Que será de ti.

— Te amo y eso no cambiará nunca, nunca. - reafirmó sus palabras sellándolo con un beso suave y delicado de amor, beso que él respondió con lágrimas en su rostro.

Candy no paraba de llorar, sus piernas le fallaron nuevamente y cayó en los brazos de Albert.

— Candy... amor mío. — La cargó en sus brazos y la llevó hasta la habitación de ella. Poco a poco Candy se recuperaba.

« ¿Tanto daño te ha hecho darte cuenta quién soy? Dios...no me lo perdonaré nunca si te llegara a perder Candy» — Se decía mientras una lagrima caía por su mejilla. Ella le vio llorar y su corazón se oprimía aún más.

— No... Por favor, no llores Albert.

Yo... yo quisiera agradecerte por todo lo que has hecho por mí. — Candy trato de levantarse pero no tenía fuerzas.

— ¡Por favor, no te muevas! Quédate un poco más en cama y recupérate. Estas blanca, has perdido el color. — Ella asintió.

— Te traeré un poco de agua. — él se paró y se dirigió a la cocina. Cuando de pronto, escuchó la voz de Candy.

— Yo quisiera agradecerle por todo lo que ha hecho por mí tío William. Sin su ayuda, no sé dónde estaría hoy. Estoy consciente que le hice pasar vergüenzas.

— Para por favor... Para Candy que me pones rojo. ¡Tú nunca me has hablado así!

— Por favor Albert, escúchame. — Albert asintió al ver sus ojitos suplicantes. Ella puso su mano en la esquina de la isla de mármol sosteniéndose y continuó con su agradecimiento.

— También quiero disculparme con Albert, por todo el daño que le causé inconscientemente, no sabía el daño que te hice, tampoco sabía desde cuando me amas.

— Candy se llevó las manos al rostro y volvió a caer de rodillas.

— Candy... Candy... para por favor. Por eso no quería que supieras la verdad. Pero sabía que un día lo descubrirías o tendría que decírtelo. Ahora quiero que me escuches tú a mí. Vamos tesoro mío, te llevaré a tu habitación. — Albert le dio de beber un poco de agua y la volvió a cargar entre sus brazos.

Después de colocarle en la cama y quitarle los zapatos, comenzó a relatarle los hechos, guardándose un secreto más, que es él, El Príncipe de la Colina. Habían sido demasiadas emociones por ese día, uno más, seguro el corazón de Candy no lo resistiría.

— Cuando me contaste tu historia, tu vida, de donde venías y el maltrato que te daban los Leagan, me llené de ira.

Quería protegerte desde ese mismo instante pero no podía.

Yo era un hombre de 24 años y tú una niña de 13, no era correcto aunque deseaba poder ayudarte en ese mismo momento. — Candy lo escuchaba cuidadosamente mientras él seguía su relato.

— Le había dado órdenes a George para que te llevara a vivir a la Villa. Pero George me dijo que si la tía Elroy no recibía un documento que mostrara tu adopción con mi firma, te sacaría de inmediato, por todo el veneno que Sara y sus hijos le habían dicho sobre ti.

— ¿Por qué confiaste en mí, si era la primera vez que me veías?— Preguntó ella seriamente.

— No lo sé... « Si te digo que ya te conocía, aquí mismo té vuelves a desmayar » — pensó.

— Quizás por la misma razón que tú confiaste en mí cuando perdí la memoria. — Candy medio sonrió al escucharle.

— ¡No es lo mismo!... Ya nos conocíamos desde la cascada.

— ¿Te arrepientes amarme? — la pregunta directa de Albert la tomó por sorpresa.

— No... Por supuesto que no. Amarte ha sido lo más maravilloso que me ha pasado en la vida. — Los ojos de Albert brillaron ante la respuesta directa y sin titubeos de ella.

— Tengo miedo... Miedo que nos separe la tía Elroy.

Ahora me doy cuenta porque me miraba con coraje ayer en el hospital.

— No tienes que preocuparte por ella Candy.

Ella no te molestará más. — Albert tomó las manos de Candy entre las suyas y le dio un beso en la frente.

— ¿Por qué dices eso? ¿Acaso sabe que vivimos juntos? ¿Sabe de lo nuestro? — Nuevamente su corazón volvió a agitarse.

— Tranquila mi pequeña. Ella no sabe nada todavía.

Es solo que le prometí que iría a cerrar un negocio a Brasil a cambio de dejarme en paz a ti y a mí por un buen tiempo.

— ¿A Brasil?... ¿Cuando?

— El fin de semana. — Candy entristeció al escucharlo.

— Solo será por dos semanas, hablaremos todos los días mi pequeña, te enviaré emails. ¿Está bien?

— Candy asintió ¿qué más podría hacer? Nada. Solo apoyarle y quizás eso serviría para normalizar las cosas y asimilar que Albert es también el tío William.

En el hospital Bellevue la alarma de un posible virus que atacaba Europa y Asia en esos días y, que estaba terminando con la vida de cientos de personas en el viejo continente había alertado los hospitales y gobierno de los Estados Unidos.

El virus del SARS se expandía rápidamente. El Dr. Leonard había convocado a todo el personal del hospital para alertarles de una posible epidemia.

— La situación es delicada señor William. — Dijo el Dr. Leonard, conversando en privado con Albert.

— ¿Pero que dice la CDC?

— Lo mismo de siempre... Que todo estará bien y que estamos preparados por si el SARS llegará al país.

— ¿Pero sin la ayuda de ellos como podría algún hospital prepararse?

Usted y yo sabemos que eso no es verdad...

Sin la ayuda del gobierno no hay nada que la CDC y nosotros podamos hacer.

— Dr. Albert... cuando usted estuvo en África con la señorita Brusette por el brote del dengue e improvisaron en las campañas de damnificados. ¡Ustedes saben cómo podríamos actuar en situaciones precarias si esto se nos sale de las manos!... — Albert se puso de pie al recordar esos días sin dormir. Día y noche atendían pacientes con altas temperaturas y deshidratación por la fiebre.

— Esperemos que no lleguemos a eso. — dijo Albert mientras buscaba en su computador más información sobre SARS.

— Dr. Leonard, yo tengo que viajar por negocios de la familia a Saō Paulo. Lamento tener que irme así, en un momento crucial para la población. También me preocupa Candy aunque esté en pediatría, sé que es obstinada y no dudara ni un segundo ayudarles y tomar riesgos aunque aún no esté preparada, sin experiencia.

— Entiendo señor William, no se preocupe que haremos todo lo que esté a nuestro alcance para proteger al personal del hospital y los pacientes.

Pero recuerde que la señorita Candy es una enfermera y en casos de emergencia nacional debemos contar con todo el personal disponible.

— Lo se Dr. Leonard. Solo quiero pedirle que cualquier situación o inconveniente con la tía Elroy, me avise inmediatamente. Es un favor como amigo que le estoy pidiendo. — Ante la súplica de Albert el hombre asintió.

Candy se encontraba perdida en sus pensamientos cuando de pronto una voz la sacó de su trance.

— ¡Hola Candy!... ¿En que estabas pensando que hasta te has asustado?

— Franny... Estoy descansando un poco mientras llega mi turno.

— ¿Trabajarás de noche?

— Si, le prometí a Patricia que cubriría a Sabrina en emergencias. — Candy observo a Franny quien tenía un libro en sus manos.

— Franny...

— Si Candy...

— ¿Alguna vez has leído un libro más de una vez?

— Varios, si la historia es buena. ¿Por qué?

— ¿Te ha sucedido que has leído un libro por segunda vez y te das cuenta que has encontrado cosas que no leíste la primera, segunda o tercera vez? ¿Qué crees saber desde el principio y fin todo lo escrito y que al final algo cambió?

— Franny dejó de leer el libro y prestó más atención a su amiga.

— La historia es la misma, fui yo quien no leyó detenidamente el misterio o lo "nuevo" del libro. Todo está ahí desde un principio.

Quizás si lo leíste y no pusiste atención a esa parte que ahora te está dando vuelta en tu cabeza. Eres tú quien ha cambiado de perspectiva y has empezado a leer el libro con más atención.

¿Ha dejado de gustarte el libro ahora que has encontrado pasajes nuevos?

— No...

Me sigue pareciendo un libro interesante y delicado.

— ¿Y lo que has encontrado te asusta?

— Un poco. Pero no lo cambiaría por otro.

— Entonces no debes temer. Solo aceptar tal cual está escrito y ver el lado bueno de la lectura. — Candy sonrió. Al escuchar las palabras de Franny, le hizo ver que no importa si Albert es el tío William o Albert. Ella se había enamorado de su personalidad, del Albert libre, no del millonario tío abuelo William.

Desde que descubrió la identidad de Albert, Candy se confundía por momentos, Albert ya no era solo Albert, también era el tío William y ella no sabía cómo manejar la situación.

Al finalizar el turno de Albert, pasó por emergencias para despedirse de Candy.

— ¡Wendy! ¿La señorita White todavía sigue aquí?

— Si doctor. — respondió la chica. Candy había caído bien con casi todo el personal, era carismática y alegre. Ayudaba en todo y nunca se quejaba.

— Está en la habitación C con un paciente de 6 años.

— ¡Gracias Wendy!... —Agradecido Albert se dirigió a la habitación. Candy se encontraba tomando la temperatura a una niña con fiebre y tos.

— Ya verás que te pondrás mejor pronto. — Le decía a la nena.

Albert entró y le susurró al oído. — Te amo.

— Al escucharle ella sonrió al ver la rosa de papel que le colocaba en su mano.

— ¡Gracias!... tío William. — Le dijo para molestarlo.

Lo había perdonado por esconderle ese secreto. Pero se había prometido que lo haría pagar de vez en cuando.

— ¿Otra vez con eso? — preguntó mientras enrolaba los ojos.

Ella sonrió al verlo, le encantaba ver cómo cambiaba de color convirtiéndose en un tomate a punto de explotar.

— ¿Te vas a casa?

Si... Iré a preparar el equipaje y regresaré por ti cuando acabe tu turno. — Le dijo guiñando el ojo.

— Shh... Baja la voz... se ha quedado dormida.

Albert la atrajo entre sus brazos y la besó rápidamente cuando en ese momento la puerta se abrió. Era Helen, lo había visto entrar a la habitación.

— Creí que estarías solo. — dijo en tono cortante.

— Por favor no hagan ruido. Si desean hablar háganlo fuera de la habitación. — dijo Candy.

Albert salió y tras de él Helen. Candy volvió a tomar la temperatura de la niña.

— Definitivamente esta mujer es una descarada. — Dijo entre dientes.

— ¿Se va de viaje señor William? — Las palabras de Helen desconcertaron a Albert.

La tía Elroy tuvo la osadía de revelarle su identidad a Helen.

Hola chicas, estoy un poco mal de las alergias pero aquí les dejo un pequeño capítulo de los rubios.

Al igual que Candy Candy la historia final, Candy se confundía con las identidades de Albert. Por eso es que al final de la historia, Albert le dijo a Candy que el solo quería ser simplemente Albert para ella.

Bueno... como sabrán el corona virus que nos ataca en todo el mundo en estos días es difícil... he pensado poner algo sobre eso en la historia pero usaré el SARS que también afectó a varios países en el 2003 a 2004.

Dios les bendiga, lávense las manos por 20 segundos y no se toquen ojos, nariz y boca sin antes lavarse.

Dios nos guarde y cuide.

Con Amor, Sakura.