AQUI LES TRAIGO MI NUEVA ADAPTACION ESPERO LES GUSTE
Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer al final les digo el nombre del autor
((((LA HISTORIA LA PERTENECE A HELEN R. MYERS))))
Capítulo Diez
Las Navidades y el Año Nuevo transcurrieron tranquilos. Dos días antes de la primera fiesta, Bella enfermó de catarro y se quedó en el sofá envuelta en una manta la mayor parte del día. Para Año Nuevo, Edward tuvo que trabajar bastante porque había una gran fiesta en la zona de parrillas y unas cuantas juergas más en algunas de las grandes fincas de la zona. Se había asegurado de que Marcus pusiera anuncios en la radio y en los periódicos diciendo que el departamento trabajaría a pleno rendimiento y eso parecía que había ayudado a reducir el número de detenciones ese año. Sólo tuvieron dos detenciones por conducir bajo los efectos del alcohol y una por agresión.
Bella pasó el Año Nuevo quitando toda la decoración navideña y guardándolo todo en sus cajas. Eric y Molly se ofrecieron a ayudarla, pero ella insistió en que pasaran la fiesta juntos. Al día siguiente llevaron todas las cajas al almacén del granero.
A la semana siguiente empezaron a asistir a las clases de preparación al parto. Había otras siete parejas y Edward sufrió algunas bromas por ser el más veterano del grupo, pero las aceptó con naturalidad. Aún seguía sin estar seguro de estar presente en el paritorio.
Chelsea no denunció nada, aunque seguía contándole el caso a todo el mundo que quisiera escucharla. Cada vez eran menos los que lo hacían según se extendió la verdad de cuál era la causa de su ruptura con Charlie. El negocio de su tienda bajó, lo que Edward interpretó como una prueba de lo querida que era Bella en la comunidad al margen de lo que la gente pensase de su padre o de él.
Al final, Chelsea vendió lo que le quedaba en la tienda y Bella compró el edificio que había conseguido tras el tercer divorcio. Luego oyeron que se había ido a Memphis.
Bella pretendía alquilarle el edificio a Angela por mucho menos de lo que estaban los precios en la zona. Acordaron un año de contrato tras el cual revisarían los libros y verían cuál era la mejor opción. Bella tenía previsto poderle vender el edificio. Angela tenía unas cuantas reservas confirmadas para el día de San Valentín, una caza de huevos de pascua y una fiesta de compromiso. Nunca se la había visto más feliz y Bella sabía que una de las razones era que Riley pasaba buena parte de su tiempo libre allí con el hijo de Angela.
Geraldine tenía menos éxito con Dwyer, pero él tampoco salía huyendo cuando se encontraban por la calle.
—Le he dado otro mes para hacerse el difícil —le había dicho a Bella en una de sus últimas conversaciones—, después me iré a pescar a aguas más fáciles. Te sorprendería ver cómo hace eso cambiar de opinión a los hombres.
Bella conocía esa teoría, pero estaba feliz de no tener que emplearla.
No había ninguna duda de que Edward estaba donde quería estar. Las dos palabras seguían sin pronunciarse, pero aun así estaba más contenta que en toda su vida.
Había empezado a pensar que quizá las palabras estaban sobrevaloradas.
La segunda semana de enero, el frío se intensificó y Cedar Grove junto a todo el norte de Texas de pronto se vio incluido en una alerta por tormenta de invierno.
Había empezado a nevar cuando iba de camino a la oficina y a mediodía cayó una lluvia heladora, después granizo, después lluvia heladora otra vez. Bella mandó a Makenna a casa sólo una hora después de que hubiera llegado y pensaba cerrar en cuanto terminara el informe en el que estaba trabajando, aunque le costaba concentrarse pensando en Edward. Tenía que testificar en el juzgado esa mañana y no estaría tranquila hasta que volviera a casa.
Cuando sonó el teléfono, atendió la llamada con la esperanza de que fuera él… y no se decepcionó.
—Hola, preciosa. ¿Qué haces en la oficina? Deberías estar en casa —dijo él.
—No estoy allí porque tú no estás aquí —dijo mirando por la ventana.
—Estoy en los límites de la ciudad. Está difícil. Algunas partes del condado se han quedado sin electricidad y es cuestión de tiempo que nos pase a nosotros también.
El hielo pesa tanto que está derribando árboles y tendidos. Cuando parten las ramas suena como un disparo. Y supongo que los árboles deben de estar tirando un poste detrás de otro. Me he cruzado con media docena de camiones de compañías eléctricas. No llevarás unos de esos tacones tuyos, ¿no? Si te caes, te pones de parto seguro. No llegaríamos a tiempo al hospital de la doctora Hale.
Adoraba de él que pensase en la niña tanto como ella.
—Llevo mis botas más cómodas —le aseguró—. No te preocupes. ¿Vienes para aquí o pasas primero por la comisaría?
—Vamos a llevarte a casa, seguramente luego tendré que estar de servicio hasta que esto acabe, así que me aseguraré de que tienes un buen fuego y el generador preparado por si te quedas sin luz.
—Si tienes prisa, Eric puede ayudarme con eso —dijo Bella.
—No, mejor que él se ocupe de los caballos a los que habrá que dar bien de comer y… maldición.
—¿Qué pasa, Edward?
El teléfono se quedó sin línea. Bella colgó y esperó que volviera a llamar… y esperó. Cuando volvió a sonar suspiró aliviada.
—Me has asustado. ¿Qué ha pasado?
—¿Bella? Soy Seth desde la central. Escucha, el jefe quiere que sepas que ha sucedido algo y que se va a retrasar, pero no quiere que te preocupes.
Las palabras más tontas jamás pronunciadas, pensó.
—Bueno, hasta en tu voz noto que hay problemas, así que ya puedes decirme qué ha pasado.
—Alguien está atascado y el jefe tiene que ayudarle a salir.
Para entonces, Bella ya se había levantado de la silla y miraba por la ventana.
Al mirar hacia el sur de la ciudad, se le hizo un nudo en la garganta.
—¡Oh, Dios!
—Maldita sea, Bella, se suponía que no tenías que mirar.
Casi en el último semáforo una camioneta abierta patinaba sobre el hielo al tratar de subir la pendiente.
Para empeorar las cosas, el cableado eléctrico se inclinaba peligrosamente sobre la calle. Si el conductor de la camioneta no se movía deprisa, podría caerle encima el poste y los cables… ¡y el conductor era su padre!
Justo detrás de él estaba Edward en su coche patrulla ayudándolo a conseguir impulso para salir.
Bella colgó a Seth y apagó el ordenador. Se puso el abrigo, cerró la oficina y corrió por la calle a la velocidad que le permitió el suelo y su estado.
Aunque la ciudad casi era una ciudad fantasma, algunas personas se habían reunido para contemplar el suceso. Cuando la vieron a ella, notó las muecas de dolor y el intercambio de miradas.
—No deberías estar aquí fuera con ese frío —le dijo Stefan Plumer, su peluquería estaba justo a su derecha—. Entra dentro, cariño. Te preparo una taza caliente de té.
—Gracias, pero tengo que… —¿hacer qué? ¿esperar y ver? ¿Mirar cómo el poste aplastaba a su padre o lo electrocutaba?—. Estaré bien —dijo mientras empezaba a temblar más de miedo que de frío.
—¡No hay tiempo, jefe! El poste se cae —gritó alguien.
—¡Mira! —dijo otro—. El jefe lo está logrando, lo está empujando.
Bella se dio cuenta de cuál era la idea justo cuando se pronunciaban las palabras.
—Oh, no —susurró llevándose las manos enguantadas a los labios.
No podrían pasar los dos, ¿no se daba cuenta? Claro que se daba cuenta, pensó al segundo. Pero ése era su trabajo… ayudar a la gente, incluso a los que no les gustaba o lo despreciaban.
Casi a cámara lenta vio con desesperación como Edward bajaba un poco y después volvía a hacer avanzar el coche. Las ruedas con cadenas serían inútiles en hielo, pero ese revuelto de hielo y agua le permitió acelerar y, usando la inercia, desplazar la camioneta hacia delante. Pero a cada centímetro que avanzaban el poste se inclinaba más.
De pronto, la camioneta salió disparada hacia delante, pero cuando Edward trató de hacer lo mismo, el poste cayó con un golpe sordo sobre el techo del coche patrulla. La multitud gritó para aliviar su propia tensión.
—¿Tocan los cables el coche?
—¡Mira! Está a unos centímetros del techo.
—Quizá si echa hacia atrás el asiento y trata de salir por la puerta trasera… —He visto una chispa en el transformador, mejor que no.
Bella tenía que hacer callar a las voces, diría algo feo o desagradable si no se callaban. Veía a Edward a través del parabrisas y sabía que él la veía. Mantuvo el contacto visual como un salvavidas.
Su padre había aparcado a una distancia segura y salió para ver qué pasaba. Se llevó las manos a la cabeza.
—¡Papá, aquí! —gritó Bella agradecida de que su padre hubiera visto el sacrificio de Edward.
Llegó donde estaba ella y parecía que fuera a sufrir un infarto.
—Le he dicho que no lo hiciera.
—Es su trabajo —dijo volviendo a mirar a Edward.
Sonaron sirenas y llegó Randall, ordenó a la gente que se echara hacia atrás para hacer sitio a los bomberos. Se acercó a Bella.
—No me pidas que me mueva, Peter —dijo amable pero decidida—. No voy a hacerlo.
—Lo sé, señora Cullen, pero si no lo hago o al menos lo intento, el jefe tendrá algo que decir…
Bella lo fulminó con la mirada.
—Cuando sea liberado. Lo siento.
—¿Están los de la electricidad de camino?
—Sí, llegarán en unos cinco minutos. Lo sacarán.
—Espero que a tiempo —dijo ella conteniendo la emoción—. Me gustaría que no quedara como beicon quemado.
—Aprisa —oyó gritar a Peter.
Cuando Edward señaló su teléfono móvil, ella le mostró el suyo y al momento sonó.
—Eh —dijo con voz ronca—. ¿Qué haces ahí?
—¿Qué haces tú ahí?
—Supongo que he calculado mal el tiempo. Mira, corazón, me sentiría mejor si no estuvieras viendo esto.
—Yo también, pero ¿crees que puedo marcharme? —su voz se quebró y se sintió avergonzada por añadirle más presión a la situación.
—Oh, cariño… sé que…
Hubo un minuto de silencio y Bella lo miró frotarse la cara y mirar los cables.
—Corazón, necesito que sepas algo.
¡No, así no!, pensó, pero sonrió entre las lágrimas.
—Sí, jefe.
—Las cosas se han ido volviendo transparentes… —Muy transparentes.
—Sé que me he resistido —dijo con la misma voz que le hablaba antes de hacer el amor—, pero sólo con las mejores intenciones.
—¿No te das cuenta de que no quiero a nadie más que a ti?
—Mi cabeza es más dura que la media, sólo tenía que estar seguro, ¿sabes? —Sé.
—Y ahora ni siquiera puedo decírtelo mientras te abrazo.
—Por favor, espera. Por favor, dímelo cuando puedas hacerlo así.
Cayó más hielo y en el transformador del extremo del poste saltó una gran chispa. Hubo gritos.
Oyó a Edward respirar para controlarse.
—Bella —dijo con voz casi gutural—. Te amo. Te amo con todo lo que soy y todo lo que esperaba ser.
—Vuelve conmigo —dijo entre lágrimas de felicidad y angustia. Entonces sintió un calambre que le hizo doblarse por la mitad. —¡Oh, Edward…!
—¿Qué pasa? Bella, ¿es la niña? Dale el teléfono a Randall.
OOOOO
Cuando abrió los ojos, vio un techo blanco con una mancha de humedad en una esquina. Habría que hacer algo con eso, pensó preguntándose por qué no lo había visto antes. Después un hombre de mediana edad con gafas y una chaqueta blanca apareció en su campo visual.
—Ya está —dijo sonriendo—. ¿Cómo se siente?
A menos que los ángeles llevaran bolígrafos en los bolsillos, se dijo que no estaba muerta.
—Un poco mareada. Un poco dolorida.
—Se ha desmayado.
Entonces todo le volvió a la cabeza y sufrió la peor de las sensaciones. —¡Mi marido! Edward. Tengo que volver. ¿Puede decirme…?
El médico desapareció y, un instante después, Edward se inclinaba sobre ella y la abrazaba.
Con un grito de felicidad, lo abrazó con fiereza.
—¡Estás vivo!
Él no respondió de inmediato. Tenía más interés en besarla y después lo primero que dijo fue:
—Te amo.
—Te amo.
Eso requirió otro largo abrazo hasta que sus corazones se tranquilizaron.
Durante ese tiempo, Edward comprobó el estado de la mayoría de sus cabellos, la mitad de los huesos y la paz de su vientre.
—La niña está bien —dijo por fin—. Sólo ha sido por el estrés. Tienes que descansar un par de días para asegurarte, pero podemos irnos a casa en cuanto firme tu alta.
—A casa, sí, por favor.
En apenas una hora, Bella estaba entre los brazos de Edward frente al fuego. El mundo volvía a estar en su sitio y jamás la había visto más guapa. Ella no le había quitado los ojos de encima en todo el trayecto hasta casa.
Según parecía los técnicos habían llegado justo cuando se había desmayado y lo habían sacado del coche antes de que Peter y su padre la metieran en el coche patrulla del primero. Edward no había esperado a la ambulancia y la había llevado entre los brazos todo el camino.
Su padre había permanecido en la sala de espera. Cuando salieron, se llevó la mano al corazón, pero cuando hizo ademán de marcharse, Bella lo sujetó.
—Ven aquí.
Delante de ella se paró un hombre torturado.
—No quería molestar… sólo quería dar las gracias al jefe otra vez.
—Se llama Edward, es tu yerno.
—Tienes que odiarme.
Algunas veces se había sentido tentada, pero llevaba una nueva vida dentro de ella… y tenía amor. No podía odiar.
—No puedes hablarme como lo haces, como lo has hecho delante de mí desde que recuerde —dijo ella—. Quiero que Elizabeth sea una niña, no una adulta antes de tiempo, como yo, por escuchar cosas que una niña no debe escuchar. Quiero que tenga un abuelo del que se pueda sentir orgullosa, no que dé miedo o vergüenza.
—¿Vas a llamarla Elizabeth? —bajó la cabeza.
—Elizabeth Renee, como sus abuelas.
—Son buenos nombres.
—Hablamos en unos días —dijo Bella acariciándole la mano.
—Me gustaría —dijo en tono grave.
En casa, caliente y seca entre los brazos de Edward, preguntó:
—¿Por qué me has hecho esperar tanto para escuchar esas palabras? —dijo mimosa—. Sabías lo que sentía por ti.
—Sabía que te gustaba —la besó en una mano—. Sabía que el sexo entre los dos es fantástico. Pensaba que empezaba a enamorarte un poco de mí, pero… me preocupaba que fuera de rebote. Además, como te había dicho, pensaba que te merecías algo mejor.
—No hay nada mejor, Edward—dijo antes de besarlo con todas sus fuerzas.
—Lo siento —dijo él—. El médico me ha dado órdenes estrictas, no podemos arriesgarnos hasta que veas a la doctora Hale la semana que viene.
—Hablas de sexo —dijo ella—. Sólo haremos el amor. Edward, ¿no ha sido así todo el tiempo?
—Para mí sí. Y me gustaría poderte decir en palabras cómo es un sueño hecho realidad. Me sentí hundido cuando James decidió que te quería. Incluso intenté odiarte por no darte cuenta de cómo era él en realidad, pero no pude.
—Me alegro.
—Esa noche en el bar supe que no podía dejar que te casaras con él. No sé qué habría hecho, pero necesitas esa verdad. Después, cuando explotó la camioneta y tú te desmayaste en mis brazos, estaba demasiado quemado para sujetarte más de un segundo. Las almas gemelas de las que tú hablabas… yo vi la mía en tus ojos entonces. Quería alejarte de allí y que no volvieras a pensar en él y en el tiempo que habías estado juntos. Sólo hay y sólo habrá una mujer para mí.
—He estado tan ciega, y he sido tan tonta por no darme cuenta de lo que sentías.
—¿Por qué no te arriesgaste y me lo pediste… o me lo dijiste? —bromeó.
—Edward, soy una mujer del sur nacida y criada. Mi madre provenía de la nobleza. Nosotras no lo pedimos primero.
—Pero eso no te impidió declararte —dijo entre risas.
—Bueno, no he dicho que no sepamos cómo conseguir lo que queremos.
Con la mirada llena de amor y de sueños, Edward se inclinó para besar el lugar donde había notado la última patada de Elizabeth y después se llevó a Bella al corazón.
—No los perderé jamás —dijo.
—Te lo prometo, mi amor —respondió Bella.
Fin
MUCHAS GRACIAS POR SUS REVIEWS Y POR AGREGARLA A FAVORITOS
ESPERO SE ENCUENTREN BIEN
LA PRÓXIMA SEMANA SUBIRÉ DOS NUEVAS HISTORIAS ESPERO LES GUSTEN
