¡Hola a todooooos! Vengo con un nuevo capítulo 😊😊 Me estoy portando bien, ¿no? Al menos mejor de lo que me he portado hasta ahora ejem ejem ¡Solo he tardado dos meses en publicar un nuevo cap! 😂 Al menos no he tardado un año como hasta ahora 😅😂 Ja… ja… ja… Vale, tenéis razón, he vuelto a tardar mucho, lo siento 😭😭😭
Muchas gracias a todos los que estáis leyendo la historia todavía, a pesar de que hace muchos años que la empecé, y reconozco que no he sido constante... Pero espero de corazón que todavía os esté gustando y entreteniendo 😊💖
Sin más dilación, continuamos con la aventura...
20
El anillo
—¿Entonces, en ninguno de los libros de la biblioteca pone nada? —cuestionó de nuevo Harry, con impaciencia imposible de disimular—. ¿Ni una sola referencia a la "Serpiente de Plata"?
Hermione emitió un suspiro cansado. Se estaba peleando con una de las faldas que había usado esos días, intentando deshacerle el nudo con el que, al parecer, había logrado quitársela en su día. Los cinco se encontraban en la pirámide escalonada que hacía las veces de su hogar durante su estancia en El Dorado. Concretamente, se encontraban en la sala en la cual estaba la pequeña fuente y los sillones, y desde la cual se podía acceder a sus dormitorios. Habían decidido bautizarla como la Sala Común, en honor a Hogwarts. Toda su ropa, sucia y limpia, estaba desperdigada en montones por los sillones y mesas.
Asako les había dicho durante la comida que aquel era el día oficial de limpieza en la ciudad y que le diesen todas sus ropas sucias para llevarlas a que fuesen lavadas en el río. Ese día ocurría una vez cada tres semanas. Por ello se encontraban en ese momento rebuscando en sus mochilas, seleccionando toda su ropa. Tanto la que habían llevado por la selva, como las faldas que habían usado mientras estaban allí, y la ropa de cama, ropa interior….
Las "camas" de la ciudad no eran exactamente como las que los jóvenes conocían de sus hogares, pero se asemejaban bastante. Se trataba de una estructura de madera, de cuatro patas, con una dura tabla, también de madera, a modo de "somier", y un colchón encima que constaba de una gran tela rellena de paja o algún material blando similar. Además, les habían dado mantas y sábanas hechas a mano de suave algodón para protegerse de las frías noches del lugar. Incluso había una gran cantidad de cojines y almohadas, rellenos del mismo desconocido material blando.
Mientras recolectaban todas las telas de la estancia que podrían llevar a lavar, aprovechando que estaban solos, debatían una vez más sobre el tema que les había traído hasta la exótica ciudad.
—Harry, no llevamos mucho tiempo aquí —contestó Hermione pacientemente—. Como tú comprenderás, no he tenido tiempo de revisar todos los libros de la biblioteca. Solo te digo que, en los que he mirado, no sale nada…
—Quizá podríamos ayudarte a buscar… —propuso Ángela, solícita. Hermione le sonrió, agradecida.
—Sería sospechoso vernos a todos en la biblioteca leyendo sin parar —replicó su amiga, práctica—. No os preocupéis, lo hago encantada, pero necesito tiempo.
—Pero, estamos seguros de que la "Serpiente de Plata" está aquí, ¿verdad? —saltó Ron con repentina inquietud, mientras examinaba una camiseta suya, valorando el grado de suciedad—. Porque como la hayamos cagado y hayamos venido para nada…
—Hubiéramos perdido un tiempo precioso —coincidió Harry, con énfasis. Hermione lo miró con enfado, pero Ángela intercedió por ella.
—La "Serpiente de Plata" está aquí. Eso es seguro —dijo con firmeza—. Todas las leyendas coinciden en eso. Y hay pruebas en imágenes. Pero es una joya muy valiosa y especial. Quizá no tengan información sobre ella en los libros de la biblioteca, a manos de todo el mundo. Quizá sean los sabios de aquí quienes tengan todo el conocimiento a buen recaudo.
—¿Vosotros creéis que esta camiseta está limpia? —cuestionó Ron haciendo un inciso, mostrándoles la prenda.
—Sí, Weasley, por supuesto que lo está —contestó Draco antes que nadie, mirándolo con profundo hastío. Después intervino en la conversación—: Sinceramente, me preocupa más el hecho de que la joya esa sea de verdad un Horrocrux o no. Damos por hecho que sí, las pruebas parecen convincentes, pero podemos llevarnos una sorpresa... Y me preocupa cómo destruirla, en caso de que lo sea.
Hermione dejó lo que estaba haciendo y lo contempló con repentino pavor en el rostro.
—Diantres, es verdad. Aún no he buscado nada sobre cómo destruirla —murmuró, como si se alarmase de sí misma—. Tengo que ir a la biblioteca otra vez…
—Posiblemente el consejo de sabios pueda ayudarnos también con eso, ¿no creéis? —opinó Ángela—. Deben de conocer magia muy poderosa. Quizá sepan de algo capaz de destruir un fragmento de alma… —su voz fue bajando el tono, indecisa ante la dificultad de lo que se planteaba—. Podríamos preguntarle al hechicero.
—¿Hechicero? —repitió Harry, alzando las cejas ante semejante apelativo. Ángela sonrió y se encogió de hombros.
—He oído que hay un hechicero en la ciudad. Se llama Jann, o algo parecido. Seguramente esté en la reunión y podamos preguntarle. No sé qué tipo de magia dominará, pero algo es algo…
—Pues sí —corroboró Ron, volviendo a su habitación a recoger el resto de la ropa que había dejado allí. Su voz se fue amortiguando a medida que se alejaba—. Y también debemos preguntarles por qué no podemos hacer magia. Si han sido ellos los que nos lo impiden de alguna manera.
—Estoy harto de estar sin magia —masculló Draco. Mientras hablaba, apartaba a Max con una mano para evitar que mordisquease su ropa—. Ser un muggle veinticuatro horas al día es una mierda.
—Personalmente, me preocupa cómo reaccionarán al enterarse de que somos magos —comentó Harry, con la verde mirada perdida en la nada—. Espero que reaccionen bien porque, si no, no sé qué haremos…
—No nos preocupemos por eso antes de tiempo —zanjó el tema Hermione, terminando de doblar una de las sábanas. Ángela soltó sus cosas para ayudarle—. Han demostrado ser gente civilizada y educada. Y parecen buenas personas. Incluso demasiado confiadas, me atrevería a decir.
—Ya, pero les hemos ocultado muchas cosas —corroboró Ron, volviendo de la habitación con un puñado de ropa precariamente sujeto en las manos. Llevaba un par de faldas más, y la ropa de cama—. Tendrían razones de sobra para enfadarse y no confiar en nosotros. Opino como Harry.
Al llegar junto a sus amigos, una de las faldas resbaló sin remedio y cayó a los pies del sofá. El chico chascó la lengua y se acuclilló para cogerla, aún sin soltar el resto de prendas, complicándose bastante la tarea. Draco, ordenando su ropa cerca de donde él estaba agachado, lo miró con profundo hastío.
—Por eso tenemos que ser lo más pacíficos posibles y demostrarles que solo queremos hacer el bien —opinó Ángela, vacilante—. Que, al final, es la realidad. El día que vayamos a ver al consejo de sabios nos jugaremos mucho…
—Demasiado —Harry suspiró, y terminó de meter en la mochila la ropa que estaba limpia, para volver a llevarla a la habitación. No había armarios en El Dorado donde guardar la ropa, al menos no en su hogar—. ¿Cómo vais?
Había dejado su montón de ropa sucia encima de uno de los sofás, junto al montón de ropa que Draco estaba seleccionando. Hermione y Ángela examinaban su ropa encima de una mesa dorada. Ron estaba en el otro sofá.
—Listo —respondió Draco, cogiendo su mochila y encaminándose a la habitación que compartía con Ron y Harry, sin esperar al moreno. Éste puso los ojos en blanco durante un breve instante, pero después lo siguió sin comentar nada.
—Ey, ¿a alguien se le ha caído esto? —dijo Ron, todavía agachado en el suelo. El resto le miraron y vieron que sujetaba algo pequeño con índice y pulgar. Algo que brillaba—. No sé si estaba entre mis ropas o aquí en el suelo…
—¿Qué es? —cuestionó Harry, alejado un par de metros, incapaz de verlo. Tanto Draco como él se habían detenido.
—Un anillo. Pero… —se lo acercó a los ojos, quedándose algo bizco—. Es de plata, no de oro. O sea, que no es de El Dorado —rió débilmente ante su propio chiste.
—Es mío —respondió Draco bruscamente, acercándose a él y arrebatándoselo con poca delicadeza. El joven pelirrojo pareció algo desconcertado, y lo miró con desconfianza.
—¿Tuyo? Nunca te he visto con él —protestó—. Hace años tenías un anillo con el sello de tu casa, pero no lo has traído, me he fijado.
—No lo he llevado puesto, lo guardaba en la mochila —se defendió el rubio con extraña brusquedad. Su rostro estaba sombrío—. Se me habrá caído al hurgar en ella…
Ron dejó escapar un resoplido burlón. No pensaba perder la oportunidad de meterse con el joven rubio.
—¿Y para qué lo traes si lo vas a tener guardado? ¿Qué lo llevas, como un amuleto? —se mofó, incrédulo.
—Eso a ti no te importa, imbécil —escupió el rubio con inusitada agresividad, dándose la vuelta y encaminándose a su habitación a grandes zancadas, sin volver a mirarlo.
—Déjale, Ron —protestó Ángela, desde su posición. Pero el pelirrojo estaba intercambiando una mirada confusa con Harry, y no le escuchó.
—Solo era una broma, no hace falta que te pongas así —le espetó Ron, mirándolo con desdén cuando Draco volvió a la sala, ya sin la mochila—. Decía lo del amuleto porque no me parece la mejor idea traer algo con valor sentimental a la selva… Se te podría haber perdido en varias ocasiones con todo lo que nos ha ido pasando.
Draco comenzó a reordenar la ropa limpia, sin que hiciese ninguna falta. Solo para no tener que mirarlos. Aún así, seguía notando las miradas de todos puestas en él, y se sintió obligado a responder.
—No sé si se puede decir que tiene valor sentimental —admitió, en un seco murmullo—. Pero tampoco me sentía bien dejándolo en casa.
Harry lo miró con atención. No entendía del todo a qué se refería, y, aunque la vida del rubio no le importaba demasiado, admitió que sus palabras le intrigaron. Apenas habían hablado de cosas íntimas desde que estaban allí. Únicamente de cosas sobre la misión, cosas de pura supervivencia. No eran amigos, y nunca lo serían. Apenas pasaban tiempo juntos en El Dorado, a excepción de cuando era realmente necesario o las circunstancias lo exigían, como ese momento. Y era por ello que, se dio cuenta, no sabía nada sobre Draco Malfoy. Nada sobre su vida una vez abandonado Hogwarts. Nada sobre lo que pensaba o sentía. El joven Slytherin nunca hablaba de sí mismo, y Harry no se había planteado hasta ese momento la posibilidad de preguntarle sobre su vida privada. La convivencia forzada se podía decir que había apaciguado las constantes peleas y ataques entre ellos, y, creado una especie de inestable paz. Al menos, podían hablar sin matarse.
Quizá el hecho de que las varitas no funcionasen también tenía algo que ver.
—Entonces sí que tiene valor sentimental, ¿no? —cuestionó Harry, intentando sonar amable y no acusador.
Draco no pareció convencido. Y seguía luciendo incómodo e incluso molesto, por alguna razón desconocida. Siguió sin mirar a ninguna de las personas de la habitación al añadir:
—Es más bien un recordatorio. De lo que tengo que hacer cuando vuelva a casa.
Harry intercambió una rápida mirada con los demás antes de comentar en voz baja:
—No habíamos puesto fecha para el fin de nuestro viaje. Si hay algo que tengas que hacer…
—No te preocupes, Potter. Tampoco tengo fecha para esto —calló, pero, al sentir que las miradas de todos seguían puestas en él, sin contentarse con sus respuestas, se vio obligado a respirar hondo y a murmurar finalmente—: Es un anillo de compromiso.
—¿Qué? —se le escapó a Ángela en voz alta. Ron abrió exageradamente los ojos, mirando al rubio con estupor. La sábana que Hermione sujetaba resbaló de sus manos y cayó al suelo con un susurro, encontrándose repentinamente sin fuerzas para sujetarla. Harry frunció el ceño y se sintió extrañamente avergonzado. Definitivamente, no sabía nada sobre el rubio y no se había molestado en saberlo. Ni se le habría pasado por la cabeza algo así.
—Pero, espera, ¿te refieres a que vas a pedir a alguien que se case contigo o a que alguien te ha pedido matrimonio a ti? —espetó Ron, con algo de brusquedad.
—Ninguna de las dos cosas. Pero sí, me casaré cuando vuelva a casa, ¿contentos, cotillas de mierda? —Draco no parecía, desde luego, en absoluto contento.
—Caray, ¿enserio? —logró decir Harry, dejando escapar una sonrisa de extrañeza. Estaba tan sorprendido que ignoró el mal humor del rubio, y no tuvo el tacto suficiente como para dejar el tema—. Ostras pues… Guau, muchas felicidades, supongo.
—No nos habías dicho nada —protestó Ángela, cruzando los brazos en un falso puchero, fingiendo ofenderse, intentando así romper un poco la tensión del ambiente. Pero Draco parecía realmente molesto, y nada parecía poder apaciguarlo.
—No me gusta hablar de mi vida privada. No tiene nada que ver con la misión que nos atañe, con lo cual no tenéis necesidad de saber nada sobre mí —protestó el rubio, cogiendo otro puñado de ropa limpia ya doblada, para volver a doblarla con bruscos movimientos. Seguía empeñado en no mirarles a los ojos a ninguno.
—Ya… —masculló Harry, rascándose la nuca—. Y lo siento, no quería obligarte a contarlo. En serio. No pensaba que fuese algo de esa magnitud. Caray —repitió, como si no pudiera contenerse.
—¿Y con quién te casas? —preguntó Ron sin pararse a pensarlo si quiera, mirándolo todavía con asombro. Parecía haber quedado tan sorprendido que olvidó que, al igual que Harry, nunca solía interesarse en el chico lo más mínimo. En ese momento, el hecho de conocerse desde hacía tantísimos años, jugó en su contra, y se creó una especie de confianza inconsciente que les animó a seguir preguntando.
—Astoria Greengrass —reveló Draco, con voz seca. Parecía ya resignado a que iban a interrogarlo. Y, a pesar de que podría haberse largado sin más, con la cabeza bien alta, sin molestarse en contestar nada, no lo hizo. Quizá, a pesar de sus protestas y quejas, necesitaba contarlo. Quizá, por alguna razón, necesitase hablar de ello. Quizá llevase tiempo deseando hablarlo con alguien. O, al menos, esa fue la impresión que le dio a Harry.
Malfoy siguió ordenando su ropa compulsivamente, y no era el único.
Hermione no terminaba de creer lo que acababa de escuchar. Se encontraba de espaldas a ellos, de cara a la mesa en la que estaba su ropa, todavía aferrando las sábanas que acababa de recoger del suelo. Sentía que estaba dentro de un sueño del que despertaría en cualquier momento. No podía ser cierto. ¿Malfoy estaba comprometido? ¿Iba a casarse? ¿Estaba… enamorado? Al pasar tantas horas en su compañía, horas en aquel lugar alejado del mundo, de su mundo, Hermione no había pensado ni por un instante en todo lo que les deparaba fuera de allí. En que cada uno tenía su vida, y que volvería a la normalidad tan pronto como terminasen esa misión. Siempre que la cumpliesen con éxito, claro. Era algo evidente, y que nunca debería haber dudado, pero la golpeó de pronto dejándola completamente aturdida. Ella tenía su vida, junto a Ron. Malfoy tenía la suya, junto a Greengrass. Nunca había habido nada más. Y Hermione se sintió absolutamente avergonzada de sí misma, estúpida y arrepentida, por darse cuenta de que, realmente, se había imaginado cosas que no eran. Miradas, comentarios, gestos… Nada era real. La realidad era lo que había fuera, esperándoles.
Sentía un zumbido en los oídos que le impedía oír nada, y una opresión en el pecho que hacía que le costase respirar. Comenzaba a notar como si un par de manos le presionasen el cráneo. Incluso había dejado de ver su entorno con claridad. Se vio obligada a aferrarse disimuladamente a la mesa para evitar caer al suelo. Sus piernas no la sostenían. Temblaban. No tenía sentido que se comportase así. Estaba siendo ilógica. Pero su cuerpo no lo sabía. Su corazón no lo sabía. Pocas veces la realidad le había parecido tan dolorosa e inevitable.
De pronto, se encontró a sí misma respirando hondo para intentar controlar las lágrimas que luchaban por escapar de sus ojos.
Tenía que salir de allí. No quería oír nada más. Necesitaba urgentemente estar sola y controlarse.
—¿Hermione?
La joven giró el rostro, bruscamente arrancada de sus pensamientos, y se encontró frente a frente con los ojos oscuros de Ángela.
—¿Estás bien? —inquirió la morena en voz baja, poniéndole una mano en el hombro. Harry y Ron seguían interrogando ávidamente a un hastiado Draco sin darse cuenta de que Hermione estaba a punto de derrumbarse por dentro a apenas unos metros de ellos.
—Sí, sí —balbuceó Hermione con un hilo de voz. Se apresuró a aflojar sus manos para dejar de arrugar con fuerza la sábana.
—Estás muy pálida —murmuró Ángela, acariciándole una mejilla con el dorso de la mano y apartándole un rizo castaño.
—¿Sí? Bueno… la verdad es que me siento algo mareada. Creo que no he comido mucho —improvisó Hermione rápidamente, logrando forzar una sonrisa. Necesitaba salir de allí cuanto antes—. Creo que iré a tomar el aire.
—¿Quieres que te acompañe? —ofreció Ángela, que parecía preocupada. El brillo de comprensión de sus ojos la estaba haciendo sentir, si cabe, peor todavía.
—No, no, estoy bien, enseguida vuelvo —dejó la sábana sobre la mesa de cualquiera manera y echó a andar hacia la salida. Se aseguró de no mirar ni a Draco ni a sus amigos. Los chicos sí que la siguieron con la mirada cuando pasó por su lado. Max emitió un gritito de protesta, como si quisiese que la chica lo llevase con ella, pero Hermione ni siquiera lo oyó.
—¿Hermione? —la llamó Ron, pero ella le ignoró. Se giró hacia Ángela, al ver que había estado hablando con ella—. ¿Está bien?
—Solo un poco mareada —explicó Ángela, cogiendo a Max en brazos y sentándose en el sofá que quedaba libre. Harry y Ron se habían sentado sobre uno de los sofás, mientras que Malfoy finalmente había cedido al interrogatorio, todavía con gesto malhumorado, y se había sentado en el reposabrazos, dejando en paz su ropa ya doblada y colocada por triplicado. De hecho, ninguno de ellos hacía ya caso a la ropa.
—¿Mareada? —repitió Harry, con inquietud.
—Voy con ella —sentenció Ron, poniéndose en pie. Pero Ángela se lo impidió con inusitada brusquedad.
—No, déjala. La vas a agobiar. Volverá enseguida, solo tomará un poco el aire. Si quiere algo ya nos dirá.
Ron la miró un instante, aún inquieto, y después contempló la puerta por la cual la joven había salido al exterior. Sus ojos azules brillaban de inquietud.
—Bueno, Malfoy —retomó Harry la conversación, intentando tranquilizar y distraer a Ron—. ¿Cómo nos decías que conociste a la afortunada futura señora Malfoy?
Cuando Harry devolvió su atención al rubio, vio que también éste tenía la mirada fija en la puerta por la que Hermione había desaparecido. Sin embargo, al oír el llamado de Harry, devolvió la mirada hacia ellos. Y el joven Potter no fue capaz de vislumbrar nada extraño ni en su rostro ni en sus ojos.
—¡Eso! Que yo no he oído nada —protestó Ángela, con tono bromista, fingiendo emocionarse.
—Ya os lo acabo de decir. No hay mucho que contar. Es la hermana pequeña de Daphne Greengrass. Daphne iba conmigo a clase en Hogwarts, y su familia y la mía se trataban. Nos conocíamos desde pequeños.
—Recuerdo haberla visto por los pasillos alguna vez —comentó Ángela, pensativa—. Bueno, no sé cuál de las dos era, se parecen bastante. ¿Son rubias, verdad?
Draco asintió con la cabeza, con poco entusiasmo.
—Bueno, y… —Harry caviló sus palabras, intentando sonar medianamente bromista y no enfadar más al rubio de lo que ya estaba. Tenía verdadera curiosidad por saber más—. ¿Cómo… surgió el amor? Ya me entiendes. Danos algún detalle…
Pero Draco ya había soltado una seca carcajada mordaz antes de que terminase de hablar. Como si el chico acabase de decir una evidente estupidez.
—No surgió —contestó, de nuevo como si fuese obvio. Se recostó y apoyó la espalda en el respaldo del sofá, desganado. Harry lo miró con genuino desconcierto.
—¿Cómo? —se sorprendió el moreno, mientras Ron y Ángela intercambiaban una mirada también extrañada—. Pero…, si vais a casaros…
—No me caso con ella por voluntad propia —espetó Draco—. No es algo que haya decidido yo.
—¿A qué te refieres? —inquirió Ron, con el ceño fruncido, sintiendo demasiada curiosidad como para recordar hablar con brusquedad al joven rubio.
—En mi entorno, las cosas no funcionan así. No hacemos las cosas por amor. Mi padre arregló el compromiso con los Greengrass sin consultarnos ni a Astoria ni a mí —la voz de Draco se había convertido en apenas un murmullo, pero había tal silencio en la estancia que se oía perfectamente. Ni siquiera Max emitía ningún sonido. A Malfoy no parecía interesarle en absoluto hablar de aquel tema tan personal con ellos, pero, aún así, lo estaba contando—. La familia Greengrass es sangre limpia. Es un buen partido para recuperar algo de la reputación que teníamos antaño. El hecho de que me haya ido a vivir cerca de los muggles no agrada a mi padre, aunque haya sido por trabajo. Sumado a todos los anteriores errores del pasado, claro. No es solo que el Señor Oscuro "ya no esté" —hizo unas comillas con los dedos, indicando que precisamente el posible retorno de Voldemort era el motivo de aquel viaje. Pero el resto le entendieron—. El mundo mágico no se rige solo por Mortífagos y miembros de la Orden. También hay otras jerarquías, otros estatus. Nosotros hemos perdido puntos con todo lo sucedido hace unos años, pero… mis padres no pierden la esperanza de recuperarlos. Y casarme con una bruja sangre limpia de buena familia lo haría. Arreglaron el matrimonio y listo. Ni Astoria ni yo podemos negarnos, aunque quisiéramos.
Aunque Draco intentó controlar su tono, a todos los demás les quedó claro, a juzgar por la amargura que lo invadió con la última frase, que, de haber podido elegir, jamás se hubiera casado con Astoria Greengrass.
—Entonces… ¿te obligan a casarte con ella? —resumió Ángela con amargura, rompiendo el silencio que se había formado. Él se encogió de hombros.
—Algo así. Pero no lo veo como una obligación. Es mi deber para con mi familia, y ya está.
Harry intercambió una breve mirada con Ron, y después se armó de valor para mirar a Malfoy a los ojos, y hablarle con franqueza.
—Son tus costumbres, y las respeto, Malfoy, pero… —vaciló y añadió con amabilidad—: No hagas nada que no quieras. Ninguna reputación merece pasar tu vida con alguien que no quieres. No lo sé, yo… No puedo ni imaginarme algo así.
—Yo no tengo que imaginármelo, solo tengo que hacerlo —respondió Draco con tono neutro, y su mirada se perdió en el fondo de la estancia—. Mi padre jamás dará su brazo a torcer. Ya está todo arreglado. Y está convencido de que unirnos a la familia Greengrass será lo mejor.
—¿Al menos es… una chica agradable? —cuestionó Ángela, vacilante. Parecía intentar verle el lado positivo. Draco esbozó una sonrisa torcida, pero sin maldad.
—Sí, es una buena chica —bajó la mirada y se miró las manos, entrelazadas sobre sus piernas abiertas.
Harry volvió a intercambiar una mirada con Ron. Ninguno de los dos fue capaz de ser burlón ni mordaz con él. A pesar de que intentaba ocultarlo alegando que era lo mejor para su familia, y que eran costumbres que se debían mantener, no les pareció que lo desease de verdad. Quizá creía en lo que decía, pero no lo deseaba. Y no pudieron si no sentir lástima por él.
¡Listo! ¿Qué os ha parecido? 😍 ¡Draco va a casarse! 😱 ¿Quién podía esperar algo así? ¡El muy ca**** no ha dicho nada! A la pobre Hermione casi le da un patatús y ha tenido que salir de allí… ¡antes de que el chico explicase que el compromiso está pactado y en realidad no quiere a Astoria! 😱 Ay, ay, ay, vaya lío, esto traerá problemas seguro… 😜 Ha sido un capítulo algo más cortito, pero necesario, y a partir de aquí va a haber mucho más dramione, preparaos que vienen curvas 😈
Espero que os haya gustado mucho, espero vuestros comentarios con mucha ilusión, ¡contadme qué os ha parecido! 😍
Un abrazo grande, hasta el próximo 😘
