HISTORIA DE UN ENCUENTRO
La mañana llegó húmeda con cierto bochorno dado por el calor del verano que aún no desaparecía, los rayos de sol se colaban entre las nubes que cada vez se iban cargando de agua de lluvia, tomaron el desayuno en silencio y Tokio le ayudó a armar su equipaje. Cuando llegó el momento de despedirse solo se encontraban ellos dos y el monje, los demás habitantes se habían ido a realizar sus deberes.
Tokio le agradeció una última vez el haberla salvado mientras Saito se calzaba las sandalias, tomó su equipaje y antes de echarlo a la espalda las delgadas manos de la mujer cojieron su haori.
Tokio recostó su frente en su espalda y rompió el silencio casi murmurando. -"Saito-san, por favor prometeme..."- Se detuvo, no podía obligarlo a prometerle que iba a regresar por ella; eso sería egoísta e infantil, reunió un falso valor antes de terminar su frase. -"Prometeme que vas a estar bien"- lo soltó pero no se atrevió a levantar el rostro, mordió su labio inferior para no llorar pero ya unas lágrimas habían rodado por sus mejillas.
Saito no volteó a verla, se echó al hombro el equipaje, se giró al hombre e hizo una reverencia al tiempo que le agradecia y camino a la salida.
-"Lo haré"- Dijo antes de abandonar el lugar.
El monje vio como el pecho de la joven subía y bajaba más rápido de lo normal, Tokio supo que la observaba así que levantó el rostro y limpio las lágrimas con la manga de su kimono antes de sonreírle al hombre, diciéndole que estaría bien.
Él no dijo nada solo se limitó a observar, tal como lo hacía desde que llegaran resolviendo que lo mejor era dejar todo en manos del tiempo.
El clima lentamente comenzó a cambiar las lluvias se volvieron constantes y largas, la gente del campo trabajo hasta que esta se los permitió. El arroz y demás semillas fueron guardadas en el almacén, bien protegido de las inclemencias del tiempo, las mujeres gastaban sus tardes en cortar y encurtir vegetales, preparar en almíbar frutas y salar pescados y animales de caza. Los monjes continuaban con su aprendizaje y los niños que ahí vivían tenían menos días para jugar en los jardines y montaña.
El invierno pronto los alcanzó, las últimas tareas era proteger las paredes con pieles para mantener el calor dentro del hogar. Los días se hicieron más cortos y las noches más largas sumiendo a todos en un letargo temporal. Sin muchas actividades que hacer al intemperie Tokio se ofreció a enseñar a leer y escribir a los niños.
Los monjes vieron con buenos ojos aquella propuesta. Por lo general el pueblo llano apenas si era capaz de escribir su nombre, que una joven letrada se ofreciera a instruir a los niños huérfanos les alegraba pues ellos sabían que la educación era la puerta a un mejor futuro.
De esta manera Tokio descubrió que tenía un talento innato para la enseñanza, se le daba bien organizar las lecciones del día y era buena ideando maneras sencillas de enseñar la compleja caligrafía. En un principio sus estudiantes eran solo los niños, pero para su segunda semana se le habían unido las mujeres más jóvenes y para la tercera se unieron los más grandes.
Pronto la noticia de que el templo Gansho-in contaba con una persona que enseñaba el idioma se extendió en el pueblo por eso cuando los caminos se volvieron a abrir comenzaron a llegar madres con sus pequeños preguntando si sus hijos también podían tener acceso a ese conocimiento.
Aquella pequeña escuela despertó en Tokio una pasión que no conocía, era gratificante ver como lo que había aprendido de sus maestros ahora otros lo aprendian gracias a ella, cuando sus alumnos tanto niños como adultos comenzaban a trazar sin errores símbolos que representaban una idea o frase sintió que tal vez esa era su vocación. Aquella hora que empleaba al día en enseñar era su mejor medicina para no pensar en la persona que no regresaba.
La primavera llegó trayendo consigo vida nueva alrededor del templo y del pueblo, los árboles se cubrieron de hojas, unos dando flores y otros frutos que maduraban cada día bajo los rayos del sol, los ríos se descongelaron y el agua corría cristalina hasta perderse en el horizonte, los animales salieron de sus escondites y ahora retozaban sin miedo.
Algunos de sus alumnos se ausentaron pues debían de volver a sus trabajos los demás continuaron asistiendo al pequeño salón que los monjes le habían ofrecido.
Tokio además continuaba ayudando en las cocinas y de vez en cuando iba a trabajar al campo. Le gustaba mantenerse ocupada así cada noche caía rendida de cansancio y podía dormir sin pensar en él.
Cierta tarde llegó a ella una propuesta que no pudo rechazar pues por primera vez recibiría una paga por sus servicios. Así pues agregó una nueva actividad a sus ajetreados días.
El año transcurrió bajo ese nuevo estilo de vida, las estaciones le sucedieron una a la otra y su mente cada día iba abandonando la idea de su regreso. Pensó que si Saito estaba saliendo de sus pensamientos entonces pronto saldría de su corazón y las cosas estarían finalmente bien.
Subió al carruaje que la esperaba en la entrada del templo justo como cada jueves desde hace un año, un hombre joven la ayudó a subir y se alejaron del lugar, no regresaría hasta el domingo por la tarde.
Como cada semana Tokio iba hasta la salida de la aldea a dar clases al hijo de un rico funcionario, el chico era enfermizo así que no podía subir cada día al templo para tomar clases con todos los demás, por eso su padre le pagaba a la joven para que fuese a su casa a darle clases particulares.
La madre del chico la recibía siempre con una sonrisa, le habían dado una habitación para ella sola en la casa de estilo occidental así que además de las lecciones con el niño también era una buena compañía para la mujer.
Cuando el viejo monje lo vio llegar el viernes por la tarde, le sorprendió verlo en esa temporada había recibido sus cartas y enviado sus misivas así que lo esperaba como todos los años en invierno, pero se había adelantado unos meses por algún motivo que creía adivinar.
Se acercó para recibirlo y mientras lo saludaba vio como buscaba algo o a alguien. Lo llevó hasta la habitación que ocupaba siempre que iba mientras le hacía preguntas que él respondía sin prestar mucha atención.
-"Las mujeres están en la cocina y el resto no tardará en llegar"- Comentó sin dar más detalles.
Dos horas más tarde las personas comenzaban a llegar al comedor, él siguió buscando sin encontrar el objeto de su visita.
Una idea cruzo su cabeza, tal vez se había ido y el monje no lo había mencionado en sus cartas. Sopeso aquella posibilidad, después de todo las pocas ocasiones que él escribió nunca preguntó por ella ni siquiera el día que recibió una carta con la ubicación exacta de la montaña donde estaba oculto el dinero de su padre y cuando se fue a explorar esa región lo encontró siguiendo las instrucciones de la mujer, escribió una misiva diciéndoles que el dinero estaba ahora en su poder, que a la primera oportunidad que tuviera lo mandaría al templo pero jamás mencionó a Tokio, así que siguiendo esa lógica ella pudo haber dejado el templo, tal vez recordó algún familiar dispuesto a ayudarla y había ido hasta ellos.
-Sherrice Adjani-
