sensación, en conjunto con los recuerdos de su ex, acostados en la cama, que motivó a su corazón a saber más, a preguntarle al gran ogro qué ocurría con Son Gokú. Ahora, con todo el mundo repleto de nubes amarillas de testigo, pensó que, tal vez, todo esto tampoco era una excepción a la lógica de batallas que la tierra había sufrido en el pasado. Tal vez, esta era otra más. Atribulada por aquella última reflexión, Videl cerró los ojos, intentando recordar la última memoria viva que involucraba a su ex suegro. Entonces, pudo visualizarlo en su mente, con un rostro feliz, tomando a Uub en brazos, para dejarlo sobre sus hombros. Y luego, emprender vuelo, viajando al Templo Sagrado, hacía más de 10 años atrás.

Nada, después de eso, había vuelto a ser igual. Ni para ella, su hija y toda la familia Son.

Entonces, la respuesta de Enma Daio, entregada minutos antes, resonó en su cabeza, aludiendo a que Gokú no se encontraba allí, en ese mundo de neblinas, templos, puentes, nubes brillantes y ogros. Sin pensarlo mucho, se apartó del borde de la plataforma y comenzó a caminar hacia el inicio de la ruta de la serpiente.


Comentario: ¡Hola a todos!, no saben lo feliz que me hacen sus comentarios. Tal parece que esta humilde historia se niega a morir. Un abrazo a todos.