Capítulo 17. No fue suficiente.
Victoria se despertó temprano. En la taberna se comentaba que el río había arrastrado a unas personas, y que una mujer y su bebé habían pasado la noche en la misión. Los soldados habían partido en busca del padre y su hija desaparecidos.
Doña Carmen se acercó a hablar con Victoria. "Se oyen toda clase de rumores. Algunas personas dicen que el río arrastró a el Zorro y se ha ahogado. ¿Él está bien?"
"No te preocupes. Diego está a salvo. Es cierto que intervino y está herido, pero se recuperará."
"Gracias a Dios. ¿Vas a ir a verle luego? ¿Crees que puedo acompañarte?"
"Claro que puedes, saldré en media hora. Quédate e iremos juntas."
Fueron a la hacienda en cuanto Victoria acabó de poner los desayunos. Encontraron allí al doctor hablando con don Alejandro.
"Buenos días doña Carmen. Señorita Victoria, justo le explicaba a don Alejandro cómo está don Diego. Tiene muchas magulladuras y un corte en el hombro, pero a pesar de la caída no se ha roto la cadera. También está algo resfriado. Necesitará descansar unos días y no creo que pueda montar antes de dos semanas. No se preocupen, se pondrá bien. Tuvo suerte de que el caballo no le cayera encima."
"Gracias, doctor." dijo don Alejandro. "Doña Carmen, gracias por venir a interesarse. Es usted muy amable."
"¿Puedo ayudarles en algo?" preguntó ella.
"Diego está muy bien atendido, no necesitamos ayuda, pero se lo agradezco en cualquier caso. Me temo que hoy está demasiado maltrecho como para discutir conmigo. Es el asunto de que no se suba a un caballo en dos semanas lo que me preocupa. Una vez se rompió la pierna y aún así salió a capturar a unos bandidos. Claro, que entonces no sabíamos a qué se dedicaba cuando se suponía que estaba estudiando o durmiendo la siesta." doña Carmen sonrió. "Si es tan amable de seguir acompañando a Victoria cuando viene a verlo eso sí sería de ayuda. Ya sabe, una mujer soltera visitando a su prometido en su dormitorio…"
"Me hago cargo. Haré de carabina. No se preocupe."
Victoria se quedó un rato con Diego, pero volvió al pueblo acompañada de doña Carmen para servir la comida en la taberna.
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Una partida de soldados dirigida por el sargento Mendoza llegó a la plaza. Todos estaban muy abatidos.
"Coged la carreta y unas mantas." ordenó el sargento a un cabo y un soldado.
Victoria al enterarse por uno de los clientes de la taberna se acercó al sargento. "¿Qué ha pasado, los han encontrado?"
El sargento asintió, a punto de llorar. "Se ahogaron, señorita. Los hemos encontrado casi en la desembocadura, cubiertos de lodo. El carro y el caballo estaban bastante más arriba. Pobre animal, él también murió atrapado en la corriente." Enseñó algo que llevaba en la mano, era un sombrero negro, pero deformado y manchado de barro. "Esto estaba cerca de ellos. Puede que el Zorro también se haya ahogado, aunque no hemos encontrado su cuerpo."
Al ver la pena en los ojos del sargento Victoria se compadeció de él. "Ya hemos creído otras veces que el Zorro había muerto y siempre ha aparecido sano y salvo. No sufra por él, sargento. Estoy convencida de que cualquier día lo veremos por aquí."
"¿Usted cree, señorita? Bueno, ojalá tenga razón. Se supone que es un forajido, pero. ¿Qué clase de malhechor arriesga su vida por tratar de salvar a unos desconocidos?"
Por la tarde Victoria volvió a la hacienda y reuniendo todo el valor que pudo encontrar le dijo a Diego que los habían encontrado. Deseó no volver a ver jamás la mirada atormentada de Diego.
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El funeral del padre y su hija se celebró por la mañana. Aunque tenía fiebre Diego insistió en acudir, y parecía desolado. Contaron a todos lo mismo que al médico, que un árbol arrancado por la tormenta lo tiró al suelo.
Tras el funeral la viuda se dirigió a un pequeño grupo, entre los que estaban el sacerdote, los de la Vega y Victoria.
"He oído decir que ese hombre, el Zorro, se acaba enterando de las cosas que se dicen en el pueblo. Por eso quiero decirles a ustedes que si tienen ocasión de hablar con él le den las gracias en mi nombre. He perdido a mi marido y a mi niña, pero tengo a mi hijo para darme fuerzas y seguir adelante. Si él no hubiera estado allí todos habríamos muerto."
Diego no dijo nada, pero apretó la mano de Victoria, conteniendo las lágrimas. Victoria se dio cuenta de que llevaba años ocultando sus sentimientos. No sabía qué más podía hacer para ayudarlo.
El padre Benítez parecía muy apenado. "Es posible que también se ahogara. No hemos sabido nada de él."
"No, no se ahogó." respondió la viuda. "Salió de la corriente agarrado a la silla de ese enorme caballo negro, fue él quien nos dejó a mi hijo y a mí en la puerta de la misión. En ese momento estaba tan aturdida que no le di las gracias."
"Me alegra oír eso." dijo el sacerdote. "Si lo veo le daré su mensaje."
Entonces la mujer miró a Victoria. "Gracias por ofrecerme alojamiento en la taberna hasta que decida qué hacer. Es usted muy amable. Encontraré la forma de pagar."
"No es nada, no tiene que pagar por la habitación." respondió ella conmovida. "Puede quedarse todo el tiempo que necesite."
Diego la miró con ternura. "Ha sido un bonito gesto." le dijo cuando se apartaron un poco de los demás.
"Trato de estar a la altura." dijo ella en voz baja.
"Lo habrías hecho aunque no me conocieras, estoy seguro."
El padre Benítez encontró la ocasión de hablar con don Alejandro.
"Perdone, don Alejandro, pero me gustaría hablar con usted de un asunto.
Don Alejandro se acercó a él. El sacerdote señaló hacia el huerto de la misión, donde a esas horas no había nadie más.
"Hablé con su hijo hace unos días, y aunque él me aseguró que todo va bien me quedé preocupado. ¿Se encuentra bien? Parece muy afligido."
"Me contó que vio cómo el río arrastraba a esas personas, pero que no llegó a tiempo de ayudar." improvisó don Alejandro. "Quedó muy impresionado. Él valora la vida por encima de todo."
"Sí, recuerdo cómo se disgustó cuando murió aquel hombre y a nadie le importaba. Diego es muy compasivo. También me preocupa su relación con Victoria. ¿Cree que están bien?"
"Padre." dijo don Alejandro. "Sabemos de las horribles historias que circulan acerca de Victoria, y puedo decir que son mentiras interesadas. Estoy seguro de que es sincera."
"Reconozco que ella parece sentir afecto por él, pero ha amado al Zorro tanto tiempo que me extraña un cambio tan radical. Si hubiera pasado más tiempo, quizá ella podría haberlo superado, pero una boda tan repentina…"
"Bueno." dijo don Alejandro. "Mucho menos repentina que cuando dijo que se casaría con Juan."
"Precisamente pensaba en lo que hizo, don Alejandro. ¿Y si ella no es capaz de casarse con él o, aún peor, se da cuenta después de que ha sido un error? No creo que Diego pudiera soportar una decepción así."
Don Alejandro estaba lleno de dudas. Tenía tantas ganas de pedir consejo al sacerdote acerca de Diego que casi no podía contenerse, pero no podía traicionar el secreto. Cada persona que sabía acerca del Zorro aumentaba el riesgo de que se descubriera todo, eso suponiendo que pudiera convencerle. El sacerdote notó algo y volvió a preguntarle.
"¿Quiere contarme algo don Alejandro?"
"No, padre, muchas gracias por interesarse. Buenos días."
La viuda volvía a la taberna donde se alojaba. Su bebé no paraba de llorar. La madre estaba tan agotada que estuvo a punto de caerse. Un hombre que se encontraba a su lado la sujetó y doña Carmen, que se encontraba al otro lado instintivamente cogió al bebé que estaba a punto de caer de los brazos de su madre. Doña Carmen lo acunó y el bebé dejó de llorar. La mujer no podía dejar de mirarlo.
Don Alejandro se acercó a ayudar, pero otras personas ya acompañaban a la madre a la taberna para conducirla a su habitación, así que caminó tras ellos junto a doña Carmen que seguía acunando al bebé. Cuando llegaron a la taberna Victoria también se había acercado, y acompañó a la madre y a doña Carmen a la habitación. La madre del bebé afirmó que se encontraba mejor y doña Carmen le devolvió al niño con ternura.
Cuando bajó la escalera don Alejandro vio que doña Carmen tenía lágrimas en los ojos. "¿Se encuentra bien?"
"Claro, algo afectada por la pérdida que ha sufrido esa mujer, pero estoy bien. Gracias."
Se dirigió a su casa y don Alejandro le preguntó si podía acompañarla.
"No será necesario. Está aquí mismo."
"Insisto. Estoy convencido de que no se encuentra bien."
Doña Carmen rebuscó en su bolsillo, cada vez más nerviosa. Al fin encontró la llave y abrió la puerta. "Ya estoy en casa. Gracias de nuevo don Alejandro." entró y cerró la puerta tras ella.
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Una semana después Victoria y Carmen se encontraban en la hacienda. Victoria esperaba a Diego en la cueva. Cuando él llegó se quitó la máscara y se acercó a besarla, pero fue un beso breve. Inmediatamente se separó de ella.
"Voy a cambiarme. ¿Me esperas arriba?"
"Claro." dijo ella un poco extrañada. Subió a la biblioteca.
Don Alejandro se acercó a Victoria. "No debería salir a caballo, todavía no se ha recuperado del todo."
"Me ha prometido que no hará demasiados esfuerzos, pero no quiere que la gente piense que el Zorro está herido a la vez que Diego."
"Tenemos que encontrar la forma de que el Zorro deje de ser necesario. Merece seguir adelante con su vida. Ambos lo merecéis."
Ya en la sala Diego se sentó frente al piano y tocó una melodía. Era suave y cargada de tristeza.
Don Alejandro se acercó a ella. "¿Sabes, Victoria? Me he dado cuenta de que casi no lo conocía. Ahora que me ha contado su secreto creo que empiezo a entenderlo, pero no del todo. Ya era así de niño, solo se abría con su madre. Estaban muy unidos. Se volvió muy reservado cuando ella murió, y creo que fue culpa mía, porque no entendía que él es diferente. Perderla fue muy duro para él."
"Estoy segura de que era una mujer maravillosa."
"Sí que lo era. Ella también amaba la música. Pasaban horas juntos cada día practicando. Cuando murió, él estuvo meses sin tocar. Le dije que a ella le habría gustado que siguiera disfrutando de la música. Me miró muy serio y se sentó al piano. Cuando empezó a tocar otra vez lo hacía aún mejor que antes. Sus sentimientos se expresaban mientras tocaba. Si alguna vez quieres saber cómo se siente anímale a tocar y lo que no te digan sus palabras te lo dirá su interpretación."
"Gracias, don Alejandro. Es muy amable por compartirlo conmigo."
Doña Carmen también escuchaba la música, y don Alejandro no pudo dejar de notar que parecía muy apenada.
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El Zorro acudió al pueblo por la mañana diez días después. Unos conductores de ganado habían estado molestando en la taberna y en las calles. Los habitantes de los Ángeles lo saludaron con alegría, porque para la mayoría era la primera vez que lo veían después de la crecida del río. Él los saludó con amabilidad, y también saludó a Victoria, pero no le dedicó ninguna frase ingeniosa, ninguna sonrisa. Cruzaron sus miradas y pasó de largo. Ella se sintió un poco triste. El padre Benítez estaba en la plaza cuando todo sucedió y se quedó preocupado.
Cuando volvió a la hacienda don Alejandro esperaba en la sala con una carta en la mano.
"He recibido esta carta de Monterrey. Mi amigo ha sido encontrado muerto en extrañas circunstancias."
"Lo lamento mucho, no creí que peligrara. Deberíamos haberle advertido más seriamente."
"Él sabía el peligro que corría, no te atormentes también con esto. La cuestión es que tendremos que buscar otra manera de defendernos."
"Pensaré en ello."
