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JANET
Albert tiró a Candy en la cama con energía, lo que la hizo rebotar. La había vuelto a cargar en el hombro después del puñetazo que le propinó, ignorando sus protestas todo el camino y disfrutando de su malhumor. Debía admitir que tenía un fuerte carácter y a él siempre le habían gustado las mujeres así. Sobre todo para provocarlas. Le divertía la actitud desafiante que adoptaban, la forma en que sus ojos brillaban de rabia y cómo se les aceleraba la respiración después de haberse dejado llevar por el enfado.
Aunque en este caso, el dolor en su nariz no sería tan leve como el del incidente de la bañera. Sonrió al recordar cuán satisfecho se había sentido al tirarla vestida al agua.
-Exijo regresar con mis hombres - gritó una vez más, levantándose al momento y corriendo tras él.
-No me tientes, Candy - se giró de golpe y a punto estuvo ella de chocar con él - A diferencia de mi primo, a mí no me importa quien sea tu padre. Si tengo que darte una zurra, lo haré y disfrutaré con ello.
-Podéis intentarlo pero os aseguro que no pondré la otra mejilla - colocó las manos en las caderas.
-No es en la mejilla donde tengo pensado golpearte - entrecerró los ojos al hablarle - Para cuando acabe contigo, no podrás sentarte en una semana.
Candy soltó un bufido muy similar a un grito cuando comprendió a qué se refería Albert. Sus ojos refulgían de indignación.
-Jamás en mi vida alguien me ha golpeado en el... - no fue capaz de decirlo - Y vos no seréis el primero.
-Pues sé una buena chica y deja de desafiarme.
-Llevadme con mis hombres y dejaré de protestar.
-¿Ahora son tus hombres?
-Sí - alzó la barbilla orgullosa.
Sus ojos bien abiertos, sus manos todavía en las caderas, la respiración agitada, los labios fruncidos, todo en ella era un claro desafío que aceptaría con gusto. El juego acababa de empezar.
-Tal vez encuentre otro modo de hacerte callar - bajó el tono de voz y deslizó los ojos hasta sus labios.
En esta ocasión, Candy sí gritó y retrocedió varios pasos, antes de oír la risa de Albert. Supo entonces que lo había dicho sólo para mortificarla y se detuvo.
-No tengo interés ninguno en besarte, Candy. Puedes estar tranquila - una sonrisa prepotente adornaba su cara - Además ese no sería un castigo.
-Como si pudiese gustarme - bufó, ya repuesta de la sorpresa inicial.
-¿Lo comprobamos? - dio un paso hacia ella.
-Lo lamentaríais - le aseguró.
Sus miradas se cruzaron y durante un tiempo ninguno de los dos se movió. En esta ocasión, fue Albert quien rompió el contacto, no por cobardía sino porque había decidido dar por finalizado el juego por el momento. Tenía cosas que hacer.
-Como te he dicho, no tengo interés alguno en besarte, querida.
Cerró la puerta tras él, dejando a una enfurecida Candy dentro. Se alejó de allí sonriente. La pasional personalidad de Candy le había alegrado la mañana.
-Buenas tardes - Candy observó a la joven que había entrado en su celda, no podía considerarla de otro modo, con una sincera sonrisa en los labios.
Se acercó a la pequeña mesa donde habían depositado su comida y tomó la bandeja en las manos. Tampoco ella reparó en que faltaba el cuchillo, pero, claro, parecía más interesada en ella.
Candy la reconoció en seguida, era la hermana de Anthony. Si no se le hubiese presentado ya, habría deducido igualmente que eran familia pues el parecido era asombroso. Tan rubia como ellos y con el mismo tono azul en los ojos, era inconfundible.
-Buenas tardes - saludó con cautela. Bien podía ser que el hermano la hubiese enviado para interrogarla sutilmente.
-Me recuerdas, ¿verdad?
-Por supuesto.
-Estaba deseando hablar contigo - dirigió sus pasos hacia la puerta, bandeja en mano - Vamos.
-No creo que vuestro hermano esté de acuerdo en que salga de aquí - permaneció donde estaba.
-A mi hermano ni caso. No voy a permitir que te encierren en esta alcoba con el buen día que hace.
-Soy una prisionera - le recordó.
-A veces yo también me siento así - murmuró - Vamos.
Candy decidió seguirla. Puede que la regresasen al cuarto en cuanto las descubriesen pero merecía la pena intentar investigar un poco el lugar mientras eso no sucedía. Tal vez encontrase el modo de escapar.
-Bajaremos a la playa - le dijo - en cuanto deje esto en las cocinas.
Candy permaneció en silencio, observando todo con ojo experto. Buscaba posibles vías de escape, número de guardias en cada planta, lugares donde abastecerse de comida y armas. Cualquier cosa que le ayudase a rescatar a sus hombres y huir de allí.
-Te va a encantar el lugar - continuó hablando Janet - Las vistas son espectaculares. Y allí podremos hablar con más tranquilidad. Hace meses que no hablo con una mujer cuyos temas de conversación no sean la comida, los hombres y los animales. Y no siempre en ese orden.
La risa de Janet era contagiosa. Así como su entusiamo. Su actitud sincera y extrovertida invitaba a las confidencias, lo que supondría un reto para Candy porque seguía creyendo que aquello era una treta de Anthony para sacarle información. Tendría que andarse con cuidado.
Por supuesto, no bajaron solas a la playa. Eso sería tentar demasiado a la suerte. Miró a los cuatro guardias que las acompañaban y sintió un escalofrío. Eran tan corpulentos que estaba segura de que se rompería la mano si intentaba golpear a cualquiera de ellos.
Hablaron de trivialidades durante horas y Candy se descubrió disfrutando de la compañía de Janet. Aunque no por ello bajó la guardia.
-¿No echas de menos tu hogar?
Empezamos, pensó Candy al escuchar la pregunta de Janet. Sonaba desinteresada pero decidió ser precavida.
-¿Quién no echaría de menos su hogar?
-Cierto - suspiró - Yo estoy deseando volver con mis padres.
-¿Qué hacéis aquí? - la distracción siempre había sido su fuerte.
-He venido a acompañar a Tony. Estaba en negociaciones con Aidan MacCleod para desposar a su hija mayor. Todo iba bastante bien hasta que los MacLean se la llevaron.
-No tenía idea - mintió a medias. Conocía lo de las negociaciones pero no que fuese Anthony el pretendiente.
-¿Estabas en casa de tu tío cuando sucedió? - Janet sabía hacer las preguntas correctas pero ella también sabía eludirlas.
-Hace años que no veo a mi tío - y eso no era mentira.
-Vaya - la miró con genuina sorpresa - Supuse que regresabas de Dunvegan cuando te cruzaste con mi hermano.
-Supusisteis mal.
-Por favor, si vamos a ser amigas, mejor dejémonos de tanta ceremonia - alzó una ceja divertida.
-Está bien - no tenía intención de ser amiga suya pero le dejaría que lo creyese. Tal vez ella sí podría sacarle información.
-Así que no venías de ver a tu tío - se mordió el labio pensativa - ¿Acaso te has escapado de casa?
-Si lo hubiese hecho, no me habría llevado a nadie conmigo.
-Claro, que torpe - fingió sentirse avergonzada de su suposición.
Candy pensó que pocas cosas avergonzarían a aquella joven. Si sus clanes no estuviesen enfrentados, puede que incluso hubiesen llegado a ser buenas amigas.
-Deberías decirle a tu hermano que no hablaré - decidió ser sincera porque empezaba a gustarle y eso no era bueno para ella - Nos ahorraremos toda esta parafernalia.
-¡Oh!
La había sorprendido y Candy sonrió. El desconcierto de Janet le resultaba gratificante. Por alguna extraña razón, tenía la sensación de que pocas veces lograban cogerla desprevenida.
-Veo que te hemos subestimado - admitió al final.
-Lo de que regresaba a casa es cierto - se vio en la obligación de decirle algo. A pesar de todo, le caía bien.
-Pero no me dirás de donde venías, ¿verdad?
-Eso no importa. Sólo quiero volver a Inveraray. Mis padres estarán preocupados.
Y tanto, pensó. O más bien furiosos porque se había escapado, dejando atrás una propuesta de matrimonio que no deseaba y que podría acarrearles problemas si su padre la había aceptado. Intuía que Neall se lo tomaría como una ofensa a su persona. Bueno, en realidad lo era. Suspiró frustrada. Tal vez regresar a casa en ese momento no era la mejor de las ideas.
-¿Estás bien? - su interés parecía genuino.
-Perfectamente - mintió, aún así.
-Será mejor que regresemos - Janet parecía haberse dado por vencida.
Recorrieron el camino de vuelta en silencio, cada una sumida en sus propios pensamientos. Los guardias las seguían a una distancia prudencial, pero atentos a cada movimiento de Candy.
-Me siento halagada - bromeó.
-¿Por qué? - Janet la miró curiosa.
-Porque tu hermano me considere tan peligrosa como para enviar a cuatro guardias a vigilarme.
-¿Ellos? - los miró un momento antes de regresar su mirada a Candy con una sonrisa en los labios - Fue idea de Albert, no de Anthony.
Candy frunció el ceño y su buen humor se esfumó por completo.
CONTINUARA
